La pequeña
gran mujer
en la China
La pequeña
gran mujer
en la China
por GLADYS AYLWARD
narrada a CHRISTINE HUNTER
La misión de Editorial Portavoz consiste en proporcionar productos de
calidad —con integridad y excelencia—, desde una perspectiva bíblica
y confiable, que animen a las personas a conocer y servir a Jesucristo.
Título del original: Gladys Aylward: The Litle Woman de Gladys Aylward
y Christine Hunter. Publicado por Moody Press y © 1970 por Moody Bible
Institute, Chicago, Illinois.
Edición en castellano: La pequeña gran mujer en la China © 2011 por Moody
Bible Institute, y publicado con permiso por Editorial Portavoz, filial de
Kregel Publications, Grand Rapids, Michigan 49501. Todos los derechos
reservados.
Traducción: Luis Torres Márquez
Ninguna parte de esta publicación podrá reproducirse de cualquier forma
sin permiso escrito previo de los editores, con la excepción de citas breves
en revistas o reseñas.
EDITORIAL PORTAVOZ
P.O. Box 2607
Grand Rapids, Michigan 49501 USA
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ISBN 978-0-8254-1048-2
1 2 3 4 5 / 15 14 13 12 11
Impreso en los Estados Unidos de América
Printed in the United States of America
Contenido
1. Los millones de la China . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
2. Sobre la marcha . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17
3. Del lazo del cazador . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 28
4. Entre las mulas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40
5. Entre los pies . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46
6. Nueve peniques . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 52
7. La señora Ching . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 55
8. Calma antes de la tormenta . . . . . . . . . . . . . . . . 63
9. En guerra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71
10. La huida . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 85
11. La larga jornada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 90
12. El estetoscopio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 105
13. El Dios que ama. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 112
14. El señor Shan . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 124
15. Aun hasta la muerte . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 131
16. De regreso a Inglaterra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 138
17. Wong Kwai . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141
18. Un traje viejo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 151
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Los millones de la China
Mi mayor ambición en la vida era poder actuar en los esce-
narios. No había recibido una buena educación, pero tenía
facilidad de palabra, y me gustaba actuar.
Fui educada en un hogar cristiano y asistía a la iglesia
y a la Escuela Dominical cuando era niña, pero, a medida
que fui creciendo, todo lo que tuviera que ver con religión
me interesaba.
En aquellos días la mayoría de las muchachas de la clase
media obrera sólo llegaban a ser sirvientas porque no había
muchas otras oportunidades para ellas. Fue así como lle-
gué a ser camarera; pero en las noches asistía a las clases de
arte dramático, ya que me había propuesto actuar en los
escenarios fuera como fuera.
Una noche, sin embargo, por alguna razón que jamás
podré explicar, asistí a un servicio religioso. Allí, por vez
primera, me di cuenta de que Dios tenía derecho a recla-
mar mi vida, y acepté a Jesucristo como mi Salvador. Me
hice miembro de la Campaña pro Vida Juvenil, y en una
de sus revistas leí un artículo sobre China que me causó
una tremenda impresión. Saber que millones de chinos
jamás habían escuchado el mensaje de Jesucristo, fue para
mí conmovedor, y me convencí que en verdad deberíamos
hacer algo al respecto.
Primero visité a mis amigos cristianos y les hablé acerca
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de los chinos, pero ninguno pareció preocuparse mucho por
ellos. Entonces traté de persuadir a mi hermano.
—Estoy segura que si yo lo ayudara —me dije a mí
misma—, ¡él gustosamente iría a la China!
—¡Yo no voy! —me dijo bruscamente—. Ese trabajo
es para una niña vieja. ¿Por qué no vas tú?
¡Con que ese trabajo es para una niña vieja! —pensé para
mis adentros, llena de cólera. Pero la embestida me había
acometido con fuerza. ¿Por qué tratar de obligar a otros a
ir a China? ¿Por qué no ir yo misma?
Comencé a preguntar cómo podría prepararme para
ir a un país a miles y miles de kilómetros de distancia,
del cual yo no conocía prácticamente nada excepto que
allí necesitaban gente que les hablara del amor de Dios.
Me dijeron que debería presentarme ante cierta sociedad
misionera y asistí eventualmente al colegio de esta sociedad
durante tres meses.
Al cabo de ese tiempo, el comité decidió que mis califi-
caciones eran demasiado bajas, y mi educación demasiado
pobre para poder aceptarme. La lengua china, dijeron ellos,
sería demasiado difícil para que yo la aprendiera.
Abandoné las oficinas del comité silenciosamente, con
todos mis planes arruinados. Al pensar ahora en aquel
incidente, yo no puedo culparlos. Yo sé que nadie lo haría.
¡Cuán estúpida debí haberles parecido entonces! El hecho
de que no sólo aprendí a hablar, sino que, posteriormente,
también a leer y a escribir la lengua china como cualquier
nativo, constituye para mí uno de los más grandes mila-
gros de Dios.
El presidente del comité salió corriendo detrás de mí,
y me alcanzó.
—¿Qué va usted a hacer, señorita Aylward? —me pre-
guntó amablemente.
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—No lo sé —respondí—, pero estoy segura de que
Dios no quiere que siga siendo una camarera. Él desea que
haga algo para Él.
—A todo esto —me interrogó—, ¿le gustaría ayudar
a dos de nuestros misioneros jubilados que necesitan una
ama de casa?
—¿Dónde están?
—Están en Bristol. ¿Irá usted allá?
—Muy bien —respondí—, pero déjeme usted prime-
ro darle las gracias por la gentileza que me han demostra-
do. Siento no haber podido aprender mucho en el colegio,
pero cuando menos he aprendido a orar y a orar realmente
como jamás lo había hecho, y eso es algo por lo que siem-
pre estaré agradecida.
Me fui a Bristol a buscar al Dr. Fisher y a su esposa.
Aprendí muchas cosas de ellos; su fe implícita en Dios fue
una verdadera revelación para mí. Nunca me había encon-
trado con nadie que confiara en Él de forma tan completa,
implícita y obediente. Ellos tenían a Dios como Amigo, no
como un Ser distante, y vivían con Él día a día.
Me contaban historias de sus propias vidas en países
lejanos.
—Dios jamás nos abandona. Él nos envía, nos guía y
provee lo necesario para nosotros. Quizá, Él no conteste
nuestras oraciones tal como quisiéramos, pero sí las contesta.
Recuerde que un no vale tanto como respuesta como un sí.
—¿Cómo podré saber si Él quiere que yo vaya a China
o me quede en Bristol? —les pregunté.
—A su debido tiempo Él se lo indicará. Siga usted velan-
do y orando.
Los viejos misioneros me ayudaron y fortalecieron, pero
yo seguía deseando estar “en los negocios de mi Padre”.
A la semana siguiente me marché a Neath, a trabajar
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para la Asociación Cristiana de Mujeres y Señoritas. Pero no
encontré lo que yo necesitaba para desenvolverme. Entonces
me dirigí a Swansea donde trabajé como una hermana en el
cuerpo de rescate. Cada noche salía a pasear por los alrede-
dores de los muelles y por las calles oscuras y desagradables
y, bajo la luz amarillenta de las lámparas de gas, trataba de
ayudar a las mujeres y a las jóvenes que vagaban por ahí.
Entraba a las casas públicas y rescataba a las muchachas
a quienes los marineros habían emborrachado, y me las lle-
vaba al albergue. Y los domingos me llevaba tantas como
podía a la Misión Evangélica de Snelling.
Sentía gozo ayudando en esta obra y pensaba que era
algo que valía la pena. Sin embargo, el pensamiento de ir a
China me atormentaba. ¡China, China! y ¡siempre China!
No podía deshacerme de la idea de que Dios me necesi-
taba allá.
Por fin decidí que, si ninguna sociedad misionera me
enviaba, quizá yo me podría ir con alguna familia que nece-
sitara una niñera. Fui a Londres a pedir consejo, pero todos
se opusieron a mi idea.
—Quítate de la cabeza la idea de ir a China —me
dijeron—. Continúa con la gran obra de rescate que estás
haciendo.
Regresé a Swansea deprimida y desanimada, y en el
tren saqué la Biblia de mi maleta. En realidad no conozco lo
suficiente la Biblia como para comenzar a predicarla a otras
personas —me dije a mí misma entre tanto que pasaba una
página tras otra—. Tal vez necesite ponerme a estudiarla y
conocerla verdaderamente. De modo que comencé a leer
desde el primer versículo y seguí leyendo hasta llegar a
Abraham. “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu
tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra
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que te mostraré. Y… engrandeceré tu nombre, y serás ben-
dición” (Gn. 12:1-2).
Ese versículo me conmovió profundamente. He aquí
un hombre que había dejado todo —su hogar, su pueblo,
su seguridad— para marcharse a un lugar extraño porque
Dios se lo había ordenado. Tal vez Dios me estaba pidiendo
que yo hiciera lo mismo.
El siguiente mensaje conmovedor me llegó cuando leí la
historia de Moisés. He aquí otra vez a un hombre que hizo
algo sin tener absolutamente nada. ¡Qué valor tuvo para
emprender la marcha con una turba que desde el principio
se había mostrado rebelde y difícil de manejar! ¡Cuánta fe
debió haber tenido para obedecer a Dios y desafiar todo el
poder de Egipto y el despotismo del Faraón! Pero Moisés
tenía que iniciar la marcha; tenía que abandonar su tran-
quilo hogar en el desierto.
Aquí llegué a la convicción de que verdaderamente me
encontraba con un mensaje importante. Si yo quería ir a
China, Dios me llevaría allá; pero yo tendría que estar dis-
puesta a iniciar la marcha y abandonar la poca comodidad
y seguridad de que disfrutaba.
Finalmente decidí regresar a Londres, conseguir trabajo
como sirvienta en una casa, y ganar lo suficiente para pagar
mi pasaje a China.
Al tercer día de estar trabajando como sirvienta, me
encontraba sentada sobre la cama leyendo mi Biblia. Ahora
ya había llegado al libro de Nehemías. Sentí mucha pena
por él y pude entender por qué lloró y se lamentó cuando
escuchó acerca de Jerusalén y de su gran necesidad y de
que no podía hacer nada para ayudarla. Él era una especie
de mayordomo y tenía que obedecer a su amo así como
yo, pensé para mis adentros. Entonces me volví al segun-
do capítulo.
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—Pero él se fue —exclamé en voz alta, y una extraña
sensación de regocijo inundó mi ser—. ¡Él se fue a Jerusa-
lén a pesar de todo!
Entonces oí una voz como de alguien que estuviera en
mi cuarto, que me dijo:
—Gladys Aylward, ¿es el Dios de Nehemías tu Dios
también?
—¡Sí, por supuesto! —respondí.
—Entonces haz lo que hizo Nehemías, y vete.
—Pero yo no soy Nehemías.
—No, pero ciertamente yo soy su Dios.
Con eso quedó todo arreglado. Creía que estas eran las
órdenes de marcha para mí.
Puse la Biblia sobre la cama, a un lado de mi copia de
la Luz Cotidiana y, al otro lado, todo el dinero que tenía:
2½ d. (Dos y medio peniques, cerca de dos y medio cen-
tavos de dólar). Qué colección tan pequeña y ridícula me
parecían aquellas cosas, pero simplemente dije:
—Oh Dios, aquí está la Biblia de la cual quiero hablar
a otros, aquí está mi Luz Cotidiana que cada día me da una
promesa, y aquí están los dos y medio centavos de dólar
que tengo. Si Tú me necesitas, yo voy a China con esto.
En aquel momento, otra sirvienta asomó la cabeza por
la puerta y me dijo:
—¡Estás loca, Gladys! ¿Por qué cotorreas contigo misma
en esa forma?
Pero a mí no me importó. Sentí que Dios me estaba
empujando, y estaba dispuesta a obedecer. Sonó la campa-
nilla; mi ama me necesitaba.
—Yo siempre pago los pasajes de mis sirvientas cuan-
do las contrato —dijo—. ¿Cuánto te costó el pasaje para
llegar aquí?
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—Fueron dos chelines y nueve peniques desde Edmon-
ton, señora.
—Bien, toma estos tres chelines, y espero que te encuen-
tres feliz aquí, Gladys.
—Gracias, señora.
De modo que en unos cuantos momentos, mis dos y
medio peniques habían aumentado a tres chelines.
En mis días libres trabajaba en otras casas como cama-
rera, ganando algunas veces diez chelines o una libra por
ayudar en el comedor. Otras veces trabajaba toda la noche
en alguna fiesta social y ganaba hasta £1.20 (cerca de $7.50
oro). Y lo ahorraba todo.
Fui a una compañía naviera y pregunté cuánto costaba
el pasaje a China. Noventa libras esterlinas parecía ser lo
más bajo hasta que un dependiente dijo:
—Si usted desea lo más barato, puede irse por ferroca-
rril atravesando Europa, Rusia y Siberia.
Entonces me dirigí a las oficinas de Muller en el Hay-
market y le pregunté:
—¿Cuánto cuesta el pasaje sencillo a China?
Al oír mi pregunta, al empleado se le desorbitaron los ojos.
—¿A China, dijo usted? Vamos, señorita, no tenemos
tiempo para bromas. ¿Qué es lo que usted desea?
—Deseo saber cuánto cuesta el pasaje sencillo a China
por ferrocarril.
—Muy bien… ¡yo nunca! Pero, por supuesto, le infor-
maré a usted si viene dentro de uno o dos días.
El boleto me iba a costar £47.10 desde Londres a Tient-
sin, pero me advirtieron insistentemente que no utilizara
esa vía porque había guerra en Manchuria y no me garan-
tizaban que yo llegara a mi destino final.
—Hay demasiados riesgos —insistió el dependiente.
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—Yo soy la que tendré que afrontar esos riesgos. ¿Me
permite dejar algo a cuenta de mi pasaje?
Coloqué tres libras esterlinas sobre el mostrador, y cada
vez que ahorraba una libra la llevaba a la oficina de Muller.
Al principio, ahorrar para el pasaje me parecía algo casi
imposible, pero en los meses siguientes comenzaron a ocu-
rrir cosas muy extrañas.
Un día mi ama se dirigía a una fiesta con una de sus
amigas de su esfera social, pero en el último instante la
amiga se enfermó y no pudo asistir. Mi ama me mandó
llamar y con toda calma me dijo:
—Yo quiero que tú me acompañes a la fiesta en lugar
de mi amiga.
—Pero yo no puedo ir a una fiesta tan elegante en ese
jardín.
—¿Por qué no?
—¿Ha visto usted mis mejores vestidos?
—Bueno, si ese es el obstáculo, aquí tienes la llave de
mi guardarropa. Toma todo lo que necesites.
Como cualquier mujer, disfruté aquella fiesta toda la
tarde. Engalanada de pies a cabeza con los mejores atavíos
que jamás había lucido en mi vida, me paseaba de un lado
a otro junto con mi ama, sintiéndome a mis anchas.
Cuando regresé a casa y estaba a punto de quitarme
aquella fina ropa prestada, mi ama me dijo:
—Lucías muy bien esta tarde. Deseo que te quedes con
todo lo que llevas puesto.
De suerte que ahora me encontraba provista de la ropa
que justamente necesitaba y que jamás hubiera podido adqui-
rir por mí misma, y la cual utilicé hasta que llegué a China.
Fue así como gracias a muchos, y casi milagrosos inci-
dentes pequeños como el que acabo de mencionar, en lugar
de necesitar tres años para ahorrar el pasaje, en el otoño
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ya había logrado pagar en su totalidad la suma de éste a la
Compañía Muller, o sea 47.10 en libras esterlinas.
Ahora el problema era, ¿a qué parte de la China iría
yo? Por aquel entonces dio la casualidad de que un pastor
llamó a la casa de mi madre y solicitó mi ayuda para una
campaña de actividades religiosas en su iglesia. Ésta sería
la primera ocasión en la que participaría en una obra de
verdadera trascendencia pública.
Fue precisamente en una de estas reuniones que una
señora anciana me detuvo y me dijo:
—Yo también estoy interesada en China, porque una
amiga mía tiene otra amiga que acaba de regresar a ese
país. Se trata de la señora Lawson. Ella tiene ahora setenta
y tres años y ha sido misionera en China durante muchos
años. Regresó a casa después de que su esposo murió, pero
no pudo acostumbrarse aquí, y se ha marchado de nuevo a
China a pesar de su edad. Ahora ella ha escrito a mi amiga
diciéndole que está orando fervorosamente para que Dios
ponga el deseo de ir a China en alguna persona joven para
que lleve a cabo la obra que ella había ya iniciado.
—Muy bien, esa persona soy yo —le dije, e inmediata-
mente me puse a buscar a la señora que tenía la carta. Escri-
bí a la señora Lawson, y después de una larga espera vino
la ansiada respuesta: “La encontraré a usted en Tientsin, si
usted sabe cómo llegar”.
Con eso quedó todo arreglado. El ferrocarril me tendría
que llevar hasta Tientsin; la señora Lawson me esperaría allí.
Entonces comencé a empacar mis cosas apresurada-
mente. Mi padre insistió en que fuera a casa por algunos
días, y allí todos se esforzaron por ayudarme. Ivy Benson,
una amiga mía que también era sirvienta, me regaló una
maleta que yo necesitaba, y por cierto que no fue sino hasta
mucho tiempo después que descubrí que de ella provenía
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aquel regalo que había quedado en el anonimato. Mi madre
me cosió bolsillos secretos en el interior de mi chaqueta y
dentro de un viejo corset para que guardara mis boletos,
mi pasaporte, mi Biblia, mi pluma fuente, y dos cheques
para viajeros de una libra esterlina cada uno. Otra amiga
me regaló un viejo abrigo de pieles y mi familia le confec-
cionó un forro para que abrigara más.
Cuánta bondad mostraron todos conmigo, me doy
cuenta claramente cada vez que vuelvo a recordarlo. Qué
grande fue el sacrificio que mis padres hicieron al permitir
que me fuese sola a un lugar a miles de kilómetros de dis-
tancia, conscientes de que probablemente jamás volverían
a verme. Cuánto tengo que agradecerles el sacrificio de no
tratar de retenerme jamás.
En mi maleta llevaba galletas dulces y saladas, carne
enlatada, frijoles cocinados, pescado, cubitos de carne, esen-
cia de café, té y huevos cocidos. En un viejo cobertor del
ejército llevaba cosas sueltas y otras zarandejas, tales como
un poco de ropa, una colchoneta, una tetera, una cacero-
la, y una pequeña estufa de alcohol que completaba todo
mi equipaje. No llevaba dinero para comprar comida en el
camino, de modo que traté de apañarme con lo que llevaba
conmigo. La maleta estaba pesada, pero yo confiaba que al
menos se iría aligerando en el curso del viaje.
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