U4 Penal Esp2
U4 Penal Esp2
a) Figura básica
La denominación del Capítulo “Incendio y otros estragos”, nos da la pauta de que entre
el estrago y el incendio existe una relación de género-especie. En otras palabras, el “incendio” no
es más que una especie perteneciente al género “estrago” o, dicho de otro modo, el incendio es
un tipo especial de estrago, al contar con la potencialidad de crear una situación de peligro
común para personas y bienes indeterminados. (Buompadre).
El tipo básico lo hallamos en el inc. 1º, cuya estructura es de peligro concreto.
En cuanto al sujeto activo, se trata de un delito de titularidad indiferenciada, por lo que
puede ser cualquier persona.
La acción típica consiste en causar (crear, producir, generar, dar origen) un incendio, una
explosión o una inundación. Desde una perspectiva jurídico-penal el término incendio es el de
fuego peligroso, esto es con aptitud para provocar un peligro común para los bienes. Por tanto,
resulta necesario que cuente con poder autónomo y que sea de imposible o difícil control. No
exige la doctrina que sea un fuego grande y con llamas, podrá ser un fuego chico y sin llamas,
ya que la lenta combustión es también incendio (Soler). En síntesis, el incendio es “el inicio de la
combustión del objeto destinado a arder cuando exista peligro de propagación” (Rodríguez
Ramos). Por su parte, la explosión es la liberación instantánea e irrefrenable de gran energía,
que puede originarse en un proceso de combustión, transformación o de comprensión (Núñez).
Finalmente, la inundación es la invasión de una considerable extensión de terreno por el agua,
que puede darse en forma lenta o intempestiva (Núñez), pero cuya principal característica es
que la imposibilidad de controlar o dominar el poder del agua, de modo que derive un peligro
común para bienes.
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A cuento de lo referido, debe quedar claro que para la configuración del tipo se requiere
que la conducta provoque efectivamente un peligro común para los bienes, esto es, una real y
concreta puesta en peligro. Justamente –como ya hemos adelantado– en los delitos de peligro
concreto no basta la concurrencia de la acción descripta en el tipo penal sino que además debe
verificarse la puesta en peligro del bien jurídico contenido en el tipo (en este caso “los bienes”)
quedando descartada toda instancia de presunción, lo que no sucede en los delitos de peligro
abstracto, los cuales presumen iuris et de iure la puesta en peligro del bien jurídico tutela con la
mera presencia de la conducta descripta en la figura.
En razón de lo expuesto, en caso de que tenga lugar la conducta típica (creación de un
incendio, explosión o inundación) pero sin la creación de un peligro común –o no se ha podido
probar que ha puesto en peligro a los bienes en el caso concreto– la conducta deviene en
atípica y quedará en el ámbito de infracciones contravencionales, no penales, salvo que los
hechos den lugar a otro delito, como puede ser el de daños.
Al ser un delito de peligro, no requiere un resultado material para su consumación. En
efecto, el delito se configura con la sola generación de peligro común para bienes
indeterminados a través de las acciones típicas, por lo que es suficiente con que se haga correr
un riesgo de daño al bien jurídico protegido, siendo indiferente que aquel se produzca.
En cuanto al tipo subjetivo, se trata de un delito doloso, que admite el dolo eventual.
b) Figuras agravadas
El precepto prevé tres supuestos calificantes, a saber:
A) El inc. 3º establece que el máximo de la pena se incrementa en aquellas
constelaciones de casos en donde se provoca un incendio, explosión o inundación, y ello
deriva en un peligro para determinados lugares tanto públicos como privados receptados en la
figura. El fundamento de la agravante radica en suministrar especial protección a
determinados lugares por la importancia de los mismos. Cabe decir que no quedan atrapados
por la agravante los lugares privados de venta artículos de pirotecnia (solo queda
comprendida la fábrica de pólvora o de pirotecnia militar como organismos del Estado).
B) El inciso 4º prevé un caso de mayor penalidad en aquellos casos en donde como
consecuencia del incendio, explotación o inundación, se coloca en situación de peligro a la
vida de alguna persona. Se trata de una hipótesis de peligro concreto para un individuo
determinado, del cual resulta la probabilidad de su muerte.
Adviértase que las hipótesis receptadas en los incisos 3º y 4º constituyen – al igual que
la figura básica– estructuras de peligro concreto, por lo que son aplicables las reglas y
principios desarrollados anteriormente.
C) Por último, el inciso 5º contempla la pena más grave prescripta por el artículo
(incremento en su mínimo y en su máximo), para el supuesto en que, por los medios ya
mencionados, se ocasione efectivamente la muerte de una persona, de modo que entre el
hecho punible (incendio, explosión o inundación) y la muerte de la persona debe existir una
relación causal directa. Respecto a la calificante, conviene hacer algunas precisiones:
1) A diferencia de las calificantes analizadas anteriormente, aquí se exige la efectiva
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lesión del bien jurídico, vale decir, la agravante opera cuando se produce un resultado material
determinado: la muerte de una persona.
2) Para que la agravante camine debe existir, necesariamente, entre la conducta del
sujeto activo (quien causa el incendio, explosión o inundación) y la muerte de la persona una
relación causal directa, esto es, no debe haber ningún tipo de injerencia extraña que rompa el
nexo causal, como puede ser la acción de la propia víctima o de un tercero. Pongamos un
ejemplo: Manuel provoca un incendio de grandes dimensiones en el que mueren tres
personas. Tales personas estaban alejadas del lugar y fueron allí para intentar apagarlo.
Tomando la teoría de la imputación objetiva, estimamos que si bien la conducta de Manuel ha
creado un riesgo jurídico penalmente relevante, más allá del riesgo permitido y por ende
desaprobado, no corresponde la aplicación de la figura agravada del art. 186 inc. 5º, ya que
las tres muertes no pueden ser atribuidas a Manuel. El segundo nivel de imputación
(imputación del resultado) queda trunco por existir asunción del riesgo o autopuesta en peligro
por parte de las tres víctimas.
3) Debe diferenciarse este supuesto del homicidio agravado recogido en el inc. 5 del art.
80 del Código Penal. La figura agravada del art. 80 en su faz subjetiva demanda una finalidad
concreta en el autor: matar a una persona y mediante ese medio con capacidad de peligro
común, es decir, el medio catastrófico (incendio, etc.) es elegido por el autor dolosamente
para matar y, justamente, ésta es la característica que lo diferencia del supuesto aquí
analizado, en el cual resulta la muerte pero en los que el dolo está dirigido a crear una
situación de peligro común (mediante incendio, explosión o inundación) para las personas y
para los bienes, y como consecuencia deriva en la muerte de una persona. La diferencia debe
hallarse, por tanto, en la órbita subjetiva.
4) Como lo ha manifestado la doctrina, la muerte configura una hipótesis de resultado
preterintencional. Ya hemos desarrollado nuestra posición crítica respecto a la
preterintencionalidad (delitos cualificados por el resultado), por lo que hacemos la
correspondiente remisión (supra arts. 81, 85, 124, 142 bis, 170). Basta con decir que
entendemos que tales circunstancias deberían desaparecer del Código Penal y, en su caso,
encontrar solución en las reglas del dolo y la culpa y los lineamientos del concurso de
infracciones.
c) Figuras especiales
El inciso 2º del art. 186 contempla una serie de hipótesis especiales y excepcionales,
bajo el entendimiento de que rompen con la lógica de las infracciones contempladas en este
sector del Código Penal, al apartarse de la idea nuclear que es el peligro común para bienes o
personas indeterminadas.
Dicho de otro modo, se trata de un delito daño efectivo, por cuanto el tipo solo se
perfecciona en la medida que se hayan sido destruidos los objetos allí enumerados, sin
necesidad de que se genere una situación de peligro general, razón por la cual ha sido
cuestionada su inclusión en el Título VII. Así las cosas, la doctrina entiende que se trata de un
delito contra la propiedad, más precisamente, de un delito de daño calificado. En cuanto al tipo
subjetivo, se trata de un delito doloso, que admite el dolo eventual.
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➡ ESTRAGO
El artículo 187 del ordenamiento penal estatuye: “Incurrirá, según los casos, en las
penas señaladas en el artículo precedente, el que causare estrago por medio de sumersión o
varamiento de nave, derrumbe de un edificio, inundación, de una mina o cualquier otro medio
poderoso de destrucción”.
Estructura típica
El legislador no nos proporciona un concepto de estrago, por lo que el texto se limita a
recoger una relación de medios que se utilizan para la comisión del delito y los resultados que
producen. La mayoría de la doctrina es coincidente en cuanto a definir al término “estrago”
como un daño grande, de extraordinaria magnitud e importancia, de enormes proporciones, y
que produce un peligro real para un número indeterminado de personas o bienes (Núñez,
Creus, Fontán Balestra, Buompadre, Estrella/ Godoy Lemos, entre otros).
En este orden de ideas, la acción típica consiste en “causar estrago”, esto es, producir un
daño de grandes proporciones, con grave peligro para personas o bienes indeterminados, a
través de alguno de los medios enunciados. Como ya se ha señalado, “estrago” es la
denominación genérica abarcativa del incendio, la explosión, la inundación y demás hechos
previstos en este Capítulo capaces de crear un peligro general. Sin embargo, la fórmula “o
cualquier otro medio poderoso de destrucción”, nos da la pauta de que la enumeración no es
taxativa.
Aclarando alguno de los términos utilizados, decimos que “sumersión” de nave es su
hundimiento, “varamiento” es hacer encallar la nave en la costa, en las rocas o en la arena;
“derrumbe de edificio” es la caída, el desplome, la precipitación o el hundimiento total o parcial
de una obra construida o en construcción, siendo indiferente que se encuentre habitado o
deshabitado, como así también carece de relevancia que tenga destino de vivienda o no
(Creus); por último, “mina” debe interpretarse como aparato explosivo.
Cabe destacar que el concepto de estrago va necesariamente unido a dos ideas: daño y
peligro común. En este sentido, se trata de un delito de resultado material, no obstante para su
consumación se requiere la destrucción del objeto y la creación del peligro común para bienes o
personas. Si falta el daño, no hay estrago, sin peligro común, hay solo daño (Buompadre).
ESTRAGO CULPOSO
El artículo 189 del Código Penal dispone: “Será reprimido con prisión de un mes a un
año, el que, por imprudencia o negligencia, por impericia en su arte o profesión o por
inobservancia de los reglamentos u ordenanzas, causare un incendio u otros estragos.
Si el hecho u omisión culpable pusiere en peligro de muerte a alguna persona o causare
la muerte de alguna persona, el máximo de la pena podrá elevarse hasta cinco años”.
Estructura típica
Como en todo tipo culposo, es necesario que exista un desvalor de acción (la conducta
imprudente del sujeto activo que puede ser tanto activa como omisiva), entendida como
una lesión a un deber de cuidado que se configura sobre la base de la previsibilidad del resultado
típico. Ello implica que en el caso concreto el agente no actuó con la debida diligencia como un
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hombre razonable o prudente, es decir, debe existir divergencia entre la conducta realmente
realizada por el acusado y la que debería haber sido realizada en virtud del deber de cuidado
que, objetivamente, era necesario observar y que cualquier persona situada en las
circunstancias del autor podía haber observado.
Pero la mera conducta culposa del autor no resulta imputable y castigada por el Código
penal sino que se requiere, además, haber causado un resultado imputable a aquella (disvalor
de resultado). Bajo esta línea de razonamiento, puede afirmarse que el obrar culposo por parte
del agente sin la producción de un resultado concreto carece de relevancia para el Derecho
penal. Así las cosas, el tipo penal exige que el sujeto haya causado un incendio o alguno de los
estragos recogidos en el art. 187, quedando excluida la figura del 188 que no define ningún
desastre, sino conductas vinculadas a él.
Ahora bien, cabe destacar que entre la conducta imprudente del sujeto activo y el
resultado típico debe existir un nexo de causalidad. Como bien señala Muñoz Conde “El
desvalor de acción (la conducta imprudente) no es, por si, suficiente, para determinar una
sanción penal, sino que es preciso, además que se conecte con el desvalor de resultado. Por
tanto, debe mediar entre la conducta imprudente y el resultado, en primer lugar, un relación de
causalidad, es decir, una conexión causal que permita imputar ya en el plano puramente causal
ese resultado concreto que ha producido el autor de la conducta imprudente realizada”. Una vez
acreditada la relación de causa-efecto debe procederse a efectuar al proceso de depuración y
selección de los factores causales jurídicamente relevantes, dado por el filtro de la teoría de la
imputación objetiva construida por criterios estrictamente normativos. En concreto, debemos
verificar que el resultado sea imputable objetivamente a la acción del autor.
Finalmente, el segundo párrafo establece una circunstancia calificante cuando el
incendio o estrago causado por una conducta imprudente del agente, origina una situación de
efectivo peligro de muerte, o es causa de la muerte de alguna persona.
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industrial, será reprimida con prisión de TRES (3) a SEIS (6) años”.
Tipo subjetivo
En cuanto al tipo subjetivo, se trata de un delito doloso. Ahora bien, se exige la
concurrencia de un elemento subjetivo adicional que integra el tipo: “el fin de contribuir a la
comisión de delitos contra la seguridad común o causar daños en las máquinas o en la
elaboración de productos”. Por tanto, ante la ausencia de la finalidad específica requerida por la
figura la conducta deviene en atípica, salvo que estemos ante un supuesto de simple tenencia
de materiales sin la debida autorización legal, en cuyo caso quedará atrapada por el delito
previsto en el inc. 1º párrafo tercero.
Vale destacar que la finalidad del autor debe estar dirigida a cometer delitos
indeterminados. Por el contrario, en caso de contribuir a delitos determinados la figura en
análisis quedaría desplazada por las reglas de la participación criminal, es decir, el sujeto sería
participe de este último delito, en la medida de su cooperación.
Consumación y tentativa
En lo que respecta a la consumación, recuérdese que estamos ante actos preparatorios
elevados a la categoría de delito (delito de peligro abstracto) por lo que se consuma con la sola
realización de alguna de las conductas previstas en el tipo bajo el móvil o la finalidad
mencionada. Así las cosas, no es necesario la creación de un peligro común para personas
indeterminadas (delitos de peligro concreto), sino que la puesta en peligro del bien jurídico
tutelado se presume iuris et de iure con la mera presencia de la conducta descripta en el tipo.
Resulta evidente que la tentativa no es posible.
Tipo objetivo
El segundo párrafo del inc. 1º equipara la penalidad a quien diere instrucciones (acción
típica) para la preparación de las sustancias o materiales descriptos en el primer párrafo. Dar
instrucciones consiste en comunicar, dar a conocer, transmitir determinados conocimientos que
posee el autor. Ahora bien, no bastan las simples recomendaciones o la mera transferencia de
conocimientos sobre cuestiones baladí de las sustancias o materiales, sino que se requiere que
las instrucciones sean de tal relevancia que otorguen a quien las reciba la capacidad y destreza
suficiente para la preparación o construcción de aquellas.
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Cabe aquí aplicar el mismo razonamiento del supuesto regulado en el párrafo anterior,
respecto a que las instrucciones deben estar dirigidas para delitos indeterminados. En efecto, si
el autor instruye a alguien sobre el modo de preparar un artefacto explosivo, por ejemplo, para
que lo utilice en un hecho determinado, es participe de este último delito, en la medida de su
cooperación, quedando desplazada la figura en análisis. Claro que pesarán las reglas de
participación criminal, debiendo tenerse en cuenta las pautas de la prohibición de regreso. Así,
por ejemplo, no será responsable el interviniente que cumpliendo su rol (lícito) instruyere a
quien debía hacerlo y éste último utilizare el conocimiento para delinquir desviando así hacia lo
ilícito el aporte que se le suministró. (Jakobs, Cancio Meliá).
Tipo subjetivo
En cuanto al elemento subjetivo del tipo la doctrina no es pacífica. Por un lado, algunos
autores entienden que el delito admite tanto la forma dolosa como la forma imprudente, ya que
el precepto dice “el que sabiendo o debiendo saber” (Núñez, Creus, entre otros). Por otro lado,
hay quienes rechazan aquel razonamiento, por lo que sostienen que se trata de una figura
exclusivamente dolosa que solo admite el dolo directo (Buompadre).
Por nuestra parte, estimamos que aquella leyenda implica un amplio espectro, ya que
agiganta la presencia del dolo y no sólo instala la figura en el dolo eventual sino que
compromete la zona “culposa” del delito, lo que –de suyo– no compartimos, bajo el
entendimiento de que se estaría permitiendo el ingreso del abuso interpretativo a favor de
escenarios culposos. Por tanto, consideramos que debe imponerse una interpretación
restrictiva, con la finalidad de evitar arribar a soluciones injustas, lo que tendría lugar si las
infinidades de constelaciones de casos en materia culposa quedaran atrapados por la norma.
Pongamos un ejemplo para dar mayor claridad al asunto: La profesora de física que con fines
pedagógicos, de forma lícita y en el contexto del dictado de clases, transmite conocimientos a
sus alumnos para la preparación de sustancias explosivas. Si entendemos que el tipo penal
comprende la forma culposa, la conducta de la profesora podría quedar encuadrara en el tipo
penal. Esta situación alejaría esa “instrucción” de la forma dolosa (por cierto la única que se
debería admitir) y nos arrastraría al inagotable mundo de los delitos culposos, lo que a todas
luces resulta inaceptable.
Consumación y tentativa
Por último, al ser un delito cuya naturaleza es de peligro abstracto, su consumación
tiene lugar con la sola realización de la conducta descripta en el tipo, esto es, cuando se imparte
la instrucción, careciendo de relevancia si efectivamente se prepara o elabora la sustancia o el
material, o si ésta es efectivamente utilizada. La mayoría de la doctrina acepta la posibilidad de
tentativa, la cual tendrá lugar en caso de que las instrucciones no sean recibidas por nadie, es
decir, la mera preparación de las instrucciones.
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c) Simple tenencia ilegítima de materiales peligrosos
Tipo objetivo
El tercer párrafo del inc. 1º del art. 189 bis recoge como delito la tenencia de alguno de
los materiales descriptos en el primer párrafo, sin la debida autorización legal o que no pueda
ser justificada.
Así las cosas, la acción típica consiste en tener, que alude a quien tiene la posibilidad de
disponer del objeto físicamente en cualquier momento y/o lugar, sea manteniéndola
corporalmente en su poder o en un lugar cercano o próximo aunque éste sea de difícil acceso,
pero que se encuentre a disposición del agente. A su vez, la tenencia puede ser a título propio o
de un tercero (Creus, Buompadre). Sobre el concepto de tenencia volveremos con mayor
detenimiento al tratar las figuras de tenencia de arma de fuego.
En cuanto a los objetos sobre los que debe recaer la tenencia, ya han sido explicados,
por lo que hacemos la remisión correspondiente.
Ahora bien, no basta la simple tenencia para que se configure del delito, sino que el tipo
exige que aquella tenga lugar “sin la debida autorización” o que “no pueda ser justificada por
razones de su uso doméstico o industrial”. En cuanto a la primera cuestión, consiste en no
contar con la autorización de la autoridad competente en los casos en que aquella resulta
procedente. En cuanto a la segunda, debió haberse incluido, también, el uso educacional,
medicinal o con fines académicos o de investigación, entre otros rubros. Se trata de elementos
normativos que operan como causas de atipicidad, de modo que la tenencia por parte de una
persona de los materiales peligrosos descriptos con la debida autorización o justificados por
razones domésticas o industriales, excluye la tipicidad de la conducta.
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Como ya expresamos en líneas anteriores, tenencia viene del verbo tener y alude a
quien ostenta el poder de disposición sobre ciertos objetos. En este caso, el agente debe tener
el arma de uso civil bajo su poder, sin autorización legal, pudiendo disponer de ella en
cualquier momento, ya sea corporalmente o en un lugar cercano o próximo aunque éste sea de
difícil acceso (Creus). Ahora bien, no basta con que el arma se encuentre en el domicilio familiar
con conocimiento del autor, si éste carece del poder de hecho que permita disponer de aquella
(Dalessio).
Aun siendo la tenencia a nombre propio o de un tercero, para invadir la esfera de la
seguridad pública debe ser actual o flagrante, en tanto allí es donde entra en juego la protección
del bien jurídico. Al respecto, hay acuerdo mayoritario en doctrina acerca de que la tenencia
debe ser actual (Núñez, Buompadre, entre otros), pero si la situación pretérita existe en relación
íntima y directa debe considerársela (Romero Villanueva). Por ejemplo aquel que para evitar
ser endilgado de este delito arroja el arma por lo fondos de su casa al vecino en el momento en
el que la policía ingresa en allanamiento legítimo.
Por otro lado, que resulta admisible plenamente que la tenencia sea compartida, ya sea
en forma efímera o bien con sentido de continuidad, pero es preciso aclarar que se debe tratar
de una situación real, efectiva y práctica, por la cual dos o más personas pueden acceder al
arma conjunta o indistintamente (Donna, Estrella/ Godoy Lemos).
A su vez, carece de relevancia, a los efectos de la tipificación de la tenencia prohibida, el
origen del arma, los motivos por los cuales llegó a poder del tenedor, como así tampoco las
razones de la falta de registro y/u obtención o renovación del permiso legal requerido para la
tenencia, sino que basta con que éste no haya sido tramitado nunca o en la forma debida, o
se encuentre vencido (Ossio).
Tampoco tienen importancia los fines que se proponga el autor, que pueden ser perfectamente
lícitos, como llevar el arma a limpiar o a calibrar (Buompadre, Donna, Villada, Reinaldi, Laje
Anaya)
Si se trata de un tenedor legítimo que “presta” o “alquila” el arma a otro para delinquir,
deberán aplicarse las reglas de la participación, sin perder de vista los roles asumidos y la
relación con la prohibición de regreso. En caso de que simplemente “entrega” sin más el arma
para que el otro la tenga resulta verdaderamente opinable su participación en la tenencia
ilegítima.
b) El concepto de armas constituye un elemento normativo del tipo. Nuestro Código Penal
en sus artículos 77 y 78 recepta definiciones de términos utilizados en el mismo cuerpo
normativo, entre las que no se encuentra nuestro objeto de análisis.
Como se sabe, se trata de una norma penal en blanco (reenvío relativo), lo que conlleva
que el tipo penal deba completarse con las previsiones del Decreto- Ley 395/75; 26.082/51, es
decir, que la autoridad administrativa es la que en definitiva encuadra o da el arquetipo del
objeto prohibido. Así las cosas, el decreto aludido distingue entre armas de fuego de uso civil
que son las que taxativamente enumera en el art. 5, y las armas de guerra definidas por
exclusión en el art. 4.
Respecto a la calidad del arma, no cabe duda que tiene que ser utilizable, esto es, que
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la misma debe gozar de algún nivel de operatividad (perfecta o imperfecta). Resultaría un
absurdo incriminar a quien tiene un arma de cualquier clase totalmente inutilizada, como un
mero elemento decorativo en una oficina, o en el hogar o en el lugar de trabajo, dentro de un
exhibidor o vitrina, o con su caño bloqueado por algún tipo de material (Balcarce). Si bien el
instrumento puede servir como medio amenazante para cometer un delito como el de robo con
arma no apta (art. 166, último párrafo del Código Penal) o también amenazas (art. 149 del
Código Penal), claro está que para la defensa de la seguridad común, interpretando esta como
bien jurídico protegido de manera autónoma, el arma debe ser peligrosa per se (Villada). En
otras palabras, el arma debe ser apta o idónea para poner en peligro la seguridad común.
En caso de ser utilizada el arma de fuego durante la comisión de un delito que exige uso
de armas, por ejemplo, el robo con arma de fuego apta para el disparo, la tenencia –y la
portación– son absorbidas por aquella figura (Villada).
c) En cuanto al elemento normativo, el tipo exige que el autor tenga el arma de fuego de
uso civil “sin la debida autorización legal”, vale decir, de manera ilegítima. A contrario sensu, si
el agente cuenta con la autorización queda excluido el tipo penal. Se cuenta con la debida
autorización cuando ha sido otorgada por la autoridad competente. Puede ocurrir que la
tenencia (o portación) no esté debidamente autorizada, sin perjuicio de resultar legítima,
cuando concurra una causa de justificación, como por ejemplo el estado de necesidad o la
legítima defensa.
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Figura agravada
El párrafo segundo del inc. 2º recoge una circunstancia agravante, la cual opera cuando
la tenencia sin la debida autorización recaiga sobre un arma de guerra (art. 4 del Decreto-Ley
395/75). Cabe señalar que no existen armas de guerra por naturaleza, por lo que solo un arma
es de guerra cuando así se la clasifica reglamentariamente (Creus). La mayor penalidad radica
en el mayor poder ofensivo de las armas de guerra.
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posibilidad que el público en general se pueda ver inmerso en una situación aunque sea de
mero peligro.
Respecto al elemento normativo, como ya se ha señalado, el tipo exige que el autor
porte el arma de fuego de uso civil “sin la debida autorización legal”, vale decir, de manera
ilegítima. A contrario sensu, si el agente cuenta con la autorización queda excluido el tipo penal.
Se cuenta con la debida autorización cuando ha sido otorgada por la autoridad competente.
Puede ocurrir que la portación no esté debidamente autorizada, sin perjuicio de resultar
legítima, cuando concurra una causa de justificación, como por ejemplo el estado de necesidad
o la legítima defensa.
En cuando al objeto material, como se sabe, deberá estarse a lo dispuesto en los arts. 4
y 5 del Decreto-Ley 395/75; 26.082/51 (reenvío relativo).
Respecto al tipo subjetivo, son aplicables las reglas explicadas al analizar el delito de
tenencia.
Se trata de un delito de peligro abstracto, que se consuma con la sola acción de portar el
arma de fuego sin la correspondiente autorización legal. La tentativa no es posible.
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practicarse” la reducción establecida en el párrafo anterior.
Por otro lado, el precepto refiere a que las “circunstancias del hecho y las condiciones
personales del autor” revelen ausencia de intención en el agente portador del arma de su
utilización con fines ilícitos. De las circunstancias del hecho podrá colegirse la falta de intención
de utilizar el arma para la comisión de delitos.
Ahora bien, la referencia a las condiciones personales ha sido criticada con acierto, a
partir de que la fórmula puede derivar en interpretaciones sumamente arbitrarias y
discriminatorias por parte del juzgador. En definitiva, la atenuante coloca la lupa en la persona
del delincuente, olvidando el Derecho Penal del hecho y, por tanto, quedando contagiado por
rasgos más propios de un Derecho penal de autor, incompatible con nuestro modelo de Estado
respetoso de la persona y sus derechos.
Pena de inhabilitación
A su turno, el párrafo séptimo del inc. 2º prevé una pena accesoria de inhabilitación, que
se impone al autor de las figuras previstas en los dos párrafos precedentes (se refiere a los
supuestos atenuados). Dicha penalidad se vincula con la imposibilidad de requerir autorización
para portación de arma de fuego por el doble tiempo de la condena.
Otras calificantes
Finalmente, el párrafo octavo del inc. 2º del art. 189 bis recoge una circunstancia
calificante, la cual refiere a dos supuestos.
En primer lugar, prevé una mayor penalidad para el portador ilegítimo de un arma de
fuego de cualquier calibre (de uso civil o de guerra) que registre antecedentes penales por
delitos dolosos contra las personas o por delitos dolosos cometidos con arma. Esto quiere decir
que con anterioridad al hecho delictivo de la portación de arma de fuego, el sujeto cometió un
delito doloso contra las personas (por ejemplo: unas lesiones dolosas) o un delito doloso
cometido con armas (por ejemplo: un robo agravado por el uso de arma de fuego) y sobre los
cuales recayó condena firme.
En el segundo supuesto, la agravante opera en aquellos casos en los cuales el portador
ilegítimo de un arma de fuego esté gozando de una excarcelación o bien una exención de
prisión en un proceso anterior. Como afirma Otranto, la ubicación de esta circunstancia junto a
la anterior indica que solo se trate de procesados por delitos contra las personas o cualquier
otro delito mediando la utilización de armas de fuego.
Ahora bien, estimamos que la agravante (ambos supuestos) vulnera el principio de
culpabilidad por el hecho, teniendo en cuenta que la mayor penalidad no se fundamenta en la
gravedad del injusto cometido, sino en la comisión de un hecho delictivo pasado por el cual ya
fue juzgado (antecedentes penales) o por su condición de imputado o procesado. En suma,
estamos nuevamente ante una expresión de una culpabilidad de autor, vale decir, ante rasgos
propios de un Derecho Penal de autor, cuando no del modernamente calificado como Derecho
Penal del enemigo, incompatible con nuestro modelo de Estado. En otras palabras, la calificante
encuentra su fundamento no en lo que el sujeto hizo (Derecho Penal de acto), sino en las
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condiciones personales, en el estado peligroso del sujeto, en definitiva, en lo que el sujeto es:
un reincidente o un procesado. Concluimos: La norma es violatoria de los arts. 18 y 19 de la CN
y, por tanto, es inconstitucional (véase los siguientes pronunciamientos: CNApel. Crim. y Corr.,
Sala V, 16/03/ 2006, “Ramirez, Luciano Nicolás procesamiento robo”; Cám. Fed. Cas. Pen., Sala
I, 12/06/2013, “Amato, Diego Marcos s/ Recurso de revisión”; ambos citados en el apartado
correspondiente a la jurisprudencia).
➡ DELITOS ATINENTES AL ACOPIO Y FABRICACIÓN ILEGAL DE ARMAS DE FUEGO
El inc. 3º del artículo 189 bis dispone: “El acopio de armas de fuego, piezas o municiones
de éstas, o la tenencia de instrumental para producirlas, sin la debida autorización, será
reprimido con reclusión o prisión de CUATRO (4) a DIEZ (10) años.
El que hiciere de la fabricación ilegal de armas de fuego una actividad habitual será
reprimido con reclusión o prisión de CINCO (5) a DIEZ (10) años”.
a) Figura básica
El tipo básico se encuentra previsto en el primer párrafo del inc. 4º. Así, el texto tipifica la
conducta de quien entrega un arma de fuego a una persona que no cuenta con la debida
autorización, vale decir, a quien no reúna las condiciones de legítimo usuario. Según la letra de
la ley, es indiferente el título o concepto por medio de cual se entrega el arma (oneroso,
gratuito, por compraventa, préstamo, donación, etc.), careciendo de relevancia, además, la
finalidad del autor al entregar el arma.
El texto da cuenta de que para la consumación del tipo se requiere la entrega material del
arma de fuego y la recepción de la misma por parte de quien no es legítimo usurario. En razón
de ello, la tentativa es posible. Estamos ante un delito doloso, el cual solo admite el dolo
directo.
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b) Agravantes
El segundo párrafo del inc. 4 contempla un supuesto de mayor penalidad en razón del
destinatario de la conducta del agente. En este sentido, si el arma se entrega a un menor de
dieciocho años el delito será agravado. El menor de esa edad nunca puede ser legítimo usuario,
porque la mayoría de edad es uno de los requisitos para obtener permiso de tenencia o
portación. El fundamento de la agravante radica en evitar que las personas menores de edad
tomen contacto y adquieran armas de fuego, sobre todo para utilizarlas en la intervención de
hechos delictivos.
El párrafo tercero del inc. 4º establece que la habitualidad en la provisión ilegal de armas
de fuego hace que la pena se agrave. Es por ejemplo el caso de aquellas personas que
habilitan armas de fuego a otros, para delinquir, en forma permanente, ya sea con o sin ánimo
de lucro.
Finalmente, el párrafo cuarto del inc. 4º establece una circunstancia calificante para
quien estando autorizado para la venta de armas de fuego, comete uno de los delitos previstos
en los tres primeros párrafos del inciso 4º. En este caso, además de la pena de prisión que
corresponda, el Digesto prevé la aplicación de inhabilitación absoluta y perpetua para la
realización de operaciones comerciales respecto a armas de fuego y una pena de multa.
Bien jurídico
Como hemos adelantado, el bien jurídico protegido es la seguridad del tránsito, pero con
el fin de tutelar la vida y la integridad física de las personas. En otras palabras, podría afirmarse
que directamente se protege a la vida y a la integridad física de las personas y en forma
mediata a la seguridad del tránsito. Es que, justamente, estamos ante un delito de peligro
concreto el cual exige que el agente, por medio de su conducta, coloque en una situación de
peligro real y efectivo a los bienes jurídicos individuales mencionados, por lo que si ello no
ocurre, la conducta deviene en atípica.
Tipo objetivo
La figura castiga la conducta de quien, al comando de un vehículo con motor y en
oportunidad de participar en una prueba de velocidad o de destreza (comúnmente llamadas
“picadas”), sin la autorización de autoridad competente, crea una situación de peligro para la
vida o la integridad física de las personas en general.
La norma recurre al término “conductor” con el objeto de distinguirlo del acompañante que
se encuentre a bordo del vehículo en el momento del hecho, por lo puede ser sujeto activo del
delito cualquier persona que en el caso concreto se encuentre al mando del mismo, vale decir,
quien maneja los mecanismos de conducción del vehículo con motor. Va de suyo que, en
principio, los acompañantes no quedan atrapados por el tipo penal, lo que no obsta a que en la
práctica puedan presentarse escenarios de participación criminal.
En relación al medio utilizado, la Ley 27.347 sustituyó el término “vehículo automotor” por
“vehículo con motor”, zanjando de esta manera la vieja discusión en torno a los vehículos a los
que se refería la norma. Con la actual redacción se entienden comprendidas las motocicletas y
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cualquier otro medio de traslado que tenga motor, como puede ser el caso de algunas lanchas.
El sujeto pasivo es indeterminado ya que, como se dijo, se coloca en situación de peligro la
seguridad de las personas en general. Ello no obsta a que en caso de que se ponga en peligro
la vida o la integridad física de una persona en particular quede atrapado por el tipo (por
ejemplo: la persona que se encuentra caminando por el lugar que se desarrolla la prueba de
velocidad o destreza).
No quedan atrapadas por el tipo penal aquellas constelaciones de casos en donde el
sujeto conduce de forma peligrosa un vehículo con motor, colocando en situación de peligro
real a la vida o la integridad física de las personas, pero no participa en una prueba de
velocidad o destreza. Sobre esto volveremos al final del comentario.
Tampoco resulta suficiente, a los fines de la tipicidad, que el sujeto conduzca de forma
peligrosa un vehículo con motor participando de una prueba de velocidad o destreza, creando
una situación de peligro real para la vida o la integridad física de las personas. Además, el tipo
penal exige la concurrencia de un elemento normativo: la falta de autorización, para la
realización de la prueba de velocidad o destreza, del organismo competente para otorgarla. En
este sentido, si el sujeto cuenta con la debida autorización, la conducta deviene en atípica.
Tipo subjetivo
En su aspecto subjetivo se trata de un delito doloso, toda vez que el conductor debe tener
conocimiento efectivo de que participa de una prueba clandestina con un vehículo con motor, y
que genera la situación de peligro. Solo es admisible el dolo directo.
Consumación y tentativa
Como hemos manifestado, al ser un delito de peligro concreto, requiere para su
consumación que se verifique una situación de peligro para la vida o la integridad de las
personas (basta con una persona), por lo que no será típica la conducta de quien participa de
una prueba de velocidad o destreza no autorizada en un lugar desierto, sin personas
efectivamente expuestas al peligro. La tentativa no es posible.
Téngase en cuenta que si se produce un resultado de muerte o lesiones, el tipo quedará
desplazado por el artículo 84 bis o 94 bis respectivamente.
a) Figura básica
El tipo básico es recogido en el párrafo primero, cuya naturaleza gira en torno a una
estructura de peligro concreto. Así, la norma consiste en ejecutar, vale decir, llevar a cabo o
realizar cualquier acto, positivo o negativo, que ponga en peligro real, cierto y efectivo la
seguridad de una nave, construcción flotante o aeronave, de lo que derive un peligro para la
seguridad común. La conducta del sujeto activo debe tener aptitud suficiente para afectar la
seguridad del medio de transporte, por lo que la puesta en peligro debe ser verificada en cada
caso concreto.
De la lectura del precepto puede deducirse que protege la navegación por agua o por
aire, por lo que los transportes tutelados son las naves, construcciones flotantes o aeronaves
(el transporte terrestre está receptado en el art. 191). El término nave se refiere a una
embarcación de desplazamiento acuático, cualquiera sea su medio de propulsión, que esté
destinado al transporte de personas o cosas; por su parte, construcción flotante es aquélla que,
sin ser propiamente nave, tiene capacidad de mantenerse en la superficie del agua y
comprende a dragas, remolques, grúas, etc.; finalmente, el vocablo aeronave se aplica a todo
medio de transporte por aire, cualquiera sea su modo de propulsión, destinado también al
23
transporte de personas o cosas, como por ejemplo, aviones, helicópteros, hidroaviones, entre
otros.
En cuanto al tipo subjetivo, estamos ante un delito doloso que solo es compatible con el
dolo directo, en razón de que exige que el sujeto activo obre “a sabiendas” de que genera una
situación de peligro para la seguridad de alguno de los medios de transporte receptados en la
fórmula.
Digamos por fin que al ser un delito de peligro concreto, su consumación no se satisface
con la creación de un peligro para la seguridad del medio de transporte, sino que es
indispensable que sea efectivamente corrido por éste, aunque no es necesario que se produzca
resultado alguno. La tentativa es posible.
b) Figuras agravadas
El resultado lesivo está previsto como agravante del tipo básico de peligro. En este
sentido, el párrafo segundo y tercero agravan considerablemente la pena, en aquellos casos en
los cuales como consecuencia de la conducta del sujeto activo se produzcan daños en las cosas
o tenga lugar la lesión o muerte de una persona.
El segundo párrafo prevé una pena de seis a quince años de prisión, si se produjere
naufragio, varamiento o desastre aéreo del medio de transporte. Naufragio es el hundimiento
de la nave, su sumersión o pérdida; el varamiento tiene lugar cuando la nave encalla, esto es,
cuando deja de flotar por su sentamiento en partes sólidas como en la costa, las rocas o en la
arena; desastre aéreo es un daño de gravedad, de considerables proporciones, que sufre una
aeronave en vuelo. Pero debe señalarse que la producción del daño puede ocurrir también en
las operaciones inmediatamente anteriores o posteriores al vuelo.
El tercer párrafo establece una pena de seis a quince años si como consecuencia del
hecho se produce la lesión de una persona. Hay acuerdo en doctrina respecto a que el
precepto, al no distinguir, comprende los tres tipos de lesión: leves, graves y gravísimas. A su
vez, prevé una pena de diez a veinticinco años de prisión, en caso de que se produzca la
muerte de una persona. Bajo este esquema, conviene hacer algunas precisiones:
1) Para que la agravante camine debe existir, necesariamente, entre la conducta del
sujeto activo y la lesión o muerte de una persona, una relación causal directa, esto es, no debe
haber ningún tipo de injerencia extraña que rompa el nexo causal, como puede ser la acción
de la propia víctima o de un tercero.
2) Debe diferenciarse este supuesto del homicidio agravado o lesiones agravadas
recogidos en los artículos 80, inc. 5º y 92 del Código Penal respectivamente. La figura
agravada del art. 80 en su faz subjetiva demanda una finalidad concreta en el autor: matar a
una persona y mediante ese medio con capacidad de peligro común, es decir, el medio
catastrófico (atentado contra una nave o aeronave, por ejemplo) es elegido por el autor
dolosamente para matar (el mismo razonamiento corresponde respecto a las lesiones).
Justamente, ésta es la característica que lo diferencia del supuesto aquí analizado, en el cual
resulta la muerte o lesiones pero en los que el dolo está dirigido a crear una situación de
peligro común al colocar en peligro la seguridad de una nave, construcciones flotantes o
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aeronaves, y como consecuencia deriva en la muerte o en la lesión de una persona. La
diferencia debe hallarse, por tanto, en la órbita subjetiva.
3) Como lo ha manifestado la doctrina, ambos supuestos configuran hipótesis de
resultados preterintencionales. Ya hemos desarrollado nuestra posición crítica respecto a los
delitos cualificados por el resultado, por lo que hacemos la correspondiente remisión (supra
arts. 81, 85, 124, entre otros).
Finalmente, la norma aclara (cuarto párrafo) que resulta indiferente que la acción haya
recaído sobre una cosa de propiedad del agente, puesto que el bien jurídico protegido es la
seguridad pública. Dicho de otro modo, si la acción sobre una cosa propia tuvo la magnitud de
poner en peligro a la seguridad común, queda igualmente comprendido en la figura.
a) Figura básica
El imperativo legal protege exclusivamente a un medio de transporte terrestre: el tren,
quedando al margen otros medios que han adquirido mucha relevancia en la actualidad, como
los autobuses, trolebuses, etc. Así las cosas, resulta evidente que se trata de una limitación
desacertada, la cual obedece a una figura obsoleta, es decir, a una falta de actualización de la
figura a nuestros tiempos. No obstante, como se verá, aquellos medios encuentran algún tipo
de protección en el art. 194.
En cuanto al concepto de tren, Buompadre lo define como “un conjunto de elementos
rodantes (convoy), arrastrado por una máquina o locomotora que circula exclusivamente por vía
férrea y que está destinado al tránsito ferroviario”. Va de suyo que el concepto abarca el tren
subterráneo. Ahora bien, resulta importante destacar que lo que aquí se protege es el transporte
ferroviario de personas o cosas, por lo que no queda abarcado por el concepto de tren, a los
fines de la figura, la locomotora que marcha sola sin vagones o los medios auxiliares del
tránsito ferroviario, como las vagonetas (Núñez, Soler).
La conducta típica consiste en llevar a cabo cualquier acto –que puede ser por acción o
por omisión impropia– con la finalidad de detener o entorpecer la marcha de un tren o la de
hacerlo descarrilar. Por detener se entiende hacer cesar la marcha; entorpecer significa
dificultar su marcha sin lograr su detención; finalmente descarrilar es desplazar al tren de la vía
por la que se desliza.
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En cuanto al elemento subjetivo, se exige el dolo directo, puesto que la acción del
agente debe estar enderezada a lograr la finalidad perseguida, es decir, la detención o
entorpecimiento de la marcha del tren o su descarrilamiento.
Se trata de un delito instantáneo y de peligro abstracto, por lo que se consuma cuando
el agente pone en ejecución los medios destinados para detener o entorpecer la marcha del tren
o para lograr su descarrilamiento. Ahora bien, para evitar que conductas que no conllevan
peligro alguno queden atrapadas por el tipo penal (por ejemplo: el usuario rezagado de tren que
lo detiene por un medio no peligroso para poder subir al mismo), es necesario que la conducta
del agente haya creado un riesgo jurídico penalmente relevante para el bien jurídico protegido.
El obrar del agente debe ser idóneo para producir el descarrilamiento del tren u otro accidente,
en definitiva, para crear un peligro para la seguridad común, aunque no es necesario que dicho
peligro se produzca realmente y sea verificado, lo que sí es exigido en materia de delitos de
peligro concreto. Va de suyo que no debe tener lugar el descarrilamiento u otro accidente (como
por ejemplo el incendio de una parte del tren). La tentativa no es posible.
b) Figuras agravadas
En caso de que se produzca el descarrilamiento del tren u otro accidente la figura se
agrava (inc. 2º). Por el contrario, debe quedar claro que en caso de que el agente logre
entorpecer la marcha o detener el tren, pero sin que se produzca, como consecuencia de ello, el
descarrilamiento u otro accidente, la figura quedará subsumida en la figura básica.
También se prevé una mayor penalidad para aquellos casos en donde como
consecuencia del accidente de produce la lesión o la muerte de una persona (inc. 3º y 4º). Al
respecto, son aplicables las mismas consideraciones realizadas respecto a las agravantes del
artículo anterior, por lo que hacemos la remisión.
➡ ATENTADOS CONTRA TELÉGRAFOS O TELÉFONOS
FERROVIARIOS
El artículo 192 del Código Penal dice: “Será reprimido con las penas establecidas en el
artículo anterior en sus casos respectivos, el que ejecutare cualquier acto tendiente a
interrumpir el funcionamiento de un telégrafo o teléfono destinado al servicio de un ferrocarril”.
a) Tipo objetivo
La conducta típica consiste en llevar a cabo cualquier acto dirigido a interrumpir el
funcionamiento de un telégrafo o teléfono destinado al servicio de un ferrocarril, verbigracia: las
acciones destinadas a destruir o inutilizar las instalaciones telegráficas o telefónicas. La ley no
exige que los actos tendientes a lograr la interrupción impliquen destrucción o daño, por lo que
es punible cualquier procedimiento idóneo para lograr la incomunicación. Quedan atrapadas
por la figura las acciones ejercidas sobre el personal encargado del control o manejo de estos
medios de comunicación (Estrella/ Godoy Lemos).
La norma halla su justificación en la relevancia que tienen los medios de comunicación
descriptos en el precepto para la seguridad y el normal funcionamiento del transporte
ferroviario. Ahora bien, puede advertirse que solo quedan comprendidos en el ámbito de tutela
26
el telégrafo y el teléfonos destinados al servicio ferroviario, por lo que queda excluido cualquier
medio de comunicación que no tenga asignada exclusivamente aquella función, como los
simples teléfonos públicos o privados que se encuentren en la estación de tren. Por otro lado,
lleva razón Buompadre cuando señala, en clave crítica, que “no quedan comprendidos otros
medios que, si bien sirven para la comunicación del servicio ferroviario, no reúnen dichas
características, como sucede, por ejemplo, con los medios electrónicos o informáticos,
circunstancia que permite inferir, una vez más, el anacronismo de esta disposición”.
a) Tipo objetivo
El delito refiere a la quien arroja (tira, lanza) objetos contundentes o proyectiles contra
un tren o tranvía en marcha, lo que significa que debe estar necesariamente en movimiento, ya
sea que se encuentre en su recorrido normal o efectuando maniobras.
De la lectura del precepto puede inferirse que los autobuses o trolebuses quedan
excluidos, teniendo en cuenta que la enumeración es taxativa. Con cuerpos contundentes la
norma alude a aquellos objetos que tienen determinadas características para producir
contusiones o daños, al ser arrojados con cierta violencia (verbigracia: una piedra). Por su
parte, proyectil refiere a aquellos objetos que pueden ser lanzados por un dispositivo,
accionado mecánicamente o por fuerza humana (por ejemplo: una honda, un arma de fuego)
Se trata de una figura subsidiaria, puesto que resulta aplicable, siempre que el hecho
no importe un delito más severamente penado. Así, la figura prevista en el art. 193 quedará
absorbida por el delito más grave que resulte del hecho de arrojar un cuerpo contundente o un
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proyectil a un tren o tranvía en movimiento. A modo de ejemplo, si el objeto contundente
produce la muerte de un pasajero o un daño de los previstos en el art. 184, la figura queda
excluida por la que corresponda a esos resultados.
a) Bien jurídico
En relación a los transportes, el bien jurídico protegido es la normal circulación de
éstos por las vías que correspondan, mientras que respecto a los servicios públicos se impone
la regularidad y eficiencia de los mismos.
b) Tipo objetivo
La acción típica consiste en impedir (imposibilitar, estropear), estorbar (interferir,
obstaculizar) o entorpecer (dificultar, turbar) el normal funcionamiento de los transportes
terrestres, aéreos o acuáticos, o los servicios públicos de comunicación, de suministro de agua,
gas, energía.
A cuento de lo referido, puede afirmarse que la fórmula recepta una doble protección.
Por un lado, tutela el normal funcionamiento de los transportes en general, sean acuáticos,
aéreos o terrestres. Señala la doctrina que en realidad la protección no se refiere al
funcionamiento del medio de transporte en sí mismo, sino el del transporte en general, más
precisamente, su regular desenvolvimiento por la vía pública (Núñez, Buompadre).
Adviértase que aquí la norma refiere a transportes por tierra, agua o aire, sin especificar
y, por tanto, limitar los medios de forma indebida. En este sentido, en lo que respecta al
transporte terrestre, no solo queda incluido el tren o tranvía (art. 191 y 193) sino también
cualquier medio terrestre como los autobuses, los trolebuses, los automóviles, etc. Finalmente
el texto hace referencia al transporte en general, por lo que quedan comprendidos tanto los
transportes afectados al uso público como los que están destinados al uso de los particulares.
A su turno, el texto otorga protección a los “servicios públicos”, vale decir, aquellos que
son de uso público, al margen de que la prestación esté a cargo del Estado o bajo concesión de
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empresas privadas.
Ahora bien, el tipo en análisis exige para su adecuación típica un factor negativo, el cual
se caracteriza porque las conductas descriptas en él no generen una situación de peligro
común. A contrario sensu, en caso de peligro común, deberá estarse a lo dispuesto por otras
figuras más graves previstas en el presente Capítulo (arts. 190 y 191). Se indican como hechos
subsumibles en el tipo penal en análisis, el impedir el tránsito en una carretera, detener un tren,
impedir el despegue de un avión, entre otros.
Por último, cabe destacar la posible colisión de este tipo penal con determinados
derechos reconocidos constitucionalmente, como el derecho de reunión, de huelga, de
expresión y de peticionar ante las autoridades, lo que ha llevado a que alguna corriente de
pensamiento ponga en tela de juicio su constitucionalidad. Por nuestra parte, estimamos que al
momento de aplicar la figura, el juzgador debe llevar a cabo esfuerzos en la búsqueda de una
solución racional y compatible con los preceptos constitucionales, lo que tampoco importa que
se deba tolerar y autorizar el abuso de tales derechos. En definitiva, el análisis sobre la
justificación –o no– de la conducta típica del art. 194 por el ejercicio legítimo de un derecho
dependerá de las circunstancias de cada caso concreto (al respecto, véase los precedentes
jurisprudenciales citados infra). Ahora bien, no debemos olvidar que el derecho a la
manifestación pacífica es un complemento esencial para la construcción de una democracia y
de un Estado de Derecho.
a) Tipo objetivo
Podría afirmarse que por medio de la figura en cuestión se pretende proteger la seguridad
del transporte, la que puede verse afectada a raíz del abandono. Así, la conducta típica consiste
en abandonar el puesto de trabajo durante la realización del servicio que tiene a su cargo el
sujeto activo. En este sentido, quedará atrapada por la figura la conducta de quien omitiere –
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como consecuencia del abandono– de forma efímera o permanente, llevar a cabo las funciones
o tareas que tiene asignadas en virtud de la posición que ocupa respecto al buque o tren. Tal
comportamiento puede tener lugar por dos vías diferentes: abandonando efectivamente el
medio de trasporte o permanecer a bordo pero sin realizar la función correspondiente (omisión).
Bajo este esquema de análisis, resulta evidente que el agente debe estar en servicio al
momento del abandono. Por otro lado, el tipo establece un marco temporal en el cual la acción
típica debe tener lugar. Así, el abandono del puesto de trabajo durante la ejecución del servicio
solo será punible, cuando aquel se produzca entre el instante en el que el buque o tren inician
su marcha hasta el momento en que el buque llega a puerto o el tren termina su viaje. Resulta
evidente, pues, que el buque se encuentre en plena navegación y que el tren en circulación.
Se trata de un delito especial propio, del que solamente pueden ser sujetos activos
quienes revistan las calidades mencionadas en el artículo: los conductores, capitanes, pilotos y
mecánicos. Ahora bien, la redacción del precepto parecería dar cuenta de que la enumeración
es ejemplificativa, al decir “y demás empleados de un tren o buque”. No obstante, como bien
señalan Núñez y Soler, el personal que tiene a su cargo tareas que no atañen a la seguridad
del buque o del tren queda excluido de la aplicación de la norma, pues el abandono del servicio
por parte del personal no técnico no es apto para poner en peligro el bien jurídico protegido por
el artículo, aunque pueda comprometer los servicios debidos a los pasajeros (a modo de
ejemplo: empleados administrativos, empleados del servicio de limpieza, etc.) En esta línea de
razonamiento, cuando la fórmula refiere a: “y demás empleados de un tren o buque”, debe
entenderse por aquellos cuya función o tarea guarda relación con la seguridad del buque o
nave.
La figura es de carácter subsidiario, puesto que se castiga en tanto no se haya
producido un delito más gravemente penado. Por tanto, si el sujeto activo abandonó el buque o
el tren con la intención de crear un peligro común, el tipo penal quedará desplazado y deberá
estarse a lo dispuesto por los arts. 190 o 191.
➡ ACCIDENTES CULPOSOS
El artículo 196 del Código Penal dispone: “Será reprimido con prisión de seis meses a
tres años el que por imprudencia o negligencia o por impericia en su arte o profesión o por
inobservancia de los reglamentos u ordenanzas, causare un descarrilamiento, naufragio u otro
accidente previsto en este capítulo.
Si del hecho resultare lesionada o muerta alguna persona, se impondrá prisión de uno a
cinco años”.
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Estructura típica
El precepto contiene la figura culposa para el caso de descarrilamiento naufragio o
cualquier otro accidente de los previsto por el Capítulo que nos ocupa (desastre aéreo,
varamiento de nave, etc.). En otras palabras, a diferencia de los supuestos explicados
anteriormente, aquí la conducta del autor responde a la vulneración de un deber de cuidado
(imprudencia) lo que implica que en el caso concreto el agente no actuó con la debida diligencia
como un hombre razonable o prudente, es decir, existe divergencia entre la conducta realmente
realizada por el acusado y la que debería haber sido realizada en virtud del deber de cuidado
que, objetivamente, era necesario observar y que cualquier persona situada en las
circunstancias del autor podía haber observado. Por lo demás, no difiere de la estructura de los
tipos imprudentes, por lo que remitimos a lo explicado al analizar el art. 84.
Ahora bien, como en todo delito imprudente, el tipo penal exige –a diferencia de las
figuras básicas de los supuestos anteriores– la producción de un resultado (descarrilamiento,
etc.), caso contrario, la figura deviene en atípica. Existe controversia en doctrina acerca de si el
accidente ocasionado imprudentemente por el agente debe crear una situación de peligro
común, o si tal presupuesto no es relevante a los fines de la adecuación típica. Entendemos –
siendo coherentes con las figuras analizadas hasta aquí– que no basta con el accidente, sino
que es necesario que aquel sea de una magnitud considerada y de grandes proporciones de
modo tal que engendre un peligro para bienes y personas indeterminadas.
La figura refiere a “u otro accidente previsto en este capítulo”, lo que, siguiendo a la
doctrina mayoritaria, no debe alcanzar a todos los hechos comprendidos en los arts. 190 a 196,
sino que debe circunscribirse a los arts. 190 y 191, pues son los únicos artículos que receptan
“accidentes”. En conclusión, el art. 196 constituye solo la modalidad imprudente de los arts. 190
y 191.
Finalmente, el artículo prevé en su segundo párrafo una mayor penalidad, para
aquellos escenarios en los cuales del hecho derive una lesión (leve, grave o gravísima) o en la
muerte de una persona.
➡ I N T E R R U P C I Ó N O R E S I S T E N C I A A L R E S TA B L E C I M I E N T O D E L A S
COMUNICACIONES
El artículo 197 del Código Penal estatuye: “Será reprimido con prisión de seis (6) meses
a dos (2) años, el que interrumpiere o entorpeciere la comunicación telegráfica, telefónica o de
otra naturaleza o resistiere violentamente el restablecimiento de la comunicación interrumpida”.
Estructura típica
El texto originario ha sido modificado no hace mucho tiempo (año 2008). Así, de la mano
de la Ley 26.388 tuvo lugar el aggiornamento de la figura, al agregar la leyenda “o de otra
naturaleza”, ampliando de esta manera el alcance del tipo a otras formas de comunicación
modernas de suma relevancia y utilización, como las comunicaciones por medios electrónicos o
informáticos.
Respecto al tipo objetivo, la norma recoge dos situaciones delictivas distintas:
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a) Interrumpir o entorpecer la comunicación. Se trata de una hipótesis que requiere un
resultado material para su consumación, esto es, la efectiva interrupción o entorpecimiento de
la comunicación respectiva. La tentativa es posible.
b) Oponer resistencia de forma violenta para evitar el restablecimiento de una
comunicación ya interrumpida, lo que supone ejercer violencia en las personas o cosas. Aquí la
consumación se produce cuando el sujeto activo lleva a cabo actos violentos destinados a
evitar el restablecimiento de la comunicación, al margen de que logre su objetivo. La tentativa
no es admisible.
El hecho debe producir una verdadera incomunicación que afecte al servicio público
normal correspondiente. Pero además, queda incluida la interrupción o entorpecimiento de
comunicaciones privadas (verbigracia: de correo electrónico, mensajes de texto por celular o
intercomunicaciones telefónicas dentro de un establecimiento rural (Buompadre).
En lo que respecta al tipo subjetivo, se trata de un delito doloso, siendo admisible la
concurrencia de dolo eventual.
a) Tipo objetivo
El imperativo legal recoge tres acciones típicas y especifica tres objetos sobre los que
deben recaer aquellas, estableciendo, además, circunstancias que necesariamente deben
concurrir a los fines de la tipicidad.
El sujeto activo puede ser cualquier persona, mientras que el sujeto pasivo es la
población en general, al ser el bien jurídico protegido la salud pública, no obstante, como bien
indica Creus, en algunos casos concretos podrían verse afectadas personas o sectores
determinados de la población.
Los verbos rectores son envenenar, adulterar o falsificar. Antes de entrar en la
conceptualización de los mismos, cabe señalar que el último de ellos ha sido incorporado por la
reforma de la Ley 26.524. Envenenar consiste en agregar o mezclar alguna sustancia tóxica,
aunque no sea en la cantidad suficiente como para que produzca la muere de quien la ingiere;
adulterar implica modificar las cualidades o características naturales de la sustancia; por último,
falsificar refiere a otorgar una apariencia engañosa al producto o relativo a sus componentes o
presentación (Buompadre).
Los objetos sobre los cuales deben recaer las acciones típicas son el agua potable, las
sustancias alimenticias o sustancias medicinales. Por agua potable debe entenderse por
aquella destinada al consumo humano (la que pueden beber las personas), siendo indiferente
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su mayor o menor pureza. Son sustancias alimenticias las materias sólidas o líquidas que
requiere el organismo humano para su nutrición. Finalmente, sustancias medicinales refiere a
los compuestos destinados a preservar la salud o curar enfermedades humanas, administrados
por ingestión, aspiración, inyección, frotamiento o cualquier otra forma (Breglia Arias/ Gauna).
Ahora bien, la conducta del agente solo quedará atrapada por la figura en la medida en
que se realice “de un modo peligroso para la salud”, lo que implica que la salud de las personas
se haya puesto bajo una situación de peligro real y efectivo, esto es, la posibilidad de sufrir
alguna alteración o transformación, corporal o fisiológica, de carácter perjudicial, como puede
ser alguna enfermedad (Buompadre). Bajo este esquema, en caso de que haya tenido lugar el
envenenamiento, la adulteración o la falsificación de la sustancia, pero no puede acreditarse el
riesgo concreto para la salud general, el hecho será atípico. Va de suyo que la verificación de
tal cuestión dependerá de la pericia respectiva.
A su vez, la normativa exige que los objetos (aguas potables, sustancias alimenticias o
medicinales) deben estar destinados al uso público o al consumo de una colectividad.
Evidentemente la intención del legislador estuvo guiada por la idea de abarcar no solo el agua
potable o las sustancias que utiliza el público en general, sino también aquellas de que se vale
un grupo más o menos determinado de personas, como por ejemplo: un hospital, una cárcel, un
restaurante, un comedor universitario, etc.
Digamos por fin que en cuanto a la consecuencia jurídica del delito, se prevé una pena
privativa de libertad y una pena de multa, siendo ésta última incorporada por la Ley 26.524.
a) Tipo objetivo
Estamos ante un supuesto de tráfico o comercialización de productos o sustancias
peligrosas para la salud de las personas en general. En este sentido, lo que se pretende evitar
es la circulación de productos idóneos para causar daños para la salud de la comunidad que
los consume, atendiendo al carácter nocivo de los mismos.
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Así las cosas, el precepto describe cinco conductas típicas, a saber: vender consiste la
entrega del producto peligroso a cambio de un precio; poner a la venta configura el estadio
anterior a la venta, esto es, ofertar el producto peligroso para que sea adquirido por potenciales
consumidores; suministrar implica proporcionar o poner al alcance de un tercero el producto
peligroso, sea de forma gratuita u onerosa; distribuir responde a la idea de repartir o entregar
los productos peligrosos, por sí o por un tercero, a adquirentes o destinatarios; almacenar
consiste en guardar, aprovisionar o acumular los productos peligrosos.
Los objetos susceptibles de comercialización a los fines de la tipicidad son las aguas
potables, las sustancias alimenticias o medicinales y las mercaderías. Nuestro ordenamiento
punitivo define a las mercaderías en su art. 77 que dice: “con la palabra mercadería se designa
toda clase de efectos susceptibles de expendio”. Como ya se ha señalado, debe tratarse de
productos peligrosos o nocivos para la salud, vale decir, que puedan afectar la salud de
personas indeterminadas.
Ahora bien, el tipo exige que el autor disimule el carácter nocivo del producto peligroso,
lo que implica ocultar las características perjudiciales que verdaderamente posee o engañar al
receptor expresándole que el producto cuenta con determinadas cualidades que en realidad no
existen. En suma, debe existir una maquinación desplegada por el agente con el fin de provocar
un error en el destinatario del producto, quien lo adquiere engañado y, por tanto, desconociendo
su calidad peligrosa o nociva. Pongamos un ejemplo: Julio, que es dueño de un supermercado,
advierte que tiene 300 cajas de leche vencidas. En vez de tirarlas, borra la fecha de
vencimiento real y coloca en su lugar una fecha falsa que indica que las cajas de leche aún no
han vencido. Acto seguido, la exhibe en la góndola respectiva para su venta.
b) Tipo subjetivo. Consumación y tentativa
Estamos ante una figura dolosa que solo es compatible con el dolo directo. Así, el sujeto
activo debe tener conocimiento sobre el carácter peligroso del producto y su elemento volitivo
debe estar guiado a comercializarlo ocultando su nocividad al comprador.
Finalmente, se trata de un delito de peligro abstracto, por lo que su consumación tendrá
lugar con la mera realización de alguna de las conductas descriptas en el tipo penal, sin
necesidad de verificar una puesta en peligro real de la salud colectiva y menos aún de que se
produzca resultado lesivo alguno. En ejemplo que hemos dado en líneas anteriores, el delito se
consuma aunque nadie adquiera ninguna de las 300 cajas de leche y permanezcan en poder
del vendedor.
CIRCUNSTANCIA CALIFICANTE
El art. 201 bis del Código Penal dispone: “Si como consecuencia del envenenamiento,
adulteración o falsificación de aguas potables o sustancias alimenticias o medicinales, resultare
la muerte de alguna persona, la pena será de diez (10) a veinticinco (25) años de reclusión o
prisión; si resultaren lesiones gravísimas, la pena será de tres (3) a quince (15) años de
reclusión o prisión; si resultaren lesiones graves, la pena será de tres (3) a diez (10) años de
reclusión o prisión.
En todos los casos se aplicará además multa de pesos diez mil ($ 10.000) a pesos
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doscientos mil ($ 200.000)”.
➡ PROPAGACIÓN DE ENFERMEDAD
El artículo 202 del Código Penal indica: “Será reprimido con reclusión o prisión de tres a
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quince años, el que propagare una enfermedad peligrosa y contagiosa para las personas”.
a) Tipo objetivo
La conducta punible no consiste en enfermar o contagiar a una o varias personas, sino
que basta con propagar una enfermedad que es contagiosa y peligrosa para las personas. Se
propaga una enfermedad, cuando se difunde, se multiplica, se trasmite o se disemina entre los
individuos en general, lo cual no quiere decir, reiteramos, que deba producirse contagio alguno
para la configuración del tipo penal.
Ahora bien, la figura exige que la enfermedad debe ser peligrosa y contagiosa para las
personas. Es peligrosa cuando es susceptible de producir un grave daño para la vida o la salud
de las personas en general; y es contagiosa cuando puede transmitirse a otro, de cualquier
forma y por cualquier medio (hepatitis B, sida, sífilis, etc.)
a) Tipo objetivo
El texto recoge un tipo penal de carácter omisivo, por medio del cual reprime la
inactividad de quien tiene a su cargo la dirección, administración, control o vigilancia de un
establecimiento dedicado a expender, fabricar, producir, etc., sustancias medicinales. La
autoridad sanitaria que regula tal actividad es la que dicta las reglamentaciones cuya
inobservancia se castiga.
Se advierte que estamos ante un delito especial propio, teniendo en cuenta que solo
podrán ser sujetos activos, quienes desarrollen las funciones que enumera el precepto (por
ejemplo: el director de un laboratorio, el gerente o administrador de una farmacia, entre otros).
Ahora bien, no basta el mero incumplimiento de los deberes a su cargo por parte del
agente, sino que el tipo exige que aquel comportamiento omisivo posibilite la comisión de
alguno de los delitos contenidos en el art. 204, vale decir, el suministro infiel o irregular.
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a) Tipo objetivo
Tomando como punto de partida el bien jurídico protegido, lo que el ordenamiento
pretende es evitar la vulneración de medidas diseñadas por la autoridad de aplicación para
prevenir y combatir las epidemias y, así, resguardar a la comunidad de los riesgos que aquellas
acarrean.
La conducta típica consiste en violar, esto es, infringir o transgredir las medidas
dispuestas por la autoridad para impedir la introducción o propagación de una epidemia. Las
“medidas” son los mandatos o prohibiciones que establece la autoridad competente, por lo que
de suyo la conducta del agente puede adquirir la modalidad comisiva, cuando vulnera las
prohibiciones impuestas (se le dice que no debe hacer algo y lo hace); u omisiva, cuando no
actúa conforme a los mandatos ordenados por la autoridad competente (se le dice que debe
hacer algo y no lo hace).
Respecto al término “medida”, la doctrina comprende las disposiciones tanto de orden
general como particular, ya sea que emanen de un acto legislativo (leyes, ordenanzas) o
ejecutivo (reglamentos, decretos), siempre que sean jurídicamente exigibles al sujeto activo
(Núñez, Creus).
Se denomina epidemia a la enfermedad de alto grado de contagio y susceptible de
propagarse con rapidez respecto de un número indeterminado de personas. La epidemia puede
tener su origen en animales o plantas, pero por lo que aquí interesa es necesario que se trate de
una epidemia que comprometa la salud de las personas.
Sin duda se trata de un tipo penal en blanco (reenvío relativo), por lo que la conducta
típica deberá complementarse con el catálogo de “medidas” emanada de la autoridad
administrativa al momento de que aquella sea desplegada por el sujeto activo.
Estructura típica
El delito consiste en violar (quebrantar, vulnerar) las reglas (entendidas como “medidas”)
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emanadas de las leyes referidas al control sanitario animal.
La conducta del agente puede ser activa u omisiva. Activa: por ejemplo, cuando una
persona introduce al país un animal que padece una enfermedad contagiosa, infringiendo la
prohibición de no hacerlo; omisiva: por ejemplo, la legislación obliga a los dueños de animales
que padecen enfermedades contagiosas (tuberculosis) a denunciar a la autoridad competente
tal situación y el dueño no lo hace.
Al igual que el precepto analizado en líneas anteriores (art. 205), se trata de un tipo penal
en blanco (reenvío relativo), por lo que la conducta típica deberá complementarse con el
catálogo de “medidas” emanadas de las leyes de policía sanitaria animal vigentes al momento
del hecho.
Se trata de un delito doloso (pueden plantearse escenarios de error de tipo), y de peligro
abstracto, de modo tal que se consuma con la mera violación de las medidas dispuestas por
las leyes de policía sanitaria animal, sin que sea necesario que se haya generado una situación
de peligro para la salud general.
2) Tipo objetivo
Las acciones típicas son: anunciar, prescribir, administrar y aplicar, de modo habitual,
cualquier medio destinado al tratamiento de enfermedades humanas. Anuncia quien proclama,
divulga u ofrece a personas indeterminadas (al público en general) el tratamiento curativo;
prescribe quien indica u ordena el tratamiento curativo; administra el que proporciona el medio
con el destino indicado; aplica quien ejecuta el tratamiento sobre el cuerpo del paciente.
Lleva razón Buompadre al señalar que la norma “no alcanza a procedimientos que no
configuren el tratamiento curativo de una enfermedad (por ejemplo: masajes para mejorar el
aspecto físico, invocaciones de tipo religioso, análisis químicos, venta de yerbas
supuestamente medicinales, despachar recetas de una farmacia, la práctica de la circuncisión,
la asistencia a un parto)”. En suma, para que la conducta quede atrapada por el tipo penal
resulta indispensable la existencia de un tratamiento destinado a curar una enfermedad física o
psíquica de las personas.
Sujeto activo del delito puede serlo cualquiera que carezca de título habilitante o
autorización para realizar actividades relacionadas con el arte de curar, como así también
cuando la autorización que se tenga sea insuficiente con relación al tratamiento que se
pretende aplicar, esto es, cuando excede los límites de la autorización (por ejemplo: la
psicóloga que receta medicamentos a su paciente, el enfermero que prescribe un tratamiento a
un paciente, entre otros).
La norma refiere a “arte de curar”, es decir, que el ámbito de aplicación no queda
circunscripto al ejercicio de la medicina, sino que comprende a las demás profesiones que se
entienden comprendidas por el concepto, y para cuya realización sea necesario título
habilitante o autorización de la autoridad de aplicación (por ejemplo: psicólogos, enfermeros,
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odontólogos, kinesiólogos, etc.).
En cuanto al medio empleado por el agente, ya hemos señalado que debe tener por
destino la curación de una enfermedad humana. La enumeración del texto (medicamentos,
aguas, electricidad, hipnotismo) es ejemplificativa, por lo que puede utilizarse cualquier medio.
Así, cuanto el agente se vale de prácticas o medios espirituales como tratamiento curativo de
una enfermedad, la conducta quedará subsumida en el art. 208.
Cabe destacar que el curanderismo sólo es punible cuando se lleva a cabo de forma
“habitual”, lo que implica una pluralidad de actos. Al respecto, Creus ha distinguido
correctamente habitualidad de profesionalidad: mientras a ésta le basta la realización de un
solo acto revelador de profesionalismo, no ocurre así con aquella, que exige la reiteración de
actos. En efecto, la falta de habitualidad por parte del agente en su conducta criminal, nos lleva,
necesariamente, al terreno de la atipicidad.
El delito puede cometerse a título oneroso o a título gratuito, con o sin ánimo de lucro, de
modo que la conducta es punible, aun cuando se persiga un fin noble y no se perciba
remuneración alguna.
3) Tipo subjetivo
Respecto al tipo subjetivo, se trata de un delito doloso. El dolo abarca el conocimiento
de que se carece de título o autorización para ejercer el arte de curar y de que se realiza una
actividad destinada al tratamiento de una enfermedad. Por tanto, el agente debe “creer” que
cura la enfermedad. De lo contario, si la actividad es simulada y el autor sabe que el tratamiento
no es curativo, o no persigue dicho propósito, percibiendo un precio por ello, la figura quedará
desplazada y estaremos en el ámbito de la estafa (Buompadre).
4) Consumación y tentativa
Digamos por fin que se trata de un delito de pura actividad y de peligro abstracto, por lo
que para su consumación solo se requiere la realización de las acciones típicas, sin necesidad
de que se produzca resultado alguno en la salud del receptor del tratamiento curativo. Incluso, el
delito tendrá lugar aunque el tratamiento curativo haya producido efectos positivos en el
receptor y haya sido realizado en forma gratuita. La tentativa no es posible.
b) Charlatanismo (inc. 2º)
1) Tipo objetivo
El inciso segundo de la norma reprime el charlatanismo o abuso de título legítimo. Aquí,
a diferencia del supuesto anterior, se requiere que el sujeto activo cuente con título habilitante o
autorización administrativa correspondiente por parte del Estado para ejercer el arte de curar. A
modo de ejemplo: un médico diplomado que cuenta con el título habilitante.
El delito consiste en anunciar (dar por cierta la curación), o prometer (asegurar un
resultado determinado, en este caso, la curación de una enfermedad). Ahora bien, el tipo exige
que tanto el anuncio como la promesa sobre la cura de una enfermedad sea a término fijo, lo
que significa en una fecha cierta o en un lapso de tiempo determinado; o bien por medios
secretos o infalibles, esto es, medios que solo el autor conoce y que mantiene en reserva, o
medios que no tienen margen de error, por lo que el resultado queda asegurado.
La doctrina demanda la publicidad de estas conductas, pues solo de ese modo se pude
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poner en peligro la salud de las personas en general (Buompadre). Así, la salud pública se
pone en peligro al distraer a los pacientes de los tratamientos idóneos. Al igual que como
hemos señalado en el “curanderismo”, aquí también influyen determinados factores como el
aprovechamiento por parte del “charlatán” del desconocimiento o la desesperación de personas
que padecen una enfermedad física o psíquica o de sus familiares.
Entiende Soler que el delito se configura sólo en el caso de que medie malicia por parte
del autor en el conocimiento de que lo que anuncia o promete no es real. Pero tal apreciación es
rebatida por Núñez, quien sostiene que para la ley ya constituye un charlatanismo punible el
solo hecho objetivo del proceder contrario a la ética profesional. Por nuestra parte, estimamos
que la conducta del agente quedará encuadrada en el tipo penal aunque este convencido en la
cura a término fijo o en la eficacia de los medios a emplear (Creus).
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