Mostrando entradas con la etiqueta principales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta principales. Mostrar todas las entradas

Quiche de puerro, tomates y queso de montaña

julio 24, 2026
Burdeos, enero de 2014. La Fédération française de génétique humaine se disponía a entregar su gran premio a Marthe Gautier por su papel en el descubrimiento de la trisomía 21 -ella había identificado el cromosoma adicional asociado al síndrome de Down-. Poco antes del congreso, la Fundación Jérôme Lejeune se enteró del evento y de la intención de la científica en exponer abiertamente sobre su descubrimiento que -Oh, sorpresa- se lo apropió Lejeune.

El modus operandi es el clásico del fenómeno Matilda. Pero esa fundación, enriquecida gracias al aporte de Marthe, utilizó su poder en los tribunales -nada como disponer de muchos caudales para tener a tu disposición a los tiburones de la abogacía- y obtuvo autorización legal para que un alguacil grabara su intervención. El fin de esta estrategia estaba claro: amedrentar, coartar e intimidar a la Federación alegando que quería observar si se difamaba la memoria de Lejeune.

Y no se lo pensaron: anularon el acto y, envuelta en una bolsa de plástico, alguien de la Fundación le entregó el premio. No tuvieron la valentía de realizar ni tan siquiera un acto privado que reconociera el mérito de Marthe.

Y esto, fue ¿acoso? ¿humillación? ¿impunidad? A ver señoras y señores, tampoco saquemos las cosas de su sitio. Lo importante es que, a raíz del escándalo que se formó, el comité de ética del Instituto Nacional de investigación biomédica francés hizo público un dictamen a favor de Marthe Gautier. Y esto ya fueron palabras mayores aunque, al fin y al cabo, la cosa quedó solo en eso: palabras. Marthe acababa de cumplir 89 años.

Para reconocer sus méritos con algo de justicia poética -o lo que sea-, fue condecorada como oficial de la Legión de Honor, condecoración que ya había rechazado en un par de ocasiones porque no le iba eso de que le doraran la píldora. Ella quería reparación. Y bueno, lo aceptó como un acto de protesta. Una última peineta al mundo científico antes de irse al otro mundo, algo que todavía alargó unos 6 años más.

Pero aquí no termina la violencia legal que la Fundación del Jérôme ejerció contra todo aquel que quisiera reconocer los méritos de Marthe Gautier: bastantes años después, la física y dramaturga Élisabeth Bouchaud -autora de la serie teatral Les Fabuleuses, dedicada a Matildas como Lise Meitner, Jocelyn Bell y Rosalind Franklin- estrenó el cuarto episodio de la serie dedicado a Marthe. Estamos en 2026 y la obra reproduce, entre otras cosas, el  escándalo de Burdeos. Y de nuevo, los herederos de Lejeune -a través de la dichosa Fundación- demandan a Élisabeth Bouchaud por difamación hacia la memoria de los muertos.

En fin, ya sabemos cómo funcionan estas fundaciones y asociaciones de supuesta alta moralidad pero que usan los tribunales para amordazar, intimidar, acosar y despellejar a los que levantan la voz en contra de sus intereses. O que sienten que se levanta la voz contra ellos porque parece que todo vale menos que se imponga la verdad. Porque esa obra no es un manifiesto contra Lejeune sino un acto para visibilizar a Marthe.

Bouchaud, naturalmente, ha sido respaldada por numerosos estamentos científicos, artísticos y culturales -como el Bureau de la Académie des sciences, la institución científica de más peso de Francia-, que la han apoyado denunciando esta tentativa de limitar su libertad artística por parte de la familia Lejeune quien persigue silenciar, cueste lo que cueste, a Marthe Gautier.
El robo -sí, nada de tibiezas querido lector- ocurrió bajo el mismo modus de siempre: científica descubre algo crucial, hombre se lo apropia, institución/nes lo protegen y comunidad científica que calla. O susurra. O dice: a ver señoras y señores, tampoco saquemos las cosas de su sitio. Porque seamos francos: desde que Margaret tiró de la alfombra, el mundo se conforma con entregar un par de premios, una placa conmemorativa -y no siempre- adornado todo ello con un discurso en plan "Oh cuanto talento tienen las mujeres y qué poco las hemos reconocido. Bueno, no pasa nada. Aquí estamos para repararlo". Y hala, todas tan contentas.

Bueno, pues Marthe no. Ella no se callaba ni debajo del agua. Durante años, no tuvo altavoz para denunciar lo que pasó. Su frustración se limitó a mandar la investigación al garete y volver a dedicarse al mundo académico. Lo entiendo, a veces hay que hacer estas cosas por salubridad espiritual. O mental. Tú sabes. Y años después, con el Efecto Matilda revoloteando por el mundo entero, se dijo: Como me calle otra vez, me enveneno. Y tiró para adelante.

¿Cómo, qué no te he contado como fue el regate de la trisomía 21? Te lo resumo: En 1958, Marthe ensayaba con una técnica de cultivo celular que había aprendido en Harvard y que nadie más dominaba en su laboratorio. Así logra ver el cromosoma de más causante del síndrome de Down. Pero carece de microscopio con cámara, así que confía sus preparaciones a Jérôme Lejeune, entonces un joven becario del servicio, para que las fotografíe.

Y le hace el lío: publica el hallazgo por su cuenta firmando como primer autor, relegando a Gautier al segundo lugar pese a haber sido ella quien concibió y ejecutó la parte técnica decisiva. A partir de aquí, todo son méritos, logros y recompensas a Lejeune en solitario mientras que Gautier, silenciada y sin altavoz durante décadas, termina abandonando esa línea de investigación. Regresa a la docencia más quemada que la pipa de un indio.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Pero oye, a mí no me hagas caso alguno porque soy una incendiaria. Porque soy tan mal pensada que omito constantemente la premisa de la presunción de inocencia, esa parte que dice "que por ignorancia o atribución errónea". Un cuerno. O dos. O los que haga falta porque aquí nadie se chupa el dedo y muchos de los impostores tuvieron ocasión de rectificar y dejar hueco a las Matildas y no lo hicieron. Porque no les dio la gana.

Vale; dame un minuto que me calme.

Lo voy a replantear: si lees esta entrada sobre los impostores, verás que pongo tres ejemplos de robos entre varones. Y los tres tuvieron grandes consecuencias en vida. Pero con las Matildas, no. Creo que ninguno ha rendido cuentas. Y en muchos casos, como con Marthe, la comunidad científica no se revolvió hasta que él murió porque una vez muerto, no hay nadie a quien sancionar. Y si ella habla, es mancillar el honor de un muerto que mira por donde, está sancionado por la ley.

Sinceramente, creo que el relato dominante del Efecto Matilda es únicamente una narrativa de consuelo: se reconoce el agravio, lo lamentamos, y se cierra el hilo con gestos simbólicos. Pero ¿Quiénes se benefician materialmente del borrado? ¿Por qué no se exigen reparaciones? No hay comisión de fraude ni pérdida de nada relevante para el beneficiario. Sigue saliendo gratis -digo, sustancioso, pero que muy sustancioso- silenciar científicas. Porque la ausencia de consecuencias no es un accidente del paso del tiempo, no es cosa de siglos pasados; es parte del patrón y la premisa bajo la cual el sistema permite que el relato se corrija, pero solo cuando no implique molestias a las instituciones científicas. Esos conflictos, están solo reservados para ellos. Y a las pruebas me remito.
Ingredientes (para un molde de 35cm. de largo o 22 de diámetro):
  • 150gr. de harina
  • 50gr. de almendra molida
  • 100gr. de mantequilla blanda
  • 3 cdas. de buttermilch o yogur
  • 1 pizca de sal
  • Mostaza para cubrir la masa
  • Algo de mantequilla extra
Para el relleno:
  • 1 puerro grande
  • 1 chorrito de vino blanco
  • 3 huevos
  • 200gr. de crème fraîche
  • Sal, pimienta y nuez moscada
  • 150gr. de Bergkase (o queso montañés de los Pirineos o los Alpes)
  • Tomates secos a tu gusto
  • Cebollino y estragón fresco (o tu hierba favorita) 
Preparación:
  1. Mezcla todos los ingredientes de la masa (menos la mostaza) y amasa brevemente hasta que tengas una masa suave y homogénea.  Deja que descanse en la nevera unos minutos.
  2. Mientras, saltea con un poco de mantequilla el puerro cortado en rodajas finas. Añade el vino, retira del fuego y deja que repose.
  3. Mezcla los huevos con la crème fraîche y añade la sal y las especias. Incorpora el queso rallado o molido.
  4. Precalienta el horno a 180ºC.
  5. Enmantequilla el molde, fórralo con la masa y extiende una capa muy fina de mostaza. Añade la capa de puerro.
  6. Incorpora la crema de huevo y decora con unos trocitos de tomates secos a tu gusto.
  7. Hornea hasta que veas que tiene un bonito color dorado y el relleno luce cuajado. Sirve con las hierbas frescas por encima.




Stamppot de col con salchicha

junio 12, 2026
En 1893, en Londres para más señas, un sonado juicio hace retumbar los cimientos del arte a costa de un supuesto Frans Hals que no era lo que tenía que ser. Un reputado marchante de arte londinense llamado Charles Wertheimer se hace con un cuadro que todo el mundo tiene por una obra maestra del famoso pintor barroco. La galería Thomas Lawrie & Sons lo compra por una suma astronómica porque sabe que hay un enorme interés en el mercado por adquirirlo.

El cuadro pasa de manos y cuando los conservadores de la firma Lawrie se ponen a limpiar el barniz y la suciedad acumulada por el paso del tiempo, sobre la esquina donde figura la firma de Frans Hals, aparecen las letras "JL" entrelazadas con una estrella de ocho puntas. Ese monograma es la firma de Judith Leyster. Y se arma el belén.

Este escándalo, que se resolvería de aquella manera en los tribunales, deja en ridículo a los más renombrados expertos en arte de Europa, que llevaban décadas alabando la "fuerza puramente masculina" de un cuadro que, mira por dónde, lo pintó una mujerona de armas tomar. Ja, deja que me ría un rato antes de seguir. 

Pues eso, que una cosa lleva a la otra y en el aire quedó flotando la pregunta del millón: con este método ¿cuántos pufos más les habían colado los falsificadores? Pues el historiador del arte holandés Cornelis Hofstede de Groot se huele el pastel y se imagina que lo mismo el caso Judith Leyster es solo la punta del iceberg.  Y vaya que sí. Se recorrió los museos más importantes del mundo buscando la JL y la estrella en los cuadros atribuidos a Frans Hals  -y otros tantos atribuidos como anónimos- y el follón ya fue mayúsculo.
De Groot en esta primera batida, encontró siete obras de Judith con la falsa firma de Hals. Él dejó el libro de instrucciones marcado y posteriormente se han llegado a identificar hasta 35 obras de la pintora de Haarlem. 14 firmados por Hals, otros cuantos por su esposo y el resto como anónimos, ya que cualquier cosa valía con tal de dar valor a un cuadro no por su destreza e impacto artístico sino por el valor del firmante. Siempre varón, por supuesto.

Pero vamos a hablar de Judith, que es a lo que he venido. Nació en 1609 en Haarlem, Países Bajos. Era la hija de un cervecero local -no es relevante pero mola un montón- y con 20 años pintó El bufón del laúd, una obra rematadamente buena que siglos después fue requeteadmirada en el Rijksmuseum de Ámsterdam bajo la firma de Hals.

Con 24, ya era una jefaza. Y lo dejó claro al convertirse en maestra de pleno derecho en el gremio de San Lucas de Haarlem, una cofradía reservada a los hombres. No fue un regalo porque tuvo que ponerse farruca ya que, sin pertenecer al susodicho, no podía abrirse un taller ni vender su arte ni tener alumnos propios. Y mira por donde, tenía además de talento artístico una mano magistral para el negocio que floreció rápidamente haciéndole la competencia a sus colegas varones. Y el más eminente era, como no, Frans Hals.

Fueron maestro y discípula al principio de su carrera y se influyeron mutuamente, esa es la realidad. Pero un par de años después de que Judith se estableciera por su cuenta, tuvieron una enzarzada que terminó en los tribunales.  Hals le pirateó un alumno algo que el gremio no lo permitía y como el hombre, muy venido arriba, pensó que ella no iba a tener pinceles suficientes para denunciarle, pues la cosa se lió parda. Porque lo hizo y el gremio le dio la razón obligando a que el pintor más famoso de Haarlem tuviera que compensarla económicamente. 

No contenta, se las vio también con el propio gremio por las abusivas tasas que imponían a sus cofrades. Montó una huelga fiscal junto a otros artistas y se negó a pagar ni un florín hasta que no se bajaran del burro. Y lo consiguió. 

Un año después se casó con el también pintor Jan Miense Molenaer. Fusionaron los talleres y aquí es cuando el esposo empieza a acaparar la producción de piezas mientras ella se encarga del negocio. Y las cosas les fueron fenomenal pero a costa de que su obra quedara ensombrecida por la marca familiar de su marido.

Murió joven, con 50 años. El viudo enseguida empezó a tener problemas financieros porque -menuda casualidad- se quedó sin inspiración artística y comercial. Y sin cortarse ni una pizca, se adueñó de la obra de su difunta. Y a nadie le chirrió el asunto. Ni nadie fue consciente de que las piezas de Leyster habían desaparecido del mapa. Fue literalmente, borrada. 
Tras el bombazo del juicio en Londres, el espíritu de Judith sacudió el mercado del arte porque marchantes, coleccionistas y museos temblaban ante la eventualidad de que sus Hals fueran Leyster. También te digo que el revuelo fue solo de egos heridos porque no existió intención alguna de valorar a la artista como se merecía.  Ego y dinero. Eso fue todo.

Tuvo que pasar mucho tiempo aún para que, con el auge de los museos americanos en los años 20 y 30, el nombre de Judith Leyster empezara a cotizarse como rara avis, porque como apenas se habían recuperado unas 35 obras, tener un Leyster original se convirtió en un símbolo de estatus. Su valor de mercado se equiparó al de los grandes maestros del barroco. Algo de justicia, por fin.

La guinda; con motivo del centenario del escándalo, el Rijksmuseum de Ámsterdam y la National Gallery de Washington organizaron su primera gran exposición monográfica. Y bingo: los precios se dispararon moviendo millones de euros en subastas del nivel de Christie's o Sotheby's.

Así que- permíteme la vulgaridad- Judith Leyster le ha hecho la peineta a todo quisque en el mundo del arte. Hasta después de muerta, se ha salido con la suya y por más que han querido silenciarla, ha dejado bien clarito que ella no se calla ni bajo tierra.
Ingredientes:
  • 1 cebolla muy picada
  • algo de ajo en polvo
  • 1/2 col cortada en tiras
  • caldo concentrado de verduras
  • sal y pimienta
  • 3-4 patatas grandes cocidas
  • 1 cda. de mantequilla
  • perejil picado
  • 1-2 salchichas ahumadas a la plancha

Preparación:
  1. Cuece las patatas peladas y cortadas en agua con sal.
  2. En una sartén grande, rehoga la cebolla cortada muy fina con un poco de aceite de oliva o mantequilla. 
  3. Añade la col cortada en tiras finas. Rehoga, salpimienta y añade algo de ajo en polvo. Agrega algo de caldo concentrado de verduras con un poquito de agua, tapa y deja que ablande a fuego medio-bajo.
  4. Mientras, machaca las patatas con la mantequilla y las añades a la col. Rectifica de sal y pimienta y añade algo de perejil picado.
  5. Sirve con salchicha ahumada a la plancha.

Sopa nórdica de patata con puerro y salmón

mayo 29, 2026
Con todo el dolor que una madre puede condensar, Ada acaba de dejar a su hijo Bennett en un orfanato. Ya ha perdido a dos criaturas y solo le queda él. El crío tiene tuberculosis y ella es tan pobre que no puede pagar el tratamiento para su cura. Le habían hablado de una expedición que necesitaba una cocinera y ofrecían buena paga. La completaban varias familias inuit que debían formar el nuevo asentamiento. A su vuelta, contará con el dinero suficiente para salvar la vida de su hijo.

Pero la aventura fue un descalabro de principio a fin. La componían cuatro tipos sin experiencia alguna; las provisiones eran solo para seis meses y claro, a punto de embarcar y ante este percal, los inuit dijeron que ni hablar. No solo escaseaban los suministros; faltaban cazadores y gente curtida que garantizara que el campamento estaría seguro antes de la llegada del invierno. Y aquellos jóvenes blancos  olían a estorbo, a problemas. Y los apuros en el Ártico significaban la muerte. Así que se fueron sin más.

¿Y qué hicieron? Lo más fácil. Presionar a la más débil, la más necesitada. Y a Ada -pobre mujer-, entre que no entiende del todo los peligros a los que se enfrenta, le recuerdan que la vida de su hijo enfermo dependía de su trabajo. Supongo que sintió que no podía faltar a su promesa, que necesitaba ese dinero más que el comer y que, lamentablemente, no tenía otra manera de conseguirlo.

Y ahora toca poner contexto. ¿Eran una pandilla de zotes ignorantes que desafiaron el Ártico sin saber nada de él? Va a ser que no. Por lo menos del todo. Había mucha avaricia de por medio. Te lo voy a hacer corto. 

La expedición a la isla de Wrangel, la ha organizado un tal Stefansson que hacía unos años ya la había liado parda en otra expedición. Uno de los barcos, el Karluk, se quedó atrapado en el hielo con muy mala pinta. Con la excusa de ir a cazar para llevar comida a los tripulantes, el tipo pone hielo de por medio. No vuelve. El barco se hunde y los supervivientes se refugian en la isla de... eso es, de Wrangel.
Allí las pasan canutas, se habla de cosas feas y entre los pocos que regresan está un tripulante, un tal Fred Maurer. Hay algo de escándalo pero el Stefansson va capeando el temporal. El tipo es un arrogante del ocho y muy venido arriba. Mantiene que el Ártico es un sitio "amistoso" de la leche. Que a veces pasan cosas pero nada que no se pueda reparar. Lo de perder vidas lo dejamos aparte porque eso no es que suene amigable. 

El caso es que la isla de Wrangel le huele a pasta. Si consigue establecer una colonia permanente durante al menos dos años, podría reclamar la soberanía -era de los rusos pero ya arreglaría ese detalle después- y los derechos mineros -fijo que saldrían cosillas- e intuyó que era un lugar privilegiado para montar un aeródromo de repostaje. Los aviones, que eran el futuro, tenían poca autonomía y con un enclave de esa guisa se iba a forrar.

Y aquí reaparece el Fred Maurer y es como que la vida no le ha ido demasiado bien. Por lo que sea, le pide a Stefansson que le contrate, que le firme parte del reparto y a cambio, él no dice esta boca es mía. ¿Por qué? Bueno, es posible que supiera secretillos de cuando lo del Karluk que no estaría bien para el negocio que se airearan -yo no lo sé, lo único que hago es seguir la línea de puntos-. 

Pero esta vez -para evitar negociaciones futuras- le obliga, a él y al resto de los fichajes, a firmar un contrato de confidencialidad así como la propiedad de los diarios que se escriban durante la expedición. Esta vez, contratos sin cabos sueltos. Por lo que fuera.

Y así es como esta panda llega a la isla, con Ada aterrada, consciente de que está sola entre cuatro hombres que a saber qué le pueden hacer. Llegan a Wrangel y queda horrorizada: ve los restos de los naufragados del Karluk y el pánico se apodera de ella. Comprende que está metida en una aventura sin retorno. Que de allí no hay forma de escapar. 
He tenido que atar a la costurera al poste fuera de la tienda durante unas horas para que entienda que tiene que obedecer las órdenes y dejar de llorar. No podemos permitir que su holgazanería hunda el campamento.
Ada se niega a trabajar hoy alegando que le duelen las manos. Le he dicho que en esta isla quien no trabaja, no come. No habrá rancho para ella hasta que termine los sacos de dormir
Y encima, los muy malasombras, pretenden que cargue con el trabajo inicialmente previsto para los inuit que decidieron no embarcar. Sin experiencia, sin saber cazar, sin conocimiento de nada más allá de cocinar y coser pieles. Y la tratan peor que a un animal. Sin compasión. Los castigos son frecuentes y el trato vejatorio se hace insufrible. Ya no sabe a quién tiene más pánico: a estos hombres, al frío o a los osos. 
Y menciona [ Knight ] a mis hijos y dice que no es de extrañar que tus hijos mueran porque nunca los cuidas bien. Simplemente me desgarra en pedazos cuando menciona a los hijos que perdí. Esta es la peor vida que he vivido en este mundo.
Y así pasan los meses. Ada espera con ansia la llegada del barco de reabastecimiento previsto para el verano; el mismo que debe llevarla de vuelta tras cumplir el año acordado con Stefansson. Y éste, como si fuera novato, sin tener en cuenta lo ocurrido con el Karluk, manda un pequeño navío que como es lógico, se queda atrapado en el hielo. Sorpresa.
Y también, por lo que sea, resolvió no enviar un segundo barco a reabastecer el campamento. Abrigando su teoría del Ártico amigable, quiso demostrar que él tenía razón y decidió posponer la ayuda para el verano siguiente. Y aquí empezaron a pasarlo de pena. Todos ellos enfermaron de escorbuto. Ada no. Ella, con sus salvajes costumbres de comer vísceras de foca, sangre fresca y demás guarradas, mira por dónde, no enferma.

Lorne Knight es el que peor está. El invierno se ha adelantado y la caza se está dando mal. Pasan hambre, frío y mucha necesidad. El ambiente entre ellos es bastante infumable.
Y cuando entro y enciendo el fuego Knight empieza a ser cruel conmigo, no puedo contar cuántas veces empezó a ser cruel conmigo. Cada vez dice algo en mi contra. Dice que [mi exmarido] Jack Blackjack era un buen hombre y tenía razón en todo, y tenía razón al tratarme mal.
Y hasta aquí hemos llegado. O eso piensa Fred. Ve por lo que está pasando Lorne y sabe perfectamente cómo terminará la historia; ya lo vivió en 1914. Antes de empeorar y mientras aún tiene fuerzas, toma la decisión y convence a los otros dos de hacerse un Stefansson: "decimos que vamos en busca de ayuda y pies para qué os quiero. ¿Y Ada? ¿A quién le importa Ada? Además, alguien tiene que cuidar del pobre Knight. Por dios, no somos salvajes".

Y adiós. Quq os vaya bonito. De estos tres nunca se sabrá si les fue bien, regular o a medias, porque no se supo más. El Ártico se los devoró sin caldo ni guarnición. El universo se quedó sin tres melindres de baja estofa y peor moral que luego el Stefansson convirtió en héroes del hielo polar.   

Y Ada tiró como pudo. Knight, evidentemente murió. Estaba sentenciado. Y ella luchó por vivir, vaya que sí. Como fuera, pero había que vivir. Y rezar. Y esperar que el mundo no se olvidara de ella. Y la vida quiso que la dulce Vic, la gata que les acompañó en este despropósito de viaje, sobreviviera siendo su único consuelo y abrigo en aquellos dos meses largos hasta que llegó el esperado rescate.
Si algo me pasa y se sabe de mi muerte, hay una tira negra para la cartera de los libros escolares de Bennett, para mi único hijo. Deseo, por favor, que le lleven a Bennett todo lo que me pertenece. No sé cuánto me alegraría volver a casa con mi gente.
Ada regresó. Ella, que fue abandonada a su suerte y terminó siendo la única que cuidó de Knight hasta su último latido -a pesar de haber sido un completo capullo hasta el final-. Ella cumplió y volvió a por Bennett. Y aunque le costó lo suyo, consiguió cobrar sus honorarios y curar a su peque. Y prefirió vivir sin contar demasiado. Sin querer saber de los giros de guion que Stefansson se marcó, manipulando los diarios de sus aventureros a su antojo. Vivió como vivía el pueblo inuit: en la pobreza y olvidada por todos. Aun así, un periódico dijo de ella:
Ada Blackjack ha escrito el capítulo más grande de la historia del Ártico. No sobrevivió por su fuerza física, sino por una fuerza de voluntad que no hemos visto en ningún explorador hombre.
Ada Blackjack está enterrada en el Memorial Park de Anchorage, en Alaska y en su tumba se puede leer: La heroína de la Isla de Wrangel.
Ingredientes para 3-4 personas:
  • de 800-1.000gr. de patatas
  • 1 puerro grande
  • 2 dientes de ajo
  • 1 litro de caldo de pescado
  • 250ml. de nata líquida
  • sal y pimienta
  • 2-3 lomitos de salmón
  • Eneldo y perejil fresco

Preparación:
  1. En una cazuela, con unas gotas de aceite, pon las patatas peladas y cortadas en trocitos menudos y el puerro en aritos finos. Rehoga brevemente y añade el caldo de pescado y el ajo machacado. Deja que cueza a fuego lento hasta que la patata esté blanda.
  2. Mientras, en una sartén con unas gotitas de aceite, saltea el salmón. Sala un poco y añade un poquito de mantequilla para que coja sabor y selle bien el salmón para que no se quede seco. 
  3. Cuando las patatas estén blandas, salpimienta y añade la nata, el eneldo muy picado y por último el salmón cortado en trocitos. Apaga el fuego y deja que repose unos unos 5 minutos. Termina con un poco de perejil picado

Cazuela de chicken & dumplings

mayo 21, 2026
Es de noche y sin luna en los pantanos de Maryland. El barro le llega hasta las rodillas y la humedad nocturna le ha calado hasta los huesos. En la lejanía se oye el ladrar de perros; no parece que se acerquen, y eso es buena señal.  Aun así, la ponen muy nerviosa. Un pequeño error en la ruta a seguir, y los perros de cualquier granja aledaña podrían oler el rastro. Y cuando esto pasa, el capataz sabe que es hora de salir a cazar. A la caza del esclavo. De cualquier edad y sexo. A la caza de negros que solo merecen el látigo primero y la horca después. 

Ningún fugado habla ni se queja. Han sido advertidos. Harriet no va a dudar en usar su revólver. La vida del grupo, de la red del "ferrocarril subterráneo" y del legendario "teletipo de la parra" dependen de no ser descubiertos. Si algún esclavo intenta huir despavorido por culpa del miedo y es cazado, entre latigazo y latigazo, antes de que su cuerpo cuelgue de cualquier árbol, los habrá delatado a todos. A las familias cuáqueras que dan soporte, también. 

Desde hace horas, Harriet tampoco habla. Se comunica imitando al búho o al zorzal. Su apenas metro y medio de estatura facilita su camufle entre los juncos o los magnolios silvestres. Solo sus ojos la delatan: fríos y duros como el acero. 

Ella es Harriet Tubman. Y fue la gran jefaza del ferrocarril subterráneo, una red clandestina de hombres y mujeres valientes que sabían más que el hambre. Estaban tan bien coordinados que hizo el mismo viaje trece veces al sur para rescatar a familiares y decenas de personas más, de la esclavitud. 
Nunca perdí un pasajero y mi tren nunca se salió de la vía.
Y no mentía. El viaje era largo, había que alimentar al grupo y elegir bien las etapas a seguir ya que a veces había que modificarlas sobre la marcha dependiendo de si había cerca partidas en su búsqueda. Cosa, por cierto, que siempre pasaba.

Y ese éxito, en gran parte, se debía a que el teletipo de la parra seguía funcionando, haciendo que las noticias corrieran como la espuma y manteniendo consignas secretas que hablaban más claro -y rápido- que el telégrafo. Para comunicarse con los esclavos que estaban escondidos en los campos sin levantar sospechas, utilizaban cantos espirituales modificados. Si en una plantación se cantaba Go Down, Moses cambiando sutilmente el tono, significaba que el camino estaba despejado; si se cantaba otra melodía, la cosa se ponía difícil y significaba que los sabuesos estaban cerca y había que ocultarse y estar bien calladitos.

A veces a los niños pequeños se les daba algo de opio para que no lloraran. La cabeza de Harriet tenía precio, y no era moco de pavo, aunque daba un poco igual porque si eran descubiertos todos terminarían del mismo modo; columpiándose por el cuello porque así es como se zanjaban siempre todos los asuntos de esclavos. Total, eran baratos y había muchos. 

Y esta manía de salvar esclavos de las plantaciones sureñas, ¿de dónde le venía? Pues de su carácter inquebrantable; por sus bemoles; porque era lo justo; porque había que parar esa locura. Tal cual. Y bueno, sus circunstancias personales también influyeron porque hay cosas en la vida que cuesta hacerlas la primera vez. Luego se coge carrerilla y amplia es Castilla. O Maryland.

Harriet estuvo casada con un liberto que miraba más por sus cosas que por las de su esposa, que seguía siendo esclava. Esta parte de la historia, no te la puedo confirmar ni desmentir porque el puritanismo con el que han envuelto su vida, hace que no podamos decir a ciencia cierta pero los hechos a veces hablan por sí mismos. 
Si una esclava daba a luz, alumbraba esclavos. Tal cual. Y a ella no le salía del moño. Parece -hay secretismo con esto- que Harriet quedó embarazada o bien del esposo, del capataz o del patrón que todos tenían derecho a usarla. El marido dijo que pasaba de huir, que le daba igual, que él no solo no iba a escaparse sino que amenazó con delatarla. Así las cosas, se va a la francesa y mientras está oculta parece que parió a una criaturita que dejó con una buena familia de esclavos manumitidos. Como cualquier madre, el dolor debió ser infinito y prometió volver a por ella.

Ya en Filadelfia se convierte en una mujer libre por derecho propio. Y los siguientes diez años los pasa rescatando esclavos en un total de trece expediciones. Sus hazañas se cuentan por doquier y empiezan a apodarla "Moisés". No es para menos. En estas misiones, libera a sus hermanos y a sus ancianos padres que haciendo virguerías -los pobres nos estaban para muchos trotes-. Es infalible y me imagino el odio tan grande que su nombre debía despertar en capataces y amos. Trece expediciones, trece bofetadas.

El senador abolicionista William H. Seward le vende a Harriet, en unas condiciones de pago muy favorables, una pequeña parcela de tierra con una casa en Auburn, Nueva York. Este lugar se convertirá en su cuartel general, su hogar definitivo y el refugio para su familia y cualquier desamparado.

Harriet, en un momento dado, después de haber comprado su pequeña granja en Auburn, Nueva York, viaja a Maryland y regresa con Margaret, su pequeña de ocho años. Dijo que volvería a por ella y cumplió su palabra. 

Nunca admitió públicamente que fuera hija suya. Tenía motivos. Margaret nació de una esclava así que era automáticamente esclava. Como sobrina, fue siempre libre. Su amiga Frances Seward, sabiendo que la pequeña era el eslabón más débil y preciado de Harriet, siendo la suya la familia más poderosa de Auburn, hizo de escudo para proteger la vida de la niña. 

En un mundo donde el valor de una cría negra era en dólares y cadenas, Harriet prefirió ser tía antes que madre para no condenar a su hija por el peso de su propio destino. Margaret recibió gracias al senador Seward no solo una vida acomodada, sino también la mejor arma de resistencia para la hija de una esclava: una educación de élite reservada para los blancos,  lejos de la miseria, del estigma de la plantación y de las garras de los cazadores de recompensas. Harriet se aseguró de que su hija creciera libre.

Poco después, en plena guerra civil, Harriet se unió al ejército de la Unión en Carolina del Sur. Fue cocinera y enfermera, aunque por lo bajo, montó toda una red de espías afroamericanos. Y cómo desperdiciar su talento y experiencia: hizo de exploradora y espía demostrando una vez más su talento y valentía. 

Pero la cosa no quedó ahí; lideró de forma brillante el asalto contra las posiciones confederadas al río Combahee convirtiéndose en la primera mujer en planificar y dirigir una operación militar en EE. UU., logrando liberar a más de 750 esclavos en una sola noche. 750, ahí queda.

Y como la ingratitud sale gratis, terminada la guerra el gobierno se niega a pagarle su salario militar y comienza una batalla burocrática de más de 30 años por su pensión. Su única batalla perdida. Menuda ironía.

Ya de vuelta en casa, la granja está siempre llena de familiares y desamparados. Tras enterarse de la muerte de su primer marido,  hace nuevas nupcias con Nelson Davis, un veterano de guerra veinte años menor que ella. Adoptan a una bebé huérfana a la que llaman Gertie, curando en ella viejas heridas y anhelos de ser por fin, una madre que puede dedicarse a ver crecer a su niña.

Nelson, su marido, estaba enfermo de tuberculosis siendo la causante de su muerte. Tras tres décadas de humillaciones y rechazos, el Congreso le concede finalmente una pensión mensual como viuda del veterano Nelson Davis. La espía, la estratega, la cocinera, la enfermera, la señora de armas tomar, invencible e irreductible; esa, no se mereció especial reconocimiento. Para su gobierno, fue la señora viuda de.

Para mí, Harriet es esa mujer de la foto. Con el gesto corporal un poco avergonzado ante la cámara pero con los ojos al acecho: ha sobrevivido a la esclavitud, ha huido sola, ha regresado trece veces a rescatar a otros y ha liderado un asalto militar armado, ha liberado a 750 más. A su hija Margaret también. Ha cuidado y amado a Gertie y Nelson que posan a su lado. Ella es, bajo esa determinación de acero y la fragilidad del alma mil veces rota en cientos de pedazos, digo, ella es el retrato de la soberanía de su palabra.
Ingredientes:
  • 1 pollo
  • 2 tallos de apio
  • 1 puerro
  • 2 zanahorias
  • agua
  • algo de ajo y cebolla en polvo
  • sal, pimienta
  • 110gr. de harina
  • 1 huevo mediano batido
  • 1 cda. de mantequilla
  • 1/4 cdta. de sal
  • 30gr. de agua

Notas:
  • Te va a sobrar pollo que podrás usar en hacer unos burritos o unas empanadas. 
  • A la hora de hacer los dumplings hay que tener en cuenta lo de siempre: que las harinas no absorben igual. La masa tiene que ser fácilmente manejable. Si hace falta, añade más agua o harina según te convenga.
  • Muchas recetas recurren a la cucharada de maicena para blanquear el caldo pero no hace falta. Una vez que retires el pollo y la zanahoria, trituras en el caldo el puerro y el apio. Luego lo cuelas y tendrás un caldo con más sabor y más textura. Así potencias el sabor, no lo neutralizadas.
  • Puedes cocer el pollo al amor de la lumbre pero con el precio de la luz y del gas, mi consejo es que tires de olla exprés. Sale igual de rico.

Preparación:
  1. Pon la olla con el pollo, las verduras y agua hasta cubrir. Pon un poco de sal y pimienta. En mi olla necesito 15minutos.
  2. Prepara mientras la masa: amasa todo junto hasta que este lisa y suave. Deja reposar unos15-20minutos.
  3. Desmenuza el pollo que vayas a usar y guarda el resto. Trocea las zanahorias y reserva.
  4. Tritura el caldo, y pásalo a una cazuela colado. Añade el pollo y la zanahoria. Adereza con cebolla y ajo en polvo y rectifica de sal y pimienta. Cuece a fuego suave.
  5. Extiende la masa con un rodillo y corta cuadraditos más bien pequeños porque crecen en la cazuela. Los añades a la cazuela y rectifica de caldo si ves que se queda seco. Cuece hasta que los dumplings tengan la textura de una pasta fresca.

Hoppin' John para Phillis

mayo 09, 2026
Una pequeña de siete años, recién llegada de África, es vendida en el puerto de Boston. Estamos en 1761. La han llamado Phillis, el mismo nombre que acuña la goleta de esclavos que la ha transportado a Estados Unidos. A Susanna Wheatley le enternece esa niña asustada y medio muerta de frío que los mercaderes exhiben como si fuera una res.  La familia Wheatley no se lo piensa dos veces. Ha sido instalada en la casa como criada pero el talante progresista de esta familia les lleva a educar y cristianizar a la niña. 

Pronto John y Susanna Wheatley se dan cuenta de que Phillis es extremadamente lista así que tras ser liberada de sus tareas domésticas, se ha decidido que recibirá la misma educación que Mary y Nathaniel, los hijos de los Wheatley. Aprende rápido y ya se maneja con soltura en materias como lenguas clásicas, religión, literatura o astrología. 

La joven se convierte en la sensación de Boston. Unos cierran filas y afirman que una salvaje africana no está dotada por dios para igualar el intelecto de cualquier blanco. Y menos aún superarlo. Otros estiman que ella es la prueba que confirma que, si un esclavo es educado igual que un blanco, tendrá sus mismas capacidades e ingenio. El dilema -o la provocación- en la sociedad bostoniana está servida y Susanna pasea su pequeño prodigio por toda la ciudad.

Con 13 años, Phillis publica su primer poema en el periódico de Rhode Island gracias a la tenacidad e influencia de Susanna, quien logra que poco a poco sus poemas se publiquen en Boston e incluso en Londres, donde la popularidad de la esclava poeta gana simpatizantes. Susanna quiere reunir sus poemas y publicarlos pero en Boston se niegan. Se llega a decir que son plagios. Insisten en que una esclava negra no tiene ni inteligencia ni talento suficiente para escribir esos poemas.

En 1772 el matrimonio Wheatley consigue que se forme un tribunal que verifique las capacidades de Phillis y certifique que sus poemas son genuinos. Dieciocho empelucados con cara de pocos amigos la interrogan, acosan y espulgan sin piedad. Lo consigue y aun así, ninguna editorial accede a publicarlo. 

Susanna tira de toda su influencia en Londres -son de las pocas familias bostonianas leales a la corona- y un año después, tras un viaje de Phillis y Nathaniel a la capital londinense, el 1 de septiembre de 1773 para ser exactos, se imprime su libro de poemas convirtiéndose en la primera persona de color en publicar un libro.
Y sin embargo su poesía parece casi por encargo. No habla de sus sentimientos, emociones o percepciones. Escribe sobre la muerte de Whitefield, sobre Washington, sobre la fe cristiana; y es casi inevitable pensar que lo mismo Phillis escribe para Susanna, para hacerla feliz y para que su mejor amiga -así la define ella misma- cumpla con las expectativas creadas entorno a sus poemas.

Y aún con todo, se dice que en Inglaterra Phillis se niega a volver a Boston como esclava. A pesar de los apegos afectivos con los Wheatley, éstos nunca se han planteado concederle su libertad. Si bien es cierto que Susanna adora a la joven, el suyo parece un amor que no alcanza a reconocer la igualdad que la joven se merece. En cualquier caso, un par de meses después, es emancipada consiguiendo por fin su tan ansiada libertad. Phillis Wheatley tiene 20 años y es la africana más famosa de la faz del mundo. Y es libre.

La felicidad en casa de Phillis dura poco. Un año más tarde, Susanna fallece. La guerra por la independencia se está fraguando y se adhiere a la causa rebelde alejándose de los Wheatley leales a los británicos. Esta situación hace que pierda sus contactos en Londres y descubre que nadie en Nueva Inglaterra está dispuesto a publicar nada suyo. La guerra no ayuda y su fama se diluye casi por completo.

Pero los afectos siguen fuertemente anclados y Phillis se establece con Mary. Nathaniel es hecho prisionero por un barco de guerra inglés y no se sabe de él hasta el termino de la guerra. Un año después, Mary y su padre John mueren con unos meses de diferencia. Su red de seguridad en la vida queda completamente destruida. Ha perdido a todos los que ama y la han amado. Está sola en un mundo hostil sin subsidio ni cobijo. 
Se casa -posiblemente porque no tiene otra opción- con John Peters, un esclavo emancipado y verdulero de profesión, con el que vive en muy malas condiciones. A medida que da a luz a sus hijos, los va perdiendo uno a uno. La pobreza y las deudas la devoran. Su marido es encarcelado por culpa de dichas deudas y ella, embarazada de nuevo, se ve obligada a trabajar en la cocina de una fonda para poder comer. 

Murió de sobreparto. Puede que ya estuviera enferma o no. Puede que se la llevaran los mismos males que sufrían la mayoría de las parturientas. Sea como sea, esta vez no vivió para ver morir a su bebé que apenas la sobrevivió un día. 

Murió el 5 de diciembre de 1784 sola, en la cocina de una fonda, sin que nadie contara su historia, como si de algún modo, nunca fue del todo suya. Murió sin que nadie guardara sus poemas, como si nunca la hubieran pertenecido. Su obra, salvo los poemas publicados en Inglaterra, se ha perdido. Tenía 31 años.
“Fue llamada Phillips, porque así se llamaba el barco que la trajo, y Wheatley, que era el nombre del mercader que la compró. Había nacido en Senegal. En Boston, los negreros la pusieron en venta:

– ¡Tiene siete años! ¡Será una buena yegua!

Fue palpada, desnuda, por muchas manos. A los trece años, ya escribía poemas en una lengua que no era la suya. Nadie creía que ella fuera la autora. A los veinte años, Phillips fue interrogada por un tribunal de dieciocho ilustrados caballeros con toga y peluca. Tuvo que recitar textos de Virgilio y Milton y algunos pasajes de la Biblia, y también tuvo que jurar que los poemas que había escrito no eran plagiados.

Desde una silla, rindió su largo examen, hasta que el tribunal la aceptó: era mujer, era negra, era esclava, pero era poeta”.
 Eduardo Galeano , “El cazador de historias”

Nota: la ilustración de Phillis W. pertenece a la edición original de su libro y se le atribuye a Scipio Moorhead, también esclavo.
Ingredientes para 3-4:
  • 200gr. de alubias de ojo negro secas (caupíes)
  • 150-200gr. de cerdo ahumado (panceta o similar)
  • 1 cebolla
  • 1 tallo de apio
  • 1 punta de pimiento verde
  • 2 dientes de ajo
  • 1 hoja de laurel y 1 ramita de tomillo fresco
  • chile molido, pimienta blanca y sazonador criollo al gusto
  • algo de aceite neutro (girasol o maíz)
  • agua
  • arroz blanco cocido del día anterior al gusto

Notas:
  • Lo tradicional es usar codillo ahumado (ham hock) pero si no lo encuentras, costillas o panceta ahumadas funcionan igual de bien.
  • Las alubias de ojo negro las encuentras fácilmente en tiendas de alimentación internacional, herbolarios o por internet. Si no las consigues, las alubias negras o incluso las pintas pueden sustituirlas aunque el sabor cambia un poco.
  • El sazonador criollo puedes encontrarlo en tiendas especializadas o hacerlo en casa mezclando pimentón dulce, ajo en polvo, cebolla en polvo, orégano, tomillo, cayena y pimienta negra. Cada casa tiene su mezcla.
  • El arroz del día anterior no es capricho; el almidón resistente que se forma al enfriarse es más beneficioso para la digestión. 
  • El Hoppin' John se cocinaba el 1 de enero en las casas del sur de Estados Unidos. Los esclavos lo preparaban ese día para atraer prosperidad al año nuevo. Ellos trajeron no solo las semillas, sino también la técnica para cultivar arroz en terrenos pantanosos, algo que los colonos británicos desconocían. 

Preparación:
  1. Pon las alubias en remojo entre 3 y 4 horas, hasta que la piel esté tersa y sin arrugas.
  2. Trocea el cerdo y dóralo en una cazuela con un poco de aceite a fuego medio-alto hasta que coja color.
  3. Pica muy fino la cebolla, el apio, el pimiento y el ajo. Añádelos a la cazuela y rehoga hasta que estén blanditos. Incorpora las especias y remueve bien para que se integren.
  4. Añade las alubias escurridas, el laurel, el tomillo y agua apenas hasta cubrir. Cuece a fuego lento 15 minutos. Sube a fuego medio otros 10 minutos hasta que las alubias estén tiernas y el caldo se haya concentrado ligeramente.
  5. Añade el arroz ya cocido y rehoga 3 minutos a fuego suave. Apaga y deja reposar. El arroz terminará de absorber los líquidos y el plato se asentará.

Lentejas con col

abril 09, 2026
Voy a intentar contarte rápidamente el caso de "La Suiza". Tenemos que regresar al 2017 cuando una empleada de la pastelería La Suiza en Gijón acude al sindicato CNT. Denuncia que, además de deberle horas extras, no tiene vacaciones y describe un cuadro de acoso laboral donde el dueño le hacía comentarios inapropiados sobre su cuerpo y vida personal. 

El sindicato entra en acción y reclama en nombre de la empleada el dinero que le debe y exige que corrija el trato hostil. El dueño se niega a negociar con el sindicato así que comienza una campaña de boicot típica. O no, porque las concentraciones en la puerta de la pastelería con pancartas, megáfonos y tal se alargan durante meses. Parece increíble que una petición tan legítima -y más entendiendo que la deuda no superaba los 2.000 €- llegara a la escalada judicial donde el empresario denuncia al sindicato por coacciones, alegando que todo ese ruido constante le está haciendo perder clientes y que su salud se está dañando con todo este asunto. Un par de miles y un trato adecuado a una empleada; parece que ese ha sido el valor de su establecimiento.

El conflicto se vuelve tan tenso que la pastelería termina cerrando sus puertas definitivamente y sorpresa, un juzgado de Gijón condena a 3 años y medio de cárcel a seis personas por coacciones graves y obstrucción a la justicia. El Supremo ratifica la condena bajo el argumento de que las protestas no eran libertad sindical, sino un plan retorcido de hostigamiento al dueño hasta que pagara o cerrara.

Tras ingresar en prisión en julio de 2025, la presión social fue tal que se les concedió el tercer grado casi de inmediato, permitiéndoles una semilibertad, pero la condena penal de cárcel sigue en sus expedientes. Acabo de ver que a Nacho Vidal le han caído tres años por tráfico de drogas. ¿No es de locos? ¿Qué nos pasa compatriotas?

Nos pasa que somos unos pendencieros del ocho. Que este sigue siendo un país que pretende resolverlo todo a la gresca y por "mis lentejas que no doy el sofrito a torcer". Algo en lo que la jurisprudencia debería ser más imparcial y razonable pero que por lo que sea, termina siendo parte activa del caos; de la injusticia me atrevería a decir porque esto se tendría que haber detenido mucho antes, con mediadores y sin jueces de por medio. Y siempre, y digo siempre, a los trabajadores hay que protegerlos. 

Es evidente que es muy difícil probar lo que se dice o se deja de decir en una conversación privada y sin testigos pero que una deuda de esa cuantía tan ridícula, termine con seis ciudadanos en la cárcel es muy tremendo. Que serán todo lo que tú quieras pero caramba, que no trafican con drogas, ni roban ni regentan una mafia local de contrabando de milhojas. 
Ahora te voy a contar lo que le pasó a Günter en la Uni de aquí: su contrato era de técnico de laboratorio y tras jubilarse los responsables, contacta con su dirigente sindical para preguntar si es lícito reclamar la equiparación del sueldo y cargo a su situación actual. Le dice que sí y que él se hace cargo. Habla con RRHH y le comunica que sin problemas, que no será inmediato pero que sí, que hay voluntad. Ahí queda el tema y nadie vuelve a hablar de ello porque Gunter confía y no tiene ni una razón para pensar que le están dando largas. Y tiene razón: meses más tarde le equiparan cargo y sueldo, y para su sorpresa le han ingresado los atrasos, algo que nadie solicitó pero es lo justo, ¿no? Pues si es justo, se hace y punto.

¿Ves la diferencia? Consenso vs. conflicto. En España los derechos se conquistan a gritos en la calle porque no hay mecanismos de confianza. Así ha sido siempre pero a partir de ahora, mucho ojito porque si gritas demasiado, el sistema te castiga con el código penal. Vaya, que te trae más a cuento robarle al de La Suiza los bollos porque sería un cargo de hurto por el cual, en este país, nunca vas a pisar cárcel.

En cambio, en Austria, los derechos de los trabajadores se gestionan en una oficina. No hace falta megáfono porque la ley se cumple de forma casi automática. Los sindicatos funcionan como gestorías y el sistema no necesita de héroes ni mártires ni mucho menos se llega -creo que si digo jamás no me equivoco- al ataque al orden social ni al escarmiento penal en un caso claro de abuso iniciado en el despacho del jefe.

En el caso de La Suiza, la ley ha sido muy rápida en ver coacción cuando un grupo de personas grita frente a un comercio para pedir un pago legítimo pero bastante más lenta cuando un jefe te dice en privado que si no haces horas gratis te vas a la calle.

Así que ya sabes, no todos somos los mismos europeos; por un lado los mediterráneos explotando el modelo del conflicto frente al centroeuropeo que solo se plantea el consenso: la guerrilla frente a la consultoría. Y que nadie se haga  líos; la economía aquí fluye mejor porque hay paz social con una estructura legal y económica muy sólida. 

Porque la seguridad económica elimina el miedo, eso es rotundo a más no poder. Y si se apostara por sueldos que cubran las necesidades permitiendo incluso ahorrar un poquito, la gente gastaría más dinero y todos contentos. O casi, porque habría que obligar a los políticos a que apuesten por iniciativas pequeñas y que dejen de favorecer de una vez a los gigantes y multinacionales... ¿pero no lo ves? 

La derecha no actúa para que tú crezcas, mira por las grandes corporaciones. Si crees que ellos te van a hacer prosperar es que no has aprendido nada. Y la izquierda, perpetuamente anclada en el griterío, en el ruido que se va a dormir tan tranquila como si así arreglara el mundo. Qué no, que basta de gestos vacíos. Que los millonarios nos están asfixiando; que son ellos los que nos han metido en este lío. Que son los de siempre, los mismos a lo largo de la historia. Que para ellos todos somos prescindibles: trabajadores que o hacen horas de más o se van a la calle y empresarios que no ingresan lo suficiente para saber si van a poder abrir sus negocios el mes que viene.

Si no tienes casa, ni trabajo, ni pasta para pagar facturas no es culpa ni de los empleados ni del patrón. El enemigo no está en estos pagos. Hay que estar unidos para arrinconar a los que nos están llevando a la ruina. En paz, en calma y con respeto, no es necesario abusar de nadie ni tirar de grandes brechas ni injusticias. Pero algo está muy claro: el abuso se vuelve cotidiano cuando el miedo al hambre es mayor que el deseo de justicia.
Ingredientes para 4:
  • 1 patata grande
  • el equivalente en boniato, zanahoria o calabaza
  • 1/2 col pequeña
  • 1/2 cebolla
  • 1/2 puerro
  • 1-2 ajos
  • 1 punta de pimiento verde a tu gusto
  • 1 vaso de agua o de caldo de verduras
  • 1 lata grande de lentejas (unos 800gr.)
  • 300-400ml. de salsa de tomate
  • 1 poco de pimentón (tipo murciano, sin sabor ahumado)
  • sal, pimienta y orégano a tu gusto
  • algo más de agua para cubrir si hiciera falta
  • algo de aceite de oliva 

Preparación:
  1. En una sartén mojada en un poco de aceite de oliva, saltea la patata y el boniato pelado, ambos pelados y cortados en trocitos menudos. Saltea unos 10 minutos a fuego medio-bajo y tapado para que no pierda hidratación. agrega la col cortada en tiritas menudas. Rehoga un par de minutos y salpimienta. Reserva.
  2. En la misma sartén mojada de nuevo en un poco de aceite de oliva, rehoga la cebolla, el puerro, el ajo y el pimiento. Cuando empiece a transparentar, añade el vaso de agua o de caldo, como prefieras. Deja que transparente y lo trituras.
  3. De nuevo en la misma sartén (si es honda, si no en una cacerola) añade las lentejas, el sofrito de cebolla y puerro, las hortalizas con la col, el tomate, las especias y un poquito de agua si ves que queda espeso. Remueve bien, rectifica de sal y pimienta si hiciera falta y deja que cueza nos 5 minutos a fuego lento. Apagas el fuego y que repose otros 5 para que asiente los sabores y las texturas. Listo

Arroz rojo mexicano

abril 03, 2026

Querido compañero de viaje. Estamos en nuestra quinta etapa y quiero imaginar que sigues los pasos de nuestros protagonistas con la misma ilusión y emoción que siento yo. Recuerda que la palabra escrita es papel mojado sin unos ojos que la engullan y la hagan suya. Sin ti no hay historia y la de hoy es la más dura y cruel de todas.

Es vital que me centre sin pasión en los hechos, en lo que sabemos, porque su vida, obra y milagros es producto de la más pura y horrenda invención pero que ha calado tanto en la cultura mexicana, que aún nadie ha reestablecido oficialmente su verdadera historia. Es la más borrada de nuestras cuatros protagonistas. Y si bien el pueblo mexicano la ensalza con orgullo y admiración, nadie aún -o casi- ha rebuscado entre las capas del personaje de ficción para descubrir a la verdadera Catarina de San Juan, la China de Puebla.

Vale, cojo aire y voy a resumirte lo que se sabe de su vida, ignorando las barbaridades que contó su cuentista mayor, Alonso Ramos. Y que quede por delante que no soy yo quien desmonta a este farsante porque de eso ya se ocupó la Inquisición que, por lo que sea, dijo basta al cuento de la princesa santa y milagrera que llegó a México por mandato divino para sufrir en Puebla. ¿Con qué fin? Pues a sufrir por sufrir que es lo que hacen las santas. En cualquiera de los casos, me he resistido a darle veracidad a ninguno de los jesuitas que construyeron al personaje de la Santa de Puebla. Esto es lo que se sabe de ella:

Hacia 1605, nace en la India en el seno de una familia pobre siendo vendida a unos comerciantes de esclavos portugueses posiblemente cuando tenía 11 años de edad, la misma edad que tenía Rukhmabai cuando la casaron. No era una princesa raptada por piratas. Tristemente, estamos ante otro uso muy común en comunidades de pobreza extrema. Vender a tus propios hijos para sobrevivir sigue vigente hoy. 

La cría fue bautizada a la fuerza porque los esclavos cristianos tenían un valor de mercado más jugoso y en Manila se le pierde la pista durante 6 años. Hoy sabemos por cientos de informes fiables, como funciona la trata infantil por lo que no es descabellado afirmar que la niña fue violada, forzada, esclavizada y maltratada por cualquiera porque en aquel entonces la esclavitud y el maltrato era legítimo. 

Fíjate si esto era sabido, que sus "biógrafos" decían que los hombres que intentaban acercarse a ella quedaban cegados o paralizados por una fuerza divina. De nuevo, el recurso celestial para tapar atrocidades que desvirtuaban a las víctimas y la santa había que conservarla muy santa. Y para ser santa hay que ser virgen y pura porque por todos es sabido el latazo que el mundo nos ha dado con eso de ser solteras y enteras; pues si nos quieren puras,  ¿Por qué nos violan? Pero sigamos.

Las esclavas eran valiosas porque parían esclavitos -no hijos- que a su vez eran vendidos y así se rentabilizaba con creces la inversión. Ella, en cambio, nunca tuvo hijos lo que hace que mi mente retorcida sospeche que algún malnacido la reventó por dentro -ésto también está tristemente documentado en los informes oficiales contra la trata infantil- y a consecuencia de ello, de ser cierto, fue marcada como producto defectuoso. Insisto, es mi teoría, nada de esto quedaba documentado en aquella época.

Un mercader la compró a buen precio en Manila y la embarca hasta Acapulco donde en 1621, a la edad de 17, es comprada por Miguel de Sosa, vecino adinerado de Puebla donde ella reside hasta la muerte del amo, 25 años después.

Parece que Catarina "es la joyita" de la casa, porque también está documentado lo valiosas que eran las chinas de origen hindú -todas las asiáticos eran llamadas chinas- un lujo que no está al alcance de cualquiera. Estas esclavas son escasas y caras pero Sosa la adquiere al precio regular del mercado. Es posible que ya se supiera o hubiera sospecha de que estaba traumatizada, algo perturbada. Puede que por eso se la conservó en la casa a pesar de no haber sido capaz de aprender bien el español, hablando esa mezcla confusa de hindi, portugués, filipino y español. 

No parece que se la mantuviera en la casa por cariño porque los términos del testamento del amo no demostraron mucho apego sino una intención clara de despacharla de la casa pero sin que quedara en la calle sin posibles. Así que, además de servir dos años más como esclava al servicio de su viuda, le daba la libertad siempre que eligiera una de estas dos opciones: entrar como donada en el convento en el escalafón más bajo, es decir, seguir siendo esclava de las monjas o casarse con Domingo Suárez, un esclavo liberado también chino que, para cerrar el trato con el hombre, recibiría una dote de 400 pesos y alguna cosilla más siempre que cumpliera con su parte.

Catarina aceptó casarse con él con una única condición: no debía tocarla, compartir lecho ni consumar el matrimonio cosa que el hombre aceptó y cumplió porque a saber todo lo que ya había visto en sus años de esclavo y cómo no sentir compasión por una mujer cercana a los 40 años, que se marchitaba y que sufría a menudo episodios de delirio que la gente ya empezaba a cuchichear que eran rarezas místicas. 

Imagino que el hombre puso de su parte, pero un esclavo que nunca tuvo nada y que de repente se ve con una pequeña fortuna, pues despilfarró a saco hasta que no quedó ni un peso. Y aunque poco se conoce de la vida del matrimonio, se sabe que vivieron muy miserablemente en el barrio de los libertos de Puebla, sin otro remedio que seguir trabajando precariamente en talleres textiles y cosiendo prendas para los acomodados.

Malvivía en una covacha, descalza y con un par de harapos por toda vestimenta, algo que choca tremendamente con el mito de la China de Puebla que puso de moda la falda floreada con la camisa blanca y escotada. La China de Puebla, no fue Catarina. Los hechos nos llevan lejos de esa fantasía. Lo cierto y probado es que ella no fue nunca esa mujer; fue una liberta que a medida que se deterioraba impidiéndola trabajar, no tenía que llevarse a la boca y le tocó subsistir gracias a limosnas. 

Por lo tanto ¿Qué pasó para que le atribuyeran esas dotes divinas de beata convencida que hablaba con la virgen y obraba milagros? No soy experta pero creo que hoy lo llamarían trastorno de estrés postraumático derivado de tantos años de trata, violencia y despojo de su dignidad. Esos brotes los tuvo a menudo pero fueron creciendo a medida que Catarina envejecía y para cuando enviudó ya no tuvo quien la sustentara en absoluto. Vivía de la caridad.

Y aquí es cuando se convierte en la santa perfecta.

En Puebla, varias órdenes religiosas estaban requetepicadas unas con otras por ver quién tenía más influencia y "santos" locales. No nos tiremos de las vestiduras que apariciones y locuciones con la virgen han existido siempre y con más que interesantes ingresos económicos. Y los jesuitas, por lo que fuera, descubrieron el filón y lo explotaron.

Y aquí volvemos a suponer porque no se sabe nada en absoluto y es muy tentador mentir o manipular. Así que voy a intentar ser lo más neutra posible: ha  enviudado y su pobreza es más extremas aún. Ya es una anciana, está en la más absoluta de las soledades y en sus delirios medio en hindi, filipino y español roto, algo que la gente no entendía, se empieza a extender la idea que lo que ella habla es el idioma de dios. Y claro, aparecen los jesuitas y hacen de traductores; comienza a  predecir muertes ilustres, desastres naturales y otras naderías. Esa lengua irreconocible por todos menos por sus confesores es con la que se comunica con la virgen y con Jesucristo. 

No hay constancia alguna de que ella hablara de primera mano con nadie una vez que los jesuitas se hacen cargo de ella. La proporcionaron asilo en el Convento del Espíritu Santo, lejos de otras ordenes religiosas y orejas poco discretas que pudieran desmontar el negocio. Porque eso es lo que fue: nobles, gazmoños y hasta obispos iban a verla a su celda para conocer a la Santa de Puebla a cambio de lo que hoy se sigue explotando en Lourdes, Fátima o en la Basílica de Guadalupe en el propio México.  

Y a cambio se la permitió vivir sus últimos años en paz, durmiendo dignamente en un catre y atendida en condiciones por su compañera de celda y la madre superiora que quiero -no, necesito- pensar que la apreciaron de corazón.

Fue a través de ellas que trascendió uno de los sueños más recurrentes de la anciana: soñaba con que sus padres llegaban a Puebla y de rodillas se acercaban a ella y la abrazaban. Y ella los perdonaba y los abrazaba también. Y así, soñando con abrazos y perdones que nunca llegaron, murió en su celda. En su testamento dejó una cazuela, un crucifijo y cuatro harapos. 

Para la más silenciada; la que nunca fue ni escuchada, ni preguntada; para la más frágil y más olvidada que solo sirvió para los intereses ajenos despojada de cariño y respeto como siempre que hablamos de gente humilde; para ella, la China de Puebla que nunca fue, publico este arroz rojo, cocina sencilla y sin pretensiones que nunca falta en ningún hogar mexicano. En casa de Sosa, antes de mendigar libre pero abandonada ¿Probó alguna vez este arroz tan sabroso como sencillo? 

Ojalá. Y ojalá llegue alguien y restituya la dignidad de esta mujer que se merece ser no solo símbolo mexicano sino mundial. Si eres creyente reza no por la Santa de Puebla sino por todas las personas que a día de hoy son víctimas de la trata de personas.

Nota: Si alguien quiere saber más de los esclavos chinos en México, estas bibliografías son necesarias: Tatiana Seijas, Asian Slaves in Colonial Mexico: From Chinos to Indians (2014). Y Úrsula Camba Ludlow, Imaginarios y realidades de la Puebla de los Ángeles: siglos XVI y XVII (2008).

Cuatro mujeres y un elefante

 ·  Lisboa — Viena  ·  Cartagena  ·  Viena  ·  México  ·  India

Ingredientes para 4:
  • 2 tomates rojos
  • 1 cebolla 
  • algo de pimiento rojo o chile serrano
  • 1-2 dientes de ajo
  • algo de aceite de oliva
  • zanahoria muy picada a tu gusto
  • 1 taza de arroz de grano largo
  • 2 tazas de caldo de verduras
  • unos chicharros (guisantes) a tu gusto
  • perejil o cilantro a tu gusto
  • opcional: algo de orégano, de tomate y chile rojo en polvo

Preparación:
  1. Remoja, lava y seca el arroz para evitar que se pegue y quede pastoso. 
  2. Prepara el recaudo: en una licuadora pon los tomates, el ajo, la cebolla y un poquito de pimiento o chile serrano a tu gusto y licúalo todo junto.
  3. En una sartén amplia, calienta el aceite a fuego medio-alto. Añade el arroz y sofríelo revolviendo constantemente, hasta que tome un color dorado. Añade la zanahoria y rehoga otro poquito más. Si es necesario, baja el fuego un poquito.
  4. Añade ahora el recaudo, sofríe un poquito y agrega el caldo de verduras.  Cuando empiece a hervir, tapa la olla y baja el fuego al mínimo.
  5. Cocina unos 18-20 minutos hasta que el caldo se absorba. Unos 5 minutos antes, añade los chicharros. Apaga el fuego y deja reposar, tapado, por otros 5 minutos.

Patatas a la Catina

marzo 22, 2026
Patatas a la Catina con crema de puerros
La primera vez que visité Cartagena yo era jovencísima y los recuerdos como que se nublan pero recuerdo por supuesto al submarino de Isaac Peral que me resultó más pequeño de lo que yo me esperaba y también que hicimos cola en una pastelería para comprar pastel de cierva y cuernos de merengue. En un momento dado -no recuerdo el orden exacto de los acontecimientos- entramos a tomar una tapilla en un bar. Recuerdo ese fresquito al entrar y el olor a marisco mezclado con caña de barril. Las servilletas -muchas- en el suelo y mi coca-cola acompañada de una marinera con extra de anchoa porque ya no recuerdo a quien no le gustaban.

El caso es que ahí estaba yo tan feliz cuando noto que alguien, desde la barra me salpica agua. Miro con ojos de pocos amigos y veo a todo el personal a lo suyo, refrescando el gaznate o masticando a placer. De pronto, el camarero me mira; yo le miro. No pasa nada y sigue a lo suyo. Segundos después, me vuelven a mojar y ahora sí que sí miro directamente al camarero el cual me miró de nuevo. Mi actitud no era amable, supongo que fruncí el ceño y arrugué el morro porque se dio cuenta de que yo no estaba de buenas chispas.

Cambio de postura y me acerco más a la barra. Y ahí es cuando un escupitajo enorme de agua se estampa en toda mi cara. No te lo pierdas: el guasón no era el camarero sino unas almejas que estaban las pobres en remojo en espera de ser despachadas en cualquier momento. 

Hoy siento angustia por aquellas pobres que fijo que no duraron ni un telediario pero en aquel momento el ataque de risa mezclado de una vergüenza infernal se apoderó de mí. Claro, el camarero que en ese momento le cuadró todo empieza a descorcharse y yo ya no sabía ni dónde meterme. Yo tenía 14 ó 15, son edades donde aún no hemos superado el pavo y el mal rato que pasé aún lo recuerdo. 
Patatas a la Catina con crema de puerros
Años después, vi de nuevo al submarino en la Expo de Sevilla y otros tantos después regresé en más de una ocasión porque mi novio de entonces tenía una casita en San Pedro del Pinatar y nos chiflaba ir a Cartagena a pasar la tarde. 

Y ésta ha sido toda mi conexión cartagenera hasta que conocí a Catina. Nos empezamos a codear hace varios años cuando le hice el blog y desde entonces la amistad ha estado ahí flotando por la blogosfera hasta que estas navidades, por fin, nos hemos conocido. Qué bonito y qué bien lo pasamos. Corto, muy corto pero cuando vuelva si tengo oportunidad me voy a verla a Cartagena para hacer eso que tanto me gustaba, echar la tarde por sus calles y encima en tan buena compañía; qué lujazo es ser tu amiga, querida.
Patatas a la Catina con crema de puerros
Y un mes más, es domingo de reto con Elvira y Estela de Homenajeblog y como ya te habrás imaginado este mes homenajeamos La cocina de Catina; cómo no iba a aprovechar este homenaje para contar este día tan bonito y feliz que pasamos ambas familias juntas. Día fresco y lluvioso pero cálido y alegre. Un gustazo.

Y de entre las muchísimas recetas tan estupendas que tiene en su blog, me decidí por estas patatas con crema de puerros y queso fresco que yo he rebautizado como las patatas a la Catina y que están riquísimas. Ella hace el relleno más cremoso que yo porque en casa nos gustan las texturas y me he tomado la libertad de añadir un poco de vinillo. Así que aquí te dejo mi versión a la Catina sin olvidar que la original la tienes en su cocina.

Prometo que para disfrutar de estas patatas no hace falta que ninguna almeja os escupa a la cara, basta con tener ganas de un bocado reconfortante y lleno de sabor. Gracias, Catina, por inspirarme y por ser esa amiga que la blogosfera me regaló.
Patatas a la Catina con crema de puerros
Ingredientes para 4 ó 5:
  • 6-8 patatas dependiendo del tamaño
  • 2 puerros
  • 1 cebolla pequeña
  • un poquito de aceite de oliva
  • 30gr. de mantequilla
  • 1 vasito de vino
  • 150gr. de queso para untar
  • 200ml. de nata líquida
  • 2 huevos
  • Queso rallado tipo mozzarella, manchego, gouda o cheddar a tu gusto
  • Nuez moscada
  • Sal y pimienta

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 180-200ºC (depende del horno) y asa las patatas lavadas. Puedes taparlas con un poquito de papel de aluminio para que no pierdan humedad. 
  2. Mientras, corta la cebolla y el puerro en trocitos muy menudos y los salteas a fuego medio con un poquito de aceite y mantequilla. Le añades el vino y deja que poche a fuego lento. Añade el queso crema, salpimienta ligeramente y reserva.
  3. Cuando estén tiernas las patatas, pártelas por la mitad y, con una cucharita, ve vaciándolas. Machaca con un tenedor la patata y mézclala con la nata líquida. Si ves que te queda muy seco el puré (depende del tipo de patata) no dudes en añadir un poco más de nata. Reserva.
  4. Monta las claras a punto de nieve y las añades a la mezcla de puerros así como las yemas, el puré de patata y un puñadito de queso rallado. Salpimienta a gusto y añade nuez moscada. Con esta masa rellena las patatas y terminas con un poco de queso por encima.
  5. Vuelve a meter las patatas al horno y deja que gratinen hasta que cojan un bonito color.
 
Copyright © Hierbas y especias. Diseñado con por Las Cosas de Maite