El Centro Editorial La Castalia y Ediciones de la Línea Imaginaria
inauguran su Colección Alfabeto del mundo
para publicar obras selectas de la poesía contemporánea.
Ha tomado su título de uno de los libros del poeta venezolano
Eugenio Montejo (1938-2008), como homenaje a una de las voces
más entrañables de la poesía en lengua castellana del siglo XX.
la vista
colección alfabeto del mundo
Claudia Masin. Nació en Resistencia, Chaco, Argentina, en 1972. Es escri-
colección alfabeto del mundo
tora y psicoanalista. Vive en Córdoba, Argentina desde hace más de dos
años. Coordina talleres de escritura. Fue docente de la materia Poesía en
la carrera de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes
de Argentina. Publicó diez libros de poesía: Bizarría, Geología, La vista,
Abrigo, La plenitud, El verano, La cura, La siesta, Lo intacto, El cuerpo, dos
antologías de su obra (El secreto y La materia sensible) y una edición de
su Poesía Reunida (La desobediencia).
Libros suyos se han publicado en España, México, Brasil y Chile. Su
libro La vista ha obtenido por unanimidad el Premio Casa de América
de España en 2002 y ha sido editado por Visor. Su libro Abrigo ha obte-
nido una mención del Fondo Nacional de las Artes en 2004. Su libro Lo
intacto ha obtenido un premio del Fondo Nacional de las Artes de Ar-
gentina en 2017. Su poema Tomboy del libro Lo intacto, en traducción
al inglés de Robin Myers, ha ganado el premio 2019 de la revista Words
Without Borders /Asociación de Poetas Norteamericanos de EEUU.
Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, sueco, portugués e
italiano. Se encuentran en preparación una antología de su obra en italia-
no, una traducción de su libro Lo intacto al inglés, un libro de ensayos y
dos libros de poemas. Todos los volúmenes serán editados entre este año
y comienzos del próximo.
Claudia Masin
La vista
La vista
© Claudia Masin
1° edición, 2002, Visor, Madrid, España
2º edición, 2012, Hilos, Buenos Aires, Argentina
3era edición, La Castalia / Ediciones de la Línea Imaginaria, 2022
Colección Alfabeto del mundo / Poesía contemporánea
De esta edición
© Claudia Masin
Fotografía de portada
© Fernando Espinosa Chauvin
Fotografía de autor
© Carolina Cadamuro
Colección al cuidado de
Edwin Madrid
Aleyda Quevedo Rojas
José Gregorio Vásquez
Edición digital
Mérida, Venezuela - Quito, Ecuador, 2022
Hecho el Depósito de Ley
Depósito Legal: ME2022000140
colección alfabeto del mundo
ISBN-E-Book: 978-980-7123-84-6
Ediciones La Castalia
Centro Editorial La Castalia
Mérida, Venezuela
www.lacastalia.com.ve
[email protected]
centro editorial la castalia
@centroeditoriallacastalia
Ediciones de la Línea Imaginaria
Quito, Ecuador
www.edicionesdelalineaimaginaria.com
[email protected] @lineaimagina
ediciones de la línea imaginaria
@lineaimaginacastalia
Reservados todos los derechos
A Carolina Cadamuro
Yo no sé cómo se forman en nosotros, en nuestra infancia, ciertas
imágenes de una significación decisiva. Ellas representan el papel de
hilos sumergidos en una solución, a lo largo de los cuales se cristaliza
el sentido del mundo. A estas imágenes pertenece también la de un
padre llevando en brazos, a través de los espacios de la noche, a
su hijo que habla con la oscuridad. El padre lo estrecha contra sí,
lo encierra en sus brazos, intenta separarlo del elemento ambiente
que habla, habla, pero para el niño sus brazos son transparentes,
atravesándolos la noche lo alcanza y, sobre las caricias de su padre, el
niño oye un discurso aterrador. Atormentado y resignado, responde
a las preguntas, abandonado por entero a aquel elemento del que no
puede escapar.
Bruno Schulz
En el “sufrimiento del mundo”, hay un hueco por el cual el ser singular
cae continua, interminablemente; es un cuerpo que se precipita por
el espacio observable, privado de la intimidad de la desaparición,
como si la intimidad, apartándose inexorablemente, por el mismo
poder sustentatorio de su retirada, mantuviera el cuerpo descendiendo
eternamente, pero siempre en el mismo sitio y siempre a la vista.
Djuna Barnes
Niños del cielo
Todo lo que perdemos suma una cifra
única, la nuestra. Si perdieras algo tuyo,
algo que no estaba destinado a perderse,
tu cifra sería inexacta para siempre.
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La luna
Como si hubiera alcanzado un punto de máximo esplendor,
a partir del cual ya no pudiera.
María Negroni
Después de una cierta hora, las calles se vacían
y yo salgo a olvidarte. Es más fácil en las calles
vacías. Me pierdo como una piedra terrestre
arrojada a territorio lunar. Entonces la luna se vuelve
una playa bañada por la luz del Mediterráneo,
donde jugaba de niño. No puedo volver a tomar
lo que he perdido, nadie puede. Si no está
permitido el regreso y no deseo avanzar,
quizás debería tener miedo, pero me enseñaste
a no temer, a estar despierto hasta tarde
en la casa desierta escuchándote cantar, con la promesa
de que el sueño llegaría. Aún soy el niño
que atraviesa la noche en su nave, un pequeño
astronauta. Hemos perdido contacto con la base,
nos hemos quedado solos aquí arriba, las constelaciones
y yo. Dame la calma, dame el silencio que acaricia,
no este silencio como una aguja que cruza lentamente
la frontera de las venas y apacigua
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el rumor de la sangre pero no alcanza
a apaciguar el deseo de tocarte. ¿Cómo voy a construir
mi casa lejos de la tuya, de dónde van a sacar mis manos
el oficio de poner cada ladrillo uno encima del otro
para levantar una pared que nos separe? No sabría.
Me decías que algún día vendrían a buscarme
los extraterrestres, que yo no pertenecía a este planeta.
Nos reíamos. Yo, desde entonces, no he hecho otra cosa
que preparar con paciencia mi bolsito a la espera
de que llegue ese día. Tu voz es el hilo de seda
que conduce a las ruinas de la luna. Madre -te dije-
no tengo sueño todavía.
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Soplo al corazón
Hay enfermedades extrañas que hacen que el corazón
no tenga sosiego. De repente, los latidos se aceleran
sin explicación y se detienen. Una piedra hueca
cayendo a toda velocidad en el pozo de un aljibe.
Es en ese momento cuando una voz evita la caída
y el corazón retrocede, asustado de su propio vértigo.
Creo que enfermé porque la enfermedad es una pasión
como otras, y yo quería vivir una pasión.
Despertar sobresaltado en el medio de la noche
y llamarte. Un adolescente frágil,
una heroína de novela romántica. Quejarme discretamente,
pero con la intensidad necesaria, para que escucharas.
Hubiera permanecido en la cama años y años, oyéndote contar
las historias de tu vida, no sentía dolor
sino una rara sensación de calma. Yo era un rey
y el tiempo una ficción que otros, allá afuera, tramaban,
para derrocarme. Que ibas a llevarme, me decías,
a ver el mar, aguas termales, enfermeras sonrientes
y una playa. Había aprendido a vivir para tu mirada,
cada movimiento era un dibujo perfecto destinado
a deslumbrarte. No quería otras miradas sobre mí,
no hubiera sabido qué mostrarles. Mi corazón
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era un rehén entre los dos, una moneda de cambio.
Una mañana desperté y la salud había ganado la partida.
Tuve miedo, nada me quedaba para darte ahora
que la muerte estaba lejos. Sólo mi cuerpo,
el marco de una ventana destinada a mostrarte
todos los paisajes que a tu capricho eligieras,
para que te distrajeras mirándolos a ellos
y a mí me olvidaras.
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Cría cuervos
Los niños, como los gatos, podemos ver en la oscuridad.
Vigías que saben que no pueden deslumbrarse
con su propio sueño, pasamos las horas
tejiendo una tela finísima alrededor
de nuestro miedo. Después, muchos años después,
solías decirme, llega el olvido y podemos dormir
sin sobresaltos. Yo aún no he olvidado.
Cada noche, nos intercambiamos historias
como joyas. Esta te queda bonita,
esta le sienta bien a tu piel, a tus ojos:
Había una niña que era tan pequeña
que cabía en la palma de una mano.
Si yo fuera esa niña -pienso- elegiría
vivir en tu mano. Podrías cerrarla
y dejarme sin nada, pero toda buena historia
necesita una tragedia, un vuelco inesperado.
No quiero que llegue el fin
de tu relato, que la noche se acabe. No sé qué hay
del otro lado. La vida es una imagen
que va desdibujándose, perdiendo los contornos
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día a día. Crecer es el tránsito de la imagen precisa
a la distorsión. Quiero seguir siendo niña
para conservar la vista.
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El espejo
De pequeño, yo creía que tus pensamientos me creaban
de la nada. Materia dócil que iba tomando
las formas azarosas que quisieras darme. Por eso a veces,
cuando caminaba al lado tuyo sin que advirtieras mi presencia,
ansiaba ser echado en falta y me escondía para después
saltar a tu abrazo, entrar en el paisaje real desde la bruma
a la que me habías arrojado al olvidarme.
Una noche de lluvia se incendió el granero
donde guardábamos nuestras reservas
para el invierno. Yo estaba feliz, me parecía hermoso
ver las llamas bajo el agua. Me miraste,
desconcertada. Como si me hubieras perdido -pensé-
pero me llevabas de la mano. No sabía,
hasta ese momento, que podías perder algo
que no fuera el calor de mi cuerpo. Quedé inmóvil,
como cuando veía pasar los bombarderos
a vuelo rasante, desde la ventana de casa.
Todo el universo se había vuelto un territorio minado,
y las esquirlas de la explosión podían alcanzarme
aún aquí, tan lejos de Moscú
y de mi padre.
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Aquella noche no quise ver el incendio.
Preferí ver el reflejo de las llamas en tus ojos,
cuando las mirabas. Cada parpadeo tuyo
apagaba mi mundo. Temí que te durmieras,
temí quedar a oscuras como si alguien, suavemente,
cerrara las ventanas de una habitación vacía,
antes de un largo viaje.
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Madre e hijo
Despacio, despacio, que hasta aquí no llegue la prisa
de la muerte. No quiero que venga la primavera,
dijiste, no tengo ropa que ponerme. En las montañas
pareciera que siempre está a punto de desatarse
una tormenta, pero hay una sola tormenta en todo
el invierno. Cuando sucede, salimos los dos
a verla. Te tiemblan las manos como a una niña
pequeña, siempre me pregunté si de alegría
o de miedo. Todas las cosas únicas aterran.
A veces quisiera protegerte, taparte los ojos,
que no adviertas la primera gota
desprendiéndose, inevitable, del cielo. Que no sepas
que por más que hagamos silencio por meses,
por años enteros, acabaremos por decirnos una
u otra palabra, y en ese momento comenzará
a correr el tiempo.
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La infancia de Iván
Siempre queda algo por perder.
La imagen de un viaje que hicimos juntos,
en una camioneta cargada de manzanas que caían a la calle
cuando hacíamos algún viraje brusco. Los caballos
siguiendo el rastro de las frutas, detrás nuestro.
En el agua de los aljibes, decías, hay una luz
parecida a la de una estrella, incluso en las mañanas,
porque los pozos confunden el día con la noche,
sumergidos como están en su penumbra.
Siempre hay algo que resta, un destello
que nos mantiene vivos por error.
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El silencio
De niños respirábamos como las plantas pequeñas,
y el aire más escaso, para nosotros, era suficiente. Vivíamos
igual que las piedras: trasladados por corrientes
o desprendimientos -fuerzas exteriores
sobre las que no se tiene poder ni conciencia- hacia lugares nuevos.
¿Qué peligros y terrores habremos conocido entonces,
cuando las manos amadas nos ponían en movimiento,
hacia qué ríos furiosos, a qué pendientes
donde íbamos a perdernos habremos sido arrojados,
en qué avalanchas habrá quedado parte de nuestra materia?
¿Y si todo lo que quisiéramos decir ya estuviera escrito
en esa piedra que otros moldearon como el viento?
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El regreso
¿Qué trae el padre de su largo recorrido por los campos
amplios y planos como pasillos de hospitales donde él,
médico viejo y cansado, pasea su mirada pacífica, experta,
sobre todas las cosas del mundo como si fueran suyas,
las hubiera tenido en la mano tanto tiempo
que conociera sus exactas concavidades y accidentes?
No hay nada nuevo para él, ¿pero y nosotros?
¿Preguntándonos el cómo y el por qué, desasidos como estrellas fugaces
de la generosa custodia del cielo, nosotros cómo hacemos
para mirar las cosas sin angustia, sin que nos sobre o nos falte
siempre algo: una medida quizás, cuya ausencia hace imposible
caminar sin tropezarse a cada paso? ¿Qué amor
hizo descender sobre él para después dejarlo ir,
pájaro rapaz que de un momento a otro se volvió compasivo
y desechó los restos que le ofrecían, con la magnanimidad
de quien ya fue llenado, está completo? ¿Pero y nosotros,
a quienes esos restos cubrirían los huesos? No podemos pedir,
ya se ha perdido lo que quedaba, lo que había de más.
Si no hay nada que él traiga en los brazos, ¿por qué
no ir yo misma a buscar, si ese regalo que él esconde
cuidadosamente bajo la cama es una caja vacía?
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¿Qué va a ser de nosotros ahora,
si es y siempre fue mentira que de los baúles sacaba
objetos maravillosos, que podía enseñarte a pescar peces
de aletas brillantes como una moneda al sol?
¿Si también es mentira que con sólo
raspar un carboncito contra su pecho creaba el fuego
que iluminaba la superficie curva de la tierra,
la geometría perfecta de la casa,
o que a nuestros cuerpos pequeños, con sólo mirarlos,
los volvía exuberantes como si fueran plantas parásitas colmadas
por la savia de otra planta? Dame la libertad, entonces
para soltarme de esta atadura que no ata a nada,
que yo de todos modos ya lo sé: hay un cielo
como hay una tierra, hay un desorden que, extrañamente, nos cuida,
hay quien desata la peste y a veces hay cura, hay mañanas
donde vamos a ser niños una vez, una vez sola,
para poder ir tomados de la mano de él,
de él que es esa tela secándose al sol los días de buen clima,
ropa dejada por un muerto, no me mientas,
no hubo padre ni habrá.
24
El corazón es engañoso
por sobre todas las cosas
No sigas, por favor, hablando
de la fealdad del mundo, no sigas mostrándome
en tu espejo impecable lo que no debe mostrarse.
Escribo ahora, con más de treinta años,
como si las palabras fueran el aliento que me faltó de niña
para empañar el vidrio demasiado limpio de tus ojos.
Te digo que no se puede mirar de tal manera que todo lo que hay
tenga su doble en tu mirada: hay cosas que se pueden ver
una vez sola, o ninguna, a riesgo de que la propia vida
se salga de su órbita como un planeta
enloquecido, y caiga fuera del sistema que lo mantiene allí,
sereno y estable, colgado del cielo. Escribo arriba, adentro,
de tu voz que no es voz, es algo visto
que trato de cegar, de apagar, para que lo que está desnudo
y roto sea vestido y recompuesto, así como se le cierran
los ojos a un muerto, porque cómo
soportar que nos mire de semejante manera, es decir,
que no esté más la vida sosteniéndole la luz con que nos ve.
25
Déjame entrar
Tu sangre no corre por mis venas,
tu sangre es la hilandera que fue tejiendo
cada hebra de mi crecimiento
como si yo fuera el ovillo apretado
dentro de la madeja. ¿La mejor esperanza
que pudiste tener para mí
fue que me convirtiera en el abrigo que alguien
acepta ponerse sobre el cuerpo con el pueril orgullo
de tener la desnudez cubierta? ¿A qué orilla
de barro y de pobreza puede una llegar con semejante río
corriéndole por dentro, qué estamos haciendo
al ponerle un nombre a ciertos actos si cuando por primera vez
nos apretaron el cuello estábamos todavía mudos,
rociados por la casa como un perfume vano
y pasajero? ¿Y qué ha cambiado ahora, me pregunto,
qué si todavía se trata de encontrar
en ese tronco que se pudre al sol una veta dura,
firme en la madera, que el rocío y las plagas
no carcoman fácilmente, un cuerpo que no tenga
que encajarse en otro con la urgencia de la desaparición
tocándole la espalda como una ráfaga de viento?
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Qué ha cambiado ahora si todo parece diferente
pero sigue como entonces, como el día en que llegó el alud
a llevarse los muebles de la casa y no nos dimos cuenta
de que las cosas que la nieve arrastra no regresan
porque lo que ha sido tocado una vez por una fuerza incontrolable
llevará esa fuerza en sí, podrá librarse de ella solamente
cuando sobre lo que más ame
descargue ese rayo que se le ha quedado dentro.
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El gran pez
Quisiera volver a estar bajo tu sombra, porque se puede crecer
a la sombra de algo, como los minúsculos organismos
en los troncos de los árboles, sin esperar más que la humedad
y la gota que de tanto en tanto cae y alimenta.
¿Es posible recuperar lo que no fue tenido?
Tu cara, por ejemplo, mirándome del otro lado del sueño,
del lado en que se vela por quien duerme,
tu voz que cuenta una historia, mi cuerpo atado al hilo
del relato, llevado en el vaivén de las palabras
como un barco que antes de tocar tierra
se detiene. ¿Es posible recuperar eso
sin una memoria que nos guíe, nos dicte un tiempo, un lugar,
detalles concretos? Dame la mano, no me sueltes,
no me dejes volver de allá sin nada, hagamos
como si todas las cosas que hemos deseado fueran ciertas,
igual que los pescadores cuando llegan a sus casas
a la madrugada, cargados de redes vacías:
inventemos hazañas, peces raros y soberbios
que hemos dejado ir porque era hermoso
verlos salir del agua, brillar al sol, hundirse de nuevo,
o simplemente porque a veces la belleza desconcierta,
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hace que ya no sepamos muy bien qué cosa nos faltaba,
qué era aquello que habíamos salido a buscar
y no encontramos.
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Caja negra
En las raras ocasiones en que mi padre y yo
coincidíamos, solos, en la casa, nos quedábamos callados
como si estuviéramos dentro de una cápsula espacial
en medio de las estrellas, y el tiempo
estuviera marcado por los flujos monótonos
del cuerpo, atento tan sólo a incorporar lo que falta,
expulsar lo que sobra, evitar el hambre, el frío
y la muerte. Dos niños desatados de la madre,
deshilándose, sin poder tocarse ni verse.
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Hacia rutas salvajes
¿Y dónde empieza, te pregunto, lo que causa el desorden,
lo que hace temblar los cimientos y no deja
que las personas y las cosas tengan un lugar donde quedarse,
reposar, crecer o morir si ya es su tiempo?
En medio del desorden del que hablo nada muere,
ni crece ni reposa ni se queda: todo está vivo
pero con una vida extraña, somnolienta, que viene de un pasado
del que no se habla, al que no se recuerda.
No podemos decir cuándo empezó la historia,
la que lleva de tu destino al mío y ahí, por fin, se detiene
sin continuar en otro, cesando de rodar como una piedra muda
y ciega que no se sabe de qué lugar fue desprendida, a qué lugar
habría de llegar si la dejáramos seguir, pero no:
yo soy el término de su viaje, el río que se la lleva.
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La ciénaga
Me preguntaste si tenía miedo. Mejor dicho,
no preguntaste nada. Una madre nunca revela
lo que realmente quisiera saber. Me miraste
y algo en tu mirada decía ¿tenés miedo?.
Yo, a veces, no encuentro la respuesta y callo
como si mi corazón fuera un reloj
cuyas agujas se detienen cada vez que tu mirada ansiosa
lo consulta. Algunos pájaros
sobrevolaban la pileta de aguas verdosas,
contaminadas. Tendrías que haber renovado el agua
al terminar el último invierno, me dijiste. Quizás es imposible
resistir la tentación de dejar pasar el tiempo, abandonar,
quedarnos sentados en la orilla mirando el deterioro.
Presenciar cómo, lentamente, la simpleza
del agua cristalina se transforma
en la complejidad de una ciénaga. Tal vez
la única libertad posible sea
la de negarse a mover un dedo, aunque se te vaya
la vida en ello. Preferiría no hacerlo,
como el personaje del cuento. Preferiría no moverme.
Vi una vez aquí, cerca del pueblo, un animal
agonizante. Había caído dentro de un pozo
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de agua estancada. Imaginemos:
el animal va muriendo día a día, de a poco.
No puede moverse. El agua podrida
le llega hasta el cuello, ¿le preguntarías a ese animal
si tiene miedo? Las tragedias son vulgares, ocurren
todo el tiempo. ¿Podrías hablarme
hasta que llegue la noche? Quisiera que el rumor
de tu voz me adormezca, como si fuera
la música perezosa de las cigarras en pleno verano,
y después quedarnos en silencio los dos, una madre
y su hijo callados, para que el tiempo pase cerca nuestro,
apenas rozándonos, y todo esté tan tranquilo que no advierta
que yo sigo despierto, esperando que su paso me ignore
y me deje aquí, al lado tuyo, abandonado.
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El camino de los sueños
Creí que la memoria era una cascada cayendo
desde un despeñadero, una corriente que me arrastraría
consigo al océano. No la insistencia del agua sobre la materia,
el goteo, el trabajo de años para dejar
una muesca insignificante sobre la piedra inerme.
Hubiera deseado conocerte antes:
dos chicas tendidas al sol de una terraza,
en la siesta de provincia, quietas y alertas a la vez,
como la vegetación del desierto,
que parece dormir o estar muerta y en cambio, cada verano
deja surgir entre las hojas algún color sorprendente.
A veces te miro distraerte de mí,
inclinada hacia el interior de tus propios recuerdos, atenta
como un animal asomando la cabeza
dentro de un pozo. Trato de descubrir en tus ojos el contorno
del objeto prodigioso que estás viendo,
y no alcanzo a distinguir de él más que su efecto:
un cambio de intensidad en tu expresión,
el temblor, la reverberación del agua
tras la caída de una piedra muy pequeña. Estamos lejos.
Hasta mí llega la imagen ya disuelta,
ya velada, en la historia que cada noche vas contándome,
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hilo tras hilo del tejido recompuesto, que no puede
compararse siquiera a la espléndida trama original,
de la que estoy, aunque no quiera, ausente.
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Mi mundo privado
Yo ansié tener un cuerpo que practicara,
como un arte, la ignorancia de sí.
Que cayera rendido con la levedad
con que caen las hojas de los árboles.
Cuando fuera inevitable,
nunca antes. Pero de tu cuerpo no deseaba
sino lo que había en él de frágil, de imperfecto:
la cicatriz que te cruzaba el pómulo, las pequeñas
arrugas en la frente. La herida
que te asemejaba a mí. El camino es interminable,
te decía, da vueltas y vueltas alrededor del mundo
y en alguna de esas vueltas los que estaban
destinados a perderse, se encuentran.
Se dice que a la vera
de cierta ruta que atraviesa el desierto,
es posible hundir una caña en la tierra reseca
y en algún momento brotará el petróleo como un géiser.
Anoche tuve un sueño en el que viajábamos por días
y días para encontrar el yacimiento, a la manera
de los cazadores de fortuna del oeste. Al llegar era de noche,
no había una sola estrella, el pozo
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estaba seco. Yo me dormía y te quedabas
al lado mío, cuidando mi sueño. No estabas allí
a la mañana siguiente.
En el sueño, alguien decía:
donde tengas tu tesoro tendrás
tu corazón. Y yo me preguntaba
qué pasaría si tu tesoro se perdiera,
qué pasaría en un juego
de cajas chinas si al llegar a la última,
la que debería contener el objeto precioso,
esa, como todas las otras,
estuviera vacía.
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Muerte en Venecia
Hace muchos días que te observo,
tantos como los que lleva el viento helado
soplando desde el este. Alguien me dijo esta mañana:
si el viento no se va en diez días, durará
veintiún días el mal tiempo. Yo entendí que decía:
el mal tiempo durará para siempre. Ni siquiera
una complicada operación matemática
podría predecir el curso de una tormenta que se gesta
en el discreto interior del cielo. Quería vivir en un hotel
por unos meses para descansar de mi vida.
Dejarla caer fuera de mí como un objeto
raro y sin interés, que nadie la tomara entre sus manos
para traérmela de vuelta. La visión de las góndolas
a lo lejos, los vestidos largos de las damas
que caminan por la arena como por la sala
de una mansión donde alguien
da una fiesta, los olores del verano y el rumor
de los vendedores de frutillas. Sobre Venecia
cayó un invierno anticipado,
con el fantasma de la peste en las espaldas.
Quise advertirte que había que irse de la ciudad
cuanto antes. Yo decidí quedarme.
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El caparazón de un caracol abandonado por los niños
en la playa repite, obediente, el eco del océano
hasta que el océano, cansado de escuchar su propia voz,
se lo traga.
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Escenas frente al mar
No se trata de destreza, de hacer los movimientos
justos en el momento exacto, tal vez se trata apenas
de escuchar toda la música del mar
en mi cabeza. Me desprendo como un guijarro entre las olas,
un ermitaño que eligió la intemperie del océano
en lugar de la cabaña perdida entre las piedras,
para encontrarse con la misma soledad
en la rompiente. Pero algunas tardes,
cuando la luz del sol cae, oblicua, sobre mi cuerpo
y se acerca el momento de regresar a la orilla,
quisiera que estés ahí, sentada en la arena,
cuidándome, desde la mínima distancia
posible entre los dos. Entonces abrazo
mi tabla de surf y cruzo los médanos
con el desconcierto de quien no cree en las palabras,
pero teme al silencio.
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La vida soñada de los ángeles
Te decía: quisiera trabajar como obrera
en una fábrica, como las hilanderas de principios de siglo,
un pañuelo en la cabeza y las manos ásperas
rozando la tela suave. Eso quisiera. No,
tal vez no se trataba de eso, pero hubiera sido absurdo
pensar que podía desear algo distinto,
un cielo abierto, pasearme por la ciudad
como una turista. El turismo siempre fue un lujo
para quien sueña con la vista del piso sucio
de una hilandería. Es difícil vivir en estos tiempos,
me decías, y las dos asentíamos
como si esa frase resumiera todas las verdades posibles.
No sobran las palabras entre dos chicas de provincia,
acostumbradas al silencio del camino.
En la casa prestada donde estábamos
había vivido antes una nena. Ahora estaba sola,
en la cama de un hospital. Un accidente. Quedó en coma,
nos dijeron. No se sabe qué va a ser de ella.
Un día encontré su cuaderno de notas, un diario
de tapas rojas donde contaba cosas de su vida.
Durante las noches pensaba en ella. Su ausencia
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comenzó a dolerme como si fuera
la ausencia de alguien querido.
No entendías, yo hubiera querido decirte
que ella era de las nuestras, que así
estábamos nosotras, sin voz
y sin compañía, que había que recordar
o imaginar su vida para que no se diluyera
como la tinta de esos papeles cuando, un día,
cayera la lluvia sobre sus cosas. Que no hay abandono
si hay algún lugar nuestro que quede en pie
sostenido por los otros. Pero no dije nada,
porque una chica acostumbrada a hacer su bolso
todas las veces que sea necesario
también debe aprender a borrar con sus pasos
los pasos de los que vinieron antes, para poder
continuar viaje.
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Réquiem para un sueño
En mi ciudad hay grandes tormentas en el invierno
que cada año producen algunas muertes que todos
llaman extraordinarias: salió a mirar el cielo y entonces un rayo,
paseaba con su hijito y en ese justo instante el fresno
centenario de la plaza cayó como si el viento
lo hubiera fulminado ¿qué vamos a hacer -me preguntaba-
los tres meses en la casa? No podemos salir
y no podemos quedarnos. Habría que crear un microclima,
una región donde no haya nieve, calor, tempestades,
largas temporadas de lluvia que nos obliguen
a encerrarnos a la espera del buen tiempo, del momento
de separarnos. Un abrazo es a veces un nudo
que no necesita del ingenio para ser desatado, sino de un corte seco
que impida a ambos cabos conformar un nuevo nudo,
un nuevo abrazo. ¿Es posible irse
sin abandonar a alguien?
No hay amor que resista esa pregunta.
Cada verano te llamo para preguntar si ya ha pasado
la época de lluvias, si la humedad de las paredes
finalmente ha detenido su avance,
si las puertas de madera siguen produciendo
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esa queja por las noches,
cuando el viento llega a la casa. Cada verano
llamo para preguntar si queda algo
en pie después de tanto embate. Y cada vez olvido
tu respuesta y te cuento que aquí los días son cálidos
pero a veces hay un viento helado que llega del norte
de improviso, como si aun
en los climas benignos fuera necesario
un recuerdo del frío.
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Una película de amor
Yo comprendo la pasión de los astrónomos,
las noches en vela, la atención dispuesta
a captar, de entre todo lo que existe,
cierta fosforescencia en el cielo. Podría decir,
como ellos, que las cosas que me importan
no suceden en el mundo. La mirada vive, en lo que ve,
una segunda vida, más real que la primera, más intensa.
Yo pensaba que mirándote siempre,
en todos los momentos, los instantes preciosos
que guardabas dentro de tu cuerpo
se transferirían a mi propia constelación
de recuerdos, y lo deseaba con tanta fuerza que creí
ver con tus ojos –sin haberme movido jamás de esta ciudad
o de este cuarto- los detalles de tu casa natal, las tormentas
de nieve en un pueblito del sur, la tierra
completamente roja en el otoño, invadida por las hojas
de los arces, dos pies pequeños y descalzos,
cubiertos por el barro, el rostro de tu madre.
Quizás la intimidad entre dos personas dura
lo que dura ese momento en que sabemos
de los cuerpos y las cosas que otro amó,
en otro tiempo. O tal vez nadie alcance a rozar,
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ni en su deseo, las imágenes ajenas, y estés sola,
y yo esté solo, y sea el nuestro,
-como el recorrido de las familias de esquimales hacia el sol,
sobre la nieve- un viaje del cual no queda huella.
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París, Texas
Me gustaría contarte lo que veo,
hablarte de los hoteles abandonados
apareciendo de la nada en el medio de la ruta,
como castillos solitarios cuyos puentes levadizos
fueron dinamitados hace tiempo. Me gustaría
contarte lo que veo pero es imposible
hallar un dolor que condescienda
a ser narrado. ¿Vale la pena entonces,
emprender tan largo viaje para ir de un extremo
a otro del silencio? También es imposible
callar por completo: sé que terminaré por llamarte,
como se llama a alguien cuando se está a oscuras,
sin el auxilio de la voz, un estremecimiento
semejante al de esas luciérnagas
que al chocar contra un parabrisas en la ruta
se deshacen esparciendo una nube pequeña
de polvo y luz, y ésa -quizás- es su idea
de un encuentro.
47
Criaturas celestiales
La ley nos ha prohibido volver a vernos.
Una vez cumplida la condena, deberemos
vivir en ciudades diferentes,
tan lejos la una de la otra que nunca sea posible
el reencuentro. Aquí las guardias se divierten
hablando del crimen, los detalles morbosos.
La llevaron de paseo, dicen, y entonces,
a sangre fría, sin piedad, con una piedra.
La madre de una de ellas. En la cabeza.
Escucho los fragmentos susurrados
cuando cruzo los pasillos en el día de visita. Nadie viene.
Haber esperado tanto para esto. Una celda pequeña,
sin ventanas. Yo soñaba con conocer el mar,
vivir en un pueblito costero, dos pescadoras
cargando las redes al final del día, volviendo a casa
despacio, el amor es tan simple como eso.
Hallar una casa, un país que nos albergue. Ahora
siento un dolor incierto en alguna parte del cuerpo,
como si al despertar una mañana
hubiera descubierto que me han arrancado un brazo,
una pierna. La vida es, otra vez, lo que era
antes de tu llegada: ser una en el mundo.
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El desconsuelo de un pensamiento que no puede
rozar a ningún otro, la noche como un barco varado
que no conduce a ningún día sino a sí mismo,
a otra noche oscurísima. Cuando salga de aquí
tendré cuarenta años y pasaré los que restan
vagando por las calles, tratando de lucir bella y joven,
casi una adolescente, por si te veo.
49
Rouge
No dejes de escuchar, del otro lado de la pared,
con un vaso invertido apoyado en el yeso,
mis pasos por el cuarto, el tintineo de las cucharas
en las tazas, las palabras que digo casi en un susurro, pensando
que estás ahí, atento a cada modulación de mi voz,
a mi tristeza. No dejes de espiar mis salidas, mis paseos.
Si de repente mi vida ya no te fuera interesante y te durmieras
sin esperar mi llegada, ¿qué sería de mí?
Seguramente se abriría a mis pies ese océano
-perfecto en su silencio- que a todos nos separa,
cada uno encerrado en el pequeño universo
de su cuerpo, donde la memoria de la infancia
es un continente en miniatura que, como la Atlántida,
espera la creciente para ser olvidado.
50
Daño
A fines del siglo pasado, un pueblo, en la Polinesia,
quedó arrasado por la lava desprendida de un volcán
en erupción. Fue borrado de los mapas desde entonces,
como si hubiera sido una ilusión óptica, un espejismo
construido por los viajeros durante la travesía
para soportar la soledad y después devolverlo
a su origen de sueño. Un solo sobreviviente, dijeron
las noticias. De todo el pueblo, los hombres,
las mujeres, las familias, no quedó más
que un joven trabajador de las minas de carbón,
encerrado en una cueva pequeña como una celda,
en el núcleo escondido de la tierra. Se tardan años
-decías- en diseñar la particularidad
de nuestra herida. Una ciudad crece durante días y días
en un lugar, crea sus mitos, sus pasiones,
arduamente consigue lo imposible: mantenerse igual
a sí misma. Un cambio inesperado
en la dirección de los vientos,
un movimiento comenzado hace décadas
dentro del vientre del volcán, la convierten
en un valle desierto por donde cruzan los pájaros
en su vuelo hacia el este. Años más tarde,
51
alguien construirá sobre las ruinas los cimientos
de otras casas, un pueblo entero cuya cartografía
seguirá, sin saberlo, el dibujo
del río de lava subterráneo. Tenías razón: no hay olvido.
La memoria del daño, como la memoria del placer,
nunca termina. Si dos sobrevivientes
volvieran a encontrarse en la calle, por azar,
evacuado hace ya mucho tiempo el escenario
del desastre, se reconocerían al instante.
Como ese minero solitario en su refugio, yo
te espero. En silencio, pero muriendo de deseos
de decir: estoy aquí.
52
Sin techo ni ley
¿Dejan rastro los pasos en la nieve, te es posible seguirme
a partir de ese rastro? La soledad se impregna
en cada cuerpo que toco, como la piel toma el sabor
de la sal al contacto con el agua de mar. No sabría
con qué palabras contarte la calma que alcanza una mirada
que no desea nada en lo mirado, o apenas
algo de calor, un fuego encendido con los pocos leños
reunidos a lo largo del camino. ¿Cómo hablarte
de cada noche que paso sin ansiar que amanezca,
sin perseguir una larga sucesión de mañanas desprendiéndose
de ésa que ya no espero? ¿Cómo soporto la noche, entonces?
-preguntarías- ¿con qué excusa o qué fuerza?
Te diría: un esquimal soporta la presencia material del silencio
porque cierra los ojos e imagina la música de las olas
al rozar la arena en una playa vacía, retirándose
y volviendo para sonar, una y otra vez, como una orquesta.
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Detrás de la puerta
En las noches de Marrakesh, los hombres viejos
que me llevan a recorrer la ciudad y esperan que los guíe,
terminan inexorablemente perdidos.
Tal vez sólo sé un camino, y los demás son rodeos
que convergen en él. No tengo preguntas,
la certeza es un sitio donde me crío a mí misma,
como si yo fuera una hija mía. ¿Ves? me digo,
aquí están las imágenes de tu vida,
desfilan como en una película muda,
las películas mudas son aburridas. No importa
demasiado tu vida. ¿Ves? aquí tu casa, tus padres,
las cosas que olvidaste en las mudanzas,
no importan demasiado tus cosas.
Podrías ser cualquiera, podrías no existir, una sirena
dibujada en un libro de mitos. Hace tiempo
me contaron esta historia: en la Antártida,
un grupo de exploradores iba a vivir un año en soledad
para estudiar la zoología, la botánica,
el clima. El barco de rescate chocó contra un témpano
mientras viajaban para llevárselos a Europa de regreso.
Pasaron inviernos enteros en el refugio, una casita noruega
que ellos mismos habían construido
54
en el medio de un país de hielo. Se inventaron
una vida cotidiana, distribuyeron las tareas
y esperaron. Uno de ellos escribió
en su diario: llegué a olvidarme de que tenía un rostro.
Sólo sobrevivía para estar presente en el momento
en que un improbable barco fantasma
asomara entre las olas. Así es como todo se borra,
la propia voz, el propio cuerpo, cuando alguien
tiene que llegar hasta nosotros
y no llega. El azar es ecuánime -solías decir-
todos encontramos al menos una vez
lo que siempre hemos buscado. Ya no te creo:
el azar, por definición, es injusto. Hay
una vez, sí, pero una sola, y lo demás es el deseo
de que vuelva.
55
Nacido y criado
Hay un amor al extravío en todas las personas extraviadas,
a la larga uno levanta su casa donde resulta que ha caído:
arena, agua, barro, tierra firme. ¿Pero y si resultara
posible la mudanza, si el movimiento
no fuera una explosión que de improviso
transporta las moléculas de un cuerpo de un lugar
a otro lugar, si el movimiento fuera
desprenderse como se desprende una gota de una rama,
si fuera algo así de lento, así
de irreversible?
56
Los textos de La vista están basados
en los films:
Niños del cielo (Bachea-ye aseman, Majid Majidi, Irán, 1997)
La luna (Bernardo Bertolucci, Italia, 1979)
Soplo al corazón (Le soufflé au coeur, Louis Malle, Francia, 1971)
Cría cuervos (Carlos Saura, España, 1975)
El espejo (Zerkalo, Andrei Tarkovski, Rusia, 1974)
Madre e hijo (Matj i syn, Aleksandr Sokurov, Rusia, 1997)
La infancia de Iván (Ivanovo destno, Andrei Tarkovski, Rusia, 1962)
El silencio (Tystnaden, Ingmar Bergman, Suecia, 1963)
El regreso (Vozvrashchenie, Andrei Zvyagintsev, Rusia, 2003)
El corazón es engañoso por sobre todas las cosas (The heart is deceitful about
all things, Asia Argento, EEUU, 2004)
Déjame entrar (Låt den rätte komma in, Tomas Alfredson, Suecia, 2008)
El gran pez (Big fish, Tim Burton, EEUU, 2003)
Caja Negra (Luis Ortega, Argentina, 2001)
Hacia rutas salvajes (Into the wild, Sean Penn, EEUU, 2007)
La ciénaga (Lucrecia Martel, Argentina, 2000)
El camino de los sueños (Mullholland Drive, David Lynch, EEUU, 2001)
Mi mundo privado (My own private Idaho, Gus Van Sant, EEUU, 1991)
Muerte en Venecia (Morte a Venecia, Luchino Visconti, Italia, 1971)
Escenas frente al mar (Anonatsu, ichibon shizukana umi, Takeshi Kitano,
Japón, 1992)
57
La vida soñada de los ángeles (La vie rêvée des anges, Erick Zonca, Francia,
1998)
Réquiem para un sueño (Réquiem for a dream, Darren Aronofsky, EEUU,
2000)
Una película de amor (Krótki film o milosci, Krysztof Kieslowsky, Polonia, 1988)
Paris, Texas (Wim Wenders, Francia-Alemania, 1984)
Criaturas celestiales (Heavenly creatures, Peter Jackson, Nueva Zelanda, 1994)
Rouge (Trzy Colory: czerwony, Krysztof Kieslowsky, Francia, 1994)
Daño (Damage, Louis Malle, Gran Bretaña, 1992)
Sin techo ni ley (Sans toit ni loi, Agnès Varda, Francia, 1985)
Detrás de la puerta (Oltre la porta, Liliana Cavani, Italia, 1982)
Nacido y criado (Pablo Trapero, Argentina, 2006)
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FOTÓGRAFO INVITADO
Fernando Espinosa Chauvin
colección Alfabeto del mundo
Comenzó su carrera de fotografía profesional en Nueva York trabajando
como fotógrafo de moda para agencias de modelos internacionales, como
Ford, Elite y Next. Por su conocimiento de iluminación dio talleres de ilu-
minación en Nueva York y en Quito.
Su trabajo ha sido expuesto en Australia, Corea, Qatar, Ecuador,
Nueva Zelanda, Croacia Estados Unidos y Canadá. También ha publica-
do varios libros, incluyendo: Afrodisiaco, que combina cocina gourmet,
sensualidad y recetas. Split, sobre la fabulosa ciudad y palacio romano de
Croacia. Dubrovnik, en el que captura la magia de la ciudad del Adriático.
Galápagos Surreal, interpretación en blanco y negro para poder mostrar
las islas en todo su contexto y composición. Galápagos Azul, experimen-
to digital a color sobre las Islas. Ecuador Tierra del Cacao, libro sobre el
recorrido del Cacao desde su producción hasta los grandes chocolateros.
Sus últimas exhibiciones: 'Dream Lights of the City' en Nueva
York, utilizando técnicas experimentales de fotografía infrarroja para
capturar paisajes urbanos aéreos. "Apetite of the Senses", donde ganó el
premio Leonardo de Medici en Miami. En Quito, con Maurice Montero,
creó la exhibición "A Dúo”. Actualmente, su obra "Tropicalia" se expone
en la Galería “Studio Anise”, en Nueva York.
www.fernandoespinosart.com
Índice
Niños del cielo 11
La luna 12
Soplo al corazón 14
Cría cuervos 16
El espejo 18
Madre e hijo 20
La infancia de Iván 21
El silencio 22
El regreso 23
El corazón es engañoso por sobre todas las cosas 25
Déjame entrar 26
El gran pez 28
Caja negra 30
Hacia rutas salvajes 31
La ciénaga 32
El camino de los sueños 34
Mi mundo privado 36
Muerte en Venecia 38
Escenas frente al mar 40
La vida soñada de los ángeles 41
Réquiem para un sueño 43
Una película de amor 45
París, Texas 47
60
Criaturas celestiales 48
Rouge 50
Daño 51
Sin techo ni ley 53
Detrás de la puerta 54
Nacido y criado 56
Los textos de La vista están basados en los films 57
61
colección alfabeto del mundo