Todo lo que no es bondad es ingenuo. Tomemos, desde el principio, lo opuesto como ejemplo, para que quede claro sin dar tantos rodeos: la maldad. La maldad es ingenua. En algún momento de la historia, la maldad se descubre, o deja de funcionar, o algo ajeno hace que las cosas se den vuelta; no todo depende de la voluntad propia. No es una visión romántica de la vida, es la verdad. Temprano o tarde, la maldad paga. Puede ocurrir al instante, o puede ocurrir en generaciones futuras: sea en persona o en fama póstuma, en privado o en público, material o moralmente, el malvado queda expuesto. Lo ingenuo, entonces, es actuar como si la impunidad total fuese algo posible.
La bondad, popularmente subestimada por cursi, se salva siempre. En el mejor de los casos, triunfa; el Bien concreta su ambición. En el peor de los casos, fracasa y el Mal se superpone. Pero pase lo que pase, la bondad cae bien parada porque, al margen de cualquier resultado, se justifica en sí misma. El Bien posee una dignidad absoluta y redentora. De la boca para afuera, o en las capas superiores de la conciencia, el bueno que fracasa puede ser considerado un perdedor; ya mirándonos a los ojos, con el corazón sobre la mesa, en silencio, el bueno que fracasa se gana nuestra admiración y nuestro respeto. Así como la maldad es ingenuidad e inmadurez, la bondad es un síntoma de la inteligencia más profunda.
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