¿Podéis creer que nunca en
toda mi vida había visto entera la película Amanece, que no
es poco de José Luís Cuerda? Pues creedlo, porque es la
pura verdad.
Y es que nunca la había
visto entera, de principio a fin. Siempre que había accedido a ella
lo había hecho a través de escenas sueltas, o pequeños tramos de
diez o quince minutos máximo. ¿La razón? Hace años, yo diría que
lustros, que no veo películas emitidas a través de cadenas de
televisión generalistas. Me molesta mucho que las corten cada dos
por tres para poner anuncios. Me pone de muy mala leche que hagan
eso; no sólo porque me fastidian el clímax, sino porque la mayor
parte de las veces desinflan mi interés por lo que estaba viendo, ya
que, a fin de evitar los anuncios, voy haciendo zapping, y siempre
acabo encontrando por ahí algo más interesante o, como mínimo,
capaz de captar mi atención. Así que me olvido de la peli y reseteo
mi cerebro.
Por si todo lo anterior no
fuese motivo suficiente para odiar los cortes publicitarios en las
pelis o series que emiten por los canales generalistas, no está de
más apuntar esa peculiar manera que los programadores tienen de
aplicar esos cortes. Muchas veces lo hacen en mitad de una escena, o
peor, en mitad de un chiste. No sería la primera vez que me cortan
un gag o un chiste —de Los Simpson, por ejemplo—, seguido de un
«volvemos en un minuto» —el cual, si te tomas la molestia de
cronometrarlo, verás que dura más de ese minuto que proclaman—,
para, una vez reanudada la serie, acabar el chiste y volver a cortar
para publicidad, si bien en esta ocasión se les olvida colocar otro
cartelito que ponga «volvemos cuando nos salga de los huevos».
Esto que acabo de relatar me
ha pasado con no pocas pelis o series, rebosando el vaso de mi
paciencia y optando por no volver a ver una serie o peli a través de
un canal generalista. Antes prefiero tragarme por quinta o sexta vez
uno de esos documentales de la Segunda Guerra Mundial que repiten en
bucle en la 2 de Televisión Española —igual lo hacen para que no
olvidemos lo que ocurrió, y evitar que volvamos a cometer los mismos
errores del pasado. Aunque, viendo el alarmante auge de la
ultraderecha y la ultraizquierda en Europa, me da la impresión de
que los seres humanos somos incapaces de aprender una mierda de
nuestros errores del pasado. Claro, así nos va—.
Pero mejor volvamos a la
película.
Lo primero que he decir es
que, habiendo sido rodada en 1988, la película ha envejecido
bastante bien. A su favor juega el hecho de no tratar temas de
actualidad, ni de estar situada en un contexto histórico concreto.
Habla de una España que no existe, que nunca existió ni existirá,
presidida por el surrealismo y el absurdo.
Como ejemplo de esto que
digo podría citar varios ejemplos, como el tío que se desdobla,
interpretado por Miguel Rellán, o los hombres que brotan de los
huertos y hay que regarlos de vez en cuando para que no se mueran.
![]() |
| Uno de los hombres que brotan en los huertos |
Recuerdo en especial una
escena, protagonizada por el gran Luis Ciges, quien, a bordo del
sidecar pegado a la moto que conduce su hijo, Antonio Resines, al
llegar al pueblo y verlo vacío exclama:
—Aquí no hay ni Dios. ¿O
es que todos aquí son unos hijos de puta, eh, Teodoro? Porque igual
son unos hijos de puta que se hacen pasar por fantasmas.
Lo que me pude reír con esa
escena, madre mía.
A lo largo de la película
hay numerosas frases y detalles que, a poco que les prestes atención,
harán que se te dibuje una sonrisa en el rostro, cuando no te
provoque la risa o una sonora carcajada. Eso me ocurrió, por
ejemplo, con la escena de la llegada del alcalde al pueblo, y todos
los lugareños, a excepción del cura y el cabo de la Guardia Civil,
salen a recibirlos. En una de éstas, un palurdo grita a pleno
pulmón: «¡Alcalde, todos somos contingentes pero tú eres
necesario!».
La película, como digo,
está repleta de pequeñas frases y chistes, algunos difíciles de
pillar a la primera, por lo que exigen toda la atención del
espectador. Y ésa es precisamente una de las razones por las que
hasta ahora no me había animado a ver esta película de principio
a fin: debido a los cortes criminales en televisión, me costaba
«entrar» en la película.
En ocasiones, algunos de los
giros y situaciones me recordaron a grandes figuras del humor absurdo
de nuestro país, como Miguel Gila, Tip y Coll o Jardiel Poncela.
Incluso me hizo recordar en ciertos tramos al genial Berlanga, con su
costumbre de meter al «Imperio Austrohúngaro» en todas sus
películas. En esta ocasión, a Cuerda le da por mentar, cada dos por
tres, la Universidad de Oklahoma.
Otro de los personajes que
cautivó mi atención desde su primera aparición en pantalla es el
del escritor argentino. Este personaje, de los mejor dibujados en
toda la película, tiene una memorable escena cuando es llevado en
presencia del cabo de la Guardia Civil, acusado de plagiar a Faulkner.
En esa descacharrante
escena, el cabo, interpretado por José Sazatornil, le recrimina:
—¿Es que no sabe que en
este pueblo es demasiada devoción lo que hay por Faulkner? ¿No
podía usted haber plagiado a otro?
La seriedad con la que se
comportan los personajes en esta escena no hace sino incidir en su
comicidad, llevándola a unos niveles de genialidad sólo al alcance
de unos pocos privilegiados.
Para acabar, me gustaría
citar otra de mis escenas favoritas. En dicha escena, los personajes de Luis Ciges y Antonio
Resines, padre e hijo en la ficción, se afanan por buscar un sitio
donde alojarse en el pueblo. Como no hay posada ni hostal, deben
recurrir a domicilios particulares. Tras un par de negativas, ambos
acaban, de noche, en el jardín de una de las habitantes del pueblo.
Hallándose en presencia de la hija de la propietaria, le comentan
sus intenciones. Entonces la mujer, interpretada por María Isbert,
grita:
—¡Madre, que aquí hay un
hombre que quiere hablar con usted!
Entonces la madre sale al
balcón de su casa y replica:
—¡Buenas noches!
A lo que Luis Ciges —que
está inmenso en toda la peli—, le contesta:
—Que quería yo hablarle
de Dostoievski.
—Ah, pues muy bien.
Encantada. Ahora mismo bajo —dice la señora.
De verdad, si te gusta el
surrealismo y adoras, como yo, un trabajo bien hecho, con pasión y
devoción, no debes perderte esta obra maestra del cine de nuestro
país. A mí me conquistó a la primera —o a la decimoctava, si
contamos las veces en que por culpa de los programadores me «sacaron»
de la peli—. Os auguro risas a cascoporro.
Y es que todos somos contingentes, pero el humor sí que es necesario.

