El Rescate de Pinochet: Novela
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El Rescate de Pinochet - Hermógenes Pérez de Arce
ADVERTENCIA PREVIA
Este libro lo protagonizan chilenos de carne y hueso, cuyos nombres están cambiados. Cualquier similitud de ellos con personas reales o difuntas es mera coincidencia.
Como en la vida real casi todos los de esta nacionalidad matizamos nuestro lenguaje con garabatos
, nombre que damos a las expresiones soeces, ellas suelen aparecer en el texto. Sorry!, como dirían nuestros contemporáneos Patricio Navia o Leonardo Farkas. Pues, por lamentable que ello resulte, si uno quiere ser veraz en el relato de hechos protagonizados por personajes nacionales, su lenguaje debe ceñirse a esa realidad.
Todos, salvo uno, de los protagonistas de esta historia eran, cuando los hechos ocurrieron, varones sesentones (luego, son actualmente setentones y algunos ya octogenarios); pertenecen a la clase tradicional chilena (o se habían asimilado a ella; o, por último, aspiraban a estar asimilados); son católicos (con un par de excepciones), poco pecadores (con otro par de excepciones) y derechistas cabales, sin excepciones.
Los hombres de las condiciones descritas nunca dicen palabrotas delante de mujeres o niños, pero sí entre ellos. Piensan que las mismas les dan sabor y gracia a las conversaciones y, confían, los hacen parecer más varoniles.
Pero el uso adecuado del garabato
es un arte que no todos dominan, ya sea por exceso, por defecto o por carencia de tino y oportunidad. En definitiva, es probable que sólo los caballeros (o quienes aspiran a serlo) sepan cuándo, cómo y por qué proferirlos apropiadamente.
En todo caso, pido anticipadamente excusas a los lectores a los cuales ellos puedan incomodar, pues la obligación de ser fiel a la realidad los ha hecho indispensables.
CAPÍTULO I
CÓMO EMPEZÓ TODO
Cuando, en octubre de 1998, se supo del secuestro del general Pinochet en Londres (porque, de hecho y en derecho estricto, fue un secuestro, aunque la Audiencia de España, que lo decretó, y la justicia británica, que lo concretó, lo hayan materializado a través de resoluciones judiciales), en Chile la derecha política, que había sido parte del gobierno de Pinochet, ya había tomado distancia
de él hacía tiempo.
De modo que los políticos de ese sector hicieron poco por la liberación del ex Presidente, como no fuera escribir cartas a los diarios, emitir proclamas sobre la ilegalidad de su detención y el agravio que ella representaba para la soberanía del país e ir a visitar al prisionero a Londres.
La izquierda, por supuesto, celebraba.
Un abogado chileno, llamado Pablo Santander, que tenía connotación pública en esos años, proclamaba en diversos círculos e instancias que a Chile se le había inferido una afrenta y debía reaccionar condignamente ante ella. Y decía a los cuatro vientos la frase típica de los chilenos cuando creemos indispensable actuar y no actuamos: ¡Hay que hacer algo!
Pero nadie lo tomaba mucho en cuenta.
Sabiendo que el origen de esa agresión extranjera era una orden de arresto despachada por un juez español, Baltasar Garzón, que antes había sido diputado socialista; y que él había actuado a instancias de un connotado marxista español, el abogado Joan Garcés (en su tiempo asesor de Salvador Allende, durante el gobierno de la UP), le parecía obvio que el proceso contra Pinochet era una venganza política.
¿Quién haría algo?
En un comienzo, Pablo Santander confió en que iban a ser las fuerzas armadas chilenas las que hicieran algo
, pero, al parecer, la última gota de audacia circulante por las venas de sus mandos se había extinguido junto con jubilar los protagonistas del 11 de septiembre de 1973. Sus sucesores parecían no querer problemas con los gobernantes locales, centroizquierdistas e izquierdistas, que accedieron al poder desde 1990; y, con pocas excepciones (constituidas por un trío de almirantes, que todos sabemos quiénes son) sólo aspiraban a terminar sus respectivos períodos de mando sin sobresaltos mayores. Ergo, no iban a hacer nada.
Pablo hablaba de la situación en todos los círculos en que se movía, que en ese tiempo eran variados. Y siempre terminaba sus indignadas peroratas con la frase sacramental: ¡Hay que hacer algo!
Pero la gente importante lo miraba con escepticismo (como siempre lo había hecho, por lo demás), y le decía lo que habitualmente le había dicho: ¡Es que eres tan exagerado!
.
Concepto que no deja de ser honroso, pues Arturo Prat también fue un exagerado, cuando en 1879 saltó en Iquique al abordaje del Huáscar
; y también Bernardo O’Higgins, cuando en 1814, en Rancagua, a caballo, cargó contra los cañones realistas. Sí: las empresas heroicas sólo pueden llevarlas a cabo tipos exagerados.
Entonces Pablo opinaba que, justamente, lo que necesitábamos en Chile, ante el secuestro de Pinochet, eran hombres así. Y como no se veía ninguno, finalmente cayó en la cuenta de que, si iba a haber alguien que hiciera algo
, iba a tener que ser él.
Entonces fue que decidió rescatar a Pinochet.
Cuando planteó la idea en su hogar, su mujer, que ha sido siempre una portaestandarte del sentido común, le dijo lo obvio: que estaba loco. Pero, sabiendo él por experiencia que cuando le sometía proposiciones idealistas, ella siempre le respondía lo mismo, su opinión no le alteró el ánimo.
Luego, con mucho cuidado, puso la misma idea sobre la mesa de un consejo de personalidades del que entonces era miembro. Éste siempre había sido más benévolo con sus idealismos que su mujer. No obstante, esta propuesta en particular fue acogida por los demás integrantes con sonrisas compasivas y sin que siquiera les mereciera comentarios, limitándose, quien lo presidía, tras la encendida convocatoria de Pablo, a pasar a otro tema de la tabla del día.
Se sintió, con justa razón, solitario en su propuesta de reivindicación patriótica.
Pero al final hubo un círculo donde encontró algún eco: el de los trotadores que en ese tiempo se reunían a correr, los sábados y domingos en la mañana, en La Pirámide, al pie del cerro San Cristóbal.
La plata… siempre la plata
Si bien, cuando les dijo sin más que el grupo debía liberar a Pinochet la mayoría se rió, él no se arredró, porque siempre acostumbraban reírse de sus proposiciones. En realidad, nunca le habían tenido el debido respeto. Pero, en este caso, después de que les peroró un rato sobre la deshonra nacional, la iniquidad jurídica del atropello, la falta de reacción patriótica y todo eso, hubo uno del grupo, Sebastián Barra, próspero industrial, que le dijo con toda seriedad:
—Oye, yo estoy dispuesto a poner medio millón de dólares para el rescate de Pinochet. Te lo digo en serio.
En ese momento Pablo supo que había material para hacer algo. No lo dijo, pero él también estaba dispuesto a aportar otro tanto.
Entonces otro de los trotadores, Simón Bruzitski, de ascendencia judía, dijo que iba a sondear entre los israelíes acerca de un plan de rescate, porque ellos eran expertos en eso. Pero —añadió— no creía que fuera a resultar muy barato.
Y, efectivamente, no muchos días después llegó con una respuesta: Los israelíes dicen que por cincuenta millones de dólares rescatan a Pinochet
.
Bueno, ese monto era imposible de reunir y, por lo demás, nadie del grupo tenía idea de a quién ni de cómo pedir semejante cantidad. Mejor dicho, sabían ambas cosas, pero también que no iban a lograr jamás juntar cincuenta millones de dólares. Además, por simple intuición, Pablo estaba cierto de que un rescate podía costar mucho menos. ¿Que los israelíes nos habrán visto las canillas?
, pensó.
Siguió dándole vueltas al asunto, porque es obsesivo y tenaz, y concluyó que no era ni tan caro ni tan difícil dejar a salvo el honor de Chile en ese trance.
Por otra parte, en esa época frecuentemente él temía que, así como iban las cosas, iba a llegar a viejo exclamando, en cada encrucijada nacional importante, ¡hay que hacer algo!
, sin haber hecho nunca nada.
Ahora se le presentaba una oportunidad de jugarse por un logro patriótico significativo.
Días después de su primera convocatoria, los trotadores del cerro se juntaron a almorzar en el Eladio
de Bellavista, un restaurante donde preparaban unas carnes muy buenas. Los kilos que perdían en el trote los recuperaban en el Eladio
.
Eran trece en la mesa ese día, como muchas veces, y eso no les importaba nada, porque nunca ninguno se había muerto.
Pablo les preguntó si estarían dispuestos a participar en una operación en Londres, con todos los gastos pagados, pero con posible riesgo vital
, como ya se decía en 1998.
Otro circunstante, Marcos Fuenzalida, le respondió, en su lenguaje habitual, y como sabiendo perfectamente a qué se refería, aunque no lo hubiera revelado:
—Mira, huevón, yo les he dicho muchas veces que no me importa nada morirme, y como encuentro que los coños
y los gringos
son unos culeados de mierda, si alguien me paga el viaje y puedo ir a sacarles la chucha, estoy dispuesto a hacerlo. Siempre,
