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Heidi Cap 5

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Capítulo V

Visitas inesperadas

Pasaron otros dos inviernos. Heidi estaba por cumplir ocho


años. Su abuelo le había enseñado muchas cosas útiles, y ella se
había convertido en una pastora tan buena y hábil como Pedro.
El maestro de la aldea, a través de Pedro, había enviado dos
mensajes al viejo para recordarle que Heidi ya estaba en edad
escolar y que debía asistir a la escuela. El viejo le mandó a decir
al maestro que, si tenía algo para hablar, se acercara personal-
mente a la cabaña. Y que, mientras tanto, él no tenía la menor
intención de enviar a la niña a la escuela.
El sol de marzo había derretido la nieve y las flores empe-
zaban a abrirse otra vez. Los árboles, libres del peso de la nieve,
volvían a agitar con alegría sus grandes ramas. El regreso de la
primavera hacía feliz a Heidi.
La pequeña salía a pasear por los alrededores de la cabaña
y luego volvía para contarle a su abuelo los cambios que había
notado en los brotes de los árboles o los colores que iban adqui-
riendo las flores.
Una tibia mañana, al salir de la casa, Heidi se topó con una
presencia inesperada. Era un hombre mayor, vestido de negro y
con expresión muy seria. La niña se asustó un poco, pero el des-
conocido la tranquilizó enseguida.

• 55 •
Johanna Spyri

—No tengas miedo —dijo con amabilidad—. Tú debes ser


Heidi, ¿no? Me gustaría conversar un rato con tu abuelito.
Heidi le indicó el interior de la cabaña, donde el viejo esta-
ba esa mañana tallando unas cucharas de madera. El hombre
entró en la casa.
—Buenos días —saludó, al ver al viejo sentado a la mesa.
El abuelo levantó la cabeza.
—Buenos días, señor cura —respondió, sorprendido—.
Hace tiempo que no lo veía… Siéntese, por favor.
—Gracias —dijo el cura—. Vengo para charlar sobre un
asunto… Tal vez se imagine de qué se trata.
Tras estas palabras el cura echó una mirada a Heidi, que
escuchaba muy seria desde la puerta.
—Heidi —dijo el abuelo—, ve a darle un poco de sal a las
cabras y quédate con ellas hasta que yo te llame.
Cuando Heidi salió, el cura siguió hablando.
—Como usted sabe, la niña tendría que haber empezado la
escuela el año pasado —dijo—. El maestro le ha enviado varios
mensajes, pero usted no contesta. Ahora mi deber es preguntarle
cuáles son sus intenciones.
—Mi intención es no mandarla a la escuela —respondió el
viejo con tranquilidad.
El cura se quedó sin palabras ante una afirmación tan di-
recta y categórica.
—¿Y entonces, qué piensa hacer con ella? —preguntó al fin.
—¿Hacer? Nada. Heidi crece en compañía de las cabras y
los pájaros y está muy bien en compañía de esas criaturas, que
nunca le enseñarán nada malo.

• 56 •
Heidi

—¡Pero la niña es un ser humano, no un animal! —exclamó


el cura—. Es cierto que así no aprenderá nada malo, pero tam-
poco apenderá nada bueno. Le pido que reflexione, por favor.
Tiene todo el verano para pensarlo. Y el próximo invierno
mándela a la escuela.
—No, no lo haré, señor cura —respondió el viejo, hostil.
—¿Usted cree que no hay maneras de obligarlo a entrar
en razón? —preguntó el visitante con impaciencia—. Usted
ha vivido en el mundo y conoce sus leyes. Creí que al menos
conservaría un poco de sentido común.
—¿Y usted supone que en las mañanas heladas de invierno,
cuando el viento sopla tan fuerte que ni siquiera yo me animo
a salir por temor a quedar sepultado bajo la nieve, me atrevería
a mandar a una niña delicada a caminar hasta el pueblo? ¿Dos
horas de ida y dos de vuelta, casi de noche? Acá el que no con-
serva el sentido común es usted, señor cura. Y estoy dispuesto
a ir ante la justicia si quiere, a ver si pueden obligarme o no
—concluyó el viejo con un temblor en la voz que dejaba entrever
su enojo.
El cura adoptó entonces una actitud conciliadora y cambió
de tono.
—En eso tiene usted mucha razón… —dijo—. Mientras siga
viviendo en este lugar es imposible mandar a la niña a la escuela.
Pero se nota que la quiere mucho. Por eso, por el bien de ella y el
suyo propio, le pido que baje a la aldea y vuelva a vivir entre no-
sotros. ¿Qué vida lleva aquí arriba, tan solo? ¿Y si le pasara algo?
¿A quién va a pedirle ayuda? Además, no entiendo cómo la niña
y usted no se congelaron en esta cabaña.

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Johanna Spyri

—La niña está muy sana y bien abrigada, no se preocupe


por eso. Tenemos leña más que suficiente. En cuanto a su pedido
de volver a Dorfli, le ruego que no pierda el tiempo. Los aldeanos
me desprecian, y yo a ellos. Así estamos bien.
—No, así no se está bien —repuso el sacerdote, poniéndose
de pie para retirarse—. Usted debe rezar y hacer las paces con Dios
y con los seres humanos, y verá que sus semejantes lo tratan de
otro modo. Ahora deme la mano y prométame que el invierno que
viene volverá a vivir en la aldea y la niña podrá ir a la escuela.
El viejo también se puso de pie y le tendió la mano al cura.
—Sé que usted es sincero y bienintencionado —dijo—. Pero
le repito que no mandaré a la niña a la escuela ni volveré a vivir
en la aldea. Buenos días.
—Buenos días. Y que Dios se apiade de usted —contestó el
cura con tristeza, y se marchó.

El viejo permaneció callado mucho rato. Aquella visita lo


había puesto de muy mal humor. Heidi lo notó y no preguntó
nada. Después del almuerzo, la niña se ocupó de lavar y ordenar
la vajilla. Estaba en eso, cuando una nueva visita apareció en la
puerta de la cabaña. Esta vez se trataba de una joven elegante-
mente vestida, con una pluma en el sombrero y una agradable
sonrisa en la cara. Era Dete.
El viejo no respondió a su saludo, pero Dete se había pro-
puesto no hacer caso a su antipatía. Al contrario, comenzó a ha-
blar de lo bien que se la veía a Heidi y de cómo se notaba que
había estado muy bien cuidada. De ese modo se abrió camino
para hablar del asunto que la había llevado hasta allí.

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Johanna Spyri

—Sé que criar a una niña no es fácil, señor —dijo—. Y aun-


que se ve que lo ha hecho bien, imagino que seguramente es una
carga para usted. Cuando la traje, yo no tenía otra opción, pero
siempre pensé en encontrar la manera de aliviarlo de la respon-
sabilidad cuanto antes. Y ese día ha llegado.
Heidi y el viejo la escuchaban en silencio. Dete contó que sus
patrones eran amigos de un señor muy rico llamado Sesemann,
que vivía en una de las mansiones más lindas de Fráncfort, a
solas con su hija discapacitada, los sirvientes y el ama de llaves.
Como la niña no podía jugar con otros chicos, pasaba muchas
horas aburrida, encerrada en su hogar, sentada en una silla de
ruedas, sin amigos para distraerse o compartir los estudios. Aho-
ra, ese rico señor buscaba una niña buena y educada que pudie-
ra vivir con ellos y hacerle compañía a su hija. Dete se había
puesto en contacto con él y le había hablado de Heidi.
—¡Es una oportunidad maravillosa! —le dijo Dete a Heidi—.
Si vas a vivir con ellos seguramente te tomarán mucho afecto y
con el tiempo serás como otro miembro de la familia. Además, la
chiquita discapacitada es muy débil… Si un día le pasa algo, el se-
ñor no querrá perder a otra hija, y nunca se sabe lo que puede…
—¿Terminaste? —la interrumpió el viejo, que hasta entonces
la había dejado hablar sin intervenir.
Dete lo miró y alzó las cejas, ofendida.
—¿Por qué me habla así? —preguntó—. No creo que en
toda la zona haya alguien que no se alegre de recibir una noticia
como esta.
—Entonces llévale la noticia a quien sepa apreciarla
—respondió el viejo sin dejar de mirarla a los ojos.

• 60 •
Heidi

Al oír estas palabras, Dete perdió la compostura y sus in-


tenciones diplomáticas.
—¡Muy bien! —gritó—. Si usted se pone así, va a tener que
oír algunas cosas desagradabes. ¿O cree que no sé que Heidi ya
tiene ocho años y no sabe nada de nada y usted le impide ir al
colegio y a la iglesia? Lo sé perfectamente, porque me lo conta-
ron en el pueblo. Pero esta niña es la única hija de mi pobre
hermana, y yo soy responsable por ella, no lo olvide. ¡Así que
no cederé, y voy a ir a la justicia si hace falta! Pero le advierto
que todo el pueblo está de mi parte y que, si usted quiere llevar
el asunto a los tribunales, saldrán a relucir asuntos que no le
gustará desenterrar…
—¡Basta! —gritó el viejo, golpeando la mesa con el puño y
fulminando a Dete con la mirada—. ¡Llévate a la niña! ¡Arruí-
nala! ¡Pero no te atrevas a traerla de nuevo nunca más!
Y luego de decir esto, se puso de pie y salió de la cabaña.
—¡Hiciste enojar al abuelo! —le gritó Heidi a su tía, enojada.
—Ya se le pasará —respondió Dete—. Busca tu ropa y
vamos.
—¡Yo no me voy!
—¿Qué dijiste? —exclamó Dete, furiosa. Luego hizo un es-
fuerzo para controlarse y cambió de tono—. Vamos, Heidi, no
seas tonta. ¿No te das cuenta de que es por tu bien? Es una opor-
tunidad única.
—¡No quiero ir! —respondió Heidi.
—No seas testaruda… ¡pareces una cabra! ¿No oíste lo que
dijo el abuelo? Está enojado y no nos quiere volver a ver, así que
mejor no lo contradigas. Además, ni te imaginas lo linda que es

• 61 •
Johanna Spyri

Fráncfort y todas las cosas hermosas que hay allí. Si después no


te gusta, puedes volver. Seguro que entonces el abuelo ya va a
estar otra vez de buen humor.
—¿Puedo volver cuando quiera? ¿Esta misma noche?
—¡Vamos, rápido! Sí, ya te lo dije, puedes volver cuando
quieras.
Dete cargó el atado de ropa de Heidi, después tomo a la niña
de la mano, salieron de la casa y empezaron a bajar por el cami-
no. En ese momento, Pedro volvía del monte con una pila de
ramas al hombro.
—¿Adónde vas? —le preguntó a Heidi.
—Tengo que ir a Fráncfort con tía Dete —dijo Heidi—. Pero
antes voy a saludar a tu abuelita, que me está esperando.
—No, no tenemos tiempo, Heidi —intervino Dete, sin sol-
tar a la niña de la mano—. Ya la verás a la vuelta.
La joven tironeó a Heidi de la mano, arrastrándola detrás
de ella.
Pedro corrió a su casa enfurecido y arrojó la leña sobre la
mesa con tanta violencia que la abuela se levantó asustada.
—¿Qué te pasa, Pedro? —preguntó.
—¡Se llevan a Heidi!
—¿Quién se la lleva? ¿Adónde?
Ella sospechaba lo que ocurría, porque su hija Brígida le
había contado que había visto a Dete subiendo hacia la montaña.
Entonces la anciana abrió la ventana y gritó:
—¡Dete! ¡Dete! ¡No te lleves a la niña! ¡No te la lleves!
Dete oyó perfectamente los gritos de la mujer, pero apuró
el paso.

• 62 •
Heidi

—¡La abuelita me llama! —dijo Heidi, tratando de zafarse


de la mano de su tía—. ¡Suéltame! ¡Quiero ir a verla!
—Ahora no, Heidi. Vas a ver que Fráncfort es tan linda que
nunca más vas a querer irte. Pero si en una de esas te dan ganas
de volver, allá vas a poder comprarle a la abuelita algún hermoso
regalo.
Este último argumento animó mucho a Heidi, y dejó de
forcejear.
—¿Y qué le puedo traer? —preguntó.
—Pensemos… —dijo Dete—. Por ejemplo, algunas masitas
blandas y ricas. Estoy segura de que eso le gustaría mucho, por-
que me imagino que le cuesta masticar el pan casero.
—¡Qué buena idea! Es verdad, ella siempre le da el pan a
Pedro porque dice que es muy duro para ella. ¡Apurémonos, tía
Dete! ¡Quiero volver mañana mismo con las masitas para la
abuela!
Así siguieron bajando por el camino, y ahora era la niña la
que iba tan rápido que a Dete le costaba seguirla.
Desde ese día, cada vez que el viejo de la montaña bajaba
a la aldea de Dorfli a vender sus quesos o a comprar alguna
provisión, la gente lo notaba más huraño y envejecido que
nunca. La mayoría opinaba que era una suerte que le hubiesen
quitado a la niña, y casi todos pensaban que Heidi deseaba
abandonarlo.
Solo la pobre abuela de Pedro defendía al viejo. Cuando
alguien le llevaba lino para hilar, ella le contaba lo bueno que
el viejo había sido con la niña, y cómo había reparado su des-
tartalada cabaña. Por supuesto, esos comentarios llegaron a la

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Johanna Spyri

aldea. Pero nadie les prestó mucha atención. Decían que la


abuela era muy vieja para comprender bien, y que además es-
taba ciega y medio sorda, y que debía haberse imaginado todas
esas cosas.

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