PRÓLOGO
Isaac Prilleltensky♣
Validez psicopolítica: el próximo reto para la psicología comunitaria
Con característica precisión, Maritza Montero describe el estado de cosas en la psicología
comunitaria, la historia de la disciplina y sus principales problemas. Con exquisita perspicacia,
ella discierne los roles de la psicología comunitaria en su ayuda a los oprimidos y en su
movilización de la sociedad en general hacia un mayor bienestar. En este prólogo deseo partir
de
su visión de la psicología comunitaria y proyectar el campo hacia un enfoque renovado del
bienestar y de la justicia. Para hacerlo, discuto la centralidad del bienestar dentro de la
sociedad
buena y la centralidad del poder en el marco de la validez psicopolítica.
La sociedad es un terreno en discusión. Filósofos, cientistas políticos y comentaristas
sociales debaten los méritos de las diferentes concepciones (Cohen, 2000; Felice, 2003; Kane,
1994; Redner, 2001; Selznick, 2002). Sin embargo, todos parecen concordar en que un solo
valor
o atributo no puede abarcar las múltiples cualidades de una sociedad ideal (Kekes, 1993;
Miller,
1999; Saul, 2001), punto que se reitera en este libro de Montero. Aunque necesarias, ni la
libertad
ni la igualdad son suficiente condición para el surgimiento de la sociedad buena. Más aún,
diversas sociedades difieren respecto de los rasgos deseados en sus visiones específicas (Alcoff
y
Mendieta, 2000; Dudgeon, Garvey y Pickett, 2000; Dussel, 1988; Holdstock, 2000). No
obstante,
hay algunos atributos que parecen influir en el bienestar de individuos y grupos en una amplia
gama de comunidades, sociedades y naciones. Debido a su prominencia histórica, extenso
alcance y deseabilidad global, bienestar y justicia emergen como componentes cruciales de la
sociedad buena (Felice, 2003; Lane, 2000; Nelson y Prilleltensky, 2004; Sen, 1999a, b).
El bienestar depende del reparto equitativo de los recursos en una sociedad. Sin suficientes
bienes sociales tales como vivienda, transporte y servicios de salud, entre otros, las personas
en
desventaja están impedidas de alcanzar niveles de bienestar que sólo se pueden permitir
aquellos
que tienen recursos superiores (Elster, 1992; Kawachi, Kennedy y Wilkinson, 1999; Marmot y
Wilkinson, 1999). Si viviésemos en un mundo más igualitario, la relevancia de la justicia podría
ser cuestionada, pero en realidad vivimos en un mundo donde la desigualdad crece en
proporciones sin precedentes dentro y entre las naciones (Felice, 2003; Korten, 1995; 1999).
La experiencia del bienestar emocional deriva de la interacción entre múltiples factores -
personales, relaciónales y colectivos- que trabajan en sinergia (Nelson y Prilleltensky, 2004;
Prilleltensky y Nelson, 2002; Prilleltensky, Nelson y Peirson, 2001a, b). Un estado de bienestar
se alcanza por el efecto sinérgico de múltiples fuerzas en las cuales cada dominio debe obtener
un
nivel mínimo de satisfacción. La figura 1 coloca el bienestar en el centro de círculos
concéntricos. Omitir cualquier esfera hace desaparecer todo el bienestar.
♣ PHD Program in Community Research and Acrion. Peabody College, Vanderbilt University
(Tennessee, Estados
Unidos). Traducción del prólogo: María Gabriela Lovera.
Isaac Prilleltensky Prólogo
Figura 1
Sinergia y balance entre necesidades personales, relaciónales y colectivas en el bienestar
Como muestra Montero en este libro, una abundancia de bienestar personal (por ejemplo,
autoestima, dominio, control, esperanza) no puede reemplazar la falta de bienestar relacional
(por
ejemplo, senado de comunidad, cuidado y compasión apoyo social) o colectivo (por ejemplo,
acceso a servicios de salud, redes de seguridad, igualdad). Los tres dominios del bienestar
deben
estar balanceados en su relativa seguridad y cada uno de ellos debe llenar ciertas necesidades
básicas (Lustig, 2001; Macklin, 1993; Nelson, Lord y Ochocka, 2001).
En el nivel personal el bienestar está estrechamente conectado con los dominios
interpersonal y societal (Prilleltensky, Nelson y Peirson, 2001a, b). Hay una vasta realidad
material que afecta cómo nos sentimos y cómo nos comportamos hacia los otros (Macklin,
1993;
Murray y Campbell, 2003). Aunque las creencias y las percepciones son importantes, no
pueden
aislarse del entorno cultural, político y económico (Eckersley, 2000; 2002; Elster, 1992). Para
experimentar calidad de vida requerimos "suficientes" condiciones sociales y políticas libres de
explotación económica y de abuso de los derechos humanos (Felice, 2003; George, 2002;
Korten,
1995, 1999; Sen, 1999a, b). De todas maneras, esperamos que los intercambios
interpersonales
basados en el respeto y apoyo mutuos aumenten nuestra calidad de vida. Eckersley (2000) ha
demostrado que las experiencias subjetivas de bienestar están fuertemente marcadas por
tendencias culturales tales como el individualismo y el consumismo; mientras que Narayan y
sus
colegas han afirmado que la experiencia psicológica de la pobreza está directamente
relacionada
con las estructuras políticas de corrupción y opresión (Narayan, Chambers, Kaul, Shah y
Petesch,
2000; Narayan, Patel, Schafft, Rademacher y Kocht Schuke, 2000).
Nuestra teoría del bienestar concibe el desarrollo humano en términos de propiedades
mutuamente reforzadoras de las cualidades personales, relaciónales y sociales. Necesidades
personales tales como salud, autodeterminación y oportunidades de crecimiento están
íntimamente ligadas a la satisfacción de necesidades colectivas tales como la adecuada
atención
en salud, el acceso al agua potable, la justa y equitativa distribución de cargas y recursos y la
igualdad económica (Carr y Sloan, 2003; Keating y Hertzman, 1999; Kim, Millen, Irwin,
Gersham, 2000; Macklin, 1993; Marmot y Wilkinson; 1999; Wilkinson, 1996).
Si bien las necesidades pueden ser psicológica y subjetivamente experimentadas, todas
tienen dinámicas materiales y políticas que inhiben o facilitan su satisfacción. La concentración
exclusiva sobre el dominio psicológico ignora las dinámicas del poder y de la política que
Isaac Prilleltensky Prólogo
subyacen tras las necesidades humanas y sociales (Fox y Prilleltensky, 1997). Por otra parte, la
concentración exclusiva en las constelaciones de poder no toma en cuenta la experiencia de
bienestar vivida.
La sinergia se ve perturbada cuando las necesidades en un dominio no son mínimamente
atendidas o cuando una esfera del bienestar domina al resto, relegándolas al fondo de nuestra
conciencia. Para corregir los posibles desbalances, ciertas circunstancias históricas requieren
que
un dominio sea temporalmente favorecido hasta el momento en que el balance quede
restaurado
(Saul, 2001). Cuando los miembros de sociedades colectivistas sienten las normas y
regulaciones
como opresoras, ha llegado el momento de restaurar la libertad personal. Cuando las
sociedades
confunden el individualismo con la libertad y el sentido personal, se justifican los esfuerzos
para
aumentar el sentido de comunidad, la solidaridad y la trascendencia (Etzioni, 1996; 1998). Los
ciudadanos de los pasados regímenes comunistas son testigos de lo primero, mientras que
muchos grupos en las sociedades occidentales atestiguan lo último (Saul, 2001).
Estos preceptos teóricos están encarnados en la experiencia de la vida real. Los individuos
alcanzan el bienestar cuando los tres conjuntos de necesidades primarias son atendidos:
personales, relaciónales y colectivas. La investigación demuestra que las necesidades
psicológicas de esperanza, optimismo (Keyes y Haidt, 2003), estimulación intelectual,
crecimiento cognoscitivo (Shonkhoff y Phillips, 2000), dominio, control (Marmot, 1999; Rutter,
1987), salud física (Smedley y Syme, 2000), bienestar mental (Nelson, Lord, Ochocka, 2001;
Nelson y Prilleltensky, 2004), sentido y espiritualidad (Kloos y Moore, 2000; Powell, Shahabi y
Thoresen, 2003) deben ser alcanzados por los individuos para experimentar un sentido de
bienestar personal. Pero estas necesidades no pueden ser alcanzadas en aislamiento. La
mayoría
de ellas requiere la presencia de relaciones de apoyo. El saludable efecto de las relaciones se
genera mediante la satisfacción de necesidades relaciónales: afecto, cuidado y compasión,
vinculación y apoyo (Cohen, Underwood, Gottiieb, 2000; Ornish, 1997; Rhoades y Eisenberg,
2002; Stansfeld, 1999), respeto por la diversidad (Dudgeon, Garvey y Pickett, 2000; Trickett,
Watts y Birman, 1994; Moane, 1999; Prilleltensky, 2003a), y participación significativa en la
familia, el trabajo y la vida cívica (Klein, Ralis, Smith Major y Douglas, 2000; Nelson, Lord y
Ochocka, 2001; Putnam, 2000, 2001).
Las necesidades personales y relaciónales conciernen principalmente al dominio
psicológico. Aunque necesarias, son insuficientemente determinantes del bienestar
(Prilleltensky,
1994; Shulman Lorenz y Watkins, 2003). La necesidad de políticas justas, de acceso a servicios
de atención en salud, de educación pública, de seguridad, de justicia en las prácticas de
contratación, de vivienda al alcance de los recursos, de empleo, de protección contra la
explotación, son todas parte inseparable del bienestar (Carry Sloan, 2003; Keating y Hertzman,
1999; Kim, Millen, Irwin, Gersham, 2000). El peso de la discriminación, la inadecuada atención
en salud, la mala educación y transporte públicos, erosionan por igual el bienestar personal y
colectivo en el Norte y en el Sur (Marmot y Wilkinson 1999; Smedley y Syme, 2000; Wilkinson,
1996). Por otra parte, la atención universal en salud, las redes de cuidado infantil y seguridad
social, aumentan por igual el bienestar público y privado de los ciudadanos (Sen, 1999a, b).
Construir el bienestar como si fuese estrictamente psicológico sería equiparable a hablar de
almas
sin cuerpos, en tanto que definirlo como estrictamente comunitario sería equivalente a hablar
de
culturas sin gente. Ninguna de las categorizaciones captura todas las necesidades y orígenes
del
bienestar.