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jueves, 14 de octubre de 2021

MI LECTOR DIGITAL

 

Cuando mi abuelo enfermó y debía quedarme con él algunas noches en el hospital, pensé que había llegado el momento de rascarme el bolsillo e invertir en un dispositivo que me permitiese leer libros electrónicos, haciendo que aquellas horas que me pasaba despierto o maldurmiendo en aquellos incomodísimos sillones de hospital no se me hiciesen eternas.

Tras meditarlo en profundidad, sopesando los pros y los contras entre ambas opciones, finalmente me decanté por una tablet antes que por un e-reader. ¿La razón? Muy sencillo: la tablet me ofrecía más posibilidades.

Con la tablet, además de poder leer libros electrónicos en múltiples formatos, podía ver vídeos, escuchar música, ver y retocar fotos, acceder a Internet, e incluso descargarme algunos juegos sencillos de cartas (solitario), de sudokus, ajedrez, tres en raya o damas.

Así que me pillé una tablet. Y durante un tiempo me fue bien con ella. Me acompañó en las largas y tediosas noches en el hospital, en la sala de espera de mi doctora, y hasta en algunas noches de insomnio. Incluso se mostró como una leal compañera en los seis meses que me pasé postrado en cama, prácticamente inmóvil, aquejado de aquellos fuertes dolores de espalda que me bajaban desde la columna vertebral hasta la pierna izquierda como un latigazo de electricidad continuo.

Gracias a la tablet, podía acceder a mi cuenta de correo electrónico y responder o enviar correos sin necesidad de efectuar aquellas complicadas obras de ingeniería móvil, imprescindibles cada vez que me veía obligado a incorporarme.

Otra de las utilidades que encontré en aquella tablet fue la posibilidad de cargar en ella los borradores de mis libros o relatos, facilitándome la tarea de corrección y edición de mis textos gracias a las aplicaciones que logré bajarme y que me permitían escribir notas que luego grababa en formato doc.

Todo fue bien, hasta que un día empezaron a salirle unas manchas, cada vez más grandes, a la pantalla. Con el tiempo, esas manchas llegaron a ser tan molestas que no tuve más remedio que acudir al servicio técnico a cambiar la pantalla. Tuve suerte, pues apenas faltaban un par de semanas para cumplirse el periodo de garantía. De este modo, el cambio de pantalla quedó cubierto por la garantía. Así y todo, no tuve tanta suerte con el plazo de reparación, pues este se alargó unos dos meses y pico.

En cualquier caso, una vez reparada la pantalla, decidí pagar un extra y ordenar que me colocasen un protector de pantalla anti-impactos, como la que suelen llevar las pantallas de los teléfonos móviles y los i-phones. Aquello me salió por unos 30 euros que, apenas cinco meses más tarde, resultó ser una inversión nefasta, pues en una infortunada caída, la pantalla de mi tablet se rajó de lado a lado y el aparato dejó de funcionar.

Adiós a la tablet.

Como suele suceder con cada electrodoméstico o aparato que decides meter en tu vida, con el tiempo acabas creando una necesidad y una dependencia que antes no tenías. Pasa con todo. Hace treinta años no existían los teléfonos móviles, y nadie los necesitaba ni dependía de ellos para nada. Hoy en día si no tienes teléfono móvil la gente te mira raro, como diciendo: «¿De qué planeta vienes, amable troglodita?». Lo sé porque lo vivo a diario. Cada vez que alguien me pide el número de móvil y confieso que no tengo, me miran raro. Alguno y alguna hasta me felicita, en plan: «Tú sí que sabes». Pero, honestamente, en el fondo creo que siguen pensando para sus adentros: «Pobrecito. ¿Cómo puede vivir sin móvil en pleno siglo XXI?». Y sí, lo confirmo, se puede.

Cuando se me rompió la tablet, se inició el periodo de abstinencia. Los primeros días, mermado en mis posibilidades de usar aquel invento para casi todo —leer, corregir textos, jugar, ver pelis o series, escuchar música, etc—, llegué a barajar la posibilidad de volver a comprarme otra.

Pero entonces volvió a surgir el viejo dilema: ¿y si en vez de otra tablet me pillo un e-reader?

Las razones para el cambio eran muchas y muy variadas. Para empezar, mis ojos comenzaron a resentirse al pasar tanto tiempo, la mayor parte a oscuras, pegado a aquella pantalla. Y eso que desde el primer día de uso bajé el nivel de luminosidad al mínimo. Pero, aun así, mis ojos sufrían de pasar tanto tiempo expuestos a esa luz artificial, que refulgía directamente hacia mis ojos.

Otra de las razones tenía que ver con el peso del dispositivo en sí. Mientras la tablet pesaba en torno a los 500 gramos, un e-reader apenas llega a los 180 gramos. Si bien en apariencia puede parecer poca diferencia, al tener en cuenta el tiempo que pasaba con el dispositivo entre las manos hacía que esa diferencia de peso se elevase exponencialmente, y que surgiesen, inevitables, los dolores de brazos, espalda y cervicales.

Así que, al final, tras darle no pocas vueltas al asunto, acabé pillándome un e-reader. Y no tardé en verle las ventajas.

A su ligereza y manejabilidad, hube de sumarle dos ventajas más: su luz incorporada iba directamente a la pantalla y no a los ojos del que lee, y, en segundo lugar, el hecho de poder cambiar el tipo de letra y el tamaño, para alguien miope como yo, se agradece un montón, ya que tengo libros en papel con una letra tan minúscula que me cuesta leerlos hoy en día.

Y para muestra, un botón:

Este es mi ejemplar en papel de El conde de Montecristo. Hoy día, tendría que usar una lupa para poder leerlo sin dejarme la vista en el empeño.

Hay quien no soporta este tipo de dispositivos. Prefieren el libro en papel. Yo también lo prefería, hasta que empecé a ver las ventajas de leer en digital. Además, el uso de una opción no tiene porqué excluir necesariamente a la otra. Ambas se pueden combinar perfectamente.

Yo aún sigo leyendo en papel, si bien, algunos de los libros que poseo me resultan cada vez más incómodos de leer —algunas ediciones que poseo tienen la letra tan pequeña y tan inapropiada que no me explico cómo demonios pude leerlos alguna vez—.

Pero también leo en digital, pues me gusta disfrutar de la lectura antes de dormir, y el hecho de no tener que encender la lamparilla de la mesa de noche para leer supone una gran ventaja, pues no sólo no molestas a nadie, sino que ahorras en el recibo de electricidad, que, tal y como se ha puesto últimamente, parece que nos vendan oro en vez de energía.

Pensar que en ese pequeño dispositivo puedo almacenar cientos de libros y llevármelos conmigo tan ricamente y disponer de ellos en cualquier situación o lugar, es sencillamente maravilloso. Siempre que voy a la consulta del médico, o a un sitio donde sé que voy a estar mucho rato sentado, esperando turno o sin nada que hacer, aprovecho para abrirme el dispositivo y ponerme a leer. Es como llevarte tu propia biblioteca en el bolsillo, sin ocupar espacio ni joderte la espalda soportando kilos y kilos de peso.

Durante el periodo de confinamiento derivado del Covid-19, el e-reader se convirtió en un compañero ideal. De hecho, he ampliado mis horizontes lectores. A mis autores de cabecera, he ido añadiendo algunos autores clásicos que llevaba años queriendo leer y que siempre relegaba al fondo de mis preferencias y apetencias. De este modo, he leído autores como Henry Miller, Boris Vian, J.D. Salinger, Carson McCullers, Jonathan Swift, Francis Scott Fitzgerald, Senel Paz, Amelie Nothomb, Isaac Asimov, Ray Bradbury, Richard Brautigan, Miguel Delibes, Truman Capote, Guillermo Cabrera Infante, Serguei Dovlatov, Eduardo Galeano, Nick Hornby o Primo Levi, entre otros.

También he renovado mi manía por James Joyce y Raymond Carver. Aún en digital, sus libros me siguen pareciendo un coñazo insoportable.