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Nueva Dimension 5 - AA VV

La revista 'Nueva Dimensión', fundada en 1968 por Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil, se dedica a la ciencia ficción y fantasía, y busca fomentar la participación de los lectores en el género. En su editorial, se critica la apatía de los lectores hacia la revista y se invita a la colaboración para mejorar la calidad de la ciencia ficción en el ámbito hispanohablante. El número incluye diversas secciones como novelas, cuentos, poesía y cómics, destacando la necesidad de un mayor compromiso por parte de los aficionados al género.

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Nueva Dimension 5 - AA VV

La revista 'Nueva Dimensión', fundada en 1968 por Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil, se dedica a la ciencia ficción y fantasía, y busca fomentar la participación de los lectores en el género. En su editorial, se critica la apatía de los lectores hacia la revista y se invita a la colaboración para mejorar la calidad de la ciencia ficción en el ámbito hispanohablante. El número incluye diversas secciones como novelas, cuentos, poesía y cómics, destacando la necesidad de un mayor compromiso por parte de los aficionados al género.

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Revista española de ciencia ficción y fantasía, fundada por Sebastián

Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil.

www.lectulandia.com - Página 2
AA. VV.

Nueva Dimensión 5
Nueva Dimensión - 5

ePub r1.0
Colophonius 17.12.2017

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: Nueva Dimensión 5
AA. VV., 1968
Retoque de cubierta: pherikit

Editor digital: Colophonius


Escaneo: diaspar & luangoru
Edición de fuente original: johansolo
ePub base r1.2

www.lectulandia.com - Página 4
1968/5

www.lectulandia.com - Página 5
REVISTA BIMESTRAL DE CIENCIA FICCIÓN Y FANTASÍA
MIEMBRO DE THE NATIONAL FANTASY FAN FEDERATION
A cargo de:
Sebastián Martínez
Domingo Santos
Luis Vigil
AÑO 1968/5
Director:
J. M. Armengou
Colaboradores:
Dr. Alfonso Álvarez Villar
Antonio Bellomi
Adolfo Buylla
Ramón Cordón
Alfonso Figueras
Luis Gasca
José Luis Garci
PGarcía
Carlos Jiménez
Francisco Lezcano
José Luis Montalbán
Jean G. Muggoch
Octavi Piulats
Mercedes Valcárcel
Director de publicidad:
Jordi Prat
Director de relaciones públicas:
Andreu Romá Parra
Director artístico:
Enrique Torres
Corresponsales:
Austria: Kurt Luif
Estados Unidos: Forrest J. Ackerman
Francia: Jacques Ferron
Inglaterra: Arthur Sellings
Italia: Riccardo Leveghi
Rumanía: Ion Hobana
Uruguay: Marcial Souto Tizón
Delegado en Madrid:
Carlos Buiza
Septiembre-Octubre 1968. Número 5

www.lectulandia.com - Página 6
EDITORIAL
¿Qué pasa con los lectores de ciencia ficción?

POLÉMICA
Acerca de la literatura rusa de ciencia ficción
por Ion Hobana

SE PIENSA
Un autor de ciencia ficción: Edgar Rice Burroughs
por José-Ángel Crespo

Cada semana, una emoción: la ciencia ficción en cuadernillos


por Alfonso Figueras

Las hijas de Barbarella


por J. Alberich

Trieste 68: ¿un festival de ciencia ficción?


por Rémi-Maure

SE DICE
Libros, revistas, cine, teatro, tv, comic, fumetti, discos, autores, fandom, premios,
expo, juegos, reuniones

SE ESCRIBE
Lo que dicen los lectores

www.lectulandia.com - Página 7
NOVELA
El silencio es mortal
por Lloyd Biggle, Jr

CUENTOS
Filón
por E. C. Tubb
Aeropista 75
por William Spencer
Seis fósforos
por Arkadi y Boris Strugatski
La escopeta
por André Carneiro
Televisolandia
por Alfonso Álvarez Villar
Aguafiestas
por F. A. Javor

CUENTOS CORTOS
Pesadilla mecánica
por Luis Vigil
La ley del progreso
por Pere Soler

CUENTO DE CHOQUE
Diálogo de mutantes
por Forrest J. Ackerman

CLÁSICO
Proyección remota
por Guillaume Apollinaire

www.lectulandia.com - Página 8
FANZINE
31 de diciembre de 5027
por José-Ángel Crespo

POESÍA
Ara us caldran noves naus
por Santiago Martín Subirats

CÓMIC
Emotivaciones 68
por José M.ª Beá

ILUSTRADO POR
José M.ª Beá
Jordi Canelles
Carlos Giménez
Sebastián Martínez
Jordi Massó
Enrique Torres
A. Usero Abellán

HUMOR
El mundo ríe en ciencia ficción
Allers, Punch, True

www.lectulandia.com - Página 9
EDITORIAL

¿Qué pasa con los lectores de ciencia


ficción?
El editor de esta revista, antes de llegar a desempeñar su actual posición,
ha sido lector de ciencia ficción. Pero no un lector normal del género, sino un
verdadero fanático, una especie de monomaníaco, un paranoico de esta
literatura. En sus tiempos, lo mismo leía a Julio Verne que a Doc Savage, al
Capitán Rido que a Flash Gordon, llegando a convertirse en un omnívoro de
la ciencia ficción y estando a punto de perder el sentido de la discriminación
entre lo malo y lo peor.
Afortunadamente, llegó un momento en que en el mercado español
hicieron su aparición las publicaciones de «MAS ALLÁ», «NEBULAE» y
«MINOTAURO», que salvaron a los aficionados a la ciencia ficción de
hundirse y ahogarse en la prístina calidad de las otras publicaciones de
aquella época. El impacto que estas colecciones causaron en los aficionados
a la ciencia ficción fue algo inmemorable y que seguramente ya no se
repetirá. Los nombres de Bradbury, Heinlein, Van Vogt, Bester, Sturgeon y
Simak eran los únicos que se oían mencionar en los círculos de lectores de

www.lectulandia.com - Página 10
ciencia ficción. Las exclamaciones de asombro, estupor y admiración que se
escuchaban después de la aparición de «Los monstruos del espacio»,
«Crónicas marcianas», «Ciudad», «El hombre demolido», «Puente entre
estrellas» y «Más que humano» ya han pasado a la historia, pero estos títulos
causaron en su tiempo una asombrosa revolución entre los iniciados y
atrajeron a muchos neófitos que se convirtieron en adeptos.
Han pasado poco más de diez años desde la introducción en España de la
verdadera ciencia ficción, y hemos sido testigos de cómo esa entrada
literaria, espectacular y fulgurante, después de brillar durante unos años, al
igual que una nova, ha palidecido, disminuido de magnitud y está en peligro
de desvanecerse entre los tenebrosos vericuetos del programa económico de
las editoriales que publican ciencia ficción.
¿Las razones de este fenómeno?
El lector.
Sí, sí, no es un error del linotipista. El Lector. Ese bípedo ambulante que
va a la librería de vez en cuando y compra un libro (una vez al año, creo que
dice la estadística para España).
El lector, por lo general, es un clásico ejemplo de despotismo. Su
psicología puede obedecer al tipo de los que prefieren leer un libro de
prestado antes que comprarlo. O del que espera adquirirlo de segunda mano,
sea por razones económicas o por principio. O del que no le importa gastarse
el dinero en un aperitivo, en el cine o en el fútbol, pero que opina que los
libros son extraordinariamente caros. Su despotismo, en caso de adquirir un
libro, se manifiesta en el sentido de gustarle o no gustarle. Punto final. A
partir de allí si no le gusta, ya no compra ningún libro de tema semejante u
opina que, en su país, no existe la literatura. En cambio, nos dará su opinión
de que los libros que se publican en Suecia, Alemania o Francia… ¡Oh, la,
la!
Bienaventurados los estúpidos porque de ellos será el reino de los cielos.
Porque una parte de los libros que se publican en esos países se publican
también en el suyo y el resto se pueden conseguir, aunque eso no hará variar
su opinión.
¡Atención! He dicho que se publican una parte de ellos. No he dicho nada
de su presentación o traducción. Refiriéndonos estrictamente al campo de la
ciencia ficción, hemos de confesar que un 70% de la producción es
lamentable, que las traducciones son un atentado contra la reputación del
autor y que las presentaciones de las publicaciones son dispares.
¿La culpa de todo ello?
Los editores. Los editores.
—¡Ah! —dirán los lectores—. Entonces, ¿a qué viene despotricar contra
nosotros? ¿A qué viene murmurar contra nosotros, cuando lo único que

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hacemos es ir a la librería y adquirir lo que nos interesa? ¿Qué tenemos que
ver en todo esto, nosotros, los sufridos lectores? ¿Nosotros, que tenemos que
soportar la falta de lucidez de los editores en sus publicaciones? ¿Nosotros,
que no hacemos nada?
Ahí está la respuesta: Nosotros, que no hacemos nada.
El que no hace nada es el tipo de lector déspota que sólo tiene dos
opiniones: le place un libro o no le place. Pero dirá el lector, ¿es qué tengo la
obligación o el deber de preocuparme de lo que se publica?
Sí y no.
Ciertamente, el lector no tiene ningún deber u obligación de preocuparse
por lo que se edita. Pero estamos hablando de ciencia ficción, una literatura
que, por lo general, se lee o no se lee. Y el que lee es por afición, por
fanatismo incluso. Y he aquí, como paradoja, que aparece una revista como
«NUEVA DIMENSIÓN», pensada por aficionados para los aficionados, con
unas secciones destinadas exclusivamente a los lectores para que puedan
tener la oportunidad de exponer sus puntos de vista, sus ideas, establecer
debates y controversias, colaborar hacia nuevas metas. Y sin embargo,
después de haberse publicado cuatro números, nos encontramos con una
apatía total por parte de los lectores. El número de cartas recibidas en
relación a la venta es de tres o cuatro por mil. Y la mayoría de ellas es para
decirnos que la revista está muy bien o que se parece a «PLANÈTE» o
«PLEXUS». Señores, «NUEVA DIMENSIÓN» se parece a «PLANÈTE» o
«PLEXUS» porque esta mide 17×20 y aquellas 17,5×20. Y «NUEVA
DIMENSIÓN» se dedica a la ciencia ficción, mientras «PLANÈTE» se dedica
a sus esoterismos y «PLEXUS»… a sus plexusismos.
En el número tres de la revista anunciábamos la creación de los premios
«NUEVA DIMENSIÓN», destinados a la ciencia ficción en el ámbito de los
países de habla hispana, e indicábamos a nuestros lectores que admitiríamos
toda clase de sugerencias destinadas a mejorar la naturaleza de los mismos.
¿Alguien desea adivinar cuantas sugerencias hemos recibido? ¡Una!
He aquí pues el panorama desolador que ofrecen los lectores desde el
punto de vista del editor. Y no es que no haya lectores de «NUEVA
DIMENSIÓN». Puede decirse que la venta de «NUEVA DIMENSIÓN» ha
sido un éxito para una revista de este tipo y precio. Y a pesar de ello, los
lectores no emiten ninguna opinión, exceptuando ese tres o cuatro por mil que
hemos mencionado. El más completo vacío rodea al editor y a la redacción,
que se han de mover de acuerdo con su idiosincrasia personal.
Y es de suponer que este estado de cosas, este círculo vicioso entre editor-
lector, perdurará hasta que los lectores se den cuenta de que no son una
minoría, de que no son algo raro por gustarles la ciencia ficción, de que no
son una casta aparte. Los lectores de ciencia ficción no son cincuenta o cien,

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¡son miles! Y lo que interesa es que un porcentaje elevado de esos miles
exponga su opinión y colabore, a fin de evitar que «NUEVA DIMENSIÓN»,
en el futuro, corra el riesgo de quedarse en un statu quo.
Nuestro buzón y nuestras páginas quedan abiertas para todo el que desee
escribir, ya sean cartas o relatos para publicar, artículos, ensayos, críticas,
ilustraciones, alabanzas. En este número publicamos una carta de un
aficionado que desea fundar un Club de Ciencia Ficción. Aplaudimos esta
loable iniciativa, y esperamos que su proposición despierte el interés de los
que, creyéndose una minoría, son en realidad una mayoría.

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FILÓN
E. C. TUBB

El viejo sistema de ofrecer cuentas de colores a los nativos tal vez pueda ser útil
en otros mundos, nos dice el conocido autor inglés E. C. Tubb. Sin embargo, hay
que señalar que todo depende de lo que los nativos nos ofrezcan a cambio…

ilustrado por A. USERO ABELLÁN

La esfera tenía unos cinco centímetros de diámetro, y era tan intensamente negra
que semejaba un círculo plano depositado sobre la cuarteada superficie gris del
tablero de experimentos.
—¿Algo nuevo?
McCarty cruzó el compartimiento en tres pasos. Descargó la mochila de sus
amplios hombros, sacó la pipa de sus labios y tocó la esfera con la boquilla. La cosa
era ligera, pero sólida; el empujón de la pipa la hizo rodar a través de la mesa.
—¡Cuidado!
Larman agarró una regla de cálculo y formó una barrera. La esfera se detuvo.
McCarty alzó una bien poblada ceja.
—¿Hay peligro?
Larman consideró la pregunta casi como un insulto. McCarty sabía muy bien que
Larman tenía el suficiente conocimiento como para no introducir nada peligroso en la
nave. Tan sólo un idiota se pondría deliberadamente en peligro, y Larman no era
idiota.
—No es peligrosa —dijo secamente—. Tan sólo es una cosa curiosa.
—¿Cómo puedes estar seguro?
McCarty se agachó y examinó la esfera, chupando la pipa mientras lo hacía.
Nunca fumaba en ella, tan sólo la chupaba, y éste era un hábito que ponía a prueba
los nervios de su compañero. Era raro, pensó Larman, lo odioso que hacía a McCarty
esa pipa. Su propio hábito, el mascar goma, no era nada en comparación.
—La he experimentado —dijo Larman. Vio la silente protesta de su compañero y
se apresuró a calmarle—. No en la nave. Monté un banco de pruebas en el exterior y
la sometí a todo lo que se me ocurrió. Es tan peligrosa como pueda serlo un puñado
de barro.
McCarty arqueó las cejas.
—Un nativo la trajo —explicó Larman. Se había acostumbrado a las señas del
otro—. Mientras tú estabas fuera. ¿Qué tal te fue?
—No encontré nada que valiese la pena acarrear. ¿Bueno?
—Subió a bordo más o menos una hora después de que te habías ido. Me

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arriesgué y le di un puñado de cuentas de colores por ella.
—¡Un puñado de cuentas coloreadas! —casi explotó McCarty—. ¡Por algo tan
valioso como el barro!
Larman hizo una inspiración profunda. Éste era su momento.
—No. ¡Por el Filón!

Todo mercader soñaba con el filón. Los endurecidos nómadas se despertaban en


sus remendadas latas de sardinas sonriendo como bebés a su solo pensamiento.
Ruinas humanas lloraban sobre sus bebidas y se arrastraban en un último intento por
encontrarlo. Unos pocos, muy pocos, lo habían hallado. ¡El Filón! O, lo que es lo
mismo, la fortuna.
Glusky lo había hallado en Eridani IV, una yerba que había fumado como
substituto del tabaco… encontrándose con que había topado con el secreto para
duplicar la duración de la vida. Hilbrain había, literalmente, tropezado con él en Rigel
VII, con el mineral que ahora revestía la mitad de los tubos de cohete de la galaxia.
Beesen, Kildare y un puñado de otros, todos ellos manteniendo viva la leyenda. Uno
por cada diez mil mercaderes que morían, se acababan, o simplemente desaparecían.
Y era suficiente.
—¿Estás seguro? —McCarty no elevó la voz, pero los músculos de su mandíbula
se contrajeron. No era momento para bromas.
—Lo estoy —Larman extendió la mano y tomó la esfera. La hizo rodar entre sus
palmas, y luego se la lanzó al otro—. ¡Agárrala!
McCarty la cogió. Miró en el interior de la masa de negrura absoluta anidada en
sus manos, luego a Larman, y de nuevo a la esfera. Cuando la dejó en la mesa estaba
ceñudo.
—¿Qué es?
—No lo sé.
—¡No lo sabes!
McCarty estaba cansado. Había pasado tres duros días comerciando con los
nativos sin obtener éxitos financieros, y sus nervios estaban de punta por el esfuerzo
de comportarse según el complicado ritual que gobernaba tales operaciones. También
le dolía la cabeza a causa del peso del traductor, y tenía deseos de ducharse. Se
autocontroló con visible esfuerzo.
—Escucha —dijo peligrosamente—. Si estás jugándome cualquier broma
estúpida…
—Escucha tú —Larman podía permitirse el ser brusco: era su momento
dominante—. Ya te he dicho que la experimenté. Por si lo has olvidado, te recordaré
que soy ingeniero, y bueno además. También sé algo sobre física, química, metalurgia
y otras materias. Menciono todo esto por si se te ha ocurrido la idea de que soy tonto.
McCarty gruñó. Larman no sabía más de lo que cualquier buen mercader-

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explorador debía conocer y eso no impedía que pudiera ser un idiota. ¿Quién sino un
tonto iba a estar continuamente rumiando como una vaca? Pero, después de todo
¿quién iba a hacerse mercader si estuviese en sus cabales?
Los capitanes, naturalmente, eran diferentes. McCarty era el capitán.
—La he experimentado —repitió apresuradamente Larman. Había reconocido la
expresión de McCarty—. No sé lo que es, pero es algo nuevo a la ciencia moderna.
—Amorosamente, levantó la esfera—. ¡Es el Filón!

La experimentaron. Repitieron todo lo que Larman ya había ensayado y mucho


más. Era imposible cortarla, no se la podía agujerear, como tampoco se la podía
aplastar, partir o desmenuzar. Resistía a los ácidos y a las bases, al calor y al frío, a la
vibración y a la radiación. Era un enigma, y McCarty odiaba los enigmas.
—Es ligera —dijo—. Si es metálica entonces tiene que estar hueca.
—No es metal —Larman se colocó los anteojos protectores sobre la frente y,
girando el interruptor, hizo desvanecerse la blancoazulada llama del soplete atómico.
El soplete estaba diseñado para atravesar un grosor de varios centímetros de aleación
resistente a altas temperaturas. La esfera no había sido afectada por él.
—De acuerdo —cortó McCarty—. Así que no es metal. ¿Qué tal entonces si me
dijeras qué es?
—No lo sé.
McCarty gruñó. Tocó cautelosamente la esfera y notó la misma temperatura que
antes. Dicha temperatura era inferior en algunos grados a la de los objetos que la
rodeaban, en este caso su propia mano. La base sobre la que estaba depositada, un
bloque de madera nativa, no presentaba ningún signo del furioso calor del soplete.
Larman observó el gesto e hizo un mohín con los labios.
—Podemos especular —dijo—, pero no podemos estar seguros. Nuestra
información, en este momento, es puramente negativa.
—Sabemos lo que no es —dijo McCarty—. No sabemos lo que es. —Volvió a
colocar la esfera en su base, mientras sus dedos seguían acariciando la negra
superficie—. Probemos con el arco voltaico.

Probaron con el arco voltaico. Probaron con dos quemadores enfocados. Probaron
con los rayos X, y con hielo, y, por su expresión, Larman tuvo la sospecha de que
McCarty estaba probando hasta con oraciones. El sol se ocultó y todavía estaban
probando. Luego, en los confines abarrotados del compartimiento de pasaje, Larman
hizo el sumario de todo lo que habían aprendido hasta aquel momento.
—Es indestructible, o por lo menos lo es para todo lo que conocemos. Parece ser
totalmente capaz de absorber cualquier fuente de energía. Luz, radiación, hasta el
mismo calor producido por la fricción al tratar de penetrar en ella, todos son
absorbidos. La cosa debe estarse empapando de energía todo el tiempo: eso es lo que

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nos dice el diferencial térmico.
—Como una esponja —dijo McCarty. Estaba echado en su litera, chupando
pensativo su pipa. El pequeño ruido de sus succiones se mezclaba con el suave
zumbido del ventilador.
—¡Exactamente! —Larman sonaba triunfante—. Una especie de matriz estática
de fuerza de histéresis capaz de absorber una tremenda cantidad de energía.
—¿Por qué tremenda?
—Por una parte por su peso, por otra por su tamaño, y fíjate en la forma en que le
hemos estado suministrando energía sin obtener ninguna clase de reacción. De
cualquier forma, yo opino que esta cosa fue fabricada justamente para hacer eso.
McCarty asintió. Lo que decía Larman tenía sentido. No cabía duda de que la
esfera era un artefacto. Y sin embargo…
Pensó en el planeta en el que habían aterrizado, en el clima semitropical y en la
vegetación consecuente, en la falta completa de cualquier signo de civilización.
Kaldar II era un mundo primitivo, cuyos nativos vivían una existencia preurbana
standard, basada en una cultura tribal, cazando y recogiendo los productos naturales
del campo. Ciertamente que ellos no habían fabricado la esfera.
Pero, si ellos no lo habían hecho, ¿quién lo había hecho?
¿Y por qué?

Larman se colocó una lente de aumento de joyero en un ojo, fijó la sonda, del
grosor de un cabello, en su mano derecha y observó la esfera. La examinó
minuciosamente, y no era la primera vez que lo hacía. El área de oscuridad,
aumentada en su campo de visión, le producía el efecto de estar contemplando un
pozo sin fondo.
Irritado, se alzó y se restregó los ojos. Estaba solo en la nave. McCarty había
descendido al pueblo para hacer preguntas sobre la esfera y, conociendo el
complicado procedimiento seguido por los nativos, no había forma de predecir cuanto
tiempo estaría fuera. Mientras tanto, Larman estaba tratando de resolver un misterio.
Este misterio era la esfera.
No se hacía nada, razonó, y en eso McCarty había estado de acuerdo con él, sin
un motivo. La esfera era un artefacto, había sido fabricada, por tanto debía tener una
finalidad. A menos que descubriesen cual era esa finalidad, la esfera, en lugar de
convertirse en el Filón, no pasaría de ser una curiosidad científica. Ciertamente,
podrían llevarla de regreso y entregársela a los científicos para que la curioseasen,
pero si bien esto podía significar la fama no representaba la fortuna. El dinero iría a
parar a manos del genio que hallase una forma en qué usarla… y no a las de quienes
no reconociesen su valor.
Hoscamente, volvió a colocarse el cristal y usó de nuevo la sonda en la esfera.
Todavía estaba haciéndolo cuando volvió McCarty.

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—¿Has encontrado algo?
—No —Larman enderezó su dolorida espalda—. ¿Y tú?
—Nada que te pudiese hacer daño si se te introdujese en el ojo —McCarty se
sirvió agua, repitiendo la operación tres veces antes de lanzar el vaso de papel—.
¡Esos nativos!
Larman asintió con simpatía. Los nativos eran humanoides altos, de piel azulada
y ocho dedos en sus extremidades. Hablaban en un borboteante silabeo con gruñidos
ocasionales que los traductores convertían en una extraña especie de entrecortado
inglés. Tenían un sistema de simbolismo ritual que hacía parecer a la más rígida
etiqueta de corte de la Tierra como algo similar a un combate de lucha libre en un
banquete de mozalbetes. Y además olían mal.
Larman suspiró desalentado.
—¿Así que no saben de dónde proviene la esfera?
McCarty lo sorprendió.
—Oh, sí, lo saben —dijo—: la excavaron del suelo. Lo que es y quien la hizo ya
es otro asunto. —Se volvió a servir más agua, se sentó y se estiró—. Una cosa es
cierta: no pertenece a su cultura.
—¿Una raza anterior?
—Tal vez. O visitantes en el pasado. ¿Quién lo puede decir?
Larman no estaba sorprendido. Kaldar II no sería el primer planeta que había
experimentado el auge y caída de muchas civilizaciones, ni tampoco sería el primero
en haber sido visitado por otras razas. No estaba sorprendido, pero sí disgustado. Si la
esfera era un fenómeno aislado, entonces obtener el Filón sería mucho más difícil. Lo
dijo en voz alta y McCarty se alzó de hombros.
—Si no podemos averiguar el misterio, ¿qué diferencia representa esto para
nosotros?
—¡Mucha diferencia! —Larman estaba preocupado—. Tal vez sólo hacen eso que
se supone que hagan si van unidas por parejas o en series. —Parpadeó—. ¿Será esto?
—¿Será esto el qué?
—La respuesta —Larman estaba excitado—. Míralo desde un punto de vista
lógico. Tenemos algo que absorbe la energía, ¿correcto?
—¿Y?
—Entonces quizás sea esto lo que es: una forma para almacenar energía. ¡Una
batería!
—Las baterías se acostumbran a llevar encima —recordó McCarty.
Larman desechó la objeción.
—¿Qué es lo que haces con las pilas de linterna gastadas? Las echas a la basura,
eso es lo que haces. Bueno, quizás quien descartó esta cosa simplemente la reemplazó
con otra, tal como tú haces con las pilas de linterna.
McCarty pensó sobre esto durante un momento.
—Pero, ¿lo haría si pudiese ser recargada?

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—Puede que tuviese prisa, o no le importase, o fuese un descuidado. Puede haber
ocurrido cualquier cosa. —Larman se colocó de nuevo la lente de aumento en su ojo
—. ¡Cállate ahora y déjame trabajar!

No encontró lo que buscaba pero, tal como se apresuró en afirmar, realmente no


importaba.
—Esperaba encontrar un par de aberturas diminutas —explicó Larman—: una
especie de conexiones, pero eso sería tonto. Fuera quien fuera, el que lo usó deseaba
conectarlo rápidamente, así que no habría puesto unas aberturas diminutas.
—¿Qué es lo que hubiera usado? —McCarty se había contagiado en parte del
entusiasmo de Larman.
—No lo sé. Quizás un campo electrónico, o tal vez un material de signo opuesto
al de la misma esfera. —Por un momento Larman pareció preocupado, luego se
animó de nuevo—. No es importante.
—¿Qué es lo que quieres decir? —hacía calor en el interior de la nave, y McCarty
estaba sudando a pesar de que, al igual que Larman, tenía el torso desnudo.
Larman sonrió.
—Muy simple. No importa cuán efectiva sea esta cosa, debe tener un punto
crítico. Quiero decir que debe haber un momento en el cual no sea posible
introducirle más energía. O, si lo prefieres, un punto de carga máximo.
—¿Y entonces?
—Creo que entonces algo sucederá. Deben de haberle incorporado algún sistema
para indicar la carga que tiene la cosa, o para decir cuando la carga está completa.
Cuando ocurra esto tal vez averigüemos algo.
Hizo un gesto señalando el aparato que había montado alrededor de la esfera.
—Le voy a estar suministrando energía y, al mismo tiempo, voy a controlarla
continuamente para ver si noto algún signo de variación electromagnética en la
radiación o en cualquier otra cosa. Hasta he montado una balanza para medir el peso
y he instalado un par de micrófonos para los ultrasonidos.
McCarty chupó su pipa y frunció el entrecejo.
—No me gusta —dijo.
—¿Qué es lo que no te gusta?
—Todo esto —McCarty señaló el equipo—. Supongamos que algo funciona
mal…
—¿Como por ejemplo? —Larman sonaba despreciativo. El gesto de
preocupación de McCarty se hizo más profundo.
—No sé, cualquier cosa. —Trató de pensar en algo que explicase sus temores.
Larman no le dio tiempo.
—No puede fallar nada —dijo con una superioridad señorial—. Lo sé. Todo está
bajo control —agitó un dedo conminatorio—. Después de todos los experimentos que

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le hicimos afuera, me sorprende que aún puedas considerar peligrosa a esa esfera.
Además —añadió como punto final—, no puedo realizar este control fuera a menos
que desmantele media nave.
Esto, como ya suponía, silenció al capitán.
Pero nada podía detener los pensamientos de McCarty.

La codicia por obtener el Filón se enfrentaba con la preocupación por su nave


mientras miraba el trabajo de Larman. Parpadeó cuando los dos rayos gemelos de
calor incidieron sobre la esfera, sus chorros blancoazulados perdiéndose en la
negrura. Desesperadamente, trató de imaginarse con qué artefacto habrían cargado

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aquellas baterías o lo que fueran su anteriores propietarios.
No lo conseguía. Cada vez que trataba de visualizar algo titubeaba ante la
cantidad de energía que debía contener una batería a plena carga. Aún su misma pipa
no le procuraba ningún alivio, por lo que comenzó a pasearse por el compartimiento
como un león enjaulado, provocando la indignación de Larman.
—Si no puedes estar quieto —gritó—, vete fuera. Estás impidiendo que me
concentre.
—Eres…
McCarty no terminó lo que iba a decir. Por el contrario, se quedó rígido, con sus
dientes mordiendo tan fuertemente la pipa que atravesaron la boquilla. Larman lo
observó y después siguió la dirección de su mirada.
Tragó saliva.
La esfera había cambiado.
Ya no era una bola de negrura absoluta. Ahora tenía un colorido plateado, un tinte
de increíble belleza, como una esfera nacarada iridiscente, brillante y maravillosa,
que permanecía bañada por las llamas gemelas de los quemadores enfocados.
—¡Está cargada! —Larman apagó los quemadores—. ¡McCarty, está cargada!
—¡Está cambiando!
Era cierto. El brillante color nacarado tomó una tonalidad azulada y una oleada de
calor golpeó a los dos hombres. El azul plateado se hizo brillante, más brillante, y el
aire del compartimento estuvo, de repente, hirviendo con la temperatura de un horno.
—¡Salgamos de aquí!
Larman no era un hombrecillo, pero McCarty lo alzó como si fuera un niño. Se
lanzó hacia la puerta, empujado por sus propios temores sin nombre, ayudado en sus
esfuerzos por la brillante bola en que se había convertido la esfera. Cayó a través de
la puerta, alcanzó la compuerta exterior y tiró a Larman afuera. Había cinco metros
hasta la superficie, pero McCarty no lo dudó. Saltó al tiempo que notaba en la
desnuda piel de su espalda surgir ampollas producidas por el calor que salía de la
esfera. Golpeó el suelo, rodó sobre el espeso césped y ayudó a alzarse a Larman.
Juntos corrieron alejándose de la nave.
Tal vez hubieran cubierto doscientos metros cuando los alcanzó la onda de
choque de la explosión, alzándoles y tirándoles a una distancia equivalente a la que
habían recorrido.

—Tuvimos suerte —dijo temblorosamente Larman. Se palpó de nuevo, casi no


atreviéndose a creer que, aparte las magulladuras, no hubiesen sufrido ningún daño.
Naturalmente, lo que los había salvado había sido el césped. Eso, y una suerte
increíble.
McCarty resopló.
—¿Suerte? —resopló de nuevo.

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Mirando el cráter, todavía brillante, situado donde antes se había alzado la nave,
Larman podía darse cuenta de sus sentimientos.
—No hay nada de que preocuparse —recordó amargamente McCarty—. Es
completamente seguro. Lo tengo todo bajo estricto control. —Lanzó una mirada
asesina al otro—. ¡Idiota! ¿Dónde estabas cuando repartían los cerebros?
Larman trató de defenderse. McCarty ni siquiera le escuchó.
—Una batería —deliró—. Algo tan simple como una pila de linterna. ¿Te das
cuenta realmente de la cantidad de energía que esa cosa almacenó?
—Yo…
—¡El Filón! —McCarty sollozó tan sólo al pensarlo. Sollozó de nuevo al
contemplar el hueco situado donde había estado la nave. Luego continuó con
amargura—. Náufragos, ¿y por qué? Porque el tonto que me acompañaba no tenía la
imaginación de un piojo. Porque no podía ni siquiera imaginar lo que había
encontrado.
—¡Espera un momento! —Larman se dolió de la injusticia de la acusación—.
¿Acaso pudiste imaginarlo tú?
—Ahora lo puedo —contestó McCarty—. Casi me lo imaginé antes, pero tú
parecías tan seguro… Era una bomba, eso es lo que era. ¡Una sucia, encubierta y
disimulada bomba de tiempo!
—Pero… ¿de los nativos?
—De los nativos no. No sé ni quién ni cuándo la hicieron, pero eso es lo que era.
Tal vez en otra época los nativos reconocieron el peligro. No lo sé, pero apostaría que
ése era el motivo por el que había sido enterrada. ¿Qué otra cosa se podría hacer con
algo como eso?
Nada, excepto quizás congelarla dentro de hielo, o soltarla en el espacio. Mientras
pudiera seguir recibiendo energía era un peligro potencial, y nada podía evitar que
recibiese energía. Al menos enterrada profundamente en el suelo quedaría frenada su
velocidad de absorción y, cuando finalmente estallase, el daño que podría causar no
sería tan grande.
Mirando el cráter, Larman se maravilló del poder de la esfera. La mayor parte de
la fuerza había sido confinada por la nave, pero aún así había sido considerable. Y él
había sido quien había suministrado la energía extra que necesitaba para alcanzar el
punto crítico.
Naturalmente, McCarty tenía razón, ahora podía darse cuenta. La esfera era un
arma, diseminada por una raza en guerra con Kildar. Una arma que, cuanto más
pensaba en ella, más diabólica le parecía. Pequeña, indestructible. Una cosa que,
simplemente, permanecía inerte, empapándose con la energía del sol, hasta que, de
repente: ¡Bum!
Y él había creído hallar el Filón.

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McCarty gruñó, y su compañero se alzó a su lado. Desde el lindero de la jungla se
les estaba acercando una columna de nativos. El viento soplaba en su dirección y el
estómago de Larman protestó al llegarle el olor. Protestó aún más cuando recordó
que, si quería comer, tendría que hacerlo en su poblado.
Olvidó su estómago cuando vio lo que llevaban.
Cada nativo arbolaba una sonrisa y extendía su mano izquierda, preparada para
recibir cuentas de colores, riqueza casi imposible de imaginar para él.
En la otra mano llevaba, besada por el brillante fulgor del caluroso sol, una bola,
de unos cinco centímetros de diámetro, de negrura absoluta.
Los nativos habían hallado su Filón.

Título original:
JACKPOT
© 1961, Nova Publications Ltd.
Traducción de S. Castro

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AEROPISTA 75
WILLIAM SPENCER

Actualmente, todo conductor que posea un coche medianamente potente se


convierte más o menos en un neurótico cuando entra en una autopista. ¿Imaginan
lo que puede llegar a ocurrir mañana, cuando esta autopista permita a los
conductores no sólo correr, sino también… volar?

montaje fotográfico de SEBASTIÁN MARTÍNEZ

El chiquillo buscó ansiosamente entre el montón de juguetes, apartando hacia un


lado los osos de trapo y los submarinos nucleares, desparramando ruidosamente los
ladrillos de la construcción de recreo. Del fondo del montón extrajo un reluciente
modelo de aerocoche, y lo agitó triunfalmente en el aire.
Hogben, observándolo atentamente a través de la ventana sólo transparente desde
su lado, instalada en una pared del laboratorio psicomotivo, sacudió su cabeza con
satisfacción. Cada día de la semana el muchacho había escogido el aerocoche, el
mismo modelo amarillo y naranja.
¡Sheee, sheee!, gritó el muchacho, imitado el estridente ruido de un aerocoche
real. Hizo girar el modelo en rápidos arcos alrededor de su cabeza, cortando el aire.
¡Sheee!
Hogben, escondido tras la ventana de observación, escribió diligentemente en su
libreta de apuntes. Luego miró otra vez, sus pequeños ojos centelleando agudamente
detrás de los bruñidos cristales de sus gafas sin montura, dispuesto a no perderse
detalle. Unas pocas semanas más de observación, unos pocos nuevos incidentes
significativos, y tendría bastante material para su informe.
Observó al muchacho, que hacía girar el juguete a una velocidad relampagueante
sobre la superficie de la gran mesa de juegos. Desde luego, un aerocoche real podía
permanecer en el aire la mayor parte del tiempo, al menos a nueve metros de altura.
Ése era al menos el requerimiento legal, generalmente despreciado.
El muchacho parecía ahora estarse cansando de su juguete. Lo depositó sobre la
superficie de la mesa. Se puso las manos en los bolsillos y empezó a mirar a su
alrededor, sin saber qué hacer.
Removió con el pie el montón de juguetes, sin mucho interés. Descubrió por
casualidad una gran masa informe de barro para modelar, de diferentes colores, y la
cogió. Obviamente, su interés se animó mientras empezaba a amasar pensativamente
el barro entre sus manos.

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Hogben hizo girar su lápiz automático a fin de tener un poco más de grafito, y
escribió cuidadosamente en su libreta de apuntes:
Ha dejado el aerocoche. Coge el barro de modelar.
Miró otra vez al muchacho en el laboratorio psicomotivo, a través de la ventana
de observación.
Forma una esfera de tres centímetros de diámetro.
El muchacho de cuatro años se había subido los pantalones con una mano sucia y
había empezado a trabajar con toda atención en el barro de modelar. Hizo
cuidadosamente una bola. Luego un pedacito en forma de salchicha. Luego cuatro
pedacitos más pequeños.
Con toda la concentración y la satisfacción de un Miguel Ángel creando su
David, el muchacho juntó los pedazos de lo que era burdo simulacro de una figura

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humana. Luego, sacando la lengua por un lado de su boca e inclinando hacia un lado
la cabeza, grabó con un agudo trozo de madera dos ojos y una boca en la cabeza del
muñeco.
Hace un hombre, escribió Hogben en su libreta, con la misma satisfacción.
Aquello se estaba volviendo interesante.
El muchacho apretó la figura contra la superficie de la mesa, de modo que la
pequeña criatura se mantuviera en pie. Luego cogió el modelo de plástico del
aerocoche. Los brillantes colores del juguete relampaguearon cuando lo hizo girar en
el aire sobre la mesa.
¡Sheee!, gritó el muchacho, imitando otra vez el ruido del aerocoche. ¡Sheeee!…
Hizo descender el aerocoche de juguete en un brillante arco. ¡Sheee! La parte
anterior del modelo golpeó al muñeco en el pecho, derribándolo. La cabeza de barro
se desprendió y rodó a lo largo de la mesa.
¡Sheee, sheee! El muchacho alzó el aerocoche en un gran arco, haciéndolo oscilar.
Sus ojos brillaban de alegría.
Hogben, detrás de la ventana-espía, sacudió la cabeza con gravedad. Alisó su
libreta de apuntes con el borde de su mano izquierda y escribió con su letra clara y
pequeña: Destruye al hombre. Tendencias agresivas de tipo normal.
Hogben cerró la libreta con decisión y la rodeó con una goma elástica. Apretó el
botón del intercomunicador.
—Muy bien, enfermera —dijo—; hemos terminado la sesión por esta mañana.
Puede llevarse al pequeño Bobby a su cuarto.

Hogben se sentó en su silla giratoria, reflexionando sobre sus últimos hallazgos,


clasificándolos en su memoria.
Se dio cuenta una vez más del dolor sordo en su nuca, el dolor ocasionado por el
ineludible ruido de fondo. Insistente e insidioso, el penetrante silbido de la Aeropista
75 llenaba cada rincón del edificio. Las vastas cintas de concreto de la Aeropista, uno
de los grandes enlaces metropolitanos de carreteras y aeropistas, se hallaban
escasamente a noventa metros del lugar donde estaba sentado. Ninguna clase de
aislamiento podía evitar el ruido exterior.
El sordo aullido de los propulsores se filtraba a través de la cubierta plástica del
edificio, a través de las capas de fibra, de las cavidades de espuma de plástico
expandido, de las trampas de decibelios. Era imposible detener aquel ruido.
La respuesta, pensó Hogben sombríamente, es un contraataque con alguna otra
clase de ruido. Extendió un dedo y conectó la TV empotrada al final de su escritorio.
La pantalla semiconductora brilló inmediatamente, mostrando la blanda faz de un
locutor que estaba diciendo:
—… que los accidentes de ayer dieron un total de 85 muertos y 323 heridos. Esto
representa un 15% más sobre las cifras del mismo día, en el año pasado, en las

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aeropistas metropolitanas…
Maníacos homicidas, murmuró Hogben para sí.
—… el elevado tráfico en las aeropistas continúa causando serias preocupaciones.
El Ministro exhorta a todos los ciudadanos a colaborar en la mejor forma…
Oh, ¿de qué sirve hablar?, se preguntó Hogben.
En la pantalla aparecieron las normales secuencias de imágenes de horror,
mostrando las retorcidas ruinas de coches destrozados, ocasionalmente con un brazo
o una pierna inerte sobresaliendo gráficamente en medio de los destrozos.
¿Por qué lo hacen?, pensó Hogben.
—… y, con efectos inmediatos, las siguientes intersecciones quedan designadas
como zonas peligrosas:
«Intersección AP-23-44.
«Intersección KF-27-63.
«Intersección JY…».
Hogben cerró impacientemente la TV.

Miró hacia el reloj de la pared. Era hora de irse. Con la familiar sensación de
desesperación y náusea, Hogben se enfrentó al retorno a su apartamento en los
alrededores de la metrópolis. Era una perspectiva que le ponía enfermo.
Salió de la habitación, cerrando la puerta tras él, y caminó lentamente por el largo
pasillo y a través de las puertas giratorias hasta llegar a los ascensores. Bajó hasta el
nivel del suelo y se encontró en el vestíbulo de entrada.
El ruido de la Aeropista 75, siempre presente, era ahora amenazadoramente alto.
Tan sólo el simple grosor de una pared —la pared frontal del edificio— separaba a
Hogben de la Aeropista, una cinta múltiple de concreto de 180 metros de anchura,
con los coches aullando sobre ella, cabalgando sobre los brillantes velos de sus
propulsores.
La pared trasera del vestíbulo de entrada, de unos seis metros de ancha por quince
de alta, era una superficie blanca, desprovista de ventanas. Mientras Hogben la
miraba le pareció que podía verla estremecerse. ¿Lo estaba imaginando o era que la
pared se estremecía realmente y temblaba bajo la terrible embestida del ruido del
exterior?
Una sola puerta, al pie de la pared, daba acceso directo a la aeropista. La puerta
era de grueso acero, forrada con asbesto, enteramente aislante y firmemente cerrada.
Hogben no se dirigió hacia la puerta. En vez de ello giró a la izquierda, hacia el
vestuario de hombres. Su armario estaba al final, hacia la derecha. Hogben descolgó
de su interior el pesado traje de protección y empezó a forcejear para introducirse en
él. Era negro, con un brillo mate, y tan grueso y duro como una piel de rinoceronte.
En su interior había espesas capas de aislantes.
Consiguió poner una pierna en su interior y luego la otra. Seguidamente cerró la

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larga cremallera delantera hasta su cuello. Luego giró y caminó rígidamente hacia la
puerta, ajustándose la máscara y los lentes para su cabeza, introduciendo
cuidadosamente en su posición los tapones para sus oídos y ajustándolos para el
máximo efecto. Uno tan sólo tenía un par de tímpanos, y era cuestión de cuidarlos.
Hogben atravesó otra vez el vestíbulo de entrada, sin oír el ruido que sus pesadas
botas hacían sobre el suelo de mármol. Estaba tratando de no pensar en lo que iba a
ocurrir, pero su corazón golpeaba fuertemente en su pecho.

Como siempre, Hogben hizo un alto detrás de la puerta principal, agachándose


como un corredor que espera tomando aliento el disparo de salida.
Abrió con un tirón súbito los múltiples cerrojos. En un instante se hallaba al otro
lado de la puerta, cerrándola tras de sí.
Una ola de calor, ráfagas de humo y ruido lo golpeó como una pared sólida. Era
como abrir la compuerta de un búnker de pruebas donde llameantes toberas de
cohetes estuvieran funcionando al máximo.
Una rápida presión contra la puerta le permitió cerciorarse de que los cerrojos
habían vuelto a su sitio y de que el cierre neumático había actuado. Entonces partió.
Corrió como un conejo, agachándose, permaneciendo pegado a la larga pared del
edificio, apretando firmemente la máscara contra su cara.
Todo ello sirvió de poco.
Uno podía percibir los humos a través de las múltiples capas filtrantes de su
máscara, sentir los vapores hundiéndose profundamente en los pulmones, corroyendo
como un aerosol de ácido sulfúrico.
El ruido lo golpeó a través de los aislantes y de los tapones de sus oídos,
cauterizando los desnudos terminales nerviosos en el interior de su cabeza. Hogben lo
sabía; lo sabía porque hacía este camino, el mismo camino, dos veces al día. No
importaba cuántas veces lo repitiera, el dolor era nuevo cada día. Éste era el modo en
que uno lo sufría.
Hogben se aplastó contra la pared. Un aullante coche a propulsión había
aparecido en la pista más cercana, abalanzándose, aparentemente, en derechura hacia
él.

Envuelto por el miedo, trató de hacerse más pequeño, insignificante, para así
pasar desapercibido. Se sintió como un ratón de campo cuando ve al halcón cayendo
sobre él.
Paralizado, imposibilitado de moverse, aún se dio cuenta con claridad
sobrenatural de lo que estaba ocurriendo. Podía ver al brillante aparato escarlata
creciendo en su campo de visión, milisegundo a milisegundo. Podía ver ahora, a
través del parabrisas de cristal de cuarzo, la sonriente cara del hombre en los
controles, encorvado hacia delante, sus hombros rígidos y macizos con una sensación

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de poder. El hombre estaba acelerando, hacia abajo y adelante.
Hogben tembló, desesperado de terror.
El coche estaba a seis metros de altura cuando lo vio por primera vez. Ahora
estaba descendiendo en un rápido y suave arco a dos metros de la superficie de la
aeropista.
El hombre se dirigía deliberadamente hacia él. Hogben lo sabía. Lo sabía tan bien
como podía oír el rugido de sus propulsores subiendo feroz e intolerablemente más
altos a medida que el aparato crecía monstruosamente de tamaño sobre él.
Hogben cerró los ojos y apretó sus manos contra los oídos, mientras el aullido del
aparato alcanzaba un máximo indescriptible, destruyendo todos los sentidos en un
torrente de decibelios.
En un siguiente e inimaginable instante había pasado por encima de él,
alcanzándolo con la ardiente espuma de gas de las aletas termo-reguladoras,
alejándose dentro de un túnel de sonido, dejándolo tembloroso y sin aliento.
Era imposible creer que el coche no le había alcanzado.
Y sin embargo, estaba aquí.
Pero no había tiempo para reaccionar o para pensar. Tenía que continuar
corriendo, moviendo frenéticamente sus piernas, hasta el final del edificio.

Se sobrepuso y corrió a través del torrente de sonido, a través de los sucios y


oscuros humos que dejaban los ardientes escapes de los propulsores. La gruesa
máscara sobre su cara hacía difícil el correr, le restaba el aire necesario a sus
pulmones.
No es que realmente hubiera ningún aire para respirar. Una mezcla gaseosa de
productos tóxicos resultado de la combustión servía como atmósfera. Se suponía que
uno se acostumbraba a ello, que uno no se daba cuenta. Hogben se daba cuenta
perfectamente, a través de su máscara, a través de las capas filtrantes de fibra
absorbente y gasas.
Pero ahora Hogben se concentraba solamente en correr, solamente en evitar los
proyectiles aullantes mientras éstos taladraban el aire a lo largo y sobre la aeropista,
efectuando maniobras suicidas en fracciones de segundo, a fin de evitar la próxima
máquina. En la carrera para ahorrar algunos milisegundos de tiempo de trayecto, en el
ansia de aprovechar el poder impulsor de los reactores, el peatón era algo que no
importaba. El vil peatón, bajo, despreciable y temeroso como un conejo, era una
especie de parásito al que se le permitía sobrevivir precariamente tan sólo porque su
presencia en la aeropista contribuía al deporte.

Ahora Hogben vio frente a él, a través de la neblina, su inmediato objetivo: un par
de líneas negras paralelas en medio de la áspera y quemada superficie blanca de la
aeropista.

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Entre esas líneas, se suponía que el peatón tenía el derecho de paso. Los coches
debían circular al menos a quince metros de altura al cruzar esas líneas.
Pero, ¿lo hacían?
El enmascarado rostro de Hogben fue cruzado por una sonrisa sardónica mientras
se precipitaba hacia delante entre las líneas punteadas. Había seis pasos que cruzar,
seis pasos de retorcido terror sonriente.
Atravesó el primero, luego el segundo. Corriendo, a paso acelerado.
Entonces lo vieron.
Lo vieron, y apretaron al máximo los aceleradores.
Lo vieron, y flexionaron sus palancas de control hacia delante, en picados casi
suicidas.
Desde direcciones opuestas y aullando en forma demencial, aerocoches negros,
plateados, dorados y púrpura se abalanzaron hacia él, torturando el aire.
Hogben se tiró al suelo, deslizándose sobre sus codos, cuando el primer coche
dejó una marca con su tren de aterrizaje en el concreto, a muy poca distancia de él.
Casi pudo oír, o imaginar, la risa de maníaco del hombre en los controles, mientras el
aparato se remontaba otra vez en el aire sobre sus chillantes reactores.
Sin duda Hogben presentaba un cuadro bastante cómico. No le importaba.
Arrastrándose, cruzó rápidamente los restantes pasos de la aeropista. No miró atrás
mientras seguía corriendo, doblado casi por la mitad. Atravesó la gran entrada de
hierro y cemento. Atravesó el vasto aparcamiento medio vacío.
Aún continuó corriendo, si bien en una postura más erecta, más despacio. Su
respiración era ahora convulsiva, pero casi había llegado.
Entonces, súbitamente, llegó. A casa, a la seguridad. Había llegado.
Se reclinó casi al borde del colapso contra el lustroso flanco de la máquina, cuyo
chasis de aleación ligera resplandecía de azul bruñido. Tocó el aerocoche, lo acarició,
lo besó. Su coche, su magnífica carroza, más espléndida que la de ningún
conquistador bárbaro. El puente de unión hacia algo más que la grandeza humana.
Ahora, recobrando el aliento, buscó en sus bolsillos la llave magnética. La puerta
se abrió en un gesto de bienvenida. Subió al interior y cerró la puerta tras él.

Se sentó triunfalmente en la silla de control y se arrancó la máscara. En el interior


del aerocoche el aire era acondicionado. Respiró varias bocanadas revivificadoras,
limpiando el ácido que obstruía los tejidos de su nariz y garganta, recuperando el
aliento.
Ante él, los relucientes controles cromados se distribuían en hileras, como las
teclas de un gran órgano electrónico. El lúcido panorama del parabrisas omnivisión
rodeaba su cabeza por todos lados. La palanca de control, los instrumentos, estaban
aguardando su mano, alerta y sensiblemente.
Se sentía bien. Estaba listo para irse.

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Mientras tocaba suavemente, casi en forma acariciante, el botón de arranque, los
rotores de los propulsores gritaron, subiendo la escala. A través del registro medio,
dulcemente. Alto, cada vez más alto. Hasta que llegaron a un aullido controlado. Pero
ahora esto era música para los oídos de Hogben, dulce música.
La aguda vibración sónica se apoderó de su columna vertebral y de la base de su
cerebro, sacudiéndolo en una feroz danza de dos mil ciclos por segundo. Un ritmo de
locura, que se apoderaba sutilmente del oyente con su encanto y lo transformaba
temporalmente en un demente.
Pero era una demencia gratificadora y megalomaníaca la que asía la columna
vertebral de Hogben. Mientras apretaba el acelerador sintió una oleada de gozo
extático. El aparato de tres toneladas se levantó y avanzó al mismo tiempo a través
del aire con una aceleración que dio a Hogben un masivo y satisfactorio empujón
contra el respaldo de su asiento: ¡Swooosh!
Estaba en el aire, acelerando, y nadie podría detenerlo.
¡Que alguien lo intentara!

Con una sonrisa que mostraba sus dientes, Hogben se zambulló en la Aeropista
75. Su rápida maniobra forzó a dos aerocoches a apartarse.
Hogben se rió, sobre el aullido de los rotores, mientras dirigía al aparato
enérgicamente a través de la pista central. Los músculos de su mandíbula se tensaron,
sus hombros se inclinaron hacia delante, contra el empuje. No era posible reconocerlo
como la criatura tímida, expuesta, palpitante y huidiza que pocos minutos antes había
estado corriendo por su vida sobre la superficie de concreto.
Entonces lo vio.
Un punto en la distancia.
Una pequeña masa vulnerable de protoplasma en la forma de un hombre,
corriendo, parándose, agachándose, arrastrándose.
¡Un peatón!
Hogben dio un grito de alegría.
¡Un asqueroso, abyecto, indefenso peatón!
Con un rugido de triunfo, Hogben inclinó la palanca de control hacia delante y
apretó el acelerador hasta el máximo.
El reluciente proyectil que era su coche aulló a través del torturado aire como un
pez espada azul, dirigiéndose inexorablemente hacia su desamparada presa.
Esto le enseñará a no meterse en mi camino, pensó Hogben mientras su aparato
se inclinaba hacia delante y hacia abajo, amenazando incrustarse contra la superficie
misma de la abrasada aeropista.
Fuera de mi camino, parásito.
¡Allá voy!

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Título original:
JETWAY 75
© 1964, Nova Publications Ltd.
Traducción de M. Sobreviela

NUEVA DIMENSIÓN / 6

estará dedicada especialmente a la ciencia ficción en el cine, a través del


análisis de sus últimas y más interesantes manifestaciones:
— con la publicación de una novela excepcional, The thing from outer
space de John W. Campbell, que fue origen de una de las películas más
recordadas por los aficionados al género: el enigma de otro mundo;
— con un reportaje especial sobre la primera semana de cine fantástico
de Sitges, la primera de este género realizada en los países de habla
hispana por nuestros enviados especiales José Luis Garci y José M.
Montalbán;
— con un detallado artículo sobre la película que actualmente atrae más la
atención de los aficionados al género de todo el mundo: 2001, a space
odissey, cuya novela base, debida a la pluma de Arthur Clarke,
aparecerá próximamente en lengua española;
— con además, y dentro de su contenido habitual, un apartado
extraordinario: la ciencia ficción en Rumanía, comprendiendo un
extenso artículo de nuestro corresponsal en aquel país Ion Hobana, con
inclusión de varios de los relatos más destacados de la producción
rumana del género.
Sin olvidar por ello la habitual selección de los más prestigiosos relatos
aparecidos en el mundo, ni nuestras celebradas «páginas verdes» donde se
reunirán como siempre los artículos, las noticias, los comentarios, las
cartas de nuestros lectores…
Esté atento a la aparición de este número: resérvelo ya desde ahora a su
librero habitual. O, mejor, suscríbase: en la página 100 de este mismo
número hallará más información al respecto. Nueva Dimensión es una
revista que no puede faltar en su biblioteca.

la primera revista de ciencia ficción de España.

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31
DE DICIEMBRE
DE 5027
FANZINE

JOSÉ-ÁNGEL CRESPO

31 de Diciembre de 5027 había sido proyectado y fabricado en serie como una


pieza más de la mecánica estatal. Hasta tenía un número de serie en el Instituto
Mundial de Estadística.
El Comité Internacional del Comité Unificado Mundial, en su sección económica,
se reunió el 31 de Diciembre del año 5027 para hacer balance de las realizaciones del
último plan de expansión y estudió las previsiones para los próximos cinco años. A
continuación, la Sección de Demografía Dirigida, consultadas las computadoras
electrónicas, decidió que harían falta dentro de veinte años 103.225 mecánicos
electrónicos. El Comité eligió por orden riguroso las primeras 103.225 peticiones ya
seleccionadas de mujeres que querían tener un hijo e, inmediatamente, les fueron
remitidos los certificados para presentarse a las 500 Delegaciones Regionales del
Instituto Estatal de Inseminación Humana. Todos los niños que nacieron en aquella
tanda llevarían por nombre «31 de Diciembre» y por apellido «5027», día en que se
firmó el Decreto Ley de tanta importancia para ellos. Los nombres estaban prohibidos
hacía mucho tiempo, ya que creaban una individualidad que no era acorde con las
leyes.
El mismo día y a la misma hora, las «receptoras» cumplían con su deber
ciudadano, y 103.225 donantes recibirían una tarjeta rosa con la felicitación del
Gobierno Unificado. Después, cuando el niño naciera, además de una pequeña
cantidad, recibirían el titulo de padres y madres «mundiales», disfrutando de una
bonificación en los impuestos. Sin embargo, les estaba totalmente prohibido saber
quién era el niño y en qué sitio había nacido.
Las futuras madres recibían cuidados especiales y eran vigiladas y controladas,
sin que por eso abandonaran el trabajo en sus fábricas, ya que la Medicina Productiva
había conseguido que su rendimiento no bajara más de un 5% en sus respectivos
trabajos.
Después de un embarazo abreviado y científicamente dirigido de seis meses,
venían partos sin dolor e inconscientes, volviendo a las residencias de sus fábricas sin
ver a sus hijos. Éstos recibirían las hormonas necesarias para lograr la proporción, ya
estudiada, de varones y hembras y, después del período de las incubadoras, pasarían a

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las guarderías infantiles; allí recibirían la instrucción física científicamente adecuada
a su futuro trabajo, y aprenderían la «Religión Política», con los «Principios
Fundamentales del Régimen Mundial».
A los 18 años, serían unos muchachos fuertes, imbuidos de los sanos Principios
Mundiales, así como todos los conocimientos técnicos de su trabajo. Tendrían,
entonces, un período de prácticas de dos años y, al cumplir los 20, el 31 de Diciembre
de 5047, ocuparían los 103.225 puestos de trabajo que fatalmente tenían que
producirse.

Nuestro 31 de Diciembre, al que en la guardería le habían contado muchas veces


su historia y leído el Decreto, estaba muy orgulloso de su origen, ya que había tenido
la suerte de ser un «colaborador especializado» del Gobierno Mundial.
Todos los años se sometía, obligatoriamente, a un chequeo físico y mental,
realizado por los Psiquiatras-Políticos, pues se habían dado algunos casos de locura
política.
Su vida había transcurrido por cauces previstos por los Sociólogos-Políticos, y era
de una gran sencillez. Nada de preocupaciones. Un cuerpo sano, capaz de desarrollar
un trabajo eficiente, y ninguna especulación mental. Éste era el lema que le habían
repetido tantas veces. La práctica de los deportes era obligatoria; cuando dejaba de
ser conveniente por la edad había que afiliarse como seguidor de un club deportivo.
Su residencia estaba en la misma fábrica estatal, la cual contaba con instalaciones
deportivas y una estupenda biblioteca, con todos los libros que existían sobre
mecánica electrónica, que era su especialidad, y sobre los orígenes del Gobierno
Mundial, sus principios y sus excelencias. Todos los actos que realizaba eran
comunitarios, y estaba totalmente prohibido quedarse solo en la habitación, en la
calle o en el campo, pues la soledad engendra ideas insanas que acaban en la locura
política.
Contaba con muchos compañeros, la mayor parte de los cuales también eran
5027, y hasta se honraba con la amistad de un 30 de junio de 5003. (Hay que advertir
que los 30 de Junio eran muy escasos, pues las reuniones del Comité eran en
Diciembre, y sólo se reunían fuera de esa fecha por razones graves o urgentes).
Nuestro héroe contaba a la sazón ochenta años. Estaba en la plenitud de su vida.
La vida, según las estadísticas, había sido calculada en 150 años para todos los 5027.
Su actividad laboral se extendería hasta esos 150 años, no existiendo las jubilaciones,
pues había que aprovechar al máximo el dinero invertido en tan caro producto.

Por esta época, un día, al salir de la fábrica y dirigirse al Tele-Centro para


contemplar una película sobre la inauguración de una central atómica en el Desierto
de Australia, sintió un mareo y perdió el conocimiento. Trasladado al ambulatorio de
la fábrica, fue sometido instantáneamente a todos los análisis; además, fue visitado

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por un Comisario del Gobierno por si tenía alguna queja contra el trabajo, la
alimentación o la vivienda. Después de firmar la declaración de que estaba conforme
con todo, quedó en la habitación acompañado del magnetófono-televisor, que iba
dando, en directo, las noticias mundiales y las estadísticas al segundo, con los
incrementos de la producción.
Pero aquél era un día excepcional. No sólo se había sentido enfermo por primera
vez en su vida, sino que una gran tormenta derribó un gran transformador repetidor, y
la televisión enmudeció. Nuestro héroe quedó horrorizado. En ochenta años jamás
había estado un minuto solo. Miró con terror a la habitación y deseó tener a los
compañeros o, por lo menos, uno de aquellos primitivos transistores de los años
2000. No podía salir, porque las puertas estaban electrónicamente sincronizadas con
las visitas de los médicos, y hasta la noche no vendría ninguno. Todos los servicios y
comodidades imaginables estaban en la habitación, pero él se sentía solo. Sabía que la
soledad era peor que la peor droga, y se esforzó en no pensar.
Sería horrible si un pensamiento, uno solo, se metiera en su cerebro. ¿Pero qué
hacer? Tenía que encontrar una solución. Un sudor frío le invadió de repente:
«Buscar una solución». Era ya un pensamiento. Además, ¿cómo iba él a buscar una
solución? Esto se salía de sus posibilidades, pues había sido preparado para no tener
problemas, y si alguna vez se le presentaban, con marcar el número de Socorro del
Centro de Soluciones Totales quedaba el asunto resuelto. Este Centro era el orgullo
del Gobierno Mundial. Todas las preguntas posibles habían sido previstas, así como
las respuestas exactas, por los más eminentes especialistas de todas las ramas del
saber; por otra parte, las Computadoras se encargaban de recibirlas y contestarlas en
décimas de segundos.
De todas formas, había algo de atrayente en su situación. ¿Y si desafiaba a la
máquina y encontraba una solución a su problema? Nadie se enteraría. Él ya llevaba
cinco minutos pensando, y aún no le había pasado nada. Entonces se preguntó: ¿Y
quién soy yo para pensar por mi cuenta? ¿Quién soy yo…? Esta pregunta le parecía
que no era de él; le recordaba algo de hacía ya muchos siglos, como si otros hombres
muy raros y antiguos se hubieran hecho ya esta pregunta. Sintió unos deseos enormes
de consultar a su amigo 30 de Junio: era mucho mayor que él mismo, y lo sabría.
El teléfono personal de 30 de Junio repiqueteó al instante, y éste dijo con voz de
fastidio:
—¿Qué hay?
—Oye, soy 31 de Diciembre de 5027; ¿me puedes decir quién soy yo?
Inmediatamente se dio cuenta de la tontería que acababa de decir, y vio con
horror que efectivamente el pensar llevaba a la locura o, por lo menos, a la estupidez.
30 de Junio lo achacó al desvanecimiento y le dijo:
—Veo que todavía no te encuentras del todo bien. Te estás perdiendo una película
fantástica. Ya tenemos diez mil seiscientas veintiuna centrales atómicas. La renta
mundial la acabamos de elevar en un cero coma cero cero tres por ciento…

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31 de Diciembre colgó. Era mejor así. Estaba seguro ahora de que 30 de Junio
jamás había pensado ni llegaría a pensar nunca en quién era él.
Las horas pasaban lentas y no podía quitarse aquella idea de la cabeza. Sabía de
memoria su historia, pero tenía la sensación del que se mira en un espejo y no se
reconoce. Él tenía que ser «algo más». ¿Pero qué?
Pensó en llamar al Centro de Soluciones Totales. Pero cuando iba a marcar, un
nuevo pensamiento cruzó por su mente: «¿Para qué he nacido?». «¿Cuál es mi
fin…?».
Se dio cuenta que su locura avanzaba con rapidez. De seguir así, cuando llegase
el médico estaría irremisiblemente loco. No tenía un segundo que perder. Marcó el
número de socorro y formuló las dos preguntas. La respuesta fue fulminante:
—«Eres 31 de Diciembre de 5027. Tu fin es colaborar en la producción mundial
con todo tu entusiasmo durante ciento cincuenta años. Enhorabuena».
Colgó algo decepcionado; por primera vez no le pareció la solución tan «total».

Rumió durante un buen rato las respuestas, lo cual le causó un gran dolor de
cabeza por la falta de práctica, y al final encontró la clave. De acuerdo, ciento
cincuenta años de trabajo, eso ya lo sabía. Pero, ¿y después qué?
Volvió a marcar, ahora con un cierto aire de desafío.
—¿Y después qué? —dijo.
Esta vez, con gran sorpresa, advirtió que la máquina no contestaba.
En el Centro de Soluciones Totales se produjo una gran conmoción. Con gran
rapidez fue avisado el Comité de Urgencia, y se registró el sitio de donde procedía la
llamada. Hubo una larga y secreta deliberación y, pasado bastante tiempo, por vez
primera, la máquina no respondió, sino que preguntó a su vez:
—¿Después de qué?
La fe que tenía en la máquina bajó muchos enteros; aquello era ya un diálogo en
igualdad de condiciones.
La policía del Gobierno se puso en marcha. La Brigada de Represión de Ideas
Subversivas pidió informes de 31 de Diciembre. El Gobierno se puso en estado de
alerta, pues podía ser el principio de una sublevación. Más tarde, al comprobar que
sólo se trataba de un obrero mecánico internado en un sanatorio, hubo un gran alivio.
El peligro había pasado. Un Psiquiatra-Comisario, con plenos poderes, se desplazó en
un cohete ultrasónico para hacer el interrogatorio de aquel delincuente, que
indudablemente tenía que estar loco.

El Psiquiatra-Comisario, acompañado de dos policías armados, entró en la


habitación. Notó que el televisor-magnetófono no funcionaba. Suavemente preguntó:
—¿Le molestaba?
—¿El qué…? ¡Ah, el televisor! No, nada de eso, se estropeó. Por favor, me

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gustaría oírlo. La soledad me asusta.
Esto desconcertó al Comisario. «Este hombre es muy astuto, pensó; hay que
andar con mucho cuidado; ha sido capaz de silenciar las computadoras».
—¿Qué sintió usted? —preguntó.
—Me desmayé al salir de la fábrica.
—No, me refiero aquí dentro. A sus preguntas al Centro de Soluciones Totales.
—No tiene importancia. Son tonterías mías —31 de Diciembre se sonrojó
levemente—. La soledad…
—No, no —atajó rápidamente el Psiquiatra—, ha logrado que el Gobierno se
interese por su caso.
—Bueno, yo no sé… Creí volverme loco. Debo tener aquí dentro —y se señaló la
cabeza— una máquina de pensar que de repente se puso en marcha.
«Es un caso grave», pensó el Comisario.
—Me quedé solo. La culpa fue de la tormenta que averió la televisión. Sentí
miedo. Me pareció que yo no era yo.
—¿Sintió que se desdoblaba su personalidad?
—No. Era yo, pero «algo más».
—¿El qué?
—No lo sé —contestó 31 de Diciembre.
—¿No le pareció raro?
—Sí.
—¿Por qué no consultó a las Computadoras?
—Ya lo hice.
—¿Entonces…?
—No me satisfizo la respuesta.
—Usted sabe que dan siempre la solución exacta, la única.
—Sí, lo sé; pero mi caso es distinto.
«Siempre lo mismo —murmuró el Comisario—. Ahora, amigo, me has
defraudado. Creí que eras muy inteligente y veo que eres un vulgar enfermo».
—¿Le sugirió alguien las preguntas? —éste era un tema sobre el cual había
insistido mucho en el Comité Central, por si la subversión tenía ramificaciones.
—No, ya le digo que estaba solo.
—¿Piensa que se va a morir antes de tiempo? Ya sabe que eso no puede suceder.
—No. Más bien pensaba en lo que hay detrás de la muerte. Si en esta enfermedad
muero, ¿dónde iré?
—No se preocupe. En el Archivo de Cenizas Proletarias ya tiene su lugar
preparado.
—No digo mi cuerpo. Digo esa… esa especie de máquina de pensar que tengo.
—¿Para qué quiere pensar? Si usted muere, al Gobierno ya no le es útil y, por
tanto, ya no pensará. Por cierto… su caso me recuerda al de una secta primitiva de
iluminados de hace ya cinco mil años. Creían en otra vida.

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—Mire usted: yo sólo soy un pobre obrero que únicamente entiende de mecánica
y que sabe que usted tiene razón. Pero hay algo que me dice que después de mi
muerte yo voy a seguir pensando. No sé cómo ni dónde. Y esto es lo que me
trastorna. ¿Me promete traerme mañana la solución a mis preguntas?
El Comisario comprendió que no había nada qué hacer. Como tenía buenos
sentimientos, se sintió invadido por la angustia. Pensó en el informe que tenía que
redactar aquella misma noche y, con palabras solemnes, aseguró:
—Mañana sabrá usted la respuesta a todas sus preguntas.

«El enfermo padece una fulminante locura política, altamente contagiosa y


desgraciadamente irreversible. Su moralidad recuerda a las sectas religiosas
primitivas. No tiene cómplices».
El Comisario firmó y se fue.
Aquella noche se le administraba un sedante a 31 de Diciembre, y a las doce,
cuando ya estaba dormido, entraron en la habitación el Juez, el Forense y el
Practicante. El Juez redactó la ficha a su nombre y le tomó las huellas dactilares. En
la casilla de Procedimiento escribió: Inyección, Eutanasia. En la del Motivo: Locura
Política.
El ciclo se había cerrado. El individuo era un producto del Gobierno, y estaba a su
servicio. Por los locos políticos, por los rebeldes subversivos, el Gobierno sentía una
gran compasión y sólo conocía una solución: la Piadosa Eutanasia.
Todo se había cumplido en la vida de 31 de Diciembre. Menos que viviría ciento
cincuenta años.

© 1967, Cuenta Atrás.

El segundo fanzine en orden de aparición dentro de la escena española,


y el primero en permanencia (pues el otro feneció a los pocos números) es
«Cuenta Atrás». Su faneditor, Carlos Buiza, que se ha revelado
repentinamente como uno de los autores jóvenes de más empuje del
momento actual, no se ha sentido envanecido sin embargo por su repentino
y fabuloso éxito (principalmente en televisión), y como buen aficionado
que es ha seguido trabajando con su multicopista y sus clichés,
produciendo un fanzine que puede colocarse a la altura de los mejores de
todo el mundo. En las páginas de «Cuenta Atrás» han aparecido los
nombres de todos los autores más o menos conocidos de la escena
española de la ciencia ficción, alternándose a su vez con una serie de
«descubrimientos» (cuyo mérito hay que agradecer en gran parte al propio
Carlos Buiza) de una serie de autores que, como el del relato que
publicamos aquí, no tienen nada que envidiar a los profesionales, y se nos
presentan como futuras e importantes promesas.
La única nube negra que aparece en el horizonte de este magnífico
fanzine español es la inminente incorporación de su faneditor al servicio
militar, cuya circunstancia, ocupándole intensamente sus horas, no

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creemos que le permita la continuación de su tarea, la cual últimamente, y
debido precisamente a excesos de trabajo, se mostraba ya un poco
irregular.
Confiamos en la suerte y en la voluntad de Carlos Buiza, y hacemos
votos porque esta loable empresa que es «Cuenta Atrás» siga, contra
viento y marea.

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Un cuento de choque

DIÁLOGO DE MUTANTES
FORREST J ACKERMAN
Forrest J Ackerman, además de un excelente, amigo, corresponsal en USA y
colaborador de Nueva Dimensión, es el agente literario de A. E. Van Vogt, entre otros
autores, el editor de las famosas revistas «Famous Monsters of Filmland», «Monster
world», «Spacemen», «Exciting science-fiction», «Eerie stories», y una de las
personalidades más destacadísimas de Hollywood.
No podíamos dejar de publicar pues una de sus historias, y nos honra el que sea él
precisamente el que inaugure este nuevo apartado dentro de nuestra revista. Éste es su
cuento de choque.

Cabezadoble meditaba sobre el viejo problema.


—¿Cree usted —reflexionó en voz alta, con el extraño ceceo que era herencia de
su lengua hendida— que el Hombre pueda haber creado a los mutantes a su propia
imagen?
Su recién conocido de la última hora crepuscular no profirió opinión alguna.
La segunda cabeza del mutante arqueó su cuello hacia adelante desde la pared
de la cueva en la que reposaba. Con el chillido característico de su doble lengua,
discutió:
—Pero, ¡si el hijo del Hombre, Adán, nos creó a todos con la bomba Adámica…!
—No creo en esa historia de la creación por la bomba —tartamudeó
negativamente su otra cabeza—. ¿Y usted, forastero?
Tampoco ahora respondió el forastero, aunque debido a la oscuridad reinante en
la caverna no se podía ver el motivo de su mutismo.
La lengua chillona declaró:
—¡Pero, para que el Hombre hubiera hecho al mutante a su propia imagen,
tendría que haber sido un polimorfo! Parte de Él tendría que haber sido bicéfalo,
como nosotros, y parte como nuestras hermanas Siamesas; parte como el pequeño
Bolarodante y parte como el Octobrazos que conocimos la semana pasada; parte
como Ciempiés y parte como nuestro primo Serpentón. ¡Y entonces habría sido un
monstruo! ¿No está de acuerdo, forastero?
En las profundidades oscuras de la cueva, el forastero se agitó pero no pronunció
sonido alguno. De esta forma, aquella discusión filosófica de finales de la última
decena del siglo veinte llegó a su término, por exhaución.
Entonces, lentamente, como temerosos de lo que pudieran revelar, los débiles
rayos lunares penetraron en la cueva. La luz trémula se movió vacilante a lo largo

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del cuerpo deforme de Cabezadoble y finalmente, con reluctancia, iluminó toda la
figura del mutante. ¿Fue una ilusión, o la cara del Hombre de la Luna palideció? En
la Tierra ya no quedaba ningún hombre para comprobarlo.
Continuó el lento progreso de los rayos hasta que fue también visible el segundo
mutante. Entonces, se hizo evidente el porqué el forastero no había hablado.
Mejor será decirlo de esta manera: de haber estado allí un hombre con ojos para
ver, hubiera sido evidente el por qué. Continuó siendo un misterio para Cabezadoble
porque, aunque tenía más ojos de los que le tocaban, seis para ser exactos, todos
ellos eran de un blanco albino, óvalos de carne gelatinosa, sin pupilas, que no
servían para nada. Cabezadoble era ciego de nacimiento.
Y el forastero… bueno, se mantenía en silencio porque…
Los mutantes, saben, tienen un proverbio: Mas valen dos cabezas que ninguna…

© 1950, Forrest J Ackerman.

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SEIS FÓSFOROS
ARKADI Y BORIS STRUGATSKI

Los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, astrónomo y lingüista respectivamente,


son dos de los autores de ciencia ficción más celebrados en la URSS, y su trilogía
de novelas «El país de las nubes purpúreas», «El camino de Amaltea» y
«Cataclismo en Iris» —la primera de las cuales ha sido publicada en español por
la colección Nebulae— es mundialmente conocida. Han escrito además una gran
cantidad de relatos cortos, de entre los cuales hemos seleccionado el presente: un
relato de corte muy soviético, donde se nos ofrece una idea digna de ser anotada:
la del «músculo del cerebro».

montaje fotográfico de ENRIQUE TORRES

El inspector puso a un lado su block de notas y dijo:


—Es un asunto complicado, camarada Leman. Un asunto realmente extraño.
—Yo no lo encuentro así —dijo el director del Instituto.
—¿No?
—No. Para mí todo está claro.
El director hablaba con una voz seca, mientras examinaba atentamente la plaza
vacía, inundada de sol, bajo la ventana. El cuello le dolía desde hacía tiempo. En la
plaza no ocurría estrictamente nada interesante. Pero él permanecía vuelto
obstinadamente en esta actitud, queriendo expresar así su protesta. El director era
joven y estaba lleno de amor propio. Comprendía muy bien de qué quería hablar su
interlocutor, pero no le reconocía el derecho de ocuparse de aquel aspecto del asunto.
La insistencia tranquila del inspector lo irritaba. «Intenta comprender, pensaba con
rabia. ¡Todo está claro como el agua de un manantial, pero él intenta comprender!».
—Para mí, aún no está todo claro —dijo el inspector.
El director se encogió de hombros, echó una mirada a su reloj y se levantó.
—Excúseme, camarada Rybnikov —dijo—. Dentro de cinco minutos tengo una
reunión. Si no me necesita…
—Claro que no, camarada Leman. Pero desearía hablar también con este…
asistente «personal». ¿Gortchinski, creo?
—Gortchinski. Aún no ha vuelto. En cuanto llegue se lo enviaré.
El director hizo una inclinación y salió. El inspector, frunciendo las cejas, lo
observó irse. «Eres un poco ligero, muchacho, pensó. ¡Bah! Ya llegará tu turno».
Pero el turno del director aún no había llegado. Antes era preciso esclarecer lo
esencial. A primera vista, efectivamente, todo parecía límpido. Desde aquel mismo

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momento el inspector Rybnikov, del Departamento de Protección del Trabajo, hubiera
podido iniciar su informe sobre El asunto Andrei Komline, jefe del laboratorio de
física del Instituto Central del Cerebro. Komline se había sometido por sí mismo a
peligrosas experiencias y desde hacía cuatro días se hallaba en el hospital en un
estado de semi-coma. Su cráneo redondo, erizado de pequeños cabellos, estaba
cubierto de extraños moratones de forma redondeada. No podía hablar. Los médicos
le inyectaban vigorizantes. Y en el momento de las consultas, los términos: «extremo
agotamiento nervioso, afección de los centros de la memoria, alteraciones de los
centros vocales y del oído» acudían sin cesar, inquietantes.
En el asunto Komline, todo lo que podía interesar al Departamento de Protección
del Trabajo estaba claro para el inspector. No se trataba ni de mal funcionamiento de
los aparatos, ni de negligencia en su utilización, ni de falta de experiencia del
personal. Con toda evidencia, ninguna infracción de las reglas de seguridad —en todo
caso en el sentido generalmente admitido para esta palabra— había tenido lugar.
Estaba, en fin, claro que Komline se sometía a esas experiencias a espaldas de todos,
incluso de Alexandre Gortchinski, su asistente «personal». Aunque sobre este punto
algunos colaboradores del laboratorio fueran de una opinión muy diferente.
Lo que interesaba al inspector era otra cosa. Es cierto que él no era solamente
inspector. Su olfato de viejo investigador científico le hacía pensar que los datos
fragmentarios de que disponía sobre el trabajo de Komline y el extraño accidente
ocurrido a éste disimulaban la historia de un descubrimiento poco ordinario. Y los
testimonios de los colaboradores del Instituto, que volvían ahora a su memoria, le
confirmaban más y más en esta idea.
Tres meses antes del accidente, el laboratorio había recibido un nuevo aparato.
Era un generador de neutrinos. Es decir, un dispositivo para producir haces de
neutrinos y focalizarlos. Fue a partir de aquel momento que en el laboratorio de física
se produjeron toda una serie de acontecimientos a los cuales no habían prestado
atención, en el momento preciso, aquellos que hubieran debido hacerlo. El accidente
del cual Komline había sido víctima era el resultado.
A la recepción del aparato, Komline había confiado a su adjunto, con una visible
alegría, la tarea de acabar el estudio del tema en el que trabajaba. Se había encerrado
en la pieza donde se hallaba el generador de neutrinos y había empezado a preparar
—esto es lo que había declarado— una serie de experiencias preliminares. Habían
pasado algunos días. Después, Komline había abandonado bruscamente la pieza.
Como de costumbre, había dado una vuelta por el laboratorio, amonestado vivamente
en público a tres de sus colaboradores, firmado algunos papeles y encargado a su
adjunto de redactar el informe semestral. A la mañana siguiente se había encerrado de
nuevo en su «cámara de neutrinos», esta vez con su asistente Alexandre Gortchinski.
No fue sino hasta muy recientemente, dos días antes del accidente, que se supo de
qué se ocupaban, cuando Komline (en común con Gortchinski) había presentado
aquel destacable informe sobre la acupuntura a neutrinos «que hacía tambalearse las

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bases de la medicina». Pero en el curso de los tres meses durante los cuales había
trabajado con el generador, Komline había ya llamado en tres ocasiones la atención
de sus colaboradores.
Las cosas habían comenzado así. Un buen día, Andrei Andreevitch había llegado
al laboratorio con la cabeza rapada y llevando su sombrero negro de profesor. Nadie
sin duda habría recordado aquel detalle, si, una hora después, pálido y aturdido,
Gortchinski no hubiera salido de la «cámara de neutrinos» y, según la expresión dada
por alguien, no se hubiera lanzado a la farmacia del laboratorio «revolviendo
armarios». Luego, habiendo tomado varios apósitos individuales, regresó a la misma
velocidad y cerró la puerta a sus espaldas. Alguien sin embargo logró ver a Andrei
Andreevitch dentro de la habitación, de pie cerca de la ventana, con su cráneo
reluciente, y sujetándose su mano izquierda con la derecha. Su mano izquierda estaba
moteada de manchas oscuras, sin duda de sangre. Por la tarde, Komline y Gortchinski
habían abandonado la «cámara de neutrinos» sin hacer ruido y habían salido sin mirar
a nadie. Ambos tenían el aire anonadado, y la mano izquierda de Komline estaba
envuelta en un vendaje sucio.
Algunos recordaban también otra cosa. Un mes después de este primer incidente,
el joven investigador Vedeneev había hallado una tarde a Komline en un sendero
apartado del Parque Azul. El jefe del laboratorio estaba sentado en un banco, con un
grueso libro un poco abismado sobre las rodillas, y murmuraba a media voz, los ojos
clavados fijamente ante él. Vedeneev lo había saludado y había tomado asiento a su
lado. Komline había cesado inmediatamente de murmurar y se había vuelto hacia él
torciendo curiosamente el cuello. Tenía los ojos «como vidriosos», y Vedeneev había
sentido de pronto deseos de irse. Pero por educación preguntó:
—¿Lee, Andrei Andreevitch?
—Sí —había respondido Komline—. Las ligas del río, de Chi Nai-an. Un libro
muy interesante. Tome, por ejemplo…
Vedeneev, que era muy joven, no conocía apenas la literatura china, y se sintió
aún más incómodo. Pero Komline había cerrado bruscamente el libro, y se lo había
dado a Vedeneev pidiéndole que lo abriera al azar. Komline había echado una ojeada
sobre la página («una sola y rápida ojeada»), se había inclinado y había dicho:
—Siga el texto.
Después, con su voz habitual, sonora y clara, se había puesto a contar cómo un
cierto Hou Yan-je, armado de varillas de acero, se había arrojado sobre He Tcheng y
Se Bao, y como un cierto Van In, apodado «el tigre de patas cortas» y su esposa
llamada «El verdor»… Fue solamente en aquel momento que Vedeneev comprendió
que Komline recitaba la página de memoria. El jefe del laboratorio no se había
saltado ni una sola línea, no había confundido ni un solo nombre, lo había recitado
todo palabra por palabra. Inmediatamente después, preguntó:
—¿He cometido errores?
Estupefacto, Vedeneev había sacudido la cabeza. Komline se había echado a reír,

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le había tomado de nuevo su libro y se había ido. Vedeneev, no sabiendo qué pensar,
había contado esta historia a algunos compañeros que le habían aconsejado pedir al
propio Komline que se lo explicara. Pero éste había acogido con una sorpresa tan
sincera la alusión de su encuentro en aquel sendero que Vedeneev había cambiado
inmediatamente de conversación.
Sin embargo, los acontecimientos más asombrosos habían ocurrido apenas
algunas horas antes del accidente.
Aquella tarde, Komline, más alegre, más espiritual y más jovial que nunca, había
mostrado sus habilidades. Había cuatro espectadores: Alexandre Gortchinski, mal
afeitado y expresando un afecto de colegial hacia su jefe, y tres chicas ayudantes de
laboratorio, Lena, Doussia y Katia, que se habían quedado allá después de su servicio
para terminar el montaje de un esquema sobre el cual debía trabajarse a la mañana
siguiente.
Sus habilidades eran divertidas.
Para comenzar, Komline había propuesto hipnotizar a alguien, pero como nadie
se lo había permitido, contó una anécdota sobre el hipnotizador y el cirujano.
Después, declaró:
—Lena, ahora voy a adivinar lo que guardas en el cajón de tu mesa.
De los tres objetos del cajón había nombrado dos, pero Doussia le acusó de
espiar. Komline había asegurado que no era cierto, pero como las chicas se rieran de
él, declaró que sabía apagar una llama con la mirada. Doussia tomó una caja de
fósforos y encendió uno, en el ángulo opuesto de la habitación. Bruscamente el
fósforo, que hasta entonces brillaba bien, se apagó. Sorprendido, todo el mundo miró
a Komline. Estaba de pie, los brazos cruzados sobre el pecho y las cejas fruncidas, en
la pose del ilusionista profesional.
—¡A esto se le llama tener pulmones! —dijo Doussia admirativa: seis pasos al
menos la separaban de Komline. Entonces este último propuso que le amordazaran.
Doussia había encendido un nuevo fósforo, que se apagó exactamente igual que el
primero.
—¿Soplará usted con la nariz? —se sorprendió Doussia. Pero Komline, habiendo
retirado su mordaza, estalló en risas e hizo dar a Doussia unos pasos de vals a través
de la pieza.
Inmediatamente mostró otros trucos. El primero ocurría de la siguiente manera:
dejaba caer una cerilla, pero cada vez, en lugar de seguir la vertical, ésta se apartaba
hacia la derecha en un ángulo muy pronunciado («Está soplando de nuevo…» dijo
Doussia, sin demasiada convicción); para el segundo, puso una pequeña espiral de
wolframio sobre la mesa. De pronto, dando cómicos saltitos sobre el cristal, ésta se
arrastró hasta el borde y cayó al suelo. Evidentemente, todo el mundo estaba muy
sorprendido, y Gortchinski insistió para que el profesor explicara cómo lo lograba.
Pero Komline había tomado bruscamente un aire serio, y propuso multiplicar
mentalmente algunos números de varias cifras.

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—Diez mil cuatrocientos sesenta y cuatro por doscientos treinta y uno —sugirió
Katia tímidamente.
—¡Apunte! —ordenó Komline con una voz extrañamente sorda, y comenzó a
dictar—: cuatro, ocho, uno… —Allí, su voz descendió hasta casi convertirse en un
murmullo, y terminó muy aprisa—: siete, uno, cuatro, dos… de derecha a izquierda.
En seguida se volvió de espaldas (las tres jóvenes se mostraron sorprendidas de
verle de pronto abatido, encorvado, como si se hubiera vuelto más pequeño) y,
arrastrando la pierna, regresó a la «cámara de neutrinos», donde se encerró.
Gortchinski lo vio irse con inquietud, después anunció que Andrei Andreevitch había
calculado exactamente: leyendo las cifras dictadas de derecha a izquierda se obtenía
el resultado, dos millones cuatrocientos diecisiete mil ciento ochenta y cuatro.
Las chicas habían trabajado hasta la diez y Gortchinski se había quedado para
ayudarlas, si bien no pensaba en lo que estaba haciendo. Komline no salía. A las diez,
todos se fueron, deseándole buenas noches a través de la puerta. A la mañana
siguiente, Komline era transportado al hospital.
Así, el resultado «legal» de estos tres meses de trabajo de Komline era la
«acupuntura a neutrinos», es decir un tratamiento fundado en la irradiación del
cerebro por haces de neutrinos. Era un método extremadamente interesante en sí
mismo, pero ¿qué relación había entre él y la mano herida de Komline? ¿Y su
extraordinaria memoria? ¿Y sus habilidades con los fósforos, la espiral y el cálculo
mental?
—Ocultaba algo a todo el mundo —murmuró el inspector—. ¿Era porque no
estaba demasiado seguro de sí mismo o porque temía hacer correr un peligro
cualquiera a sus camaradas? Era un asunto complicado, muy extraño.
El videofono hizo oír un timbrazo y el rostro de la secretaria apareció en la
pantalla.
—Perdón, camarada Rybnikov —dijo—. El camarada Gortchinski está aquí a su
disposición.
—Que venga —dijo el inspector.

II

Un hombre de elevada estatura, con una camisa a cuadros, las mangas subidas,
apareció en la puerta. Sus enormes hombros estaban rematados por un cuello de toro
y una cabeza coronada de una espesa cabellera negra, a través de la cual se apercibía
sin embargo un pequeño indicio de calvicie (o incluso dos, le pareció al inspector).
Entró de espaldas. Antes de que el inspector tuviera tiempo de sorprenderse, continuó
avanzando de espaldas, dijo: «Usted primero, Iossif Petrovich», y dejó pasar al
director. Después, cerró cuidadosamente la puerta, se giró sin prisa y saludó
inclinándose ligeramente. El rostro de este personaje de modales extraños estaba

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adornado por un bigote corto pero espeso y parecía demasiado oscuro. Era Alexandre
Gortchinski, el asistente «personal» de Komline.
El director tomó asiento en su sillón y se puso a mirar por la ventana sin decir una
palabra. Gortchinski se plantó ante el inspector.
—Y usted… —dijo éste.
—Gracias —respondió el ayudante de Komline, y se sentó. Con las manos
apoyadas sobre las rodillas, miró al inspector con sus ojos grises, sin apacibilidad.
—¿Gortchinski? —preguntó el inspector.
—Gortchinski Alexandre Borissovitch.
—Soy Rybnikov, inspector del Departamento de Protección del Trabajo.
Encantado.
—Igualmente —dijo Gortchinski arrastrando las palabras.
—¿Es usted el asistente «personal» de Komline?
—No sé lo que quiere usted decir con esto. Soy preparador en el laboratorio de
física del Instituto Central del Cerebro.
El inspector echó una ojeada oblicua al director. Le había parecido ver que una
sonrisa irónica fruncía los ojos de éste.
—Bien —dijo—. ¿Qué problemas ha estudiado usted estos últimos tres meses?
—Los problemas de la acupuntura a neutrinos.
—¿No podría darme algunos detalles más?
—Existe un informe —dijo firmemente Gortchinski—. Todo está allá.
—Le ruego, sin embargo, que me dé una respuesta más detallada —dijo el
inspector calmadamente.
Permanecieron algunos segundos frente a frente, mirándose a los ojos, el
inspector volviéndose rojo, Gortchinski con el bigote temblando. Este último frunció
al fin el ceño y dijo:
—Si lo desea, puedo darle algunos detalles. Estudiamos la influencia de los haces
de neutrinos focalizados sobre la materia gris y blanca del cerebro al igual que sobre
el conjunto del organismo del animal cobaya…
Gortchinski hablaba con un tono monótono, sin expresión, agitándose lentamente
en su sillón.
—… Paralelamente al registro de las modificaciones patológicas y otras ocurridas
en el conjunto del organismo, medimos las corrientes de influencia, el decrecimiento
diferencial y las curvas frágiles en los diferentes tejidos, al mismo tiempo que las
cantidades relativas de neuroglobulina y de neurostromina…
El inspector se apoyó en el respaldo del sillón y pensó con una rabia admirativa:
«Tú, muchacho atrevido…». El director continuaba mirando por la ventana y
tamborileando con los dedos sobre la mesa.
—Dígame, camarada Gortchinski, ¿qué es lo que tiene usted en las manos? —
preguntó bruscamente el inspector, al que no le gustaba permanecer a la defensiva.
Gortchinski miró sus manos posadas en los brazos del sillón, enteramente

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cubiertas de arañazos y cicatrices azuladas, hizo un gesto como para meterlas en sus
bolsillos, pero se limitó a cerrar sus enormes puños.
—Es un mono que me arañó —murmuró entre dientes—. En su jaula.
—¿Es que realiza usted sus experiencias solamente sobre animales?
—Sí, yo realizaba mis experiencias, yo, solamente sobre animales —dijo
Gortchinski, apoyándose ligeramente en el segundo «yo».
—¿Qué le ocurrió a Komline hace dos meses? —preguntó el inspector pasando a
la ofensiva.
Gortchinski se encogió de hombros.
—No lo recuerdo.
—Voy a hacerle memoria. Komline se hizo un corte en la mano. ¿Cómo se lo
produjo?
—¡Se cortó, y es todo! —respondió Gortchinski groseramente.
—¡Alexandre Borissovitch! —dijo el director con tono de advertencia.
—Pregúnteselo a él.
Los ojos claros del inspector se fruncieron.
—Usted me sorprende, Gortchinski —dijo con voz baja—. Tiene usted el aire de
estar convencido de que quiero hacerle decir algo que podría perjudicar a Komline…
o a usted, o a sus camaradas. Todo es sin embargo mucho más simple. Yo no soy
especialista del sistema nervioso central, sino solamente de radio-óptica. Por lo tanto,
no tengo derecho de juzgar según mis impresiones personales. Si me han encargado
este trabajo, no es para dejar curso libre a mi imaginación, sino para saber. Y usted
me está representando una comedia. Debería usted sentir vergüenza…
Se estableció un silencio. Y el director comprendió de pronto lo que daba la
fuerza a aquel hombre lento y tenaz. Visiblemente, Gortchinski lo había comprendido
también, ya que dijo al fin, sin mirar a nadie:
—¿Qué quiere usted saber?
—Lo que es la acupuntura a neutrinos —dijo el inspector.
—Es una idea de Andrei Andreevitch —respondió Gortchinski con aire cansado
—. La irradiación de ciertas partes de la corteza cerebral mediante haces de neutrinos
suscita… o más exactamente acrecenta en proporciones considerables la resistencia
del organismo a diversos venenos químicos y biológicos. Después de dos o tres
sesiones, perros contaminados o envenenados con anterioridad sanan completamente.
Existe una cierta analogía entre estos haces de neutrinos y las agujas de las que se
sirve uno en la acupuntura, de las cuales le viene el nombre a este nuevo método.
Pero evidentemente la analogía es puramente exterior.
—¿Y cómo proceden ustedes? —preguntó el inspector.
—En primer lugar, se afeita el cráneo del animal, después se aplica sobre la piel
desnuda una especie de ventosas… Son pequeños dispositivos que focalizan los haces
de neutrinos en un punto determinado de la materia gris. Es muy complicado. Pero lo
que es aún más difícil es el descubrir los puntos de la corteza cerebral que es preciso

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tocar para hacer actuar a los fagocitos en el sentido deseado.
—Es extremadamente interesante —dijo muy sinceramente el inspector—. ¿Pero
qué enfermedades pueden curarse de esta manera?
Después de un instante de silencio, Gortchinski respondió:
—Numerosas. Andrei Andreevitch piensa que la acupuntura a neutrinos moviliza
fuerzas del organismo que nos son aún desconocidas. No los fagocitos, ni los
estímulos nerviosos, sino algo distinto, algo incomparablemente más poderoso. Él no
tuvo tiempo… Decía que las punturas a neutrinos permitirían sanar no importa cual
afección: los envenamientos, las enfermedades cardíacas, los tumores malignos…
—¿El cáncer?
—Sí. Las quemaduras también… quizá incluso restablecer los órganos perdidos.
Decía que las fuerzas estabilizadoras del organismo son inmensas y que la llave para
ponerlas en movimiento se encuentra en la corteza cerebral. Es necesario solamente
descubrir los puntos de esta corteza donde deben ser hechas las punturas.
—La acupuntura a neutrinos —pronunció lentamente el inspector, como si
degustara las palabras. Después, muy aprisa, continuó—: Muy bien, camarada
Gortchinski. Se lo agradezco mucho. —Gortchinski tuvo una sonrisa de desengaño
—. Ahora cuénteme, por favor, cómo halló usted a Komline. Fue usted el primero
que lo descubrió, ¿no es así?…
—Efectivamente, fui el primero. Cuando llegué al trabajo, por la mañana, Andrei
Andreevitch estaba sentado… derrumbado en el sillón del despacho…
—¿En la «cámara de neutrinos»?
—Sí, en la habitación donde se encuentra el generador. Tenía sobre la cabeza el
casco que lleva las ventosas. El generador estaba conectado. Me pareció que Andrei
Andreevitch estaba muerto. Llamé al médico. Esto es todo.
La voz de Gortchinski se cortó. Era algo tan inesperado que el inspector aguardó
un poco antes de hacer una nueva pregunta. «Vaya, vaya», dijo el director sin dejar de
mirar hacia la ventana.
—¿Y no sabe usted a qué experiencia se dedicaba Komline?
—No —respondió Gortchinski con una voz sorda—. No lo sé. En la mesa, ante
él, se encontraba la balanza del laboratorio y dos cajas de fósforos. Los fósforos de
una caja habían sido vaciados sobre la mesa…
—Espere —el inspector echó una mirada al director, después a Gortchinski—.
¿Fósforos? Fósforos… ¿Qué tienen que ver los fósforos con esto?
—Sí, fósforos —repitió Gortchinski—. Estaban amontonados. Algunos estaban
unidos de dos en dos o de tres en tres. Sobre uno de los platos de la balanza había
seis. Al lado se encontraba una hoja de papel con cifras. Andrei Andreevitch pesaba
los fósforos. Esto es cierto. Lo he verificado yo mismo. Las cifras coinciden.
—Fósforos —gruñó el inspector—. Quisiera saber para qué le servían… ¿tiene
usted alguna idea?
—No —respondió Gortchinski.

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—Sus colaboradores me han contado también… —el inspector se acarició el
mentón, pensativo—. Estas habilidades… con la llama, con los fósforos… Es
probable que, además de la acupuntura, Komline estudiara también otros problemas.
Pero ¿cuáles?
Gortchinski guardó silencio.
—En varias ocasiones realizó experiencias sobre sí mismo. Su cráneo está
cubierto de las señales de sus ventosas.
Gortchinski continuaba callado.
—¿Había observado usted antes que Komline calculaba muy rápido
mentalmente? Quiero decir, antes de que les mostrara sus habilidades.
—No —dijo Gortchinski—. No lo había notado. Yo no observé nunca nada
parecido. Ahora, sabe usted tanto como yo. Es cierto que Andrei Andreevitch realizó
experiencias sobre sí mismo. Ensayaba las punturas de neutrinos. Es cierto que se
cortó la mano con una hoja de afeitar… Quería controlar cómo estas punturas
cicatrizaban las heridas. Esta vez… no tuvo éxito. Y, al mismo tiempo, trabajaba en
no sé cual problema en secreto para todo el mundo. Incluso para mí. Ignoro en qué
consistía este problema. Lo único que sé es que se trataba igualmente de algo
relacionado con la irradiación de neutrinos. Es todo.
—¿Alguien más que usted se halla al corriente? —preguntó el inspector.
—No, nadie.
—¿Y usted no sabe a qué experiencias se dedicaba Komline sin su participación?
—No.
—Puede retirarse —dijo el inspector.
Gortchinski se alzó y, sin levantar los ojos, ganó la salida. El inspector miraba
fijamente su nuca, donde se apercibían dos pequeñas manchas de calvicie, no una
sino dos, como le había parecido desde un principio.
El director miraba por la ventana. Un pequeño helicóptero descendía en la plaza.
Con su fuselaje brillando al sol, balanceándose suavemente, giró con lentitud sobre sí
mismo y se posó. La puerta de la cabina se abrió, el piloto, vestido con mono gris,
apareció en ella, saltó con ligereza al asfalto y avanzó hacia el Instituto mientras
encendía un cigarrillo. El director había reconocido el helicóptero del inspector.
«Viene a repostar», pensó distraídamente.
El inspector preguntó:
—La acupuntura a neutrinos, ¿no afecta al psiquismo?
—No —respondió el director—. Komline afirma que no.
El inspector se hundió en su sillón y se puso a contemplar el techo de un blanco
mate.
El director dijo casi en voz baja:
—Gortchinski no podrá trabajar hoy. Se ha equivocado usted hablándole así…
—No —objetó el inspector—, no me he equivocado. Perdóneme, camarada
Leman, pero usted me sorprende. ¿Cómo, según usted, puede un hombre normal

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tener manchas calvas en la cabeza? Y cicatrices en las manos… Es un digno discípulo
de Komline.
—Les gusta su trabajo —dijo el director.
Durante algunos segundos, el inspector miró al director sin decir nada, las
mandíbulas apretadas.
—Les gusta mal —dijo—. Según la vieja moda, camarada Leman. Y a usted
también, a todos ustedes les gusta mal. Somos ricos. El país más rico del mundo.
Ponemos a su disposición todos los aparatos, todos los animales de los que puedan
tener necesidad para sus experiencias. Sólo es preciso pedirlo. Trabajen, estudien,
experimenten… ¿Por qué en cambio derrochan tan ligeramente los hombres? ¿Quién
les ha permitido una tal actitud con respecto a la vida humana?
—Yo…
—¿Por qué no aplican ustedes las directrices de abril del Comité Central? ¿Por
qué no ejecutan ustedes el decreto del Presidium del Soviet Supremo? ¿Cuándo va a
terminar este escándalo?
—Es el primer caso en nuestro Instituto —replicó el director, irritado.
El inspector sacudió la cabeza.
—En su Instituto… ¿Y en los demás? ¿Y en las industrias? Komline es el octavo
caso durante estos últimos seis meses. ¡Es la barbarie! ¡Un heroísmo bárbaro! Se
montan en los cohetes cósmicos, en los batiscafos, se ponen los reactores a regímenes
críticos… —hizo un esfuerzo para sonreír—. Se buscan las vías más cortas para
descubrir la realidad, para triunfar sobre la naturaleza. Y no son raros los casos en los
que alguno se deja la vida. Su Komline es el octavo. ¿Es esto admisible, profesor
Leman?
El director adoptó un aire obstinado.
—A veces es inevitable. Acuérdese de los médicos que se inoculaban el cólera y
la peste.
—Eso es, hábleme de situaciones históricas paralelas… ¡Piense más bien en la
época en que vivimos!
Se detuvieron. La tarde declinaba, haciendo surgir sombras grises transparentes
en los rincones más retirados del despacho.
—A propósito —dijo de repente el director, sin mirar a su interlocutor—, he dado
orden de abrir la caja fuerte de Komline. Me han traído sus notas. Creo que usted
también le interesará conocerlas.
—Naturalmente —respondió el inspector.
—Solamente —el director esbozó una sonrisa— hay que hacer notar que
contienen demasiados… hum… términos especializados. Les he echado una ojeada y
temo que para usted le resulte difícil. Me las llevaré esta noche a casa y, si usted
quiere, intentaré hacerle un resumen…
El inspector se regocijó francamente.
—Sólo que no ponga demasiadas esperanzas en mí —se apresuró a prevenirle el

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director—. Sus agujas a neutrinos… Han sido para todos nosotros como un trueno en
un cielo sin nubes. Nadie podía imaginar nada parecido. En este campo, Komline es
un adelantado, es el primero en el mundo. Así, puede que esto sea demasiado fuerte
para mí.
El director salió.
Sin duda, las notas de Komline le ayudarían a ver claro. El inspector lo deseaba
vivamente. Se imaginaba a Komline con el casco guarnecido de ventosas sobre su
cráneo desnudo, en el acto de pesar fósforos unidos de dos en dos y de tres en tres.
No, no se trataba de acupuntura, sino de algo totalmente nuevo. Y era preciso que
Komline no hubiera creído en lo que veían sus ojos para someterse a tan pavorosas
experiencias en secreto aún de sus camaradas.
¡Qué época magnífica la de aquella generación de experiencias atrevidas,
dispuesta a sacrificarse! No solamente continúan sin desanimarse, sino que de año en
año son más ardientes. Es preciso desplegar inmensos esfuerzos para utilizar aquel
océano de entusiasmo con el máximo efecto. No es pasando sobre los cadáveres de
sus mejores hijos como debe progresar la Humanidad hacia el dominio de la
naturaleza, sino que debe dejar a las poderosas máquinas y a los aparatos de alta
precisión la tarea de limpiarle el camino. Ya que lo que hay más precioso en el
mundo es precisamente el Hombre.
El inspector se levantó pesadamente y se dirigió hacia la puerta. Avanzaba sin
apresurarse. Era su manera de andar, la edad que se hacía sentir, y además aquella
pierna.
La sala de espera estaba vacía. La atravesó arrastrando fuertemente la pierna
derecha, y gruñó entre dientes:
—¡Ah, estas viejas heridas!

III

A la mañana siguiente, a primera hora, en el mismo momento en que los doctores,


que habían conseguido descubrir las causas del estado del paciente, constataban con
alegría que Komline recuperaba la palabra, Rybnikov y Leman estaban reunidos
nuevamente en el despacho del director. El inspector tenía su block de notas sobre su
rodilla. Ante el director se amontonaban los papeles: páginas escritas, gráficos,
esquemas e incluso dibujos; eran las notas de Komline.
El director hablaba rápido, mirando sin ver al inspector con sus ojos enrojecidos
por una noche sin sueño. A veces, sus frases eran deshilvanadas, y de tiempo en
tiempo se detenía, como estupefacto al oír sus propias palabras. El inspector
escuchaba y la sucesión de los acontecimientos, los lazos que existían entre ellos, se
le aparecían más y más claros. He aquí lo que entresacó:
No era por azar que Komline se había ocupado de la irradiación del cerebro por

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los haces de neutrinos. Primero, este problema no había sido en absoluto dilucidado.
El método que permitía obtener haces de neutrinos de una densidad «prácticamente»
utilizable había sido puesto a punto muy recientemente. Desde el momento en que
había estado en posesión del generador, Komline había resuelto ensayarlo.
Segundo, esperaba mucho de estas experiencias. Las radiaciones de altas energías
(rayos alfa, rayos beta, rayos gamma) alteran la estructura nuclear e intranuclear de
las proteínas del cerebro. Las destruyen. No pueden provocar ninguna modificación
en el organismo, salvo de orden patológico. Todas las experiencias dan fe de ello.
Con el neutrino, esta partícula neutra infinitamente pequeña, sin masa, es
completamente distinto. Komline pensaba que el neutrino no suscitaría en los núcleos
de las proteínas del cerebro ni procesos explosivos, ni modificaciones de la estructura
molecular, sino una excitación moderada, que intensificaría los campos nucleares y
engendraría quizá campos de fuerza totalmente nuevos en la sustancia cervical. Todas
estas suposiciones habían sido brillantemente confirmadas.
—Me hallo lejos de haber comprendido todo lo que contienen estas notas —se
interrumpió el director—. Hay incluso algunas cosas que no puedo creer. Así que no
hablaré más que de lo esencial y de lo que puede permitir aclarar esta oscura historia
de los trucos de ilusionista. Aunque, pese a todo, siga pareciendo demasiado
inverosímil.
Desde el principio de sus experiencias sobre animales, Komline había tenido la
idea de la acupuntura a neutrinos. El mono que le servía de cobaya se había herido
una pata y había sanado con una rapidez extraordinaria. Del mismo modo las
manchas oscuras que tenía en los pulmones —rastros de la tuberculosis que estos
animales contraen muy a menudo bajo un clima templado— habían desaparecido
muy rápidamente.
Los ensayos de acupuntura a neutrinos fueron coronados con éxito. Varios perros
a los cuales se había hecho tomar venenos biológicos de diversos tipos fueron
curados muy rápidamente y el análisis cromatográfico mostró que los animales
habían evacuado casi todo el veneno al estado libre.
La aguja de Komline (es así como Gortchinski había llamado a este método)
curaba la tuberculosis de los monos mejor y diez veces más rápidamente que los más
poderosos antibióticos.
En este nivel en el que Komline no había puesto aún a punto el método de
tratamiento, sino buscado solamente el demostrar que en principio era aplicable, no
había ninguna necesidad de experimentar en el hombre. En su famoso informe,
Komline había avanzado la hipótesis de que el organismo del hombre y de los
animales esconde fuerzas curativas latentes, aún desconocidas por la ciencia, pero
que se habían manifestado en el curso de las experiencias de acupuntura a neutrinos.
El informe presentaba todo un programa de paso de las experiencias sobre los
animales a las experiencias sobre el hombre; era un programa prudente, teniendo en
cuenta las posibilidades de error y previniendo el paso gradual de las punturas a

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neutrinos más simples y a buen seguro inofensivas a las punturas más complejas. Los
médicos, fisiólogos y psicólogos debían tomar parte en estas experiencias.
El inspector lo había visto exactamente. Komline no trabajaba solamente en la
acupuntura a neutrinos. Muy pronto, las experiencias efectuadas con el generador
habían revelado que el aumento extraordinario de las fuerzas curativas del organismo
no era el único resultado —pese a ser el más importante— de la irradiación del
cerebro por los haces de neutrinos. Los animales sometidos a las experiencias se
conducían de forma extraña. No todos ni siempre. Los que estaban sometidos a la
acción pasajera de los neutrinos se conducían de ordinario normalmente. Pero los
«favoritos», aquellos que eran objeto de experiencias numerosas y diversas, dejaban
estupefactos a los dos investigadores. Y allá donde el joven Gortchinski no veía más
que fuerzas divertidas o lamentables de la naturaleza, su intuición de gran sabio
sugería a Komline un nuevo descubrimiento.
El perro Genka[1], por ejemplo, se había puesto de repente a ejecutar números de
circo que nadie le había enseñado jamás: andaba sobre las patas traseras o delanteras,
«saludaba», y Gortchinski lo encontró un día en una extraña actitud. Encaramado en
un taburete, con los ojos fijos en un punto, se levantaba a intervalos regulares y daba
un breve ladrido, después volvía a sentarse. No reconoció a Gortchinski y gruñó
amenazadoramente cuando éste se acercó.
Por su lado, Komline se había sentido sorprendido por lo que le pasó en una
ocasión a un babuino llamado Kora. Ocurrió inmediatamente después de una sesión
de irradiación y Kora estaba en la habitación con Komline, que «se entretenía»
tranquilamente con él. Bruscamente, fue sacudido como por un choque eléctrico.
Habiendo percibido algo en un rincón, se puso a gruñir con una voz a la vez
amenazadora y llorosa y se refugió en el rincón opuesto. Ni las caricias ni las
amenazas pudieron hacer nada. Permaneció una hora entera allí, acurrucado,
siguiendo con los ojos algo que nadie más que él veía y lanzando de tanto en tanto un
grito estridente, la señal de alarma de su especie. Después, todo volvió a la
normalidad, pero Komline observó con sorpresa que desde entonces, cada vez que
Kora entraba en aquella habitación echaba ante todo una mirada inquieta hacia el
rincón donde había creído ver un peligro.
Un día, Gortchinski corrió hacia Komline gritando: «¡Venga pronto! ¡Venga
pronto!» y lo arrastró hacia la jaula de los monos. En uno de los compartimientos, un
joven mono hamadríade comía un plátano. Ni el plátano ni el mono presentaban nada
de extraordinario, pero el guardián y Gortchinski afirmaron a la vez que habían sido
testigos de algo absolutamente fantástico. Habían visto al mono observar con un
interés no disimulado un pequeño trozo de papel que se deslizaba suavemente por sí
solo hacia él. El mono había tendido la pata para coger el papel y Gortchinski había
corrido a buscar a Komline. Cuando llegaron, el guardián afirmó que el mono se
había tragado el papel. En todo caso, el papel no se halló en la jaula. Todas las
tentativas de volver a realizar el sorprendente fenómeno fracasaron.

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—He aquí lo que Komline escribió a este respecto —dijo el director, tendiendo al
inspector una hoja de papel.
El inspector leyó: «¿Una alucinación colectiva? ¿O algo enteramente nuevo? Una
alucinación colectiva, con la participación de un mono, sería un fenómeno
sorprendente. Sin embargo, hay allí algo. Con esos monos y esos perros no se puede
saber nada. Es preciso ensayar con uno mismo».
Y Komline empezó a realizar experiencias sobre sí mismo. Muy pronto,
Gortchinski se apercibió de ello y siguió casi inmediatamente el ejemplo de su jefe.
Parece que incluso llegaron a disputar sobre esta cuestión. Finalmente, Gortchinski
prometió no someterse más a experiencias y Komline a no experimentar más que las
punturas más simples y las menos prolongadas, las que no ofrecen ningún peligro.
Gortchinski no suponía en absoluto que Komline había cesado de ocuparse de la
acupuntura a neutrinos.
—Desgraciadamente —prosiguió el director—, las notas de Komline encierran
muy pocas referencias sobre los resultados, absolutamente increíbles, de sus
experiencias. Cada vez se vuelven más y más fragmentarias y difíciles de descifrar.
Se aprecia que a menudo Komline no encuentra las palabras para explicar sus
sensaciones y sus impresiones. Sus conclusiones pierden su carácter lógico y no son
ya tan completas como antes.
Consagró algunas páginas arrancadas de un cuaderno a la extraordinaria facultad
de retención que había adquirido después de una experiencia. He aquí lo que escribió:
«Es suficiente mirar un objeto una vez, para volver a verlo en seguida con todos sus
detalles aunque me de la vuelta o cierre los ojos. Una rápida ojeada sobre la página de
un libro y puedo leerla en seguida según la “imagen” que se ha grabado en mi
memoria. Me parece que sé ya para toda mi vida varios capítulos de Las ligas del río
y las tablas de logaritmos de cuatro cifras. ¡Qué extraordinarias posibilidades!».
En sus notas, se encontraban también consideraciones muy generales. «La
memoria, muchos reflejos y hábitos, escribió con una mano firme, como si
prosiguiera un razonamiento, tienen una base material determinada que, por el
momento, no conocemos muy bien. Es el ABC. El haz de neutrinos se infiltra en esta
base y crea en ella una nueva memoria, nuevos reflejos, nuevos hábitos. O más bien
no los crea, sino que los hace aparecer indirectamente. Es esto lo que se produjo con
Genka, con Kora, conmigo mismo (mnemogénesis, creación de una falsa memoria)».
Las últimas páginas, sujetas con una pinza, estaban consagradas al más
interesante y al más sorprendente de los descubrimientos de Komline. El director las
tomó y las levantó por encima de su cabeza.
—Contienen —dijo muy serio— la respuesta a sus preguntas. Es de alguna
manera el plan o el borrador de un futuro informe. ¿Quiere usted que se las lea?
—Lea —respondió el inspector.
«Por la sola fuerza de la voluntad no se puede ni siquiera obligarse a guiñar un
ojo. Es preciso un músculo. El sistema nervioso juega solamente el papel regulador

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de impulsos, nada más. Una descarga insignificante hace contraerse un músculo
capaz de desplazar decenas de kilos, de ejecutar un trabajo enorme si se le compara
con la energía de la impulsión. El sistema nervioso es el detonador en el cartucho de
dinamita, el músculo es la dinamita, y la contracción es la explosión.
»Se sabe que la intensificación de la reflexión acrecenta los campos
electromagnéticos que surgen en alguna parte de las células del cerebro. Son las
biocorrientes. El hecho mismo de que podamos descubrirlas demuestra que el
pensamiento ejerce una influencia sobre la materia. Es cierto que no es una influencia
directa. Si hago un cálculo integral, el campo del cerebro se intensifica y veo moverse
la aguja del aparato que capta y mide el campo. ¿No es éste el motor psíquico? El
campo, es el músculo del cerebro.
»Yo he adquirido la facultad de calcular con una rapidez extraordinaria. No sabría
decir cómo lo hago. Calculo, y es todo. 1919 × 237 = 454.803. He calculado
mentalmente en cuatro segundos, cronómetro en mano. Está muy bien, pero no es
todo. El campo electromagnético se intensifica bruscamente, pero los otros campos,
¿existen? El músculo está desarrollado pero ¿cómo gobernarlo?
»Esto funciona. Una espiral de wolframio: 4,732 gramos. Suspendida en el vacío
por un hilo de nylon. Simplemente la he mirado y se ha desviado de su posición
inicial en un ángulo de un poco más de 15°. Es ya algo. Régimen del generador…».
—He hablado con Gortchinski —dijo el director después de haber leído aún
algunas cifras—. Esta noche. Vio la cámara de vacío con la espiral suspendida en su
interior. La instalación desapareció en seguida, Komline debió desmontarla.
«El campo psicodinámico, este músculo del cerebro, funciona. Ignoro cómo se
produce. Pero no hay en ello nada de anormal. ¿Es que sabemos lo que es preciso
hacer para doblar el brazo? Nadie lo sabe. Para doblar el brazo yo doblo el brazo. Es
todo. Pero el bíceps es un músculo muy dócil. Un músculo debe ser entrenado. Es
preciso enseñar al músculo del cerebro a contraerse. Toda la cuestión es saber cómo.
»Es curioso, no puedo levantar un objeto. Tan sólo puedo desplazarlo. Y ni
siquiera como yo querría. El papel y los fósforos siempre a la derecha, el metal hacia
mí. No consigo nada más con los fósforos. ¿Por qué?
»El campo psicodinámico actúa a través del cristal, pero no a través del papel.
Para poder actuar sobre un objeto, es preciso que lo vea. En el punto de acción del
campo, el aire (por lo que comprendo) comienza a desplazarse en torbellino. Puedo
apagar una vela. En los límites de la “cámara de neutrinos”, me parece que la
distancia no juega ningún papel.
»Estoy convencido de que las posibilidades del cerebro son inagotables. Es
preciso solamente entrenamiento y una cierta activación. Vendrá un tiempo en el que
el hombre podrá calcular mentalmente mejor que no importa cuál calculadora
electrónica, en el que podrá en algunos minutos leer y asimilar toda una biblioteca…
»Es agotador. Mi cabeza se hiende. A veces, no puedo trabajar más que bajo una
irradiación continua y termino bañado en sudor. Sin embargo, no puedo caer enfermo.

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Hoy trabajaré con los fósforos».
Las notas de Komline terminaban con estas palabras.
El inspector permaneció sentado, los ojos medio cerrados, y pensaba que tal vez
la idea de Komline traería frutos magníficos. Pero esto aún tenía que llegar, mientras
que Komline se hallaba en el hospital. El inspector abrió los ojos y su mirada cayó
sobre una hoja de papel. «… Con estos monos y estos perros no se puede saber nada.
Es preciso ensayar con uno mismo», leyó. ¿Quizá Komline tenía razón?
No, Komline estaba equivocado. Enormemente equivocado. No tenía que haber
corrido un riesgo como aquél, o en todo caso no correrlo solo. Incluso allá donde ni
las máquinas ni los animales pueden ayudar (el inspector arrojó de nuevo una mirada
a la hoja de papel), el hombre no tiene derecho a jugar con la muerte. Y esto era
precisamente lo que hizo Komline. Y usted, profesor Leman, usted no seguirá en el
puesto de director del Instituto porque usted no comprende esto. Bien al contrario,
parece estar usted lleno de admiración por Komline. ¡No, camarada! ¡Soy yo quien se
lo digo! Nosotros no les dejaremos exponerse más. En nuestra época, podemos
permitirnos el lujo de medir setenta y siete veces antes de cortar[2]. En nuestra época,
sus vidas nos son más preciosas que los más grandiosos descubrimientos.
El inspector dijo en voz alta:
—Pienso que puedo redactar ya el acta de la encuesta. Las causas del accidente
son claras.
—Son claras —pronunció el director—. Komline se extenuó intentando levantar
seis fósforos.

***

El director acompañó al inspector. Salieron a la plaza y se dirigieron sin prisa


hacia el helicóptero. El director estaba distraído, pensativo, y no llegaba a alcanzar la
marcha lenta y claudicante del inspector. Muy cerca del aparato fueron alcanzados
por Alexandre Gortchinski, aturdido y sombrío. El inspector había ya dado la mano al
director y se introducía penosamente en la cabina.
—Esas viejas heridas me hacen sufrir —murmuró.
—Andrei Andreevitch va mucho mejor —dijo suavemente Gortchinski.
—Ya lo sé —dijo el inspector, sentándose al fin con un gruñido de placer.
El piloto llegó corriendo y se apresuró a ocupar su sitio.
—¿Va a hacer un informe? —preguntó Gortchinski.
—Por supuesto —respondió el inspector.
—Ah… —Gortchinski, el bigote temblando, miró al inspector a los ojos y
preguntó bruscamente, con una voz de tenor—: Dígame, por favor, ¿no es usted aquel
Rybnikov que en el sesenta y ocho, en Koustanai, desconectó no recuerdo qué
aparatos por su propia iniciativa, sin esperar a la llegada de los robots?
—¡Alexandre Gortchinski! —dijo el director con voz seca.

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—… Recibió una herida en la pierna en la época…
—¡Cállese, Gortchinski!
El inspector no pronunció una palabra. Hizo restallar la puerta de la cabina al
cerrarla, y se hundió en el mullido respaldo del sillón.
De pie en la plaza, con la cabeza levantada, el director y Gortchinski miraban
elevarse el enorme escarabajo plateado. Muy pronto ascendió por encima de los
dieciséis pisos del edificio blanco y rosa del Instituto, y desapareció en la lejanía
azulada del día que declinaba.

Título original:
Шесть спичек
© 1968, Mezhkniga.
Traducción de F. Castro

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POLÉMICA

EN TORNO A LA CIENCIA
FICCIÓN SOVIÉTICA

A través de nuestra revista hemos afirmado en varías ocasiones que la ciencia


ficción se halla muy por encima de nacionalidades, ideologías y credos políticos.
Hoy, nuestra afirmación de siempre tiene una clara confirmación. En nuestro número
3, y completando la publicación de la novela «La balada de las estrellas», les
ofrecíamos un artículo de Robert P. Milch sobre la ciencia ficción soviética. Y como
respuesta y en oposición a dicho artículo recibimos ahora una carta de nuestro
corresponsal en Rumania, Ion Hobana, escrita precisamente en unos momentos en
que Rumania y la Unión Soviética atraviesan un delicado momento de
enfrentamiento ideológico, y en la cual nuestro amigo sale en defensa de los
escritores de la URSS. Su indudable interés y un sentido de honradez profesional nos
obliga a publicarla, de forma destacada, a continuación:

AL MARGEN DE UN ARTÍCULO

Con toda franqueza, el artículo de M. Robert P. Milch está mal informado y es


tendencioso. Comprendo que es difícil conocer a precursores tales como V. F.
Odoevski, que publicó en 1840 una novela sobre el mundo en el 4338, o F. Bulgarin,
con su Viaje en el universo del siglo XXIX. Pero hay escritores famosos, como
Kuprin, El sol líquido, y sobre todo Alexei Tolstoi, con Aélita y El hiperboloide del
ingeniero Garin, al cual se le considera, muy justamente, como el fundador de la
ciencia ficción soviética. También está Zamiatin, con Nosotros, editado y reeditado
en Occidente; Obrucev, con Plutonia y El país de Saunikov, y otros, que no cito,
porque no quiero hacer una lista sin sentido. Digamos de paso que Beliaev no tiene
nada que hacer en el lugar donde se le coloca (entre los escritores no profesionales):
muerto en 1942, fue precisamente un autor que vivió de su pluma… ¿Y qué decir del
truco que se hace con Lem?
De acuerdo, es un buen escritor, pero ¿por qué considerarlo el mejor de Rusia,
bajo el pretexto de que sea el más popular?… Yo lo dudo mucho, conociendo los
tirajes de Efremov (que ha escrito muy bellos relatos, anteriores a los libros citados
en el artículo). Además, si es que queremos emplear este criterio, los autores más
populares en Rusia son Julio Verne y H. G. Wells. Pero era preciso enfrentar, a todo

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precio, al polaco Lem con los escritores soviéticos…
Creo que la acusación relativa a «la deformada visión del mundo» es también
sospechosa. No debemos considerar obligatoriamente a la guerra atómica como la
única solución posible, y conozco autores que, no siendo en absoluto marxistas, se
imaginan el futuro feliz y pacífico. Dejemos a un lado a Wells, con su Men like gods
(Los hombres dioses), pero ¿es preciso excomulgar a Asimov, por su I robot (Yo,
robot)? ¿A Clarke? ¿O al mismo Bradbury, puesto que en el infierno de Fahrenheit
hay, a pesar de todo, la esperanza de los hombres-libros?
Recuerdo que, en Ring around the Sun (Anillo en torno del Sol), Simak busca
una solución para los males de la Tierra con una crítica de las acciones del capital
internacional. Y no puedo olvidar que el mismo Aldous Huxley, treinta años después
del feroz Brave New World (Mundo Feliz), ha expresado su esperanza en que las
fuerzas positivas del hombre lo elevarían, en tiempos futuros, superando a las fuerzas
negativas (esto en una emisión radiofónica titulada El hombre del siglo XXX).
Desde luego, todo esto no tiene nada que ver con el optimismo beatífico e
irresponsable, con la visión almibarada, con el futuro monótono, sin conflictos, sin
tragedias y sin errores.
Pero, si existen tales libros, tanto en Rusia como en otras partes, son simplemente
malos libros.
Y no puedo juzgar la ciencia-ficción americana basándome en las decenas de
«space-operas» sin ningún valor que he podido leer…
Entonces, y lo digo amistosamente, cuando Nueva Dimensión quiera presentar a
sus fieles lectores (entre los cuales se encuentra el que suscribe) una literatura
extranjera, es mejor que se dirija a un verdadero especialista. Y en Rusia, como en
todas partes, los hay.

(Traducción de M.ª Carmen Alás).

A todo lo expuesto en esta carta sólo podemos responder lo siguiente: en


Occidente, es cierto, la ciencia ficción soviética sufre de una cierta incomprensión,
resultado del desconocimiento producido por la publicación de tan sólo unos pocos
libros, muchos de ellos no demasiado representativos. Aunque personalmente
estemos de acuerdo con varios de los puntos expuestos por Milch en su artículo (y de
ahí la razón que lo publicáramos), puntos que coinciden con los expuestos por otros
autores como Jacques Bergier e Isaac Asimov, conocedores indudables, en gran
medida, de la ciencia ficción soviética, debemos reconocer que un juicio de la misma
hecha desde un punto de vista occidental será siempre parcial y condicionado.
Es por ello que, atendiendo a la justa petición de nuestro amigo Hobana, y a fin
de conseguir la absoluta imparcialidad que merece toda literatura, hayamos solicitado
directamente de la URSS la redacción de un completo artículo sobre la ciencia ficción

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soviética, el cual esperamos poder ofrecer muy pronto a nuestros lectores.
Gracias, Ion Hobana.

N. D.

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historias del robomóvil

PESADILLA MECÁNICA
LUIS VIGIL

En la sección «se escribe» de este mismo número publicamos la carta de un


lector que nos pide encarecidamente que se prosiga esta serie de «historias del
robomóvil». Atendiendo a esta petición, y a otras muchas que hemos recibido en
las que se nos formula el mismo deseo, ahí tienen otra vez a estos simpáticos
personajes, que tan buena acogida han demostrado tener entre nuestros lectores.

ilustrado por ENRIQUE TORRES

La carretera se desliza a ambos lados, pista encantada sin comienzo ni fin. Raya
amarilla continua, luego a trazos. Curva; atención. Recta larga: corro.
Las nubes enmascaran el horizonte, encapotan el cielo, dejan paso a la lluvia.
Gotas de agua.
Falta visibilidad. Los limpiaparabrisas se ponen en marcha, pero los apago.
Continúo con sólo el radar.
Curva peligrosa. ¡Peligro: deslizamientos!
Mis ruedas patinan. Pierdo la dirección, y me pongo perpendicular a la carretera.
La barrera se aproxima a velocidad de vértigo, y me golpea en el costado derecho.
Estoy sin control, estoy cayendo, estoy dando vueltas de campana, estoy
incendiándome.
Estallo.
Fuego. Explosión. Final. Chatarra.
Con el cerebro Lagomarsino aún estremecido por la pesadilla, Tomaso, el viejo
robomóvil Lancia, se estremeció despertándose.
Chatarra, pensó, eso es lo que somos. Chatarra esperando que nos machaquen
para convertirnos en lingotes con destino a las acerías.
Miró a su alrededor, abarcando el solar que llevaba el pomposo nombre de Asilo
de Robomóbiles Ancianos. ARA, eso es, el ara en que nos sacrifican a la crueldad de
la civilización mecánica. Hemos servido, y servido bien, a nuestros amos. Hemos
pasado los buenos y los malos momentos con ellos. Pero ellos no quieren recordarlo.
Sale un modelo nuevo, unos centímetros más largo o con más luces de posición, y ya
sólo piensan en cambiarnos. Asilo… bah. ¡Cementerio, eso es lo que es!
Descargó su ira contra un montón de ruedas colocado en la pared, derribándolo
con un golpe de parachoques. Luego un pensamiento le llegó hasta el cárter,
helándole el aceite: aquello eran los restos de sus predecesores, tal vez de sus amigos,
de los que le habían precedido en el «Asilo». Esa rueda quizás fuera del Dodge-

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Monroe azul, y aquella otra parecía provenir del aristocrático Mercedes-Diehl. Se
estremeció.
Comenzó a revisar cuidadosamente los planes de fuga, a cual más disparatado,
que había elaborado con su amigo Pierre, el Renault-Bull. ¡Pobre Pierre! Se lo habían
llevado hacía tres días, antes de haber podido poner en práctica ninguno de sus
planes. Ahora ya debía estar convertido en un lingote prensado, un lingote de acero,
de cristal, de plástico y… de transistores, los transistores que contenían la
personalidad de un robomóvil, los transistores que eran su alma.
La escasa ración de gasolina que les suministraban a los asilados, necesaria para
la conservación de sus cerebros, que no podían soportar una detención prolongada de
sus funciones, se les estaban acabando nuevamente.
Nos dan lo suficiente para pensar, pero lo bastante poco para que sea imposible la
huida, rezongó, resignándose al estupor que vendría con el agotarse las últimas gotas
de su depósito. Su último pensamiento ordenado fue hacia el mundo exterior, un
mundo de autopistas en el que un robomóvil podía correr hasta gastar el combustible
de sus depósitos. Luego cayó en la duermevela de la inactividad.

—Este trabajo es cada día más peligroso —dijo el empleado, rascándose la


cicatriz recuerdo de un robomóvil que en otro tiempo había pasado por el Asilo—. Y
el Gobierno sigue sin querernos aumentar la paga.
—¡Dímelo a mí, que me he pasado tres meses en cama por el golpe que me dio
aquel maldito Fiat-Olivetti! ¡Me partió cuatro costillas!
—Están locos, esos monstruos. Se imaginan no sé qué barbaridades: que los
vamos a fundir, a triturar, a desguazar con todo y cerebro. ¡Como si no valiesen
dinero!…
—¡Que me dieran a mí la oportunidad de trasplantarme el cerebro a un cuerpo
nuevo, como se la damos a esos robots! No iba a estar contento ni nada.
—Son máquinas —dijo el de la cicatriz—. Y como máquinas que son, son malas.
La humanidad no es la misma desde que las máquinas no sólo empezaron a hacer el
trabajo por el hombre sino que empezaron a pensar por él.
—¡Oye, eso parece dicho por un PAMista!
—¿Y quién te dice a ti que el Partido Anti Máquinas no lleve la razón? ¿No será
cierto que las máquinas estén a punto de destruir al hombre y que lo harán si éste no
lo hace antes con ellas?
—Bueno, bueno. Ya me gustaría verte a ti viniendo desde los suburbios hasta aquí
a trabajar sin coger un roboautobús.
—Si el PAM triunfase no tendría que trabajar en este maldito Asilo, cada hombre
tendría su terreno que trabajar con las manos, con sus manos, sin máquinas que lo
amenazasen y…
La frase fue interrumpida por el teléfono. El otro empleado lo descolgó:

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—¿Sí?
Una pausa y un asentimiento:
—De acuerdo, así lo haremos.
Colgó y, dirigiéndose a su compañero, le explicó:
—Era el jefe… quiere diez más.
El de la cicatriz tomó las listas.
—Serán el Cadillac-IBM, el Volvo-Facit, el Lancia-Lagomarsino…

Tomaso soñaba de nuevo. Soñaba que le llenaban el depósito, que un humano se


situaba de nuevo a los controles y desconectaba su automático para llevarlo en
manual.
¡No era sueño!
La helada realidad estremeció su carrocería: lo estaban conduciendo y eso tan
sólo podía significar una cosa: ¡que el fin había llegado ya!
Trató de luchar con todas sus posibilidades, pero con el automático desconectado
poco era lo que podía hacer. No podía evitar beber la gasolina, no podía evitar su
ruidosa digestión, y sobre todo no podía evitar el rodar en la dirección que el humano
puesto al volante quisiese.
Nunca se había sentido tan impotente: era la res camino del matadero.
Los operarios esperaban. Sus manos hábiles desconectaron el contacto,
inmovilizando al robomóvil; luego, para mayor seguridad, una sonda extrajo el resto
de combustible del depósito.
¡Click! Los alicates cortaban las conexiones que unían su cerebro con la
carrocería, con su cuerpo. Tomaso perdía uno tras otro sus sentidos, sus órganos.
¡Click! El radar. ¡Click! Las células visoras. Tomaso estaba ciego. ¡Click! La
rueda delantera derecha. ¡Click! El radiador, los limpiaparabrisas, la puerta trasera
izquierda. ¡CLICK! El cárter.
Silencio. Oscuridad.
¿Muerte?

La carretera se desliza a ambos lados, pista encantada sin comienzo ni fin. Raya
amarilla continua, luego a trazos. Curva; atención. Recta larga: corro.
Y corro, corro, corro bajo el cielo azul y limpio por sobre la autopista gris.
¡Soy de nuevo un coche joven, un coche de carreras! ¡Soy un robomóvil, mi
depósito está lleno y mi nuevo amo es tan joven como yo, por eso corro, corro, corro!

—¡Maldito cerebro estúpido, ya te has vuelto a meter en la fisura! ¿Es que vas
dormido de nuevo?
El humano, enfundado en la escafandra que lo mantenía con vida en las

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inhóspitas condiciones del satélite lunar, saltó de la cabina de su robotractor. Luego,
ayudado por la escasa gravedad, dio una patada a la altura de donde estaba más o
menos el cerebro robot.
—Sí, eso es, ¿no? Ibas de nuevo dormido, soñando que eras otra vez un
robomóvil de carreras y que corrías, ¿no? ¡Maldita sea! ¿Cómo demonios pensáis que
una vez desguazados, aunque se os regenere, podéis ser como antes? No es posible
que se os dé nueva vida y los reflejos de un cerebro recién fabricado, así que
conformaos con lo que tenéis, que es más de lo que podemos tener los humanos: una
segunda existencia.
Tomaso, el robotractor lunar, suspiró. Era otra pesadilla, tenía que serlo. Pronto se
despertaría de nuevo en el Asilo y, con su amigo Pierre, harían planes para escapar y
correr de nuevo por las autopistas de una tierra libre, una tierra para robomóviles.

La carretera se desliza a ambos lados, pista encantada sin comienzo ni fin…

© 1968, Luis Vigil y Nueva Dimensión.

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LA ESCOPETA
ANDRÉ CARNEIRO

André Carneiro, escritor, poeta, autor de libros como «Diário da nave perdida» y
«O homem que adivinhava», así como del magnífico ensayo «Introdução ao
estudo da science-fiction», es uno de los pioneros de la joven pero vigorosa
escuela brasileña de ciencia ficción, y uno de sus personajes más destacados. En
el relato que hemos escogido como presentación, extraído de su segundo libro
citado, Carneiro toma como fondo uno de los paisajes preferidos de la moderna
ciencia ficción: el de un mundo post-atómico. Sin embargo, el tema, el enfoque y
el desarrollo son algo que merece un comentario completamente aparte.

ilustrado por JOSÉ MARÍA BEÁ

Silencio. Hasta donde alcanzaba su vista, centenares de coches parados en la


avenida. Se desviaba por entre ellos, la mano rozando carrocerías cubiertas de polvo.
Neumáticos deshinchados, manchas de aceite hechas gota a gota en el suelo de
asfalto. Se inclinó sobre un parachoques lleno de barro reseco. Crecían allí pequeñas
hojas, las raíces descubiertas desviándose entre la herrumbre que avanzaba. Continuó
andando hacia adelante, deteniéndose de vez en cuando. El paisaje era el mismo
desde hacía mucho tiempo. Al lado había un coche convertible, la llave de puesta en
marcha en su lugar, la puerta abierta, la tapicería desgarrada por el viento, los
cristales sucios y opacos. Al apoyarse en su parte delantera, la carrocería hizo un
ruido de juntas desvencijadas. A ambos lados había casas de lujo, con jardines
vallados. Los matojos invadían los paseos, verde mezclado con hojas secas,
transformando las construcciones en islas tristes y olvidadas.
Miraba vagamente, pero era preciso avanzar, descubrir algo. Las nubes ponían
sombras rápidas, pasando por sobre los automóviles en dirección al centro de la
ciudad. Palpó sus bolsillos, en el gesto de buscar un cigarrillo. Se habían terminado.
Entró en un coche, abrió la guantera. Vacía. Apretó el botón de puesta en marcha. La
batería, sin uso, no producía chispa. Salió, subiendo por la avenida, mirando hacia los
lados, como si alguien escondido pudiera venir a su encuentro.
Necesitaba cigarrillos. En la calle transversal había un bar. Se aproximó
cautelosamente. A algunos metros de la puerta sintió el olor. Resolvió buscar en los
automóviles, ahora más espaciados. Se acercaba, espiaba el interior, abría la puerta.
Encontraba documentos, piezas de repuesto. Lo echaba a un lado. Al cuarto intento
descubrió un paquete cerrado. Estaba viejo, pero no importaba. Se había
acostumbrado ya a aquel sabor, que le parecía igual al de siempre. Se recostó en un
banco para fumar. Se sobresaltaba cuando las hojas de papel eran arrastradas por el
viento, cuando los batientes sueltos de alguna ventana restallaban con un ruido seco.

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Si pudiera usar un automóvil, haría cientos de kilómetros por día. Ya perdió mucho
tiempo arreglando baterías, transportando gasolina, hinchando neumáticos. Éstos eran
los más difíciles. No había electricidad para los compresores. Anduvo kilómetros
para descubrir una bomba manual. Después de mucha lucha, el automóvil funcionó.
Sorteaba los obstáculos, subiéndose a las aceras, empujando a golpes lo que le
impedía el camino. Cuando el bloqueo era infranqueable retrocedía, seguía otras
calles, daba rodeos, llevando todo un día para avanzar una pequeña distancia.
En las carreteras era peor. Postes caídos, camiones, cargas abandonadas, impedían
el paso. Avanzaba sin cuidado, golpeando lo que encontraba. Abandonó el coche por
una motocicleta. Por más que la cuidaba, tenía dificultades con el motor. Cayó en un
hoyo inesperado, dejándola allí mismo. La pierna, herida, tardó en sanar. Cargó una
bicicleta de latas de alimentos y botellas de refrescos para matar la sed. Las ventajas
no compensaban el cansancio, las variaciones de itinerario, la imposibilidad de
trasponer lugares llenos de detritus, edificios derrumbados por los incendios que
nadie había apagado. Se conformó con andar a pie. En el centro de la ciudad dejó
incluso el saco de vituallas. Andaba con las manos libres, cuando quería comer o
beber tan sólo tenía que soportar el olor. Había bares y tiendas de comestibles por
todas partes. Hizo una máscara improvisada con algodón, donde ponía unas gotas de
desinfectante. Los cadáveres yacían por los rincones, trapos, brazos retorcidos. A
veces tenía que apartarlos del camino, saltar hasta los mostradores o estantes donde
polvorientas botellas de refrescos le daban de beber. Las comidas enlatadas no le
hacían bien. Llevaba en los bolsillos frascos de píldoras tomados de las farmacias,
vitaminas y fortificantes con los cuales procuraba equilibrar su dieta.
Pasó su mano por el rostro barbudo. Recomenzó la búsqueda. Vitrinas y espejos
reflejaban un mendigo melenudo y sucio. Tenía miedo de limpiarse con agua. Lo
hacía con alcohol o perfumes, embebidos en algodón. Entraba en las casas
lentamente. Evitaba mirar a los cadáveres, tibias al descubierto, profundos ojos sin
pupila. Sabía dónde encontraría gente muerta. Percibía de lejos el olor pesado,
miasmas de sepultura cerrada que lo envolvían como tela de araña, golpeándole en el
rostro, en las manos que palpaban el camino…
No respiraba a pleno pulmón. Huía del olor que surgía en cualquier lugar,
destruyéndole el instante de las comidas, hechas en horas y lugares imprevistos.
Perdió la noción de los días. No le serviría de nada contarlos. Daba cuerda al reloj de
pulsera, pero no tenía punto de referencia para ponerlo en hora.
Las negras nubes cubrían el cielo. Se levantó y continuó andando. A los primeros
goterones, se refugió en la puerta de un gran edificio. Se enjugó dos gotas que lo
habían alcanzado. Temía al agua, era veneno penetrando en su piel. Las gotas se
multiplicaron, una lluvia torrencial lo cubrió todo. La puerta de vidrio del portal
estaba abierta. La empujó, mirando hacia fuera. Dejó una de las hojas entreabiertas.
Del fondo venía el olor inconfundible. Con la cabeza pegada al cristal, miraba a la
calle. La cortina de agua golpeaba en los automóviles, la pintura brillaba otra vez. Vio

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a un chiquillo muerto que era arrastrado por las aguas. En los hilos eléctricos se
formaban cadenas de gotas. Llovía desde hacía horas, y él estaba preso allí. Tenía que
procurarse comida y no quería explorar el edificio, enfrentarse con cocinas llenas de
moho, cadáveres de bruces en las mesas, arrinconados tras las puertas.
Miraba la humedad avanzando poco a poco, como manecillas de reloj. Sintió un
asomo de debilidad, se sentó en el suelo. No había alternativa. Necesitaba comer.
Sacó del abultado bolsillo un pañuelo con un pedazo de gasa y algodón y se lo colocó
en la nariz. La respiración era más difícil, el olor del desinfectante áspero. Subió por
las escaleras. La luz mortecina de la tarde iluminaba los corredores. Había sillas
rotas, maletas abandonadas, piezas de ropa. Entró en un apartamento del segundo
piso. Dos cucarachas salían corriendo. Jadeando tras su máscara, miró a su alrededor.
A un lado, un diván, ocupado por un bulto envuelto en un cobertor. Cerca del suelo
pendían dos zapatos, sujetos por cartílagos. Desvió la vista, caminó hacia una puerta
que debía llevar a la cocina. Más cucarachas cruzaban frente a él, sin dirección, como
si estuviesen atontadas. Corrían por las paredes, caían al suelo, deslizándose para
todos lados. Encontró una escoba. Fue blandiéndola ante él, contra las cucarachas
más excitadas, centenares de ellas, saliendo de debajo de los muebles, por las rendijas
de las puertas, marcando minúsculos rastros en el polvo del suelo, con un ruido
áspero. Se subían por la escoba, y él desviaba los pies, procurando escapar con pasos
largos, aplastándolas con los zapatos. Apenas podía andar, volvíanse millares,
agitándose en las superficies como una pesadilla. Gritaba mientras blandía la escoba,
golpeando aquel ejército de patas. Su voz atravesaba los corredores, se perdía allá
afuera, con el chubasco invadiendo las calles. No llegó hasta la cocina. Retrocedió a
saltos, sacudiéndose los bichos que se le subían por las piernas, procurando entrar por
las mangas, sus manos amasando cuerpos atontados corriendo por sus ropas.
Salió del apartamento, descendió las escaleras saltándose los peldaños, se dirigió
hacia la puerta de vidrio. Jadeaba a través de la máscara, con un sonido ronco. Se
sacudía la chaqueta, casi se sacó la ropa hasta saber que ya no había ningún insecto.
La lluvia había cesado. Se sentó en el zaguán, despejado y tranquilo. Ya no veía
cucarachas. Inclinó la cabeza hacia el pecho, se quitó la máscara. Junto con el aire
húmedo entró en sus pulmones el pesado olor, una nube invisible saliendo por las
rendijas, arrastrándose de cuarto en cuarto, descendiendo por las escaleras, hasta ser
llevado por el viento a través de los árboles y los espacios abiertos.

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El cielo, libre de nubes, dejó pasar el sol, poniendo brillos de cristales en las
sucias claraboyas. Salió afuera. Subió por la calle, en busca de algo para comer.
Disminuía el rumor del chubasco. Una luz rojiza hacía destacar las fachadas, los
automóviles, las gotas deslizándose por los hilos eléctricos. Se detuvo ante un
colmado. En la puerta, una bandeja con restos de frutas apiladas, comidas por
gusanos amarillentos. Nuevamente con la máscara, saltó los obstáculos hasta llegar a
los anaqueles. Escogió las latas y botellas que necesitaba. Fue hacia la calle,
buscando un lugar donde comer. Generalmente penetraba en apartamentos,
restaurantes, allí donde hubiera un fuego que se pudiera encender para calentar la
comida. Pero la noche se aproximaba. Resolvió comer frío lo que había encontrado.
Masticó aprisa, sin sentir el gusto, cerrando los ojos, procurando no pensar en nada.
Metió en un saco las latas que no había abierto, las botellas de agua mineral,

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suficientes para alimentarle por un par de días. Llegó a la parte alta de la ciudad.
Avistó el campo en la distancia. Encorvado, el saco a cuestas, se aproximó a un
enorme camión. Lo rodeó cautelosamente. La puerta estaba abierta. Había una
pequeña cama en la cabina. Sabía ajustarla. Entró, cerró la puerta, dejando una
rendija en los cristales. La temperatura descendía de madrugada, cuando estaba en lo
más profundo del sueño. Se las arregló como pudo, cerró los ojos. Era el momento
más difícil. Mientras había luz y tenía que cuidarse por sí mismo, procurarse agua y
comida, los pensamientos se dispersaban, la situación le parecía un intervalo absurdo
que luego terminaría. La oscuridad era completa. Llevaba una linterna eléctrica, pilas
de reserva. La fugaz claridad de la lámpara ayudaba sin embargo poco. El túnel de
luz se hacía sólido, paredes negras aislando lo único que quedaba vivo en el mundo.
¿Habría alguien más? Tenía la certeza de que sí, se repetía argumentos en voz alta,
con la convicción del náufrago que escruta el horizonte y ve incluso en las gaviotas al
navío salvador.
Cerrar los ojos y dormir. Conservar la salud mental, descansar, dormir. Ser
práctico, objetivo, controlado. Continuar buscando, frío, implacable, paciente.
Gritaba, agitado, haciendo oscilar el foco de la linterna. Los faroles distantes le
devolvían reflejos rojizos. Se agitaba en la improvisada cama, cerraba los ojos, «voy
a dormir, debo dormir». La infancia le saltaba a la memoria, la adolescencia, sobre
todo las mujeres… ¿Cuántos kilómetros había recorrido? Hacía cálculos, cuyo
resultado olvidaba en seguida. No conseguiría dormir con los músculos agarrotados.
Tenía que ir hacia adelante, con determinación, hasta descubrir el rumbo adecuado.
Una vez vio humo en el horizonte, se lanzó hacia allá con la esperanza de encontrar a
alguien con quien unirse, intercambiar ideas, continuar juntos en busca de otros.
Descubrió un incendio ya casi consumido, y muertos, pies retorcidos, hormigas
subiendo por los cabellos. Daba vueltas en la estrecha cama, despertándose al más
pequeño ruido, sintiéndose atormentado por las pesadillas. Así hasta la madrugada.
La mañana mostró un sol pálido en aquel suburbio. El viento levantaba el pesado
aire, arrastrando papeles en su dirección. Volaban lentamente, blancos, impresos o
mecanografiados, documentos que fueran motivo de trabajo y preocupaciones, ahora
sin ninguna importancia.
Tomó una lata de leche condensada de la bolsa de los alimentos. La abrió con
cuidado, midiendo los gestos. No podía arriesgarse a herirse un dedo. Su vida
dependía de sus manos. Mezcló leche con un resto de agua mineral. Tomó galletas de
una lata, y comenzó a comer. Miró hacia el horizonte. Sus límites eran cortos. Nada le
llegaba, a no ser que lo buscara y lo cargara con sus propias manos. Como un animal
perdido, huía de la muerte y buscaba a los de su especie.
Con la bolsa a cuestas, pegada a los hombros como un saco de viaje, partió una
vez más. Anduvo toda la mañana a pasos largos, atravesó los barrios más distantes de
la ciudad. Se detuvo para comer y continuó. Por la tarde estaba en el campo.
Descansó en un refugio al lado de la carretera. Un sol brillante ponía sombras nítidas

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en los árboles. El suelo estaba lleno de hormigas. Se inclinó para verlas. Iban en
hilera. Cuando aparecía una en sentido contrario, las antenas se tocaban. Avanzaban y
reculaban, como si una quisiera irse y la otra insistiera en comunicarle algo
importante.
Se levantó, friccionó sus músculos doloridos, miró al cielo. El sol se ponía, era
tiempo de buscarse un refugio para pasar la noche. Continuó por la carretera, mirando
hacia los lados. Examinaría las casas que aparecieran. Quería una cama, un diván en
una sala, incluso el heno de una cuadra, pero donde no hubiera cuerpos en
descomposición. En el campo había bueyes, caballos, rodeados por nubes de moscas,
cachorros con las fauces abiertas, como si estuvieran ladrando en el momento de
morir. Llegó a una casa, después de una curva. Saltó por encima de la valla, con la
bolsa de vituallas. Un rumor rítmico, de motor distante, le hizo detenerse en el
camino asfaltado con el corazón latiendo más aprisa. Levantó los ojos. La brisa hacía
girar la hélice de un avión de madera, clavado a un poste. Llegó hasta la casa. Puertas
y ventanas cerradas. Intentó inútilmente abrirlas a empujones. En un cobertizo
apartado había un tractor. Cogió una palanca y un martillo. Los usó hasta hacer saltar
los goznes. Entró en la casa y abrió las ventanas, que iluminaron unos muebles llenos
de polvo. Se sentó con alivio en la sala de estar. No había olor. Una puerta conducía
al piso superior. Subió. Encontró un cuarto de baño. Por la ventana se veía hasta una
gran distancia, montañas cubiertas de bruma seca. Se dejó caer en la cama. Se estaba
bien allí, pero tenía un continente por explorar, aislado ahora mentalmente en una
isla. La única voz humana que oía era la de su propio eco. Los transistores no
sintonizaban estación alguna. Ansiaba hallar un ser humano. Hablaba solo, llegó a
grabar incluso su propia voz en un magnetófono portátil. Pero no soportaba oírse,
diciéndose tonterías al apretar un botón.
Descendió a la cocina para comer. Halló botellas de agua mineral, y el fuego
funcionó bien. Calentó la comida enlatada y la engulló lentamente. Encendió una
lámpara de queroseno, tomó dos píldoras de vitaminas, volvió a su cuarto y se acostó.
La ventana, mal cerrada, hacía ruido. Se levantó para asegurarla. Abrió las dos hojas.
El cielo estaba límpido, un cielo de estrellas. Bajo la línea del horizonte brillaba una
luz roja. Permaneció unos instantes mirándola sin comprender, después su corazón
dio un salto. Hizo un gesto en dirección a la puerta, como si fuera a salir.
Inmediatamente se detuvo. De noche sería imposible. Podría perderse, tener un
accidente. Se agitó nervioso, con una energía incansable. Tomó la lámpara, la agitó
en la ventana. Sus brazos estaban cansados, la luz roja permanecía inmóvil. Recordó
que debía marcar su posición. Tomó una pequeña mesa, la colocó delante de la
ventana y levantó dos pilas de cosas halladas en el cuarto. Mirando por la primera, las
dispuso como si fuesen un punto de mira en dirección a la luz. Después recomenzó
las señales, sin resultado. Decidió echarse, descansar para la caminata del día
siguiente. No conseguía dormir, se levantaba para espiar por la ventana. Acabó
arrastrando la cama hasta detrás de la mesilla. Sentado en la cabecera, con el

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travesaño en las costillas, miraba el punto brillante. El sueño lo venció en esta
posición.
Se despertó con la primera claridad de la aurora. Se restregó los soñolientos ojos,
fue a espiar en la dirección marcada. Era lejos. Podía distinguir entre la neblina difusa
puntos claros de construcciones. Estaban situados entre una colina más alta a la
izquierda y unas piedras salientes a la derecha. Era un punto de referencia. Excitado y
nervioso, preparó sus víveres, seleccionó los que llevaría, tomó la bolsa y partió. Los
pies le llevaban hacia adelante, los ojos marcando el rumbo. Los pensamientos le
precedían hacia su destino, un ser humano ante él, respondiendo preguntas. A
mediodía se detuvo para comer. Veía a lo lejos un hacinamiento de casas, una ciudad
o un pueblo, allá donde surgiera la luz. Transpiraba, la espalda le dolía por el peso de
la bolsa. Se aproximaba el crepúsculo cuando entró en la pequeña ciudad, la espalda
inclinada, la barba húmeda de sudor. Sus pasos continuaban firmes. La colina a la
izquierda, las piedras a la derecha. Fuera de allí, no había engaño. Espiaba por las
puertas y ventanas. Andaba aprisa, gritando, en espera de un respuesta que no venía.
Llegó a una plaza, con una gran construcción cercada de altos muros. Un convento o
un sanatorio, tal vez un colegio. La cancela, muy grande, de gruesas tablas, estaba
cerrada. Siguió por el muro, rodeando la manzana. Encontró otra entrada, también
cerrada. El muro tenía casi tres metros de altura. Gritaba a intervalos, preguntando si
había alguien. Silencio. Se desvió por otras calles, pero había algo que lo hizo volver
hasta la casa de muros altos. Alguna cosa le daba la convicción de que había alguien
allá dentro. Gritó, arrojó piedras, inútilmente. Las dos puertas eran sólidas, llevaría
mucho tiempo forzarlas. Pensó en escalar el muro. Con un gancho y una cuerda no
sería difícil. Llamó una vez más, gritando que «si nadie aparecía, destruiría la
puerta».
Un estruendo como de un trueno lo dejó sordo. El susto le hizo caer de espaldas,
el corazón desbocado. En un gesto instintivo se cubrió la cabeza con el brazo. Miró
hacia arriba. Cerca de la puerta principal, surgiendo por encima del muro, vio un
rostro, con una escopeta apuntando hacia él. Aparecía en silueta contra la claridad del
cielo de la tarde. Parecía apoyado en una escalera. No se distinguían sus facciones, ni
el mover de sus labios cuando dijo: «Desaparezca de aquí o lo mato». Con la bolsa
aún a la espalda, con la barba de muchos días, la ropa sucia, desde allá abajo, intentó
argumentar, preguntar «¿por qué?». Un segundo tiro atronó las calles desiertas, y el
eco lo devolvió en un rebotar sordo. Le pareció oír el silbido de la bala por encima de
su cabeza. Corrió hasta la próxima esquina, esperando que un trozo de plomo le
perforara el cuerpo y le dejara tendido, desangrándose. Tras una esquina donde no
podía ser alcanzado, miró nuevamente. El otro había desaparecido. Se sentó, la
espalda apoyada contra la pared, el cuerpo trémulo, la frente empapada de sudor.
Permaneció allí, la cabeza inclinada, los labios moviéndose en palabras esbozadas.
Cuando se levantó era casi de noche. Las sombras, comprimidas, cortaban la calle.
Recomenzó la tarea de buscar abrigo, un sitio donde pudiera comer y dormir. Penetró

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en la sala de visitas de una casa. Había un sofá, donde podría dormir. Cerró la puerta
de comunicación con el resto de la casa. No quería ver ningún muerto. Bajo la luz de
la linterna preparó leche condensada, comió lo que traía. Cerró la puerta y la ventana,
se acostó en el sofá. Estaba próximo a la manzana de los muros altos. Allí se escondía
un hombre. Con los ojos abiertos, en la ausencia que precede al sueño, se olvidaba
del disparo. Hablaría con el otro, al día siguiente. Tendría paciencia, quién sabía los
sufrimientos por los que habría pasado. Juntos, serían más eficientes. Arreglarían un
tractor que limpiase las carreteras, que avanzase por los campos… Llevarían
provisiones, medicinas, tenían que descubrir otros hombres… Durmió. En la otra
manzana, cercada por los muros, en la ventana de la izquierda, temblaba la luz de una
lámpara. En la distancia su brillo parecía una estrella, fuego de troglodita en un
mundo despoblado. Tuvo un sueño sobresaltado en el sofá. Antes de que saliera el sol
estaba en pie. Consumió la última botella de agua, mezclada con leche en polvo. Se
sentía sucio, necesitaba asearse, pero su pensamiento se concentraba en planes y
suposiciones. Abrió la ventana. Entró la claridad. Retratos en las paredes, un armario
con armas a un lado. Estaba abierto. Había una escopeta calibre 22, otra de dos
cañones calibre 12. Junto a las culatas, cajas de balas y cartuchos. Sacó de su soporte
la escopeta mayor, abrió el cañón, introdujo dos cartuchos en su lugar. Dejó la bolsa,
salió a la calle. La mañana era fría, una niebla clara surgía de la calzada. Sus pasos
resonaban en el silencio. Dando la vuelta a la esquina, vio los muros. De la ventana
izquierda ya no se filtraba ninguna luz. El otro dormía. La proximidad de un
semejante vivo lo hacía sentirse optimista. Tendría que tener paciencia, convencerlo
de dejar el arma, discutir, conseguir una resolución cualquiera. Resolvió escribirle un
mensaje. Buscó por la plaza, entró en un almacén. Cogió un lápiz rojo y un gran
papel blanco. Escribió: «Somos los únicos hombres vivos. De cualquier manera,
precisamos estar de acuerdo, en nuestro beneficio. Espero que podamos conversar
amigablemente». Lo releyó, añadió una coma y un «tal vez» después de «vivos». Con
miedo a que el papel se perdiese, lo colocó en una caja de cartón. Ató la caja con
bramante, sin cortar el hilo. Salió a la calle bañada de sol. Fue hasta el lugar desde
donde tirara el desconocido. Hizo que la caja salvara el muro, cogida por el cordel,
colgado del lado de fuera. Se apartó corriendo. Tenía que esperar. Miró el paisaje, las
casas silenciosas. Anduvo por la ciudad vacía, para pasar el tiempo. Cuando presentía
un cadáver, cambiaba de dirección. Volvió hacia atrás, espiando por las ventanas.
Regresó a los muros altos. El cordel había desaparecido. Su mensaje había sido leído.
Se asomó y gritó: «¡Venga para hablar!». Oyó ruidos del otro lado. El otro subía la
escalera, surgiendo cautelosamente, la escopeta en la mano diestra. Gritó: «¡Váyase,
desaparezca de aquí!». La respuesta vino inmediatamente: «¿Por qué tengo que irme?
Anduve centenares de kilómetros para hallar una persona viva. No quiero nada de lo
que usted tiene, sólo ayudarlo, hablar, buscarnos mutuamente todos los que estamos
vivos. Acepto cualquier condición, no pretendo modificar su vida. Tengo práctica en
esta desgracia. Sé encontrar alimentos y agua. Conozco aquí cerca un lugar donde

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hay un tractor…». El otro cambió de posición en el muro, interrumpiendo: «No, no
quiero que nadie se quede en la ciudad. Si no se va pronto voy a disparar».
—Pero no es posible que me eche así, sin una razón. ¿Por qué no puedo
quedarme, por qué?
La escopeta describió un círculo, en tanto que el otro respondía: «Usted viene del
sur, está contaminado». Levantó el brazo, con odio: «Vea, la ciudad entera murió
contaminada. Vinieron los del sur, murieron todos, todos. Váyase ahora, no quiero a
ninguno aquí».
Mirando cautelosamente el rostro en el muro, se aproximó más.
—No es verdad que contaminaran la ciudad. La catástrofe alcanzó a todo el
mundo. Vea, yo estoy bien. Bebo agua embotellada, anduve kilómetros ayer sin
cansarme. Debemos ser amigos, trabajar juntos. Si usted tiene miedo de algo, podría
dormir en un cuarto apartado. Hablaríamos de lejos, como ahora…
—No, no quiero, usted está contaminado. Váyase ahora o tiro.
—Es absurdo decir que estoy contaminado. No hay nada en el norte. Todo es lo
mismo. No existen fronteras, sólo gente muerta en todas partes. Sé de un lugar donde
hay un tractor. Podríamos viajar en él, buscar donde haya vida.
—Busque usted solo, pero váyase de aquí, ahora.
—Pero usted no tiene derecho a hablarme así. No es el dueño de la ciudad, ni
siquiera de donde está. Si los dos estamos vivos, la mitad me pertenece. Usted no
puede expulsarme…
—Puedo —interrumpió el otro, levantando la escopeta—. Puedo expulsarlo. Ésta
es mi ciudad, ustedes no tienen derecho. Vinieron del sur, mataron a todos.
—No matamos a nadie. Los culpables están lejos, tal vez muertos. Acepto
cualquier condición, vamos a efectuar un acuerdo.
—No, ningún maldito me dará órdenes. ¡Váyase ahora, rápido!
—Maldito sea usted, que se juzga dueño de la ciudad porque está armado. Yo
también tengo una escopeta, pero no la traje. Quiero paz, amistad. Si usted me mata,
¿qué gana? ¡Nada, nada…!
El otro levantó un poco más el arma, en tanto que gritaba:
—No quiero oír nada. Estoy harto de mentiras. No aguanto más. Voy a pegarle un
tiro, entiéndalo, váyase ahora…
—Me iré cuando quiera. Tengo derecho a entrar en esta fortaleza de mentira. Y
voy a traer un argumento que usted entiende, una escopeta…
El ruido rebotó por la plaza. El otro había disparado desde encima del muro, casi
sin apuntar. Sintió un tirón en el hombro. Se volvió, salió corriendo. Un segundo
disparo resonó, mientras él huía desesperado, con una sensación en el hombro. No
sabía si estaba herido. Recordaba historias, hombres alcanzados de muerte mientras
corrían, cayendo fulminados de repente. Su sangre latía, veía la calle, las casas
pasando, entre la ola roja de rabia y desesperación. Andar kilómetros, sobrevivir entre
la podredumbre, para ser liquidado así. Llegó al cuarto donde dejara sus cosas. Abrió

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el armario, tomó la escopeta cargada, salió a la calle sin detenerse. Su pecho jadeaba
como si tuviera asma. Repetía «maldito», «maldito», por el camino de vuelta, como
en una pesadilla, su autocontrol cayendo en fragmentos. No sabía si pensaba o estaba
gritando. Sobre el muro, el rostro odiado. Fue corriendo en su dirección, con la
escopeta levantada, el dedo presionando el gatillo. Sintió la coz en el hombro, tan
fuerte que lo desequilibrio. Le pareció que el otro caía hacia atrás, pero podía haberse
escondido. Retrocedió hasta la calzada. Los latidos del corazón martilleaban en sus
oídos. Se quitó la chaqueta, vio la camisa manchada de sangre. Gritaba «maldito»,
sollozando de rabia, el rostro manchado de lágrimas. Fue corriendo al otro lado de la
plaza, donde viera una farmacia. Rebuscó en los estantes, cogió litros de alcohol, los
cargó hasta el portal cerrado. Arrastró sillas y dos cajones vacíos del almacén,
apilándolos junto al portal. Abrió dos litros, los esparció de arriba abajo, frotó un
fósforo. El fuego prendió con un estallido, cubriéndolo todo con llamas azules y
rojas. Cuando disminuía, añadía otros litros, hasta que la propia madera se inflamó.
Miraba hacia las llamas, ahogándose por el esfuerzo realizado. Acompañaba el
progresar del fuego, los tablones que se transformaban en teas, las chispas que
saltaban. Sentía el calor en el rostro, pero no se apartó. Por el agujero de una tabla
caída apareció un trecho de patio. Las llamas se terminaban. El portal, descoyuntado,
se derrumbaba lanzando chispas, soltando humo de carbones consumiéndose.
Encontró un palo, derribó las tablas más altas. Pisó con los zapatos las brasas del
suelo y saltó dentro del patio. A los pies de una escalera vio la escopeta, tirada. Un
rastro en el suelo, con gotas de sangre. El otro estaba cerca de la casa, los brazos
extendidos, las manos engarfiadas. Se había arrastrado unos diez metros. La gruesa
bala lo había alcanzado en el cuello. No se veía su rostro, hundido en el polvoriento
suelo. Estaba muerto.
Se detuvo, contemplándolo unos instantes, y se encaminó hacia la casa. Siguió
por un corredor en busca del baño. Delante del espejo se sacó la chaqueta y la camisa
llena de sangre. La bala le había causado un hondo rasguño en el hombro.
Comenzaba a doler. Cogió algodón, desinfectante, lo limpió todo. Después una
compresa de gasa, sujeta con esparadrapo. Al terminar, fue hacia la cocina. Había
latas y agua. Hizo un paquete de lo que le interesaba y salió. En el patio, se detuvo
delante del cadáver. Los cabellos, sucios de polvo, se agitaban con la brisa. Salió,
pasando con cuidado por el portal. A unos metros de distancia vio su escopeta. Se
detuvo ante ella, pensando. Se inclinó y la recogió. Dio la vuelta a la esquina en
dirección al cuarto donde durmiera. Allá, metió las vituallas en la bolsa de viaje.
Preparó un vaso de leche y bebió. Colocó la bolsa de lado, para no tocar la herida que
dolía. Abrió el armario, tomó algunos cartuchos, los distribuyó en los bolsillos. Abrió
el cañón de la escopeta, sacó el cartucho vacío y lo sustituyó por otro cargado. La
colocó como pudo, atravesada encima de la bolsa. Salió a la calle. El peso era
desagradable, la herida ardía. Atravesó calles y manzanas, sin mirar para los lados.
Estaba en los límites de la ciudad. Había una carretera que iba en dirección a las

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montañas. Se detuvo algunos instantes, observando, después siguió con pasos
cansados. La carretera llevaba hacia el norte. Hacia allá partió el hombre, con víveres
y una escopeta.

Título original:
A ESPINGARDA
© 1968, André Carneiro
Traducción de P. Domingo

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ARA US CALDRAN NOVES NAUS
Ara us caldran noves naus
per enfilar l’espera.
Heu conquerit la veu, l’espai, els dogmes,
i sou bossins de terra com nosaltres
sense saber de plors
i sense llàgrimes.
I quan tingueu l’hivern
dels altres astres,
digueu-me:
qué en fareu de la nova primavera.
Qué en fareu de la llum
de sols vermells i blaus,
de la claror apaivagada
dels planetes.
Vosaltres que heu navegat pel cel
i coneixeu altres herbes i altres camps,
digueu-me:
a quin astre heu trobat noves dreceres.
Per quins mons heu cercat
la pau de l’ànima…
La vostra nau és un cúmul
de sorolls i maquinària.
Vosaltres ara sou
una veu que no parla.
Ara us caldran noves naus
per enfilar l’espera,
noves naus per morir, les naus de sempre.
Us heu quedat l’hivern dels altres astres
i no coneixeu la nova primavera.

SANTIAGO MARTÍN SUBIRATS

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OS SERÁN NECESARIAS NUEVAS
NAVES
Os serán necesarias nuevas naves
al remontar la espera.
Conquistasteis la voz, los dogmas, el espacio
y sois tierra en pedazos con nosotros
sin ni saber llorar,
secos de lágrimas.
Y cuando tengáis el invierno
de otros astros,
decidme:
qué haréis de la nueva primavera.
Qué haréis de la luz
de soles rojiazules,
de la mortecina claridad
de los planetas.
Vosotros que navegasteis por el cielo
y conocéis otra hierba y otros campos,
decidme:
en qué astro encontrasteis nuevas sendas;
por qué mundos buscasteis
paz del alma…
Vuestra nave es un cúmulo
de ruido y maquinaria.
Vosotros ya sois una voz
que no habla.
Os serán necesarias nuevas naves
al remontar la espera,
naves para morir, naves de siempre…
Os quedasteis el invierno de otros astros
y no conocéis la nueva primavera.

Traducción del autor

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PROYECCIÓN REMOTA
CLÁSICO

GUILLAUME APOLLINAIRE
Guillaume Apollinaire (1880-1918), ha quedado en la historia de la literatura
universal como un destacado poeta y uno de los precursores del surrealismo literario. Sin
embargo, muy poca gente sabe que poco antes de su muerte Apollinaire se especializó en
relatos crueles, macabros, surrealistas… y de ciencia ficción. He aquí un ejemplo de
ellos, extraído de su libro L’hérésiarque et Cie. (El heresiarca y Cía.), aparecido
originalmente en 1910. Uno de los temas preferidos de Apollinaire, nos dicen sus
biografías (así como nos dicen también que su verdadero nombre era Guillaume Albert
Wladimir Alexandre Apollinaire de Kostrowitzky, y que nació en Roma, de padres
polacos), era el que hacía alusión a todo lo judío… y este relato es precisamente prueba
evidente de ello.

Los periódicos han informado sobre la extraordinaria historia de Aldavid,


considerado por un gran número de comunidades judías de los cinco continentes
como el Mesías, y cuya muerte ocurrió en circunstancias aparentemente
inexplicables.
Habiendo estado relacionado en una muy trágica manera con esos
acontecimientos, considero necesario descargarme de un secreto que me oprime.
Al abrir un día los periódicos, mi atención fue atraída por la siguiente noticia,
procedente de Colonia:
«Las comunidades judías de la orilla derecha del Rin, desde Ehrenbreitstein a
Beuel, se hallan en un estado de extrema agitación. Se dice que el Mesías está
viviendo en una de ellas, en Dollendorf. También se dice que ha demostrado sus
poderes realizando numerosos milagros.
»La perturbación causada por este asunto ocasiona una considerable preocupación
al gobierno provincial, el cual, temiendo el fermento espiritual aparecido entre las
citadas gentes, ha tomado medidas para suprimir cualquier desorden que pudiera
ocurrir.
»No existe duda, en los altos círculos del Gobierno, de que este Mesías, cuyo
nombre se cree sea Aldavid, es un impostor. El doctor Frohmann, el distinguido
etnólogo danés actualmente huésped de la Universidad de Bonn, se personó por pura
curiosidad en Dollendorf, y afirma que Aldavid no es, como afirma, judío, sino más
posiblemente un francés de la Saboya, en donde la raza de los Allobroges ha
mantenido hasta ahora su estado de pureza. En cualquier caso, las autoridades habrían
expulsado de buena gana a Aldavid, de haber sido posible tal cosa; pero el hombre al
que los judíos de la cuenca del Rin llaman El Salvador de Israel desaparece cuando lo
desea, como por arte de magia. Normalmente se le encuentra frente a la sinagoga de
Dollendorf, predicando la reconstrucción del reino de Judá en términos tan violentos

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y apasionados que recuerdan la turbulenta elocuencia del profeta Ezequiel. Allí pasa
tres o cuatro horas diarias, y al atardecer desaparece, sin que nadie pueda descubrir
hacia donde.
»Nadie sabe donde vive o donde come. Se espera que antes de que pase mucho
más tiempo sea desenmascarado este falso profeta, y que ni las autoridades ni los
judíos de la cuenca del Rin sean ya engañados por sus trucos. Cuando reconozcan su
error, los mismos judíos serán los primeros en desear ser desembarazados del
aventurero, cuyas mentiras tienden a crear entre ellos una penosa arrogancia hacia el
resto de la población, que muy bien pudiera provocar una explosión de antisemitismo
durante la cual ni siquiera las gentes razonables sentirían compasión por sus víctimas.
»Debemos añadir que Aldavid habla en perfecto alemán. También parece ser
conocedor de las costumbres judías, y conoce su dialecto».

Estas noticias, que excitaron con su aparición la curiosidad pública, me llevaron a


mí no sé por qué razón, a lamentar la ausencia del barón d’Ormesan, del que no había
oído hablar desde hacía unos dos años.
Me dije a mí mismo: he aquí algo que realmente atraería la curiosidad del Barón;
no me cabe duda que podría contarme numerosas otras historias de falsos Mesías.
Y, olvidando la sinagoga de Dollendorf, comencé a pensar en mi desaparecido
amigo, cuya imaginación y cuyos hábitos nunca dejaban de perturbarme, pero en el
que, a pesar de todo, seguía teniendo un vivo interés. Desde los tiempos escolares me
había ligado a él un gran afecto y luego, durante nuestros numerosos encuentros,
había tenido ocasión de apreciar su carácter especial, su falta de escrúpulos, su un
tanto desordenada erudición, y su amable y afectuosa disposición hacia mí: todo esto
eran otras tantas razones que fomentaban mi deseo de verlo de nuevo.

Al día siguiente, los diarios traían noticias del asunto de Dollendorf, todavía más
sensacionales que las del día anterior.
Despachos fechados en Frankfurt, Mainz, Leipzig, Estrasburgo, Hamburgo y
Berlín, anunciaban simultáneamente la presencia en sus ciudades de Aldavid. Como
en Dollendorf, había aparecido ante la principal sinagoga de cada ciudad.
Las noticias se extendieron rápidamente en cada caso; según las noticias, los
judíos se habían reunido, y el Mesías había predicado en idénticos términos en todos
los lugares.
En Berlín, hacia las cinco, la policía había tratado de detenerlo. Pero una multitud
de judíos lo rodearon y se opusieron a ello fuertemente, acompañándose con gritos y
lamentaciones. Incluso recurrieron a la violencia, y se efectuaron un gran número de
arrestos.
El propio Aldavid había desaparecido, como por un milagro…
Esta noticia me causó una gran impresión, aunque no más que la que le hizo al

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público, el cual estaba apasionadamente a favor de Aldavid. Ese mismo día, más
tarde, aparecieron ediciones especiales de los periódicos, una tras otra, anunciando la
aparición (ya no decían más la presencia) del Mesías en Praga, Cracovia, Amsterdam,
Viena, Leghorn, e incluso en Roma.
Por todo el mundo, la conmoción alcanzó un clímax, y recordaremos que varios
Gobiernos tuvieron reuniones especiales, quedando en secreto las decisiones
acordadas, y con buena razón, ya que todas ellas se resumían en el reconocimiento
del hecho de que ya que los poderes de Aldavid parecían ser de un orden
supernatural, o al menos inexplicables por los medios normales a la disposición de la
ciencia moderna, sería mejor esperar, sin intervenir, el resultado de los
acontecimientos que la policía parecía ser incapaz, por varias razones, de controlar.

Al día siguiente, los mensajes diplomáticos intercambiados entre los gabinetes de


los distintos Gobiernos interesados ocasionaron la detención de los principales
banqueros judíos de cada nación.
Esta medida parecía vital. Porque, si como parecía, los sermones de Aldavid iban
encaminados a iniciar un nuevo éxodo de los judíos a Palestina, podía ser predicho un
éxodo de capital de todos los países al mismo destino, y el desastre financiero que
sería la consecuencia de este acontecimiento debía ser evitado. También se creía, y
con razón, que este Mesías —cuya ubicuidad parecía incontestable, si no los otros
milagros que le eran atribuidos— podría muy bien proveer, por medios
supernaturales, al presupuesto para el nuevo Reino de Judá, si se viera la necesidad.
Así, los banqueros judíos, aunque tratados con el mayor respeto, fueron puestos en
prisión, lo cual no dejó de ocasionar un gran número de desastres financieros: pánico
en la bolsa, quiebras y suicidios.
En todo este tiempo, la ubicuidad de Aldavid se manifestaba por sí misma en
Francia: Nimes, Avignon, Bordeaux y Santerre; y un viernes, el hombre a quien los
judíos aclamaban como la Estrella que había de venir de Jacob, y a quien los
cristianos llamaban nada menos que el Anticristo, apareció hacia las tres de la tarde
en París, ante la sinagoga en la rue de la Victoire.

Todos habían estado aguardando este acontecimiento, y durante varios días la


comunidad judía en París había estado esperando en la sinagoga de la rue de la
Victoire y en todas las calles cercanas. Las ventanas de los edificios circundantes
habían sido alquiladas por enormes sumas de dinero por israelitas que deseaban ver al
Mesías.
Cuando apareció, el escándalo fue tremendo. Se pudo oír desde alturas de
Montmartre hasta tan lejos como l’Étoile. Yo estaba en los boulevards en este
momento, y como todo el mundo me apresuré a ir en la dirección de la Chausée
d’Antin, pero no pude ir más lejos que del cruce de la rue Lafayette, donde habían

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sido levantadas barricadas, con hombres de paisano y policía montada.
Sólo por la tarde me enteré, a través de los periódicos, de los nuevos aspectos del
asunto que había surgido durante esta aparición.
Desde el momento en que había cesado de aparecer exclusivamente en los países
de habla germánica, Aldavid hablaba menos. Sus recientes sesiones duraban casi
tanto como las primeras, pero frecuentemente caía en silencio, orando en voz baja, y
reemprendiendo después su sermón en el idioma de la gente entre la que se
encontraba. Esta facilidad para los idiomas, que hacía de su vida un Pentecostés
diario, no era menos asombrosa que sus dotes de ubicuidad, y la facultad de
desaparecer por sí mismo cuando lo deseaba.
Durante uno de sus momentos de silencio, cuando parecía estar orando
profundamente ante una muchedumbre de postrados y silenciosos judíos, una
poderosa voz sonó súbitamente desde una de las ventanas que daban a la sinagoga.
Levantando sus cabezas, la congregación vio a un monje de calmada e inspirada
faz de pie en la ventana. Con su mano izquierda asía un crucifijo dirigido hacia
Aldavid, mientras en su derecha agitaba un aspersorio, y gotas de agua bendita
cayeron sobre el prodigioso hombre. Al mismo tiempo, el monje repitió la fórmula
católica del exorcismo, pero el efecto fue nulo. Aldavid ni siquiera miró hacia su
exorcista, el cual, cayendo sobre sus rodillas, volvió sus ojos hacia el Cielo, besó el
crucifijo, y permaneció por lago tiempo en oración, cara a cara con el hombre de
quien la legión de Demonios había rehusado salir, y el cual, si era el Anticristo,
parecía estar tan seguro de sí mismo que ni siquiera el exorcismo lo había inmutado
en su oración.
El efecto de esta escena sobre la multitud fue inmenso y, despreciativos y
triunfantes, los judíos que habían sido testigos se abstuvieron de insultar o burlarse
del monje. Sus ardientes ojos contemplaban a su Mesías; entonces, con exaltados
corazones, todos ellos, hombres mujeres y niños, se cogieron de las manos y
empezaron a bailar en apretadas filas, como David cuando viejo ante el arca,
entonando Hossannas e himnos de alegría.

El sábado, Aldavid apareció otra vez en la rue de la Victoire, y en las otras


ciudades donde ya había aparecido. Su presencia fue anunciada también en varios
pueblos y ciudades de América y Australia, en Túnez y Argel, Constantinopla,
Tesalónica y Jerusalén, la ciudad santa. Hubo noticias de actividad entre un gran
número de judíos que estaban preparando su marcha desde varios países hacia
Palestina. En todos los lugares la emoción era enorme. Los espíritus más escépticos
se rendían a la evidencia, admitiendo que Aldavid era ciertamente el Mesías que las
antiguas profecías habían prometido a los judíos. Los católicos esperaban
ansiosamente una declaración de Roma sobre esos acontecimientos, pero el Vaticano
parecía pasar por alto lo que estaba ocurriendo, y el mismo Papa, en su encíclica

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titulada Misericordiam, sobre la cuestión de armamentos, que proclamó en este
tiempo, no hizo alusión al Mesías que aparecía cada día en Roma, al igual que en
otros lugares.

El domingo, yo estaba sentado en mi despacho, leyendo cuidadosamente los


boletines telegráficos de las noticias previas del día, el pronunciamiento de Aldavid y
el nuevo éxodo de los judíos, los más pobres de los cuales se decía que estaban yendo
a Palestina a pie.
Súbitamente, oí ante mí mi nombre dicho en voz alta, lo que hizo que levantara la
vista; y allí, frente a mí, estaba el barón d’Ormesan.
—¡Aquí estás! —grité—. Creí que ya no te volvería a ver nunca más. Has estado
fuera por lo menos dos años… ¿Pero cómo has entrado? Probablemente habré dejado
la puerta abierta.
Me levanté, me acerqué al Barón y nos estrechamos la mano.
—Siéntate —le dije—. Y cuéntame de tus aventuras, porque no tengo duda de
que te deben haber ocurrido cosas extraordinarias desde que te vi por última vez.
—Ciertamente, satisfaré tu curiosidad —me dijo—. Pero permíteme, si puedo,
permanecer de pie, apoyado contra la pared. No me encuentro como para sentarme.
—Como quieras —repliqué—. Pero primero dime de dónde has salido, viejo
fantasma.
Contestó sonriendo:
—¿No sería mejor que me preguntaras dónde estoy ahora?
—En mi casa, desde luego —repliqué impacientemente—. No has cambiado,
siempre el hombre misterioso. Pero supongo que lo que has dicho es parte de tu
historia. Está bien, entonces: ¿dónde estás?
—He estado, de hecho, en Australia por casi tres meses —replicó—, en un
pequeño lugar en Queensland, y me gusta mucho aquello. De todas maneras, no
tardaré mucho en embarcar hacia el Viejo Mundo, donde me reclaman asuntos
importantes.
Lo miré, bastante sorprendido.
—Me asombras —dije—. Pero me has acostumbrado a tantas cosas extrañas en lo
que te concierne que estoy dispuesto a creer lo que dices. Pero por favor, te suplico
que te expliques. Estás en mi casa, pero dices que estás en Queensland, Australia.
Admite que tengo razones para sentirme confuso.
Sonrió otra vez y continuó:
—Estoy de hecho en Australia, lo que no te impide verme en tu casa, lo mismo
que otros me están viendo en este mismo momento en Roma, Berlín, Leghorn y
Praga, y en un tan vasto número de otras ciudades que nombrarlas sería tedioso, y…
—¿Es que —grité interrumpiéndolo— acaso eres Aldavid?
—El mismo —replicó el barón d’Ormesan—, y confío en que no dudarás más de

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mis palabras.
Me acerqué a él, lo toqué con mis manos y lo miré. No había ninguna duda acerca
de ello; estaba allí, apoyándose contra la pared frente a mí. Me senté en un sillón y
contemplé ansiosamente a ese asombroso personaje, el cual, a pesar de que había
estado varias veces en prisión por robo, y era el perpetrador impune de una serie de
crímenes célebres, era también incuestionablemente el más milagroso hombre vivo.
No me atreví a decirle nada más, y fue él quien finalmente rompió el silencio:
—Sí —dijo—, soy Aldavid, el Mesías de las profecías, el futuro Rey de Judá.
—Me asombras —protesté—. Explícame cómo has conseguido realizar esos
milagros que han mantenido al mundo entero en suspenso.
Vaciló un momento, y luego pareció llegar a una decisión:
—La ciencia —dijo—, es la causa de los milagros alegados que he hecho. Eres la
única persona en quien puedo confiar, porque te he conocido desde hace tanto
tiempo, y sé también que nunca me traicionarás. Además, necesito un confidente…
Sabes que mi nombre real es Dormesan, y sabes también algunos de los artísticos
crímenes que he cometido y que son la alegría de mi vida. Tengo un conocimiento
científico tan vasto como mi conocimiento en literatura, el cual no es cosa pequeña
por cierto. Sé perfectamente un gran número de idiomas extranjeros, y por lo tanto
estoy familiarizado con todas las grandes literaturas, antiguas y modernas. Todo esto
me ha sido muy útil. Cierto que he tenido mis altibajos, pero cualquier fortuna de las
que he amasado y disipado, bien sea en el juego o en prodigalidades de todas clases,
sería considerada una suma respetable incluso en América… De todas maneras,
cuando una pequeña herencia de unos doscientos mil francos cayó en mis manos, por
decirlo así, hace cuatro años, empleé el dinero en experimentos científicos, y llevé a
cabo investigaciones en la radio y en radiotelegrafía, la transmisión de fotografías,
fotografía en color y fotografía en relieve, cinematografía, el fonógrafo, etc. Estos
experimentos me llevaron a ocuparme de un aspecto hasta entonces olvidado por los
científicos que habían mostrado interés en esos problemas fascinantes: me refiero a la
proyección remota. Y he terminado por descubrir los principios de esta nueva ciencia.
»Así como la voz humana puede ser transmitida desde un punto hasta otro punto
distante, así igualmente la apariencia de un cuerpo, y esa solidez a través de la cual el
ciego adquiere la noción de la misma, puede ser transmitida sin ser necesario para el
experimentador estar conectado físicamente con el cuerpo que proyecta. Puedo añadir
que el nuevo cuerpo transmitido retiene enteramente sus facultades humanas hasta los
límites en que ésas son ejercidas a través del transmisor por el cuerpo real. Esos
cuentos milagrosos, las populares historias de hadas, que confieren a ciertos
caracteres el don de la ubicuidad, demuestran que otros hombres antes que yo han
concebido el hecho de la proyección remota; sin embargo, éstos eran solamente
trabajos imaginativos, sin ninguna importancia particular. Recayó sobre mí el
resolver el problema práctica y científicamente.
»Naturalmente, dejé aparte esos alegados fenómenos de naturaleza mediumnística

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sobre la duplicación de los cuerpos; estos fenómenos, acerca de los cuales se conoce
poco, no tienen, a mi entender, nada que ver con mis propios experimentos, los cuales
son fructíferos.
»Después de un número de ensayos conseguí construir dos máquinas, una de las
cuales quedó conmigo y la otra la puse junto a un árbol al lado de un sendero, en el
parque Monsouris. Mi experimento fue un completo éxito y, operando ese transmisor
que me había costado tan duro trabajo y que llevo ahora conmigo todo el tiempo, fui
capaz, sin dejar el lugar donde estaba realmente, de aparecer al mismo tiempo en el
parque Monsouris, y si bien realmente no di un paseo allí, al menos vi, hablé, toqué y
fui tocado en dos lugares al mismo tiempo. Más tarde, instalé otro de mis receptores
al lado de un árbol en los Campos Elíseos y anoté con alegría que podía también estar
en tres lugares al mismo tiempo. Desde entonces el mundo fue mío. Podía haber
conseguido inmensos beneficios con mi invención, pero preferí guardármela para mi
único y exclusivo uso. Mis receptores son pequeños e insignificantes a la vista, y
ninguno de ellos ha sido retirado del lugar donde lo instalé. Puse uno en tu casa hace
dos años, mi querido amigo, pero ésta es la primera vez que lo he utilizado, y tú
nunca te has dado cuenta del mismo.
—Es verdad, nunca lo he visto —dije.
—Estas máquinas tienen la apariencia de un clavo ordinario —continuó—.
Durante dos años he estado viajando, clavando mis receptores en las fachadas de
todas las sinagogas. Mi proyecto era el de convertirme de Barón en Rey, y no podía
esperar tener éxito a no ser que fundara otra vez el Reino de Judá, por el
reestablecimiento del cual han estado esperando tanto tiempo los judíos.
»Viajé sucesivamente por los cinco continentes, manteniendo siempre contacto,
gracias a mi ubicuidad, con mi casa en París. En cuanto a lo que ha ocurrido desde
entonces… lo sabes tan bien como yo.
—Sé todo lo que ha ocurrido —contesté—, pero debo reprochártelo severamente.
No creo que tengas las cualidades requeridas para fundar un Imperio, y mucho menos
las de un monarca. Tus propensiones criminales trabajarán en contra tuya, y un día tu
imaginación llevará a tu pueblo a la ruina. Como un hombre de ciencia, como un
hombre hábil en las artes, a pesar de tus crímenes, mereces la indulgencia y tal vez
incluso la admiración de gente educada y de buen sentido. ¡Pero como Rey! ¡No
tienes derecho a serlo! Nunca sabrás cómo promulgar leyes justas, y tus súbditos
serán meramente los juguetes de tus caprichos. Abandona este loco sueño de un trono
del cual no eres digno. Centenares de personas han iniciado una marcha a pie,
creyendo que tú eres un personaje sagrado que volverá a reconstruir el Templo de
Jerusalén. Un gran número de ellos ya han muerto por ti, que eres un miserable
impostor. Deja de proclamar que eres el Mesías, lo cual no eres; de lo contrario te
denunciaré.
—Te tomarán por un loco —dijo el falso Mesías despectivamente—. ¿Crees que
soy tan estúpido como para haberte dado suficiente información como para permitirte

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que me dañes destruyendo mi máquina? ¡No te engañes!

La ira me cegó, y ya no supe lo que estaba haciendo. Cogí de mi mesa un revólver


que siempre tengo conmigo, y disparé los seis cartuchos contra el falso pero
aparentemente sólido cuerpo del falso Mesías, el cual se derrumbó con un grito de
dolor. Me adelanté para sostenerlo; el cuerpo estaba allí realmente. Había matado a
mi amigo Dormesan, un criminal, pero un compañero tan agradable. No sabía qué
hacer.
—Me engañó —me dije a mí mismo—. Fue uno de sus trucos. Vino aquí sin
avisarme y entró en mi casa sin que yo lo oyera, porque seguramente la puerta estaba
abierta. Entonces me mintió, pretendiendo ser Aldavid, lo cual era fantástico y
encantador. Me dejé embaucar, y ahora lo he matado… ¡ay! ¿Qué será de mí?
Permanecí sólo con mis pensamientos por unos instantes, al lado del sangrante
cuerpo de mi amigo…
Entonces, repentinamente, fui sobresaltado por una extraordinaria algarabía.
«Otra de las apariciones de Aldavid», me dije a mí mismo. «Supongo que está
anunciando su coronación. ¿Puedo haberlo matado y aún así tener a mi amigo
Dormesan conmigo?».
Abrí la ventana para averiguar qué nuevas maravillas había realizado el hacedor
de milagros, y vi a un enjambre de nuevos vendedores de varios periódicos, los
cuales a pesar de una orden policial prohibiendo divulgar la noticia, estaban corriendo
tan rápido como se lo permitían sus piernas, gritando: ¡Muerte del Mesías. Extraños
detalles del repentino final!
Mi sangre pareció helarse en mis venas, y me desvanecí.

Volví en mí hacia la una de la madrugada, y me estremecí al tocar el cadáver que


yacía a mi lado. Me incorporé en seguida y, levantándolo del suelo, apelé a todas mis
fuerzas y tiré el cuerpo por la ventana.
Pasé el resto de la noche limpiando las manchas de sangre del suelo, y entonces
salí a comprar los periódicos para leer lo que todo el mundo sabe ya ahora: la
repentina muerte de Aldavid, en ochocientas cuarenta ciudades al mismo tiempo y en
cinco continentes de la Tierra.
El hombre que llamaban el Mesías parecía haber estado orando por más de una
hora cuando, súbitamente, dio un enorme grito y seis agujeros, exactamente iguales a
agujeros de bala de revólver, aparecieron en él, cerca de su corazón. Cayó y murió al
mismo tiempo por todo el mundo, a pesar de los cuidados que le fueron prodigados.
Esta profusión de cadáveres pertenecientes a un solo hombre —había
exactamente ochocientos cuarenta y uno de ellos, porque por alguna extraña razón
dos de los cadáveres fueron hallados en París— no asombró grandemente al público,
a quien Aldavid había dado tantas otras ocasiones de sorpresa.

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En todos los lugares, los judíos le hicieron unos imponentes funerales. A duras
penas podían creer que estaba muerto, e insistieron en que se levantaría de entre los
muertos a su debido tiempo. Pero esperaron en vano, y la reconstrucción del Reino de
Judá fue dejada para otra ocasión.

Examiné cuidadosamente la pared donde Dormesan se me había aparecido por


primera vez. Ciertamente encontré un clavo allí, pero era tan igual a otros clavos con
los que lo comparé, que me parecía imposible que pudiera ser una de sus máquinas.
Después de todo, ¿no me había dicho él mismo que me había ocultado los más
particulares y esenciales detalles de sus aparatos para hacer que falsos cuerpos
aparecieran a sus deseos, por mediación de su descubrimiento de la ley que gobierna
la proyección remota?
Así, soy incapaz de proveer ninguna información más sobre esta prodigiosa
invención del barón d’Ormesan, cuyas aventuras, asombrosas o divertidas, me habían
complacido por tanto tiempo.

Título original:
PROJECTION LOINTAINE
Traducción de Luis Vigil

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TELEVISOLANDIA
ALFONSO ÁLVAREZ VILLAR

Sería superfluo presentar ahora y aquí al Dr. Alfonso Álvarez Villar, uno de los
hombres que más está luchando actualmente en España, dentro de sus distintas y
variadas actividades, por la dignificación de la ciencia ficción. Como escritor —y
esto lo hemos podido constatar a través de la mayor parte de sus relatos
publicados hasta ahora—, su estilo preferido es la sátira, muchas veces la sátira
mordaz. Por ello, nada tiene de extraño que en este relato arremeta, con su
ingenio y su humor, contra uno de los temas más candentes del mundo actual, la
televisión, para presentarnos una sátira feroz, con extrapolaciones futuristas, de
sus proliferantes concursos publicitarios.

collage de JOSÉ MARÍA BEÁ

El terminal de televisión anunció el inmediato encendido con su sintonía


característica de arpas celestiales. Ramírez levantó automáticamente su vista del tomo
de la Enciclopedia que estaba consultando en esos momentos.
El despacho era confortable. Un insonorizado perfecto lo aislaba del mundo
exterior. Allí sólo se respiraba el polen de la ciencia. Múltiples enciclopedias
alineadas a lo largo de las estanterías, y hasta un sistema automático electrónico de
information retrieval, se hallaban dispuestas para fecundar los millones de óvulos
cerebrales de Ramírez.
En aquella estancia se apretujaba todo el tesoro de información que la humanidad
había ido apilando paulatinamente, como una alcancía gigantesca en la que la
calderilla alternaba con los doblones de oro de ley. Un inteligente tecleteo en el
mando del informador y rápidamente aparecía en la pantallita gris perla el zigzagueo
fosforescente de los resultados de los últimos partidos de béisbol, la lista completa de
los reyes visigodos de España o la biografía de Beethoven. Y por si acaso fallaban los
discos de memoria, cabía siempre el recurso de las enciclopedias.
Ramírez era un hombre enclenque, de pelo entre castaño y rojizo, de ojos opacos
por el contacto de las microlentillas. Embutido en su butaca de suspensión magnética,
parecía uno de esos muñecos de trapo que las damas de antaño colocaban en sus
camas para disimular la ausencia del marido. Ante la inminente aparición de su jefe,
se anudó el lazo de la corbata, alisó los pliegues de su chaqueta y aguardó unos
instantes.
—Ramírez, ha sido usted elegido para presentarse en el concurso «Cien millones
para el más listo». Posiblemente sepa usted que corresponde al canal 28 de
televisión, y que está patrocinado por el «Desodorante Pérez».
El que aparecía ahora en la pantalla de televisión era el jefe del Negociado de
Concursos del Consejo Superior de Investigaciones Espaciales, un hombre de

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complexión maciza que ocupaba casi todo el plano de la pantalla, de faz cuadrada
como la de un bulldog y ojos que parecían salírsele de la doble dimensión.
—¿Cuándo empezamos, jefe? —se atrevió a preguntar tímidamente Ramírez,
intentando alejar de su mente la imagen de una quisquilla apareciendo en el terminal
instalado sobre el despacho de su superior.
—Dentro de una semana. Debe usted pasar antes por un entrenamiento especial
de atletismo, porque las computadoras han demostrado que el veinte por ciento de las
pruebas que se exigen para el concurso «Cien millones para el más listo» consisten
en ejercicios de este tipo. Creo que en lo demás está usted bien preparado… ¡Ah!, se
me olvidaba. Los cien millones son para que nuestra patria colabore en el proyecto de
lanzamiento de un cohete tripulado hacia el planeta Marte. De usted depende el que
este proyecto se lleve a cabo o que, por el contrario, se retrase un año más. Corto.
No era ésta la primera vez que Ramírez había intervenido en concursos cara al
público, aunque había sido en un programa poco importante: uno de esos espacios de
sobremesa que duran unos pocos minutos. Le habían obligado a adivinar qué
significaban ciertos cuadros pictóricos representados por señoritas vestidas con ropa
muy escasa. Había actuado entonces por su propia cuenta, porque se trataba de un
programa para amateurs. Eso le había valido el puesto en el Consejo Superior de
Investigaciones Espaciales, con la categoría de «concursante de segunda».
Llevaba dos años esperando aquella magnífica oportunidad, lo que le había
permitido atiborrarse mientras tanto a base de un pudding cultural en el que tenían
tanta importancia las ecuaciones relativistas como las marcas usuales de la ropa
interior de señora. Además había aprendido a distinguir un vino de 15 grados de otro
de 14, a comerse metros enteros de spaghetti sin que ninguno de ellos se le cayera de
la boca, y ese elevado número de actividades de toda índole que suele practicar el
homo sapiens. Y, por supuesto, saltaba como nadie al potro y, a pesar de su apariencia
débil, dominaba el arte de las anillas, del jiu-jitsu y del lanzamiento de disco.
Los científicos del Consejo Superior de Investigaciones Espaciales debían ya
estar al corriente del asunto, porque apenas salió de su despacho Ramírez sintió que
una oleada de admiración y de simpatía le rodeaba por doquier. Él no era tan soberbio
como otros concursantes, que miraban por encima del hombro al resto de los mortales
que no habían tenido nunca el privilegio de aparecer en ninguna de las cadenas de
televisión. Por eso, hasta sonrió con camaradería a los investigadores de ambos sexos
que salían de sus laboratorios para estrecharle efusivamente la mano y desearle un
gran éxito en su próxima y difícil empresa.
—Señor Ramírez —se atrevió a insinuarle una jovencita recién doctorada en
Ciencias Físicas—, todos nosotros esperamos de usted el poder prolongar nuestro
contrato para el año próximo.
Y Ramírez pensó que aquella científica lo que deseaba también era poder casarse
sin necesidad de tener que arrebañar unos cuantos créditos posando desnuda para los
fotógrafos.

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—Estos científicos son muy buena gente —pensó para sí Ramírez—. Lo malo es
que todo el mundo opina de ellos que no estudian para concursar y se contentan sólo
con saber.
Bajó en el ascensor a la sala de entrenamientos gimnásticos. Allí estaba Ordóñez,
el jefe del Negociado de Atletismo.
—¿Qué tal, muchacho? —le espetó inmediatamente—. Vas a tener que estar
sometido durante una semana a un entrenamiento especial.
También a la planta baja había llegado la noticia de su destino. El equipo de
médicos comenzó a explorarle metódicamente. Las placas radiográficas se sucedían
ininterrumpidamente. Siguieron también los análisis de sangre y de líquido
cefalorraquídeo. Le palpaban y le auscultaban sin compasión alguna, como si se
tratara de una especie procedente de aquel planeta que la raza humana iba a
conquistar gracias a la intervención decisiva de Ramírez.
Luego tuvo que saltar el potro, realizar varios ejercicios de anillas, subir por una
cuerda de nudos y atravesar, con la mayor rapidez posible, las aguas de una piscina,
en diversos estilos de natación. Ordóñez era implacable, y el pito no dejaba de
resonar hasta que el sudor perlaba las sienes de Ramírez. Porque el cronómetro
puntuaba fríamente y los dinamómetros se resistían a acercarse al punto óptimo.
—Te encuentro un poco birrioso, pero voy a hacer de ti el mejor atleta del mundo
—terminó Ordóñez, dándole una fuerte palmada en la espalda que casi le hizo caerse
de bruces.
Y le señaló la puerta, porque la sirena del edificio indicaba el final de la jornada
laboral.

Entró en un bar a tomarse una copa. Las banquetas que se hallaban situadas en
lugares estratégicos, delante de los treinta aparatos de televisión que retransmitían
cada una de las treinta cadenas televisivas del país, se hallaban ocupadas. Pero se
alegró que estuvieran vacías, en cambio, las de la esquina de la barra. Tomó asiento,
al lado de un hombretón de pelo cano y de faz cetrina que sorbía con fruición un
largo vaso lleno hasta los bordes de whisky con hielo.
El camarero tardó en servirle, porque en esos momentos se estaba retransmitiendo
algo muy interesante en el canal número 27. Ramírez hubiera deseado en ese
momento enmarcar su rostro en una pantalla para atraer su atención. Pero el gin-tonic
llegó al fin. Por supuesto, era una de las marcas más anunciadas en televisión.
—¡Hombre! Yo le conozco a usted de algo —pronunció en esos momentos el
vecino de al lado, levantando su vista de los témpanos lechosos que flotaban en el
líquido ambarino.
Ramírez también creía reconocerle. ¿Había intervenido en algún programa de
televisión? El otro dijo que no.
—Yo sí creo haberle visto en el programa 18 ó 19. En fin, da lo mismo; no lo

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recuerdo. ¿Fue en un concurso patrocinado por Sujetadores Pepita? —Y al decir esto
miraba insistentemente el busto de una muchacha que estaba abstraída contemplando
no sé qué programa en el canal 3.
Pero no, Ramírez no había intervenido en ese programa, sino en otro de amateurs.
Luego resultó que ambos vivían en la misma casa, frente por frente, y que por eso se
conocían de vista. Regresaron pues juntos en uno de los asientos de la pista rodante.
Y como en la pista rodante las autoridades municipales habían instalado
inteligentemente algunos aparatos de televisión, pudieron deleitarse durante el viaje
con un interesante telefilm del Oeste.

Ramírez superó una semana agotadora. Había tenido que intervenir también el
psiquiatra especialista de concursantes, para serenar sus nervios e infundirle
confianza en sí mismo. Un psicoanálisis ultrarrápido mediante drogas psicodélicas
había barrido de su inconsciente los últimos restos de su complejo de Edipo aún no lo
suficientemente resuelto, que hubiera sido peligroso para el éxito, ya que a veces las
emisoras de televisión no utilizaban presentadoras sexy sino algo maternales.
Había aprendido ahora a preparar arroz de doscientas maneras diferentes, a
reconocer por las piernas a todas las actrices de televisión, y a clasificar en un
santiamén todos los cuadros de los museos más famosos del mundo.
La orden del jefe del Negociado de Concursos le llegó en una posición muy rara:
mientras hacía «el pino» en el gimnasio. Vio de nuevo la cara de bulldog, pero
curiosamente invertida. Los mostachos le parecían unos inmensos ojos mongólicos o
unas antenas de coleóptero que se movían rítmicamente:
—Preséntese en la Sala de Tests, Ramírez. Tenemos que proceder a una prueba
final.
Subió en el ascensor a la planta quinta. Allí reinaba la terrible computadora AY-
2327, con su memoria magnética en la que se habían almacenado los problemas de
cientos de concursos anteriores procedentes de todas las cadenas del país y hasta de
más allá de sus fronteras. Televidente ideal, aunque no fuera capaz de comprar nada
sino de hacer gastar a sus mantenedores, contemplaba simultáneamente y durante
todas las horas del día los múltiples programas de televisión que chisporroteaban de
las antenas. Luego clasificaba y abstraía, y bajo el mandato de los técnicos
seleccionaba al azar las preguntas de un determinado concurso o de todos los
concursos.
En el laboratorio se hallaba el Director General del Consejo Superior de
Investigaciones Espaciales. Ramírez nunca le había visto cara a cara, pero la
solemnidad del momento justificaba esa condescendencia del alto jefe. Y, por
supuesto, allí se hallaba presente también toda la plana mayor del Consejo de
Investigaciones Espaciales, que se había constituido en el Jurado inapelable de este
concurso-miniatura.

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—Esté usted atento a la pantalla, Ramírez —ordenó el hombre de cara de bulldog.
Y Ramírez pudo darse cuenta de que su jefe era, en realidad, menos feo de lo que
aparecía en la pantalla. Pero no era éste el momento más adecuado para intimar con
él.
La computadora era más perfecta de lo que se había imaginado Ramírez. Lo
maravilloso de ella era que no solamente repetía pruebas que ya habían sido
presentadas tiempo atrás en cualquier emisora de televisión, sino que se convertía en
un mezclador de probabilidades, puesto que combinaba maquiavélicamente los
elementos aislados de cada prueba.
Apareció el primer problema. Una presentadora robot —que era la suma de las
facciones de todas las presentadoras de televisión en activo— se dirigió a Ramírez.
—Prueba número uno. Debe usted llegar en cuatro patas a esa escudilla que está
en el rincón del estudio. Tiene usted que cogerla con los dientes y traerla hasta aquí
en el menor tiempo posible y sin derramar una sola gota de líquido. ¿Ha
comprendido?… Tiempo, 30 segundos.
Interrumpieron la transmisión para traer una escudilla, y Ramírez se dispuso a
recorrer la habitación sobre sus cuatro extremidades. Se oyó el golpe de un gong y
Ramírez inició el gateo. El mismo Director General del Consejo Superior de
Investigaciones Espaciales manejaba el cronómetro.
Ramírez superó la primera prueba, y también la siguiente, que consistía en
intentar el lenguaje de distintos animales, incluyendo el asno. Pero falló en la tercera
prueba.

La tercera prueba consistía, ni más ni menos, que en ponerle a una señorita las
medias, en el menor tiempo posible, sin rompérselas y sin hacerle cosquillas. Una de
las mecanógrafas del Centro se prestó a la experiencia, pero Ramírez se puso
nervioso y el tiempo transcurrió sin que le hubiera colocado correctamente un solo
broche de las ligas.
—García —rugió el Director General— ¿qué hacen ustedes que no le han
proporcionado a Ramírez más experiencia con mujeres?
Y el Jefe del Negociado de Concursantes masculló unas disculpas.
Afortunadamente, Ramírez se desquitó en la cuarta, en la quinta y en la sexta
prueba. Porque, según el Jurado, consiguió un rendimiento superior al average
exigido en esas condiciones. La primera consistía en coger una pera con los dientes,
estando boca abajo y en equilibrio sobre los brazos; la segunda en un test de destreza
manipulativa, y la tercera en disfrazarse de indio apache.
Y, por supuesto, también el resultado fue óptimo en las pruebas culturales
propiamente dichas: reconocimiento por la forma del bigote de les jugadores de
fútbol más destacados del mundo, identificación de cierta catedral gótica e
interpretación correcta del himno nacional de las cinco últimas repúblicas

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independientes africanas.
Al final, el jurado de altos jefes no pudo contenerse y prorrumpió en un aplauso
entusiasta. Todos aquellos científicos veían ya a la raza humana pisando las arenas
rojizas de Marte. Un nuevo planeta ganado para la televisión, y ya la imaginación
calenturienta de los humanos veía millones de marcianos comprando los sopicaldos
Zeta, las medias Equis y las neveras Hache.

Ramírez tuvo que posar ante docenas de fotógrafos, que le apuñalaban los ojos
con chorros continuos de luz. Ya comenzaba a ser popular, porque el programa «Cien
millones para el más listo» era el más importante de todos. Si ganaba el concurso no
sólo su patria podría participar en la primera expedición humana al planeta Marte,
sino que además él, en cuanto funcionario del Estado, podría disfrutar de unos
ingresos extra. Por ejemplo, le contratarían con toda seguridad para anunciar el
receptor de televisión «Panergit», el brandy «Chisposo» o el insuperable flan «El
Chinito».
Además, había gustos para todo. ¡Quién sabe si los directivos de «Playgirls» no le
harían proposiciones para que posara para un lectorado de amas de casa otoñales o de
jovencitas de cuarto año de bachillerato! Y de ahí a que el poderoso partido populista
o el integrista de derechas le eligieran candidato a Senador en las próximas elecciones
mediaba sólo un paso.
Ahora, una multitud inmensa se agolpaba en tomo a los estudios de la cadena
número 18, y los gendarmes tenían que intervenir para proteger a los concursantes de
la curiosidad de las masas. Oyó algunos comentarios irónicos sobre su delgadez y su
cabeza de decápodo, pero hizo como si no hubiera escuchado nada. Así, hasta que
unos ujieres les condujeron al vestíbulo del edificio.
¡Y allí estaba la encantadora Leticia, una de las presentadoras más populares de la
televisión! Llevaba una falda muy corta, tan corta que apenas dejaba lugar para la
imaginación. Unas medias que despedían un suave fulgor plateado repetían en sus
moléculas los neones de los pasillos.
—Bienvenidos a la cadena 18 —les dijo. Y su boca se abrió en un mohín
irresistible, enseñando unos dientes que habían anunciado innumerables veces el
dentífrico «Denticlorina».
Los concursantes se miraron confusos antes de estrechar la mano suave y
perfumada que les tendía Leticia. Habían soñado durante muchos meses en aquel
contacto, y ahora les parecía sufrir un espejismo.
Leticia les condujo a una salita aislada de las miradas inoportunas de los curiosos.
Tomó asiento en un sofá y cruzó de tal manera las piernas que terminó de expulsar
definitivamente a la imaginación.
—¿Están ustedes nerviosos? —tuvo aún la ocurrencia de preguntarles, pensando
sin duda ingenuamente que sólo les preocupaba la prueba en la que iban a intervenir.

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—Estando usted delante, creo que nos sentiremos más seguros —se atrevió a
romper el fuego el concursante que había enviado la Dirección General de Enseñanza
Primaria.
Era un hombre grueso, de tez rubicunda, con manos carnosas y uñas cortas, y que
procuraba ocultar la curva de su abdomen estirándose la chaqueta.
—Lo que deseamos es comenzar cuanto antes —intervino acto seguido el
concursante de la Dirección General de Arqueología, sin reparar en el sentido
freudiano de sus palabras.
Y, por supuesto, la que estaba menos nerviosa era la señorita María Gómez que,
para su suerte, era completamente ajena al encanto de la señorita Leticia.
María era, al parecer, la única concursante libre del equipo, aunque numerosas
entidades oficiales y organizaciones benéficas esperaban de ella, en el caso de que
triunfase, un porcentaje bastante elevado de donativos.
Charlaron de todo. Hasta del tiempo, o mejor dicho de las predicciones
meteorológicas anunciadas en las cadenas de televisión, o del último eclipse de luna
que habían visto todos los telespectadores a través de las pantallas.
El hombre gordo, que se llamaba Sánchez, tenía puestas sobre su actuación futura
todas las miradas de los maestros del país. Si no ganaba el concurso, se quedarían sin
gratificación de Navidad. En cuanto a las aspiraciones del representante de la
Dirección General de Arqueología, un hombre enjuto, cargado de espaldas y de perfil
rabino, podían interesar a un menor número de personas, pero la derrota habría
supuesto, en cambio, una peligrosa detención para un estudio importantísimo: el de la
civilización carpetovetónica, de la que se habían encontrado restos de plazas de toros
en el valle del Guadalquivir.
Mientras hablaban, una cámara indiscreta iba tomando detalladamente sus
expresiones y sus palabras. Era un artificio de la cadena 17 y de la gentil Leticia,
sirena de la televisión contra cuyos escollos estrellaban sus apéndices nasales cien
millones de telespectadores.
Después de tomar unas copas, pasaron al estudio principal de la cadena 18.

Allí estaban montados todos los artefactos con los que se les iba a torturar durante
una hora interminable. Primero les habían maquillado. Sólo María Gómez estaba
tranquila, y hasta se atrevía a coquetear con los cámaras y con los técnicos de sonido.
La misma situación que en esos momentos reinaba en el punto de destino de las
ondas electromagnéticas se reflejaba también en el ejército de operadores, atrezzistas
y demás personal técnico, que sabían que aquella emisión iba a salir en directo al
espacio.
El realizador, después de estrechar la mano a los concursantes, subió a su cabina y
desde allí hizo sonar la chicharra que ordenaba el más absoluto silencio. El programa
había empezado, y la encantadora Leticia extrajo de sus músculos faciales la más

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encantadora de las sonrisas. La cámara simuló un desliz y comenzó enfocando sus
piernas esculturales.
Leticia hizo la presentación de los concursantes. Hablaba de tres hombres de
ciencia que iban a luchar contra la representante del bello sexo, una desvalida
señorita, sin más armas ni más recursos que los de su femineidad. Pero había que
perdonarles porque, al fin y al cabo, se habían presentado para aumentar el alcance de
la Ciencia. Casualmente (y esta imagen no había salido del cerebro de la encantadora
Leticia, sino del Director, porque de aquella cabeza no salían más que encantadoras
sonrisas) en aquella ocasión se reunían tres ramas de la cultura: la Pedagogía, sin la
que toda ciencia era imposible; la ciencia que avanza hacia abajo, la Arqueología, y
la ciencia que avanza hacia arriba, la Astronáutica. ¿Quién de ellos ganaría? Dentro
de una hora conocerían los señores telespectadores el resultado. Pero, en último caso,
«Desodorante Pérez» se hallaba al servicio del bien y de la verdad, porque sin el
«Desodorante Pérez» era imposible aspirar el aroma de las virtudes de la raza
humana…
Antes de penetrar en el estudio, Ramírez, Sánchez y el Arqueólogo; que se
llamaba Del Rosal, habían llegado a un acuerdo, un acuerdo que estaban dispuestos a
respetar por encima de todo. Y que se había precipitado en unos breves instantes, de
la misma forma que dos reactivos que han permanecido sin mezclar durante mucho
tiempo producen el milagro en una fracción de segundo.
La primera prueba la enviaba un tal José Gutiérrez Fernández, doctor en Ciencias
Matemáticas. Aparecieron cuatro guapas muchachas, tan ligeras de ropa que los
cámaras tenían que hacer auténticas filigranas para que la Liga de la Decencia no
ordenara suspender la emisión.
Se entregó una bicicleta a cada concursante, y pasaron a una especie de pista de
circo. La prueba consistía en mantenerse con la bicicleta dentro de un estrecho
callejón, de tal manera que si alguna de las ruedas tocaba una de las cintas se
establecía un contacto eléctrico y se computaba como un error.
Tomaron unas pajitas de la mano de Leticia, y a María Gómez le tocó ser la
primera.
María recorrió con soltura la pista, girando a derecha e izquierda y mostrando a
todos los telespectadores que era la mejor amazona sobre dos ruedas. Pero en el
último momento se despistó y fue a caer estrepitosamente, levantando ante la
indiscreta cámara un revuelo de enaguas almidonadas.
Sánchez, Ramírez y Del Rosal hicieron su recorrido con discreción, cometiendo
sólo pequeños errores. El jurado dio la victoria a Ramírez, y María protestó de que su
bicicleta no estuviera lo suficientemente engrasada. Pero la encantadora Leticia
detuvo su protesta con un mohín delicioso y no ocurrió nada más.
María Gómez ganó, sin embargo, la segunda prueba, que consistía en reconocer
quién era el quinto marido de la famosa actriz de televisión Elsa Skordreg, de entre
un montón de fotografías. Ramírez se equivocó y eligió a un presidente de una

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República hispanoamericana; Sánchez escogió a un torero y Del Rosal a una imagen
retocada de San Francisco de Asís.
Leticia tuvo un gesto de parcialidad hacia su congénere que, a pesar de todo,
afirmó que podría haber acertado la solución antes si las fotografías hubiesen estado
mejor hechas.
En la tercera prueba también ganó María. Se trataba de confeccionar unas
croquetas de picadillo. Unos guapos muchachos esperaban en la mesa de un
restaurante a que les sirvieran las croquetas en cuestión. Y, claro está, las de María
llegaron mucho antes. Cuando terminó la prueba, los tres hombres estaban
empolvados de harina hasta las cejas. Y las cámaras se complacieron en tomar
primerísimos planos de las apariencias de clown de los concursantes masculinos.
—Me imagino que las señoras y señoritas que están atendiendo a «Cien millones
para el más listo» se afianzarán en su idea de que las mujeres seguimos siendo
imprescindibles para los hombres —dijo Leticia.
Un operador oportuno se encargó de palpar con los ojos de su cámara esta
sublime verdad.
La cuarta prueba era, sin embargo, cultural. Se introducía a los concursantes, uno
por uno y con los ojos cerrados, en un ambiente en el que los atrezzistas habían
colocado diversas máquinas que sonaban con estrépito. Una señorita tan sexy como
todas las que habían salido hasta entonces iba esparciendo con un vaporizador una
densa nebulosa de naturaleza desconocida. La prueba consistía en reconocer no por el
sonido, sino por el olor, en qué lugar se hallaba el concursante.
María, a quien le había correspondido por sorteo el comenzar la prueba, confesó
que no estaba acostumbrada a esos malos olores y que, por lo tanto, ignoraba la
solución exacta. Pero Sánchez y Del Rosal afirmaron que se hallaban en un vagón del
Metro en una hora punta, y lo que olía era a sudor y a suciedad. Ganó de todas formas
Ramírez, porque había tardado menos tiempo en alcanzar el diagnóstico. Y entonces
Leticia aprovechó la ocasión para hacer un oportuno inciso y recomendar a los
telespectadores que los malos olores del Metro se podían evitar gracias al
«Desodorante Pérez».
La quinta prueba era también cultural. Aparecieron sucesivamente paisajes
lunares y de planetas desconocidos y se obligó a los concursantes, embutidos en
sendas escafandras, a marchar de acuerdo con las condiciones de gravedad que
reinaban en esos planetas. María caminó erguida en todos ellos, moviendo
graciosamente sus caderas. Y sólo Ramírez fue el que acertó con el paso exacto, es
decir, dando saltos en la Luna y arrastrándose penosamente sobre Júpiter y sobre
Saturno, hasta no poder dar un solo paso. Volvió a ganar Ramírez, que tenía ya dos
pruebas a su favor.
Pero fue Sánchez el que ganó con su ingeniosidad la sexta prueba.
Se trataba de una escena de vaudeville. Se había preparado una habitación
matrimonial, al lado un armario muy pequeño. En el caso de los tres concursantes

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masculinos, en la cama yacía tendida una hermosa muchacha, desmelenada. Entraba
un hombre hercúleo, de unos dos metros de altura, agitando frenéticamente un bastón
y profiriendo amenazas contra su mujer, «que le estaba engañando». Abría la puerta
del armario y se encontraba con el concursante, esto es, el hipotético seductor. En el
caso de María era la esposa (también una mujer de aspecto imponente) la que entraba
gritando, mientras el marido infiel permanecía sentado en el lecho. La prueba
consistía en resolver la situación de la manera más ingeniosa posible.
María resolvió bastante bien la situación, fingiendo que era la doncella recién
contratada por la señora y que al saber que ésta era muy celosa se había refugiado allí
para no atraer sus iras.
Ramírez, por su parte, se hizo el loco y comenzó dando grandes zancadas por la
habitación, con la mano metida en la camiseta, mientras afirmaba que era Napoleón y
que aquella mujer era Josefina. Del Rosal se limitó a presentar disculpas. Fue
Sánchez el que se llevó la mayoría de los votos del jurado al decir que él era el
ebanista y que había venido a arreglar aquel armario, habiéndose quedado empotrado
en él por estar tan grueso.
—Y luego dicen que somos astutas —comentó la encantadora Leticia, guiñando
picarescamente un ojo.
Y dio paso al resto de las pruebas, hasta un total de diez. Del Rosal ganó la
séptima: reconocer una época histórica y una civilización a través de un peinado. Las
muchachas que desfilaban eran también bellísimas. María volvió a ganar una prueba,
que consistía en bailar un minué con damas y caballeros dieciochescos.
La prueba del paso de una superficie resbaladiza fue ganada por Del Rosal, que
no tuvo que ponerse sobre sus cuatro extremidades para conseguir alcanzar la meta
sin perder el equilibrio. Fue probablemente la prueba que más hizo reír a los señores
telespectadores, que secretamente esperaban alguna rotura de clavícula.
Pero Ramírez triunfó en las dos pruebas restantes, la novena y la décima.
Consistían en jugar a la rana (un juego ahora casi extinguido), e imitar la marcha de
varios animales, incluyendo el canguro. A María le costó mucho trabajo algunos de
estos pasos, y por eso protestó una vez más.

El concurso había terminado. Ahora Ramírez, Sánchez y Del Rosal viajaban en


un coche que les transportaba al aeropuerto. Se habían repartido el premio. La
subvención a los maestros nacionales, la civilización carpetovetónica y la expedición
a Marte contaban con treinta y tres millones de créditos cada una, en dinero contante
y sonante. Habían hecho convenientemente el depósito, y ahora comenzaba su plan
meditado desde hacía varios días, en diversos contactos, desde el momento en que se
enteraron de que iban a participar en aquel concurso. Quedaba un millón para ellos;
lo suficiente para irse a un país en el que pudieran dedicar sus conocimientos a
aquello que les interesaba: al disfrute del conocimiento por sí mismo.

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Y sólo quedaban ya algunos países que se hallaran en esas condiciones: unas
pocas Repúblicas africanas. Televisolandia iba a quedar muy atrás. Allá lejos les
esperaban unos países en donde la gente pagaba directamente a la investigación, a la
enseñanza y a la beneficencia, sin que mediaran los «Desodorantes Pérez» ni los
«Cosméticos Jiménez». Allí, libres de la tiranía de la televisión, podrían tratar de tú a
tú a las personas, y no a través de los cuatro barrotes de la pequeña pantalla.

Ramírez se dedicaba ahora a su ciencia favorita, a la psicología. Había hecho ya


unos interesantes estudios sobre las mitologías de aquellos pueblos africanos que se
ubican en donde el Niger tuerce su brazo para introducirlo en las frías aguas del
Atlántico. Del Rosal estaba realizando por su parte unas excavaciones, y en cuanto a
Sánchez, dirigía un colegio de segunda enseñanza que se iba a convertir dentro de
poco en un Centro modelo.
Ramírez y Sánchez descansaban en su bungalow. La luz eléctrica iluminaba las
nalgas de ébano y los senos turgentes de sus doncellas negras, que servían whisky
con soda y ginebra a los dos ex concursantes.
—Esto sí que es vida —decía Sánchez. Y exponía su pecho velloso a las ráfagas
de los ventiladores.
—Decía Hegel que todo lo real es racional —continuó Ramírez chupando con
fruición su larga pipa y manteniendo el hilo de sus pensamientos—, pero nuestra
sociedad se ha convertido en una mera apariencia de la realidad. Un genio del futuro
habría terminado diciendo que todo lo real es televisión. Pero aquí hemos vuelto a las
cosas mismas.
—Exactamente, exactamente —añadió Sánchez, mientras propinaba un suave
azote a una de las negras.
En ese momento sonó el timbre de la puerta del jardín. Partió una de las
sirvientas, y al cabo llegó acompañada de un correcto ejemplar de la raza bantú,
vestido a la europea y con un bastón de empuñadura de plata en la mano derecha.
—Soy mister Robert Harrower —saludó ceremoniosamente, sin reparar en el
desaliñado atuendo de los dos europeos.
Hubo unos carraspeos, una frase de introducción, y luego el africano entró de
lleno en el asunto:
—Nuestro Gobierno ha comprendido que para mantenerse al nivel de los países
civilizados debe organizar sus programas de televisión —dijo—. Estamos preparando
ahora un concurso publicitario y, naturalmente, contamos con ustedes…

© 1968, Alfonso Álvarez Villar y Nueva Dimensión.

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En este mismo número, y en la sección «se escribe», uno de los «cartoonist» españoles más conocidos en el
extranjero nos habla de la dignificación del comic a través de la renovación y de la rotura de viejos moldes. Esto
es precisamente lo que nosotros estamos intentando hacer dentro de nuestra revista, con la ayuda de nuestros
colaboradores y artistas.
José María Beá ha aparecido ya varias veces en nuestras páginas, por lo que su especial estilo de dibujo no
necesita presentación. Durante cinco años, Beá permaneció dibujando historietas… —para el extranjero, por
supuesto—, hasta que descubrió de pronto que su verdadera vocación era la pintura. Entonces abandonó
completamente la historieta; fue a estudiar pintura a París, donde colaboró en algunas exposiciones colectivas; y
fue precisamente la pintura la que le dio esa nueva visión del dibujo, que tanto ha llamado la atención de nuestros
lectores. Cuando, hace poco tiempo, le hablamos de la posibilidad de hacer una historieta para Nueva Dimensión,
se lo pensó mucho; luego, nos pidió una única condición: hacer libremente lo que él creía que debía hacer.
Aceptamos. No le pusimos trabas ni cortapisas, no lo sometimos a ninguna imposición. Éste es el resultado,
juzguen ustedes mismos…

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EL SILENCIO ES MORTAL
LLOYD BIGGLE, JR.

Uno de los temas de más auge dentro de la ciencia ficción es el space-opera, o


dicho en otras palabras la aventura intergaláctica. Nueva Dimensión se adentra
nuevamente en este apartado, para ofrecerles uno de los relatos de más éxito
aparecido en una de las revistas que con mayor acierto ha cultivado y elevado la
categoría de esta especialidad dentro de la ciencia ficción: IF. En él encontrarán
todos los ingredientes característicos del género: misterio, aventuras, emoción…
y un clima ambiental y una calidad temática muy pocas veces conseguida. Un
consejo, antes de que empiecen a leer: vayan con cuidado, no vayan a perder sus
orejas en la historia…

ilustrado por A. USERO ABELLÁN Y CARLOS GIMÉNEZ

Era una crisis intergaláctica, con choques fronterizos entre la Federación y el


amenazante Imperio Haarviano llenando el espacio con restos chamuscados y
amenazando estallar en una guerra total. El Departamento de Guerra de la Federación
señaló el planeta crítico, y solicitó permiso para actuar. Los políticos se negaron. Y
mientras los almirantes rabiaban enojadamente y los políticos alborotaban sin ningún
objetivo, la Inteligencia Espacial empezó a trabajar con su eficiencia normalmente
tranquila.
La Inteligencia Espacial envió sus agentes, uno a la vez, en dos y en tres,
especialistas y no especialistas, jóvenes intrépidos y astutos veteranos, profesionales
y aficionados bien cualificados. Y uno a la vez, y por dos y tres, desaparecieron sin
dejar rastro. La Inteligencia Espacial perdió diecisiete hombres en dos meses, y
entonces llamaron a Bran Hilford.
—Tendrá que convertirse en un nativo —le dijeron—. Será necesario un poco de
cirugía.
Hilford sonrió alegremente. En sus cuarenta años con la Inteligencia Espacial, su
cuerpo había sido cambiado más veces de las que podía recordar. Sus orejas, nariz y
boca habían sido alteradas una y otra vez. Su cabeza había tenido forma de huevo, de
balón y de cuadrado. Los iris de sus ojos habían sido teñidos en una docena de
colores diferentes. Veterano de misiones en doscientos mundos, sabía que cualquier
cosa era común al menos bajo un sol.
—Adelante —dijo—, y hacedme pedazos.
Lo hicieron.

Durante la curiosa convalecencia que siguió, la perplejidad de Hilford acerca de


su nueva misión aumentó. Trató de que le dieran detalles y no consiguió nada.

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—Nadie de aquí está cualificado para indoctrinarle —le dijeron—. Ha de llegar
un experto, el cual se lo llevará. Le informará tanto como pueda en el espacio. No
será suficiente, y probablemente le matarán a usted, pero hay una crisis…
Hilford se encogió de hombros pacientemente. Descansaba con sus manos y
cabeza envueltos en vendajes. Solamente podía oír con un comunicador sujeto
firmemente contra su cabeza, el volumen del mismo puesto en lo que parecía ser un
nivel como para romper los tímpanos. Sus manos tenían un tacto peculiar que no
sabía a qué obedecía. Debido a que no tenía nada que hacer, esperaba sin decir nada,
y eventualmente llegó el día en que sus vendajes podían ser quitados.
Hilford se sentó rígidamente en el borde de su cama, sus manos extendidas frente
a él. Una bonita y joven enfermera retiró hábilmente la vendas de sus manos. Una
segunda enfermera, no tan bonita, le lanzaba curiosas miradas mientras desenvolvía
los metros de vendas de su cabeza. El doctor permanecía cerca, su cara redonda
arrugada de ansiedad. Hilford vio moverse sus labios y no oyó nada.
Había presumido confiadamente que su oído mejoraría al quitarle las vendas. No
ocurrió así. El silencio lo envolvía y lo sofocaba. Un par de tijeras quirúrgicas se
deslizaron de unos dedos nerviosos, y cayeron con un impacto silencioso. El doctor,
moviéndose alrededor aprehensivamente, volcó una silla, y los ojos de Hilford la
siguieron mientras esta caía silenciosamente. Hilford tosió, y dejó que la palabra
«¡Maldición!» explotara en sus labios. Tampoco oyó nada.
El último de los vendajes fue quitado, y las enfermeras retrocedieron. El doctor
saltó hacia adelante, cogió con firmeza la cabeza de Hilford y la estudió críticamente.
Hilford esperó sumiso, sintiendo los expertos dedos del doctor examinar su cabeza y
sus propias manos cogidas para un examen rápido. Súbitamente el doctor se apartó,
sonriendo. Las enfermeras sonrieron. Los tres permanecieron juntos, sus labios
moviéndose excitadamente, sus manos gesticulando. Hilford movió sus manos, como
para apartar a un lado el vacío silencioso que lo rodeaba.
Sus manos. Mano izquierda; pulgar y cinco dedos. Mano derecha; pulgar y cinco
dedos. Examinó con asombro los dedos extra y trató de moverlos, sorprendiéndose de
su rígida respuesta.
Una enfermera puso un espejo frente a él. El reflejo le devolvió la mirada: su
cara, pero no su cara. «¡Maldición!», gritó, y su voz cayó en la nada. Su cara se
extendía lisa desde la punta de su barbilla hasta el tirante domo de su cabeza calva.
Sus orejas habían desaparecido. Hilford saltó sobre sus pies y avanzó furiosamente.
El doctor dejó caer sus brazos y se quedó desamparado frente a él, su rosada cara
mostrando regocijo. Las enfermeras estallaron en risas que hicieron temblar sus
cuerpos. Hilford las observó, esforzándose contra el silencioso impacto de su risa, y
finalmente se desplomó abatido en su cama.
Ernst Wilkes, el Jefe del Sector de Inteligencia, introdujo su abultada figura en la
habitación, deteniéndose por un momento a mirar a Hilford, e hizo un gesto para que
se retiraran el doctor y las enfermeras. Tiró un comunicador hacia Hilford, y probó

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cuidadosamente una silla antes de que pusiera su peso sobre la misma.
—¿Dónde están mis orejas? —pidió Hilford.
—Congeladas —la jadeante voz de Wilkes sonó débilmente, a lo lejos—. Las
tendrá otra vez cuando termine esta misión. Si la termina. Es decir, si las quiere otra
vez: pesará un kilogramo menos sin esos flaps atmosféricos y tal vez encuentre…
Acabo de llegar. Siento que no estuviera cuando usted llegó. ¿Sabe algo sobre
Kamm?
—El planeta silencioso —dijo Hilford—. ¿Por eso he perdido mis orejas?
—Correcto. El sentido del oído está atrofiado en todas las formas de vida. Incluso
han perdido los vestigios externos de cualquier aparato auditivo.
Hilford buscó en su memoria.
—Kamm… Nunca he estado en ese sector. Los nativos tienen alguna clase de
culto religioso raro, ¿no? ¿Reptiles?
—Aves. Desearía poder decir algo sobre ello, pero no puedo. No hay demasiados
expertos sobre Kamm, y acabamos de perder a algunos de nuestros mejores hombres.
Conseguirá tanta información como el tiempo lo permita en la nave. Zorrel acaba de
llegar y ha de volver con usted. Ahora está esperando. ¿Listo para irse?
—Tan listo como nunca pueda estar.
Wilkes gruñó, y luchó para ponerse en pie.
—Tendrá seis meses de vacaciones cuando termine con esto —dijo—. Pero
probablemente lo matarán.

En el espaciopuerto, Wilkes presentó a Hilford a Mark Zorrel, un joven con


manos de seis dedos y sin orejas.
—Cuidará de usted hasta que lleguen a Kamm. El mayor problema será el idioma.
Procurará que lo aprenda, y algunas cosas más si hay tiempo. Una vez llegados, usted
deberá hacerse cargo de todo. Zorrel actuará como su asistente.
Hilford agitó el comunicador suavemente y lo acercó a su cabeza.
—Dígamelo otra vez. ¿Quién cuidará de qué?
—Oh, demonio —dijo Wilkes—. Tenemos una base en una luna de Kamm: allí le
darán sus órdenes. Ahora pueden embarcar, y suerte. —Se retiró como si fuera un
pato caminando.
—¡Tenga cuidado con mis orejas! —le gritó Hilford. Se volvió hacia Zorrel—:
Empecemos.
Zorrel sacudió su cabeza y sonrió. Puso sus manos frente a Hilford, y los doce
dedos se movieron rápidamente. Finalmente habló, con los tonos duros y sin
expresión de una voz sin utilizar.

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Aterrizaron en Kamm por la noche, en una pradera cercana al mar, y la aurora los
encontró andando por un camino costero retorcido y agreste. Andaban al lado de un
tosco carro de madera de un vendedor ambulante, arrastrado por un animal como un
buey, peludo y estúpido, que Hilford llamaba un buey porque no conocía el
equivalente verbal en el idioma de signos de Kamm. Llevaban pantalones abombados
y capas cortas, con colores tan chillones que las manos de Hilford habían quedado
paralizadas para comentar sobre ellos cuando los vio la primera vez. Llevaban los
sombreros chatos que eran el emblema kammiano de su profesión.

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Eran buhoneros, una de las dos clases de Kamm —aparte la nobleza y los
mercaderes ricos— que podían viajar libremente. Los marineros eran la otra clase,
pero un agente de Inteligencia disfrazado como un marinero sufría de ciertos
impedimentos: llamaría demasiado la atención si se adentraba hacia el interior.
Tan pronto como hubo suficiente luz para que pudieran verse las manos,
empezaron a hablar.
—Maldita civilización bárbara —señaló Hilford—, donde uno no puede hablar en
la oscuridad.
Encontró que el lenguaje por señas era la cosa peor con que había topado en todas
sus misiones de Inteligencia. Tenía gramática, incluso una incómoda sintaxis rígida.
Algunas palabras —nombres, lugares, maquinaria importante— tenían una simple
seña o gesto. Otras eran literalmente deletreadas. Hilford se confundía a cada
momento debido a que tenía que estar pensando en equivalentes verbales de lo que
estaba hablando.
¿Y cómo debería llamar a esta Provincia? La Provincia Llana, de acuerdo con los
gestos kammianos; pero era un terreno ondulado, incluso montañoso más hacia el
interior. ¿Y cómo debería llamar a su gobernante? El signo para el gobernante lo
interpretó como «Duque», y el segundo y sexto dedos erectos en su mano derecha
hacían del gobernador de la Provincia Llana el Duque Dos Dedos. Era un tanto
retorcido, pero era la única manera de poder entender las cosas.
La joven cara de Zorrel, atractiva a pesar de su falta de orejas, presentaba el ceño
fruncido. Sus manos se movieron lentamente, con gesto sarcástico.
—Aún está hablando con un terrible acento extranjero. No doble de esa manera
su sexto dedo. Eso coloca la conversación en ámbito familiar, y es un insulto de
rango cuando habla con un extraño.
—Me preguntaba si estas señas podían haberse derivado de un lenguaje hablado
—dijo Hilford estirando el dedo ofensor.
—Los eruditos han estado discutiendo sobre eso durante años —dijeron las
manos de Zorrel impetuosamente—. Por mi, pueden continuar discutiendo.
Hilford hacía ejercitar sus dedos cuidadosamente. El pensamiento de que podía
ser descubierto por algo tan insignificante como un dedo doblado, por el que
cualquier campesino kammiano podría descubrirlo instantáneamente como un
extranjero, era sumamente perturbador. Tendría que dejar que Zorrel lo hiciera todo
por algunos días, hasta que tuviera más experiencia en las costumbres de Kamm.
Tendría que quedarse en segundo término… y mantener sus manos cerradas.
—Volvamos a la geografía —señalaron los dedos de Zorrel—. Dígame las
capitales de las doce provincias. Y cuidado con ese acento.
Hablaron animadamente, revisando nombres y lugares.
A mediodía llegaron a lo alto de una colina y pudieron ver la gran y próspera
ciudad de 00. Era un día de mercado, y la mitad de su población de diez mil
habitantes parecía agruparse en el mercado que se extendía a lo largo del puerto. Las

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observaciones de Zorrel se transformaron abruptamente en la vívida palabrería de los
buhoneros cuando encontraron a los primeros paseantes y se introdujeron en el
mercado.
Pusieron el carro en un lugar destinado al efecto al final de una larga fila de
carros de vendedores, y Zorrel, con un guiño y un ademán, empezó a mostrar su
mercancía a la gente que se había acercado para ver lo que traía el nuevo carro.
Hilford se quedó cerca, apretó más su sombrero escarlata de buhonero contra su
cabeza calva, y luchó heroicamente para no quedarse boquiabierto ante la escena que
se extendía frente a él.
Se hallaba rodeado por un tumulto de colores. Dibujos iridiscentes y atrevidos
ornamentaban las hinchadas faldas de cada mujer y contrastaban con los ricos y
oscuros tonos de los corpiños sueltos. El atavío de los hombres, desde los largos y
abombados pantalones hasta las capas cortas, era una estampida de bandas
irregulares, formando un laberinto de líneas vívidas y multicolores. Los chiquillos
seguían a sus padres perezosamente, como divertidas miniaturas de los adultos.
Cada hombre llevaba el brillante y coloreado sombrero que su profesión. Las
mujeres de 00 no llevaban sombrero, pero su largo y fluyente cabello era un
asombroso arco iris agitándose suavemente en el aire del mar. Hilford se recordó a sí
mismo, por centésima vez, que no debía quedarse mirando, y miró otra vez,
preguntándose si las mujeres se teñían individualmente cada cabello.
Los carros de los vendedores, los puestos del mercado, las rectangulares velas que
se veían sobre las barcazas en el puerto al lado del mercado, las casas y tiendas de 00
que podían verse en la distancia, incluso el adoquinado de las calles, todo era un
tumulto de colores, algunos chillones y alegres, otros como piezas maestras en un
exquisito contraste de sombras.
Las caras de la gente eran solemnes, casi taciturnas, en medio de los alegres
contornos. Hilford las contempló durante largo rato antes de que se diera cuenta de la
respuesta, y luego vio la explicación en cada gesto, en cada compra vacilante, en cada
cara pálida. Esta gente se hallaba asustada. Incluso los niños tenían temor.
Lo más pavoroso era el silencio. Hilford se dio cuenta de que se estaba
esforzando en oír el rumor de la multitud, los gritos, los murmullos de la
conversación, y no oía nada. Los zapatos de madera se movían sin ruido sobre los
adoquines. Los músicos ambulantes, personajes comunes en los mercados de varios
mundos no se hallaban presentes. En su lugar había unos andrajosos malabaristas que
manipulaban discos giratorios de colores haciéndoles formar dibujos exóticos para la
contemplación de pequeños grupos de gente que contemplaba atentamente, pero no
aplaudía.
Kamm, el planeta silencioso. El silencio se cernía pesadamente sobre Hilford. Le
parecía tan fantástico mientras contemplaba las multitudes que se movían lentamente,
los charlatanes que removían su mercancía, un carro de mano que pasaba a su lado
sin un simple quejido o chasquido, los insectos que zumbaban en terrible silencio

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sobre un montón de moluscos, que sintió deseos de gritar.
Pero sabía que el sonido caería de sus labios sin ser oído.
La visión de una capa negra puso en alerta a Hilford. Soldado y policía eran uno y
lo mismo en Kamm, y sus trajes negros y sombreros negros los distinguían en forma
penetrante entre la población brillantemente vestida. Este Capa-Negra pasó a su lado
lentamente, giró de pronto para contemplarlo con curiosidad, y se detuvo a poca
distancia con sus ojos fijos atentamente sobre Hilford.
«Bien, veamos —se dijo Hilford—. Un buhonero que en un día de mercado está
boquiabierto mirando a su alrededor en vez de vender no se está comportando
normalmente, y este tipo lo ha visto con una sola mirada. ¡Tal vez sea un planeta
primitivo, pero la policía no es estúpida!».
Miró a Zorrel, que estaba trabajando con entusiasmo aunque sin mucho éxito para
vender unas figuritas de madera del odioso Pájaro Sagrado de Kamm a los paseantes.
Hilford vio que Zorrel se había dado cuenta, guiñó un ojo, y se movió a fin de
perderse entre el gentío. Se había dado cuenta de la mirada de aviso de Zorrel.
«Más vale que no trate de hacerme el vendedor —musitó—. Pero no hay nada
malo en que vaya a mirar los artículos de mis competidores. Todos los buhoneros
hacen eso».
Se desplazó con la multitud, rodeando en un enorme círculo el mercado, y
empezó a caminar hacia el centro. El sol se hallaba alto sobre su cabeza, y unas
punzadas de hambre lo llevaron a la acción. Se detuvo a comprar algunos pasteles y,
después de cierta vacilación, se quedó con cierta cantidad de algas. Era una de las
penalidades de su profesión: si simulaba ser un nativo tenía que comer, y
aparentemente disfrutar, de la comida nativa. Poniéndose sus compras bajo un brazo,
caminó hacia el centro del mercado donde el fabuloso Pájaro Sagrado de Kamm se
cernía como si estuviera vivo en lo alto de una columna de nueve metros.
Era de metal o de piedra, aunque Hilford no lo pudo decidir ya que estaba pintado
con deslumbrantes colores. Era el ave de presa más maligna que Hilford hubiera visto
en doscientos mundos. Sus alas abiertas tendrían tres metros de punta a punta, sus
ojos brillaban perversamente, sus espolones como cuchillos estaban listos para
agarrar y destrozar, y el enorme y puntiagudo pico se hallaba eternamente alzado para
atacar.
Hilford lo contempló y se estremeció. Según decía la leyenda, estos pájaros
habían sido los dueños de Kamm. Según la leyenda, aún existían en algún lugar del
único continente de Kamm. Pero los agentes de la Inteligencia Espacial no habían
visto nunca ninguno. La opresiva sombra del pájaro parecía simbólica, en este
mercado de la Provincia Llana, donde sus habitantes vivían en un terror mudo y de
brillantes colores.
Mirando hacia atrás, Hilford vio otra vez al Capa-Negra, esta vez moviéndose con
determinación hacia él. Hilford se abrió paso con dificultad a través de la multitud, y
trató de caminar más rápido.

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«Es este sombrero de buhonero —se dijo a sí mismo—. Pueden ver a un
buhonero desde una milla lejos. —Pero había su compensación. También podía ver a
un Capa-Negra desde una buena distancia. Continuó abriéndose paso hacia adelante,
y cuando miró hacia atrás vio que el Capa-Negra había interrumpido la persecución y
estaba parado en posición de respetuosa atención. Al mismo tiempo, la multitud
empezó a apartarse alarmada.
Una lujosa y llamativa carroza se movía lentamente a través del mercado,
arrastrada por dos de las criaturas parecidas a bueyes. Detrás se tambaleaba un
hombre de Kamm, su cuerpo desnudo pintado horriblemente, y detrás de él un grupo
de policías con capas negras, balanceando solemnemente sus sables.
Hilford tuvo que apartarse con el resto de la muchedumbre y apartar
humildemente sus ojos, pero tuvo tiempo de examinar la escena ante él y fotografiar
mentalmente a los ocupantes de la carroza.
Uno de ellos era el notable Duque Dos Dedos, reclinado en resplandecientes
ropas negras y manteniendo su hinchada y diabólica cara mirando desdeñosamente al
frente. La apariencia del otro ocupante asombró a Hilford y lo arriesgó a echar otro
vistazo al carruaje. Era un hombre grande, de aspecto rudo y vestido con un traje
nativo, pero que tenía un atributo físico que lo situaba inequívocamente como un
extranjero en el planeta Kamm: tenía orejas.
La policía ató a su víctima a la columna, y pasaron ordenadamente en fila por su
lado, cada hombre azotándolo con su sable. La víctima se retorció en silenciosa
agonía mientras la sangre brotaba de una multitud de cortes en su espalda. El Duque
Dos Dedos y su compañero observaron impasiblemente, pero los ciudadanos
comenzaron a desaparecer cautelosamente. El mercado empezó a vaciarse e Hilford
pudo ver grupos de gente moviéndose por las estrechas calles de 00, hacia su hogar.
Hilford continuó, y un vistazo por encima de su hombro le mostró que el Capa-
Negra lo estaba siguiendo otra vez. Sus manos parecían estar señalando algo. ¿Estaba
ordenando a Hilford que se detuviese? Otros Capas-Negras estaban apareciendo en el
mercado, preguntando a los ciudadanos, preguntando a los vendedores, examinando
con sospecha a cada uno. Hilford se dirigió hacia el lado más alejado del mercado, a
lo largo del puerto, donde parecía haber menos Capas-Negras.
Un kammiano que se hallaba directamente frente a él se tambaleó
repentinamente, girando sobre sí mismo, y se cogió el brazo, con el dolor
mezclándose con el asombro en su cara. Un rojo oscuro empezó a borrar los alegres
colores de la manga de su camisa, y un brillante dardo emplumado sobresalía de su
brazo.
Con reflejos altamente entrenados para estar alerta, Hilford estaba corriendo antes
de que su cerebro hubiera asimilado completamente lo que estaba ocurriendo. El
sombrero púrpura de un hombre cayó al suelo frente a él, con un dardo clavado en el
mismo. Hilford corrió encogido a fin de presentar un blanco más pequeño y pensó
enfurecidamente: «¡Los muy perros! ¡Disparar entre el gentío del mercado donde hay

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mujeres y niños!».
Los dardos estaban silbando a su alrededor desde varias direcciones cuando llegó
a la última línea de los carros de los buhoneros. Los buhoneros se quedaron atónitos
por un momento y se agacharon frenéticamente a fin de resguardarse. Un dardo se
clavó en la capa de Hilford mientras se deslizaba entre dos carros. Saltó una baja
pared de piedra y se encontró en un estrecho muelle, vacío excepto por alguna
barraca destinada a almacenes. Era un lugar sin salida, una trampa natural. No había
ningún sitio que le permitiera ocultarse.
Hilford no vaciló. Se agachó entre las sombras de una barraca, cruzó el muelle en
tres zancadas, saltó a la cubierta de un barco y se arrastró rápidamente detrás de la
chata cabina.
Arrancó el dardo de su capa y lo tiró por la borda. Del forro de su capa extrajo un
sombrero verde de marino. Ocultó rápidamente el sombrero de buhonero en la capa.
En su huida había perdido el paquete de algas en algún sitio, pero aún tenía los
pasteles. Se instaló en un banco en la popa del barco, un pedazo de pastel en cada
mano, y masticó lentamente mientras observaba cómo las olas de la bahía se dirigían
hacia él.
El barco era evidentemente un pesquero, y el hedor era insoportable. El silencio le
deshacía los nervios. Cuando vinieran —estaba seguro de que vendrían— no habría
pisadas de aviso, ningún grito de interrogación. ¿Debería estar de cara a la orilla y
contestar a las preguntas desde esta distancia? Decidió confiar en la audacia,
inocencia confiada e indignación.
Estaba reclinado hacia atrás, con un pie apoyado en una barandilla baja de
madera, completamente relajado, cuando unas rudas manos lo cogieron y lo alzaron.
Hilford reaccionó instantáneamente, con un furor que no era simulado. Giró y
acometió contra el Capa-Negra, haciéndolo retroceder. Entonces, reconociendo
aparentemente el atavío por primera vez, se detuvo y se quedó en posición desafiante.
—¿Dónde está el buhonero?
Hilford lo miró en forma insultante, y habló tan bien como se lo permitían los
pasteles que tenía asidos en sus manos.
—¿Un buhonero embarcado?
El Capa-Negra controló su enojo con dificultad.
—¿Has visto a un buhonero?
—Allí —dijo Hilford, señalando hacia el mercado— he visto un millar. Aquí no
hay ninguno.
El Capa-Negra se giró y se dirigió hacia la pequeña cabina. Un instante después
salió de la misma, apresurándose en su marcha sin mirar otra vez a Hilford. Éste
volvió al banco, se reclinó reposadamente y mordisqueó los pasteles. Estaba
hambriento.

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Durante dos horas los Capas-Negras estuvieron recorriendo el muelle. Hilford los
miró varias veces de soslayo, preocupadamente. ¿Qué es lo que había ido mal? Se
parecía a un kammiano, y creía que había actuado como un kammiano; y sin
embargo, una mirada y el Capa-Negra lo había perseguido. No era un buen augurio
para su misión.
Murmuró una ferviente plegaria de agradecimiento para Zorrel. El sombrero extra
había sido idea de Zorrel. La figurita del Sagrado Pájaro Kammiano que Hilford
llevaba colgando del cuello era también una idea de Zorrel. Escondido en su pico
entreabierto había una pistola paralizante en miniatura. Estaba claro que Zorrel era un
buen agente joven que podía cuidarse a sí mismo. Y además conocía Kamm.
Los Capa-Negras estaban aún vigilando el muelle distribuidos en intervalos a lo
largo del mismo cuando Hilford abandonó el barco. No quería correr el riesgo de
tener que explicar su presencia a algún marino que subiera al mismo, y quería
asegurarse de que Zorrel estuviera a salvo. Si el joven agente había sido hecho
prisionero, tal vez procedería a actuar bajo su propia iniciativa y entonces quedarían
separados.
Hilford evitó los Capas-Negras, intercambió el tradicional saludo de pulgares
cruzados con un marino que encontró, y retornó al mercado a través de una abertura
en la pared de piedra. Caminó a través de las primeras filas de los carros de los
vendedores, miró a su alrededor con presteza, y se giró a fin de aparecer interesado en
un montón de dagas ornamentales de madera.
En el mercado había más Capas-Negras que civiles, y a nueve metros de Hilford
se hallaban rodeando el carro de Zorrel, mientras Zorrel en persona era llevado
prisionero entre sus protestas. Mirando de soslayo. Hilford vio que los Capas-Negras
ataban el buey al carro y lo hacían marchar tras Zorrel. Con ellos, escondido en el
carro, desaparecía el transmisor que era el único sistema de comunicación de Hilford
con la Base de Inteligencia Espacial situada en la mayor luna de Kamm.
Volvió su espalda al suplicante buhonero, y caminó hacia el muelle. Diez horas
después de su llegada estaba solo e indefenso en el más extraordinario de todos los
mundos. Permanecer vivo era un asunto secundario. Tenía una misión y casi no sabía
cómo empezarla. Se sentó al borde del muelle, a unos seis metros de un Capa-Negra
impasible, colgó sus pies sobre el agua y empezó a pensar un plan de acción.

El problema que tenía la Federación con Kamm era bien sencillo: se hallaba
atrapada en su propia ética. Ningún mundo había sido coaccionado para asociarse a la
Federación o para comerciar con ella. Cuando las primeras naves de la Federación
aterrizaron en Kamm fueron recibidas fríamente e invitadas a irse. Lo hicieron al
momento.
La Federación continuó enviando naves periódicamente, y eventualmente

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estableció una tenue relación comercial. Después de ciento setenta y cinco años, las
relaciones continuaban siendo tenues. La Federación enviaba una nave comercial
cada mes, con un pequeño cargamento de mercancías lujosas para los ricos y los
nobles. La Federación recibía a cambio una variedad de baratijas hechas a mano que
eran rápidamente arrojadas al espacio… Se consideraba que este gesto de amistad
justificaba el gasto.
Mientras tanto la Federación había avanzado más allá de Kamm, dándose de
cabeza con el expansivo Imperio Haarviano. Súbitamente se encontró cara a cara con
un poderoso enemigo, y amenazada dentro de sus fronteras por un mundo hostil e
independiente situado estratégicamente. Si el Imperio Haarviano formaba una alianza
con Kamm, los resultados podían ser agudamente embarazosos, incluso tal vez
desastrosos.
Kamm era un mundo primitivo, militarmente débil, y la solución obvia era una
rápida conquista sin escrúpulos. Pero la misma estructura de la Federación
descansaba sobre una aversión a la fuerza. El tiempo tal vez podría haber resuelto el
dilema, pero la Federación no tenía tiempo ahora.
Seis meses antes, Kamm había cometido un acto deliberado de violencia brutal.
Una comisión comercial de la Federación, que efectuaba una visita de cortesía a los
nobles más poderosos de Kamm, no había vuelto a la nave. La siguiente mañana los
miembros de la comisión fueron encontrados en las calles de 00, asesinados
horrendamente.
—Desgraciadamente —había dicho el Duque Dos Dedos— esos bandidos
serán…
Pero la Federación hizo caso omiso de los bandidos. Los hombres asesinados no
habían sido robados, y su muerte solamente podía haber sido ocasionada por un
avanzado tipo de arma completamente desconocida en la Federación. Los cinco
miembros de la comisión habían muerto simultáneamente, y debido a la misma causa:
una severa hemorragia craneal, con profuso desangramiento por nariz, boca y orejas.
No había ningún signo de heridas externas. Un cuidadoso examen patológico
descartó los venenos y bacterias. Y el uso de un arma desconocida señalaba
directamente al Imperio Haarviano.
La Federación estableció una base en la mayor luna de Kamm, para la
Inteligencia Espacial y la Flota 654. Se estableció una pantalla de detección alrededor
del planeta, y la flota empezó a registrar un alarmante número de naves de
reconocimiento Haarvianas. La Inteligencia Espacial siempre había tenido unos
pocos agentes en Kamm, para propósitos de entrenamiento y estudios. Se ordenó a
estos agentes ir a la Provincia Llana, y desaparecieron prontamente. La Inteligencia
Espacial envió más agentes, y los perdió.
El único continente de Kamm estaba dividido en doce provincias, y en teoría los
doce gobernantes eran iguales. Pero en realidad, un duque dominaba completamente
a los otros a través de su control sobre la fuerza policíaca del planeta. Su poder era

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derivado evidentemente de la religión de Kamm, puesto que tenía el título de
Guardián del Pájaro, y la policía —o soldados— del Pájaro juraban lealtad no al
hombre sino al título.
El Guardián del Pájaro era escogido, así lo creía la Inteligencia Espacial, en
alguna clase de sorteo. El ganador mantenía ese honor por un período aproximado de
cinco años, determinados por la complicada influencia recíproca de las tres lunas de
Kamm, y al final de ese tiempo, en un lugar y momento mantenidos en secreto, los
duques se reunían para escoger al nuevo Guardián del Pájaro.
El constante desplazamiento del punto focal del poder había mantenido la paz en
Kamm durante centurias, y preservado la independencia de las doce provincias. En
toda la historia escrita de Kamm ningún duque había servido dos términos
consecutivos como Guardián del Pájaro, hasta que el Duque Dos Dedos recibió el
suyo quince años antes. Ahora estaba finalizando su tercer mandato consecutivo, y la
opinión ofrecida por la Inteligencia Espacial no era más que un reflejo de lo obvio. Si
el Guardián del Pájaro era realmente escogido por sorteo, el Duque Dos Dedos tenía
un sistema.
De los doce duques, solamente el Duque Dos Dedos era abiertamente hostil a la
Federación. Se sospechaba que era él quien estaba negociando con el Imperio
Haarviano. Era en su Provincia Llana donde la comisión comercial había sido
asesinada y donde habían desaparecido inexplicablemente los mejores agentes que la
Inteligencia Espacial había enviado. Y como Guardián del Pájaro podía dominar a
los otros duques, y obligarlos a oponerse a la Federación.
Ésta era la base de las órdenes que la Inteligencia Espacial había dado a Bran
Hilford. Encontrar cuándo y dónde se reunían los duques para escoger al siguiente
Guardián del Pájaro. Averiguar cómo se hacía la elección. Si era posible, tratar de
que la elección no recayera sobre el Duque Dos Dedos por cuarta vez consecutiva. Y
por encima de todo investigar sobre el arma secreta que el Imperio Haarviano había
dado a Kamm.
—Es el arma lo que nos preocupa —había dicho a Hilford el almirante Lantz.
Tenía profundas arrugas de preocupación en su cara—. Kamm no nos daría ningún
problema con solamente sus propios recursos. Podríamos aislarlo, y dejar que los
diplomáticos arreglaran las cosas. Pero no nos atrevemos a esperar. Haarn puede dar
esa arma a Kamm solamente para ver si tenemos alguna defensa contra ella. Si no
encontramos una solución rápidamente, tendremos que atacar a Kamm.
—Eso podría ser desastroso —dijo Hilford.
—Probablemente el gobierno sería derribado —admitió el almirante—, y eso
clasificaría a la Federación como un agresor militante, lo cual es algo que hemos
evitado durante centurias. Pero no tenemos otra elección. Esa arma debe basarse en
un principio de ondas electrónicas, y su alcance pudiera medirse en años-luz. Podría
exterminar la población entera de un planeta. Podría matar a cada hombre de una
flota entera antes de que nuestras naves pudieran llegar a la distancia de ataque. No

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nos atrevemos a dejar que los Haarvianos piensen que tememos esa arma. Sabemos
que el próximo Guardián del Pájaro será elegido pronto. Le doy a usted treinta días
solamente. Si no puede facilitarnos las respuestas que queremos en ese tiempo,
tendremos que arriesgarnos y atacar, y esperar que la sorpresa exceda las ventajas de
esa arma.
—Haré todo lo que pueda —dijo Hilford.
—¿Sabe usted que nuestros agentes han ido desapareciendo?
—Sí —dijo Hilford—; lo sé.
El almirante afirmó con la cabeza y dijo solemnemente, en un tono de voz que
indicaba claramente que no esperaba volver a ver a Hilford:
—Buena suerte.

Hilford estaba sentado observando como las olas cruzaban a través del puerto, y
se preguntaba qué era lo que había ido mal. En el mercado, un Capa-Negra lo había
mirado una sola vez y lo había reconocido como un extranjero. Estaba seguro de eso.
Pero luego, en el barco pesquero, habían creído que era un marino de Kamm:
ciertamente, el cambiar su sombrero no había hecho la diferencia.
Y Zorrel… Zorrel había tenido dos años de experiencia en las áreas rurales de
Kamm, y era un brillante agente. Y lo habían cogido como un novato en su primer día
en 00.
Alzando repentinamente la cabeza, Hilford vio que, bordeando con poca destreza
la amplia bahía hacia el muelle, se acercaba un barco. Lo contempló ociosamente,
con la intención de hacerse con algunos términos marineros, y luego perdió interés.
Cuando lo miró otra vez el barco estaba a unos cinco metros del muelle, y su capitán
estaba sobre la pequeña cabina gesticulando violentamente hacia él:
—¡Atención, asqueroso cavador de mierda! ¡Ponte en pie, haragán, depravado
hijo de un buey pando! ¡Presta ayuda!
Asombrado, Hilford se puso en pie. Un marino de cubierta volteó diestramente y
tiró una gruesa cuerda hacia Hilford. Éste se agachó para evitarla, tropezó y cayó de
espaldas sobre el fangoso empedrado. Momentáneamente aturdido, se quedó tendido
con la pesada cuerda sobre su pecho. Dos marinos que pasaban cogieron la cuerda y
halaron vigorosamente. Otros se les unieron y el barco fue acercado lentamente hacia
el muelle.
Hilford se enderezó, sacudió su cabeza confusamente y empezó a irse, caminando
en forma incierta. El capitán del barco se volvió, dio un largo salto desde la cabina al
muelle, cogió a Hilford por los hombros y le hizo dar la vuelta. El hombre era mucho
más alto que Hilford, enorme, musculoso y de cara rojiza, y sus manos temblaban de
rabia mientras hacía señas bajo la nariz de Hilford.
—¡Cavador de mierda! ¡Asqueroso cavador de mierda! ¿Desde cuándo un marino
se niega a prestar ayuda? No creas que no voy a denunciarte. Te tendré cavando antes

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de que tu barco se haga a la vela. —Echó una larga y dura mirada a Hilford—. No te
he visto antes de ahora. Eres demasiado viejo para ser un aprendiz. De todas maneras,
¿quién eres? Déjame ver tus papeles.
Hilford trató de aparentar indignación y lo hizo bastante mal.
—¿Quién te crees que eres tú?
—¿Quién me creo que soy yo? ¡Cómo, asqueroso cavador de mierda! Yo te
enseñaré…
Sus manos se cerraron sobre el cuello de Hilford como tenazas. Los marinos se
estaban congregando alrededor de ellos, y los ojos de Hilford vieron confusamente
como llegaban corriendo una multitud de Capas-Negras.
Las manos se relajaron repentinamente. El capitán se apartó y se quedó con las
manos silenciosas, mirando casi respetuosamente. Otra mano cogió firmemente a
Hilford por un brazo, le hizo dar la vuelta y lo condujo a lo largo del muelle. Miró al
hombre que estaba a su lado, esperando ver la ominosa capa negra, y en su lugar vio
un destello de color y el puntiagudo sombrero verde de un capitán de mar. Frente a
ellos, dos Capas-Negras se detuvieron y mantuvieron respetuosamente la distancia.
Hilford se dejó llevar mansamente hasta el final del muelle, a bordo de un gran
barco y al interior de la cabina. El capitán cerró la puerta, señaló una silla, y se sentó
al lado de una mesa. Vertió un burbujeante líquido en dos vasos, y empujó uno hacia
Hilford.
Sus manos hablaron bruscamente.
—Yo soy el capitán Puño. ¿Su nombre?
Era un hombre delgado, de aspecto casi frágil, pequeño para un kammiano; pero
Hilford percibió la dureza que se ocultaba bajo su débil forma y lo respetó. Su cara
bronceada era calma y confiada, sus ojos negros alertas y penetrantes. Era una cara
honesta, pensó Hilford. Este capitán era más inteligente que marrullero. Podría
mostrarse superior a un hombre pero no engañarlo. Obviamente era alguien
importante, y allí en el muelle había salvado a Hilford. Pero ¿por qué? Hilford
levantó su vaso para ganar tiempo.
Los dedos del capitán se movieron lentamente.
—Comprendo que su nombre real no tendría ningún significado en Kamm, pero
seguramente la Federación le ha dado un nombre kammiano. Procede usted de la
Federación, ¿no es verdad?
Hilford se atragantó, tosió dentro del vaso y se le cayó. Éste se rompió, y el licor
formó un reluciente charco sobre la mesa. El capitán Puño cogió un trapo sin darle
importancia, lo limpió, y se sentó otra vez mirando curiosamente a Hilford.
Hilford hizo de su comentario una débil pregunta:
—¿Federación?
El capitán sonrió:
—Mi último viaje a 00. Hará unos sesenta días, sesenta y cinco. La Madre Luna
estaba llena. —Hizo una pausa para llenar otro vaso para Hilford—. Una noche

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encontré a un hombre en la orilla. Llevaba un sombrero de buhonero y tenía cinco
dardos en su cuerpo. Estaba muerto.
—Descríbalo —dijo Hilford.
—Era un hombre pequeño, de edad media. Su cabello era rojizo, como mucha
gente de la Provincia Redonda. Parecía ser un nativo de Kamm. Sus manos tenían
seis dedos. Pero cuando examinamos su cuerpo, tratando de identificarlo,
encontramos que sus pies sólo tenían cinco dedos.
Hilford afirmó pensativamente. Seis dedos en las manos, seis dedos en los pies.
Naturalmente. La Inteligencia Espacial había sido descuidada sobre este punto, lo que
no era normal. Pero aun así, los Capas-Negras no tenían visión de rayos-X. No eran
los dedos de sus pies los que le habían descubierto.
—¿Era un amigo? —preguntó el capitán.
Hilford tomó una rápida decisión que no era tal. Tenía que confiar en aquel
hombre.
—No —respondió—. Pero lo conocía.
El capitán expresó su comprensión:
—La siguiente noche, los Capas-Negras estaban persiguiendo a otro hombre, en
las afueras de 00, a lo largo de la costa. Lo atraparon en la playa y fue herido, pero
corrió hacia el agua y nadó adentrándose en el mar. Fuimos con dos de mis hombres
en un pequeño bote, y lo encontramos vivo. Lo llevé a casa de la esposa que tengo en
00. Y encontré que él también tenía seis dedos en cada mano, pero solamente cinco
dedos en cada pie. Se confió a mí, y por él aprendí sobre la Federación.
—La Federación —dijo Hilford— ha estado en contacto con Kamm durante casi
doscientos años. Ha habido una nave comercial cada mes…
—Aprendí sobre la Federación por el buhonero que rescaté en el mar. Los
grandes duques no honran a los habitantes de Kamm con conocimientos peligrosos.
La Liga ha tratado durante largo tiempo de conocer sobre las naves del cielo, sin
ningún resultado, hasta que encontré al buhonero.
—¿Qué le ocurrió al buhonero?
—Lo dejé en 00 con mi esposa. No hizo caso de mis consejos y se fue al
mercado. Nunca volvió.
—La Federación ha enviado varios hombres a la Provincia Llana en los últimos
seis meses. Todos han desaparecido.
—Desde luego —dijo el capitán.
Hilford no comprendió el sentido de la afirmación del capitán.
—Eran buenos hombres, hombres tan acostumbrados a vivir en mundos extraños
como usted está acostumbrado a viajar por el mar. Fueron cuidadosamente
adiestrados en el idioma y costumbres de Kamm. Y aún así desaparecieron. ¿Por qué?
—Imaginé quién era usted —dijo el capitán— debido a que llevaba un sombrero
de marino sin saber las costumbres de los mismos. Una vez en el interior de esta
cabina estuve seguro. Si caminara usted por el mercado, lo arrestaría el primer Capa-

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Negra que pasara por su lado.
—¿Por qué?
El capitán se vertió otro vaso de bebida y lo bebió rápidamente. Miró a Hilford en
forma divertida, pero sus manos se movieron casi pidiendo excusas.
—Por su olor —dijo.

Hilford se reclinó y trató de controlar su asombro. Kamm, el planeta silencioso.


Kamm, donde los nativos habían perdido su oído y adquirido en su lugar sentidos
supersensitivos de vista y olfato. Algunas de las manifestaciones eran obvias: el
pasmoso uso del color, este capitán que encontraba natural salir a la mar en la
oscuridad para encontrar un nadador solitario, incluso —si no hubiera sido un
estúpido al pasarlo por alto— el increíble número de vendedores de perfumes en el
mercado.
Súbitamente comprendió lo milagroso de su huida. Ni siquiera la nariz de un
kammiano podía competir con los olores que se mezclaban a lo largo del muelle:
pescado fresco y podrido, una variedad de alimentos importados, acres montones de
algas secándose. En el barco pesquero, el sentido del olfato del Capa-Negra había
sido completamente inutilizado y se había visto reducido simplemente a buscar a un
buhonero.
Y la súbita desaparición de los otros agentes de Inteligencia… una vez invadían la
plaza del mercado de 00, era solamente una cuestión de tiempo antes de que los
Capas-Negras notaran el distintivo olor de los extraños. Tal vez ya era familiar para
ellos por los hombres de las misiones comerciales. Y una vez se daban cuenta, tan
sólo tenían que pasearse husmeando cuidadosamente. Los agentes, con su poco
desarrollado sentido del olfato, no podían tener ni idea de cómo se estaban
traicionando a sí mismos. ¡No era extraño que la Inteligencia Espacial hubiera estado
perdiendo agentes!
—Sé —señaló el capitán— que la Federación no quiere nada que no vaya a ser
bueno para el pueblo de Kamm. Por ello me comprometo con usted a darle toda la
ayuda posible de la Liga.
—¿La Liga?
—La Liga de Navegantes, de la cual soy asimismo capitán.
—Necesitaré de su asistencia —dijo Hilford.
Efectuaron la tradicional fórmula de pacto, cogiéndose las manos y
entrechocando los antebrazos.
—Ahora —dijo el capitán— le llevaré a casa. Por si acaso, llevará un cesto de
pescado podrido. No debe ser usted descuidado como el buhonero que saqué del mar.

El capitán no vivía en la misma 00, sino en un pequeño pueblecito de navegantes


situado en la costa, a una corta distancia al este de la metrópolis. Hilford llevaba un

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cesto de pescado que estaba tan podrido como había prometido el capitán. Las manos
de éste hablaban sin cesar mientras caminaban y Hilford tenía que fijarse para
comprenderlo en la creciente oscuridad.
—La Liga —dijo el capitán— es independiente de cualquier duque. El Duque
Dos Dedos no nos aprecia más de lo que nosotros le apreciamos a él. Hace años,
cuando fue elegido por primera vez Guardián del Pájaro, trató de dominar a la Liga.
La Liga lo desafió y él arrestó a todos los navegantes que estaban en 00 —sonrió y
sus blancos dientes brillaron desdeñosamente—. Duró sesenta días. Ningún barco
más llegó a la Provincia Llana. El duque colocó a sus Capas-Negras en los barcos de
la Liga y les ordenó ser marineros. La mayor parte de ellos se perdieron en la primera
tormenta. Finalmente el duque pagó a la Liga el valor de los barcos y una
compensación por el insulto a los navegantes. Desde entonces no ha molestado a la
Liga, y aunque no nos inclinamos ante él evitamos darle cualquier motivo de enfado.
Hilford asintió.
—No debe usted mover la cabeza —dijo el capitán mirándole fijamente—, sino
su mano… así.
Hilford repitió el gesto y el capitán sonrió afirmativamente.
—Haremos de usted un buen kammiano. Ni el mismo Duque Dos Dedos podrá
distinguirlo de un nativo de la Provincia Llana… ¡siempre que continúe llevando el
pescado!
Hilford no lo encontró divertido. Sabía que existían ocasiones en las que un cesto
de pescado podía ser un impedimento decidido para un agente de la Inteligencia
Espacial.
En la modesta pero brillantemente pintada casa del capitán, Hilford se unió a éste
y a su esposa para la comida del atardecer. La etiqueta kammiana, con mucha
sabiduría, prohibía la conversación mientras las manos tenían mejores cosas que
hacer, por lo que comieron sin cruzar una palabra. Tan pronto como hubieron
terminado, la esposa limpió la mesa y desapareció discretamente. El capitán se quedó
sentado mirando a la mesa, mascando ausentemente un trozo de alga. Hilford se
sintió cansado repentinamente. Había estado bajo una tensión mental y sometido a
una constante actividad durante las últimas dieciocho horas. Agitó resueltamente la
cabeza y se enderezó. Había tenido una endiablada buena suerte, pero no había
conseguido nada provechoso.
El capitán lo observó y se hizo eco de su pensamiento:
—Hay mucho que hacer. Algunos notables de la Liga vienen hacia aquí: todos los
que están en el puerto. Llegarán en seguida.
—Su ayuda será bienvenida —dijo Hilford.
El capitán comenzó a preparar las cosas. Trajo sillas hasta que la pequeña
habitación estuvo completamente llena. Del brazo de cada una colgó una lamparilla
de aceite y la encendió. La luz era enfocada a través de un agujero de forma que
cayese sobre las manos de la persona que ocupaba la silla: era un sistema kammiano

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para permitir la conversación nocturna.
En la mente de Hilford se comenzaron a formar planes. El carro era lo más
importante. Debía encontrarlo y volver a posesionarse del transmisor. Entonces
podría hacer saber a la Base que todavía estaba operando y pedir una prórroga de la
fecha límite. Con la ayuda de la Liga, tal vez hasta tuviera éxito… si tan sólo tuviera
el tiempo suficiente.
Se despertó de repente, al recobrar el equilibrio tras una cabezada. La habitación
estaba llena de personas, todas sentadas en atenta calma, esperando pacientemente a
que despertase. Sintió una momentánea consternación por haberse quedado dormido.
Se giró a fin de excusarse hacia su anfitrión, pero el capitán comenzó su presentación
como si nada hubiera pasado.
—Nuestro huésped es uno de los hombres que envían las naves desde el cielo. Se
llaman a sí mismos la Federación. Hablamos de esto en nuestra última reunión. Este
hombre está aquí para ayudar al pueblo de Kamm. La Liga le dará toda la ayuda que
le sea posible, y todos nosotros cuidaremos de él con nuestras vidas.
Todas las miradas convergieron hacia Hilford.
—Hay un buhonero —dijo lentamente—, que ha sido apresado hoy en el mercado
por los Capas-Negras. Era mi ayudante. Debo saber qué es lo que han hecho con él.
También necesito saber lo que han hecho con su carro.
—Nos enteraremos de todo lo que podamos —replicó el capitán.
—El carro es importante. Necesito tenerlo.
El capitán paseó su vista por la habitación y sus manos formaron un nombre
kammiano. Un joven en la últimas sillas se levantó y extinguió su lámpara.
—He comprendido —señaló; luego dio media vuelta y salió de la estancia.
—Vi a un hombre hoy en el carruaje del duque —dijo Hilford—. No era de este
planeta.
—El hombre con agujeros en la cabeza —dijo el capitán—. La maldad se
encuentra con la maldad en el carruaje del duque.
—¿Sabe alguien de dónde viene?
El círculo de manos permaneció inerte.
—Dos hombres así han sido vistos con el duque —dijo finalmente el capitán—.
No sabemos nada más que eso.
—Hace seis meses —dijo Hilford— hombres de la Federación visitaron al Duque
Dos Dedos. Su visita era un gesto de amistad que se renueva cada año. A la siguiente
mañana los hombres fueron encontrados asesinados en las calles de 00.
—Es la forma de actuar del duque —dijo simplemente el capitán.
—Cualquier cosa que se pudiera saber sobre este crimen sería de valor.
Siguió la mirada del capitán mientras ésta recorría la sala. Ninguna mano se
movió. Los dedos del capitán formaron otro nombre y un navegante apagó su
lámpara y salió. La atención se concentró de nuevo en Hilford.
—Hay asuntos de los que debo ocuparme en persona —dijo Hilford—. ¿Qué es lo

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que podría hacerse para que oliese como un kammiano? No puedo llevar pescado a
todas las partes donde vaya.
No hubo respuesta.
—¿Sería apropiado que llevase un perfume que cubriese mi olor?
En los rostros de los navegantes aparecieron sonrisas.
—Un hombre no usa perfume —dijo rudamente el capitán—. Y sin embargo…
hay un perfumista en 00. Es un buen hombre. Tal vez pudiera hacer un perfume que
eliminase su olor y nada más. Quizás mañana…
—¿Por qué no esta noche?
—Sería peligroso para el perfumista. Nosotros los navegantes podemos frecuentar
las tabernas por la noche y deambular sin ser molestados. Es lo que se espera de
nosotros. Pero los ciudadanos de 00 deben encontrarse en sus casas dos horas después
de la puesta del sol. Puede significar la muerte para ellos si los Capas-Negras los
hallan en las calles.
—Entonces conviertan al perfumista en un navegante —dijo Hilford.
Le miraron con asombro en sus caras, y hubo un movimiento confuso de pies
arrastrados y protestas efectuadas con las manos.
—No comprendo —dijo el capitán—. Es un perfumista…
Hilford trasteó en el forro de su capa y se colocó su sombrero escarlata de
buhonero.
—Miren: soy un buhonero.
El rostro del capitán presentaba una expresión de asombro.
—¡Naturalmente! —dijo. Después envió a un joven marino con un sombrero
extra de navegante escondido bajo la capa.
—¿Cuándo será escogido el próximo Guardián del Pájaro? —preguntó Hilford.
—Tan sólo lo saben los duques —fue la respuesta.
—¿Dónde se efectúa la elección?
—En algún sitio de las montañas según se dice. Tan sólo lo saben los duques. Y
quizás también los Capas-Negras más fieles.
—¿Asisten todos los duques?
—Sí. Los duques del Sur viajan por mar hasta 00 y los del Norte van, también por
mar, hasta la Provincia Triangular. Dónde se reúnen es algo que tan sólo saben los
duques.
Hilford repasó rápidamente su geografía. La cadena montañosa corría a lo largo
del centro del estrecho y alargado continente de Kamm. Así que los duques
navegaban por los mares del norte o del sur hasta el centro del continente y desde allí
viajaban hacia el interior para encontrarse en las montañas. No debía ser difícil para
ellos el conservar el secreto de su punto de reunión. El comercio kammiano se
efectuaba por mar. En el interior había pocos caminos y probablemente era muy poca
la gente que alguna vez se atrevía a cruzar las montañas.
Hilford se sentía animado. Esto era más que todo lo que la Inteligencia Espacial

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había logrado saber en los anteriores doscientos años.
—Nuestro objetivo es la liberación del pueblo de Kamm —dijo lentamente—,
pero debe efectuarse poco a poco. Deseamos evitar toda violencia. El primer paso
debe ser el lograr la elección de otro duque como Guardián del Pájaro.
El capitán hizo un gesto amargo.
—Esto es imposible.
—Nosotros, los de la Federación, nos encontramos a menudo con que hemos de
realizar lo imposible.
—Es imposible —dijo de nuevo el capitán—. El hermano menor del duque es el
Sumo Sacerdote del Pájaro.
La respuesta de Hilford fue innecesaria y fútilmente vocal.
—¡Ah! —exclamó. Así que ésta era la base del sistema usado por el duque para
falsear la elección.
Un marino se inclinó hacia adelante. Era el musculoso y congestionado capitán
que casi había ahogado a Hilford aquella tarde.
—Levo anclas mañana con dirección a la Provincia Redonda —dijo—. Cuando
vuelva traeré al Duque Un Pulgar a 00.
—¿Viene a tomar parte en la elección de un nuevo Guardián del Pájaro?
—El Duque Un Pulgar no visita la Provincia Llana por amistad hacia su duque.
—¿Es el Duque amigo de la Liga?
—No de una forma oficial. Pero los navegantes son bien recibidos en la Provincia
Redonda.
—¿Sería posible que yo tuviese una conversación con el Duque Un Pulgar?
—Podrían hacerse arreglos para conseguirlo.
Se abrió la puerta y entró el perfumista; era un hombre alto y cimbreante que se
veía ridículo con un sombrero de navegante demasiado grande para él. Llevaba una
pesada caja y, evidentemente, estaba al corriente de la situación. Observó a los
presentes, husmeó y se dirigió directamente a Hilford. Husmeó de nuevo y
contorsionó su cara con asco. Su largo rostro tenía una expresión de pena casi
cómica.
Depositó la caja, y sus delicados dedos se movieron concisa y elegantemente.
Debía tener, pensó Hilford, un bello acento kammiano.
—Puede que sea difícil —dijo—, pero trabajaré en ello.
—Hágalo en la habitación de al lado —dijo el capitán.
La puerta se abrió y un marino penetró violentamente, con sus dedos moviéndose
con frenesí.
—¡Vienen los Capas-Negras!
El capitán apartó la silla de Hilford, se arrodilló con un cuchillo en la mano y
hurgó con él hasta descubrir un pequeño cuadrado en el suelo. Hizo una seña a
Hilford:
—¡Rápido!

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Hilford descendió. El espacio situado debajo del suelo era poco profundo y su
cabeza y hombros sobresalían.
—¿El perfumista? —preguntó.
—¡Rápido!
Se encogió y la trampilla se cerró por encima suyo. La oscuridad era absoluta. Ni
tan sólo un destello de luz se filtraba por arriba. Se inclinó hacia adelante hasta que
sus dedos tocaron tierra húmeda. Se hallaba en una concavidad de unos tres pasos por
lado. En un lado había una caja y se sentó sobre ella. Comenzó la espera.
En un planeta normal habría oído a la policía efectuando una entrada ruidosa,
escuchado sus preguntas intimidatorias, y se habría hecho una idea de cómo estaban
yendo las cosas. En Kamm no oía nada. Y cuando se abriese la trampa no podría
saber si ello significaba la seguridad o el cautiverio.
Pero era un agente de Inteligencia veterano, y no perdía sus energías en
preocuparse sobre una situación que no podía controlar. Así que se relajó en la
oscuridad, apoyó la espalda contra la húmeda pared de su escondrijo y, en la espera,
se adormiló.
Cuando se despertó, la luz caía débilmente a través de la trampa abierta y el
capitán lo estaba sacudiendo. Salió afuera, cerraron la trampa y se sentaron de nuevo.
Los navegantes se hallaban en calma, como si nada hubiera ocurrido.
El capitán Puño parecía preocupado.
—No me gusta esto. Hacía años que no se veían tantos Capas-Negras en nuestro
pueblo. Me interrogaron sobre el marino que traje a casa conmigo.
—Lo cual significa…
—Lo cual significa que un navegante o un miembro de su familia está a sueldo de
los Capas-Negras. Debemos proceder con cautela. Para mañana ya habrán comparado
sus informes con los Capas-Negras que estaban en los muelles hoy. Querrán saber
qué es lo que hice con el marino que se comportaba tan torpemente.
—¿Qué les dijo acerca del marino que trajo a casa?
—No traje a ningún marino a casa —dijo el capitán—. Traje al perfumista.
Naturalmente, en la oscuridad algún tonto pudo haber confundido el color de su
sombrero. —Sonrió maquiavélicamente—. El perfumista está en conferencia con la
Liga sobre cierto perfume que desea exportar. Será mi huésped hasta mañana. Y
mañana muy temprano el marino torpe se embarcará en un buque con destino a la
Provincia Redonda. Un Capa-Negra, que lo reconocerá, lo verá subir a bordo… nos
ocuparemos de eso. Ya no oiremos hablar más de este asunto.
—Todo está bien preparado —dijo Hilford.
El perfumista salió de la habitación contigua y roció a Hilford en sitios dispares
con un líquido incoloro e irritante. Los navegantes reunidos husmearon
cuidadosamente, y el capitán Puño dio el veredicto.
—No —dijo—. Ha mezclado usted un aroma infernal con otro. No oculta nada.
—Se volvió rápidamente hacia Hilford—. Perdóneme, pero…

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—No se preocupe —dijo Hilford.
El perfumista se alejó tristemente.
—Es difícil —señalaron sus delicados dedos—. Pero trabajaré en ello.
Hilford explicó cuidadosamente a los navegantes el punto de vista de la
Federación, y se dio cuenta de que estaban vagamente desilusionados. Tal vez habían
esperado una asistencia armada contra el Duque Dos Dedos, y tenían que
conformarse con un tipo de revolución más sutil.
Otras cuatro veces entró de puntillas el perfumista para probar una mezcla, y
encajó cuatro nuevas derrotas. La reunión duró hasta el amanecer. Después, Hilford
desayunó copiosamente y partió.
Se dirigió al muelle rodeado estrechamente por una docena de marinos. Varios de
ellos llevaban cestos que estaban impregnados del olor del pescado del día anterior.
El capitán de cara congestionada hizo que Hilford se colocara a bordo de su nave a
plena vista de los paseantes, alejándose luego. Pocos minutos después regresó,
enfrascado en una animada conversación con un Capa-Negra. Éste siguió su camino,
riéndose a carcajadas.
—Le pregunté —dijo el capitán a Hilford—, si recordaba el ridículo que hizo
usted ayer. Lo recordaba. Le dije que ustedes los norteños son todos unos zoquetes,
pero que para cuando esté usted de vuelta de la Provincia Redonda o habrá muerto o
será un marino. No me sorprendería que saltase por la borda antes de regresar con el
barco.
Le dio tal palmada en la espalda que casi lo hizo saltar por encima de la
barandilla.
Muy lejos de la costa, cuando ya no eran visibles desde ella, Hilford pasó a un
pequeño bote pesquero. El bote volvió tras el anochecer, y lo desembarcó cerca del
pueblecito de pescadores. El capitán Puño se encontró con él en la playa y lo guió
hasta una choza vecina.
—Los Capas-Negras han estado dos veces hoy en el pueblo —dijo—. No me
gusta. Me temo que este lugar no será seguro para usted. Lo he arreglado todo para
que se oculte en 00.
—Confío plenamente en sus decisiones —dijo Hilford.
—La segunda vez que estuvieron allí descubrieron la trampa en el suelo.
Naturalmente no encontraron nada, pero ello indica con seguridad que tengo a un
traidor en la Liga. Fui personalmente a quejarme al capitán de los Capas-Negras. Me
expresó sus más sinceras excusas. Estamos en tiempos inquietos, me dijo, y la policía
no toma ninguna acción que no sea necesaria. Le dije que si los navegantes siguen
siendo molestados trasladaré la sede de la Liga a otra provincia y haré que los
marinos estén alejados de 00 hasta que los tiempos sean menos inquietos. Sospechan
algo y no saben con seguridad lo que es.
—¿Ha sabido algo sobre mi amigo el buhonero?
—Nada. Continuaremos investigando, pero me temo que ya nunca más lo volverá

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a ver. Seguramente se lo han llevado.
—¿Llevado? ¿Dónde?
—A las montañas. Ningún prisionero se escapa de las montañas.
—¿Qué es lo que les ocurre?
—El Duque Dos Dedos está reviviendo las antiguas costumbres. Nadie lo sabe
seguro pero nos lo tememos. En tiempos pasados, los duques sanguinarios usaban
animales. El Duque Dos Dedos usa hombres.
Hilford estaba anonadado. ¿Sacrificios humanos?
Los ojos del capitán Puño centellearon:
—He reverenciado al Pájaro Sagrado durante toda mi vida, tal como debe hacer
un hombre de Kamm. Pero una deidad que pide la vida de un hombre no es una
deidad, es un demonio. Ahora, vamos a 00.

Hilford estaba instalado en una posada, vecina a la vivienda de su amigo el


perfumista. Su alojamiento era una habitación secreta en el tercer y último piso. Sus
dimensiones eran de dos metros por uno y medio, y sus pasos la midieron más de una
docena de veces el primer día. Entró, un paño de pared se cerró tras él, y se encontró
al mismo tiempo oculto y encerrado.
El capitán Puño lo visitaba a diario y en dos ocasiones le trajo noticias. Un testigo
había visto a dos Capas-Negras del duque arrojando los cadáveres de los miembros
de la misión comercial desde unos carros a la callejuela en que habían sido
encontrados en la mañana siguiente. Por otra parte, se había visto a un grupo de
prisioneros partir hacia las montañas. Probablemente Zorrel se encontraba entre
ellos… si es que no estaba muerto ya.
Pasaron los días. Una vez los Capas-Negras registraron la posada. No encontraron
nada, pero hicieron aumentar la inquietud de Hilford y el capitán no ocultó su
preocupación sobre la existencia de un traidor en su organización.
—No es uno de mis oficiales —dijo—. Sea quien sea sospecha que me encuentro
con usted en la posada, pero no conoce la existencia de la habitación secreta. Cuando
averigüe quién es, servirá de pasto a los peces.
El perfumista enviaba regularmente nuevas mezclas para que Hilford las probase.
Y cada vez un marino husmeaba cuidadosamente e informaba a Hilford de que
todavía continuaba oliendo detestablemente.
Los días pasaban, y al quinto de su permanencia en la posada Hilford decidió que
no podía esperar más. Volvió a recordar el asunto del carro de Zorrel. El capitán no
había descubierto nada. No había ninguna indicación de que los agentes del duque lo
hubieran destruido. Así que se suponía que había pasado a formar parte de las
propiedades del duque.
—Debo encontrar ese carro —dijo Hilford—. Necesitaré tan sólo dos minutos
para sacar el equipo oculto. Es imprescindible que lo consiga.

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Aquella tarde hubo una apretada reunión en la cámara secreta de Hilford, en la
que se organizó una expedición. Los carros y carromatos del duque estaban situados
en una pradera cercana a su amurallada residencia. Había dos centinelas rondando el
área, teniendo constantemente bajo su vista el perímetro. Los centinelas eran más
pura fórmula que necesidad. Ningún residente de 00 se atrevería a robarle al Duque
Dos Dedos.
—Me ocuparé de los centinelas —dijo Hilford—. Tan sólo necesito llegar a
quince pasos de ellos.
—Ningún centinela Capa-Negra permitiría que un marino se le acercase tanto —
dijo el capitán—. Le clavarían tres dardos antes de que llegase a veinte pasos.
—No seré un marino —dijo Hilford vivazmente—. Seré otro Capa-Negra.
Los navegantes lo miraron boquiabiertos por la admiración. Claramente, esos
hombres de la Federación eran unos tipos brillantes.

Hilford creía que los planes del capitán eran extremadamente complejos, pero
fueron silenciadas sus protestas. La expedición partió a la noche siguiente, tan pronto
como hubo oscurecido, llevando capas negras y sombreros obtenidos del sastre
oficial del duque. Había marinos estacionados a intervalos desde el bosque cercano a
la residencia del duque hasta el mercado en el otro lado de 00. Y, en éste, se
encontraban otros dispuestos a iniciar un violento incendio si es que se necesitaba una
diversión. Un fuego en 00 era un asunto grave y tendría prioridad sobre el robo de
cualquier carro.
Hilford salió de las sombras del bosque y caminó hacia el centinela, dándole el
saludo de los Capas-Negras. A unos diez pasos le disparó un rayo concentrado de su
pistola paralizadora, y el centinela se desplomó inerte en el suelo. Lo arrastraron
hacia las sombras y un marino ataviado con una capa negra tomó su lugar.
Rápidamente, hicieron lo mismo con el otro centinela. Navegantes provistos de capas
negras se estacionaron a intervalos entre los carros, y uno de ellos acompañó a
Hilford, no para ayudarle, sino para vigilar y avisarle si surgían complicaciones. En
Kamm no existían los gritos de aviso.
Hilford volvió su atención hacia los carros y se asombró por su número. Había
docenas de ellos, alineados en filas ordenadas. ¿Tenía el Duque Dos Dedos la pasión
del coleccionismo de carros de bueyes? No, lo más posible era que éstos estuvieran
destinados a servir como transportes militares. ¡El Duque estaba planeando la
conquista de Kamm!
Pasó rápidamente de un carro a otro. Algunos de ellos podía desecharlos con una
simple mirada, pero muchos eran del mismo tipo que el de Zorrel y tenía que buscar
en el interior la doble pared que ocultaba el transmisor.
Se movía tan rápido como le era posible y su escolta le pisaba los talones,
señalándole que se apresurase cada vez que Hilford lo miraba. Llegaron al final de la

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primera larga fila y comenzaron con la segunda, cuando de repente el escolta asió el
brazo de Hilford. Corrieron juntos, zigzagueando entre los carros, y, a la débil luz de
las tres lunas de Kamm, Hilford vio oleadas de Capas-Negras corriendo hacia ellos
desde todas las direcciones. Mientras corría, se maldijo a sí mismo por haber
permitido unas preparaciones tan complicadas. Demasiados navegantes habían tenido
noticias de la incursión, y el traidor en la Liga había actuado de nuevo.
Hilford reguló su pistola paralizante poniéndola a potencia media y puso fuera de
combate a grupos enteros de Capas-Negras. Se lanzaron a través de la brecha creada
en el círculo que los rodeaba y corrieron hacia el bosque. En la débil luz Hilford no
podía diferenciar entre amigo y enemigo, pero evidentemente el marino sí que podía.
Dirigía la atención de Hilford hacia algunas sombras que saltaban hacia ellos,
apartándole de otras. Al usar su arma en largas distancias no podía conseguir otro
efecto más que atontar momentáneamente a sus perseguidores, pero cualquier
segundo ganado era precioso.
Los marinos disfrazados con capas negras les adelantaron en su carrera hacia el
bosque, y Hilford se mantuvo donde estaba para luchar en una acción dilatoria.
—Faltan dos —señaló su escolta—. No podemos esperar.
Los dardos silbaban a su alrededor. Hilford apuntó su arma mientras corría y
disparó de nuevo hacia sus perseguidores. Un dardo se le clavó en el brazo pero casi
no se dio cuenta. En la dirección de 00 altas llamas se alzaban en el aire, y los Capas-
Negras que los perseguían no parecían darse cuenta de ellas. Hilford se preguntó si la
diversión no llegaba demasiado tarde. Habían alcanzado justamente los primeros
árboles cuando un dardo golpeó a Hilford en plena espalda. Tropezó, dándose de
cabeza contra un árbol, y perdió el conocimiento.

Al recobrar el conocimiento y abrir los ojos, vio a un Capa-Negra inclinado sobre


él. Cerró los ojos rápidamente y casi sin fuerzas alzó la mano hasta tocarse el cuello.
No le habían quitado el Pájaro Sagrado. Todavía tenía su pistola paralizadora, lo que
significaba que aún tenía una posibilidad de escapar. Pero se sentía terriblemente
débil. Necesitaría fuerzas.
Abrió los ojos de nuevo y vio que el Capa-Negra le estaba sonriendo. Era su
marino de escolta. Se dio cuenta que yacía en el estrecho camastro de su apretujada
habitación secreta.
—Le trajimos —señaló el navegante—. Los Capas-Negras nos dejaron por el
fuego.
Los dedos de Hilford se movieron con debilidad.
—Su capitán es un hombre inteligente.
—El capitán ha sido arrestado —dijo el marino—. Lo mismo que todos los demás
oficiales. Todos los que pudieron encontrar los Capas-Negras. Ha estado usted
inconsciente durante seis horas.

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—¿Y qué pasará ahora?
—Hemos dado al duque un día para soltar a los marinos. Si no lo hacen,
abandonaremos 00 y ningún otro barco vendrá a la Provincia Llana.
—Eso ya no le importará al duque ahora —dijo Hilford—. Tiene traidores entre
los navegantes y éstos entrenarán a hombres para que naveguen en barcos del duque.
El duque necesitará sus propios barcos para conquistar Kamm, porque sabe que la
Liga no le ayudaría.
—Los hombres no aprenden a navegar los mares de Kamm en un día.
—El duque tiene mucho tiempo, o cree que lo tendrá si es que es de nuevo
elegido como Guardián del Pájaro.
El marino parecía preocupado. Hilford se hallaba frenético por la misma causa.
Se había iniciado un nuevo día y tan sólo le quedaban veintidós antes de que la
Federación atacase. No se atrevió a decirle esto al marino. Si un traidor llevase la
información del ataque al duque, los Haarvianos se enterarían y lo que estaba
planeando como una rápida conquista se convertiría en una sangrienta guerra total.
Se abandonó a su debilidad y, muy a su pesar, se durmió.
Cuando despertó, el capitán Puño estaba allí con un doctor. El rostro del capitán
reflejaba una torva simpatía.
—Me apenó la noticia de sus heridas —dijo—. Fue noble por su parte el
sacrificarse por los marinos, pero usted es el verdaderamente importante. Debería
haberse preocupado de salvarse a sí mismo.
—Me apenó la noticia de su detención —dijo Hilford—. Especialmente cuando
yo era el responsable.
—Usted no era el responsable. El duque nunca ha estimado a la Liga, y se
apresura a echarle las culpas de cualquiera de sus problemas.
—¿Han encontrado al traidor?
Los dedos del capitán formaron palabras desconocidas para Hilford, terribles
blasfemias marineras.
—Lo encontraré. Y se perderá en el mar en su próximo viaje.
—Tal vez haya más de uno —sugirió Hilford.
—Es posible. El Duque Dos Dedos tiene una bolsa bien repleta. Pero no está
todavía dispuesto a luchar contra la Liga. Tal vez más tarde sí, pero no ahora.
—Arriesgamos mucho sin obtener ningún beneficio —dijo Hilford—. Oí que
habíamos perdido dos hombres.
—Fueron capturados. Llevaban capas negras, así que nada los identificaba como
marinos. Pero también fueron liberados. Esto es algo que no entiendo.
—El duque es astuto. Le gustaría saber lo que estábamos buscando entre sus
carros. Espera enterarse de ello; por esto soltó a todo el mundo, creyendo que así lo
intentaremos de nuevo. Pero no lo haremos.
—No se ha repuesto usted aún —dijo el capitán—. Ha perdido sangre y necesita
descanso. Cuando se haya recuperado haremos nuevos planes.

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—Sí —dijo Hilford—. Cuando me haya recuperado.
Veía acercarse sin tregua la fecha límite, día a día. Tan sólo quedaban ya
veintiuno.

Hilford estuvo durante tres días bajo una fuerte fiebre, mientras el preocupado
doctor kammiano lo cuidaba torpemente. El capitán lo visitaba a diario. El perfumista
llegaba con nuevas mezclas y Hilford se sometía indiferentemente a sus rociados.
Nuevos fallos. Se dormía y se despertaba, y a veces había alguien allí: el capitán, el
perfumista, el doctor u otro marino. A veces estaba solo. No parecía importar.
Al cuarto día se despertó y halló a un extraño en la habitación. Un hombre bajo y

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gordo cuyo pelo rojizo llameante contrastaba con sus amplias vestiduras negras.
Observaba curiosamente a Hilford.
—Soy el Duque Un Pulgar —dijo. Hilford se agitó débilmente y luchó por
sentarse.
—No —le dijeron los regordetes dedos del duque—. Necesita descanso. Tengo
una gran admiración por un hombre que se enfrenta con lo imposible.
—No hay nada imposible —dijo Hilford.
El duque se inclinó respetuosamente.
—El capitán me ha informado de su deseo de encontrarse conmigo. ¿En qué
puedo servirle?
—Desearía hacer de usted el próximo Guardián del Pájaro —dijo Hilford; e
inmediatamente se dio cuenta de que esto sonaba a ridículo dicho por un hombre
enfermo, por un fugitivo inerme.
El duque contestó sin vacilar:
—Imposible.
—¿Acaso no tienen todos los duques una posibilidad similar?
El duque dudó.
—Sí, todos los duques tienen una posibilidad similar. El Duque Dos Dedos y su
hermano, que es el Sumo Sacerdote del Pájaro, han efectuado ciertos cambios en la
forma en que se realiza la elección, pero los cambios no son nada nuevo. Los mismos
procedimientos estaban en uso en el tiempo del abuelo de mi abuelo. Así que todos
los duques deberían tener una posibilidad idéntica. Pero será escogido el Duque Dos
Dedos.
—¿Cómo se efectúa la elección?
—No puedo decírselo. Tan sólo los duques y los Sacerdotes del Pájaro tienen el
privilegio de saberlo.
—¿Aprueba usted el entregar vidas humanas al Pájaro?
El duque palideció.
—¿Usted sabe eso? Pero… —se quedó pensativo—. Sé que han habido rumores.
No, no lo apruebo. Es algo terrible. Es algo repugnante. Pero no puedo cambiarlo.
—¿Llevaría usted las cosas de distinta manera si fuera usted el Guardián del
Pájaro?
—Hay muchas cosas que yo haría de distinta manera.
—¿No me dirá cómo se efectúa la elección? ¿Ni siquiera por Kamm?
—He prestado juramento. No puedo decirlo.
—¿Sabe usted que el Duque Dos Dedos planea dominar todo Kamm?
—Me lo he supuesto.
—¿Pero a pesar de eso sigue sin poder decirme cómo se efectúa la elección?
El duque no dijo nada, pero mantuvo firmemente la mirada de Hilford. No era,
pensó Hilford, el hombre débil e irresoluto que había imaginado. Sería un buen
gobernante. Firme, pero honesto. La Federación podría tratar con un hombre así.

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—¿Sabe usted que soy de la Federación? —preguntó.
—Sí. La Federación siempre ha sido justa en sus tratos con Kamm.
—¿Sabe usted que el Duque Dos Dedos tiene huéspedes del cielo que no son de
la Federación?
Haciendo una mueca, el duque contestó a disgusto:
—Sí. Son hombres malignos. Compañeros adecuados para el Duque Dos Dedos.
—¿Le han dado armas al duque?
—No. Han rehusado darle armas al duque.
Sonrió ante la sorpresa de Hilford.
—Tengo mis propias fuentes de información —añadió.
—¿Sabe usted que los hombres de la misión comercial de la Federación fueron
asesinados con alguna potente arma desconocida?
—Oí hablar de las muertes. No las comprendo, pero no creo que el Duque Dos
Dedos tenga un arma así.
—Tal vez la usaran sus malignos huéspedes.
—Eso es posible. Sí, debió ocurrir eso.
Hilford se dio cuenta de que había llegado a un punto muerto. El duque era
posiblemente el único hombre con el cual pudiera entrar en contacto capaz de decirle
todo lo que necesitaba saber. Y sin embargo, el duque había hecho un juramento y era
un hombre que cumpliría con su palabra.
—El duque elegido es llamado el Guardián del Pájaro —dijo repentinamente
Hilford—. ¿Por qué?
El duque le miró con curiosidad.
—Porque es el Guardián del Pájaro.
—¿Un Pájaro de verdad? ¿Un Pájaro vivo?
—Naturalmente.
—No sabía que tales Pájaros existiesen en realidad.
—Existen muchos de ellos. Se escoge uno al mismo tiempo que se elige al duque,
y se pone bajo su cuidado por la duración de su cargo.
—Se pone bajo su cuidado —musitó Hilford—. ¿Entonces es responsable del
Pájaro? ¿Qué ocurriría si el duque fuera negligente?
El Duque Un Pulgar sonrió.
—Nunca será negligente. Siempre se trata de un Pájaro joven y sano, y el
Guardián del Pájaro lo trata con un cariño exquisito. Lo protegería con su vida. Si
muriese, perdería inmediatamente su cargo y nunca más podría volver a ostentarlo.
—Comprendo. Y el Guardián del Pájaro controla a todos los Capas-Negras de
Kamm.
—Sí. Pero tan sólo puede enviarlos a otra provincia cuando el duque de ésta lo
requiera. Y los otros duques no pueden tener más hombres de armas que los de su
guardia personal, a menos que se los soliciten al Guardián del Pájaro. Mi guardia
personal es muy numerosa, y habitualmente hay pocos Capas-Negras en la Provincia

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Redonda.
Una buena situación para un Guardián del Pájaro ambicioso, pensó Hilford.
Controlando a los Capas-Negras, tan sólo él entre todos los duques podía crear un
ejército permanente. Cuando su ejército fuera lo suficientemente grande, podía
apoderarse de todo Kamm.
Pero debería tener para ello un ejército poderoso, ya que los otro once duques se
unirían contra él en cuanto atacase a uno de ellos. Con los escasos recursos de Kamm
debía llevar largo tiempo el planear una conquista en gran escala. Llevaría más de un
solo período de cinco años como Guardián del Pájaro.
Un sistema de sorteo que alternaba el poder de un duque a otro a intervalos
regulares era un buen sistema. Pero una vez que un duque consiguiera amañar la
elección y lograse ser escogido durante varios períodos consecutivos, se alteraría todo
el equilibrio de poderes del planeta. El Duque Dos Dedos estaba terminando su tercer
mandato. Un cuarto le permitiría conquistar Kamm.
—¿Cuándo será elegido el próximo Guardián del Pájaro? —preguntó de pronto
Hilford.
—No puedo decírselo.
—Debe de ser dentro de poco, pues de lo contrario usted no estaría aquí.
Hilford luchó cansadamente y al final logró quedar sentado.
—Estaré presente cuando se efectúe la elección —dijo—. Haré de usted el
próximo Guardián del Pájaro.
El duque tomó las manos de Hilford y entrechocaron los antebrazos.
—Es usted un hombre valiente. Desgraciadamente, eso es imposible. Significaría
su muerte y sería una muerte terrible. —Abrió la puerta oculta y se volvió antes de
salir—. Su vida sería entregada a los Pájaros.

El perfumista había estado esperando respetuosamente a que el duque saliese.


Atravesó la puerta tan solemne como siempre y le entregó a Hilford una botellita.
—Mezcla número treinta y uno —dijo tristemente.
—Me temo que su tarea es aún más imposible que la mía —dijo Hilford.
—Lo conseguiré. He triunfado en tareas peores. El mismo Duque Dos Dedos me
dio una mucho peor y tuve éxito.
—¿Qué necesidad tenía el duque de un perfume?
—Deseaba un perfume que no les agradase a los Pájaros.
—¿A los Pájaros Sagrados? —Hilford se irguió atento.
—Sí. Son unos animales muy repugnantes. Trabajé durante semanas. Rociaba a
un roedor con el perfume y lo colocaba en la jaula, pero ellos se lo comían. Mi
mezcla doscientas sesenta y tres fue un éxito. El roedor estaba perfectamente seguro
con ellos… hasta que pasaba el efecto del perfume. Entonces lo despedazaban. No
era muy agradable el ver a esos Pájaros cada día. Después, durante semanas, no pude

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dormir bien.
—¿Los vio en el palacio del duque?
—Sí.
—Creí que el Guardián del Pájaro tan sólo tenía uno de ellos.
—Ésos fueron traídos por el hermano del duque, que es Sacerdote de los Pájaros.
Supongo que los sacerdotes deseaban algo para protegerse de los Pájaros, y no los
culpo por eso. No obstante, eso fue hace años, mucho antes de que el Duque Dos
Dedos se convirtiese en Guardián del Pájaro. Tal vez lo usa él mismo ahora que tiene
un Pájaro en su palacio. Hace tan sólo un mes que le preparé otra dosis de la mezcla.
—Es usted la primera persona con la que haya hablado, aparte del Duque Un
Pulgar, que ha visto a un Pájaro vivo.
—El Duque Dos Dedos me hizo jurar que mantendría el secreto. Usted es el
primero al cual se lo he contado.
—Respetaré su confianza —dijo Hilford—. Y efectuaré la prueba usual con esta
mezcla treinta y uno.
El perfumista sonrió pensativamente.
—Por si acaso comenzaré la mezcla treinta y dos.

El capitán Puño llegó al atardecer y se sentó durante largo rato con sus dedos en
silencio, viéndosele cansado y preocupado.
—Tengo que dejarle —dijo finalmente—. Raras veces he permanecido en 00 por
tanto tiempo, y los Capas-Negras empiezan a sospechar. Ahora me siguen a todas
partes. Así que me veo obligado a hacer un corto viaje. Volveré en diez días. Tal vez
en menos, si los vientos me favorecen. Después nos ocuparemos bien de usted, se lo
prometo.
—Gracias —dijo Hilford. Nunca se había sentido tan desamparado. Estaba
demasiado débil para abandonar su escondite y, aún si lo hiciese, el primer Capa-
Negra que pasase a su lado lo arrestaría. Y ya no podía fiarse completamente de la
Liga.
—Lo veré tan pronto como regrese —dijo el capitán. Se levantó para irse, dio un
paso hacia la puerta y de repente se volvió con brusquedad y se le quedó mirando
incrédulamente. Por dos veces levantó las manos para hablar, dejándolas caer luego
inertes.
—¿Qué ocurre? —preguntó ansiosamente Hilford.
—Me acabo de dar cuenta. ¡Ya no lo huelo a usted!
—Mezcla treinta y uno —dijo contento Hilford—. ¡Dígale al perfumista que
envíe un botellón!
Una vez se hubo marchado el capitán, Hilford hizo planes. Tendría que salir de
00. A pesar de toda la información que pudiera obtener en la capital sobre el Duque
Dos Dedos, no podría terminar su misión en ella y, si permanecía por más tiempo, el

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traidor en la Liga tal vez se enterase de su escondrijo.
Dejó tan sólo una nota de agradecimiento a los marinos y, llevando el botellón de
perfume que le había entregado el jubiloso perfumista se deslizó fuera de la posada,
sumergiéndose en las oscuras calles de 00.
Usó su sombrero de navegante hasta que estuvo fuera de la ciudad. Una vez un
Capa-Negra lo detuvo, pero en el mismo instante en que Hilford asía su pistola
paralizadora, el policía se fijó en su sombrero y lo dejó pasar con una seña. Fuera de
00, Hilford se cambió el sombrero por uno de buhonero y comenzó a andar a lo largo
del camino de carro, cubierto de hierba, que llevaba hacia el norte… hacia las
montañas.
Se cansó rápidamente, pero mantuvo con tozudez un paso firme y se obligó a
seguir adelante. El sol se alzó y lentamente añadió su calor a su debilidad febril.
Pronto, cada paso vacilante se convirtió en algo que necesitaba una profunda
concentración.
Obligó a su cansado cuerpo a marchar hacia adelante hasta que, a media mañana,
se derrumbó bajo una pequeña sombra en lo alto de una colina, con los edificios de
00 todavía visibles en el horizonte hacia el sur. No podía continuar.
Hacia el norte vio un pequeño pueblecito formado por alegres casas separadas
entre sí, un buhonero con un buey y un carro subiendo la colina en su dirección y,
neblinosas en la distancia, las montañas cubiertas de nieve. Se incorporó
trabajosamente y detuvo al buhonero. En cinco minutos de laboriosas negociaciones
compró el buey, el carro y la mercancía, a un precio que aproximadamente era
superior en diez veces a su valor. En el pueblo dispuso de la mitad de la mercancía
vendiéndosela a un astuto y viejo tendero con una pérdida ruinosa, llenando luego el
carro con víveres. Una vez dejado atrás el pueblo, subió al carro y se preparó un
apretado lugar donde descansar.
Un latigazo en el trasero del buey lo hizo ponerse en marcha. Avanzó torpemente
hacia adelante a lo largo del camino que había seguido hacía menos de una hora, no
pareciendo interesarle ni a donde iba ni de donde venía. Hilford observó
ansiosamente para ver si seguía el camino sin necesidad de su vigilancia. Cuando vio
que lo hacía, se recostó y luchó contra la agonía que le producía en sus heridas el
bamboleo del carro y los brincos producidos por el desigual terreno. Finalmente
triunfó su agotamiento y se durmió.
Cuando despertó ya era oscuro. El camino hacia el norte se extendía ante él a la
débil luz lunar y el buey seguía caminando indiferente. Se bajó y caminó al lado del
animal durante un tiempo, tratando de ejercitar sus entumecidos músculos, pero el
esfuerzo fue demasiado para él. Guió al buey fuera del camino, llevándolo al refugio
de unos árboles para descansar.
No sabía cuando los duques abandonarían 00, ni cuán rápido iba a ser su viaje. Su
única esperanza estaba en alcanzar las montañas antes que ellos. Si pudiera hacer eso,
tal vez tuviese todavía una oportunidad.

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Y el ataque se produciría dentro de dieciséis días.
Al día siguiente sufrió una recaída. Yació en el carro, ardiendo de fiebre, mientras
el buey se movía pacientemente hacia adelante. El día se difuminó hasta convertirse
en noche y de nuevo en día, y perdió toda conciencia del tiempo. Tal vez el buey
descansaba cuando se sentía cansado, o tal vez no. No lo sabía.
Finalmente, fue capaz de salir del carro y caminar al lado del buey. Sabía que
habían pasado cinco días, o pudiera ser que seis o siete. Caminaba y descansaba, y su
fortaleza iba en aumento. A la siguiente mañana, desde la ladera de una montaña,
contemplaba la planicie que se extendía escasamente arbolada ante él cuando vio una
caravana, larga y abigarrada, que seguía su misma dirección: animales, carros,
criados y las personas reales de los seis duques del sur. Continuó su camino y su buey
jadeó y se esforzó mientras tiraba del carro subiendo la inclinada pendiente de un
puerto montañoso.
La cordillera de cónicas montañas de Kamm parecía ser de origen volcánico, y
los picos del borde sur estaban dispuestos en forma irregular: tan pronto encaramados
unos sobre otros como muy aislados entre sí. El tosco camino de carro seguía su
retorcida ruta a lo largo de altos árboles, atravesando entre dos montañas sin apenas
elevarse, y a continuación iniciaba una subida pronunciadísima en pocos centenares
de metros para llegar al siguiente paso.
Hilford siguió hacia adelante, desdeñando comer o dormir hasta que el cansancio
lo agotó nuevamente, y hasta que la piel del esforzado y sudoroso buey colgó en
pliegues. A la mañana del tercer día en las montañas llegó a un amplio y arbolado
valle. Azotó furiosamente al buey, obligándole a iniciar un trote tambaleante. Debía
cruzar el valle antes de que la caravana de los duques saliese del paso. No debía ser
visto.
Al anochecer había cruzado el valle y alcanzado el refugio que representaba el
arbolado de la montaña opuesta. Descansó, y el buey se desplomó en su arnés. Con
seguridad no podía ir más lejos, pensó. Ahora debía esperar a que los duques le
adelantasen para seguirlos luego.
La larga caravana descendió al valle a media tarde, lo cruzó, y plantó campo en el
lado norte. Al caer la oscuridad, Hilford observó con satisfacción allá abajo los
brillantes fuegos. Todo había ido de acuerdo con sus planes. Por la mañana, los
dejaría adelantarse y luego los seguiría. Pero no debía dormir más de la cuenta.
Se despertó con la primera luz de la mañana dándole en el rostro, y se apresuró a
mirar hacia el campamento. Había pocos signos de actividad. Volvió al carro, comió
y se relajó mientras el buey pastaba contento en los matorrales del bosque. A
mediodía, los fuegos de los cocineros puntearon el campamento. Los criados
terminaron su comida y se retiraron a las tiendas. Los bueyes fueron trabados y
dejados sueltos en los pastos. Los carros fueron dispuestos ordenadamente alrededor
del perímetro del campo. Evidentemente, los duques no tenían ninguna prisa.
Preocupado, Hilford se dio la vuelta y caminó hacia lo alto del puerto. Miró hacia

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abajo, al valle situado en el norte, y sorprendido vio otro campamento: los bueyes, los
carros, las tiendas abigarradas. De repente lo comprendió todo, y esta comprensión lo
abatió. Aquél era el campamento de los duques del norte. Tan sólo los duques podían
entrar en el Templo del Pájaro, por lo que habían dejado a sus séquitos y continuado
ellos solos, y los había perdido. Su agotador viaje había sido en vano.
Pero todavía tenía algunos días, quizás cinco, y los duques no emprenderían por sí
mismos un largo viaje. El Templo del Pájaro debía de estar a una jornada a pie de los
campamentos. Debía haber alguna clase de camino o sendero que llevase hasta él. El
Templo debía de necesitar vituallas.
Un movimiento entre los árboles a su izquierda lo sobresaltó. Se alzó
bruscamente, echando mano a su pistola paralizadora, y vio que su buey se había
soltado y erraba buscando hojas escogidas que comer. Con una sonrisa, dio la vuelta
y se introdujo entre los árboles. Era un buhonero que buscaba su buey perdido.
Encontró el sendero cuando comenzaba a caer la oscuridad. Era un sinuoso
camino que subía del valle. Rápidamente lo perdió en la oscuridad, pero sabía la
dirección aproximada que seguía, hacia arriba, así que siguió andando. Una hora más
tarde vio un destello de luz en la ladera de la montaña, muy por encima suyo.
Pero no halló nada: ni importante Templo de fachada brillantemente pintada, ni
edificios, ni señales de que los humanos hubiesen pasado en aquella dirección.
Caminó en la oscuridad, notando el frío intenso del aire montañoso, sintiendo la
debilidad que había sido incapaz de eliminar en su lucha sin descanso por alcanzar las
montañas.
Una nube ahogó el último débil brillo de la más pequeña de las lunas kammianas.
Caminó más lentamente, tratando de ver lo que se hallaba frente a él. De repente, su
pie se encontró con la nada; luchó por no perder el equilibrio, lo perdió, y cayó hacia
adelante.
Se abatió sobre una estructura metálica a unos tres metros bajo la superficie, y se
encontró en un respiradero enrejado de un par de metros de diámetro. Antes de que
pudiese recuperar sus confundidos sentidos, notó un dolor en el brazo. Lo apartó, y se
dio cuenta de que estaba en el centro de una jaula, mientras los gigantescos y
horriblemente coloreados Pájaros Sagrados de Kamm revoloteaban hambrientos a su
alrededor. Los barrotes formaban una escalera casi perfecta, así que se abalanzó hacia
ellos para subir, pero fue rechazado por garras cortantes y picos aguzados.
Experimentó un mareo, con una sensación palpitante en la cabeza. Mientras estaba
allí atontado vio en la débil luz, allá abajo, la figura cubierta por un capuchón negro
de un Sacerdote del Pájaro que lo observaba. Repentinamente, el sacerdote dio media
vuelta y salió corriendo.

Era una pequeña habitación desnuda tallada en la roca. Tres sacerdotes


encapuchados entraron, hicieron una pausa para husmear cuidadosamente a Hilford, y

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luego se sentaron. Por su parte él también los husmeó y notó un poderoso e irritante
olor que al mismo tiempo le parecía agradable y repulsivo. La situación tenía algo de
gracioso. Podría haber dicho:
—Caballeros, tenemos algo en común: frecuentamos el mismo perfumista.
Pero los ceñudos sacerdotes no habrían apreciado el chiste.
Estaba de pie ante ellos, tambaleándose débilmente, con la sangre fluyéndole de
su brazo y tobillo, mientras les contaba su historia. El sacerdote de más rango se
inclinó hacia adelante cuando terminó, e Hilford creyó reconocer la nariz altanera y
los rasgos crueles. Éste debía ser el hermano menor del Duque Dos Dedos.
Movió lánguidamente los dedos, aburrido porque distrajesen su atención con un
asunto tan nimio.
—Esta mañana fue encontrado un buey perdido —dijo—. Tu historia puede que
sea verdadera. Si es así, lo siento. Has tenido el alto honor de ver a los Pájaros
Sagrados de Kamm. Has entrado en el Templo prohibido. Tu vida es propiedad de los
Pájaros.
Los otros dos sacerdotes se llevaron a Hilford. Pasaron a través de un laberinto de
corredores: rectos, curvados, ascendentes, descendentes, bifurcándose. Pasaron a
través de una puerta cerrada y de otra, y Hilford fue introducido de un empellón en
una larga habitación que tan sólo era un amplio y desnudo corredor. Tras él se
cerraron silenciosamente unas rejas.
En el extremo opuesto había otras rejas y medio centenar de hombres de Kamm
se encontraban allí, de pie, sentados o echados en el frío suelo de roca. El corpachón
de un hombre se agitaba sacudido por sus sollozos, la única evidencia de su llanto
silencioso. La mirada de Hilford recorrió los rostros y, de repente, halló uno que le
era familiar: ¡Zorrel!
El joven agente caminó hacia él, sonriendo alegre. Se colocaron el uno junto al
otro, para que sus dedos pudiesen hablar en privado.
—Ahora somos cinco —dijo Zorrel.
—¿Hay otros tres agentes aquí?
—Así se podría decir. Su moral no es exactamente buena: han sido maltratados, y
han tenido la mala suerte de ver lo que les ocurrió a algunos otros agentes. —Se
detuvo de repente y palpó la manga empapada en sangre de Hilford.
—Mi introducción a los Pájaros —le dijo Hilford.
—Entonces no necesito explicárselo.
—Sobre los Pájaros no necesito explicación; en cambio, sí la quiero sobre este
lugar.
—Venga —dijo Zorrel. Llevó a Hilford al extremo opuesto de la habitación y
desde allí miraron, a través de las rejas, a una enorme arena circular cubierta. A
intervalos, alrededor de las paredes, había pares de aberturas enrejadas, del tamaño de
un portalón: una al nivel del suelo, la otra directamente encima. En el centro de la
arena había una jaula lo suficientemente grande, pensó Hilford sombríamente, para

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contener a un hombre.
—Éste es el sistema mediante el cual se elige al Guardián del Pájaro y cómo son
decididos otros asuntos importantes —dijo Zorrel—. Cada duque tiene su propio
palco real: las aberturas superiores. Hay doce de ellas. Cuando llega el gran
momento, se llena la arena de Pájaros y se coloca a la víctima en la jaula. Se abren las
puertas inferiores y se sube la jaula hasta el techo. Todo lo que tiene que hacer la
víctima es ir desde el centro de la arena hasta una de las puertas inferiores antes de
que los Pájaros la despedacen. Las primeras no llegan muy lejos, pero llega un
momento en que los Pájaros han satisfecho su hambre y pierden interés. Las víctimas
llegan más y más lejos y, finalmente, una lo consigue. Según la puerta por la que
escape, se elige al duque que será el próximo Guardián del Pájaro. ¿No le parece un
jueguecito agradable?
Hilford se estremeció. Había tenido bastante experiencia en lo que se refería a
barbarie y violencia y sacrificio humano; pero tan sólo en las civilizaciones más
primitivas. Allí habría parecido natural. Aquí era simplemente horrible.
—Hace generaciones dejaron de usar personas, sustituyéndolas por animales —
siguió Zorrel—. Pero el Duque Dos Dedos está reviviendo las antiguas costumbres.
Es agradable para la víctima que consigue triunfar. Recibe altos honores y hasta
puede llegar a casarse con una hija del duque, si es que éste tiene alguna. Para los que
no consiguen triunfar ya no es tan agradable.
—¿Cuándo tendrá lugar la elección?
Zorrel se rió sardónicamente.
—En cualquier momento a partir de ahora. Nosotros… —con un gesto abarcó
toda la habitación— somos las víctimas. Me pregunto si los Pájaros opinan que los
viejos son más duros de comer que los jóvenes. En tal caso usted tendría más
posibilidades que un joven y tierno bocado como yo.
Hilford se quedó contemplando meditativamente la arena.
—No hay escape por esa parte —dijo Zorrel—, y ya sabe lo que hay por la otra:
dos puertas cerradas y un par de pelotones de sacerdotes de guardia. Una vez
comiencen los festejos, estarán más interesados en observar lo que pasa en la arena
que en nosotros. —Tocó con la mano su pistola paralizante—. Ése sería un buen
momento para apoderarse del lugar.
—Por mi parte, he obtenido bastante información —dijo Hilford—. Creo que ya
casi me hago cargo totalmente de lo que ocurre. La pregunta es: ¿de qué nos sirve
eso?
—La pregunta es: ¿cómo salimos de aquí?
—Somos agentes de Inteligencia —dijo Hilford—. Tenemos una misión.
—De acuerdo… estoy con usted. Lo mejor es que no cuente demasiado con los
otros. Y le diré una cosa —tocó de nuevo la pistola paralizante—: Si me ponen en esa
arena, los Pájaros lo van a sentir. Una carga completa mataría a un Pájaro.
—Eso no resolvería nada. Ni siquiera le salvaría la vida. Los sacerdotes le

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despedazarían si no lo hacían los Pájaros. La carga de su pistola no durará siempre y
la mía ya está casi agotada.
—¿Entonces qué hacemos?
—Quiero curiosear por los alrededores, y hablar con nuestros compañeros de
infortunio.
Regresó hacia el interior de la habitación, pasó al lado de un hombre que estaba
en un estado de coma producido por el terror, y se detuvo al lado de un pequeño
viejecillo marchito que le sonrió animosamente.
—No se descorazone —le dijo a Hilford—. Tal vez sea afortunado como yo.
—¿Afortunado en qué?
—Mi número no sale. He estado aquí durante cuatro años y todavía sigo. No
llaman a mi número. La comida es buena, la habitación no está mal y no nos dan
mucho trabajo para hacer. No es una mala vida si a uno no le preocupa el ser traído
aquí en rebaño los Días Sagrados y así.
Hilford señaló con el pulgar a la arena.
—¿Le gusta lo que ocurre allí?
—No dejo que me preocupe. Claro, me digo a mí mismo que podría ser yo el que
estuviera allí pero no lo soy, y me moriré de viejo antes de que me llamen.
—Ha estado usted aquí durante cuatro años —dijo Hilford—. ¿Cuántas vidas ha
visto entregar a los Pájaros?
—No sé. Quizás un par de centenares. Naturalmente, en los Días Sagrados tan
sólo es uno el escogido. Nunca he visto una Elección. Dicen que se usan a muchos de
nosotros en una Elección.
Hilford siguió caminando. Encontró a los tres agentes de Inteligencia, habló con
ellos brevemente y los dejó. Habían sido muy maltratados. Unas señales en sus
manos sugerían tortura. Se les había hecho pasar hambre y estaban tan débiles que
casi no podían andar. Naturalmente, si es que podía, tendría que sacarlos de allí. Pero
no podía contar con su ayuda.
De repente, un olor familiar llamó su atención: amargo e irritante, mezcla de
placentero y desagradable. Se volvió hacia él y vio a un delgado y bronceado joven
de un vigor físico indudable. Lo había visto en alguna parte, tal vez entre una
multitud, en donde su rostro había sido uno de tantos.
Pero tan sólo un grupo de kammianos lograban esta condición física. Era un
navegante, y estaba generosamente untado con el perfume especial de los Sacerdotes
del Pájaro.
—Es penetrante ese perfume que usa —dijo Hilford.
El marino lo miró ceñudamente y no dijo nada.
—La Liga estará contenta al saber quién es su traidor.
El marino se sobresaltó. Sonrió lentamente y dijo:
—Más pronto o más tarde tenían que cogerle. Y la Liga nunca sabrá de usted.
—Dele mis recuerdos al Duque Dos Dedos —dijo Hilford.

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Se dio la vuelta y caminó de regreso al lado de Zorrel. Es raro, pensó, cuán
repentinamente se desentraña un misterio. Sabía quién era el traidor de la Liga, o al
menos uno de ellos. Y también sabía cómo amañaba la elección el Duque Dos Dedos.
Se lo explicó a Zorrel, quien al principio se mostró incrédulo, pero que al fin hizo
gala de una maestría refinada del lenguaje obsceno de Kamm.
—Entonces todo es una farsa —dijo—. Llaman a algunos números para darles un
buen espectáculo a los otros duques y entonces envían a ese tipo. Y los Pájaros ni le
tocan. Y camina a través de la puerta del Duque Dos Dedos, y el espectáculo se
termina.
—Hasta que pasen otros cinco años.
—Podríamos arreglar un accidente para ese navegante. Al menos la elección sería
genuina.
—Demasiados testigos —dijo Hilford—. Y esto no mejoraría la situación. Todo
lo que tendrían que hacer los sacerdotes es rociar a otro prisionero con el aroma y
enseñarle dónde está la puerta del Duque Dos Dedos.
—¿Entonces qué es lo que hacemos?
—Nada. He observado la puerta y tan sólo puede ser abierta por el otro lado. No
hay forma de salir de aquí. Tendremos que esperar hasta que nos lleven a otra parte.
—¿Y si tratan de hacernos servir de alimento de los Pájaros?
—Si se le ocurre alguna otra solución, dígamela.
Se sentaron, apoyándose contra la pared, y esperaron. Hilford miró de nuevo a la
arena. Había respiraderos enrejados en el techo, pero aquél en que había caído daba a
otra habitación más pequeña. El lugar consistía en unas enormes cavernas naturales,
decidió, modificadas por generaciones de sacerdotes para que respondieran a sus
necesidades. La religión de Kamm sería un fascinante tema para el estudio de
cualquier joven etnólogo de la Federación… si es que era lo suficientemente
afortunado como para sobrevivir y transmitir los datos.
Se abrió una puerta y entraron los sacerdotes de negras vestiduras. Los
prisioneros fueron alineados contra la pared y un joven sacerdote se movió a lo largo
de la línea pintando números rojos en sus frentes.
—La pintura se borra fácilmente —dijo—. Cualquier hombre que sea encontrado
con la frente limpia será entregado inmediatamente a los Pájaros.
El sudor goteaba en numerosas frentes, pero Hilford se pudo dar cuenta de que
nadie se lo enjugaba.
Hubo un movimiento en la arena. Un Pájaro picó directamente hacia la puerta
enrejada que los separaba de ella, remontando luego su vuelo. Siguió un momento de
pánico al echarse los prisioneros hacia atrás, huyendo de la arena, mientras los
sacerdotes, enfurecidos, trataban de restaurar el orden. Cuatro sacerdotes entraron en
la arena y caminaron tranquilamente hacia la jaula situada en su centro. El aire se
llenó de repente con enormes alas batientes, mientras los Pájaros descendían voraces
para apartarse después. Los sacerdotes empujaron la jaula hacia la puerta en la que

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esperaban las víctimas. Estaba a punto de celebrarse la Elección.
El mismo Sumo Sacerdote atravesó la habitación con un séquito de sacerdotes
tras él. Se detuvo por un momento y estuvo mirando a la arena. Satisfecho en
apariencia de que todo estuviera en orden, se dio la vuelta y tomó una jarra metálica
que le era entregada. La agitó hasta que un disco salió por una hendidura en el fondo.
Miró hacia abajo y señaló indiferentemente.
—Treinta y siete —dijo, y apartó el disco de un puntapié.
Un joven sacerdote lo recogió y el número treinta y siete, un gigantón, rozó el
brazo de Hilford cuando cayó desmayado al suelo.
Los sacerdotes le despojaron de sus ropas, se abrieron las rejas y fue introducido
en la jaula. Los sacerdotes la arrastraron lentamente al centro de la arena y la dejaron
allí. Una señal, y la jaula se alzó de un tirón.
Los que estaban en la habitación observaron con una compulsión nacida del
horror. Agachándose, el número treinta y siete saltó hacia un lado de la arena tan
pronto como la jaula, al alzarse, le dejó un resquicio. El primer Pájaro se precipitó
hacia él y le desgarró la espalda, derribándolo al suelo. El hombre rodó sobre sí
mismo, defendiéndose con brazos y piernas. En alguna forma se agarró a un Pájaro
por un ala, lo que produjo entre los sacerdotes un momentáneo estremecimiento de
alarma.
Pero otro pájaro encontró sus ojos y otro su cuello. Entonces, terminó la lucha y
empezó el festín. Bajaron la jaula y los sacerdotes, ignorados por los Pájaros, que
luchaban por los restos del número treinta y siete, la volvieron a llevar a la puerta de
la prisión.
El Sumo Sacerdote agitó de nuevo la jarra.
—Número cuarenta y dos.
Los sacerdotes lo arrastraron hacia adelante, y cuatro años de buena suerte
terminaron para el viejecillo marchito que pensó iba a morir de viejo.
El miedo paralizaba sus piernas y los sacerdotes tuvieron que sostenerlo mientras
lo desnudaban. Rudamente, lo introdujeron en la jaula.
Cuando la jaula se alzó, cayó de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos.
Durante un terrible momento, los Pájaros no se fijaron en él. Entonces uno de ellos
giró lentamente en círculos, aterrizando en su espalda. El dolor le hizo agitarse en una
furiosa lucha, pero había esperado demasiado. Nunca volvió a ponerse en pie.
El Sumo Sacerdote levantó su jarra y el sangriento juego continuó.
La quinta víctima en ser llamada fue el joven marino bronceado.
Se adelantó audazmente, pero una vez se encontró en la arena hizo el papel de
una víctima aterrorizada. Se agachó y zigzagueó, tropezó y cayó, se reincorporó
manoteando contra los Pájaros. Pero permaneció incólume, y recorrió el camino hacia
un lado de la arena, atravesando súbitamente una puerta abierta.
La puerta se cerró de un golpe. Se apagaron todas las luces de los palcos reales
excepto una. El Duque Dos Dedos había sido elegido Guardián del Pájaro por otros

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cinco años.
—Es el fin de una misión —dijo Zorrel.
—O el principio de otra —dijo Hilford, encogiéndose de hombros.
Inmediatamente se relajó la tensión en la habitación. El Sumo Sacerdote salió
afuera. Los prisioneros se borraron los números de sus frentes y los sacerdotes
organizaron el grupo en una columna doble, haciéndolos avanzar. Hilford y Zorrel
remolonearon y quedaron los últimos.
—En cada habitación hay diez prisioneros —dijo Zorrel—. Las habitaciones
están muy lejos de la salida… al menos de aquélla por la que me hicieron entrar. Esos
corredores se extienden por todo el lugar. No estoy seguro de que pudiese encontrar
el camino hacia fuera.
—Tendremos que tener cuidado —dijo Hilford mirando a su alrededor—. Esos
dardos que lanzan pueden hacernos daño.
La columna se movió a través del laberinto de corredores. Dieron un último giro y
llegaron a una sucesión de puertas enrejadas. Un sacerdote contó a diez prisioneros,
cerró la puerta tras ellos y echó el cerrojo.
—Mire adelante —dijo Hilford—. El corredor se bifurca. ¿Adónde va?
—No lo sé.
Hilford se volvió para ocultar sus dedos a los sacerdotes.
—Cuando llegue nuestro turno, echaremos a correr para tratar de escapar. Si
logramos llegar a doblar el recodo, estaremos a salvo de los dardos y podremos irlos
paralizando uno a uno mientras nos persiguen. Tal vez tengamos suerte.
—Estoy a su lado.
El cuarto grupo de diez fue contado, y quedaron tan sólo seis hombres. Un
sacerdote abrió la siguiente puerta y se quedó bloqueando el corredor. Cuando le
llegó el turno a Hilford, saltó y golpeó al sacerdote, apartando su contraído cuerpo a
un lado. Luego corrió hacia la bifurcación del pasillo. Notaba la presencia de Zorrel
justo detrás suyo. Alcanzaron la bifurcación y doblaron la esquina antes de que
silbasen los primeros dardos. Los asombrados sacerdotes habían reaccionado
lentamente. Estaban en un corto pasadizo que se dividía en tres direcciones. Una
lámpara de aceite en lo alto daba sombríos reflejos. Se dieron la vuelta y se quedaron
inmóviles, con las pistolas paralizadoras preparadas.
—A toda potencia —señaló Hilford.
No quería que los hombres se despertasen en unos pocos minutos para contar lo
que había sucedido. Los primeros sacerdotes aparecieron corriendo en el recodo. En
cuestión de segundos una docena de cuerpos yacían en el suelo del corredor.
Desnudaron a dos de ellos, arrastraron los cuerpos hasta una habitación vacía y se
vistieron con los negros hábitos y capuchas. Caminaron tranquilamente por la
dirección en que habían venido. Nadie les hizo ninguna pregunta, pero les llevó más
de media hora el hallar la salida.
Bajaron por el sendero de la montaña, en el aire fresco de las primeras horas de la

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mañana, ignorando a los sacerdotes que se hallaban de guardia. Tan pronto como
alcanzaron la protección de los árboles, Hilford se detuvo.
—Diríjase directamente hacia el oeste hasta que encuentre el camino de carro que
lleva hacia el norte a través de las montañas —dijo—. Sígalo hasta lo alto del paso.
Mi carro está escondido entre los árboles, a unos metros hacia el oeste. En el carro
encontrará un botellón de perfume que huele distinto de todo aquello que haya olido
hasta ahora. Dese un baño con él, le hará oler como un hombre de Kamm.
Zorrel se sobresaltó.
—¡Así que es eso!
—Eso es. Una vez huela correctamente, diríjase hacia el campamento en el valle
del sur y mire entre los carros para ver si el Duque Dos Dedos no ha usado por
casualidad el nuestro para el viaje. No creo que nadie interrogue a un sacerdote sobre
lo que hace. Si encuentra el transmisor diga al Cuartel General que lo detenga todo.
Les informaremos más tarde.
—¿Qué es lo que va a hacer usted?
—Terminar nuestra misión. Y lo mejor será que intercambiemos las pistolas
paralizadoras. La mía está casi agotada.
Zorrel alzó la cadena por encima de su cabeza y entregó el Pájaro Sagrado tallado
a mano a Hilford.
—Si es que va a volver allí dentro, lo necesitará —dijo. Tomó la pistola de
Hilford y desapareció entre los árboles.

Hilford escogió su posición cuidadosamente. Tenía que permanecer invisible y al


mismo tiempo tener un buen campo de visión. Buscó a lo largo del camino y
finalmente se quedó en un grupo de matorrales situado a unos tres metros del
sendero. No sabía cuanto tiempo tendría que esperar. Estaba hambriento, sediento y
agotado por la falta de descanso. Esperaba poder resistir.
Pasó una hora y dos horas. Luchó para permanecer despierto en el monótono
silencio. De repente vio un destello de movimiento. Una hilera de sacerdotes vestidos
de negro apareció ante su vista. Hilford se arrodilló y apuntó su pistola paralizante
hacia el sendero. La comitiva se movía rápidamente, por lo que tan sólo dispondría de
una fracción de segundo.
Pasaron más sacerdotes y, repentinamente, Hilford vio aquello por lo que estaba
esperando: una jaula que se alzaba grotescamente sobre el sendero montañoso. Tenía
más de dos metros y medio de alto y estaba tapizada con ropa negra por el interior de
los barrotes, con respiraderos en la parte superior e inferior. Dos sacerdotes de negras
vestiduras se encorvaban bajo su peso en los soportes de cada ángulo. Mientras
Hilford observaba estos detalles, su dedo apretó instintivamente el gatillo. A una
distancia de tres metros, un haz concentrado a la máxima potencia mataría a un
hombre o lo inutilizaría permanentemente. Con toda seguridad mataría a un Pájaro.

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Y mientras la jaula pasaba ante su vista se produjo un estremecimiento
convulsivo, y un Pájaro Sagrado de Kamm cayó al suelo de su jaula.
A esto siguió la más absoluta consternación. Los sacerdotes dejaron la jaula en el
suelo, la abrieron y sacaron cariñosamente al Pájaro. El terror y la incertidumbre se
reflejaba en sus ojos. El Duque Dos Dedos llegó a la carrera por el sendero. Otros
duques se aproximaban, abriéndose camino entre la excitada multitud de sacerdotes.
Hilford se dio cuenta de que se estaba llevando a cabo una furiosa discusión, pero los
agitados dedos quedaban ocultos a su vista. El Sumo Sacerdote apareció, ansioso, y
desapareció entre la multitud.
Hilford mantuvo su posición y esperó. Finalmente, la comitiva dio la vuelta,
asumió algo que semejaba un orden y volvió a subir la montaña hacia el Templo del
Pájaro. Hilford la siguió a una distancia prudente y, aproximándose a uno de los
centinelas situado en la entrada del Templo, le preguntó:
—¿A qué venía toda esa algarabía?
El centinela tenía una expresión de asombro.
—¡El Pájaro ha muerto! ¡El Guardián del Pájaro será depuesto!
Hilford volvió a entrar confiadamente en el Templo y se movió a través de los
corredores a un paso tan rápido como le permitía la dignidad de su negro ropaje.
Encontró el corredor en el que se hallaban confinados los prisioneros y abrió la quinta
puerta.
Tan sólo había cuatro hombres en la habitación, ya que Hilford y Zorrel se habían
escapado. Se alzaron de un salto y se quedaron humildemente expectantes.
—¿Quién de vosotros desea escapar? —preguntó Hilford.
Se quedaron mirándole sin comprender. Escogió al más joven de todos y le echó
el hábito sobre los hombros, cambiándoselo por sus vestiduras.
—Al salir echa el cerrojo —dijo—. Si caminas durante suficiente tiempo
encontrarás la salida. ¡Buena suerte!
El asombrado hombre salió a escape, y lo vieron echar el cerrojo a la puerta. Uno
de los otros prisioneros reconoció repentinamente a Hilford.
—¡Usted mató a los sacerdotes! —dijo con sus dedos temblando por la
excitación.
Hilford se dejó caer sobre un camastro cubierto de paja.
—¿Y no me lo agradece? —preguntó.
Estaba totalmente exhausto. Se agitó buscando la posición más cómoda, y se
hundió en el sueño.

Fue despertado abruptamente y llevado en rebaño al corredor con los otros


prisioneros. Fueron formadas las dos columnas y los llevaron de regreso a la estancia
que se abría a la arena, a través de los zigzagueantes corredores. La escena era más o
menos similar a la que se había producido antes, pero con una diferencia

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significativa. El palco real del Duque Dos Dedos estaba a oscuras. La puerta que se
abría bajo éste se hallaba cerrada. Había permitido que un Pájaro Sagrado muriese y
quedaba por tanto descalificado.
Los asombrados prisioneros fueron situados contra la pared para ser numerados.
El Sumo Sacerdote entró irritado y asió furiosamente la jarra metálica. En ese
momento un prisionero de la habitación en que había estado Hilford se adelantó un
paso y señaló hacia él.
—Él… él es el que mató a los Sagrados Sacerdotes —dijo.
El Sumo Sacerdote se giró hacia Hilford, se le acercó y le husmeó dubitivamente.
—No —señaló.
—Escapó y luego regresó vistiendo un hábito negro —gesticuló excitado el
prisionero.
El Sumo Sacerdote observó fríamente a Hilford.
—Sacadle los zapatos —dijo finalmente.
Contempló incrédulamente sus pies de cinco dedos.
—Sacadlo el primero —dijo. El informador sonrió ampliamente, y un momento
después se quedó helado por el terror cuando el Sumo Sacerdote lo recompensó al
añadir—: Y a éste el segundo.
Hilford fue desnudado rápidamente. Unas manos asieron la talla del Pájaro
Sagrado y él lo protegió con las suyas. El Sumo Sacerdote se adelantó para ver lo que
ocurría y dijo despectivamente:
—¡Dejad que lo conserve!
Muy arriba, los Pájaros aleteaban excitadamente, y varios de ellos se lanzaron
contra los sacerdotes, apartándose en el último momento. Hilford esperó
calmadamente en el centro de la arena, mientras los sacerdotes se apresuraban a
alejarse. Graduó su pistola paralizante a la mínima intensidad, con el haz más amplio
que le era posible a la pequeña arma. Sería fatal matar a un Pájaro, pero también lo
sería el no mantenerlos alejados. Si el ajuste inicial de su arma no era correcto,
posiblemente no tendría tiempo para rectificarlo.
La jaula fue alzada.
Se encontraba en el centro de la arena, girando lentamente sobre sus pies, con
ambas manos extendidas sobre su cabeza. Una de ellas asía la pistola paralizadora. Su
postura era la de alguien que estuviese invocando a los dioses. Su auditorio estaba a
punto de contemplar un milagro y lo mejor para Hilford sería que alguien se hiciese
la idea de que era un Milagro Sagrado.
El primer Pájaro planeó sobre él, incidió contra el haz del arma y se alejó
revoloteando cómicamente. Otro se acercó lo suficiente para recibir una leve
sacudida, y se remontó en círculos cautelosamente. De repente se produjo una
avalancha y por encima de él el aire se llenó de alas que se agitaban.
Continuó girando y una oleada repentina de náusea se apoderó de él. Su cabeza
palpitaba dolorosamente. Perdió el equilibrio, casi se desplomó y comenzó a caminar

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hacia un lado de la arena. Un Pájaro se le acercó por la espalda a baja altura, por
debajo del haz. La turbia vista de Hilford lo captó en el último momento. Inclinó el
arma y el Pájaro cayó al suelo de la arena, se estremeció y se alejó andando
patosamente con las alas colgando inútiles tras de sí. Hilford reasumió su inseguro
giro y vio como el Pájaro se alzaba de nuevo en vuelo. Estaba a unos seis metros de
la pared de la arena, lo suficientemente cerca como para poder ver el rostro de un
duque que lo contemplaba esperanzado. Pero no era el duque que buscaba. Otro
Pájaro se le acercó volando bajo, pero se alejó de nuevo antes de que pudiera
apuntarle con el arma. Los Pájaros se estaban volviendo cautelosos, y sus ataques se
interrumpían cada vez más lejos de él. Pero su cabeza era una agonía vibrante y
desgarradora y se dio cuenta de que estaba perdiendo el conocimiento.
Tambaleándose, siguió andando, con los brazos todavía extendidos sobre su cabeza,
pasando por delante del palco de un duque tras otro, buscando una cara familiar.
De repente vio una mata de pelo rojo. Apeló a sus últimas y decrecientes fuerzas
y atravesó la puerta abierta, desmayándose al tiempo que un sacerdote la cerraba tras
él.
Fue alzado, vestido con hábitos negros y llevado en volandas por una escalera de
piedra. El Duque Un Pulgar se adelantó para recibirlo, contempló su rostro y se
quedó estupefacto.
—He mantenido mi promesa —le dijo Hilford, y se desmayó otra vez.
El duque lo ayudó a recostarse sobre unos almohadones y se arrodilló a su lado.
Sus manos temblaban excitadamente.
—¡Es un milagro!
Hilford se hundió agotadamente hacia atrás.
—Debemos ser cautelosos —dijo—. No me fío del Duque Dos Dedos.
—Ahora ya no puede hacer nada. Tengo que recompensarle a usted. Todas mis
hijas están casadas, pero tal vez…
—Más tarde —dijo Hilford—. El Duque Dos Dedos…
Repentinamente solemne, el Duque Un Pulgar se alzó.
—Iremos al Sumo Sacerdote. Tiene que entregarme mis credenciales y mi Pájaro.
Los sacerdotes formaron una respetuosa escolta. Entraron en las suntuosas
habitaciones del Sumo Sacerdote, cuyas paredes estaban cubiertas de negros tapices y
cuyos muebles estaban lujosamente guarnecidos de negro. El Sumo Sacerdote estaba
allí, con una docena de sacerdotes de inferior rango. El Duque Dos Dedos se hallaba
frente a él arguyendo furiosamente.
—El Pájaro estaba enfermo.
—El Pájaro era joven y con buena salud.
—En ningún caso se me puede acusar de negligencia si muere antes de llegar a
00, ¡incluso antes de salir de las montañas!
Hilford comprendió el torbellino que se estaba produciendo tras la fría e
inmutable expresión del Sumo Sacerdote. Podía usar de las costumbres para su propio

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beneficio, rociando a un prisionero con un perfume repelente, pero no podía actuar
abiertamente sin provocar el desmoronamiento de toda la estructura religiosa,
socavando consiguientemente su propia posición. Los sacerdotes sabían que el Sumo
Sacerdote era el hermano del Duque Dos Dedos, y estaban observando atentamente.
¿Se atrevería a desentenderse de la venerable tradición que todos ellos habían jurado
mantener?
—El Pájaro te fue confiado —dijo—. La ley lo dice claramente.
El Duque Dos Dedos se dio cuenta repentinamente de la presencia del Duque Un
Pulgar y de su séquito y se volvió iracundo hacia ellos.
—Su elección no fue correcta. La efectuó un hombre que no es de Kamm. Y a los
que no son de Kamm no les está permitido entrar en el Templo —se volvió de nuevo
hacia el Sumo Sacerdote—. La ley lo dice bien claro. Has traído extraños al Templo.
—He ofrecido sus vidas a los Pájaros según la ley. Tan sólo los Pájaros han
decidido el resultado.
La mirada de Hilford recorrió el grupo de encapuchados que se encontraba tras el
Duque Dos Dedos y al hacerlo se felicitó por su memoria fotográfica. Uno de
aquellos rostros los había visto en su primer día en Kamm, en el carruaje del duque.
Y aquel rostro tenía orejas.
Se dirigió al Duque Un Pulgar:
—El Duque Dos Dedos ha traído extraños al Templo —dijo—. Quítenle la
capucha al sacerdote situado a su derecha y lo comprobarán.
El pequeño duque se movió con decisión. Caminó hacia adelante, arrancó la
capucha de la cabeza del hombre y se quedó mirándolo. ¡Orejas!
Nadie se movió. El rostro del Sumo Sacerdote registraba una helada calma.
—Todos los presentes se sacarán las capuchas —dijo.
En el mismo momento se vieron brillar armas, pero una oleada de sacerdotes
dominó a los hombres. Se arrancaron las capuchas de las cabezas de la escolta del
Duque Dos Dedos: dos pares más de orejas fueron reveladas a los asombrados
sacerdotes.
El Sumo Sacerdote se dio la vuelta lentamente, enfrentándose con su hermano. La
larga lucha por el poder entre los dos hombres ardió con odio en las miradas que
intercambiaron. Cada uno de ellos había tratado de usar al otro y ambos habían
fallado. Y Hilford supuso que cuando el Duque Dos Dedos había comenzado a tratar
con los hombres de Haarn, no había informado a su hermano.
Ahora el hermano se podía vengar. Dio un paso atrás y sus dedos pronunciaron
lentamente el veredicto.
—La ley lo dice bien claro: la vida de un extranjero en el Templo pertenece a los
Pájaros. Y sea duque o villano, también la de aquel que voluntariamente introduzca a
un extraño en el Templo…
El pequeño Duque Un Pulgar alzó las manos.
—Tan sólo los duques pasan juicio sobre la vida de un duque —dijo.

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El Sumo Sacerdote perdió la calma. Se abalanzó sobre el Duque Un Pulgar, con
los dedos gritando su rabia.
—¡En el Templo del Pájaro yo soy el que manda!
—La ley de Kamm no se detiene a la puerta del Templo —dijo el pequeño duque.
Hilford lo observó en tensión. El Sumo Sacerdote soltó un torrente de amenazas e
invectivas. El Duque Un Pulgar alzó su pelirroja cabeza despectivamente y mantuvo
su tranquila mirada sobre el Sumo Sacerdote hasta que éste apartó la suya,
intranquilo.
—¿Cuándo celebrarán el juicio los duques? —preguntó.
—Inmediatamente —respondió el pequeño duque.
El Sumo Sacerdote hizo un gesto en dirección al Duque Dos Dedos.
—Lleváoslo.
El duque dio un salto hacia atrás y suplicó a los sacerdotes:
—Soy el Guardián del Pájaro. Vuestro juramento os liga a mí. Os ordeno…
Los sacerdotes se amontonaron a su alrededor y se lo llevaron. El Sumo
Sacerdote señaló desdeñosamente a los hombres de Haarn.
Por alguna razón, Hilford no sentía ningún deseo de ver enjuiciar al Duque Dos
Dedos. No estaba seguro de ser admitido, así que siguió a los que llevaban a los
hombres de Haarn. Fueron echados a la arena sin ceremonia. Ni siquiera fueron
desnudados. Durante unos minutos vagaron confusos, mirando en vano a las puertas
cerradas que rodeaban la arena. Cuando los primeros Pájaros descendieron sobre
ellos, uno se sacó los hábitos y los agitó en el aire. La acción sobresaltó a los Pájaros,
que giraron en el aire cautelosamente. Recobraron rápidamente su confianza y,
mientras se acercaban volando, a los hombres de Haarn les ocurrieron cosas extrañas.
Se desplomaron y se arrastraron por el suelo de roca desnuda; sus manos arañaban
inútilmente la lisa superficie; de sus orejas brotaba sangre, y sus brazos y piernas se
agitaron débilmente hasta quedar inertes. Hilford se alejó cansadamente de la visión
repugnante de las garras que descuartizaban. Su misión había terminado. Había
identificado el arma secreta kammiana.

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En la base de la Federación situada en la luna más grande de Kamm, Hilford
estaba terminando su informe:
—Tras la ejecución del Duque Dos Dedos, su sobrino fue proclamado dirigente
de la Provincia Llana. Es un joven consciente e inteligente, que será un excelente
duque. No han sido descubiertos más agentes de Haarn, y dudamos que los haya. Los
hombres con orejas encontrarán difícil el esconderse en Kamm. El nuevo Guardián
del Pájaro es un hombre valiente y honesto, con dotes de mando. Tiene el apoyo total
de la Liga de Navegantes y dará buena acogida a consejeros de la Federación. En los
próximos cinco años se producirá un cambio trascendental en la historia de Kamm.
Hilford se sentó y se tomó el placer de carraspear largamente. El
desacostumbrado ejercicio oral había irritado bastante su garganta. Se echó hacia
atrás y estudió los rostros que se hallaban ante él: los jefes militares, los del servicio
diplomático y los de Inteligencia.

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El jefe diplomático fue el primero en hablar, e Hilford buscó el comunicador,
aumentó el volumen y escuchó.
—Propongo que recomendemos al agente especial Hilford por haber realizado un
excelente trabajo.
Un agitado Almirante Lantz saltó en pie, su cara de profesor enrojecida por la
excitación:
—¡El arma secreta! ¡No ha mencionado usted el arma secreta!
—Eso necesita un informe especial —dijo Hilford—. ¿Zorrel?
El joven agente se apresuró a salir y volvió a entrar con algunos aparatos
científicos que fueron observados con sospecha por la distinguida audiencia.
—He grabado algunos de los sonidos producidos por el Pájaro Sagrado de Kamm
—dijo Hilford—. ¿Les gustaría oírlos?
El murmullo de asentimiento no le llegó a través del comunicador. Repitió la
pregunta y el Almirante Lantz gritó:
—¡Sí!
—Se los dejaré escuchar exactamente durante cinco segundos. Y por favor,
fíjense que esto es un oscilógrafo. Nos da una imagen de las ondas de sonido. Pueden
escucharlo y verlo al mismo tiempo.
Dispuso un cronómetro en su mano y Zorrel apagó el aparato cuando le hizo una
señal.
—No he oído nada —dijo el Almirante—. Y esa línea ni se movió. Ahí no hay
nada sino silencio.
—¡Ah! Recuerden… Kamm es el planeta silencioso. Éstos son allí los sonidos de
los pájaros.
El Almirante se alzó con el gesto de alguien que va a patalear, pero fue devuelto a
su sitio por otro Almirante. Ernst Wilkes le dijo a Hilford:
—Prosiga, por favor. —El jefe de Inteligencia del Sector parecía estar
divirtiéndose.
—Les aseguro, caballeros —dijo Hilford cortésmente—, que éste es el silencio
más mortífero en todo el universo. Esperemos cinco minutos, y entonces les daré la
fase dos.
Mientras esperaban, Zorrel ajustó el oscilógrafo. Se dirigió a la puerta e hizo
entrar a un mastín gigantesco, pedido en préstamo a un centinela.
—En la primera prueba —dijo Hilford—, el oscilógrafo estaba ajustado para
registrar sonidos dentro de la escala auditiva del hombre, más o menos hacia 25.000
ciclos. Ahora variaremos el límite superior hasta tan lejos como pueda ir. Observen
otra vez, por cinco segundos.
La línea en el oscilógrafo se retorció de repente convulsivamente. Al mismo
tiempo, Hilford fue derribado al suelo cuando el perro se abalanzó contra él en un
frenético esfuerzo por escapar. Zorrel saltó para apagar la máquina y el perro se
arrastró bajo una mesa y aulló desconsoladamente.

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—Ya ven, caballeros —dijo Hilford—, cuan mortal es ese silencio. El perro
puede oírlo, al menos en parte. Ustedes no pueden oír nada, pero en cualquier forma
están siendo bombardeados con un sonido oscilatorio de una peculiar longitud de
onda de una intensidad mortal. Poniendo esta máquina a su volumen normal todas las
personas que se hallan en esta habitación morirían en un minuto… excepto Zorrel y
yo, porque no tenemos orejas por el momento. Y no obstante nos sentiríamos
agudamente incómodos.
«El Pájaro Sagrado es un monstruo legendario de Kamm por una buena razón. El
folklore dice que en un tiempo los pájaros dominaron el planeta, y tal vez tengan
razón. En algún momento, allá en las oscuras nieblas de la antigüedad, esos pájaros
comenzaron a desarrollar un método peculiar para cazar sus presas y, a medida que
desarrollaban sus poderes, tuvieron un tremendo impacto en todo el desarrollo de la
evolución kammiana. Sus presas tuvieron también que evolucionar o extinguirse.
Éste fue el camino que siguió la evolución en Kamm. Los pájaros se hicieron más
poderosos y sus presas desarrollaron aún más su inmunidad. Finalmente los pájaros
alcanzaron un poder sin límites y sus presas se tornaron completamente inmunes. Los
hombres se adaptaron a los pájaros perdiendo su sentido del oído y finalmente sus
mismas orejas. Y, cuando su oído hubo desaparecido y se convirtió en la especie
dominante del planeta, el hombre continuó temiendo a los pájaros, los capturó y los
adoró.
Hubo un largo silencio, interrumpido al fin por Wilkes.
—¿Qué es lo que ocurrió con los miembros de la misión comercial?
—Tan sólo podemos suponerlo. Accidentalmente o a propósito, el Duque Dos
Dedos los expuso a su Pájaro privado. Probablemente, él mismo se horrorizó ante lo
sucedido y, como temía a la Federación, hizo que abandonasen los cuerpos en la
calle. Y ahora, si nadie quiere oírlo de nuevo, Zorrel borrará el sonido de los pájaros.
No desearíamos que un técnico inocente tuviera un accidente mortal por descuido.
¿Cuándo empieza mi permiso?
—Inmediatamente —dijo Wilkes—. Dos meses.
—Me prometió seis.
—No puedo prescindir de usted por seis meses. ¿Dónde quiere ir? ¿A algún
tranquilo lugar de descanso?
—Quiero que me devuelvan mis orejas —dijo Hilford—. Y entonces voy a
emplear los seis meses en pasarlos en el camarote de popa de un remolcador espacial,
escuchando los motores.
Un diplomático alzó su mano ansiosamente.
—¿Qué hay sobre el futuro de Kamm?
Hilford se quedó repentinamente serio.
—Los kammianos no se dan cuenta, pero los hombres normales nunca podrán
invadir su planeta. Un Pájaro Sagrado suelto en un campamento enemigo por la
noche podría aniquilar a todo un ejército. Aún si un invasor tratase de matar a todos

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los pájaros, nunca podría estar seguro de que no quedase uno y éste sería suficiente.
Y los extranjeros vivirán en Kamm únicamente con el consentimiento de los
kammianos. El futuro de Kamm depende ciertamente de los kammianos. O, para
decirlo en otra forma… —sonrió ampliamente—, ¡ese planeta es para los pájaros!

Título original:
SILENCE IS DEADLY
© 1957, If
Traducción de M. Trevänner

UN PASO HACIA EL FUTURO

es lo que les brinda, cada dos meses, Nueva Dimensión. Un paso hacia el
futuro, a través de las nuevas ideas que invaden nuestro mundo de hoy. La
ciencia nos muestra miles de caminos ante nosotros; nada hay imposible
para la mente humana; las estrellas que brillan en nuestro cielo están sólo a
un paso de nosotros. Allá, bajo soles extraños, sobre planetas distintas, nos
aguardan nuevos seres. No existe límite para la imaginación: todo lo que el
hombre imagina es en algún lugar.
Nueva Dimensión brinda a sus lectores una nueva filosofía: la del hombre
del mañana, a través de los nombres y las obras más representativas de los
escritores de hoy. Su constante inquietud le impele a buscar en todas las
literaturas; su red de corresponsales le permite estar al corriente de
cualquier noticia que se produzca en cualquier lugar; sus colaboradores se
encuentran en todos los países.
Nueva Dimensión está pensada para sus lectores. Por eso, usted puede
ayudarla también. Suscríbase. Recibirá directamente la revista en su propio
domicilio, sin la menor molestia por su parte. Y, si le falta alguno de sus
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Los primeros números se están ya agotando; no se arriesgue a quedarse sin
ellos. Envíenos su tarjeta hoy.

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LA LEY DEL PROGRESO
PERE SOLER

En nuestro deseo de ofrecerles, junto con las obras de los autores ya consagrados,
las de aquellos que recién empiezan ahora, he aquí a un nuevo autor español.
Pere Soler pertenece a la novísima generación literaria española. Él mismo
reconoce estar enormemente influenciado por la narrativa de Borges y Cortázar, y
su tema preferido —por no decir básico— es el condicionamiento humano, bajo
todos sus aspectos. Lleva escritos una treintena de relatos, ensayos y libros,
aunque hasta ahora no se haya decidido a presentarlos a ningún editor, pues
según él ésta es aún su etapa de preparación. El presente es el primer relato que
ofrece al público.

ilustrado por JORDI CANELLES

Él seguramente tuvo que pensar:


—¿Cómo puede ser la ficción el motivo de mi existencia?
De Duss dijeron que sentía como el verdadero «HOMBRE DEL FUTURO» (el
que pasó la guerra atómica). Sin embargo, nadie más autorizado que Duss para
afirmar que ese hombre nunca existió.

EL HOMBRE DEL FUTURO —se dijo— es solamente una palabra carente de


sentido. Duss tenía sus motivos para creer que el hombre siempre fue y estuvo
concebido para ser «EL DEL FUTURO». Desde el día en que la evolución rigió y se
convirtió en posible ley. (Pero el hombre no quiso ser «EL DEL FUTURO», Duss lo
supo).
De lo que sí iba a convencerse fue de la calidad de esta mal llamada evolución.
Podía estar mal encaminada, podía ser él un elemento sin proyección, sin utilidad.
Si eso fuese cierto:
—¿Por qué nacer entonces? Venir al mundo no reportaría ningún provecho.
Duss quiso conocer su papel dentro de la vida. Ya que nacer significaba la más
sagrada de las funciones, la responsabilidad más alta. Y en la actualidad las cosas no
iban bien. Ese mundo no era el suyo:
¿Por qué nacer entonces? No valía la pena.
Pudo y contempló los grandes edificios. La perspectiva de los grandes
descubrimientos. A todo se le llamaba progreso.
Soplando pudo reunir en un globo todos los motivos de vida (los de este
progreso). La esfera se hacía enorme y, dentro de su transparente envoltura, veía

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rápidos a los automóviles, funcionaban las cadenas de la T. V., y los cohetes cumplían
la función de termómetros del mundo moderno.

II

—PREPAREN LOS PROYECTILES 4B CABEZA ATÓMICA —gritaba una voz


autoritaria.
La cuenta hacia atrás empezaba:
Diez
nueve
ocho

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siete…
Todo estaba dentro de la grandiosa esfera del progreso. Todo sucedía y se daba
como inevitable.
Duss contemplaba todas estas escenas. Nunca sabría donde estaba en aquellos
momentos. Podía estar dentro de un vientre de mujer después de ocho meses de
fecundación, o quizás dentro de un tubo de ensayo, o en «una cuna biológica» a punto
de nacer artificialmente, como en el mundo de Huxley o Anatoli Dnieprov.
La realidad restaba importancia a las suposiciones.
De nada iba a servir analizar estos pareceres. Las posibilidades, las normas, las
leyes que hasta ahora habían regido seguían dando números.
… seis
cinco
cuatro…
Él seguía libre para nacer o no nacer. Tenía derecho a su propia existencia. A su
propio destino.
Se encontró con las calles repletas de gentes encaminadas a sus diarios
quehaceres. Para ellos, la vida era rutina. Nunca pensaron en la importancia que tenía.
Se encontró atraído por la gravitación y por ese astro al que denominaban sol y
antiguamente Dios. Dijeron que les daba calor y que les alumbraba.
Duss intentó convencerse de que no estaba condicionado ni determinado por lo
anterior (esa obsesión de los psicólogos).

Ahora.
EL PELIGRO ATÓMICO ESTABA A PUNTO DE DAR SU DEFINITIVO
GOLPE.
En tales momentos se dio cuenta de que incluso antes de nacer estaba
condicionado y determinado por causas ajenas a su voluntad. No pudo horrorizarse.
Ni detenerlo. Ni siquiera manifestarse.
No preguntó entonces a los autores de ciencia ficción que le pronosticasen el fin.
No necesitaba a la fantasía.
Duss estaba fuera de cualquier peligro. No podía aprobar lo que estaba
sucediendo. No era lo mejor, ni lo bueno, ni lo justo.
Tampoco preguntó al hombre religioso ni al teólogo.
No quería que le diesen categoría de espíritu divino o enviado de Dios. Todo
pasaba de frente. Un fugaz recorrido bastaba para comprender lo que se escondía
detrás del muro.
Si, después de la guerra atómica, la radioactividad escribiese un libro, diría que
Duss no murió. Pero mentiría.
Duss tenía que pensar:
QUE ESTABA EN PLENO DERECHO DE ACEPTAR O DESECHAR EL

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MUNDO QUE IBA A VIVIR.

Mas tal posibilidad quedaba denegada. No podía.

EL PELIGRO ATÓMICO ESTABA A PUNTO DE DAR SU DEFINITIVO


GOLPE.
… tres
dos…
Aunque nada le retenía ni obligaba, DUSS PERDÍA SU LIBERTAD.
Ahora observaba la rutina diaria. La repetición de las causas.
un día
otro día
un mes
un año de los que ni siquiera tenía derecho a escoger, vivir o desechar.
No pudieron venir esos religiosos y decirle:
—Has de pensar en tu salvación. Y para ello has de hacer esto y aquello. Normas.
No pudieron venir los amigos y decirle:
—Confía en nosotros, que te ayudaremos a resolver tus problemas.
No pudieron venir los científicos y decirle:
—Déjanos que te estudiemos. Tal vez lleguemos a conclusiones muy interesantes
para el progreso.
Nadie podía acercarse a Duss ya que éste no existía. Ni siquiera formando parte
de un átomo.
Duss era nada, simplemente nada. Pero hablaba con el mundo. Con este mundo
que estaba a punto de perderse.
Tenía un derecho que no estaba establecido. Ni regulado. Ni estructurado por
nadie más que por él.
Fuera biología. Fuera naturaleza. Fuera casualidad. Fuera ciencia. DUSS VIVÍA
SU PROPIA INUTILIDAD.
… uno…

LA GUERRA ATÓMICA ESTABA A PUNTO DE ESTALLAR.

Y en la mente de un periodista existía aún la esperanza de escribir en la primera


página del New York Times:

¡¡¡¡¡SENSACIONAL!!!!!
POR FIN LA AUTÉNTICA LIBERTAD, LA VERDADERA.
ACTUALMENTE UN HOMBRE LA VIVE. LEAN EL REPORTAJE MÁS
REVELADOR DE LA HISTORIA.
… cero.

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LA DESTRUCCIÓN FUE TOTAL Y DEFINITIVA.

Ahora todos los hombres se llamaban Duss, y sabían que incluso antes de nacer
estaban condicionados por este mal llamado progreso.

© 1968, Pere Soler y Nueva Dimensión.

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AGUAFIESTAS
F. A. JAVOR

F. A. Javor estudió en las universidades de Columbia, Fordham y New York;


durante la Segunda Guerra Mundial fue fotógrafo de la Marina; y, al licenciarse,
decidió empezar a escribir. Su aptitud en este último aspecto podemos apreciarla
claramente en esta estupenda historia, donde nos demuestra que el deporte de la
caza será un verdadero deporte solamente el día en que el cazador y la presa
tengan la misma igualdad de condiciones.

ilustrado por JORDI MASSÓ

El viaje al planeta de caza Domnik III era largo y aburrido, y era usual entre los
más desaprensivos capitanes de naves de caza el romper la monotonía, tanto la propia
como la de sus generosos clientes, en ir hacia Suspi para intentar la caza del Yalli.
Naturalmente, era ilegal, y significaba una tremenda multa y una irrevocable
sentencia de cárcel para cualquiera que fuera descubierto en la superficie del planeta-
coto por una nave de los Guardas. Pero la caza del Yalli tenía la reputación de
proporcionar una emoción especial que se negaban a difundir los iniciados. Y, hasta
ahora, ningún capitán de nave de caza que hubiera ofrecido un aterrizaje clandestino
había visto rechazada su oferta por temor a los Guardas.
Y el grupo de Wally Re no era diferente. Allá en el mundo acuático de Merc,
Wally era un biólogo especializado en la vida marina. Bien pagado por permanecer
durante diez meses terrestres en los laboratorios burbuja bajo las aguas del planeta
inundado, estaba disfrutando de sus treinta días de permiso por rotación antes de ser
asignado a otra burbuja idéntica, bajo las idénticas aguas de un mundo idéntico, por
otros diez meses terrestres.
Wally no era cazador, pero la idea de pasar casi un mes a la luz del sol y al aire
libre de un planeta de caza le atraía, y el poder efectuar una parada clandestina en un
mundo prohibido le complació.
Sonrió.
—Seguro —le contestó a Anker, el timonel de la nave de caza, cuando el
corpulento espacionauta se le acercó en la usual toma de contacto preliminar antes de
que el capitán se comprometiese a mencionar la parada ilegal—. ¿Cuándo?
Anker agitó la cabeza y sonrió.
—Aún no —dijo—. Se lo haremos saber.
Y se dirigió hacia Vogel, el obeso corredor de terrenos de Boran, con el paso
extrañamente delicado, consecuencia natural del tercio de gravedad de la nave de
caza.
Wally vio asentir a Vogel, con sus inertes labios estirándose en una sonrisa, y

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Anker se dirigió hacia Eckert y Allen y los demás en la antesala de paneles de
plasticaoba. Vio como todos ellos sonreían y asentían.
Finalmente contempló como Anker hacía un signo al capitán, de rubia barba, que
se hallaba de pie con aire casual junto a la puerta. Contempló como el hombre
uniformado de azul y plata cambiaba de carrillo el taco de vantanuez y se adelantaba.
—Caballeros —dijo, pero no tenía por qué haber llamado la atención. Se hallaban
todos, incluso Wally, sentados en el borde de sus sillas de plástico acolchado, con las
bebidas olvidadas en sus manos.
—Caballeros. En menos de una hora nuestras coordenadas se encontrarán con las
de un pequeño planeta llamado Suspi. Todos ustedes conocen la pena consiguiente a
una parada no autorizada en él, pero me han indicado que desean correr ese riesgo.
Sus ojos recorrieron la habitación, deteniéndose en un punto alto, entre las
viguetas.
—Caballeros, como capitán de su aparato en alquiler me encuentro, de hecho, en
la situación de ser empleado colectivo de todos ustedes y, puesto que ustedes insisten,
no me queda otro remedio que obrar según me ordenan. Señor Anker —mandó al
sonriente timonel—, adelante.
Y el capitán abandonó la antesala.
El muy zorro, rió para sus adentros Wally. Podría ir a la cárcel por aterrizar, pero
no está arriesgando su carrera, no señor. Técnicamente, un abogado espacial podría
alegar tan sólo que estaba llevando a cabo las órdenes del dueño.
Anker estaba hablando por el interfono de la nave en su muñeca:
—De acuerdo. Traigan eso.

Y en un momento llegaron tres de los tripulantes, enfundados en sus monos


azules, llevando lo que al sorprendido Wally le parecieron ser pistoleras de la
AeroMarina a las que hubiesen sido cortadas las tapas para que las culatas de las
pistolas sobresaliesen.
La sonrisa del timonel se hizo más amplia.
—No creo que sean lo mejorcito en armas —dijo, entregando dos cintos con
pistolera a cada hombre—, pero tenemos que deshacernos de ellas en cada viaje.
Somos cuidadosamente registrados en busca de contrabando al llegar a Domnik.
Vogel, el tratante en terrenos, estaba girando una de las armas en sus gruesas
manos.
—¡Vaya!, pero si es un vulgar lanzabalas —dijo—. El cilindro lleva seis cargas. A
lo sumo calibre cuarenta y cinco. ¿Qué clase de animal se puede cobrar con esto?
Pero Eckert, el alto vendedor de necra, ya se había colocado ambas pistoleras
bajas sobre las caderas y, en jarras, estaba haciendo girar las pistolas, enfundándolas,
sacándolas, lanzándolas sobre sus hombros y volviéndolas a coger, dándoles giros,
dentro y fuera, mientras enseñaba los dientes con una amplia sonrisa.

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Anker se rió, asintiendo hacia Eckert.
—Lo va a pasar bien —dijo—. Pero —continuó—, no se usa más que una pistola
para la caza del Yalli.
Eckert pareció sorprendido.
—¿Llevar tan sólo una pistola? Entonces, ¿para qué dos…?
Pero Anker le interrumpió con un gesto de la mano.
—Ya lo verá cuando llegue el momento, créame.
El corpulento timonel se dirigió entonces a todos ellos.
—Hay unas cuantas normas básicas que deben conocer antes de que les diga
cómo irá la caza.
Wally echó hacia adelante su cuerpo, vio como los demás hacían lo mismo y
sonrió. Si la caza de un Yalli necesitaba un suspense previo para darle su carácter
especial, la tripulación de esta nave de caza estaba realizando una buena tarea con
vistas a tal fin.
El timonel estaba hablando:
—Primero alabeamos al espacio normal y aterrizamos por exactamente treinta
minutos. Vigilen el tiempo.
Vogel resopló:
—Menuda caza. Treinta minutos —pero no hacía sino eco del desencanto que
sentían los reunidos.
Anker alzó las manos.
—Suena como nada, lo sé, pero es suficiente. Créanme, es suficiente.
Luego, cuando se hubieron calmado, prosiguió:
—Treinta minutos porque el momento de nuestra partida y el de nuestra llegada
son vigilados estrechamente y una discrepancia mayor que ésa supondría que el
capitán se vería obligado a dar una explicación oficial. Y no deseamos tal cosa.
Treinta minutos, ¿comprendido?
Miró a su alrededor a los hombres puestos en círculo, esperando que cada uno de
ellos asintiese antes de proseguir. Parecía que esto era importante para él.
—Tomen los equipos de supervivencia que se les suministraron cuando llegaron a
bordo. Cualquiera que esté en tierra pasados los treinta minutos será abandonado.
De nuevo surgió un murmullo de los cazadores reunidos. Y de nuevo Anker alzó
las manos para pedir silencio.
—Será abandonado para ser recogido por los Guardas, y todo su equipaje, toda
traza de su estancia a bordo, lanzado al espacio.
—Las listas de pasajeros —comentó Vogel.
—Compró un pasaje —contestó el timonel—, pero nunca vino a bordo. Si fue
apresado en un planeta-reserva, entonces debió llegar allí por sus propios medios.
Ciertamente nosotros no lo llevamos.

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Wally notó el silencio apoderándose de los cazadores. La ilegalidad de su
propuesta acción estaba comenzando a entrar en su mentes, y se preguntó si sus
gargantas estaban comenzando a notarse tan secas como la suya. Se sacudió a sí
mismo. El timonel estaba haciendo un buen trabajo con su preparación previa.
Vogel alzó sus gruesas espaldas y, al cabo de un momento, el timonel prosiguió:
—Ahora en lo que respecta a la caza propiamente dicha. Colóquense uno de los
cintos, lleven en la mano el otro. Vayan al bosque. Encuentren un claro. Dejen la
pistola extra en el suelo, en un lado, retrocedan unos cinco metros y entonces hagan
esto…
Anker echó hacia atrás su cabeza, abrió la boca y chilló.
Wally saltó en la silla ante el inesperado sonido.
—Recuerden esto —dijo Anker—. Ha-ha-hoo. Los sonidos son importantes.
Traten de imitarlos. Ha-ha-hoo.
Sonriendo aborregadamente unos a otros, hicieron lo que se les ordenaba:
—Ha-ha-hoo.
—Estupendo, pero más fuerte. Eso es todo.
—¿Eso es todo? —Wally oyó su propia voz alzándose con las de los otros.
Los tripulantes se sonreían entre ellos, pero fue Anker el que asintió.
—Eso es todo. La caza del Yalli no tiene equivalente en todos los mundos. Hagan
exactamente lo que les he dicho, y gozarán de una experiencia sin parangón.
Vogel estaba agitando la cabeza, con sus flácidas mejillas revoloteando.
—Ni hablar. Yo no voy a ningún bosque raro, dejo una pistola cargada en el
suelo, me aparto cinco metros y espero a ver qué sucede. Conmigo no cuenten.
La tripulación dejó de sonreír.
—Tiene que ir —oyó Wally que le susurraba uno de ellos a Anker—. El capitán
no aterrizará si no están todos comprometidos. —Miró a los cazadores y se mojó los
labios con la lengua—. Tal vez hasta tan sólo con enterarse… —y su voz se perdió.
Anker rió secamente.
—El capitán ha estado efectuando esos aterrizajes durante nueve años, y aún no
ha perdido un solo cliente —le dijo a Vogel.
—No cuenten conmigo —repitió Vogel, con sus inertes labios ahora apretados.
—Se lo estropeará todo a los demás —indicó el timonel.
El gordo corredor de terrenos de Boran ni le contestó.
—Siempre han de haber tipos así —oyó Wally que se lamentaba alguien. Pero
Vogel no se inmutó.
Anker suspiró y habló al interfono de su muñeca, y el capitán de rubia barba,
cuando llegó, se llevó a Vogel al rincón más apartado de la antesala, susurrándole
algo al oído.
Wally vio el cambio extenderse por la obesa faz de Vogel. Estaba sonriendo

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ampliamente en el momento en que el capitán se apartó de él y dijo:
—Ahora ya lo sabe. Ahora es usted accesorio. Puede quedarse a bordo.
—No —Vogel era ahora todo él una sonrisa—. Iré. Iré.
Y con sus gruesas manos se colocó el cinto.
El capitán pasó su mascada de vantanuez de una mejilla a otra.
—Suponía que lo haría, pero ya nunca es lo mismo una vez se sabe.

El sol de Suspi era más grande que el de la Tierra y estaba más cerca. Wally
parpadeó ante su intensidad cuando se apartaron los escudos de los ojos de buey de la
nave de caza y pudieron mirar al planeta-reserva que subía a su encuentro. Verde,
más claro que la Tierra tal vez, pero placentero de contemplar. En la distancia, el
brillante relucir del agua.
—Treinta minutos —les advirtió el timonel cuando salieron al descansillo
superior de la rampa de carga del buque. El capitán, la tripulación y los pasajeros,
todos ellos armados e impacientes. Wally, con la pistola en su cadera pesándole de
forma extraña, con la pistolera atada a la pierna por un tripulante y el cinto afianzado
por la hebilla, afirmó, con los demás, su comprensión. Su segunda arma la llevaba
sobre el hombro, agarrada con la mano.
—Una cosa más —dijo Anker—. Disemínense. No formen grupos. Si hay más de
uno de ustedes, o están cerca unos de otros, los Yalli no se mostrarán. Este deporte es
estrictamente para solitarios. ¿Entendido?
—Espere un momento —dijo Eckert, el experto en pistolas—. ¿Cómo voy a saber
que es un Yalli cuando vea a uno?
—Lo sabrá —contestó el timonel—. Lo sabrá.
Partieron en abanico de la nave de caza, cada uno siguiendo su propio camino tal
como les había dicho Anker que hicieran, con el capitán y la tripulación siguiendo su
dirección propia. El sol, en la espalda de Wally, era más caliente que ningún otro que
hubiese soportado en largo tiempo, por lo que resoplaba, no sabiendo si era por el
calor o por la tensión nerviosa ahora que estaba solo. Todo venía complicado por la
atracción, más débil que la terrestre, de la gravedad de Suspi.
Un claro, pequeño pero inconfundible, se abría delante, entre los árboles
semejantes a helechos.
Wally dudó. Luego, inspirando profundamente, se adelantó al espacio abierto.
Dejó caer el cinto extra con el arma correspondiente en el borde. Cuidadosamente,
anduvo los cinco metros y se volvió.
Aspiró, echó hacia atrás la cabeza y abrió la boca.
—Ha-ha-hoo.
No era más que un raspante susurro. Aclaró su seca garganta e intentó de nuevo.
Se forzó a sí mismo, súbitamente sorprendido por la forma en la que el sudor estaba
manando de él, de cómo se notaba temblar.

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—¡HA-HA-HOO!
Era fuerte, inesperadamente fuerte, pero en alguna manera satisfactorio.
—¡Ha-ha-hoo!
Wally esperó, a la escucha, no oyendo nada, con los ojos de un lado a otro. El
enrarecido aire se introducía trabajosamente en sus pulmones. Ahora casi parecía
agua.
¡Un crujido!
Un crujido en el extremo opuesto del claro, en dirección a la pistola. Wally se
atragantó.

Alto. Alto como un hombre era el Yalli. Con un pecho prominente y piernas altas
y delgadas, como correspondía a un planeta con escaso oxígeno en el aire y ligera
gravedad, su planeta nativo. Pelo rojo, brillando a la luz del gran sol, en su pecho y en
sus brazos, y a lo largo de sus piernas, como el adorno de los trajes de un antiguo
explorador de las fronteras del Oeste. Macho.
Y la cabeza. Ciertamente no humana, ni siquiera simiesca, pero con ojos,
profundos y marrones y la boca, sin dientes y similar a un pico de ave,
empequeñecido por la prominente barbilla.
La boca se abrió:
—¡Ha-ha-hoo! —Claro y fuerte—. ¡Ha-ha-hoo!
Y el Yalli, deteniéndose, recogió la segunda pistola y se la colocó con un
movimiento fácil e increíblemente rápido en la cintura.
Ahora estaba dispuesto. Pies palmípedos separados, los brazos colgando a los
lados, los marrones ojos fijos en Wally, tranquilo y esperando.
Y ahora Wally comprendió la emoción única de la caza del Yalli, y deseó estar de
vuelta a la monotonía del viaje de la nave de caza, a la aburrida humedad de sus
mundos acuáticos.
Sus manos temblaban, con el sudor goteando a lo largo de sus brazos y de sus
palmas, sus pulmones y corazón bombeantes. Y mirándole, llenando su mundo, los
firmes ojos del Yalli. El Yalli al que acababa de ver moverse con increíble velocidad.
—Ha-ha-hoo —dijo Wally, y trató de hacerlo aparecer como amistoso.
—Ha-ha-hoo —contestó el Yalli, y se arqueó un poco más.
¡Retirada! Muy lentamente, Wally movió su pie en un paso hacia atrás, sin apartar
ni por un momento sus ojos del Yalli.
Éste avanzó un paso, el pie palmípedo se movió como el de un pájaro, casi
instantáneamente, a su nueva posición.
Rápido. Wally no había visto nunca un movimiento tan rápido, y ahora la sangre
le golpeaba en los ojos, dejándose ver en una trama pulsante de luces. No había
vuelta atrás para él ahora, debía efectuar su movimiento. Frente a esa movilidad
increíblemente rápida, debía efectuar su movimiento.

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Su lengua surgió, lamiendo sus resecos labios, pero no tenían humedad que
entregarles.
¡Ahora!
Echó la mano a la pistola en su funda pero, al tiempo que la sacaba y que la
disparaba una y otra vez contra el Yalli, sabía que ya era demasiado tarde para
salvarse. El Yalli se había movido tan rápido que a los forzados ojos de Wally les
había parecido que la pistola hubiera, de pronto, brotado en su mano extendida.
Y entonces la sorpresa, y una garganta llena de asombro que ahogaba a Wally.
Estaba en pie, pero el Yalli…
El Yalli. La pistola, todavía apuntada hacia él, pero no disparada.
¡El Yalli no había disparado!
Manchas en el pecho. Marrones, pero de sangre, supuso Wally. Tosió una vez,
sangre de su boca de pájaro, y luego se derrumbó lentamente donde estaba, soltando
el arma, el arma sin disparar.
Wally corrió hacia él, con la pistola agarrada en la mano, pero olvidada ahora.
Estaba caliente, su hombro se notaba caliente cuando puso su mano sobre él, pero el
Yalli no se movió.

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Se inclinó para coger la pistola de su mano y, esforzándose por librarla del
apretón mortal del Yalli, supo súbitamente por qué éste no había disparado.
Lo supo súbitamente y vomitó al saberlo, y al pensar en los hombres que habían
llamado a este asesinato deporte; en el gordo Vogel que, al saberlo, no había podido
esperar el momento de comenzar.
Y ahora Wally se dio cuenta de la pistola en su mano, y se levantó y la lanzó
lejos… Sollozando, la lanzó con toda su fuerza y la mandó trazando un arco muy por
arriba de las copas de los árboles semejantes a helechos. Se soltó el cinto y la
pistolera, y las echó lejos.
Entonces se arrodilló al costado del Yalli: y, con ternura, trabajó para soltar la
pistola de su aferramiento.
Un tendón, similar al tendón con que se cogen a las ramas los pájaros,
manteniendo el pulgar sin uña firme en la empuñadura de la pistola. Lanzó el arma

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tras la otra.
La mano… y el porqué el Yalli no había disparado, no podía haber disparado,
contra él. Huesos, sensibles a su toque investigativo: tres dedos. Pero no tres dedos
abiertos y desparramados, sino cerrados, sumergidos en músculo y tendón. Una mano
construida no como un guante, sino como un mitón. El Yalli podía agarrar el arma,
pero no tenía dedos con los que apretar el gatillo.
En la mente de Wally se estaba formando un pensamiento. Se alzó, rebuscó en su
equipo de supervivencia colgado de su espalda. El cuchillo, cerrado. Lo abrió, y
comprobó su hoja afilada como la de una navaja de barbero.
—Bien —dijo en voz alta, y lo cerró. Tenía que encontrar otro Yalli.
Levantó al que había matado y lo ocultó bajo los árboles.
—Ha-ha-hoo —gritó, de vuelta en el claro—. Ha-ha-hoo.
No vino ningún Yalli, y Wally supo que tenía que buscar otro claro.
Y entonces, en alguna parte tras él, escuchó un rugido distante y supo que habían
terminado sus treinta minutos y que la nave de caza estaba partiendo sin él.
No importaba, tenía que encontrar otro claro y otro Yalli.
¡Ah!, allí delante.
—Ha-ha-hoo.
Sin pistolas esta vez, tan sólo el cuchillo oculto en su bolsillo.
—Ha-ha-hoo.
Allí, ese crujido. ¿Otro Yalli? Sí, otro macho.
Wally se adelantó.
—Ha-ha-hoo —dijo, y esperó. No podía igualar la increíble rapidez del Yalli. Su
única posibilidad estaba en la sorpresa—. Ha-ha-hoo —repitió, y se movió otro paso
hacia adelante.
—Ha-ha-hoo —contestó el Yalli y, mirando a todas partes, recogió una rama del
suelo.
Bien, se dijo a sí mismo Wally, siente la necesidad de un arma. Con sus manos
desnudas ya debía haberlo confundido bastante.
Otro paso y estaría a su alcance. De cerca, el Yalli tenía un olor de perro no
desagradable, que no había notado en el que había matado.
Ya estaba suficientemente cerca. ¡Ahora! Y la abierta mano derecha de Wally se
convirtió de repente en un puño, y se lanzó con toda su fuerza hacia la gran
mandíbula bajo la boca de pájaro.
El Yalli se desplomó sin omitir sonido alguno.
Wally se inclinó sobre él, dándose masaje en los nudillos.
—De cristal —dijo—. Nunca vi una mandíbula tan grande que no fuera de cristal.
Y, buscando en su bolsillo, sacó el cuchillo y abrió la afilada hoja.

Su celda en la nave de los Guardas no era grande, pero sí suficientemente

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confortable, y Wally estaba satisfecho de hallarse finalmente allí. La multa lo iba a
arruinar, estaba seguro, y la sentencia de cárcel iba a impedirle conseguir cualquier
empleo decente durante una buena temporada, pero podría soportarlo, sabiendo lo
que había hecho con su cuchillo a tantos Yalli como había logrado encontrar antes de
que los detectores de calor de los Guardas lo hubieran descubierto.
Su cuchillo, y ahora Wally se dio palmadas y se rió. Se rió hasta que el centinela
sentado fuera de su celda en el corredor llegó a su puerta a mirarle.
—Me gustaría que me dijera eso tan divertido —comentó, un tanto molesto.
Wally se secó los ojos.
—Nunca lo sabrán —contestó—. La noticia de esta clase de broma no es muy
posible que se propague.
El guardián se alejó, agitando la cabeza, y Wally rió de nuevo. Se rió de los
poderosos cazadores que tal vez en este mismo momento estuvieran teniendo su
solitario duelo con un Yalli.
Pero con un Yalli al que Wally, con su afilado cuchillo y su maestría de biólogo,
había hecho un corte en la mano. Un Yalli que tenía, ahora, un dedo tal vez feo, pero
perfectamente útil para apretar el gatillo.

Título original:
KILLJOY
© 1953, Ziff-Davis Publishing Co.
Traducción de M. Sobreviela

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se piensa

Un autor de ciencia ficción: Edgar Rice Burroughs

Edgar Rice Burroughs es conocido principalmente por su personaje de Tarzán.


Sin embargo, este conocido autor publicó también un gran número de libros de
ciencia ficción, en cuyo género es considerado uno de los principales pioneros, y la
mayor parte de los cuales se encuentran traducidos y pueden ser hallados en lengua
española. He aquí una interesante semblanza biográfica de este autor, y de las
características principales de su obra.

Este popular novelista norteamericano nace en la ciudad de Chicago, en el año


1875. Inicia sus primeros estudios en una escuela de su ciudad natal, continuándolos
en la ciudad de Andover (Massachusetts) a donde se trasladan sus padres.
Muy joven escoge la carrera militar, ingresando en la Academia de Orchard Lake,
en el Estado de Michigan. Permanece en activo hasta 1899, en que se dedica a la
literatura y al periodismo, empezando sus primeros relatos, aunque sobre todo se
dedica a viajar. Recorre casi toda Norteamérica, trabajando en los pueblos y ciudades
en lo que le sale: lo mismo vende coches que representa cualquier artículo. Lleva una
vida bohemia, y se siente tentado por las aventuras y la sed del oro, trabajando en
Oregón de minero. Ni que decir tiene que su vida de aventuras se reflejará luego en
sus obras.
Al estallar la Primera Guerra Mundial vuelve al ejército, pero sólo permanece en
él dos años. Desde entonces, y en vista del gran éxito de su obra Tarzán de los
monos, que apareció en 1914, se dedica totalmente a la literatura, continuando la
serie de Tarzán con innumerables títulos, entre ellos: El Tesoro de Tarzán, El hijo
de Tarzán, Las bestias de Tarzán, Tarzán el terrible, hasta 1939 en que la cierra
con Tarzán el Magnífico.
Su género predilecto es lógicamente la novela de aventuras, y en él obtuvo
instantáneamente un gran éxito, pues el hombre de la ciudad halla un sedante en la
vuelta a la selva y en su vida al mismo tiempo ingenua y violenta, así como en el
amor a los animales, tan hondamente introducido en el alma sajona.
El cine fue un aliado poderoso para extender por todo el mundo el éxito de este
novelista, traduciéndose sus obras a todos los idiomas y constituyendo la lectura
juvenil predilecta de la larguísima etapa que media entre las dos Guerras Mundiales.
Sin embargo, como escritor de ciencia ficción, que es como más nos interesa, no

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aparece hasta su última época, en la que escribe Una princesa de Marte, Thuvia la
virgen de Marte, Los dioses de Marte, El guerrero de Marte y El ajedrez vivo de
Marte. A estas obras sigue el ciclo de Venus, en que aparecen: Carson de Venus,
Huyendo de Venus, etc.
Su estilo, ágil, se recrea en la sed de aventuras que él siempre sintió y que siente
el joven público americano y allí es precisamente donde su imaginación alcanza sus
más altas cimas.
El héroe de la serie en Marte, el capitán John Carter de Virginia, es, en el fondo,
un Tarzán que se traslada a Marte, se casa allí, tiene un hijo, y tiene que defender su
hogar y su vida frente a animales feroces e interminables hordas de guerreros en las
más adversas y desconocidas circunstancias. Todo su destino depende del filo de su
espada y del valor de su corazón y, desde luego, ni la una ni lo otro fallan nunca. Pero
si en algunos aspectos nos recuerda a Tarzán trasladado a los espacios cósmicos, sus
héroes, sean John Carter en Marte o Carson en Venus, tienen, además, todos los
caracteres de los caballeros andantes: Se enamoran de bellísimas princesas cautivas o
en peligro, a las cuales salvan, mientras hacen justicia ganando reinos invadidos o
usurpados. Los personajes femeninos de Dejah Thoris o de Duare son las Ginebras o
Dulcineas de estos nuevos mundos. El príncipe guerrero Tars Tarkas es el fiel
escudero, el Martin Antolinez de este Cid invicto que cae sobre el planeta Marte
como un huracán vengador.
No es, sin embargo, un escritor muy científico; sus ideas astronómicas no están
casi ni esbozadas, y no se detiene en grandes complicaciones técnicas. Los viajes a
los planetas los realiza en vulgares aviones o cohetes. Incluso John Carter va de la
tierra a Marte y vuelve sintiéndose arrebatado por una fuerza magnética y en estado
de catalepsia, método que hoy nos parece ingenuo para viajar por los espacios.

Edgar Rice Burroughs, fotografiado por su hijo Hulbert.

Sin embargo, introduce en sus novelas algunas ideas científicas, entre las que hay
que destacar:
—La poca gravedad de Marte, que dota a su héroe de una agilidad invencible.
—La máquina de fabricar atmósfera de Marte, que impide que cese la vida en este
planeta, ya que Marte había perdido su atmósfera muchos miles de años antes.

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—Una prisión invulnerable colocada en el eje del planeta Marte, y en la cual
coinciden la entrada con la salida una sola vez al año, cuando el planeta termina su
fase de rotación.
—La flecha magnética o «Guardián del Norte», que consiste en un gigantesco
imán que atrae a todos los aviones, estrellándolos contra su base.
Como fantasía científica podemos citar los hombres plantas del río Irs, los
hombres que se reproducen por partenogénesis y el Museo de Ciencias Naturales
viviente de Vooad, en el cual están todas las razas vivas suspendidas en soportes de la
pared, y a las cuales se les ha dado una droga inmovilizante.
Su fuerte son, sin embargo, las desenfrenadas galopadas a lomos de los animales
más salvajes por las praderas marcianas, las luchas a puñetazos, y sobre todo a
espada, que recuerdan las películas de romanos. Abundan las emboscadas, las
prisiones lóbregas, las luchas en los circos contra las fieras salvajes o entre los
esclavos, los salvamentos inverosímiles y en el último segundo, etc. En suma, todos
los ingredientes apetecidos por el público norteamericano. Para que el ambiente sea
más exacto, no faltan los negros, representados por los Piratas Negros de Barsoom,
raza atlética y vigorosa que tienen el orgullo de ser los Primeros Nacidos. No parece,
pues, un racista blanco, ya que describe a los de Barsoom como la raza más antigua y
adelantada de Marte. También, aunque fugazmente, aparecen la raza amarilla y otras
razas.
Las civilizaciones que pueblan estos astros son más avanzadas técnicamente que
nosotros en contados aspectos, pero bastante más atrasadas que la terrestre en
espíritu, cultura y sentimientos. Los terrestres llevan los mejores ideales caballerescos
y acaban imponiéndolos y trasformando poco a poco las costumbres de esos astros.
De todas formas, el lector siempre tiene el trasfondo de un paisaje exótico que
valoriza con su extrañeza los peligros en que se encuentra el protagonista y da cierto
encanto romántico a las aventuras amorosas. Pese a eso, si no nos recordara el autor
de vez en cuando que nos encontramos en otro astro, esta circunstancia se nos
olvidaría y nos creeríamos estar en un país extraño y salvaje de la Tierra, sin que las
aventuras perdieran su interés. Lo mismo podrían ocurrir estas aventuras en un lejano
y hermético país de nuestro globo como Tasmania, el Tíbet, el Azerbaiyan o
Groenlandia.
Las novelas de Burroughs, se nos aparecen como modernos libros de Caballerías
en los cuales el autor busca sobre todo acción, peligro, valor, heroísmo al máximo, un
ideal amoroso y la fidelidad varonil al mismo, ingredientes todos de la novela de
aventuras desde la antigüedad hasta la moderna novela psicológica rusa o de
costumbres francesa. No es de extrañar por tanto que falte por completo en
Burroughs el aspecto psicológico y el aspecto filosófico o religioso. Lo más que hay
es un Humanismo que ensalza al hombre, a las virtudes más «físicas» del hombre.
Únicamente, en las aventuras que corre John Carter en el río Irs, entrevemos el
sentimiento religioso del autor. El río Irs es un infierno físico, a la manera del de

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Dante, en el cual se explota, asesina y roba a la humanidad Marciana. Este infierno es
una patraña fomentada por los gobernantes para explotar y someter a una raza. Carter
tiene que luchar contra los intereses materiales de los organizadores y contra la
superstición religiosa de los explotados. Al final triunfa, y demuestra que ese infierno
y esa religión son falsos e inicuos.
Marte es el escenario ideal para las aventuras. Marte es un planeta guerrero, y
arde siempre en guerra por los cuatro costados. La única virtud que reconocen los
Marcianos y ante la que se inclinan es el valor. Allí, el héroe terrestre se diviniza y,
como en la Mitología, logra en la lucha su máxima dimensión.
Por triunfar en la lucha como un nuevo Cid va logrando todos los demás títulos y
objetivos. Es siempre el guerrero más fuerte, el que se impone y capitanea a los
demás, como Tarzán capitanea a los demás animales de la selva: no porque sea el más
listo, pues no lucha con la inteligencia sino con la fuerza física.
Burroughs es un gran narrador y un ágil descriptor de paisajes y situaciones, al
que sus conocimientos militares le sirven de mucho en la descripción de las batallas
en su conjunto grandioso y en sus emocionantes incidentes aislados.
Su gran mérito fue interesar al gran público medio en la ciencia ficción. No es un
Asimov ni un Arthur Clarke ni un Fred Hoyle, pero es un pionero honrado que,
después del éxito de Tarzán, en vez de seguir por la senda fácil de la explotación del
éxito, demostró su inquietud de escritor buscando nuevos temas y emprendiendo la
aventura de la novela espacial. Es un «primitivo» de la ciencia ficción, con todos los
méritos e inconvenientes que esto representa. Su obra tiene mucho de comic infantil y
de vida americana, pero es el anillo perfecto que enlaza a los escritores simplemente
de aventuras como Mark Twain con los de ciencia ficción, pues ya en su misma obra
se dan los dos géneros.

José Ángel CRESPO

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Cada semana, una emoción: La ciencia ficción en
cuadernillos

Seguimos desempolvando, para nuestros lectores, los comienzos de la ciencia


ficción en España, comienzos que son casi paralelos a los inicios de nuestro siglo.
Hoy le toca el turno a aquellos fascículos que, en nuestra infancia, nos adentraron por
primera vez en las maravillas de un futuro fascinante: los conocidos popularmente
como «cuadernillos de a diez céntimos» o «novelas por entregas».

Viaje al fondo del mar, Perdidos en el espacio, Los invasores… todas estas
aventuras que nos ofrece la pequeña pantalla tienen sus antecesores en el mundo de
antes de la televisión: los fascículos o cuadernillos de aventuras que cada semana,
expuestos en los kioskos, nos alegraban la vista con sus portadas de brillantes colores,
representando escenas fantasmagóricas y escalofriantes en las que muchas veces la
fantasía del dibujante superaba a la del autor del texto. Estos fascículos, que se
vendían a un precio, ahora inverosímil, que oscilaba entre los diez y los treinta
céntimos de peseta, proporcionaban por aquel entonces las emociones que ahora nos
da la televisión (muy avaramente en estas latitudes) y los «comic books».
Es en los Estados Unidos, a finales del pasado siglo, donde la firma Street and
Smith[3], especialista en la «Dime Novel», lanza al mercado esta nueva fórmula de
edición barata que luego será introducida en Europa por el editor alemán A. E.

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Eichler, con ramificaciones en todo el continente. En España y a principios de siglo
las editoriales Granada (posteriormente Atlante). Sopena, Araluce, y otras de menor
importancia, invaden el mercado con emocionantes fascículos de tremebundas
aventuras. Y es entonces cuando, en medio de las avalanchas de Sherlock Holmes y
Raffles apócrifos, y de las extenuantes cabalgadas de Buffalo Bill y de otros tantos
héroes del Far-West, aparecen los primeros atisbos de ciencia ficción.
La editorial Araluce publica La guerra infernal, obra original de Pierre Giffard,
escritor popular francés del pasado siglo, que constaba de treinta y cuatro fascículos,
con portadas a todo color y cuatrocientas sesenta ilustraciones interiores en blanco y
negro magistralmente dibujadas por el genial Robida[4].
En esta obra se describe una terrible guerra, en un futuro ya muy rebasado, que
envuelve a todo el mundo. Se describen, para aquella época, portentosos y
revolucionarios aparatos científicos y bélicos. Las aceras móviles, la placa
telefotográfica (una especie de televisión), los telegramas luminosos fijados en las
terrazas, el aerobús, la infantería alada, los barcos de cristal, las maravillosas
máquinas voladoras «sube-al-cielo», los fonogramas, los hombres cangrejo…
Los dibujos de Robida describiendo estas maravillas son francamente
subyugantes; aviones, submarinos y toda clase de artefactos descritos por Giffard son
fielmente plasmados por el genial dibujante. Y, si bien mirados en forma analítica en
el día de hoy, las concepciones nos resultan ingenuas, su tremendo valor intrínseco, si
es que tenemos presente la época en que fueron realizados estos trabajos, es
incontestable. Al menos, en lo que a la parte gráfica se refiere, el aficionado podrá
ver el origen de las ideas en las que se basaron posteriormente muchos de los
ilustradores de ciencia ficción de los años veinte y treinta.
Otra interesantísima y curiosa colección fue publicada, posteriormente, por
Editorial Sopena: Aventuras fantásticas de un joven parisién, obra debida a la
inspirada pluma de Arnould Galopin. Esta obra, aparecida originalmente en Francia
en el año 1908, en una edición de la casa Jules Tallandier, especialista en la
publicación, en el país vecino, de narraciones en fascículos[5], y dignos rivales de la
famosa firma A. E. Eichler, de Dresde, fue presentada en España en un formato
exactamente igual al que vio la luz en Francia, con las mismas planchas litográficas y
grabados interiores, amén de una cuidada traducción.

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Las Aventuras Fantásticas de un Joven Parisién.

Arnould Galopin, que junto con el conde Henry De la Vaulx, laureados por la
Academia Francesa, habían realizado en colaboración varios trabajos literarios
famosos en todo el mundo, se lanza aquí, solo, igual que en su anterior Docteur
Oméga (una pequeña obra maestra de ciencia ficción desconocida en España), al
descubrimiento de mundos desconocidos; concretamente Las Aventuras de un joven
Parisién transcurren en el planeta Marte, en donde los sucesos más fantásticos eran
seguidos, seguramente, con pasmo y asombro por los lectores de aquella época. Las
portadas de esta colección, debidas al pincel de E. Bovard, aunque inferiores en
calidad técnica a las de Robida en La guerra Infernal, eran sumamente sugestivas,
ya que el relato, al describir pura fantasía, daba más alas al dibujante, permitiéndole
realizar escenas verdaderamente sensacionales. Bovard, para mí, es el antecesor
directo del dibujante austriaco Paul, el que luego, trasladado a los Estados Unidos, se
convertiría en el ilustrador preferido en las innumerables publicaciones de ciencia
ficción del gran Hugo Gernsback.
En España, si exceptuamos la aparición de Miráculas, de original también
francés, del autor H. de Volta, editada por la Editorial Subirana en 1925, que no
obtuvo un gran éxito debido a la mala calidad de sus portadas, en las que la fantasía
brillaba por su ausencia (algo imperdonable, ya que en el mundo de los fascículos,
consumidos por un público popular, lo primordial era que la serie entrara por la vista,
quedando el texto como algo secundario que, si no defraudaba, mejor que mejor); hay
un lapso de tiempo en que la incipiente ciencia ficción aparecida en los fascículos
desaparece de nuestro mercado.
En los Estados Unidos, gracias al gran nivel de vida del país y a la prodigiosa
difusión que alcanzan allí las publicaciones, de los fascículos de gran tamaño se pasa
al «pulp»; el cual, aunque de precio baratísimo (10 centavos de dólar), no puede
considerarse como un cuadernillo o fascículo, ni mucho menos. El «pulp», amen de
contener novelas más o menos largas junto con narraciones, reúne otras
características que lo convierten ya en un «magazine» popular. Es en este tipo de
publicaciones en el que Gernsback realiza su experiencia de pasar de las revistas de

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divulgación científica, amenizadas por curiosidades y relatos, a las primeras
publicaciones totalmente dedicadas a la ciencia ficción, con las que revolucionaría el
mundo de la literatura popular.

La Tortuga Negra de Robida.

Así es que, aunque iniciados en América por la casa Street and Smith, es en
Europa donde alcanza su mayor auge el desarrollo de los cuadernillos, continuando
con un empuje creciente durante la década de los años veinte.
Entonces, aunque en Francia aparecen colecciones de fantasía escritas por los
infatigables Louis Boussenard[6], Paul D’Ivoi (L’automovile de verre), y José
Moselli (Le voyage eternel ou les prospecteurs de l’Infini), etc…, en España hay
un dominio total de los detectives, vaqueros, ladrones de guante blanco, piratas y
todo tipo de personajes que forman el pintoresco grupo de la aventura desenfrenada,
incluyendo en él a las calaveras luminosas.
Son contados los casos de incursión en terrenos colindantes con la ciencia ficción.
Por ejemplo, Iberia publica, en series de siete cuadernos, algunas obritas francesas de
Jean de la Hire y Jean Bonnéry. Poca cosa más hay en lo que a fascículos se refiere.
Es curioso ver como en esta época ya se entreveía la ciencia ficción, o algo muy
parecido debía «estar en el aire», ya que aparecen destellos de este género singular
incluso en algunos episodios sueltos de cuadernos… ¡del Oeste![7], o de otros géneros
no relacionados en nada con ella.
Ya entrados los años treinta, y en plena decadencia de los fascículos, barridos por
las publicaciones gráficas y por los libros de aventuras editados en rústica, en los que
ya se pueden leer obras de calidad en dicho género, es cuando entre los intentos de
reedición de personajes caducos (ya sin el aditamento de las planchas que los
ilustraban, desfasadas en el tiempo y sin interés más que para el coleccionista)
aparecen varias colecciones de pseudociencia ficción, debidas muchas de ellas a J.
Canellas Casals[8], equivalente español de José Moselli.

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Entre nubes y estrellas… al planeta Marte.

La presentación de estos cuadernillos, los últimos aparecidos en España, era en un


formato pequeño. El texto estaba ya dedicado principalmente a un público infantil y,
sin embargo, sus sencillas portadas de brillantes colores planos tenían un encanto
especial que ahora, al hojearlas de nuevo, nos devuelven a aquellos tiempos, tiempos
dorados en los que, gracias a estos ingenuos cuadernillos, tomamos afición a todo lo
que significa maravilla, magia y fantasía.
Para muchos niños afortunados, estos inverosímiles cuadernillos fueron sus más
queridos cuentos de hadas.

Alfonso FIGUERAS

Las hijas de Barbarella

Pocos comics han causado mundialmente tanto revuelo como la ya universal


Barbarella, de Jean Claude Forest. Y pocos comics modernos han desatado una ola tal
de seguidores, hasta el punto de poder hablarse de una verdadera familia. Para los
aficionados al comic de entre nuestros lectores —que son muchos más de lo que
pueda parecer a simple vista—, he aquí pues un interesante estudio sobre esta larga
descendencia, y sobre sus repercusiones en el mundo del comic actual.

Si, en el comic que tenemos entre manos, aparece una agradable fémina
seduciendo a un robot y sirviéndose de su atractivo cuerpo como arma ofensivo-
defensiva, podemos asegurar, sin ningún temor a equivocarnos, que la protagonista de
estas escenas no es, evidentemente, ninguna de las heroínas de la «Golden Age» del

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comic. Ninguno de los grandes maestros se hubiera atrevido, en su época, a plantear
una situación parecida, y si hubiera osado tampoco hubiera podido seguramente
prosperar.
Fue preciso esperar a que de la vieja Europa (que, en el mundo del comic, es
paradójicamente la joven Europa) surgiera en los primeros años de la presente década
el hombre y la obra que, sin cerrar el camino seguido hasta entonces, abriría una
puerta sobre una nueva dimensión en el campo del comic: Jean Claude Forest y su
Barbarella.
Cuando la revista francesa V-Magazine lanzó, en sus publicaciones trimestrales,
los ocho primeros capítulos que constituyeron la primera aventura de la explosiva
heroína, hecha a imagen y semejanza de la vedette de moda del momento, B.B.,
seguramente no se dio perfecta cuenta de la conmoción que iba a ocasionar, aunque
esto no quita ni un ápice de su gran mérito. Sin embargo, a pesar de que el primer
capítulo vio la luz en 1962, fue en 1964, cuando el editor Eric Losfeld los recopiló y
publicó en un lujoso álbum, que recibió el bautismo oficial.
Los acontecimientos se precipitaron, y el primero de ellos fue la actitud de los
censores franceses frente a la tercera B. nacional. Desconcertados por su difícil
catalogación, a la postre decretaron la prohibición de su exhibición y venta a los
menores de 18 años: la «Bande Dessinée pour Adultes» estaba oficialmente lanzada.
Se puede argüir, y con cierta razón, que aunque todos hayamos leído los grandes
clásicos del comic en nuestra infancia, éstos siempre han sido dirigidos en su país de
origen a los adultos, adultos norteamericanos), pero adultos al fin y al cabo; esta
circunstancia no hace, sin embargo, sino acentuar todavía más el completo cambio
que significó la aparición de Barbarella.

Selene…

La alegría de vivir, la desfachatez erótica de la heroína de Forest, representan un


hecho totalmente nuevo y revolucionario para el que, hay que reconocerlo, había un
público consumidor preparado, pues de otro modo no puede explicarse el rápido
éxito, un auténtico «boom» que ha traído consigo la creación de una escuela, la

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aparición de una legión de imitadores y la influencia, como nunca antes, sobre otras
artes vivas.
Barbarella es, pues, un comienzo, y como tal su mérito no tiene medida; dejando
aparte la calidad de su realización gráfica, que ciertamente existe, su mayor mérito
será siempre este hecho. Hecho o hechos; porque, en realidad, Barbarella ha
influenciado en más de un aspecto a la producción posterior: En primer y destacado
lugar, ha traído la elevación de la fémina al papel estelar en el reparto; segundo, la
ruptura total, en cuanto a personalidad, con cualquier heroína anterior y, tercero, el
matrimonio casi definitivo del comic con la ciencia ficción.
Aunque la acción se desarrolla en otras galaxias y a velocidades superiores a la de
la luz, Barbarella es más un «western» intergaláctico que ciencia ficción pura.
En realidad, como en casi todos los comics que a través de los años se han
movido en estos mundos, el escenario impone una catalogación y marca una pauta
que respetarán la gran mayoría de sus descendientes. ¿Mejor sería en femenino?
Las hijas de Barbarella nacieron, atropellándose unas a otras en el deseo de ver la
luz —estelar, naturalmente— con la mayor rapidez: Scarlett Dream (sucesora de
Barbarella en V-Magazine, que todavía la publica ahora en su segunda aventura),
Jodelle, Lone Sloane (el único vástago varón y el más «westerniano» de todos),
Saga de Xam y la aparecida recientemente, la heroína de nombre químico-orgánico:
Epoxy. Todas apadrinadas por Eric Losfeld.
Especial atención merecen Jodelle, de Guy Pellaert, y Saga de Xam, de Nicolas
Devil. Jodelle es un «delirium tremens» en estilo Pop, situado en una Roma Imperial
con procónsules femeninos de gustos muy variados, luces de neón y pistolas
desintegradoras. Y representa un punto y aparte en concepción del personaje y en
estilo de dibujo. Su guión es una sátira violentísima que no perdona nada ni a nadie.
Pellaert estiliza todavía más su dibujo en su segunda heroína: Pravda la Survireuse,
aparecida en la revista Hara-Kiri y a la que Losfeld, sin duda, le dedicará un
próximo álbum. Y llega a alturas de perfección en sus trabajos para el admirable film
de Alan Jessua Jeu de Massacre, que no debería dejar de ver ningún amante del
comic, ya que éste es el verdadero protagonista. Sus dibujos no solamente resisten
perfectamente la pantalla panorámica, sino que ésta y el technicolor le confieren un
encanto tal que no es extraño que el protagonista se deje envolver por él y sienta
deseos de emular al «Tueur de Neuchatel», título del comic que Pellaert nos va
desarrollando a lo largo del film.

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… Auranella…

Saga de Xam, con sus psicodélicos dibujos, cambiantes de estilo según las
distintas épocas que reflejan el peregrinaje de la heroína a través del espacio-tiempo
terrestre, plasman a la perfección uno de los guiones más imaginativos en ciencia
ficción pura de la serie Losfeld. Puede decirse que, sin tener la originalidad pionera
de Barbarella o la personalidad arrolladora de Jodelle, Saga es un punto culminante
en cuanto a realización gráfica, que obligará aún más a buscar nuevos caminos a los
que no pretendan limitarse a un trabajo de pura imitación, en una explotación del
filón por otros descubierto.
Scarlett Dream es también un original válido, con el único defecto de ser
demasiado parecida a Barbarella en cuanto a concepción, lo que siempre constituirá
un «handicap» poco menos que insalvable.
Junto a estas descendientes en línea directa de Barbarella, merecen especial
atención las parientes pobres venidas de Italia, país donde aparecieron como hongos
una serie de publicaciones de bajo precio, de calidad más que discutible en cuanto a
realización gráfica, la cual viene suplida por una desenfrenada imaginación. Algo así
como los hijos bastardos del noble feudal con alguna vasalla extraída de cualquier
desheredado rincón de sus tierras, apetitosa y lista como el hambre.
Selene, Uranella, Gesebel, Alika, son ejemplos típicamente espaciales; Isabella
y Mesalina, «de época»; Satanik (no confundir con el fotorromance francés del
mismo título y traducción del original italiano Killing), La Jena, Zakimort, género
«crímenes». Citamos las principales en nuestra opinión, pero no son las únicas, desde
luego. Todas ellas tienen en común varias características: una mujer las protagoniza y,
siendo mujer de acción, conjuga los verbos amar y matar en todos sus tiempos y
personas, No hay situación límite en el plano sádico-erótico que no haya aparecido a
lo largo de estas series.
Aquí no hay trampa ni cartón; se trata de subproductos, de simple imitación del
modelo original, particularidad que no se intenta disimular, sino todo lo contrario.
Selene fue la primera de la pandilla y la de vida más efímera, seguramente porque
la fórmula todavía no estaba a punto y quiso hacerse con una cierta seriedad.

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En Uranella, las concomitancias llegan incluso a la fonética del personaje y al
parecido físico con el modelo, que parece obra del papel de copia; de un papel de
copia de baja calidad, claro. Sin embargo, se han pretendido introducir elementos
nuevos y, bajo la denominación de fumetto de fantamagia, aparecen hechiceros con
poderes intergalácticos, brujas polifacéticas de muy buen ver y príncipes encantados
viajando a la velocidad de la luz. Es la más virginal de las hijas de Barbarella, y su
rasgo diferenciativo, reminiscencia del pasado, es su empeño en defender su virtud,
empresa en la que es ayudada, desde un segundo plano, por el bueno de Antar, su fiel
«soupirant» sin esperanzas; con lo que, en el más tradicional de los nuevos «fumetti»,
encontramos graciosamente invertidos los clásicos términos.
Alika resume todo su mundo de promesas en el subtítulo de la serie: «Si
Barbarella e l’infidele dello spazio, Alika ha licenza d’amare». A partir del número
siete cambió el realizador gráfico y la orientación de la serie, inclinándose hacia una
cierta sátira politicosocial de la actualidad, apareciendo personajes secundarios bajo
los rasgos caricaturizados de conocidas figuras en las más extravagantes situaciones,
casi siempre con una cierta gracia que hace perdonar la deficiencia del dibujo.
Gesebel, «la corsaria dello spazio», es la cabecilla de un planeta gobernado por
mujeres y decidido a exportar su cultura, que a tenor de lo visto debe ser «cultura
física». La destrucción de su imperio la convierte en lo que indica el subtítulo. Lo que
más llama la atención en esta serie es el papel, indefectiblemente poco airoso, que
desempeñan todos y cada uno de los personajes masculinos que a lo largo de ella
aparecen. Sería curioso conocer a sus autores.

… y Jezabel, las hijas de Barbarella.

De todas las demás heroínas no espaciales, destaca con luz propia Isabella. En
esta serie, el plano erótico alcanza unos límites jamás conseguidos hasta la fecha, ni
siquiera en los célebres comic-books mejicanos de los años cincuenta. Sus «escenas-
shock» son capaces de sorprender a cualquiera, incluso al que se considera incapaz de
ser sorprendido por nada. Sin duda el Divino Marqués no hubiera puesto ningún

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reparo en estampar su firma al pie de alguno de los episodios. Isabella es sin duda la
reina sin corona de estos dominios.
Algunas de estas series (Isabella no) están traducidas al francés, dándose la
paradoja de que el creador de los modelos importa las copias y viceversa. Los
distintos planos, económico y de difusión, en que se mueven unos y otros, puede ser
la explicación de ello.
Entre todas estas hijas de padres desconocidos, la mayoría lanzadas al mundo sin
defensas naturales, algunas de las cuales no han llegado a la pubertad, y de su misma
patria, surgió otro punto y aparte: Guido Crepax, lanzado por la revista italiana Linus
(otro nombre pionero a retener). El estilo de Crepax, planificado poco menos que
cinematográficamente, es personalísimo, y el conjunto de sus historias está llevado a
un ritmo trepidante, en el que cada viñeta es consecuencia de la anterior y motivo de
la siguiente, en un todo armonioso puesto al servicio de una fantasía de la mejor ley.
Su primer personaje famoso es Neutrón, pero pronto la compañera de éste, Valentina,
le ha ido robando el estrellato y, en las últimas series, aparece como personaje único,
aunque alguna referencia en boca de Valentina permite suponer que no se ha
descartado todavía al personaje. Una de sus últimas aventuras, «La forza de gravitá»,
es algo tan complejo e intrigante que el mismo autor reexplicó posteriormente la
historia, consiguiendo el «tour de force» de contar la misma acción sin repetir una
sola viñeta (¿mejor diríamos encuadre?).
No es sólo Italia la que ha notado la influencia de Barbarella, aunque quizá, por
razones de proximidad física y cultural, sí es la que ha recorrido más rápidamente el
sendero trazado por la pionera. En los países anglosajones han aparecido también,
últimamente, una legión de heroínas influenciadas más o menos directamente por este
fenómeno latino, como Phoebe, que harían esta relación inacabable.
Sin embargo, no puede terminarse este trabajo sin destacar, dentro del fenómeno
antes aludido, el hecho siguiente:
Incluso en aquellos casos en que la fémina no tiene la «prima voce», su papel ha
cambiado radicalmente. Se acabaron las novias eternas como Dale Arden, Narda, etc.
Las compañeras actuales han pasado a colaborar en las actividades, para bien o para
mal, generalmente para lo segundo, de su hombre: Eva Kant (Diabolik), Loona
(Sadik), y otras, tienen un solo lazo común con las citadas anteriormente: su fidelidad
a toda prueba al protagonista. Ahora bien, sus relaciones han invadido el plano
erótico y no desdice de su femineidad el manejo de la metralleta, los puñales o las
cargas de plástico, y si para salvar al amado hay que hacer el sacrificio de su propio
cuerpo, se hace y a otra cosa.
Podríamos decir que Eva Kant y Loona son una nueva versión de la antigua
«girlfriend», mientras que Barbarella y sus muchachas son, como se ha mencionado
al principio, una nueva dimensión: un presente sin pretérito, pero con mucho futuro.

J. ALBERICH

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Trieste 68: ¿un festival de ciencia ficción?

El festival de cine de ciencia ficción de Trieste era hasta hoy el certamen mundial
más importante de esta especialidad, por el simple hecho de ser el único existente.
Por ello, nuestra atención no podía dejar de posarse en él. Rémi-Maure, conocido
periodista francés especializado en temas fantásticos y de ciencia ficción, gran amigo
y colaborador nuestro, y asistente a la última edición de este Festival, nos cuenta en
este artículo sus impresiones sobre el mismo, y su juicio de periodista, crítico y fan.

Hace ahora siete años que se celebra el Festival de Trieste, y hace sólo algunos
meses que ha sido reconocido oficialmente por la Federación Mundial de
Productores. Aunque tardía, esta distinción es un notable acontecimiento para una
manifestación que tiene, ante todo, un carácter netamente popular, incluso turístico.
Cada año, en efecto, durante una semana, desde las nueve hasta medianoche,
cientos de espectadores afluyen al escenario grandioso del castillo medieval de San
Giusto para asistir a las proyecciones. Éstas tienen lugar al aire libre, y no hay nada
de sorprendente en que, entre la asistencia, la masa de los no iniciados aventaje en
mucho a la de periodistas y aficionados. Es preciso señalar que, en Italia, el período
julio-agosto ve nacer una pléyade de festivales de todas clases organizados con miras
a los turistas y a los que disfrutan sus vacaciones, y que el Festival Internacional del
Film de Ciencia Ficción es uno entre tantos otros.
Tal es la óptica bajo la cual se presenta esta manifestación, y que explica tanto sus
fracasos como sus éxitos. Y tal es el espíritu con el cual ha hecho su entrada en el
panorama de las grandes manifestaciones cinematográficas internacionales.

Los cortometrajes
El Festival fue abierto el 6 de julio con una serie de cortometrajes: veintiséis en
total. Este número puede sorprender; en parte se explica por el hecho de que, hasta
ahora, la Federación Mundial de Productores no reconocía más que los premios
concedidos a esta categoría; y sobre todo, porque desde hace cuatro años los
organizadores se encuentran con tremendas dificultades no solamente para encontrar
films más largos, sino simplemente para que sean de ciencia ficción. Es por ello que,
al lado de un número relativamente menguado de medio y largometrajes
pertenecientes al género, son programados films claramente fantásticos, e incluso
documentales, películas experimentales, inclasificables y Dios sabe qué.
De acuerdo, el público no es tan exigente —el jurado tampoco, por otro lado—;
pero cuando, sobre veintiséis cortometrajes, sólo dos rozan la ciencia ficción y tres el
género fantástico, no puede uno sorprenderse de la poca audiencia del Festival en el

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mundo de la ciencia ficción. Dicho esto, hay que añadir que son muy dignos de notar
reportajes como los de la N.A.S.A., los dibujos animados yugoslavos o incluso ese
homenaje a Abel Gance firmado por Nelly Kaplan, pero ¡qué programa para un
festival que se llama de ciencia ficción!
El más interesante de los films que nos conciernen es, sin duda, Ultra, je t’aime
(Ultra, te amo), del belga Patrick Ledoux. Realizado sobre un relato de Jean Ray
titulado «Un tour de cochon», nos cuenta la experiencia de pesadilla de un vivo que
se despierta en el infierno, en este caso una habitación herméticamente cerrada
tapizada enteramente de periódicos; en esta habitación está su esposa, que murió
quemada viva, la cual no para de tararear una canción estúpida (Ultra, je t’aime),
mientras que su madre cuece un guiso infecto en un hornillo apagado que, sin
embargo, calienta. Ella le dice que sentía nostalgia de él y que ha tenido la idea de
atraerle hasta allí. Finalmente, después de algunas explicaciones con el «Empleado
del Gas», ambos regresan con los vivos. Pero él vuelve la cabeza y ella desaparece…

Viola, de Dunstan Pereira.

Hay algo kafkiano en este film que, creemos, le hubiera gustado al viejo escritor
gantés tanto por su humor como por sus interesantes hallazgos, tales como traducir la
obsesión de un personaje con una canción que resuena en su cabeza. El resultado está
ahí: pocos medios, muchas ideas, un buen tratamiento… una pequeña obra maestra.
Siempre en el campo del humor, es preciso señalar un film polaco en color de
Stanislas Lenartowicz, Upior (El vampiro), extraído del relato homónimo de A. K.
Tolstoi. Este cortometraje, cuyo título es suficientemente explícito, está lleno de
excelentes escenas, como aquélla en que una mujer maligna aprovecha el ardor de su
galán para atraerlo hasta su casa y entregarlo atado de pies y manos a los vampiros.
Es preciso ver entonces el rostro de estos últimos fundiéndose sobre el de su jugosa
víctima, y el de su víctima cuando éstos se ceban con su sangre. Y la conclusión de

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esta parodia de film vampiresco no es menos hilarante, cuando el pobre hombre es
apresado por dos sastres venidos a tomar las medidas de su ataúd antes de enrolarlo
en su hermandad. Una agradable diversión, a la que sólo hay que poner un reparo: el
que la versión original no llevara subtítulos.
Pasemos rápidamente sobre La cage de pierre (La jaula de piedra), de Pierre
Zucca, que utiliza el tema de la casa dotada de vida. Bizonyos Jostatok (Ciertas
profecías), merece un poco más de atención: se trata de un film de dibujos animados
húngaro, de Otto Foky, que cuenta las peripecias de microscópicos extraterrestres
sobre una mesa de restaurante y sus conclusiones sobre nuestra civilización. En fin,
detengámonos sobre un notable dibujo animado de Michael Waddel: Neverwhere
(Ninguna parte), que se inspira hasta la sátira en la serie marciana de Edgar Rice
Burroughs. Es de hecho un extracto del tema central de sus novelas de anticipación:
un terrestre afrontando mil peligros por el amor de una Princesa alienígena. Una
pequeña variación, sin embargo: ¡cuando ella no le necesita más, lo devuelve
villanamente a su planeta!

Los medio y largometrajes


El primero de los largometrajes que inauguró el festival tiene de particular el que,
siendo producido e interpretado por americanos, está dirigido por japoneses. Ésta es
con todo su única originalidad, ya que Battle beyond the Stars (Batalla más allá de
las estrellas) es un film de una rara ineptitud y de una extrema vulgaridad, utilizando
los temas más usados. Se trata de la destrucción de un planetoide que amenaza a la
Tierra, de la contaminación de un satélite artificial por los monstruos venidos de
dicho planetoide, y de la destrucción final del satélite en cuestión. Dentro de todo
esto se desarrolla una opaca intriga amorosa… y eso es todo. En cuanto a los
monstruos, su aparición desencadena la hilaridad. No hay en absoluto en este film de
décimo orden el menor asomo de realismo. En 1935 hubiera podido tal vez obtener
algún éxito. Gracias a Dios, los tiempos han cambiado.

Battle beyond the Stars, de Kinji Fukasaku

Inútil decir que, después de una rociada semejante, experimentamos alguna


inquietud ante la proyección de Ebirah, film japonés de Jan Fukuda. Pues bien, fue
una sorpresa, casi una revelación. Conocíamos ya Godzilla y sus compañeros, pero

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verles bailar el twist y jugar a la pelota con una especie de bogavante gigante valía el
viaje; y además, volvimos a encontrar a Mothra, una especie de polilla gigantesca.
Dicho esto, no hace falta pregonarla como una obra maestra; el guión es todo lo que
puede haber de más exiguo e inconsistente; los trucajes mismos no son siempre
demasiado convincentes. En resumidas cuentas, es ésta seguramente una película
destinada a la juventud y sin otra pretensión que la moralista.
Sin embargo, emana de ella un encanto y una frescura que parecían hasta hoy
atributo exclusivo de las producciones del genio Walt Disney. Y es que hay en este
film una voluntad de desmixtificar y de acabar con el mito de los supermonstruos de
la pantalla, haciendo de ellos los protagonistas de una fábula humorística; ya que el
feroz Godzilla toma la figura de un valiente perrito apenas un poco devastador, y
finalmente es él quien tiene el papel de bueno. Y es preciso creer que esto es
precisamente lo que gustó al público, a juzgar por la ovación que saludó el fin de la
proyección. Ojalá sea lo mismo para los próximos films de la serie.
No abandonamos el tema del humor, ya que Francia presentó una obra de Henri
Lanoë titulada Ne jouez pas avec les martiens (No juguéis con los marcianos). Film
irritante, pertenece, hay que decir tanto lo bueno como lo malo, al género de aquellos
que, como Alphaville (premiado en el IV Festival) o Fahrenheit 451, han suscitado
la polémica de los medios cinematográficos pero no han aportado absolutamente nada
a la ciencia ficción. Los anglosajones llaman a esto «mainstream sf», o dicho de otra
manera, la ciencia ficción despojada de todo espíritu de ciencia ficción. Es decir, que
juzgar esta obra desde el punto de vista general es hallarla encantadora, divertida,
llena de ingenio; así, la actitud del público de Trieste y de la asociación de periodistas
de Friuli y Venezia Giulia le concedió un Premio especial. Pero gran número de
aficionados no pueden por menos que encontrarla completamente estúpida, anticuada,
llena de vulgaridades y sin originalidad; algunos verían en ella incluso una sátira
involuntaria de la mala ciencia ficción. ¿Entonces?

Ne jouez pas avec les martiens, de Henri Lanoë.

Renunciando a dos críticas distintas, para el profano y para el aficionado,


examinemos ante todo la parte técnica. Este film tiene su origen en una oscura novela
de Michel Labry titulada «Les sextuplés de Locqmaria» (Los sextillizos de
Locqmaria); notemos de paso que explota el mismo tema que «The Midwich’s
Cuckoos» (Los cucús de Midwich), de John Wyndham, llevada también al cine bajo

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el título de Village of the Damned (El pueblo de los condenados). La acción se
desarrolla en un rincón perdido de Bretaña donde se han producido contactos entre
extraterrestres o «indígenas»; de uno de ellos y de una terrestre han nacido sextillizos,
lo cual da pretexto a una serie da situaciones de carácter humorístico. Finalmente, la
situación es regularizada y el padre llevará a su nueva familia a su platillo volante.
Por lo demás, el film ha sido rodado en Bretaña y el realizador ha sabido sacar
partido con un raro acierto que llega incluso hasta la sátira de los paisajes y de los
caracteres humanos y sociales de la región; el reparto es más que decente, con actores
como Pierre Dac, Jean Rochefort y André Vallardy. ¿Pero qué hay que pensar de las
escenas en que los marcianos juegan al paso, cantan cancioncillas libertinas y se
emborrachan con alcohol de coucoucou? ¿Qué pensar, en fin, de su campo de fuerzas,
de su traductora automática de bolsillo y del hecho que, en su planeta, un beso sea
suficiente para ser padre? No, realmente, profanos y aficionados se pondrán
difícilmente de acuerdo sobre un tal film. Y no es sorprendente con esta media
ciencia ficción que es el «mainstream sf».
En un orden de ideas más acorde con la ciencia ficción, el festival presentó tres
mediometrajes concebidos para la televisión. Uno de ellos, de la serie Out of the
Unknown (Hacia lo desconocido), producido por la BBC, fue realmente un nuevo
hallazgo, ya que el año pasado un film de esta serie titulado The machine stops (La
máquina se detiene), se llevó un Premio. Beachhead (Cabeza de playa), de James C.
Jones, no ha obtenido por lo contrario la menor distinción, y es sorprendente, ya que
vale tanto como el predecesor. Extraído de un relato de Clifford D. Simak titulado
«You’ll never go home again» (Jamás volveréis a casa), este film es en realidad una
pieza dramática; tiene por tema la tentativa fallida de establecimiento de una base
permanente en un mundo aparentemente amigo. Volvemos a hallar aquellos robots
tan humanos y aquel tema de la soledad tan queridos al autor americano, y que el
cineasta ha cuidado al máximo; pese al tono estático, tenemos derecho a momentos
de una gran intensidad dramática como la escena final en que la tripulación,
bloqueada definitivamente en el planeta, escucha las últimas y desfallecientes notas
del himno terrestre. En fin, como habitualmente en esta serie, los decorados y el
reparto son impecables. Deploremos solamente que aún no haya atravesado las
fronteras del Reino Unido.
En cuanto a los demás mediometrajes, forman ambos parte de esta serie titulada
Raumpatrouille (Patrulla espacial), difundida por las cadenas de televisión alemana,
francesa y sueca. Esta coproducción germanofrancesa, debida a Theo Mezger, cuenta
actualmente con catorce episodios. Se trata de un space-opera que tiene por subtítulo
«Las aventuras fantásticas de la astronave Orion», y por leit-motiv la victoria del
individualismo, del corazón y del valor sobre el militarismo, el conservadurismo y la
burocracia. Planet ausser Kurs (Planeta fuera de órbita) cuenta la destrucción de un
astro dirigido intencionalmente contra la Tierra. Raumfalle (Trampa espacial) utiliza
el tema del planeta-prisión. No insistiremos más sobre esta serie que hubiera podido

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ser una obra maestra si no hubiera existido la enorme desproporción entre los
decorados excepcionalmente cuidados y la poca consistencia de los argumentos.
Con la contribución rusa a este festival, se nos ha dado a ver una ciencia ficción
de otro género completamente distinto. Pasaremos rápidamente sobre Eto svat’
Robert (Se llamaba Robert), de I. Olscvangher; se trata de la historia de un robot de
apariencia humana que, a cada una de sus tentativas de conducirse como un hombre,
acumula torpeza sobre torpeza. Es más bien una comedia musical y una fábula
científica que un film de ciencia ficción propiamente dicho, pero gusta tanto a los
aficionados como a los no iniciados; el humor se adueña del film, y el buen doctor
Isaac Asimov se sentiría encantado con él. En fin, el actor Oleg Strizhenov ha
recibido el Asteroide de Plata concedido al mejor actor por su notable interpretación
del robot.
Pero el film más esperado era sin duda Tumannoct’ Andromedy (La nebulosa de
Andrómeda), de Eugeni Scerstobitov, que, vista la coyuntura, se presentaba como la
respuesta soviética a 2001: A Space Odyssey, respuesta a repetir, ya que comprende
cuatro episodios de metraje normal de los cuales el último se encuentra aún en curso
de rodaje. Nosotros no vimos más que el primero, el cual corresponde muy fielmente
a los seis primeros capítulos de la obra maestra homónima de Ivan Efremov.
«Ustedes, que viven en el primer siglo de la Era Comunista…». Para qué negarlo,
algunos sufrieron un tic nervioso ante tal preámbulo, y hubo incluso alguna protesta
entre la asistencia: tenía, sin embargo, el mérito de dar inmediatamente el tono al
film, el cual se desarrolla sobre dos escenarios: en la Tierra y en el Cosmos. En la
Tierra, es la Era del Gran Anillo, tiempo utópico en el que cada uno se consagra a los
demás y halla su felicidad en un trabajo libremente consentido; los sistemas estelares
se envían mensajes y astronaves. En el cosmos, una de estas astronaves, la Tantra, es
atraída por una estrella de hierro y debe posarse sobre uno de sus planetas; allá, la
tripulación se enfrenta a una especie de medusas gigantes y encuentra una nave
venida de Andrómeda antes de regresar a la Tierra.
Es imposible juzgar completamente una obra tal por un simple fragmento. Se la
ha considerado mejor que 2001: A Space Odyssey. De hecho, el film de Stanley
Kubrick alcanza lo sublime por lo gratuito, la imprecisión, la poesía y la falta de
diálogos antes que por sus grandiosos decorados. En su homólogo ruso, igualmente,
el cineasta ha tenido grandes miras pero los decorados y los trucajes son lo más
tangible que hay; los diálogos superabundantes, sin caer, sin embargo, en la prolijidad
de Raumpatrouille, la poesía, son un soporte de la acción, todo está explicado y
nada se ha dejado de lado; queda la propaganda, que no estaba más que implícita en
la novela. Es seguramente un film hecho para impresionar a la mayor gente posible
(comprendidos los aficionados) y que debería alcanzar lo que Raumpatrouille ha
frustrado; hay seguramente muchas cosas extrañas para un espectador occidental,
tales como ciertas escenas pomposas o algunos decorados, pero sus cualidades podían
pasar difícilmente desapercibidas, incluso a los ojos del jurado que le ha concedido

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un Premio especial por la calidad de sus efectos especiales y de sus trucajes.

Tumannoct’ Andromedy, de Evgheni Scerstobitov.

Como oposición al space-opera, es Londres el teatro del film de Michael Reeves


titulado The sorcerers (Los magos). El relato está centrado en el invento de un viejo
profesor (Boris Karloff) y de su mujer (Catherine Lacey), que les permite imponer
telepáticamente su voluntad a un sujeto (Ian Ogilvy) y de experimentar a distancia
sus sensaciones. Todo termina cuando el abuso de este poder provoca la muerte del
sujeto y por contragolpe la de los experimentadores.
Este film inglés se ha llevado el Asteroide de Oro, que es la distinción máxima
del Festival, y a Catherine Lacey le ha sido concedido el Asteroide de Plata destinado
a la mejor actriz; en fin, Boris Karloff ha recibido la medalla de oro de la dirección
del festival «por su talento, que hace de él uno de los pilares del cine fantástico». En
consecuencia, un film bien acogido. Sin embargo, es flagrante la deshonestidad del
director, que ha hecho descansar sobre estos actores consagrados todo el peso del film
sin proveer para ello el menor esfuerzo; es, en efecto, decepcionante que Michael
Reeves (que es doblemente culpable, ya que es también el autor del guión) no haya
aprovechado la ocasión para abandonar un poco los caminos trillados. En otras
palabras, el director no se halla a la altura de los actores, y si éstos han podido hacer
olvidar su falta total de audacia y de originalidad, la desproporción resulta enorme, ya
que no podían hacer todo su trabajo. Todo el mérito, pues, les pertenece, pero es
lamentable que hayan malgastado así su talento.
Otro film muy apreciado y muy original. Ja, spraveld nost (Yo, la justicia), del
checo Zbynek Brynych, tiene por tema las actuaciones de un grupo de nazis que,
habiendo salvado a Hitler y preparado la puesta en escena de su muerte, han tomado

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la tarea de hacerle pagar caros sus errores y lo torturan de todas las maneras. En la
conferencia que dio Zbynek Brynych, y ante la pregunta «¿Cree usted que su film es
de ciencia ficción?», respondió: «Fue seleccionado por la dirección del festival». Es
inútil decirlo, es una elección bien singular y, pese a lo interesante que sea, este film
no tiene ningún contacto con el género que nos concierne. Se repartió el Premio
especial del jurado con Tumannoct’ Andromedy, pero esto es un contrasentido.
Terminaremos este repaso de los films con la retrospectiva que, este año, fue
relativamente interesante. Vimos de nuevo con placer Der Golem (El Golem), de
Paul Wegener y Alraune (La Mandrágora), de Henrik Gallen, con Brigitte Helm.
Boris Karloff fue la vedette con The bride of Frankenstein (La novia de
Frankenstein), de James Whale, y The black cat (El gato negro), de Edgar G. Ulmer.
The Cat People (El pueblo de los gatos), de Jacques Tourneur, no había envejecido,
pero no podemos decir lo mismo de The Phantom of the Opera (El fantasma de la
Ópera), de Rupert Julian, y The Queen of Spade (La reina de espadas), de Thorold
Dickinson. En fin, señalemos la insólita presencia de The pit and the pendule (El
pozo y el péndulo), de Edward Abraham, ya que data de 1962.

Boris Karloff, premio especial en Trieste.

¿Qué decir más? Hubiéramos deseado ver en este festival films como 2001: A
Space Odyssey, de Stanley Kubrick, Barbarella, de Dino de Laurentiis o incluso Je
t’aime, Je t’aime, de Alain Resnais, pero parece que los grandes productores
occidentales se obstinan en menospreciar Trieste. Afortunadamente, para hacer
contrapeso, sus colegas de los países del Este no han cesado nunca de enviar su
contribución, tanto en calidad como en cantidad, ya que sus tres largometrajes han
sido todos ellos premiados este año. Esta participación no cesa de aumentar desde
hace algunos años, aunque, si la carencia occidental continúa, hay que prevenir que
no monopolice el festival. Ésta es una primera conclusión.
El segundo punto importante sobre el cual conviene llamar la atención es la
tendencia al humor que se ha manifestado claramente este año, y esto no solamente
en una buena parte de los cortometrajes, sino también con Ebirah, Ne jouez pas
avec les martiens y Eto svat’ Robert. Éste es un aspecto poco explotado del género,

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y si bien no da forzosamente excelente resultado, el filón merece ser ahondado.
En fin, llegamos al aspecto negativo, aquel que, desde hace tres años, mina el
Festival; la parte cada vez menos importante que corresponde a la ciencia ficción.
¿Cómo, entre los films presentados, existen algunos que no tienen más que una
relación lejana o no la tienen en absoluto con este género? Hemos hablado de la
dificultad de procurarse el material necesario, pero existe también el hecho de que el
Festival está organizado por personas muy competentes en el campo cinematográfico,
pero muy mal informadas en el de la ciencia ficción y, lo que es más, en el de los
films de ciencia ficción. Incluso el jurado no estaba demasiado mejor informado,
aparte una o dos personalidades. En estas condiciones, Trieste amenaza convertirse
en receptor de todo lo que el cine produce de extraño y de informe.
Para concluir, el festival de este año fue muy interesante. Pero, ¿podemos hablar
realmente de un festival de ciencia ficción?

RÉMI-MAURE

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se dice

LIBROS

La New English Library ha puesto a la venta un libro basado en las imágenes de la


película de dibujos de los Beatles Yellow Submarine (El submarino amarillo).
Es ésta una obra difícil de calificar, no sólo por su temática, que no nos atrevemos
a clasificar ni entre la fantasía, ni en la ciencia ficción, ni entre las obras pop, ya que
comparte un poco de todas ellas, sino por su presentación, que reúne también
características del film de cartoons, de la historieta, del fumetto y del libro.

Los Beatles y sus aventuras en el Submarino Amarillo.

La editora británica MacDonald & Co. ha iniciado la publicación de una nueva


serie especializada de libros de ciencia ficción: la MacDonald Science Fiction, con
la que se propone presentar la mejor ciencia ficción que se está escribiendo
actualmente tanto en la Gran Bretaña como en los Estados Unidos.
Entre los primeros títulos de esta colección se hallan Farewell, Fantastic Venus
(Adiós, fantástico Venus), una historia del planeta Venus en la ficción y la realidad,
compilada por Brian Aldiss asistido por Harry Harrison, y World of Ptavvs (Mundo
de los Ptavvs), primera novela del autor Larry Niven.
Otros autores que serán presentados por esta colección son, por el momento,
William F. Temple, Randall Garrett, Dan Morgan y John Kippax.

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Adiós al Fantástico Venus, a través de MacDonald.

No es raro el caso del editor que, aprovechando la popularidad dada por una película,
saque al mercado el libro en que se basó ésta.
Tal ha ocurrido recientemente en España con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury,
y con El planeta de los simios (La planète des singes) de Pierre Boulle, obras ambas
que, tras los éxitos de sus versiones fílmicas, han sido editadas por la firma Plaza y
Janés.
Igualmente se habla que otro editor barcelonés ha adquirido los derechos de la
obra de Arthur C. Clarke 2001, A Space Odyssey, para su publicación simultánea a
su inminente estreno.

El Planeta de los Simios…

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… y Fahrenheit 451 en novela.

REVISTAS

El pasado mes de enero una revista española no especializada creó, al fin, una
sección periódica dedicada a la ciencia ficción y a sus temas afines.
Se trata del semanario madrileño, de difusión internacional gracias a su edición
iberoamericana de Méjico, SP. El autor de los artículos que componen dicha sección
es nuestro colaborador José Luis Garci.
A lo largo del año 1968 han aparecido textos dedicados a los más diversos temas,
entre los que se pueden destacar Lovecraft, un genio venido de otro mundo,
dedicado al gran autor de terror norteamericano; Trasplantes diabólicos, sobre un
tema de hoy y su proyección en la literatura de ciencia ficción; Navidades de ciencia
ficción; El misterio de la isla de Pascua; y, dedicado a lo que Jodorowsky llama «la
poesía de nuestro tiempo», o sea el comic, el interesante El reino del comic ficción.
Todos ellos tienen un gran carácter de actualidad, como sus mismas temáticas:
trasplantes, el comic, Lovecraft (coincidiendo con la publicación de un libro de este
autor en España) nos lo demuestran, pero siempre han sido presentados tratando de
reflejar esa actualidad a través de la ciencia ficción, como precursora de esa realidad
o como influenciada por la misma.

La Revista de Pedagogía de Bucarest (Rumania), ha publicado en su número de


mayo de este año una discusión sobre La ciencia ficción y la juventud.
Han participado en ella los escritores Víctor Kernbach e Ion Hobana —
corresponsal éste de nuestra revista en su país—, así como los universitarios Silvestru
Patita e Ilie Stanciu.
Entre los problemas abordados se hallaban la unión entre la ciencia ficción y los
mitos, los personajes típicos, la relación entre lo posible y lo imposible y los medios

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para elevar la discusión teórica en la prensa al nivel del interés de los lectores.
Sobre este interés es digno de ser tenido en cuenta que, según recientes sondeos
realizados en ese país, el 58 por ciento de los muchachos y el 43 por ciento de las
muchachas leen ciencia ficción.

Debido a la pasada Revolución de Mayo francesa y a sus consecuencias de todo


orden, se ha visto diferida la aparición de la revista, proyectada por Jean-Pierre
Fontana, y dedicada a la ciencia ficción y a la fantasía, Espace, de la que ya dimos
cuenta en nuestro número 2.
Como nueva fecha, probable, de puesta en el mercado se señala este otoño.

La revista Familia Española dedica su número 113, correspondiente a la primera


quincena de septiembre de este año, a la ciencia ficción.
Se trata de un trabajo con objetivos antológicos, como nos lo demuestra su índice:
ciencia ficción, OVNIS, Isaac Asimov, Planeta, Realismo de la ciencia ficción,
Humor y ciencia ficción, etc.; lo cual viene completado por un par de cuentos y
algunos chistes.
En su realización han colaborado firmas de la ciencia ficción española, unas
famosas: Buiza, Lezcano, PGarcía, Atienza; otras no tan conocidas.
Lástima que este trabajo tan interesante peque de ligereza en el tratamiento de
algunos temas. Tal es el caso de: Tiempo, Espacio y Ficción, una historia de la
ciencia ficción tan poco documentada que casi aseguraríamos que su única fuente de
información ha sido el número 7 de la fenecida revista Anticipación.
También es de lamentar el confusionismo que se crea entre los lectores no
informados al incluir temas tales como los OVNIS y la astrología, cuyas conexiones
con la ciencia ficción, a lo sumo, se pueden considerar como remotas. Y este
confusionismo es palpable sobre todo al presentar como arquetipo de revista de
ciencia ficción a la conocida Planeta.
En resumen, un gran esfuerzo que equivocó su meta.

CINE

Ray Bradbury está recibiendo en la actualidad la atención de los cineastas. Así, tras
finalizar en los Estados Unidos el rodaje de la cinta The Illustrated Man (El hombre
ilustrado), basada en su obra del mismo título y protagonizada por el matrimonio
formado por los célebres actores Claire Boom y Rod Steiger, y de cuyo inicio les
informábamos en nuestro número tres, ahora se inicia, también en los Estados
Unidos, la filmación de The Picasso Summer (El verano de Picasso), cuya fuente de
inspiración se halla en el cuento, del mismo título, perteneciente a la antología
Medicine for Melancholy (Remedio para melancólicos).

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Rod Steiger es «ilustrado» para el Hombre Ilustrado.

Por primera vez en España se va a celebrar una Semana del cine dedicada
enteramente al cine fantástico.
En efecto, organizada por el club Sitges Foto-Film, de la conocida ciudad costera
catalana, se ha programado, entre los días 28 de septiembre y 4 de octubre, la
realización de la Primera Semana de Cine Fantástico, con el aliciente que la
convierte en única en el mundo, en reunir bajo este denominador común a las cintas
de ciencia ficción, fantasía y horror-terror.
Las películas preseleccionadas caen dentro de dos categorías, una retrospectiva,
con títulos tan significativos como El gabinete del doctor Caligari, de Wiene, El
Golem, de Wegener y Rye, Nosferatu, de Murnau, Metrópolis, de Lang, La caída
de la mansión Usher, de Epstein, y otras tantas que harán necesaria una dolorosa,
pero ineludible, selección.
La otra categoría está formada por las cintas que son presentadas como estreno en
España y en ella se pueden citar ante todo, a pesar del tiempo transcurrido desde su
filmación, a Aelita, de Protozanov, verdadera joya que es esperada con ansia por los
aficionados. Otros films, más recientes pero de no menos valor, son: El baile de los
vampiros, de Polanski, Kuroneko, realización japonesa que representaba a este país
en el último y malogrado festival de Cannes, El ángel exterminador, de Buñuel, y
muchas otras obras que convierten la asistencia a esta semana en algo ineludible para
todo buen fan.
Por último, queremos informar también de la posible presencia en Sitges, durante
esta semana de Terence Fisher y Cristopher Lee, que acudirán a la gala en que será
estrenada una de sus últimas cintas y, quizá, de Román Polanski, que honraría la
presentación de su film.
Nueva Dimensión, que se ha adherido completamente a la realización de esta
Primera Semana, les ofrecerá en su próximo número un detallado artículo sobre este
acontecimiento.

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Roman Polanski mata a un vampiro.

TEATRO

El primer espectáculo cátaro: la guerra, y el segundo espectáculo cátaro: el hombre,


fueron presentados, en el pasado mes de junio, en el Palacio de la Música de
Barcelona (España).
El segundo espectáculo consta de varias escenas vinculadas por un tema común y,
al menos una de ellas: Acusado de laboratorio 442, reúne características de ciencia
ficción.
Esto es cosa habitual en la producción teatral del autor de dichos espectáculos,
Alberto Miralles, ya que en toda su producción siempre han surgido problemáticas
del tipo de las tratadas por nuestra literatura.
Así, el cuarto espectáculo cátaro, actualmente en preparación, estará dedicado a la
ciencia ficción, lo cual nos alegra, ya que esto no es muy habitual en el arte de Tespis.

El teatro nuevo: los Cátaros

TV

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Dos nuevos programas de Interés para los fans en la televisión española: se trata de
La familia Adams (The Adams), sátira de las películas de horror, realizada a lo
«Munster» y basada en los dibujos del gran humorista norteamericano Chas Adams.
La otra serie, algunos de cuyos programas ya habían sido emitidos como relleno
en alguna ocasión y otros presentados por Narciso Ibáñez Serrador en alguno de sus
espacios es La Cuarta Dimensión (The Twilight Zone), famosa serie de las
productoras yanquis realizada por Rod Serling.

Rod Serling y su Cuarta Dimensión.

La cadena de televisión de Alemania Occidental ZDF ha adquirido 13 episodios de


la serie norteamericana The Invaders (Los invasores), cuya programación será
efectuada a partir del presente octubre.

COMIC

Decirle a un aficionado del comic de hoy que ha salido un nuevo Crepax es algo así
como anunciarle a un aficionado al cine la aparición de una cinta de Bergman o
Polanski: es presentarle un reto al que sólo se puede contestar viendo la obra
anunciada.
Pues bien, la editora italiana Rizzoli acaba de publicar L’Astronave pirata, relato
de Guido Crepax situado en un extraño futuro en que el hombre viaja por el espacio y
coloniza los planetas, todo ello con unas vestiduras que recuerdan a los
conquistadores de América y a los piratas de Drake.
Un reto, en más de un sentido, para el lector.

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Bucaneros y conquistadores en el nuevo comic de Crepax.

El fan del comic en los Estados Unidos ya no se contenta con leer, comentar o hasta
editar un fanzine hablando de su afición: ahora ya edita fanzines realizando su
afición, esto es, presentando sus propios comics.
Éste es el caso de Comic Book, el fanzine de Alan J. Hanley de Chicago, el cual,
a través de una cuidadosa reproducción por offset, nos presenta las aventuras de los
héroes de su propia creación Goodguy, una especie de Capitán Marvel, de The
Mitey Buggers, un grupo de superinsectos, Captain Thunder y Spook, obviamente
inspirado este último en el famoso «The Spirit».
Dibujados con un simpático estilo «amateur», estas historietas presentan el
aliciente de dar cobijo entre sus páginas a numerosos otros héroes del comic
«profesional», que aparecen y desaparecen de las viñetas a medida que la acción —o
el deseo de Alan— lo hace necesario.
Para usar las palabras de Alan J. Hanley, refiriéndose al comic, «hay basura y hay
basura, o buena basura, como diría Goodguy». Indudablemente, Comic Book es de
esta «buena basura».

El «comic book» casero.

FUMETTI

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La serie de la TV alemana «Raumpatrouille Orion» (Patrulla espacial Orion) está
conociendo tal éxito de público que ya comienza a utilizarse con fines comerciales,
como informamos en nuestra sección juegos.
Así, en la serie de publicaciones juveniles «Fix und Foxi», de Pabel Verlag, la
importante editora germana, ha aparecido un fumetto realizado con fotogramas de
películas de la serie. En el primero de los cuadernos realizados se presentan los
episodios televisivos titulados Die Raumfalle (Emboscada espacial), Der Kampf um
die Sonne (Lucha por el Sol) e Invasion (Invasión).

La Patrulla Espacial Orion llega a los fumetti.

DISCOS

El primer disco de ciencia ficción gitano es el aparecido recientemente bajo el sello


Discophon, y en interpretación de Peret, el creador de la rumba catalana, bajo el título
de Don Toribio.
En él, se cuentan las desventuras de un gitano que desea ser el primer astronauta
de su raza y llegar a la Luna… evento considerado como bastante improbable por el
mismo intérprete de la canción.

Los gitanos se van a la Luna…

AUTORES

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El autor norteamericano L. Sprague De Camp, presidente de honor del C. L. A.
(Círculo Literario de Anticipación, al que dedicamos una sección especial en nuestro
número pasado) y su esposa visitaron a J. Ferron, alma y fundador de dicho Círculo,
en su residencia de Longjumeau (Francia).
Tras su estancia en París, los señores Sprague De Camp se trasladaron al
Mediodía francés y luego a Suiza. Durante su estancia en el viejo continente planean
visitar varios países en cuyas cadenas de televisión serán pasadas sus obras.

FANDOM

Le Baycon, o lo que es lo mismo la vigesimosexta edición de la Convención Mundial


de la Ciencia Ficción World Con, tuvo lugar el día 29 de agosto al 2 de septiembre
en el Hotel Claremont, en Oakland, California (Estados Unidos).
Invitado de honor a la misma fue el conocido autor Philip José Farmer y, como
invitado especial, acudió el más famoso de los fans japoneses, Takumi Shibano.
El programa incluyó sesiones especiales dedicadas al programa televisivo —el
mejor jamás visto según todas las opiniones— Star Trek, a los comics, a los «pulps»
y a los autores Tolkien, Burroughs y Lovecraft. Asimismo otros actos programados,
como un torneo medieval, una exposición de arte, subastas y un baile de máscaras,
contribuyeron al éxito de esta edición de la Convención Mundial.

Se celebró, el pasado mes de julio, la Segunda Convención de escritores y centros de


anticipación y divulgación científica del Mar del Plata (República Argentina), en los
locales del Club General Pueyrredón.
Organizada por Fernando Pujadas, Presidente del Club de Anticipación Antelae
de la citada ciudad de Mar del Plata, participaron, entre otros, Pablo Capanna,
estudioso de la ciencia ficción, autor de la obra «Sentido de la ciencia ficción»,
Osvaldo Elliff, autor del ensayo «Ciencia ficción: mitología del siglo XX», Juan
Berkliacic, Presidente de la Convención, Daniel Jorge Divinsky, editor de las Eds. de
la Flor de Buenos Aires, Alfredo Vignatti, autor de libros de poemas y cuentos de
ciencia ficción, el Dr. Juan Jacobo Bajarlía, autor de libros de Derecho Penal, relatos
policíacos y de ciencia ficción, Alfredo Grassi, autor de novelas policíacas y de
cuentos de ciencia ficción y Marcial Souto Tizón, nuestro corresponsal en Uruguay.
Entre los actos que tuvieron lugar se pueden destacar una discusión, propuesta por
Divinsky sobre El límite de la ciencia ficción, que por ser un tema tan poco definido
se convirtió en bizantina. El Dr. Bajarlía efectuó la exposición de un tema acerca del
Principio de indeterminación de la Ciencia Ficción.
Se celebró también una mesa redonda de autores, en la que participaron Capanna,
Vignatti, Grassi, Bajarlía, Porrúa y Elliff, en la que se tocaron diversos temas, entre
ellos la «Cosa Nueva» (véase a este respecto el artículo de Marcial Souto Tizón La
Nueva Ciencia Ficción, en nuestro número tres).
El último acto consistió en la entrega de los premios convocados por el club

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Antelae para cuentos, recibiendo los dos primeros Osvaldo Alberto Jorgensen, por su
relato El extraño Sr. Merlín, y Magdalena A. Moujan Otaño, por Los huáqueros. El
tercero le fue concedido a Cayetano Ferrari.
Un excelente ejemplo de organización y un feliz encuentro de aficionados y
profesionales. Lástima, tan solo, que se mezclase la ciencia ficción con la divulgación
científica, ya que son dos temas con tal entidad propia que bien se merecen reuniones
exclusivas.

Marcial Souto, Juan Jorge Cerutti, Juan Berkliacic, Pablo Capanna y Francisco Porrúa.

De mayor, más brillante y mejor que nunca se ha calificado a la proyectada


próxima convención británica, la de 1969, a celebrar en Semana Santa, del 4 al 6 de
abril. Se convocan a la misma a todos los interesados en los campos de la
comunicación, imaginación y resultados de la ciencia en este mundo moderno.
El Comité para la misma está formado por E. C. Tubb (Presidente), H. K. Bulmer,
John Brunner, Gerry Webb, Anne Keylock (Tesorera), Daphne Sewell (Secretaria),
Jean Muggoch (Contactos con el extranjero) y Derek Stokes como especialista en
cine y literatura terrorífica.
Huésped de Honor de esta manifestación será la célebre Judith Merrill. La
convención tendrá lugar en el Hotel Randolph, en la histórica ciudad de Oxford, cerca
de Londres.
La tarifa de registro es de un dólar o su equivalencia, cuyo abono asegura la
recepción de los boletines informativos y de todas las publicaciones especiales.
Han sido nombrados, como agentes en el exterior, Sam y Florence Russell de
Estados Unidos, Waldemar Kumming de Alemania, Par Insulander para
Escandinavia, Jean-Pierre Moumon por Francia y, por España, nuestro colaborador
Luis Vigil, al cual puede dirigirse cualquier consulta sobre dicha convención a través
de esta revista.

El fandom alemán, o Gerfandom, como es denominado en la misma Alemania,


sigue adelante con su petición de que le sea concedida la posibilidad de organizar, en
1970, una convención mundial, la World Con, exactamente en la ciudad de

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Heidelberg, famosa por su universidad medieval.
Con el fin de promocionar esta idea, los miembros del Comité organizador han
editado un fanzine, denominado German Con News (Noticias de la convención
alemana) en el que conocidos fans germanos, tales como Manfred Kage, Gert Zech y
Thea Molly Auler, nos hablan no sólo de los diversos actos a realizar en la proyectada
reunión mundial, sino también tratan de promocionar las maravillas de la ciudad
bañada por el río Neccar como sede ideal para tal evento.
Nosotros, ya lo dijimos en nuestro número tres, estamos totalmente a favor de la
idea, que serviría para unir al aún demasiado disperso fandom europeo. Por ello
pensamos asistir, a fin de que, por primera vez, el fandom español suene en una
WorldCon.

Heidelberg, la meta del ’70.

El Science Fiction Club of London (Club de Ciencia Ficción de Londres, Gran


Bretaña) ha pasado a una fase de casi-hibernación.
En su última reunión fue tomada la decisión de que, en adelante, tan sólo se
celebrarían reuniones semianuales.

¡Bang! es el nombre de un nuevo fanzine español, «el fanzine de los tebeos


españoles» que nace en Madrid, editado por Antonio Martín y Antonio Lara.
Los fans del comic están pues de enhorabuena, pues la calidad de estos nombres y
la de sus colaboradores en otras ciudades hispanas: Alfonso Figueras y Jaime Perich
en Barcelona, Félix Fabián Rodríguez en San Sebastián, y Pedro Tabernero en
Sevilla, aseguran una realización cuidada y consciente.
En este primer número se reúnen en el sumario textos diversos bajo los apartados:
«Nace un nuevo fanzine», «Museo de la imagen», «Debate», «Última hora» y
«Bazar». Realmente es un esfuerzo que suponemos será apreciado en todo lo que vale
por los fans del comic que, de estar interesados, pueden entrar en contacto con dicha
publicación en su domicilio provisional: José Caballero Palacios, 24 (204). Madrid-
20.

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¡BANG!, el fanzine de los tebeos españoles.

PREMIOS

Han sido concedidos los premios Hugo correspondientes a este año, en sus distintas
categorías.
El correspondiente a la mejor novela fue ganado por Lord of the Light (Señor de
la Luz) de Roger Zelazny, compitiendo con obras de Chester Anderson, Piers
Anthony, Samuel R. Delany y Robert Silverberg.
A la mejor dramatización se presentaron cinco episodios de televisión, todos ellos
correspondientes al programa Star Trek, resultando vencedor el titulado City on the
Edge of Forever (La ciudad al borde de la eternidad) de Harlan Ellison.
Aspiraban a obtener el título de mejor revista profesional Analog, Fantasy and
Science Fiction, Galaxy, New Worlds e If, obteniéndolo esta última.
El premio a la mejor novela corta se lo repartieron Riders of the Purple Wage
(Jinetes de la paga púrpura) de Philip José Farmer y Weyr Search (La búsqueda de
Weyr) de Anne McCaffrey. El destinado al mejor cuento largo Gonna Roll the
Bones (Voy a hacer rodar los huesos) de Fritz Leiber, y el dedicado al mejor cuento
corto I Have no Mouth and I Must Scream (No tengo boca y debo gritar) de Harlan
Ellison.
El mejor artista fue Jack Gaughan, elegido frente a Chesley Bonestell, Frank
Frazetta, Kelly Freas, Gray Morrow y John Schoenherr.
Los premios a los fans se repartieron de la siguiente manera: mejor fanzine,
Amra de George Scithers, mejor escritor aficionado Ted White, y mejor artista
George Barr.

EXPO

Bajo el nombre de «I Giovani e la Fantascienza» se ha celebrado en Trieste (Italia)


y como uno más de los actos paralelos al Festival de Cine de ciencia ficción, una
exposición mundial de fanzines, en los locales del Círculo de la Prensa.

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En la exposición, organizada por Gianfranco Battisti y Fabio Pagan y con la
colaboración del C.C.S.F. (Centro de amigos de la ciencia ficción), se hallaban
publicaciones de aficionados procedentes de Alemania, Argentina, Australia, Bélgica,
Canadá, Checoeslovaquia, España Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Holanda,
Irlanda, Italia, Japón, Noruega, Suecia y Suiza.
La representación de los países iberoamericanos corría a cargo de los fanzines
The Argentine SF Review, del argentino Héctor Pessina, y Spainfan, Cuenta Atrás
y Cuto, de los españoles —todos ellos colaboradores de Nueva Dimensión— Luis
Vigil, Carlos Buiza y Luis Gasca.

Coincidiendo con la liberalización de las normas de censura que se produjo antes de


la invasión rusa, numerosas actividades culturales estaban conociendo un nuevo
esplendor en Checoeslovaquia.
Entre ellas cabe destacar una exhibición artística, denominada El laberinto de la
conciencia, organizada por dos miembros del Grupo Surrealista Lacöste, de la ciudad
de Brno, Josef Kremlacek y Jiri Havlicek, este último miembro asimismo del Club de
Ciencia Ficción de dicha ciudad.

JUEGOS

Basándose, al igual que el fumetto que se comenta en la sección dedicada a estas


publicaciones, en el éxito de la serie televisiva germana Raumpatrouille Orion
(Patrulla espacial Orion), ha aparecido en Alemania un juego de cartas bajo ese
nombre.
Los naipes, fabricados por la empresa Altenburger und Stralsunder Spielkarten-
Fabriken AG, pertenecen a los juegos llamados «de familias», siendo cada una de
estas familias, o grupos de naipes, la representación de uno de los episodios de la
serie.
En los dos mazos aparecidos se presentan escenas de los programas: Im Jahr
3000 (En el año tres mil), Darsteller (Representante), Angriff aus dem All
(Ofensiva del Universo), Planet ausser Kurs (Planeta fuera de órbita), Hüter des
Gesetzes (Vigilancia de la ley), Deserteure (Desertor), Kampf um die Sonne
(Lucha por el Sol), Die Raumfalle (Emboscada espacial), e Invasion (Invasión).

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La Patrulla Espacial Orion llega a los juegos de naipes.

REUNIONES

En un típico Heuriger austríaco, del famoso barrio Grinzing, de Viena, tuvo lugar en
el pasado mes de agosto una cordial reunión entre Sebastián Martínez, uno de los
encargados de esta revista, y el corresponsal de la misma en Austria, Kurt Luif, el
primero acompañado de su esposa y el segundo de su prometida.
Durante la reunión, en la que se consumió una buena cantidad de vino blanco —
conocido lubrificante para este tipo de conversaciones— se trataron diversos temas,
girando todos ellos alrededor del polo de la ciencia ficción.
Según se desprendió de las palabras del señor Luif, existe una gran afición por la
ciencia ficción en los países de habla germana, especialmente en Alemania. En
Austria existen al parecer varios clubs de ciencia ficción, aunque su volumen no sea
demasiado grande, no pasando en ningún caso de los 40 miembros.
Las series más famosas en esta región de Europa son las de Perry Rhodan,
Terra y las antologías, la mayor parte de las cuales se deben casi en su totalidad al
trabajo de Kurt Luif.
Éste felicitó a Nueva Dimensión por su presentación y calidad, expresando la
ilusión que le produciría el poder editar algo semejante en alemán, pero que ello
resultaba imposible por ser los costes de un tal proyecto prohibitivos. A esto le
replicó Sebastián Martínez que lo mismo ocurría en España, y que si esta revista
seguía apareciendo no era sino por el excelente y desinteresado apoyo de un buen
grupo de amigos y colaboradores.
Al día siguiente, una nueva cita sirvió para que los señores Martínez pudieran
conocer al escritor Ernst Vlcek, posiblemente el más prolífico de los que se dedican a
la ciencia ficción en lengua alemana, ya que de su fértil imaginación han surgido ya
unos 200 títulos, entre novelas y cuentos, la mayor parte de los cuales han sido
publicados en la colección alemana Terra o en la serie de Perry Rhodan.
En suma, un interesante primer contacto entre los fandom austríaco y español.

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Sebastián Martínez, Berit Sandberg, Birgitta y Kurt Luif.

Dos miembros del club de ciencia ficción británico, y colaboradoras de Nueva


Dimensión, las señoritas Jean Muggoch y Daphne Sewell, visitaron Barcelona
durante este verano, teniendo así la posibilidad de entrevistarse personalmente con el
personal de redacción.
Ambas son residentes habituales de Londres, en donde son bien conocidas entre
el fandom por sus actividades, no sólo dentro del club, del cual Jean Muggoch es la
encargada de las relaciones exteriores, sino como editoras del fanzine internacional
europeo European Link.
Recientemente han sido elegidas para ocupar los puestos de secretaria (Daphne
Sewell) y encargada de contactos con el exterior (Jean Muggoch) para la próxima
convención nacional de la Gran Bretaña.

Daphne Sewell, Jean G. Muggoch y Berit Sandberg.

A pesar de lo que ocurre en Londres con su club de ciencia ficción (véase la noticia
en el apartado Fandom), el interés por las reuniones entre fans no ha decaído en las
Islas Británicas.
Así, además de las ya tradicionalmente reuniones celebradas en The Globe Pub,
de Hatton Garden, Londres, se han comenzado a celebrar otras en Kings Head, de

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Richmond, Surrey. Las reuniones en el Globe se efectúan los primeros martes de cada
mes, mientras que las del Kings Head tienen lugar cada tercer martes del mes.

En el Circolo della Stampa (Círculo de la prensa) de Trieste, y durante las fechas de


celebración del Festival Internacional de Ciencia Ficción, fue celebrada la usual
Tavola Rotonda (Mesa redonda).
Los mantenedores fueron Walter Ernsting, Gian Franco Battisti, Fabio Pagan,
Jean-Pierre Moumon, Gian Luigi Missjaia y Gian Paolo Cossato, actuando como
moderador Sandro Sandrelli, fan, periodista y escritor.
En la reunión se trató el tema del desarrollo de la ciencia ficción en general y,
particularmente, en Francia, Alemania, Italia y Gran Bretaña, junto con su habitual
tendencia a convertirse en fantasía.

Las noticias y comentarios de esta sección proceden de las siguientes fuentes: L’Artefact (fanzine),
Longjumeau, Francia. L’Astronave Pirata (comic), Milán, Italia. Dagens Nyheter (diario), Estocolmo,
Suecia. Espectáculo Cátaro (programa), Barcelona, España. European Link (fanzine), Londres, Gran
Bretaña. Familia Española (revista), Madrid, España. German Con News (fanzine), Sprendlingen,
Alemania. I Giovani e la Fantascienza (catálogo), Trieste, Italia. The National Fantasy Fan
(fanzine), Wheaton, Estados Unidos. Peret (disco), Barcelona, España. Primer Acto (revista), Madrid,
España. Raumpatrouille Orion (fumetto), Munich, Alemania. Raumpatrouille Orion (naipes),
Stuttgart, Alemania. Y la colaboración de José Luis Garci, Madrid, España. Ion Hobana, Bucarest,
Rumanía. Sebastián Martínez, Barcelona, España. Alberto Miralles, Madrid, España. Patrice
O’Duvic, Orsay, Francia, y Marcial Souto, Montevideo, Uruguay.

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se escribe

He leído en la sección de cartas a los lectores del recién aparecido volumen 3 de


su revista la respuesta que dan ustedes a un aficionado que se interesa por la
recopilación de Flash Gordon aparecida en los Estados Unidos.
Como yo mismo he andado siempre tras los dibujos de Alex Raymond desde los
tiempos de mi ingreso en el bachillerato, que coincidieron con la desaparición de
Leyendas, y me he llevado además bastantes malos ratos con el trato que han
recibido por parte de las editoriales españolas, me permito aprovechar su amable
oferta de transmitir los pedidos a su importador habitual de publicaciones extranjeras,
interesándome en primer lugar el volumen antes citado o bien, de hallarse agotado, la
versión francesa del mismo.
Con gracias anticipadas por su amabilidad y con la seguridad de tener en mí un
permanente lector de Nueva Dimensión.

José Ramón BETRÁN


Bilbao

N. D. — No cabe duda de que el comic es la forma literaria más rabiosamente


actual, o para seguir la denominación de hoy en día, más «in», y que constituye uno
de los pocos temas que aún logran traer correspondencia a nuestra redacción.
Sí, amigo Betrán: haremos llegar su petición a nuestro importador, tal como ya
hemos hecho con otras peticiones anteriores de nuestros lectores, pero… ¿nos
permite que le pidamos un pequeño favor a cambio?: coja, se lo rogamos, de nuevo la
máquina de escribir, y mándenos otra carta. Y, esta vez, háblenos de Nueva
Dimensión.
Háblenos, si quiere, del tema que a usted le agrada: del comic. Díganos qué tal le
parecieron los que publicamos en números anteriores, o el que publicamos en éste.
Díganos qué comics le gustaría ver en nuestras páginas, cuáles le gustaría que
sirviesen de tema para artículo… Al hacerlo, no sólo pondremos todo nuestro empeño
en satisfacerle, sino que también nos habrá ayudado en nuestra tarea.

Hace unos días, y por casualidad, llegó a mi poder el número 2 de su publicación


Nueva Dimensión. Desde hace algún tiempo he venido preocupándome por las
publicaciones referentes a la ciencia-ficción, afición que ya venía precedida por una
solitaria semipasión por los tebeos, «comics» como dicen otros.

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Realmente ha sido una muy agradable sorpresa el encontrar una publicación tan
completa como es la suya. Reconforta saber que hay gente seria que se preocupa por
estas cosas, pues, aunque todo el mundo diga lo contrario, hoy por hoy, la ciencia
ficción y los tebeos se consideran en España géneros menores.
Dado que al parecer Luis Gasca es el más entendido en España en tebeos, les
agradecerías me informasen de su dirección actual, pues tengo gran interés en
ponerme en contacto con él.
Por último; felicitarles por lo que hasta ahora han hecho y animarles a continuar.
Las últimas hojas verdes, apasionantes y reconfortantes. Gracias.

Jesús IRAGUI
Pamplona

N. D. — Segunda carta de las recibidas… y seguimos con el comic. En los


Estados Unidos se está notando un creciente aumento de aficionados al comic en la
composición de los participantes a las convenciones, que llegan así a parecer más
dedicadas al comic que a la ciencia ficción. En nuestra revista, los aficionados al
comic amenazan con apoderarse de la sección «se escribe». Pero no podemos serles
desagradecidos, ya que sin ellos nos veríamos atacados por un raquitismo mortal.
Contestando a su demanda, apreciado Sr. Oragui, tenemos que manifestarle que,
hallándose ausente nuestro colaborador Luis Gasca, camino de la República
Argentina para participar en la Bienal Mundial de la Historieta —como ya
informamos en nuestro número anterior— no podemos transmitirle su interés por
ponerse en contacto con él. Sin embargo, si usted desea enviarnos una carta a su
atención, tendremos mucho gusto en entregársela en cuanto regrese de su periplo por
las Américas.

Recientemente ha caído en mis manos el primer ejemplar de su nueva Revista,


por cuya aparición les felicito, pues hace bastantes años que soy lector asiduo de este
género literario y puedo asegurarles que su publicación se puede clasificar entre las
mejores de su estilo.
Desde luego está a la cabeza de las españolas, con gran diferencia. La sección
introducción de relatos es muy buena, la sección de información sencillamente
magnífica, el dibujo y composición excelentes, y la revista en conjunto tiene
verdadera personalidad.
Les agradecería me informen sobre la posibilidad de adquirir en España alguna de
las publicaciones reseñadas por ustedes. En particular tendría interés en conseguir
Barbarella y la serie de Aníbal 5 extractada por D. Luis Gasca en su número 1.

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José E. DURAN ZAÑOLA
Dr. Ingeniero de Minas
Avilés

N. D. — Parece que no es sólo amenaza, sino que los fans del comic ya se han
apoderado definitivamente de esta sección… Bueno, D. José: lamentamos tener que
decirle que Aníbal-5 es inencontrable, ya lo hemos dicho otras veces, y ni nuestros
amigos mejicanos nos han podido conseguir unos ejemplares para nosotros. Por lo
que se refiere a su otra petición, actuaremos como en el caso del Sr. Betrán.

En primer lugar deseo felicitar a Nueva Dimensión por el gran éxito obtenido.
También les escribo para hacerles unas preguntas sobre los comics de Superman y
Batman, ya casi olvidados en España.

1. ¿Por qué han sido prohibidos en España Superman y Batman? Es algo que no
logro comprender, dado el éxito alcanzado cuando se editaban; entonces: ¿por
qué?
2. ¿Veremos alguna vez en España la versión cinematográfica de Batman, así como
su serie de televisión?
3. ¿Podrían, por favor, indicarme cómo puedo ponerme en contacto con las
editoriales de estos comics en el extranjero, ya sea en Italia, Portugal o Méjico?

José L. GLEC LAGO


Madrid

N. D. — Ya no cabe duda: vale más que nos apresuremos a declarar que nosotros
también somos unos aficionados «de siempre» al comic, desde mucho antes que se
produjese este alud de cartas de fans del mismo. Y como prueba de descargo, nos
remitimos a cualquiera de nuestros números.
En lo que se refiere a su pregunta, señor Glec (y perdone si malinterpretamos su
nombre, pero éste es el que creemos leer, pues no aparece muy claro en su carta), los
motivos que ocasionaron la desaparición de esos dos personajes, así como la del resto
de los superhéroes, de las librerías y puestos de periódicos españoles, son muy
complejos, por lo que, para su total comprensión, lo mejor será que consulte el
artículo, exhaustivo en su documentación, de nuestro colaborador el Dr. D. Alfonso
Álvarez Villar, aparecido en la Revista Española de la Opinión Pública, n.º 6, de
octubre/diciembre de 1966 o, mejor aún, el n.º 2 y 3 del fanzine Cuto, de nuestro
también colaborador Luis Gasca, que no sólo reproduce dicho artículo, sino que,

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además, está totalmente dedicado al «fenómeno Superman».
Por las mismas razones que quedó eliminado el comic del mercado español,
creemos bastante improbable el pase de sus aventuras por las pantallas, grandes o
pequeñas.
En lo referente a las ediciones extranjeras, lo mejor será que se ponga en contacto
directo con los editores, que son: en Italia, Arnoldo Mondadori Editore, via Bianca di
Savoia 20, Milano; en Francia, Societé Anonime Générale d’Editions, 12 rue du
Quatre-Septembre, Paris 2e; en Méjico, Organización Editorial Novaro, Calle 5, n.º
12, México 1; y, en los Estados Unidos, National Periodical Publications Inc., 575
Lexington Ave., New York, N. Y. 10022.

Nuevamente me dirijo a Nueva Dimensión para agradecerle la publicación de mi


carta, así como la respuesta tan amable de la que ha sido objeto. Felicitarles también
nuevamente por la calidad que han alcanzado en sus números dos y tres. Nueva
Dimensión ha ganado en cuanto a material de dibujo se refiere.
Y ahora una serie de puntos a tratar, que se desprenden de la lectura de dichos
números.
1) He leído en su número dos, en la sección «se escribe» un magnífico artículo de
Sebastián Martínez titulado Los premios Hugo. A título informativo debo advertir
que el premio Hugo de novela otorgado por la 23.ª convención, en Londres, a Fritz

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Leiber por su obra The Wanderer, ha aparecido en la colección Nebulae bajo el
título de El Planeta Errante y no de El vagabundo. La traducción que ofrece
Sebastián Martínez es, sin duda, más correcta, pero los lectores que quieran localizar
la obra de Leiber corren el peligro, al pedir El vagabundo, de que les den una obra
(por cierto bastante floja) de F. Brown que aparece en Nebulae bajo ese título.
Concretando, The Wanderer es el número 130 de Nebulae, y lo integran dos
volúmenes.
2) Felicitar a Luis Vigil por su serie de relatos sobre ese personaje tan simpático
que es el robomóvil. Espero sinceramente que no abandone esa idea. El robomóvil es
un personaje embriagado de una sutil ironía, una poesía sobre cuatro ruedas.
3) Nueva Dimensión ha dado un gran paso; se habla de miniconvenciones, se
sueña con asistir a la convención mundial del 70, con que se celebre una nacional en
España. Todo esto está muy bien, pero… ¿y el lector? Tratemos nosotros de
agruparnos en un club, vamos a reunirnos, cambiemos impresiones. ¿Y cómo
hacerlo? Reunimos un día determinado en un lugar determinado no va a ser cosa
fácil, deberíamos aunar las distintas obligaciones de los aficionados. Por otra parte, si
la convocatoria debiera hacerse por carta a Nueva Dimensión, al ser la revista
bimestral transcurriría un tiempo entre la publicación y la reunión. Por ello, me
ofrezco para confeccionar una lista de todos aquellos que estén interesados en
celebrar este tipo de reuniones. Así podríamos ponemos de acuerdo para la
determinación de las fechas y lugares donde los efectuaríamos. Por ello, los
interesados pueden telefonearme al 230 74 81, o escribirme.

Jaime ROSAL DEL CASTILLO


Avenida de Sarriá, 42
Barcelona

N. D. — ¡Aleluya! Amigo Rosal: la suya es una carta de las que,


desgraciadamente, vemos pocas. Siguiendo las líneas del artículo de Suzanne
Malaval aparecido en nuestro núm. 3, diríamos que está usted a punto de pasar al
segundo estadio de la ciencia ficción, ya que no se contenta con leer, sino que quiere
actuar: ¡bienvenido al manicomio!
Ya su punto uno es del tipo que nos va estupendamente, al paliar una deficiencia
de nuestro equipo que, como humano que es (aunque de vez en cuando surjan algunas
dudas al respecto), no puede ni conocerlo ni abarcarlo todo. El punto dos da un nuevo
motivo a nuestro colaborador Luis Vigil para que nos siga sometiendo al fuego
granizado de sus «minicuentos». Pero el punto tres… ¡el punto tres es música para
nuestros oídos!
Apoyamos su idea, la apoyaremos en todo lo que nos sea factible, y ojalá su
valiente iniciativa sea el primer eslabón hacia la creación de una cadena de clubs que
den al fandom español algo que no tiene y que le resultará esencial: unos puntos de

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aglutinación, unos «polos de desarrollo».
¡Ánimo y adelante, amigo Rosal! ¡Estamos con usted!

Mal «cartoonist» sería si no hubiera examinado una y mil veces el magnífico


comic El Mensajero, de Carlos Giménez. Mal colega suyo sería si no os escribiera
estas líneas entusiastas.
Hace aproximadamente diez años que los dibujantes de la generación a la que
pertenecemos Carlos y yo trabajamos en los comics. Durante todo este tiempo, hemos
producido miles de viñetas sin casi atrevernos a decir en público cuál era nuestra
profesión, por temor a las miradas de desprecio. Los comics han sido tan
públicamente menospreciados como ávidamente leídos. Los editores, nacionales y
extranjeros, nos han impuesto un estilo más o menos uniforme de segura aceptación
en el vastísimo mercado de la literatura gráfica. Como sabéis, sólo hace un par de
años que el comic ha sido descubierto por el mundo llamado intelectual. El papel
jugado por el comic, estadísticamente hablando, en la cultura de masas, ha movido a
un amplio sector de la crítica no sólo a considerar la importancia sociológica del
mismo, sino también a empezar a valorar estéticamente nuestro grafismo. Tarde pero
necesario. Los cineastas tuvieron mejor suerte.
De todas formas, los primeros beneficiados de esta acogida somos los propios
«cartoonists», que podemos por fin reconciliarnos con nuestra propia profesión. Este
cambio de actitud puede, y debe, llevarnos a la renovación que exige el comic. Si el
comic es un arte, de los dibujantes y de los guionistas depende. Si uno de los núcleos
productores de comics más importantes de Europa, el de Barcelona, puede llegar a
sonar como merece, depende de sus hombres. De sus hombres, que deben comenzar a
dar rienda suelta a su imaginación y a su capacidad de creación. Y también, cómo no,
de los editores que deben plantearse el problema del nuevo comic que surge ya de los
pinceles de quienes han tenido que estar sometidos hasta ahora a los cánones de la
vulgaridad comercializada.
Personalmente, aunque no me importaría equivocarme, no creo qué los editores
de comics de nuestro país estén preparados para darse cuenta de la transformación
que vive el mundo del grafismo. La posibilidad de comercializar un comic de calidad,
un comic realmente artístico, creo que puede venir de editores que en su vida han
publicado una sola viñeta. Por ello, el hecho de que hayáis dado acogida en las
páginas de Nueva Dimensión al comic de Carlos Giménez me satisface
enormemente. Me satisface porque demostráis con ello querer romper tabús
insostenibles y estimuláis a los «cartoonists» a que, paralelamente a su labor normal
dentro del comic de consumo, se decidan a investigar, a dar un paso adelante en la
creación de este nuevo lenguaje que es el comic.
Para Nueva Dimensión y para Carlos, mi más sincera felicitación.

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Enric SIÓ
Barcelona

N. D. — Querido Enric: en una ocasión nos dijiste que lo que teníamos que hacer
con Nueva Dimensión era convertirla en una revista dedicada al comic. La
correspondencia de este y de otros números parece darte la razón.
Sabemos que tu opinión, la opinión de uno de los mejores dibujantes de comics
españoles, es realmente inapreciable, y por ello nos llena de emoción, especialmente
porque tú, mejor que nadie, sabe lo que cuesta en España defender las ideas de un
comic adulto y de una ciencia ficción adulta. Gracias.
Sólo nos queda desear que nuestras comunes ilusiones tengan un buen fin y que,
en estas páginas, podamos demostrar, con tu ayuda, con la de Giménez, con la de Beá
y con la de tantos otros, que el comic no sólo puede ser bueno, sino que lo es.

Antes que nada quisiera felicitarles por su magnífica revista de ciencia ficción y
fantasía; pensarán que es un poco tardía (quizá bastante) mi felicitación, ya que su
revista comenzó a salir a principios de este año, pero yo acabo, hace pocos días, de

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adquirir el número uno de su serie. No cabe duda de que aquí, en mi país, andamos
bastante atrasados en todo, en lo que se refiere a la ciencia ficción. Poco a poco el
número de fans mexicanos aumenta, pero aun así somos pocos los que formamos el
fandom mexicano. Les pondré un ejemplo, mejor dicho, varios:
El programa de televisión Star Trek desapareció a fines del año pasado debido a
que a la gente no le gustaba en lo más mínimo; el programa The Avengers corrió la
misma suerte que el anterior, a mediados de este año, y los programas The Invaders
y The Prisoner, que comenzarán su ciclo este año, están destinados a correr la
misma suerte que los anteriores, debido también a la falta de fans y al espíritu
estúpido de la mayoría del público que ve la televisión.
Por lo que toca a revistas, ustedes se habrán dado cuenta que yo acabo de adquirir
el número uno cuando ya está por salir el cuatro. La mayoría de novelas son
importadas de Argentina, de Estados Unidos o de su país.
Hace poco han empezado a aparecer novelas de ciencia ficción editadas aquí,
pero son muy contadas, aunque todas ellas muy buenas (Sturgeon, Leinster, Vance,
etc.).
Asimismo, empiezan a aparecer escritores latinoamericanos, como el cubano
Óscar Hurtado y el muy bueno (al menos así me parece) René Rebetez, el autor de la
novela La nueva prehistoria.
El campo de desolación mexicano en la ciencia ficción es muy vasto, aún, pero
empieza a cambiar. Aparecen más fans cada día.
Bien, creo que ya les hablé mucho del terrible panorama que existe aquí, pero lo
decía porque me agradó mucho su gran revista. Ahora, pasando a otro tema, quisiera
preguntarles si me debo dirigir a ustedes o a un fanzine, en caso de escribir un relato.
Tengo varios en mente y me gustaría cooperar, ya que creo que es una de las cosas
que me faltan como fan: cooperar, entrevistarme con otros, escribir «locs».

Luis VÁZQUEZ LEÓN


Méjico

N. D. — Primera carta recibida de un lector iberoamericano, y consiguiente


alegría. Al igual que la del señor Rosal, esta carta nos ayuda a cubrir un campo: el de
la ciencia ficción en Méjico, que, por carecer de datos suficientes, no podíamos
atender por nosotros mismos.
Todos conocen el refrán: «Mal de muchos, consuelo de tontos» (aunque uno de
nuestros amigos lo haya modificado a «… epidemia»). Pues bien, a nosotros, que no
nos consideramos tontos, el mal de muchos no nos consuela, y por ello nos causa
pena el «campo de desolación» en que se encuentra el fan mejicano.
Nos imaginábamos a Méjico, por su proximidad con el coloso yanqui, inundado
de libros y revistas de ciencia ficción, de comics, y con fuertes lazos de relación con
el fandom estadounidense; pero ahora volvemos a ver lo importante que sigue siendo

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todavía la barrera del lenguaje.
En fin, esperamos que nuestro modesto esfuerzo les sirva de algo, señor Vázquez,
a los fans de su país. Por nuestra parte nos agradaría mantener el contacto con usted,
para tener esa visión de lo que sucede en su país en lo referente a nuestras aficiones
que sólo es exacta cuando es directa y vivida.

Hallándose ya en máquinas este número, acaba de llegarnos la noticia del repentino fallecimiento, el día
24 de setiembre en Gran Bretaña, de nuestro buen amigo y corresponsal Arthur Sellings. Autor
sobradamente conocido, no ya sólo en su país y en los Estados Unidos, sino también en los de habla
hispana, donde habían sido publicadas recientemente varias de sus obras, Arthur Sellings fue uno de los
primeros y más entusiastas amigos y colaboradores de esta revista, cuyo aliento nos ayudó mucho en
los primeros y siempre difíciles momentos.
Descanse en paz este buen amigo, autor y fan de la ciencia ficción.

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Notas

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[1] Diminutivo de «Generador». (N. del T.) <<

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[2] Alusión al proverbio ruso: «Mide siete veces antes de cortar». (N. del T.) <<

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[3]
En 1933 Street and Smith lanzó al mercado la serie de Doc Savage, de éxito
mundial. <<

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[4]Igual que en Francia, una vez terminada la colección de fascículos se tuvo la
desgraciada idea de publicarlos encuadernados en dos grandes tomos… ¡sin las
magníficas portadas a color de Robida! Actualmente, y aún con mucha dificultad,
esto es lo único que puede encontrarse. Los cuadernillos con las portadas ya están en
poder de coleccionistas, que es lo mismo que decir que se los ha tragado la tierra. <<

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[5]Los autores galos más afamados en el género fantástico tuvieron acogida en las
publicaciones de Jules Tallandier, especialmente en Journal des Voyages. Entre ellos
se hallaban el Comandante de Wailly, Paul D’Ivoi, Louis Boussenard, etc. <<

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[6]Con Les secrets de monsieur Synthèse, publicada en 1888, Louis Boussenard se
coloca entre los adelantados de la ciencia ficción en Francia. <<

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[7]Concretamente se da esto en la publicación El Sheriff (1929-1934), en varios de
sus fascículos como El doctor X. Es también curioso señalar que Prensa Moderna,
la editora de Madrid a la que se debe la primera época de El Sheriff, fue la primera
que dio a conocer las obras de Ray Cummings, A. Hyatt Verrill, Ellis Parke Butler,
Rusell Hays y tantos otros que por aquel entonces formaban el ejército literario de
Hugo Gernsback. <<

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[8]Khunzivan el terrible, Un viaje al planeta Marte, El titán de los mares, El
círculo rojo, Mackwan. Más tarde, Canellas Casals se dedicó a los guiones gráficos
de gran fantasía y, posteriormente, escribió obras de mayor envergadura, entre las que
se puede citar la moderna Después de la bomba H. <<

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