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PLING Chomsky 2 Unidad 2

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones del Capítulo 2 del libro "El conocimiento del lenguaje" de Noam Chomsky. El capítulo discute los conceptos comunes y científicos del lenguaje, señalando que los enfoques científicos tienden a ignorar los aspectos sociopolíticos y normativos del concepto común de lengua. También idealizan una comunidad lingüística uniforme sin diversidad dialectal o variación individual, aunque esto no refleje la realidad. Estas idealizaciones son necesarias para

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Este documento presenta un resumen de 3 oraciones del Capítulo 2 del libro "El conocimiento del lenguaje" de Noam Chomsky. El capítulo discute los conceptos comunes y científicos del lenguaje, señalando que los enfoques científicos tienden a ignorar los aspectos sociopolíticos y normativos del concepto común de lengua. También idealizan una comunidad lingüística uniforme sin diversidad dialectal o variación individual, aunque esto no refleje la realidad. Estas idealizaciones son necesarias para

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El conocimiento del lenguaje

Noam Chomsky

Editorial Alianza

Madrid, 1989

El siguiente material se utiliza con fines


exclusivamente didácticos
ÍNDICE
1. El conocimiento del lenguaje como objeto de investigación ....................................................... 14

2. Los conceptos de lenguaje .............................................................................................................. 29

3. Abordando el problema de Platón ................................................................................................ 64

4. Cuestiones sobre las reglas .......................................................................................................... 244

5. Notas sobre el problema de Orwell ............................................................................................. 297

Referencias bibliográficas ............................................................................................................... 309

Índice de materias y nombres ......................................................................................................... 317

2
CAPÍTULO 2
LOS CONCEPTOS DEL LENGUAJE

2.1. El concepto común y las desviaciones respecto a él

Volvamos ahora a las preguntas de (1) en el Capítulo 1. Para empezar, distingamos la noción de
lenguaje del sentido común, intuitiva, preteórica, de los diversos conceptos técnicos que se han propuesto
cuando se ha tratado de desarrollar una ciencia lingüística definitiva. Califiquemos a éstos como “enfoques
científicos” del lenguaje, con la mirada puesta más en el futuro que en la realidad actual, como algunos
podrían decir. Creo que, sin excepción, los enfoques científicos se alejan de la noción común en diversas
formas; estas desviaciones afectan igualmente a los conceptos de conocimiento y comprensión del lenguaje,
uso lingüístico, regla lingüística, conducta lingüística sometida a reglas, y también a otros.
En primer lugar, la noción común de lengua tiene una dimensión sociopolítica crucial. Hablamos del
chino como si fuera “una lengua”, aunque los diferentes “dialectos del chino” son tan diferentes como las
diversas lenguas románicas. Hablamos del holandés y del alemán como dos lenguas separadas, aunque
algunos dialectos del alemán son muy parecidos a dialectos que denominamos “holandés” y no son
mutuamente inteligibles con otros que denominamos “alemán”. Una observación corriente en los cursos de
introducción a la lingüística es que una lengua es un dialecto con un ejército y una armada, observación que
se atribuye a Max Weinreich. Resulta poco claro que se pueda dar una precisión coherente de “lengua” en
este sentido; desde luego, ni se ha intentado seriamente. En vez de ello, todos los enfoques científicos han
abandonado sin más esos elementos de lo que se denomina “lengua” en el uso común1.
La noción común también tiene elementos normativo-teleológicos que se eliminan en los enfoques
científicos. No me refiero ahora a la gramática prescriptiva, sino a algo diferente. Considérese la forma en
que describimos a un niño o a un extranjero que aprende inglés. No tenemos manera de referirnos
directamente a lo que sabe esa persona: no es inglés, ni ninguna otra lengua que se parezca al inglés. Por
ejemplo, no decimos que la persona tiene un perfecto conocimiento de una lengua L, parecida al inglés, pero
no obstante diferente. Lo que decimos es que el niño o el extranjero tienen un “conocimiento parcial del
inglés”, o que se “encuentran en vías” de adquirir el conocimiento del inglés y que, si lo consiguen, entonces
sabrán inglés. Se pueda o no dar una explicación coherente de este aspecto de la terminología común, es
algo que no parece desempeñar ningún papel en una posible ciencia lingüística.
Seguiré la práctica corriente de ignorar estos aspectos de las nociones comunes de lenguaje, así
como las nociones relacionadas de seguimiento de reglas y otras, aunque es preciso hacer notar este
alejamiento, del cual se puede preguntar uno si es totalmente inocente.
La lingüística moderna obvió por lo general estas cuestiones y tomó en consideración una
“comunidad lingüística” idealizada que fuera internamente consistente en su práctica lingüística2. Por
ejemplo, para Leonard Bloomfield una lengua es “la totalidad de proferencias que se pueden hacer en una
comunidad lingüística”, considerada como homogénea (Bloomfield, 1928/1957). En otros enfoques
científicos se adopta el mismo supuesto de una u otra forma, explícita o tácitamente en la identificación del
objeto a investigar. No se realiza ningún intento de capturar o formular un concepto con los aspectos
sociopolíticos o teleológico-normativos del uso informal del término “lengua”. Lo mismo sucede con los
enfoques que conciben la lengua como un producto social, de acuerdo con el concepto saussureano de
“langue”.
Por supuesto, se entiende que no existen en el mundo real las comunidades lingüísticas en el sentido
de Bloomfield, esto es, colecciones de individuos con la misma conducta lingüística3. Cada individuo ha

1
Estas observaciones, que generalmente se consideran truismos, son rechazadas por Katz (1981 págs. 79-80) con el
razonamiento de que reconocer los conceptos de lengua y dialecto, en la utilización coloquial, implican una dimensión
sociopolítica sería “como afirmar que el concepto de número no es un concepto de la matemática, sino un concepto
sociopolítico”. No existen razones para aceptar esa curiosa conclusión.
2
Sin embargo, existían excepciones, por ejemplo la teoría de las “pautas globales”, de las que se mantenía que cada
dialecto inglés era un subsistema. Véase Trager y Smith (1951). Obsérvese que la cuestión de las “reglas variables”, tal
como es discutida por algunos sociolingüistas, no es relevante en este punto.
3
Dejamos de lado aquí lo que este término significaría precisamente en la lingüística bloomfieldiana o en cualquier otra
variedad de lingüística “conductista”. Manteniendo ese enfoque, se tendría que explicar qué es lo que significa decir que
la gente habla la misma lengua, aunque no tiendan a decir las mismas cosas en circunstancias determinadas. Se plantea

3
adquirido una lengua en el curso de interacciones sociales complejas con personas que varían en la forma en
que hablan e interpretan lo que oyen y en las representaciones internas que subyacen a su utilización de la
lengua. La lingüística estructuralista hizo abstracción de estos hechos en sus intentos de construir una teoría;
también nosotros hicimos abstracción de estos hechos al formular las preguntas (1) del Capítulo 1,
considerando sólo el caso de una persona sometida a una experiencia uniforme en una comunidad lingüística
bloomfieldiana sin diversidad de dialectos ni variaciones individuales entre los hablantes.
También hemos de observar un supuesto más sutil, interno a la teoría: aparte de ser uniforme, la
lengua de la comunidad lingüística hipotetizada es considerada como un caso “puro” de la GU en un sentido
que ha de precisarse, y sobre el que volveremos. Por ejemplo, excluimos una comunidad lingüística
uniforme de hablantes, cada uno de los cuales hable una mezcla de ruso y francés (algo así como una versión
idealizada de la aristocracia rusa del siglo diecinueve). La lengua de una comunidad lingüística de esta clase
no sería “pura” en el sentido pertinente, porque no representaría un conjunto simple de elecciones entre las
opciones que la GU permite, sino que por el contrario incluiría elecciones “ contradictorias “ en algunas de
esas opciones.
Así pues, las preguntas (1) de Capítulo 1 se plantean en principio en concordancia con estas
idealizaciones y, en realidad, lo mismo sucede en otros, enfoques lingüísticos, aunque a menudo no se
reconozca explícitamente este hecho y en ocasiones incluso se niegue.
Se ha cuestionado a veces la legitimidad de estas idealizaciones, pero con dudoso fundamento4. De
hecho, parecen indispensables. Seguramente existe una cierta propiedad de la mente P que permite a una
persona adquirir una lengua bajo las condiciones de una experiencia pura y uniforme y P (caracterizada por
la GU) funciona seguramente bajo las condiciones reales de la adquisición de la lengua. Por eso, sería
absurdo negar estos supuestos, ya que equivaldría a sostener que la lengua sólo se puede aprender en
condiciones de diversidad y experiencias inconsistentes, lo cual es absurdo; o que existe la propiedad P,
existe una capacidad para aprender la lengua en el caso puro y uniforme, pero que el aprendizaje real de la
lengua no entraña esa capacidad. En este último caso, preguntaríamos por qué existe P; ¿es alguna clase de
“órgano vestigio”? El enfoque natural, el que creo que adoptan tácitamente incluso los que lo niegan, es el
de intentar determinar la propiedad real de la mente P y luego preguntarse cómo funciona P en las
condiciones más complejas de la diversidad lingüística real. Parece evidente que cualquier estudio razonable
de la naturaleza, adquisición y utilización de la lengua en las circunstancias de la vida real ha de aceptar
estos supuestos y actuar luego sobre la base de alguna caracterización preliminar de la propiedad P de la
mente. En suma, las idealizaciones que se explicitan en las investigaciones más cuidadosas difícilmente
pueden cuestionarse; aíslan una propiedad de la facultad lingüística para su estudio, propiedad cuya
existencia no puede prácticamente ponerse en duda y que, con toda seguridad, es un elemento fundamental
en la adquisición real de la lengua.
Al hacer explícitas estas idealizaciones y realizar nuestras investigaciones de acuerdo con ellas, en
modo alguno menoscabamos el estudio de la lengua en cuanto producto social. Por el contrario, es difícil
imaginar cómo pueden progresar de forma fructuosa esas investigaciones si no toman en consideración las
propiedades reales de la mente que forma parte de la adquisición de la lengua, en particular las propiedades
del estado inicial de la facultad lingüística caracterizada por la GU.
Igualmente, obsérvese que el estudio del lenguaje y de la GU, llevado a cabo dentro del marco de la
psicología del individuo, permite la posibilidad de que el estado de conocimiento que se alcance pueda
incluir alguna clase de referencia a la naturaleza social de la lengua. Por ejemplo, considérese lo que Putnam
(1975) ha denominado “división del trabajo lingüístico”. En la lengua de un individuo particular, muchos
términos están semánticamente indeterminados en un sentido especial: la persona se remitirá a los
“expertos” para precisar o fijar su referencia. Por ejemplo, supóngase que alguien sabe que las yolas y los
queches son barcos, pero que no está seguro de la referencia exacta de “yola y “queche”, dejando a los
especialistas que fijen esa referencia. En el léxico de la lengua de esa persona, las entradas de “yola” y
“queche” estarán especificadas de acuerdo con su conocimiento, con una indicación de que otros añadirán

la misma cuestión si se define la lengua como un “complejo de disposiciones presentes para la conducta verbal” (Quine,
1960), del mismo modo que otros problemas que parecen insolubles, si el concepto técnicamente construido e “lengua”
ha de ser un término útil en la investigación lingüística, o ha de tener alguna relación con lo que denominamos “lengua”.
Sobre esta cuestión, véase Chomsky (1975b, págs. 192-195).
4
También se podrían indicar algunas objeciones involuntariamente cómicas, como la acusación del catedrático
oxoniense de Lingüística Roy Harris (1983) de que la idealización habitual (que atribuye a Saussure-Bloomfield-
Chomsky) refleja “un concepto fascista de lengua, si es que lo hay”, porque considera que la comunidad lingüística
“ideal” es “totalmente homogénea”.

4
los detalles, una idea que se puede precisar en diferentes formas, pero sin ir más allá del estudio del sistema
de conocimiento lingüístico de un individuo particular. De forma parecida se pueden considerar otros
aspectos sociales de la lengua, aunque esto no significa negar la posibilidad o el valor de otras clases de
estudios lingüísticos que incorporan la estructura y la interacción sociales. Al contrario de lo que a veces se
piensa, no se dan a este respecto conflictos en l os principios o en la práctica.
También damos por supuesta otra idealización: que la propiedad de la mente descrita por la GU es
característica de la especie, común a todos los seres humanos. Por tanto, hacemos abstracción de la posible
variación de la facultad lingüística en los seres humanos. Se puede suponer que, prescindiendo de la
patología (que constituye potencialmente un área importante de investigación), la variación que pueda darse
es marginal y puede ignorarse sin problemas en gran parte de las investigaciones lingüísticas. Una vez más,
en las concepciones científicas. Para la discusión subsiguiente bastarían supuestos más débiles que la
identidad estricta, pero parece razonable mantener este supuesto más riguroso, como una buena
aproximación, y a él me atendré.

2.2. La lengua exteriorizada

Los enfoques científicos de la lengua, en el sentido anteriormente utilizado, han desarrollado


diversas nociones técnicas de lengua para reemplazar la noción común. Del mismo modo, se ha utilizado el
término “gramática” de diversas formas. De acuerdo con el uso convencional, una gramática es una
descripción o una teoría de una lengua, un objeto construido por un lingüista. Atengámonos a este uso. Así,
asociadas a las diferentes nociones técnicas de lengua, existen nociones correspondientes de gramática y de
gramática universal (GU).
La lingüística estructuralista y descriptiva, la psicología conductista y otras disciplinas
contemporáneas tienden a concebir el lenguaje como una colección de acciones, o proferencias o formas
lingüísticas (palabras, oraciones) emparejadas con significados, o como un sistema de formas o
acontecimientos lingüísticos. En el estructuralismo saussureano, una lengua (langue) era concebida como un
sistema de sonidos y un sistema asociado de conceptos; se dejaba en una especie de limbo la noción de
oración, quizás para situarla dentro del estudio del uso lingüístico. Como observamos anteriormente, según
Bloomfield, la lengua es “la totalidad de las proferencias que se pueden hacer dentro de una comunidad
lingüística”. La variedad americana de la lingüística descriptivo-estructuralista, que además estuvo muy
influida por las ideas de Bloomfield, se dedicó sobre todo al sonido y a la morfología, aparte de formular
diversas propuestas, especialmente las de Zellig Harris, sobre cómo se pueden construir unidades más
amplias (sintagmas) mediante principios analíticos a imagen de los introducidos para la fonología y la
morfología5. Hoy día muchos investiga dores adoptan una posición de la índole lúcidamente desarrollada
por David Lewis, quien define una lengua como un emparejamiento de oraciones y significados
(concibiendo estos últimos como construcciones conjuntistas en términos de mundos posibles) de un rango
infinito, en que la lengua es “utilizada por una población” cuando se dan ciertas regularidades “en cuanto a
las acciones o las creencias” en esa población con respecto a la lengua, regularidades fundamentadas en un
interés por la comunicación6.
Refirámonos a esos conceptos técnicos como casos de “lengua exteriorizada” (lengua-E), en el
sentido de que lo construido se concibe de forma independiente de las propiedades de la mente/cerebro.
Bajo el mismo rótulo podemos incluir la noción de lengua como colección (o sistema) de acciones o
conductas de cierta clase. Desde un punto de vista así, una gramática es una colección de enunciados
descriptivos referentes a la lengua-E, los acontecimientos lingüísticos potenciales o reales (quizás junto con
alguna explicación de su contexto de uso o su contenido semántico). En términos técnicos, se puede
considerar la gramática como una función que enumera los elementos de la lengua-E. A veces se ha
considerado la gramática como una propiedad de la lengua-E, como en la afirmación de Bloomfield de que
una gramática constituye “la disposición significativa de las formas dentro de una lengua” (Bloomfield,
1933). A pesar de las apariencias, el problema de dar cuenta del carácter ilimitado de la lengua-E y del

5
Para una discusión, véase Chomsky (1964) y Postal (1964). Para la comparación de la gramática generativa
transformatoria con la anterior teoría de las transformaciones de Harris, considerada como un procedimiento analítico
que se aplica más allá del nivel oracional de la “gramática estructural”, véase la introducción a Chomsky (1975a).
6
Lewis (1975). Lewis presenta una de las exposiciones más claras de una concepción “extensional” del lenguaje y
también una crítica de los estudios sobre “la lengua interiorizada” en el sentido descrito más adelante. Para una
discusión crítica, véase Chomsky (1980b).

5
conocimiento individual de la lengua que incluye esta propiedad fundamental no se ha tratado directamente
en estas concepciones, una cuestión sobre la que volveremos.
La lengua-E es concebida pues como el objeto real de la investigación, la gramática es una noción
derivada; el lingüista es libre para seleccionar de una u otra forma la gramática siempre que identifique
correctamente la lengua-E. No se plantean cuestiones de verdad o falsedad al margen de esta consideración.
Por ejemplo, Quine ha argumentado que carece de sentido considerar “correcta” una gramática y no otra, si
son extensionalmente equivalentes, si caracterizan la misma lengua-E, un conjunto de expresiones, de
acuerdo con él (Quine, 1972). Y Lewis pone en duda que exista alguna forma “de dar un sentido objetivo a
la afirmación de que una población P utiliza una gramática G en vez de otra gramática G’, que genera la
misma lengua”.
Esta noción de lengua-E es familiar en el estudio de los sistemas normales, como en la conclusión
citada: en el caso del “lenguaje de la aritmética”, por ejemplo, no existe ningún sentido objetivo para la idea
de que un conjunto de reglas que genere las fórmulas bien formadas sea el correcto y otro el incorrecto.
En cuanto a la GU, en la medida en que se reconozca que se trata de una investigación legítima, esta
teoría estaría constituida por enunciados verdaderos para muchas o para todas las lenguas humanas, quizás
por un conjunto de condiciones satisfechas por las lenguas-E que son lenguas humanas. Algunos parecen
negar la posibilidad de la empresa, como por ejemplo Martin Joos, que planteó lo que denominó idea
“boasiana” de que “las lenguas podrían diferir entre sí en formas impredictibles e ilimitadas”, haciéndose
eco de la referencia de William Dwight Whitney a “la diversidad infinita del habla humana” y de la noción
de Edward Sapir de que “el lenguaje es una actividad humana que varía sin límites precisables”7 . Tales
afirmaciones reflejan un curioso consenso en la época. Aunque difícilmente se las puede tomar en un
sentido literal, expresaron una tendencia relativista que denigró el estudio de la GU. Dicho de forma más
precisa, no puede ser que el lenguaje humano varíe sin un límite precisable, aunque puede ser cierto que sea
“infinitamente diverso”; se trata de una cuestión empírica interesante de la de si la GU permite una variedad
infinita de lenguas posibles (o una variedad que es infinita en algo mas que aspectos estructurales triviales,
por ejemplo, sin límites sobre el vocabulario), o sólo una diversidad finita8.
No obstante, se realizaron contribuciones significativas a la GU tal como la entendemos en el seno
de estas tradiciones. Por ejemplo, la teoría de los rasgos distintivos en fonología, que tanto influyó sobre los
estudios estructuralistas en otros campos, postulaba un inventario fijo de “elementos atómicos” con los que
se podían construir los sistemas fonológicos, con ciertas leyes generales y relaciones de implicación que
regían la elección. Y, en general, se suponía que nociones como las de tema y comentario, o sujeto y
predicado, eran aspectos universales del lenguaje, que reflejaban el hecho de que una oración declarativa
trata de algo y afirma algo sobre ello. Más tarde, Joseph Greenberg y otros han llevado a cabo un importante
trabajo sobre los universales lingüísticos, llegando a obtener muchas generalizaciones que requieren una
explicación, por ejemplo, el hecho de que, si una lengua posee un orden sujeto-objeto-verbo, tenderá a tener
postposiciones en vez de preposiciones, etc.
Así pues, de acuerdo con estas directrices, podemos desarrollar un cierto concepto técnico de lengua
(lengua-E), y un concepto asociado de gramática y de GU, como fundamento para un estudio científico del
lenguaje. Muchas diferentes ideas específicas caen más o menos dentro de este marco general.

2.3. La lengua interiorizada

Un enfoque más bien diferente fue el adoptado, por ejemplo, por Otto Jespersen, que mantuvo que
existe una cierta “noción de estructura” en la mente del hablante “que está lo suficientemente definida como
para guiarle en la construcción de oraciones propias”, en particular “expresiones libres” que pueden ser
nuevas para el hablante y para otras personas9. Refirámonos a esta “noción de estructura” como a una

7
Comentarios del editor en Joos (1987); Whitney (1982); Sapir (1921). Whitney, que ejerció una influencia importante
en Saussure y en la lingüística americana, criticaba la concepción humboldtiana de Steinthal que, según creo, se inscribe
de forma natural en la tradición anterior a la que me referí antes. Humboldt, que es considerado en general (por ejemplo,
por Bloomfield) como un relativista extremo, mantuvo en realidad que “todas las lenguas son muy parecidas en cuanto a
su gramática, si se las investiga de una forma que no sea superficial, sino profunda, en su naturaleza interna”. Véase
Chomsky (1966), pág. 90 y las referencias citadas para una discusión adicional.
8
Sin embargo, seguro que esta cuestión no era la que Whitney tenía en mente
9
Jespersen (124). Sobre las nociones de Jespersen, comparadas con las de la gramática generativa contemporánea,
véase Reynolds (1971); Chomsky (1977), Capítulo 1

6
“lengua interiorizada” (lengua-I). La lengua-I constituye pues un elemento de la mente de la persona que
conoce la lengua, que adquiere el que la aprende y que el hablante-oyente utiliza.
Si se toma la lengua como la lengua-I, la gramática sería entonces una teoría de la lengua-I, el objeto
que se investiga. Y si es cierto que existe una “noción de estructura” así, como Jespersen mantenía, entonces
se plantean, respecto a la gramática, cuestiones de verdad y falsedad, como en cualquier teoría científica.
Esta forma de enfocar las cuestiones lingüísticas es radicalmente diferente de la anteriormente esbozada y
conduce a una concepción muy diferente de la naturaleza de la investigación.
Volvamos ahora al punto de vista esquematizado en el Capítulo 1. Conocer la lengua L es una
propiedad de una persona H; una tarea de las ciencias del cerebro es la de determinar qué ha de pasar en el
cerebro de H para que se dé esa propiedad. Hemos sugerido que el que H sepa la lengua L significa que la
mente/cerebro de H se encuentra en un determinado estado; más precisamente, en lo que se refiere a la
facultad lingüística, que un módulo de ese sistema se encuentra en un cierto estado S (L)10. Por tanto,
constituye una tarea propia de las ciencias del cerebro descubrir los mecanismos que son la realización física
del estado S (L).
Supóngase que analizamos la noción “H conoce la lengua L” en términos relacionales, esto es, en
términos que suponen una relación R (saber, poseer, o lo que sea) que se da entre H y una unidad abstracta
L. Se puede cuestionar este giro; en efecto, hablamos de una persona que conoce la historia de los Estados
Unidos sin suponer que existe una entidad, la historia de los EE.UU., que la persona conoce, o conoce en
parte. No obstante, supongamos que ese giro es en este caso legítimo. El supuesto resultará justificado en la
medida en que este giro contribuya a progresar en nuestra comprensión de las cuestiones que ante todo nos
atañen, las cuestiones (1) del Capítulo 1; por ejemplo, eso es lo que sucedería si existieran principios
significativos que rigieran el conjunto de las entidades postuladas L. Supóngase que vamos más allá,
considerando que cuando hablamos de la mente hablamos del cerebro en un cierto nivel de abstracción, en el
que creemos, con razón o sin ella, que se pueden descubrir propiedades significativas y principios
explicativos. Entonces los enunciados acerca de R y L pertenecen a la teoría de la mente y será una tarea
propia de las ciencias del cerebro la de explicar qué es lo que en el cerebro de H (en su facultad lingüística)
corresponde al conocimiento que H tiene de L, esto es en virtud de qué se da R (H,L) y es verdadero el
enunciado R (H, L).
Resulta natural concebir L como lengua-I, la “noción de estructura” de Jespersen, considerando ésta
como una entidad abstraída a partir de un estado de la facultad lingüística, que es un componente de la
mente. Así, que H conozca L es que H tenga una cierta lengua-I. Los enunciados de la gramática son
enunciados de la teoría de la mente sobre la lengua-I, y por lo tanto enunciados sobre estructuras del cerebro
formulados en un cierto nivel de abstracción realizada sobre mecanismos. Estas estructuras son realidades
específicas del mundo, con sus propiedades específicas. Los enunciados de una gramática o el enunciado de
que R(H,L) son similares a los enunciados de una teoría física que caracteriza cierta entidad y sus
propiedades haciendo abstracción de cualesquiera cosas que puedan resultar ser los mecanismos que
explican esas propiedades, por ejemplo, una teoría decimonónica sobre la valencia o las propiedades que
expresa la tabla periódica. Los enunciados sobre la lengua I o el enunciado de que R(H,L) (para cualesquiera
H y L) son verdaderos o falsos, de modo parecido a como lo son los enunciados sobre la estructura química
del benzeno o sobre la valencia del oxígeno, o sobre la pertenencia a la misma columna de la tabla periódica
de la clorina y la fluorina. La lengua-I L puede ser la utilizada por el hablante, pero no la lengua-I L’,
incluso aunque las dos generen la misma clase de expresiones (u otros objetos formales) en cualquier
sentido preciso que le demos a esa noción secundaria; L’ puede no ser siquiera una lengua-I humana posible,
obtenible mediante la facultad lingüística.
Entonces la GU se construye como la teoría de las lenguas-I humanas, un sistema de las condiciones
derivadas de la dotación biológica humana, que identifica las lenguas-I que son humanamente accesibles en
condiciones normales. Constituyen las lenguas-I L tal que R (H,L) puede ser verdadero (para un H normal,
en condiciones normales11.

10
Se podría argumentar que los sistemas que estamos considerando constituyen sólo un elemento de la facultad
lingüística, concebida ésta de una forma más amplia, que abarque otras capacidades entrañadas en el uso y la
comprensión del lenguaje, por ejemplo, lo que a menudo se denomina "competencia comunicativa", o las partes del
sistema conceptual humano que están específicamente relacionadas con el lenguaje. Véase Chomsky (1980b). Dejaré de
lado aquí estas cuestiones, y continuaré utilizando el término "facultad lingüística" en el sentido más restringido de la
anterior discusión.
11
Para una forma relacionada de ver estas cuestiones, pero en cierto modo diferente, véase Higginbotham (1983b)

7
Por supuesto, no existe ninguna garantía de que esta forma de abordar los problemas de (1) en el
Capítulo 1 sea la correcta. Este enfoque puede resultar directamente desencaminado, incluso aunque consiga
logros sustanciales, como una teoría de la valencia, etc. puede resultar completamente errada, a pesar de sus
éxitos sustanciales en la química decimonónica. Siempre es razonable la consideración de enfoques
alternativos, si es que se pueden imaginar, y esto es cierto independientemente de los logros que se alcancen.
La situación no parece diferente en principio de la que encontramos en otros ámbitos de la investigación
empírica. Directamente sugeriré que, en ciertos aspectos fundamentales, las primeras ideas sobre la lengua-I
iban desencaminadas y han de reemplazarse por una concepción muy diferente, aunque formulada dentro del
mismo marco general. Sin embargo, las razones para ello no se derivan de ninguna incoherencia o debilidad
en el enfoque general, sino más bien de consideraciones empíricas sobre descripción y explicación.

2.4. El desplazamiento de la lengua-E a la lengua-I

2.4.1. Sobre las razones para el desplazamiento

En el Capítulo 1, vimos que el estudio de la gramática generativa desplazó el loco de atención de la


conducta potencial o real y sus productos al sistema de conocimiento que subyace al uso y la comprensión
del lenguaje y, con más profundidad, a la dotación innata que hace posible que los humanos obtengan ese
conocimiento. El desplazamiento fue del estudio de la lengua-E al estudio de la lengua-I, del estudio de la
lengua considerada como un objeto exteriorizado al estudio del sistema de conocimiento lingüístico
obtenido y representado interiormente en la mente/cerebro. Una gramática generativa no es un conjunto de
enunciados sobre objetos exteriorizados y construidos de una forma u otra. Antes bien persigue delinear
exactamente qué es lo que alguien sabe cuando conoce una lengua, esto es, qué es lo que ha aprendido de
acuerdo con los principios innatos. La GU es una caracterización de esos principios innatos, biológicamente
determinados, que constituyen un componente de la mente humana, la facultad lingüística.
Mediante este desplazamiento nos enfrentamos por fin con las preguntas (1) del Capítulo 1. En
trabajos anteriores, la respuesta a (1i) era la de que el conocimiento de la lengua consiste en el conocimiento
de un cierto sistema de reglas; la respuesta a (1ii) la de que este conocimiento tiene su origen en un estado
inicial S(O) que transforma la experiencia en un “estado estable” S(S), que entraña una lengua-I. La
adquisición de la lengua consiste pues en el aumento del almacenamiento de reglas o en la modificación de
ese sistema a medida que se procesan nuevos datos. La pregunta (liii) se divide en dos partes: un “problema
de la percepción” y un “problema de la producción”. El problema de la percepción se trataría mediante la
construcción de un analizador (parser) que incorporara las reglas de la lengua-I junto con otros elementos;
una cierta organización de la memoria y del acceso a ella (quizás una cierta estructura desencadenante
determinista con una memoria provisional (buffer) de un cierto tamaño; véase Marcus, 1980), ciertas
estrategias heurísticas, y cosas así. Un analizador no proyectaría las expresiones en sus estructuras en la
forma en que se encuentran asociadas por la lengua-I. Por ejemplo, un analizador no lo conseguiría en el
caso de las denominadas “oraciones-sendero (garden-path sentences)”12 o en las oraciones que sobrecargan
la memoria con pasos de izquierda a derecha, reflejaría las dificultades que se experimentan con las
oraciones como (8)-(14) del Capítulo 1 y con otras. El problema de la producción es mucho más oscuro;
volveremos sobre él.
La lengua-E, que fue el objeto de estudio en la mayor parte de las gramáticas tradicionales o
estructuralistas o en la psicología conductista, se concibe ahora todo lo más como un epifenómeno. Su
estatus es parecido al de otros objetos derivados como, por ejemplo, el conjunto de los pareados, que
también se encuentra determinado por la lengua-I que constituye el sistema de conocimiento alcanzado. Se
puede argumentar que el estatus de la lengua-E es considerablemente más oscuro que el del conjunto de los
pareados, puesto que éste se encuentra determinado de una forma completa por la lengua-I, mientras que los
límites de la lengua-E se pueden determinar de una u otra forma, dependiendo de decisiones arbitrarias sobre
lo que deberían contener.

12
Las que tienden a dar un análisis falso, como el ejemplo de Thomas Bever “the horse raced past the barn fell” /el
caballo corría pasado el granero cayó/, en el que generalmente se considera que las primeras seis palabras constituyen
una cláusula completa, sin dar una interpretación a la última palabra, aunque, si se reflexiona, es claro que la expresión
es una oración bien formada que enuncia que cayó un cierto caballo, a saber, el que corría pasado el granero.

8
Resumiendo, tenemos pues el siguiente panorama. La facultad lingüística es un sistema diferenciado
de la mente/cerebro con un estado inicial S(O) común a toda la especie (en una primera aproximación,
prescindiendo de la patología, etc.) y, al parecer, único en aspectos esenciales13. Con una experiencia
apropiada, esta facultad para el estado S(O) a un estado relativamente estable S(S), que sólo experimenta
una modificación periférica (por ejemplo, la adquisición de nuevos elementos léxicos). El estado alcanzado
incorpora una lengua-I (el estado de poseer o conocer una lengua-I determinada). La GU es la teoría de
S(O); las gramáticas particulares son las teorías de las diferentes lenguas-I. Las lenguas-I que se pueden
obtener a partir de un S(O) fijo y una experiencia cambiante son las lenguas humanas que son accesibles,
donde por “lengua” entendemos pues lengua-I. El estado estable tiene dos componentes que se pueden
distinguir analíticamente, aunque se los pueda unir y emparejar: un componente que es específico de la
lengua en cuestión y la contribución del estado inicial. El primero constituye lo que “se aprende”, si es que
es éste el concepto apropiado que es preciso emplear para dar cuenta de la transición de la facultad
lingüística desde el estado inicial al de madurez, porque podría no serlo14.
El sistema de conocimiento obtenido, la lengua-I, asigna un estatus a cada hecho físico relevante,
por ejemplo, a cada onda sonora. Algunos son oraciones con un significado determinado (literal, figurado, o
como sea). Algunos son inteligibles, quizás con un significado determinado, pero están malformadas por una
u otra razón (en algunos dialectos “el niño parece durmiendo”, “a quién preguntaste qué dar”; “a quién
preguntaste quién dio el libro” en todos). Algunos están bien formados, pero son ininteligibles. A algunos se
les asigna una interpretación fonética, pero sólo eso; se identifican como posibles oraciones de alguna
lengua, pero no de la propia. Algunos son mero ruido. Existen muchas posibilidades. Diferentes lenguas-I
asignarán un estatus diferente dentro de estas u otras categorías. La noción de lengua-E no ocupa ningún
lugar en este panorama. No existen cuestiones de corrección para las lenguas-E, se caractericen como se
caractericen, porque las lenguas-E sólo son artefactos. Podemos definir “lengua-E” de una forma u otra, o de
ninguna, puesto que este concepto no desempeña ningún papel en una teoría del lenguaje.
Se imponía el desplazamiento de la lengua-E a la lengua-I, que revive y modifica tradiciones mucho
más antiguas. El concepto técnico de lengua-E es inseguro en dos aspectos al menos. En primer lugar, como
se acaba de indicar, las lenguas en este sentido no son objetos del mundo real, sino que son constructos
artificiales, en alguna forma arbitrarios y quizás no demasiado interesantes. En contraste, el estado estable
de conocimiento obtenido y el estado inicial S(O) son elementos reales de mentes/cerebros particulares,
aspectos del mundo físico, en la medida en que concebimos los estados y representaciones mentales como
codificados de alguna forma física. La lengua-I se abstrae directamente como un componente del estado
obtenido. Las afirmaciones sobre la lengua-I, sobre el estado estable, y sobre el estado inicial S(O) son
afirmaciones verdaderas o falsas sobre algo real y determinado, sobre estados reales de la mente/cerebro y
sus componentes (con las idealizaciones ya discutidas). La GU y las teorías de las lenguas-I, la gramática
universal y las particulares están a la par de las teorías científicas pertenecientes a otros ámbitos; las teorías
de las lenguas-E, si es que se pueden tomar en cuenta, tienen un estatus diferente y más oscuro, porque no
existe ningún objeto en el mundo real que les corresponda. La lingüística, concebida como el estudio de la
lengua-I y de S(O) constituye una parte de la psicología, en última instancia de la biología. La lingüística
quedará incorporada a las ciencias naturales en la medida en que se descubran los mecanismos con las
propiedades reveladas por estos estudios de una abstracción superior; de hecho, hay que esperar que estos
estudios constituyan un paso necesario hacia una investigación seria de esos mecanismos15. Con otras
palabras, no obstante ser un constructo, la lengua-E se encuentra más alejada de los mecanismos que la
lengua-I, en un orden superior de abstracción. En consecuencia, el concepto hace surgir una multitud de
problemas nuevos, y no resulta evidente que merezca la pena afrontarlos o tratar de resolverlos, dada la
naturaleza artificial del constructo y su aparente inutilidad en una teoría del lenguaje.
El desplazamiento constituye también justificablemente un desplazamiento hacia la noción común
de lengua. Lo cual es menos importante que la tendencia hacia el realismo y también menos claro porque,
13
Evidentemente las cuestiones del innatismo y de la propiedad específica de la especie son distintas. Se ha alegado que
yo mismo y otros hemos considerado "innato" y "específico de la especie" como expresiones "sinónimas" (Cartmill,
1984). No sé de ningún ejemplo de una confusión así, aunque existe un buen número de artículos que la refutan.
14
Véase Chomsky (1980b), págs. 134-139.
15
Sobre esta cuestión, véase Marr (1982). Obsérvese que la cuestión de la legitimidad o el sentido de una interpretación
de la ciencia en general no es lo que está en cuestión; más bien no parece plantearse nada nuevo en principio en el caso
del estudio de la lengua-I y sus orígenes. Si se quiere considerar la cuestión del realismo, la psicología y la lingüística
parecen una pobre elección; la cuestión se debería plantear en ciencias más avanzadas, donde existen mayores
esperanzas de progresar en la cuestión. Véase Chomsky (1980) para mas discusión.

9
como se ha observado, todos los enfoques se desvían del concepto común en diversos aspectos. Pero parece
que, cuando hablamos de que una persona sabe una lengua, no queremos decir que conoce un conjunto
infinito de oraciones, o de pares sonido-significado considerados en cuanto a su extensión, o un conjunto de
actos o conductas; más bien queremos decir que la persona sabe lo que hace que el sonido y el significado se
relacionen de una forma específica, lo que hace que “vayan juntos”, una particular caracterización de una
función quizás. La persona tiene “una noción de estructura” y conoce la lengua-I en cuanto caracterizada por
la gramática del lingüista. Cuando decimos que es una regla del inglés que el objeto sigue al verbo, distinta
de la regla del japonés de que el verbo sigue a los objetos, no estamos afirmando que existe una regla para
algún conjunto de oraciones o de conductas, sino más bien que es una regla perteneciente a un sistema de
reglas, el inglés, una lengua-I. Las reglas de la lengua no son reglas de un conjunto infinito de objetos
formales o de acciones potenciales, sino que son reglas que conforman o constituyen la lengua, como los
Artículos de la Constitución o las reglas del ajedrez (no un conjunto de movimientos, sino un juego, un
sistema determinado de reglas). Entre las diferentes nociones técnicas que se han desarrollado en el estudio
del lenguaje, el concepto de lengua-I parece más próximo que otros a la noción común.
El desplazamiento de perspectiva desde el concepto técnico de lengua-E al concepto técnico de
lengua-I considerado como objeto de investigación constituye por tanto un desplazamiento en la dirección
del realismo en dos aspectos: el estudio de un objeto real, en vez de un constructo artificial, y el estudio de
lo que realmente queremos decir con “una lengua” o “el conocimiento de la lengua” en el uso común
(prescindiendo una vez más de factores sociopolíticos o normativo-teleológicos).
La primera de las consideraciones es la más clara y la más importante. No es de esperar que los
conceptos que son apropiados para la descripción y la comprensión de un sistema del mundo físico (esto es,
la lengua-I S(O)) incluyan conceptos similares del habla normal, del mismo modo que los conceptos de
masa y energía del físico no son los de uso cotidiano. Además, se plantean muchas cuestiones sobre la
utilización de los conceptos intuitivos que no tienen una relevancia evidente para la investigación de la
naturaleza de los objetos reales, la lengua-I y S(O). Por ejemplo, supóngase que un marciano con una clase
muy diferente de mente/cerebro produjera y comprendiera las oraciones del inglés como nosotros pero,
como demostraría la investigación, utilizando elementos y reglas muy diferentes, por ejemplo, sin palabras,
siendo los sintagmas memorizados las unidades mínimas empleadas, y con un sistema de reglas y una GU
completamente diferentes. ¿Diríamos que el marciano habla la misma lengua? ¿Dentro de qué límites lo
diríamos? Cuestiones parecidas se plantean sobre si un sistema artificial exhibe una cierta norma de
inteligencia o comprensión. Pueden ser cuestiones razonables si se refieren a los conceptos intuitivos de
lengua en el uso coloquial, pero no está claro que tengan mucha relevancia en la investigación de los objetos
del mundo real, la lengua-I y el estado inicial S(O)16.
El desplazamiento conceptual de la lengua-E a la lengua-I, de la conducta y sus productos al sistema
de conocimiento que entra en la conducta, resultó oscurecido en la historia publicada en parte por factores
accidentales, y los pasajes expositivos considerados fuera de contexto dieron lugar a malentendidos
ocasionales17. También contribuyeron a ese malentendido algunas decisiones terminológicas cuestionables.
En la bibliografía de la gramática generativa, se ha utilizado regularmente el término “lengua” para la
lengua-E en el sentido de un conjunto de oraciones bien formadas, más o menos de acuerdo con la
definición de lengua de Bloomfield como “totalidad de proferencias”. Se ha utilizado el término “gramática”
con una ambigüedad sistemática, para referirse a lo que aquí hemos denominado “lengua-I” y también a la
teoría del lingüista sobre la lengua-I; lo mismo ocurrió con el término “GU”, introducido más tarde con la
misma sistemática ambigüedad, referido a S(O) y a la teoría de S(O). Como a lo que se atendía era a la
lengua-I, y la lengua-E era un constructo derivado y en buena medida artificial, nos encontramos con la
situación paradójica de que en la investigación dedicada a la lengua raras veces aparece el término “lengua”.
En mi libro de 1965, Aspectos de la teoría de la sintaxis, por ejemplo, no existe “lengua” en el índice, pero
hay muchas entradas bajo el rótulo “gramática”, que por lo general se refieren a la lengua-I.
16
Para un comentario sobre la cuestión general, véase Enc (1983).
17
Sobre algunas interpretaciones erróneas, que se repiten en otros trabajos posteriores que aquí no comentaré, véase
Chomsky (1980b), págs. 123-128. En cuanto a la historia publicada, las primeras publicaciones sobre gramática
generativa se presentaron en un marco sugerido por ciertas cuestiones de la teoría de autómatas (por ejemplo, mis
Syntactic Structures, 1957, en realidad unas notas de un curso para estudiantes en el MIT y que, por tanto, se
presentaban desde un punto de vista relacionado con los intereses de esos estudiantes). El trabajo específicamente
lingüístico, como Chomsky (1975ª), no rea publicable por la época. En éste, las consideraciones sobre la capacidad
generativa débil (esto es, la caracterizabilidad de las lenguas-E) sobre los autómatas finitos y demás brillaban por su
ausencia, y se insistía en la lengua-I, aunque no se usaba el término.

10
Hubiera sido preferible utilizar el término “lengua” en un sentido más próximo al intuitivo de la
utilización informal, esto es, utilizar el término “lengua” como un término técnico en lugar de “gramática
(generativa)” (en el sentido de lengua-I), adoptando al tiempo un término técnico (quizás lengua-E) para lo
que se llamaba “lengua”. Entonces el término “gramática (generativa)” habría sido utilizado naturalmente
para la teoría del lingüista sobre la lengua (-I), de acuerdo con las directrices de la discusión anterior. De
esta forma se podrían haber evitado muchas confusiones. Sospecho que el debate de los pasados años sobre
supuestos problemas referentes a los conceptos de gramática y conocimiento podría considerarse de acuerdo
con estas elecciones terminológicas desafortunadas, que reforzaron comparaciones inapropiadas con las
ciencias formales y dieron lugar a la idea errónea de que el estudio de la gramática plantea cuestiones
filosóficas nuevas, complejas y quizás intratables, en comparación con el estudio de la lengua-E18.
La inapropiada elección de términos fue en parte un accidente histórico. El estudio de la gramática
generativa se desarrolló a partir de la confluencia de dos tradiciones intelectuales: la gramática tradicional y
estructuralista y el estudio de los sistemas formales. Aunque existen precursores importantes, estas
corrientes intelectuales no concluyeron en realidad hasta mediados de los años cincuenta, cuando se
aplicaron ideas adaptadas del estudio de los sistemas formales a los sistemas mucho más complejos del
lenguaje natural, tratando de hacer justicia a su riqueza real y, en los años posteriores, a su variedad efectiva,
haciendo posible por vez primera en verdad dar un contenido al aforismo de Humboldt de que el lenguaje
entraña “el uso infinito de medios finitos”, estando la lengua-I constituida por esos medios finitos.
Pero el estudio de los lenguajes formales inducía a confusión en el siguiente aspecto. Cuando
estudiamos el lenguaje de la aritmética, por ejemplo, podemos considerarlo como un objeto abstracto
“dado”: una clase infinita de oraciones escritas en una determinada notación. Algunas expresiones escritas
en esta noción Son oraciones bien formadas, otras no. Y, entre las oraciones bien formadas, algunas
expresan verdades de la aritmética, otras no. Una “gramática” de un sistema de esta clase es sencillamente
un conjunto de reglas que especifica de forma exacta las oraciones bien formadas. En este caso, no se
plantean cuestiones ulteriores sobre una elección correcta de la gramática y no se da verdad o falsedad a la
hora de escoger entre gramáticas así. Lo mismo se puede decir en buena medida de las axiomatizaciones
alternativas, aunque en este caso sabemos que ninguna de ellas capturará de forma exacta las verdades.
Resulta fácil entender cómo se puede extraer del estudio de los lenguajes formales la idea de que el
“lenguaje” se encuentra de algún modo dado como conjunto de sentencias o de pares oración-significado,
mientras que la gramática es una caracterización de ese conjunto infinito de objetos y, como por
consiguiente se puede pensar, un constructo que se puede seleccionar de una forma y otra dependiendo de la
conveniencia o de otros intereses. Se puede entender este desplazamiento, pero va desencaminado y ha
engendrado una buena cantidad de discusiones y controversias estériles.
Recuérdese la conclusión de Quine, citada anteriormente (pág. 35), de que no tiene sentido
considerar una gramática más “correcta” que otra, si son extensionalmente equivalentes, y las dudas de
Lewis sobre que haya alguna forma “de dar un sentido objetivo a la afirmación de que una gramática G es
utilizada por una población P, mientras que no lo es la gramática G’, que genera la misma lengua que G”. Es
completamente cierto que, para cada lengua-E, sea cuál sea la forma que elijamos de definir esta noción,
existen muchas gramáticas (esto es, muchas gramáticas, cada una de las cuales es una teoría de una lengua
particular que determina esa lengua-E de acuerdo con una cierta convención adoptada). Pero esto carece de
consecuencias relevantes. En el caso de un sistema formal, por ejemplo la aritmética (que supuestamente es
el modelo en que se piensa), suponemos que se encuentra “dado” el conjunto de las fórmulas bien formadas
en una determinada notación, y elegimos la “gramática” (las reglas de formación) a nuestro arbitrio. Pero la
lengua-E no se encuentra “dada”. Lo que se le “da” al niño es una serie finita de datos, sobre cuya base la
mente del niño (que incorpora S(O)) construye una lengua-I que asigna un estatus a cada expresión, y que
podemos concebir como generadora de una lengua-E de acuerdo con una u otra convención estipulada (o
podemos prescindir de este paso aparentemente superfluo). Lo que se le da al lingüista son series finitas de
datos procedentes de diferentes comunidades lingüísticas, que incluyen muchos datos no accesibles para el
que aprende la lengua, sobre cuya base el lingüista intentará descubrir la naturaleza de S(O) y las lenguas-I
particulares que se obtienen. La explicación de Quine, Lewis y otros lo refiere todo al revés: las lenguas-E
no están dadas, sino que son derivadas, más alejadas de los datos y de los mecanismos que las lenguas-I y
las gramáticas que son las teorías de las lenguas-I; la elección de la lengua-E plantea por tanto una multitud
de problemas nuevos y adicionales al margen de los conectados con la gramática y con la lengua-I. No
resulta claro que merezca la pena enfrentarse con estos problemas, o tratar de resolverlos, porque el

18
Para más discusión sobre esta cuestión, véase Chomsky (1980b).

11
concepto de lengua-E, se construya como se construya, parece carecer de significación. Es sencillamente
errónea la creencia de que la lengua-E es una noción muy clara, mientras que la lengua-I o la gramática
plantean problemas filosóficos serios, quizás intratables. Lo cierto es justamente lo opuesto. Existen muchos
problemas referentes a las nociones de lengua-I y de gramática, pero no los que se plantean en estas
discusiones. Es preciso indicar que las caracterizaciones acostumbradas de la “lengua” como código o juego
apuntan justamente a la lengua-I, no al constructo artificial que es la lengua-E. Un código no es un conjunto
de representaciones, sino más bien un sistema específico de reglas que asigna representaciones codificadas o
representaciones de mensajes. Aunque sean extensionalmente equivalentes en las asignaciones mensaje-
código que proporcionan, dos códigos pueden ser diferentes. Igualmente, un juego no es un conjunto de
movimientos, sino antes bien el sistema de reglas que los sustenta. El concepto saussureano de langue,
aunque mucho más limitado en su concepción, se puede interpretar en este sentido como apropiado. Lo
mismo se puede decir de la definición de lengua dada por Quine, “un complejo de las disposiciones
presentes para la conducta verbal” en la medida en que apunta a un estado interno y no a la lengua-E,
aunque resulte inaceptable por otras razones: porque dos individuos que hablen la misma lengua pueden
distinguirse radicalmente en cuanto a sus disposiciones para la conducta verbal, y si las disposiciones se
caracterizan en términos de la probabilidad de respuesta bajo ciertas condiciones, entonces es imposible
identificar en esos términos las lenguas y, además, se deja sin responder la pregunta fundamental sobre la
utilización y la comprensión de oraciones nuevas. Quizás la concepción más clara es la de Jespersen, en
términos de la “noción de estructura” que guía al hablante “en la construcción de oraciones propias...,” de
“expresiones libres”.
Como hemos visto, estas ideas se convirtieron en el objeto de atención en el estudio de la gramática
generativa, aunque no de forma incontrovertida. El estructuralismo de Saussure había situado la observación
de Jespersen sobre las “expresiones libres” fuera del ámbito del estudio de la estructura lingüística, de la
langue de Saussure. Bloomfield (1933) mantuvo que cuando un hablante produce formas lingüísticas que no
ha oído, “decimos que las profiere según la analogía con formas que ha oído”, una posición que más tarde
adoptaron Quine, C. F. Hockett y otros que ni siquiera intentaron resolver el problema. Esta idea no es
errónea, sino más bien vacua, a menos que se detalle el concepto de analogía de forma que se explique por
qué ciertas “analogías” son válidas mientras que otras no lo son, un trabajo que requiere un enfoque
radicalmente diferente de toda la cuestión. Por ejemplo, ¿por qué no se comprenden las oraciones (6) y (7)
del Capítulo 1 (pág. 22) “de acuerdo con la analogía” de (4) y (5) ¿Por qué la oración (14) no se comprende
“de acuerdo con la analogía” de ninguno de los ejemplos anteriores, sin recibir ninguna interpretación?
Podemos sustanciar la propuesta explicando la “analogía” en términos de lengua-I, un sistema de reglas y
principios que asigna representaciones de forma y significado a las expresiones lingüísticas, pero no se ha
propuesto otra forma de hacerlo y, con esta revisión necesaria en la propuesta, resulta claro que la
“analogía” es ante todo y simplemente un concepto inapropiado. He estado utilizando libremente diferentes
nociones del sentido común en esta explicación, como “conocimiento”, “seguimiento de reglas”, etc. Se han
suscitado diferentes cuestiones sobre la legitimidad de tal utilización. Por ahora me limitaré a exponerlas,
volviendo sobre ellas en el Capítulo 4, aunque seguiré utilizando los términos. Creo que la utilización que se
hace aquí está razonablemente de acuerdo con el uso común, pero nada importante se pone en peligro, y se
podrían introducir términos técnicos para nuestros propósitos, dándoles el significado que la discusión
requiriera.
En ocasiones se ha sugerido que el conocimiento del lenguaje debería concebirse comparándolo con
el conocimiento de la aritmética, concebida ésta como una entidad abstracta “platónica”, existente de forma
independiente de cualesquiera estructuras mentales19. No se pone en cuestión que exista lo que hemos
denominado una lengua interiorizada (descrita por lo que Thomas Bever ha llamado “una psicogramática”) y
que descubrirla sea un problema para las ciencias naturales. Lo que se sostiene es que, aparte de las lenguas-
I particulares, hay algo más, que podemos llamar “lenguas-P” (inglés-P, japonés-P, etc.), existentes en un
ciclo platónico junto a la aritmética y (quizás) la teoría de conjuntos, y que una persona, de la que decimos
que sabe inglés, puede no tener en realidad un completo conocimiento del inglés-P o incluso puede no
conocerlo en absoluto. De forma parecida, la mejor teoría de la lengua-I, de lo que la persona conoce en
realidad, puede no ser la mejor teoría de lo que, de acuerdo con ciertas razones, puede escogerse como
inglés-P20.

19
Véase Katz (1981) y Bever (1983).
20
Se seguiría esto si los datos estipulados como relevantes para identificar una cierta lengua platónica como el inglés-P
fueran distintos de los datos pertinentes para la teoría de la lengua-I, realmente representados en la mente/cerebro de los

12
Sin embargo, la comparación con la aritmética es poco convincente. En el caso de la aritmética,
existe al menos una cierta plausibilidad en principio para la concepción platónica, en la medida en que las
verdades de la aritmética son las que son independientemente le cualesquiera hechos pertenecientes a la
psicología del individuo, y parece que descubrimos esas verdades de forma parecida a como descubrimos los
hechos del mundo físico. No obstante, en el caso del lenguaje, carece por completo de valor la posición
correspondiente. No existe ninguna plausibilidad de principio para la idea de que, aparte de las verdades de
la gramática referentes a la lengua-I y a las verdades de la GU referentes a S(O), exista un ámbito adicional
de hechos sobre la lengua-P, independiente de cualesquiera estados psicológicos de los individuos. Un
platónico podría argumentar que, aunque conociéramos todo sobre la mente/cerebro, no tendríamos aún una
base para determinar las verdades de la aritmética o de la teoría de conjuntos, pero no existe la más mínima
razón para suponer que haya verdades acerca del lenguaje que se nos escaparían. Por supuesto, se pueden
construir entidades abstractas a voluntad, y podemos decidir denominar algunas de ellas como “inglés” o
“japonés” y definir la “lingüística” como el estudio de esos objetos abstractos y, por lo tanto, situarla al
margen de las ciencias naturales, que tratan de entidades como la lengua-I y S(O), de la gramática y de la
gramática universal en el sentido de la anterior discusión. Pero no parece haber motivos suficientes para
ello.
Una concepción en cierto sentido parecida es la avanzada por Soames (1984). Distingue entre dos
disciplinas, la psicología y la lingüística, cada una de las cuales está definida por ciertas “Cuestiones
Primordiales”, diferentes en las dos disciplinas. El estudio de la lengua-I y de S(O), tal como se han descrito,
es parte de la psicología. Sin embargo, “si el objetivo de uno es dar respuesta a las Cuestiones Primordiales
de la lingüística, hará abstracción de los datos psicolingüísticos que no son constitutivos de las lenguas” (y,
de modo parecido, de los datos neuropsicológicos, etc.). Las “Cuestiones Primordiales” de la lingüística
incluyen por ejemplo las cuestiones “¿en qué se parecen el inglés y el italiano?” “¿de qué forma ha
cambiado el inglés a lo largo de su historia?”, y cuestiones similares. Se considera que los conceptos de
inglés e italiano son suficientemente claros, en el nivel preteórico para dar contenido a estas cuestiones, un
supuesto muy dudoso por las razones ya discutidas y, con toda seguridad, un supuesto que no se hace en la
investigación lingüística real. Una vez más, no se pone aquí en cuestión la legitimidad de la investigación
sobre la lengua-I y S(O); en lugar de ello, se plantea el problema de si ese estudio cae dentro de lo que
decidiremos denominar “lingüística” y si, como Soames sugiere, constituye “una concepción de la
lingüística teóricamente correcta, empíricamente significativa” que se restringe a sí misma a un cierto
ámbito estipulado de datos, a los hechos que son “constitutivos de la lengua”.
Puede observarse que las propuestas terminológicas que Soames avanza son un tanto excéntricas.
Por decir lo menos, parece extraño definir la “lingüística” de forma que excluya a la mayoría de sus
practicantes, por ejemplo, a Roman Jakobson y a Edward Sapir, que seguramente no estarían de acuerdo en
que lo que Soames considera como datos extralingüísticos sea irrelevante para las cuestiones de la
lingüística tal como la concebían ellos, incluyendo las “Cuestiones Primordiales”, y que adujeron, para
sustentar sus análisis, datos de una clase que Soames sitúa al margen de los “constitutivos de la lengua”.
Pero, al margen de la terminología, la cuestión real que se plantea es la de si existe alguna razón
para establecer una disciplina de la “lingüística” que se limite a sí misma, mediante razones a priori, a
ciertos datos particulares y que construya un concepto de “lengua” que se pueda estudiar dentro de los
márgenes de esta elección de datos relevantes.
Para aclarar lo que se encuentra en juego, supóngase que dos gramáticas propuestas, G(1) y G(2)
difieren en la elección de los rasgos fonológicos postulados: G(1) postula el sistema F(1) y G(2) el sistema
F(2). Supóngase que G(1) y G(2) no se pueden distinguir con respecto a la base de datos consistente en lo
que Soames estipula que son hechos “lingüísticamente relevantes”. Supóngase que experimentos de
percepción, como los que Sapir llevó a cabo en su obra clásica u otros más sofisticados, dan resultados que
se pueden explicar en términos de los rasgos de F(1) pero no de F(2). Imagínese además que estudios sobre
la afasia y el lenguaje infantil demuestran que el desarrollo y el fracaso lingüístico pueden explicarse con
directrices jakobsonianas en términos de F(1) pero no de F(2), y que la elección de F(1), pero no de F(2),

hablantes del inglés, o si se adoptara algún nuevo canon para interpretar los datos. Por un procedimiento parecido,
podríamos establecer la "biología platónica" referente, por ejemplo, a lo que Katz denomina "la propiedad esencial" de
un corazón (que es una bomba) abstrayendo entonces las leyes físicas que lo hacen latir (una propiedad no esencial).
Podríamos encontrar entonces que la mejor teoría de la lengua-I (en última instancia biológica) podría ser distinta de la
mejor teoría del lenguaje platónico (se especifique como se especifique; según Katz, mediante el análisis de "nuestro
concepto del objeto abstracto que es el lenguaje natural").

13
proporciona una explicación de la producción y el reconocimiento del habla, también a la manera de
Jakobson. Soames está de acuerdo en que existe un campo de investigación, llamémosle “lingüística-
C(ognitiva)”, que utilizaría estos datos para seleccionar G(1) en vez de G(2) como teoría de la lengua
representada en las mentes/cerebros de los miembros de esa comunidad lingüística. Pero propone que existe
otra disciplina, llamémosle “lingüística-A(bstracta)”, que ignora estos datos y considera G(1) y G(2) como
igualmente justificadas por los datos empíricos “relevantes”; de hecho, un practicante de la lingüística-A
escogería G(2) antes que G(1) si fuera “más simple”, de acuerdo con ciertos criterios generales. Sin duda
alguna Sapir y Jakobson, entre otros muchos, habrían seguido en un caso así el camino de la lingüística-C,
seleccionando G(1) como la gramática y aplicando esta conclusión al estudio de las “Cuestiones
Primordiales” referentes a la evolución histórica de las lenguas y demás21.
Los que creen que, junto a la lingüística-C, cuyo estatus no se pone en cuestión, merece la pena
desarrollar la disciplina nueva de la lingüística-A, que no sólo difiere de la lingüística en la forma en que
ésta ha sido practicada por las más importantes figuras en este campo, sino que también es radicalmente
diferente de cualquier cosa conocida en las ciencias, son los que tienen que probarlo: en realidad, resultaría
raro restringir la biología o la química, de alguna forma a priori, a cuestiones y conceptos definidos de tal
modo que delimitaran de antemano la categoría de los datos relevantes. Por lo menos en las ciencias, las
disciplinas son concebidas como cuestiones de conveniencia, no como formas de trocear la naturaleza por
sus articulaciones o como la elaboración de ciertos conceptos fijos, y sus límites se desplazan o desaparecen
a medida que avanzan el conocimiento y la comprensión22. A este respecto, el estudio del lenguaje, tal como
se ha concebido en la anterior discusión, es como el de la química, la biología, la física solar o la teoría de la
visión humana. No especularé sobre si se puede probar lo que pretenden los abogados de la lingüística-A,
pero no obstante observaré que, incluso si se puede, ello carecería de consecuencias con respecto a la
legitimida o al carácter de la tarea que estamos discutiendo, como aclara Soames.
Obsérvese que la cuestión no es la legitimidad de la abstracción. Es perfectamente correcto el
desarrollo de la mecánica racional, una rama de la matemática que se abstrae a partir de la física y que trata
los planetas como puntos de masa que obedecen ciertas leyes, o el desarrollo de teorías que consideran
aspectos de las lenguas-I haciendo abstracción de su realización física o de otras propiedades; como antes
observamos, ésta es en realidad la práctica habitual. Pero ello no fuerza a uno a creer que el objeto de la
mecánica racional sea una entidad en un cielo platónico, ni tampoco hay razones especiales para suponerlo
en el caso del lenguaje23.

2.4.2. La base empírica del estudio de la lengua-I

En la práctica real, la lingüística, en cuanto disciplina, se caracteriza de acuerdo con ciertas clases
de datos que, por el momento, son fácilmente accesibles e informativos, en buena medida los juicios de los
hablantes nativos. De hecho, cada uno de estos juicios constituye el resultado de un experimento,
pobremente diseñado, pero rico en la evidencia que proporciona. En la práctica, tendemos a actuar bajo el
supuesto o la pretensión de que esos juicios del informante nos proporcionan “datos directos” sobre la
estructura de la lengua-I pero, por supuesto, no se trata más que de una hipótesis de trabajo preliminar e
inexacta, y ningún practicante experto tiene a su disposición una panoplia de técnicas que le ayuden a

21
Para una discusión reciente de la cuestión en conexión con la lingüística histórica, véase Lighfoot (1979).
22
Katz insiste en que disciplinas como la química, la biología y demás tienen límites inherentes, conceptualmente
determinados. En realidad, considera que tal afirmación no se puede poner en duda, porque lo contrario constituiría una
forma de "nihilismo" que "convertiría el espectro bien ordenado de las disciplinas académicas en un caos" (op.cit.).
23
Los argumentos que se han presentado en sentido contrario son, en mi opinión, circulares o defectuosos por otras
razones. Así, Katz argumenta contra Hilary Putnam que si se descubriera que los llamados "gatos" son robots
controlados desde el espacio exterior, entonces no serían gatos, porque el significado de 'cat'/gato/en la realidad
platónica inglés-P es "animal felino"; esto seguiría siendo verdad incluso aunque se determinara que en la lengua-I de
todos los hablantes de inglés, se entendía 'cat'/gato/ de acuerdo con el análisis de Putnam, que considera que los gatos
pertenecen a la misma clase natural (un concepto científico) que los ejemplares particulares. El argumento se ajusta de
modo trivial respecto al inglés-P, tal como Katz especifica sus propiedades. Pero Putnam estaba proponiendo una teoría
diferente a las lenguas humanas y a los sistemas conceptuales, referente al inglés, no al inglés-P que Katz define, y Katz
no presenta ninguna razón para creer que este objeto abstracto igualmente legítimo que incorporara los supuestos de
Putnam. Los argumentos son siempre de esta clase. Katz también presenta una exposición de la historia de la gramática
generativa y de los documentos que cita que es gravemente inexacta, como a menudo resulta evidente, incluso de
acuerdo con criterios internos. Véase también Chomsky (1981), págs. 314-315

14
compensar los errores introducidos. En general, los juicios del informante no reflejan directamente la
estructura de la lengua; los juicios de aceptabilidad, por ejemplo, pueden no proporcionarnos datos directos
sobre el estatus gramatical, a causa de la intrusión de muchos otros factores. Lo mismo se puede decir de
otros juicios referentes a la forma y al significado. Estas afirmaciones no son, o no deberían ser, sino
truismos24.
En principio, los datos referentes al carácter de la lengua-I y del estado inicia podrían proceder de
fuentes muy diferentes, aparte de los juicios referentes a la forma y el significado de las expresiones: los
experimentos de percepción, el estudio de la adquisición y del déficit o de lenguas inventadas en parte,
como el criollo25, o del uso literario, o del cambio lingüístico, de la neurología, de la bioquímica, etc. Una de
las mayores contribuciones del último Roman Jakobson fue la de destacar este hecho, como principio y en la
práctica, en su propio trabajo. Como en el caso de cualquier investigación sobre un aspecto del mundo
físico, no existen formas de delimitar en principio las clases de datos que pueden resultar relevantes. Tal
como se practica habitualmente, el estudio de la estructura lingüística podría desaparecer finalmente como
disciplina, a medida que fueran disponibles nuevas clases de datos, pudiéndose distinguir sólo en la medida
en que su objeto es una facultad particular de la mente, del cerebro en última instancia: su estado inicial y
los diversos estados de madurez que puede alcanzar.
Ciertamente los juicios de los hablantes nativos siempre proporcionarán datos relevantes para el
estudio de la lengua, como los juicios de percepción siempre proporcionarán datos relevantes para el estudio
de la visión humana, aunque a uno le gustaría que tales datos perdieran el estatus privilegiado de ser únicos.
Si una teoría de la lengua no consigue dar cuenta de tales juicios, será errónea sin más; de hecho, podemos
concluir que no se trata de una teoría de la lengua, sino de algo diferente. Pero no podemos saber de
antemano cuán informativas resultarán las diferentes clases de datos con respecto a la facultad lingüística y
a sus manifestaciones, y podríamos anticipar que un rango más amplio de datos y una comprensión más
profunda de ellos nos permitiría identificar en qué aspectos los juicios de los informantes son útiles o no
fiables y por qué, y compensar los errores introducidos por el supuesto de trabajo preliminar, que es
indispensable, hoy por hoy, y que nos provee de información rica y significativa.
Es importante tener presente que el estudio de la propia lengua puede proporcionar datos cruciales
referentes a la estructura de alguna otra, si seguimos aceptando el plausible supuesto de que la capacidad de
adquirir el lenguaje, el objeto de la GU, es común a toda la especie. Esta conclusión se encuentra implícita
en el programa de investigación anteriormente esbozado. Un estudio del inglés es un estudio de la
realización del estado inicial S(O) bajo condiciones particulares. Por tanto, conlleva supuestos referentes a
S(O), que se han de hacer explícitos. Pero S(O) es constante, luego el japonés ha de ser una instanciación
del mismo estado inicial bajo diferentes condiciones. La investigación sobre el japonés puede demostrar que
los supuestos referentes a S(O) que se derivan del estudio del inglés eran incorrectos; estos supuestos
pueden dar respuestas erróneas para el japonés y, después de corregirlos sobre esta base, podemos vernos
obligados a modificar la gramática postulada para el inglés. Como evidentemente los datos del japonés son
pertinentes para la corrección de una teoría del S(O), pueden tener un peso indirecto, pero muy importante,
sobre la elección de la gramática que trate de caracterizar la lengua-I obtenida por el hablante del inglés.
Esta es una práctica habitual en el estudio de la gramática generativa. Sólo por esta razón resulta
completamente erróneo suponer que no existen fundamentos para escoger entre “gramáticas
extensionalmente equivalentes”, para una “lengua determinada” (véanse págs. 35, 45-47) por ejemplo, una
de ellas puede requerir una teoría del S(O) que sea patentemente inadecuada para alguna lengua.
De acuerdo con los supuestos sumamente relativistas de ciertas variedades de la lingüística
descriptiva, que mantienen que cada lengua ha de ser estudiada en sus propios términos, este programa de
investigación puede parecer absurdo o ilegítimo, aunque se podría hacer notar que este punto de vista, al
menos en parte, era una ideología que no se observaba en la práctica. Si lo que nos interesa es descubrir las
propiedades reales del estado inicial de la facultad lingüística y de sus realizaciones particulares como
lenguas-I potenciales o reales, hemos de abandonar la ideología, y hemos de considerar que una teoría de
una lengua se encuentra sujeta a cambios en concordancia con la base de datos referentes a otras lenguas
(con la mediación de una teoría de la GU), o datos de otras clases.

24
Para una discusión de algunos malentendidos corrientes sobre esta cuestión y otras relacionadas, véase Newmeyer
(1983).
25
Sobre la relevancia de este material, véase Bickerton (1984) y las referencias citadas, y la discusión en el mismo
ejemplar de la revista.

15
Hemos observado que es una tarea de las ciencias del cerebro explorar las propiedades y los
principios descubiertos por el estudio de la mente. Dicho de forma más correcta, es recíproca la
interdependencia de las ciencias del cerebro y el estudio de la mente. La teoría de la mente trata de
determinar las propiedades del estado inicial S(O) y de cada estado obtenible S(L) de la facultad lingüística,
y las ciencias del cerebro tratan de descubrir los mecanismos cerebrales que son realizaciones físicas de esos
estados. Existe una tarea común: descubrir la caracterización correcta de la facultad lingüística en sus
estados inicial y final, descubrir la verdad acerca de la facultad lingüística. Esta tarea se desempeña en
diferentes niveles: una caracterización abstracta en teoría de la mente y una investigación sobre los
mecanismos cerebrales en las ciencias del cerebro. En principio, los descubrimientos sobre el cerebro han de
influir sobre la teoría de la mente y, al mismo tiempo, el estudio abstracto de los estados de la facultad
lingüística ha de formular las propiedades que ha de explicar la teoría del cerebro y, con toda probabilidad,
resulta indispensable en la búsqueda de esos mecanismos. En la medida en que se puedan establecer esas
conexiones, el estudio de la mente, en particular de la lengua-I, quedará inmerso en el seno de las ciencias
naturales.
Por el momento se conoce tan poco sobre los aspectos relevantes del cerebro que ni siquiera
podemos especular sobre lo que puedan ser esas conexiones. Sin embargo, podemos imaginar cómo pueden
establecerse en principio, aunque el objetivo final se encuentre muy lejos. Supongamos que el estudio de la
lengua-I establece ciertos principios generales de la teoría del ligamiento (binding theory) que explican
hechos como los discutidos en el Capítulo 1. Entonces una tarea de las ciencias del cerebro sería la de
determinar qué mecanismos son los responsables del hecho de que se den esos principios. Supóngase que
tenemos dos gramáticas, dos teorías sobre el estado de conocimiento alcanzado por una persona particular, y
supongamos además que esas teorías son “extensionalmente equivalentes”, en el sentido de que determinan
la misma lengua-E, sea cual sea el sentido que demos a esa noción derivada. En principio podría suceder que
una de estas gramáticas incorporara propiedades y principios fácilmente explicables en términos de
mecanismos cerebrales, mientras que la otra no. De forma parecida, dos teorías de la GU que sean
equivalentes, en el sentido de que especifican exactamente el mismo conjunto de lenguas-I obtenibles, se
podrían distinguir en términos de propiedades del cerebro. Por ejemplo, una puede contener ciertos
principios y posibilidades de variación que se pueden explicar fácilmente en términos de mecanismos
cerebrales, y la otra no.
Es bastante fácil imaginar casos de esta clase. Supóngase que la teoría I contiene los principios
P(1)...P(n) y que la teoría II contiene los principios Q(1)...Q(m), y que las dos teorías son lógicamente
equivalentes: los principios de cada una se pueden deducir de los principios de la otra de tal forma que
cualquier descripción de conducta o de conducta potencial en términos de una de las teorías se puede
reformular en términos de la otra. Podría suceder que las ciencias del cerebro mostraran que cada P(i) se
corresponde con un complejo determinado de mecanismos neuronales, mientras que no existe la misma
explicación para los Q(i); algún daño cerebral, por ejemplo, podría modificar selectivamente los P(i), pero
no los Q(i). En este caso, los hechos referentes al cerebro seleccionarían teorías de la mente que serían
empíricamente indistinguibles en otros términos. Aunque en el estado actual de nuestros conocimientos son
muy remotos los resultados de esta clase, son posibles. Así concebida, la relación entre el cerebro y la mente
constituye un problema de las ciencias naturales.

2.4.3. Algunas consecuencias del desplazamiento del objeto

En resumen, podemos concebir el conocimiento que una persona tiene de una lengua particular
como un estado de la mente, que se encarna en una cierta disposición de mecanismos físicos. Realizamos la
abstracción de la lengua-I como “lo que es conocido” por una persona en ese estado de conocimiento. Este
sistema finito, la lengua-I, es lo que el lingüista generativo trata de caracterizar. Si digo que este sistema
tiene tales y cuales propiedades, lo que afirmo es verdadero o falso. En suma, propongo una explicación
teórica de las propiedades de ciertos mecanismos, una explicación que se presenta en un cierto nivel de
abstracción, en el que creemos que se pueden expresar las propiedades significativas de estos mecanismos y
se pueden elucidar los principios que rigen estos mecanismos y sus funciones. De alguna forma, este estudio
se parece a lo que Gunther Stent ha denominado “hermenéutica cerebral”, refiriéndose a la investigación
abstracta de las formas en que el sistema visual construye e interpreta la experiencia visual (Stent, 1981). De
forma similar, la GU es el estudio de un aspecto de la dotación biológica, análogo al estudio de los
principios innatos que determinan que hemos de tener un sistema visual propio de la especie humana y no el
de los insectos. El concepto técnico “conocimiento de la lengua-I” se aproxima razonablemente a lo que

16
informalmente se llama “conocimiento del lenguaje”, si se abstraen diversos aspectos de la noción común,
como los discutidos con anterioridad, aunque esta consideración es secundaria por las razones que ya se han
mencionado.
Como se observó antes, el desplazamiento del enfoque hacia una interpretación mentalista del
estudio del lenguaje constituyó un factor en el desarrollo de las ciencias cognitivas contemporáneas, y
supuso un paso hacia la incorporación del estudio del lenguaje a las ciencias naturales, porque ayuda a
allanar el camino a una investigación sobre los mecanismos que tienen las propiedades exhibidas por el
estudio de las reglas y las representaciones. Este desplazamiento también tuvo como consecuencia una
reclasificación de muchas de las cuestiones tradicionales en el estudio del lenguaje. Surgieron muchos
problemas nuevos e incitantes, y una cierta cantidad de problemas familiares se disolvieron cuando se
consideraron bajo esta perspectiva.
Considérese el estudio de la estructura fónica, el objeto de atención primario en la lingüística
estructural y descriptiva. Si se considera a lengua-E como el objeto de la investigación, el problema es
descubrir los elementos, las propiedades y la disposición en que se subdivide el flujo del habla: los fonemas
y los rasgos, considerados como segmentos de la forma de una onda acústica o de una serie de movimientos
articulatorios. Buena parte de la teoría fonológica estuvo constituida por los procedimientos analíticos para
llevar a cabo esta tarea. Sin embargo, si nos centramos en la lengua-I, el problema es más bien diferente: el
de encontrar las representaciones mentales que subyacen a la producción y a la percepción del habla, y las
reglas que relacionan esas representaciones con los acontecimientos físicos del habla. El problema consiste
en encontrar la teoría que explique mejor una gran variedad de hechos, sin esperar que existan
procedimientos analíticos para realizar este trabajo, del mismo modo que no existen en otros campos.
Por ejemplo, considérense los términos que se enumeran a continuación, donde la columna I es la
ortografía convencional, la II la representación fonológica aparentemente correcta y la III las
representaciones fonéticas aproximadas en un dialecto del inglés, siendo [a] una vocal corta y [A] una vocal
larga (es irrelevante en este punto su carácter fonético exacto), [ē] la contrapartida nasalizada de [e], y D una
vibración de la lengua como en la [r] vibrante.

Y II III
bet bet bet
bent bent bēt
bend bend bend
knot nat nat
nod nad nAd
write rayt rayt
ride rayd rAyd
writer rayt + r rayDr
rider rayd + r rAyDr

Podemos suponer que las representaciones fonéticas de la columna II corresponden a


acontecimientos efectivos del habla en virtud de principios universales de interpretación que conservan
esencialmente la linealidad, esto es, la secuencia de símbolos fonéticos corresponde a la secuencia de
sonidos (como se sabe, la cuestión no es así de simple). Las representaciones fonológicas de la segunda
columna, no las fonéticas de la tercera, se corresponde con la forma en que intuitivamente “oímos” esas
palabras. Aunque el análisis fonético muestra que best y bent se diferencian solamente en la nasalización de
la vocal intermedia y que cada una de ella tiene tres segmentos fonéticos, a diferencia de la palabra de cuatro
segmentos bend, esto no se corresponde con la percepción intuitiva; escuchamos knot y nod como si se
diferenciaran sólo en un rasgo, sonorizando la consonante final, pero no la vocal y la consonante (como, por
ejemplo, en knot versus Ned). Las representaciones de writer y rider que percibimos intuitivamente, y que
claramente están relacionadas con la estructura léxica y sintáctica, son las que se indican en la segunda
columna (con + en lugar de la separación entre el elemento léxico y el afijo de agente), no en la tercera,
aunque ésta última expresa el hecho fonético de que las palabras se diferencian sólo en la cualidad de las
vocales. Ejemplos como éstos plantearon fuertes dificultades a un enfoque de la fonología que trataba de
determinar las unidades fonológicas mediante procedimientos analíticos aplicables a acontecimientos reales
del habla. La cuestión es la del estatus de las representaciones de la columna II, que siempre fueron
consideradas como “correctas” en un cierto sentido, aunque sus elementos no se corresponden punto por
punto con los sonidos reales del habla, las subdivisiones de ejemplares reales de la lengua-E.

17
Si se desplaza el foco de atención a la lengua-I, los problemas se disuelven rápidamente. Las
representaciones de la columna II son esencialmente las representaciones mentales del léxico, que tienen que
ver con la sintaxis y la semántica. Las representaciones fonéticas e la columna III se derivan de ellas
mediante reglas sencillas, de gran generalidad en su mayoría: las vocales asumen una cualidad particular
ante las consonantes sonoras y sordas, y se nasalizan ante las consonantes nasales, la consonante nasal cae
ante una dental sorda y (en este dialecto) la pausa dental se convierte en [D] medial en este contexto tónico.
Aplicando estas reglas derivamos las formas fonéticas (III) de las representaciones léxico-fonológicas (II).
Estas representaciones no se derivan de los sonidos del habla mediante procedimientos analíticos de
segmentación, clasificación o extracción de rasgos físicos, sino que se establecen y justifican como parte de
la teoría que mejor explica, en última instancia, la relación general entre el sonido y el significado de la
lengua-I. Otras reglas sintácticas y semánticas se aplican a las representaciones de (II) en las expresiones en
que aparecen. La lengua-I, que incorpora las reglas que forman las representaciones (II) y las reglas que las
relacionan con (III), es adquirida por el niño mediante la aplicación de los principios incorporados en el
estado inicial S(O) a hechos que se representan; para el gramático, el problema está en descubrir esos
principios y mostrar cómo conducen a la elección de las representaciones (II) (suponiendo que sean las
correctas)26. El fracaso de los procedimientos taxonómicos carece de importancia, porque no existen razones
para creer que esos procedimientos desempeñen un papel en la adquisición de la lengua o que figuren como
parte de la GU.
Como ilustran estos ejemplos sumamente sencillos, incluso en el nivel de la estructura de los
sonidos, las representaciones mentales pueden ser relativamente abstractas, es decir, sin estar relacionadas
de forma simple con especímenes reales de la conducta lingüística (de hecho, esto es cierto incluso de las
representaciones fonéticas, como mostraría un análisis más detallado). A medida que nos movemos a otros
niveles de la investigación de la lengua-I, nos encontramos con más datos de que las representaciones
mentales son abstractas en este sentido. Los sistemas de reglas y de principios que las forman y las
modifican son muy simples y naturales, aunque interaccionan entre sí hasta obtener estructuras de una
complejidad considerable y para determinar sus propiedades de una forma muy precisa. En suma, la facultad
lingüística parece consistir en lo esencial en un sistema computatorio que es rico y fuertemente limitado en
cuanto a su estructura y rígido en sus operaciones esenciales, nada similar a un complejo de disposiciones o
un sistema de hábitos o analogías. Esta conclusión parece razonablemente bien justificada y de un contenido
considerable; no se conoce ninguna alternativa que siquiera proporcione un avance de tratamiento de los
problemas reales del lenguaje, y el debate que es empíricamente significativo tiene lugar en buena medida
dentro de este marco de supuestos.
No obstante lo cual, habría que indicar que la conclusión es de todas formas más bien sorprendente.
Podría no ser de esperar que un sistema biológico complejo, como la facultad lingüística, hubiera
evolucionado de esta forma y, si realmente lo ha hecho, no carece de significación el descubrimiento.
El alcance del desplazamiento hacia una interpretación mentalista o conceptualista, hacia la lengua
interiorizada y no a la exteriorizada, es mayor de lo que a veces se supone. De forma explícita, incluye el
estudio de la sintaxis, de la fonología y de la morfología. Creo que también incluye buena parte de lo que, de
forma engañosa, se denomina “la semántica de la lengua natural” –digo “de forma engañosa” porque pienso
que mucho de lo que se hace no es semántica en absoluto, si por “semántica” entendemos el estudio de la
relación entre el lenguaje y el mundo, en particular el estudio de la verdad y la referencia. En su lugar, trata
con ciertos niveles postulados de representación mental, que incluyen representaciones de forma léxica y
sintáctica y otras denominadas “modelos” o “cuadros” o “representaciones discursivas” o “situaciones” u
otras cosas parecidas. Pero la relación de estos últimos sistemas con el mundo de objetos con propiedades y
relaciones, o con el mundo tal como se cree que es, a menudo es intrincada y remota, mucho más de lo que
se podría creer a partir de ejemplos sencillos. Por ejemplo, no se puede describir la relación como
“inclusión” o asociación de elemento a elemento.
Por ejemplo, considérense los principios de la referencia pronominal, que han sido centrales en estas
investigaciones cuasisemánticas. Si digo “Juan piensa que él es inteligente”, él puede referir a Juan, pero no
si digo: “él piensa que Juan es inteligente”27 . Podemos dar cuenta de tales hechos mediante una teoría de las
configuraciones estructurales en las que un pronombre puede adquirir su “referencia” a partir de un nombre
asociado que la liga. Sin embargo, los mismos principios se aplican a oraciones como “el hombre de la calle

26
Para una discusión, véase Chomsky (1980b, 1981); y Chomsky, Huybregts y van Riemsdijk (1982).
27
La cuestión es más compleja. Véase Evans (1980) y Higginbotham (1983a). Pero podemos dejar de lado aquí la
necesaria precisión de esas nociones.

18
piensa que él es inteligente”, “él piensa que el hombre de la calle es inteligente” o “Juan Pérez piensa que él
es inteligente”, donde se introduce “Juan Pérez” como una designación del hombre de la calle. Pero nadie
supone que exista una entidad, el hombre de la calle (o Juan Pérez), a la que el pronombre se puede referir
en un caso, pero no en otro. Si digo “Juan le echó una mirada, pero ésta fue demasiado breve como para
permitir una identificación positiva”, ésta puede referirse a la mirada que Juan echó; pero el prácticamente
sinónimo “Juan le miró” no se puede extender de esta forma con la misma interpretación, aunque nadie crea
que existen miradas que una persona puede echar, a la que se refiera el pronombre ésta en la primera
oración. O considérese un ejemplo tan sumamente debatido como “todo el que tiene un burro le pega”,
problemático porque el pronombre le no parece estar, desde un punto de vista formal, dentro del alcance del
sintagma nominal cuantificado un burro, que lo liga. Se puede intentar enfocar el análisis de las oraciones
de esta clase mediante la construcción de una representación que tenga la propiedad de que, para cualquier
par (hombre, burro), si tener satisface el par, entonces también lo hace pegar. Luego, diríamos lo mismo
sobre “todo el que tiene una oportunidad la desperdicia”, sin comprometernos no obstante con la creencia de
que, entre las cosas que existen en el mundo, están las oportunidades. Incluso si nos restringimos al contexto
“hay...”, difícilmente podemos suponer que hay entidades en el mundo, o en el mundo tal como creemos que
es, que se corresponden con los términos que aparecen en él (“hay miradas que hacen daño y otras que
causan placer”, “hay posibilidades que es demasiado arriesgado explotar”, “hay oportunidades que no hay
que dejar pasar”, etc.).
Se pueden imaginar ejemplos mucho más extremos. Aunque se ha hablado mucho sobre el estatus de
los objetos de ficción o los abstractos, de hecho el problema es mucho más profundo. Se puede hablar de
“referencia” y de “correferencia” con algún sentido si se postula un dominio de objetos mentales asociados
con las entidades normales del lenguaje mediante una relación con muchas de las propiedades de la
referencia, pero todo esto es interno a la teoría de las representaciones mentales; es una forma de sintaxis.
No parece tener sentido poblar el mundo extramental con las entidades correspondientes, ni que de ello se
sigan consecuencias empíricas o aumento en la capacidad explicativa. En la medida en que esto es cierto, el
estudio de la relación de las estructuras sintácticas con modelos, “cuadros” y demás habría de considerarse
como pura sintaxis, el estudio de las diferentes representaciones mentales, que habría que complementar con
una teoría de la relación de estos objetos mentales con el mundo o con el mundo tal como se concibe o cree
ser. La postulación de esas representaciones mentales no es inocua, sino que se ha de justificar mediante
argumentos empíricos, como en el caso de las representaciones fonológicas o de otras representaciones
sintácticas. Por eso, el desplazamiento hacia una teoría computatoria de la mente abarca una parte sustancial
de lo que se ha denominado “semántica”, una conclusión que sólo se ve fortalecida si consideramos más
abiertamente los enfoques “conceptualistas” de estas cuestiones.
Para ello, hemos de tratar entonces la lengua-I y el estado inicial de la facultad lingüística, las
gramáticas y la GU del lingüista. Como una hipótesis empírica preliminar, podemos considerar que la
lengua-I es un sistema de reglas de alguna clase, una realización específica de las opciones que permite la
GU, fijada por la experiencia que se presente. El sistema de reglas asigna a cada expresión una estructura,
que podemos considerar como un conjunto de representaciones, una en cada nivel lingüístico, donde un
nivel lingüístico es un sistema particular de representación mental. Esta estructura ha de proporcionar
cualquier información que sobre una expresión sea accesible para la persona que conoce la lengua, en la
medida en que esa información se derive de la facultad lingüística; sus representaciones han de especificar
exactamente en qué contribuye la facultad lingüística a la determinación de la forma en que se produce,
utiliza y comprende la expresión.
Un nivel lingüístico es un sistema que consiste en un conjunto de elementos mínimos (primitivos),
una operación de concatenación que forma cadenas de primitivos, con tanto aparato matemático como sea
necesario para construir los objetos formales apropiados a partir de esos elementos, las relaciones relevantes
en las que se encuentren y una clase de objetos formales designados (marcadores) que se asignan a las
expresiones en cuanto representadas en ese nivel. El sistema de reglas expresa las relaciones entre los
diferentes niveles de la lengua en cuestión y determina los elementos y propiedades en cada nivel. Por
ejemplo, en el nivel de la estructura sintagmática, los primitivos son los elementos mínimos que entran a
formar parte de la descripción sintáctica (Juan, correr, pretérito indefinido, N, V, O, etc.), la relación básica
es es-un (Juan es un N, Juan corrió es una O, etc.), y los marcadores sintagmáticos consistirán en ciertos
objetos formales construidos a partir de los primitivos que expresan completamente la relación es-un. El
marcador sintagmático de la cadena Juan corrió indicará que toda la cadena es una O (oración), que Juan en
un N (nombre) y un SN (sintagma nominal) y que corrió es un V (verbo) y un SV (sintagma verbal); más
adelante aparecerán ejemplos.

19
La teoría de la estructura lingüística (GU) tendrá a su cargo la tarea de especificar estos conceptos
de forma precisa28. La teoría ha de proporcionar gramáticas para las lenguas-I que, en principio, puedan ser
obtenidas por una mente/cerebro humana, ante la experiencia apropiada29, y ha de restringirse además de tal
modo que determine exactamente la lengua-I, dada la clase de datos que bastan para la adquisición de la
lengua. Volveremos seguidamente sobre estas cuestiones.

28
Para un primer intento, véase Chomsky (1975a), que data de 1955-56.
29
Un requisito más fuerte sería el de que la GU especificara exactamente las lenguas-I obtenibles en condiciones
normales. Sin embargo, no resulta obvio que la GU satisfaga esas condiciones. Las lenguas obtenibles son las que caen
dentro de la intersección de las determinadas por al GU y los sistemas humanantes aprendibles, y las condiciones sobre
la aprendibilidad podrían excluir ciertas gramáticas permitidas por la GU. Observaciones parecidas atañen también al
análisis (parsing). Para la fundamentación de estas cuestiones, véase Wexler y Culicover (1980) y Berwick y Wienberg
(1984).

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