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| Fotografía de la película de Charles Chaplin "El gran dictador" |
El humor en el arte siempre ha estado mal visto, considerado por muchos como la oveja negra de la familia; esa alma descarriada que se aparta del rebaño y no sigue las consignas marcadas por la tradición y la férrea disciplina familiar.
En esa metafórica representación el humor se transforma, a ojos del resto de intregrantes del clan familiar, en el elemento díscolo, molesto, fuente de constantes problemas, alguien de quien avergonzarse y ocultar a las visitas, y hasta de renegar de él en público y en privado.
El gran Frank Zappa, del que siempre que tengo ocasión reivindico su vigencia, consciente de ese desprecio soterrado que los denominados “artistas serios” demuestran hacia el humor, se preguntaba en uno de sus discos si “el humor tiene cabida en la música” (¿Does humour belong in music?, álbum en directo de 1986). Obviamente, Zappa formulaba su pregunta de forma irónica, pues como él mismo demostró a lo largo de su brillante y exitosa trayectoria, sin parangón en la industria musical, la respuesta a su pregunta sería un “rotundamente sí”. Es más, tal y como se encargó de reivindicar en sus más de setenta discos publicados antes de su prematura muerte a los 52 años, el humor no sólo tiene cabida en la música, sino en cualquier aspecto de nuestras tristes y miserables vidas.
Esto me lleva a hablar de otras ramas del arte.
Desde que era niño he sentido una especial fascinación por la comedia en el cine. También era el género favorito de nuestro abuelo materno. Lo que más le gustaban eran las comedias y los westerns, sin desmerecer otro tipo de géneros. A mí personalmente me encantaba verle reír. Me contagiaba. A veces, era tal el ataque de risa que le sobrevenía que se le sonrojaba el rostro y le caían lagrimones de los ojos. Y claro, ver a un adulto en semejante tesitura a un niño le resulta de lo más contagioso. Recuerdo aquellos ataques de risa provocados por películas de género slapstick, cine mudo de genios del humor físico como Charlot o El Gordo y el Flaco (Stan Laurel y Oliver Hardy).
También le encantaba Cantinflas, con sus interminables diatribas sin sentido que lograban desarmar a sus oponentes dialécticos. Exactamente lo mismo ocurría en las películas de los Hermanos Marx, donde los chispeantes y absurdos diálogos de Groucho y Chico lograban sembrar el caos y la anarquía allí por donde pisaban.
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| Harpo, Groucho y Chico haciendo de las suyas |
A medida que fui creciendo y acumulando lecturas y conocimientos, mis preferencias en ese tipo de comedias fue variando: me seguían gustando los gags visuales de los Hermanos Marx, pero ahora, además, prestaba más atención a los diálogos, muchos de ellos basados en agudas observaciones que elevaban la crítica social al olimpo de la genialidad (“yo nunca olvido una cara pero, en su caso, haré una excepción”, “disculpen si les llamo caballeros, pero es que aún no les conozco lo suficiente”, “sus ojos me recuerdan a usted, su rostro me recuerda a usted, todo en usted me recuerda a usted menos usted”, “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”, “inteligencia militar son dos conceptos contradictorios”, etc).
Tanto en los Hermanos Marx como en Cantinflas observamos cómo se sirven del humor para desafiar a la autoridad, o para hacer frente a las injusticias. Me gusta y me reconforta ver cómo el humor es capaz de desnudar la solemnidad y la pomposidad de la que se sirven los que mandan para someter a los que consideran inferiores o más débiles que ellos, bien sea en lo concerniente a su estatus social, económico o cultural. Mediante el humor se consigue “desnudar” al oponente, dejando bien patente lo ridículo de su actitud, y lo débil que en ocasiones resulta el argumento que esgrimen para ostentar ese supuesto poder que ejercen sobre nosotros. De ahí que los poderosos teman tanto al humor, porque saben que el sentido del humor es el corazón de la subversión.
Hace un par de años leí un magnífico libro que analizaba el humor judío bajo el terrible régimen nazi del Tercer Reich. El libro, escrito por el escritor Rudolf Herzog, hijo del famoso cineasta Werner Herzog, lleva por título Heil Hitler, el cerdo está muerto (hace un par de años hice una reseña en este mismo blog. Puedes pinchar aquí para leerla). En ese libro, Herzog habla del sentido del humor como arma liberadora de los oprimidos, los perseguidos y los condenados a muerte, capaz de ayudarles a soportar las continuas humillaciones, los atropellos y el régimen de terror impuesto por los nazis en tan oscura época de nuestra historia reciente. Resulta chocante leer que ante la barbarie los seres humanos recurramos al humor para evitar sucumbir a la desesperación.
Más recientemente, hace apenas unas semanas, terminé de leer otro interesante libro escrito por Andrés Barba, y que lleva por título La risa caníbal. En él, su autor analiza de manera minuciosa el efecto del humor en nuestra sociedad, asociándolo a diversos episodios culturales y sociales que nos muestran la onmipresencia del sentido del humor en nuestras vidas y en ámbitos tan dispares como la política, la religión, la cultura y el sexo.
Considera Barba que el humor nunca es inocente. En ese punto coincide con un famoso humorista isleño, Manolo Vieira, quien, en una ocasión, recuerdo que dijo algo parecido cuando aseguraba que el humor básicamente consiste en dos riéndose de un tercero. Puede que sea así en un alto porcentaje, no lo niego, aunque no lo aseguraría al cien por cien, pues ahí tenemos el humor blanco para desmentirlo.
Supongo que en mi forma de escribir humor no todo es tan inocente o naif como aparenta. La verdad es que nunca me he parado a analizar mi propio sentido del humor, que considero de lo más ecléctico y versátil, pues soy perfectamente capaz de disfrutar de igual modo de comedias ligeras o amables del tipo Frasier o Los Roper como de gamberradas y pasotes épicos repletos de incorrección política del tipo George Carlin, Louie C.K. o Ricky Gervais. Cualquier excusa me vale para restarle seriedad y trascendencia a la vida, y echarme unas risas a costa de nuestra soberana estupidez.
Por cierto, hablando de estupidez, uno de los capítulos más hilarantes del libro de Andrés Barba es el que le dedica al expresidente de los Estados Unidos George Bush hijo. El título del citado capítulo es en sí mismo bastante revelador: George Bush, o el payaso involuntario. En el mismo, Barba, además de hacer una semblanza bastante acertada del personaje, recopila diferentes anécdotas relacionadas con su etapa presidencial. Una de mis favoritas es aquella en la que durante una rueda de prensa en julio de 2007, en Cleveland, le preguntaron sobre la posibilidad de una pandemia de Gripe A. Y ahí tenemos a George Bush hijo, presidente de una de las naciones más poderosas e influyentes del mundo, poniendo cara de memo —es decir, su cara de diario—, y soltando, sin el menor atisbo de rubor, la siguiente frase: «Voy a ver si consigo acordarme lo suficiente de la respuesta que tenía que dar para que parezca que sé algo sobre el tema». Miedo me da pensar en cómo habría gestionado semejante cenutrio la crisis del Covid19. Aunque, echando un vistazo a lo mal que lo gestionaron otros dirigentes políticos, empezando por el no menos cenutrio de Donald Trump y acabando por los mandamases de medio mundo, me da miedo profundizar en manos de quienes estamos. Mejor echémonos unas risas y no nos dejemos abatir por la triste realidad.
Otro de los puntos culminantes del libro tiene que ver con Adolf Hitler, quien, según se cuenta, visionó hasta dos veces, en dos sesiones privadas distintas, la película El gran dictador de Chaplin, donde el genial cómico parodiaba al mismísimo Führer. Me imagino el odio y la impotencia que debió sentir Hitler al verse ridiculizado en la gran pantalla, a la vista del mundo entero, sin que nada pudiese hacer para impedirlo. Eso debió reconcomerle por dentro. He ahí otra prueba del enorme poder del humor frente al fanatismo y el autoritarismo.
En otro apartado del libro se habla de la “corrección política” en el humor. Y para ilustrar este aspecto el autor cita la siguiente anécdota protagonizada por Joan Rivers, una famosa cómica estadounidense. En uno de sus espectáculos en vivo, Rivers dijo: «Odio a los niños. Creo que la única niña que me hubiese gustado tener es Helen Keller, porque no hablaba». Según apunta el autor, Helen Keller fue una conocida activista política sorda y ciega.
En una sociedad tan puritana y conservadora como la norteamericana, Rivers había osado unir en una sola frase dos de los activadores de alarmas de la incorrección política: discapacitados e infancia. La respuesta no se hizo esperar. Un hombre se alzó entre el público y gritó: «¡Eso no tiene gracia! ¡Yo tengo un hijo sordomudo!», provocando un aterrador silencio en la sala.
Con otro protagonista, igual lo normal hubiese sido escuchar una sincera disculpa por parte de la humorista. Pero Joan Rivers, lejos de disculparse, explotó con una furia legítima ante el maniqueo acoso del “decoro”. «¡Claro que tiene gracia! ¡Tú sí que no tienes gracia! ¡Mi madre era sorda, gilipollas! Déjame que te explique de qué va esto de la comedia: la comedia está para hacer reír a la gente y que todos podamos seguir con nuestra vida, imbécil. Durante años estuve viviendo con un hombre al que le faltaba una pierna y siempre hacía el chiste de que si tenía un hijo con dos piernas dudaría de su paternidad. ¡De eso va la comedia, gilipollas!».
Dejando a un lado las formas —a unos les gustará más y a otros les gustará menos, e incluso habrá a quien no le guste nada—, no podría estar más de acuerdo con Rivers. Sinceramente, estoy hasta la coronilla de esa especie de dictadura de lo “políticamente correcto”. Si un chiste no te gusta, no te hace gracia o te ofende, simplemente ignóralo, porque, si lo censuras, ¿en qué te convierte eso? ¿No crees que estás coartando la libertad no sólo del que lo crea o lo recita sino también cercenando el derecho de otra persona a la que igual sí que le gusta y disfruta de ese tipo de humor? Si todos tuviésemos el peligroso poder de prohibir aquello que nos disgusta o nos resulta incómodo, molesto u ofensivo, ¿qué nos quedaría? Yo lo tengo claro: nos quedaría un mundo en el no querría vivir.
Resulta triste y descorazonador descubrir que los que abogan por un mundo mejor —según su baremo, claro—, se descubran como los más intransigentes y autoritarios, imponiendo su forma de pensar y actuar en detrimento de los que piensan y actúan diferente a ellos.
Respeta para que te respeten, acepta para ser aceptado, no impongas tu punto de vista para que otros no te impongan el suyo.
Parafraseando a Harry el sucio, el personaje “políticamente incorrecto” magníficamente interpretado por Clint Eastwood: “El sentido del humor es como los culos, todo el mundo tiene el suyo”. Pues eso.
A propósito, estaría bien que alguna vez le concediesen el Premio Nobel de Literatura a un escritor de corte humorístico —se me ocurren unos cuantos—. O un Oscar de Hollywood a una comedia pura, sin dramas de por medio, como sucedió con La vida es bella o Forrest Gump —da la sensación de que la única forma que tiene la comedia de ser “socialmente aceptada” es acompañada de unas grandes dosis de drama. No me entiendan mal, me encantan esas dos películas, pero me habría encantado que alguna película de los Hermanos Marx, Monty Python o alguna de las primeras películas de Woody Allen hubiese sido premiada con un Oscar—.
Por último, una petición: más humor y menos dramas, por favor, que para dramas ya tenemos la realidad.


