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12 de septiembre de 2025

Un paseo por Francia: La amante destronada

La tarde se presentaba incierta en cuanto a climatología, algunas nubes cargadas de agua amenazaban el día que tan soleado se había mostrado por la mañana. Un tímido sol peleaba por aparecer entre ellas para dar más luz y realce al entorno.

Aunque el lugar en el que me hallaba no necesitaba de aditamentos para realzarse porque el castillo de Chenonceau se basta y sobra para destacar y dejar boquiabiertos a cuantos lo contemplan.

 



Este castillo forma parte del conjunto de construcciones emplazadas en el valle del Loira, aunque el río que pasa literalmente por debajo de él es el Cher, afluente del que da nombre al valle con tantos castillos.

A esta construcción también se le llama el Castillo de las Damas. El motivo fue explicado por la guía en el autocar, pero yo, una vez más, me lo perdí porque me dediqué a dormir durante el trayecto. Es lo que tiene madrugar tanto cuando estás de vacaciones.

En cuanto me acerqué y comprobé que este castillo también tenía foso me centré en mi obsesión: encontrar dragones. El resultado fue el de siempre, por lo que pronto abandoné mi búsqueda y me adentré en el interior del edificio para visitar los aposentos reales.

Sabía que allí había vivido una reina muy interesante: Catalina de Médici. Mi interés por este regio personaje se basaba en su afición por las plantas medicinales, aunque sus detractores siempre la acusaron de que ese afán por conocer el uso de las plantas no tenía nada que ver con la terapéutica y sí con el envenenamiento. De hecho, la apodaron la Reina Serpiente porque se movía en la política arteramente y utilizaba veneno para ayudarse en el gobierno. Yo no lo tengo tan claro ya que lo primero que visité fue la botica real que ella misma fundó y se preocupó de abastecer, así que creo que su intención primigenia fue la de utilizar los conocimientos botánicos para sanar.

 

Dentro de los aposentos reales pude visitar la habitación de la propia Catalina. Un lugar amplio y recargado con mucho tapiz, porcelana y dosel con bordados dorados, una ornamentación propia del siglo XVI que haría llorar de impotencia a un decorador de Ikea.




        —Esta habitación es la mejor de todas —me dijo alguien a mi espalda.

Al girarme me encontré con una mujer vestida de terciopelo negro y blanco, con una diadema que recogía su pelo rizado y de la que pendía una perla que adornaba una frente con un cutis blanquísimo.

Cuando vi la facha de esa mujer pensé que me volvía a topar con alguien «raro» y dado que me hallaba en los aposentos de Catalina tuve claro que debía tratarse de ella, la Reina Serpiente.

Sin saber muy bien si debería hacer una reverencia o algo así, bajé la cabeza en señal de respeto y le dije atolondrada.

—Encantada de conocerla, Su Majestad.

—No, no. Yo no soy reina —contestó con un rictus de amargura—. Aunque tuve tanto poder como si lo fuera.

Mi gozo en un pozo. No era Catalina, lo que me habría gustado para platicar sobre esas plantas que decían conocía tan bien. En fin, qué se le iba a hacer.

La mujer al ver mi cara de decepción añadió:

—Me llamo Diana.

¿Lady Di? A esa la conocía de las revistas del corazón y no se parecía en nada, además el lugar y cómo iba vestida no me cuadraban. Menos mal que la mujer vino a añadir más información para orientarme.

— Soy Diana de Poiters. Dama de Anete, Gran Senescala de Normandía, Condesa de Maulévrier, Vizcondesa de Bec-Crespin y de Marny.

Los títulos parecían de postín, pero mis conocimientos sobre heráldica son nulos y me quedé con el primer nombramiento, Dama de Anete.

—Eres una dama de compañía de Catalina de Médici.

Ante mi comentario el rostro blanquísimo de la susodicha adquirió un tono cárdeno muy poco saludable pues era fruto de la inmensa ira que la estaba embargando. Incapaz de hablar me señaló con un dedo tembloroso con el que parecía querer fulminarme.

—Co… co… como te atreves a insinuar que fui amiga de esa… de esa… arpía, desgraciada, asquerosa, bruja, adefesio, asesina, intrigante de Catalina.

No sabía quién era Diana de Poitiers, pero tenía muy claro que a la tal Diana, Catalina de Médici no le caía bien.

—Siento haberla ofendido, señora —dejé el tuteo por no enfadarla más—. Pero como estamos en los aposentos de la reina…

—Pues deberías ver los míos, no son tan amplios, pero tuvieron mucha más importancia. Allí el rey pasaba más tiempo que en su consejo de gobierno y, por supuesto, que aquí.

Esto último lo dijo mirando la habitación con cara de asco.

Con ese comentario llegué a la conclusión de que Diana era una de las cortesanas que solían calentar la cama de los reyes fuera del lecho conyugal.

—Entiendo, entiendo. O sea que usted fue… una amante del esposo de Catalina, o sea de… Enrique II de Francia —añadí leyendo el folleto que nos habían dado en la entrada.

—¿Una? —El color rojo acudió otra vez a su rostro—. ¡La! ¡La amante! Este castillo me lo regaló él. Es cierto que mi Enrique tuvo otras distracciones, Filipa, Marie, Colette… Pero yo fui la más importante.

Con tanta querida, no me extraña que el padre de Enrique, Francisco I, decidiera poner una escalera de doble hélice, tal como me explicó Da Vinci unos días atrás. Ese tipo de escaleras debían de tener un tránsito muy concurrido por las noches.

—Yo siempre fui la primera en el corazón del rey. Seguía mis consejos para gobernar, incluso después de que esa entrometida apareciera en la corte —prosiguió la mujer mirando la cama que fue de Catalina—. Una corte que siempre le vino grande a esa zarrapastrosa venida de Italia y recogida de un convento porque no tenía dónde caerse muerta. La huérfana pordiosera dada en matrimonio por compasión cuando Enrique no era el heredero pero que, por designios del destino, acabó reinando Francia. Una palurda con suerte.

En este momento decidí salir en defensa de la reina. El recuerdo de la botica real que fundó me hacía hermanarme con ella y creí necesario apoyarla.

—Bueno… palurda, palurda… Se rodeó de sabios, incluso, creo recordar que era amiga de Nostradamus, un médico y boticario, con renombre.

—¡Bah! ¡Cantamañanas!

Nostradamus tuvo sus cositas cuando le dio por profetizar, pero fue un prestigioso médico y buen conocedor de las plantas medicinales. Como no quería polemizar ni cabrear más a Diana, cambié de tema.

—¿Y si el castillo le pertenece a usted qué hace la habitación de la reina aquí?

—Cuando Enrique murió, esa malnacida me echó de aquí.

—Mujer, es comprensible. Tener a la amante de tu marido bajo el mismo techo recordando constantemente los cuernos no debe de ser plato de buen gusto.

—Esa infame solo trajo desgracia a este país. Maldita la hora en que llegó. Es responsable de la muerte de muchos franceses. Una traidora en toda regla, apoyó a los hugonotes para luego masacrarlos en la matanza de San Bartolomé.

Acudí presta al folleto informativo para saber de qué estaba hablando, al tiempo que anotaba mentalmente no volverme a quedar dormida en el autocar para no perderme las explicaciones, porque luego te encuentras con alguien que estuvo allí y te pone en un aprieto.

No obstante, Diana siguió iluminándome sobre el historial de Catalina.

—Su único afán fue salvaguardar la dinastía Valois a costa de lo que fuera. Tuvo nueve hijos, tres fueron reyes, aunque los dos primeros acabaron muriendo tempranamente, pero a todos los sostuvo ella en el poder con sus intrigas y sus alianzas que rompía sin pudor si la situación lo requería.

El folleto que yo consultaba también añadía que, si no hubiera sido por Catalina, probablemente sus hijos no se habrían mantenido en el trono. Según hablaba Diana yo no vi nada raro, al menos nada que no hubiera hecho un hombre en su lugar y su época. Empeñarse en retener el poder es algo que han estado haciendo los poderosos desde siempre, aliándose con quienes les convenía para traicionarlos si les reportaba más poder. En el caso de los hombres se veía como algo normal, pero cuando era una mujer quien se comportaba así entonces llovían las críticas y los insultos. No me pareció justo, y menos que quien tanto la atacaba fuera otra mujer, aunque en el caso de Diana puede que la moviera el despecho de ser expulsada de un castillo que en realidad era suyo, además un castillo precioso; el rey Enrique debía de ser muy rumboso o Diana una amante muy buena porque le entregó un pedazo de regalo, sí señor.

Diana siguió despotricando contra Catalina un buen rato, llegó un momento en el que me di cuenta de que se había enrocado en su diatriba y ni siquiera me estaba hablando a mí. Intenté interrumpirla, pero fue en vano. Decidí seguir con mi visita y la dejé en los aposentos de su más acérrima rival echando pestes de ella.

Cuando abandoné el lugar averigüé que el nombre Castillo de las Damas, se debía a las mujeres influyentes y notables que, a través del tiempo, vivieron allí: Diana de Poitiers, Catalina de Médici, Caterina Briçonnet (inició la construcción del castillo), Luisa de Lorena (viuda de Enrique III, nuera de Catalina) y Louise Dupin (mecenas de filósofos y defensora del castillo durante la Revolución Francesa).

Pero estaba claro que, de todas ellas, la palma se la llevan las dos primeras, porque, en mis averiguaciones, supe que de los dos jardines que jalonan los lados del castillo, uno lo diseñó Diana y el otro, Catalina. E incluso en algo tan trivial ahora se especula cuál de los dos es más bonito. El de Diana, lleno de caminos que atraviesan praderas de césped, grande, majestuoso y con pretensiones; el de Catalina, más pequeño y recogido, con plantas coloridas de propiedades terapéuticas, íntimo, elegante y sencillo. Esas dos mujeres fueron rivales mientras estaban vivas y seguían siendo rivales una vez muertas.

Dos mujeres tan inteligentes si hubieran aunado fuerzas habrían formado un tándem muy productivo, pero la sociedad y el tiempo que les tocó vivir las abocaron a enfrentarse en lugar de aliarse. Una pena.

Como rechazo al papel que la historia les había asignado, me marché de Chenonceau pensando en Diana y Catalina como en dos mujeres excepcionales que no se merecían seguir peleando durante toda la eternidad. Si alguien me preguntara a quién prefiero yo diría que a las dos por igual, aunque me temo que esta contestación salomónica no les iba a gustar a ninguna de ellas.

 

 






4 de septiembre de 2025

Un paseo por Francia: El arquitecto del rey

La mañana lucía espléndida. La espesa y abundante vegetación proporcionaba frescura al ambiente. El río, que en las cercanías fluía manso, añadía intensidad y color al escenario. El día se presentaba prometedor.

Me dirigía a visitar el castillo de Chambord, el primero de una extensa lista diseñada para viajar por el Valle del Loira, en la zona central francesa. A ese valle lo llaman el jardín de Francia por hallarse allí una gran cantidad de monumentos históricos adornados con jardines decorativos que dan mayor realce a las construcciones. La mayoría de los chateaux son de la época renacentista por lo que un español a ese tipo de castillos los suele llamar «palacios» mientras que, en la península ibérica, donde tantas fortalezas hubo que levantar durante la llamada Reconquista, reservamos el concepto de castillo para las fortificaciones más antiguas y con una función militar.

Castillos o palacios, me disponía a ver unos cuantos. Mi filiación con los castillos viene de antiguo; desde pequeña me atraen porque los asocio con la existencia de dragones. Creo que la fijación se debe a los cuentos de mi niñez, aunque, bien mirado, en esas historias no es que salgan muy a menudo estos seres imaginarios, pero se ve que los pocos cuentos en los que aparecían me impresionaron y de ahí que ahora ande buscando dragones en cuanto veo un castillo. No profundizaré más porque eso ya sería tarea de un psicólogo o quizás, mejor, de un psiquiatra.

El chateau de Chambord fue construido a principios del siglo XVI. Las guías turísticas lo definen como «un castillo de arquitectura renacentista francesa muy distintiva, donde se mezclan formas tradicionales medievales con estructuras clásicas italianas». Yo lo defino como «un castillo muy grande y muy pintón». Tiene mogollón de torres y, lo más llamativo, un foso grande con agua y todo, así que a allí me dirigí como una flecha por ver si había alguna oquedad que comunicara con los sótanos del castillo y esperar ver salir de ahí mi deseado dragón. Mientras mis acompañantes se dedicaban a fotografiar y pasear por el entorno, yo estaba sentada en un poyete mirando el foso como una pánfila.


—¿Se puede saber qué estás mirando?—dijo una voz con acento italiano.

Supuse que me estaba hablando alguno de los turistas que iban en mi autocar (aunque lo del deje italiano no me cuadraba porque en ese bus todos éramos españoles) y le contesté sin mirarle.

—Nada, estoy observando el foso. Me atrae mucho.

No entré en más detalles por no dejar claro a mi supuesto compañero de viaje que era una lunática. Íbamos a estar diez días dando vueltas por Francia y no era cuestión de que me señalaran como la rarita del grupo desde el minuto cero. Ya tendrían tiempo para descubrirlo, pero no se lo iba a poner fácil.

—No estarás pensando en darte un baño, ¿verdad?

—No, no, tranquilo—le dije sin darme la vuelta.

—Lo digo porque bañarse ahí podría ser peligroso.

—¿Por qué? ¿Hay…? ¿Hay algo ahí que pueda atacar?—pregunté con la esperanza de que ese peligro fuera mi añorado dragón—. ¿Cocodrilos?

No me atreví a hablar abiertamente de dragones porque eso sería toda una declaración de intenciones. A pesar de que la conversación se estaba alargando yo seguía sin mirar a mi interlocutor.

—¿Cocodrilos? No, en absoluto. La creencia de que en los fosos se hallan animales es una falacia. Estas estructuras están pensadas para dificultar el paso de las tropas enemigas y las máquinas de asedio, pero no es necesario añadir nada más.

—Ya. Me lo temía.

—Este foso, en concreto, tiene una forma geométrica especialmente diseñada para que el asalto sea prácticamente imposible.  Yo le di algunas ideas al dueño, antes de empezar a construirlo.

Flipé al escuchar lo que había dicho porque el primer dueño de ese castillo fue el rey Francisco I (de Francia, claro), un monarca que reinó en el siglo XVI.

—¿Cómo?—exclamé a la vez que me giraba para ver, esta vez sí, a mi acompañante.

Me topé con un señor que en nada se parecía a un turista, al menos a uno de los que venían conmigo en el autocar. Era un hombre mayor, con una espesa barba blanca a juego con la larga melena. Un bonete le coronaba la cabeza mientras que una capa negra, que le llegaba hasta los pies, impedía ver el resto de su vestimenta.

Al notar que le observaba con detenimiento, el individuo se me acercó con la mano extendida.

—Perdona mis modales. No me he presentado. Me llamo Leonardo. ¿Y tú?

—Kirke—contesté con mi alias bloguero porque es lo que suelo hacer cuando me encuentro con desconocidos «raros» por ahí.

Le estreché la mano que me tendía; noté unos dedos largos, finos y una piel muy suave a pesar de las venas que surcaban el dorso. Manos de artista, pensé.

Absorta en la facha de aquel hombre me había olvidado del motivo de querer mirarlo: eso que dijo sobre el primer dueño del castillo y que él le había dado ideas para su diseño. Afortunadamente, mi interlocutor se encargó de retomar el tema.

—Su majestad me pidió consejo para esbozar los planos del castillo—dijo mientras observaba la imponente construcción con un brillo en los ojos—. Fue muy amable, siempre tuvo una gran consideración hacia mi persona.

—Así que usted fue el arquitecto—dije mientras recurría al folleto informativo en busca del nombre del autor de ese monumento; ahí ponía que se llamaba Domenico da Cortona, y el hombre que tenía delante me había dicho que se llamaba Leonardo.

El susodicho vino a aclararme un poco.

—No, no. El arquitecto fue un compatriota mío, yo solo contribuí con algunas cositas—dijo bajando la cabeza en un gesto de humildad que no le quedó muy bien porque se leía la vanidad en su rostro a pesar de todo.

—¿Cositas? ¿Qué cositas?

—Bueeeno, pequeños detallitos, peccata minuta—insistió en su falsa modestia.

—Venga, especifique algo más—insistí para que me diera más datos, algo que él deseaba a todas luces.

—Por ejemplo, la escalera de doble hélice. Como digo, detalles menores—añadió encogiéndose de hombros para quitarle importancia, aunque se notaba que no se la quería quitar en absoluto.

La escalera de doble hélice. ¿Dónde había oído hablar yo de eso? ¡Ah, sí! De camino al castillo, la guía del autocar nos contó que dentro había un prodigio de la arquitectura: una escalera con dos rampas independientes que se enroscan en una espiral perfecta. También dijo quién la había diseñado y entonces recordé su nombre: Leonardo Da Vinci. Así que el Leonardo que me estaba hablando era ¡Da Vinci! ¡Ostras!

—¡Caray con el detallito! Hay que tener un coco estupendo para idear semejante ingenio.

—¡Pse! Lo esbocé en una tarde. Las amantes del rey no se llevaban bien con la reina y a esta no le gustaba cruzarse con ellas cuando salían de los aposentos privados de su esposo, así que ideé ese sistema para que no se vieran, mientras una subía por una escalera las otras bajaban por la otra sin llegar a verse.

—¿En serio? Diseñar esa escalera fue una cuestión… ¿de cuernos? ¡Ese fue el motivo!

Leonardo me miró con reconvención, esa última expresión era bastante vulgar y a un hombre refinado como él esos exabruptos no le gustaban. Debía contener mi lengua barriobajera.

—Los motivos de su majestad, suyos son. Los míos eran aceptar el desafío y disfrutar diseñando algo tan peculiar.

—Ya. ¿Y qué hacía un italiano como usted en una corte francesa como esta?—pregunté mirando el castillo.

Las razones por las que Da Vinci terminó en Francia las había explicado la guía de camino al lugar en el que nos hallábamos, pero yo me había quedado dormida y no me había enterado. Ahora, el destino me daba una segunda oportunidad pudiendo acceder a la información de manos del propio protagonista.

—Cuando tenía 64 años, en Italia ya no había nada interesante para mí. Mi benefactor, Juliano II de Médicis, había fallecido y sentí que mi carrera terminaba con su vida. Además, estaba ya muy harto del fatuo de Miguel Ángel, siempre con sus inquinas y su envidia hacia mi persona. ¡Qué hombre más insufrible! Fue entonces cuando un joven Francisco I me llamó a su corte. El monarca era un fiel admirador de mi obra, así que me vine a Francia para ser el ingeniero y arquitecto del rey.

—Pues qué bien, ¿no? Este fue su retiro dorado—dije mirando embobada el castillo.

—Este exactamente, no. El castillo se empezó a construir después de mi muerte. Yo viví en Amboise, a cuatrocientos metros de la residencia del rey. ¿No has visto mi casa?—ante mi negativa Leonardo prosiguió—: Deberías ir, está relativamente cerca de aquí, aunque lo mismo no ves mucho porque está lleno de visitantes. Se llama Clos Lucé.

Tomé nota mental del lugar porque mi próxima parada en el recorrido por el Valle del Loira era, precisamente, Amboise.

—En esa corte pasé mis últimos años y me trataron como a uno más de la familia. Francisco fue como un hijo para mí y yo una especie de padre intelectual para él—prosiguió el ingeniero real con nostalgia—. Creí que nunca podría devolver el inmenso favor que me hicieron acogiendo a un anciano con tanta hospitalidad, aunque con el discurrir de los años he comprobado que les pagué largamente.

—¿A qué se refiere?

—Entre las pertenencias que me traje de Florencia se encontraban varios lienzos. Algunos los compró el rey tras mi muerte y uno de ellos está proporcionando pingües beneficios.

Ante mi cara de estulticia el maestro continuó con sus explicaciones, no sin enviarme antes una mirada de conmiseración por mi ignorancia.

—Estoy hablando de la Gioconda, un cuadro admirado por media humanidad y que se ha convertido en la primera atracción del mejor museo del mundo, el Louvre.

Al oír lo que había dicho me envaré. Personalmente, no entiendo qué le ven al retrato de la Mona Lisa. Me parece un cuadro insulso. No soy entendida en arte, ni me considero una patriotera, pero donde estén las Meninas de Velázquez… En cuanto a importancia de pinacotecas, la mención del Louvre como el mejor museo del mundo me tocó la fibra porque, en tamaño es el más grande del mundo, pero en cuanto a calidad de pinturas y concentración por metro cuadrado, el museo del Prado es el number one. Todo esto lo pensé, pero no lo dije, el hombre que tenía delante no parecía agresivo, sin embargo, intuía que no iba a tolerar bien mis apreciaciones artísticas por lo que decidí callar.

A pesar del interés que me suscitaba mi acompañante no pude evitar seguir mirando el foso—las obsesiones pueden ser muy insistentes— y Leonardo se dio cuenta.

—La presencia de animales en los fosos de los castillos es un mito. No obstante, haces bien en mirar, nunca se sabe.

—Los seres que busco yo ni siquiera existen—le repliqué encogiéndome de hombros y pensando en mis quiméricos dragones—. Es imposible que mi búsqueda tenga éxito.

Da Vinci me sonrió con afecto.

—Imposible parecía que se pudieran construir máquinas voladoras y yo diseñé algunas, ahora el ser humano puede desplazarse volando e incluso viajar al espacio. Solo es imposible lo que no se intenta. Míranos, a los pies de este castillo, charlando. ¿Hasta hace unos minutos, a ti te parecía posible hablar con alguien que lleva más de quinientos años muerto?

Le miré y volvió a sonreír mientras se daba la vuelta y se alejaba internándose en el castillo. Quise retenerle algo más a mi lado. Quería preguntarle sobre su vida y su obra: quién era realmente la Gioconda y qué vio en ella para pintarla, cómo se le ocurrió diseñar el puente autoportante que no requiere clavos ni cuerdas o que me contara chismes sobre sus peloteras con Miguel Ángel Buonarroti. Sin embargo, le dejé marchar y él siguió su camino. Antes de desaparecer de mi vista añadió:

—Nunca pierdas la esperanza, Kirke. Quien abandona la lucha nunca podrá ganar.



  


3 de diciembre de 2022

El que oye llover

 

Amaneció oscuro, un cielo encapotado ensombrecía el paisaje. El día anterior el capitán había podido observar la inmensa ciudad desde un altozano y disfrutar de la maravilla de sus construcciones, donde destacaban unas enormes pirámides escalonadas, más los canales que atravesaban la magnífica urbe, pero hoy el ambiente cargado de humedad amenazando lluvia dificultaba la visión.

Lástima que el día no acompañe porque esta nueva Venecia es digna de contemplar con admiración dijo el jefe de la expedición a su lugarteniente.

¿Estuvisteis allí, capitán?

No, don Pedro, pero en Cuba hablé con veteranos de la guerra en Italia que me contaron de aquella ciudad asentada en una laguna y donde las calles son ríos, al igual que sucede aquí.

—Con tanta humedad, mal lugar para huesos viejos replicó Antón de Alaminos. Tanto en aquesta villa como en la cristiana de Italia.

No lo diréis por vos —contestó el capitán—. Acostumbrado habéis de estar a las humedades siendo piloto como sois y marino desde que vuestra madre os destetó.

—Siendo marino o labrador, el reuma y los achaques a todos nos llegan con la vejez —porfió el piloto.

—Mas no me negaréis qué grandeza es contemplar tamaña ciudad con grande trabajo de ingeniosos constructores que realizaron este portento —argumentó el capitán extendiendo los brazos hacia delante.

Hernán Cortés, tras replicar a su subalterno, se sumió en sus recuerdos. Cuando salió de Cuba buscaba nuevos territorios que le dieran riqueza y gloria; sobre todo riqueza. Lo de la gloria no estaba mal, pero tampoco era prioritario. Mas nunca pudo imaginar que aquella búsqueda resultara tan ardua y al mismo tiempo tan fascinante pues había atravesado territorios variopintos, con gentes belicosas y amables (más de las primeras que de las segundas) y con paisajes asombrosos (aún permanecía en su retina la imagen del volcán humeante Popocatepétetl).

Mucho habían penado desde el desembarco en la isla de Cozumel, nueve meses atrás. Aun así había merecido la pena. Los nativos que fueron conociendo en su deambular informaban de que en el interior se hallaba una urbe importante, no los villorrios paupérrimos que habían encontrado por Yucatán. Los totonacas hablaban de una ciudad poderosa, y lo hacían con admiración y respeto teñidos de temor. Las poblaciones sometidas por las que pasaron veneraban a los dueños de aquel país por el miedo a que las masacraran. Precisamente, ese miedo había generado mucho odio y el capitán supo utilizarlo en su beneficio. De qué manera, si no, iba a contar en sus filas con los fieros tlaxcaltecas, guerreros formidables que manejaban con precisa habilidad sus arcos disparando mortíferas flechas. Para ponerlos de su lado él también empleó el miedo, en este caso el de la pólvora. Nunca habían visto un arcabuz y eso ayudó mucho. Si los tlaxcaltecas eran buenos arqueros, los soldados españoles eran buenos tiradores. Aunque se tardaba más en recargar el arma de fuego que el arco, el destrozo que producía una bala sobre la carne era mayor que el de una flecha, así que los pobres diablos con plumas, a pesar de su valentía y arrojo, se acogotaron bastante.

Los caballos también fueron una buena baza para convencerlos. Los tlaxcaltecas eran fieros, pero algo pardillos, pensó el capitán, mira que creer que montura y jinete eran un mismo ser. De una manera u otra, en Tlaxcala consiguió añadir a sus menguadas fuerzas un gran ejército de buenos luchadores. Es cierto que los tlaxcaltecas eran bastante rencorosos y cuando llegaban a las aldeas afines a sus odiados mexicas se ensañaban con la población, sin embargo, solo el odio es capaz de vencer el miedo.

En Cholula se excedieron un poco, las cosas como son, pensó el capitán, no había ninguna necesidad de matar tanto, aunque, cuando no se tienen todas consigo, mejor que sobre que no que falte. En cualquier caso, gracias al rencor, y a los certeros flechazos de sus aliados, Cortés había podido llegar hasta el corazón del imperio azteca. Sí, habían pasado muchas calamidades (sobre todo los de Cholula), pero mereció la pena. De momento.

—Mirad, señor. Ya están aquí.

La tronante voz de su lugarteniente sacó a Hernán Cortés de sus pensamientos. Una canoa adornada con dibujos representando animales avanzaba por el canal aledaño al islote donde se encontraba la delegación de expedicionarios (los trescientos soldados junto a los tres mil tlaxcaltecas se habían quedado a las afueras en actitud expectante con los arcabuces y las flechas bien visibles, por alardear y por asustar también).

De la embarcación bajaron varios personajes a cuál vestido de la manera más llamativa. Casi todos llevaban grandes penachos de plumas multicolores, uno de ellos portaba un casco con la forma de una cabeza de pájaro y otro con la de una serpiente. Unos llevaban largas túnicas de diferentes texturas, otros lucían el torso descubierto y tan solo ocultaban sus vergüenzas con un taparrabos, los más llevaban petos ornamentados con huesos, más plumas y cuentas de plata. Escudos con filigranas, capas coloridas y collares de jade, ónix, turquesas y oro completaban el atuendo de los recién llegados. Se suponía que en dicha comitiva se encontraba el emperador de aquel vasto territorio, pero era tanta la suntuosidad de las vestimentas que fue imposible averiguar quién de todos ellos era.

—Yo creo que el rey es el de la cabeza de pájaro —dijo el capitán Diego de Ordás con cierto aire de suficiencia pues desde que había subido el primero a la cima del volcán Popocatepétetl se las daba de entendido en todo.

—No, el jefe va a ser el de la capa de plumas y oro —replicó el piloto Alaminos.

—Mucha pluma lleva ese para ser el que manda —dijo Portocarrero, otro capitán de la expedición.

Un hombre, con una túnica blanca ribeteada con hilos de oro y con la cabeza rapada sobre la que llevaba un casco de plumas verdes, se adelantó.

—Mah cualli xihualacan.

—Doña Marina, haced el favor —inquirió Cortés haciendo señas a una bella mujer con una larga melena negra y ostentosos pendientes de oro.

Ki'imak k óol taale'ex waye' —dijo la mujer traduciendo del náhuatl[1] al maya[2].

—Don Jerónimo, haced el favor —volvió a hablar el capitán, esta vez sin hacer gestos, a un fraile que también se acercó para replicar:

—Bienvenidos —dijo el monje traduciendo del maya al español.

—Decidle que gracias —contestó Cortés.

Yuum bo'otik —dijo Jerónimo dirigiéndose a la mujer en maya.

Tlazohcamati miyac —dijo doña Marina dirigiéndose en náhuatl al de la túnica blanca con el casco de plumas verde.

—Esto de comunicarse en tres idiomas es harto complicado —dijo por lo bajini Portocarrero—. O doña Marina aprende el español o don Jerónimo aprende además del maya el náhuatl ese que hablan los mexicas. Ya llevamos un rato y solo se han dicho dos frases. Nos van a dar las uvas.

—Y encima está empezando a llover —añadió Alaminos mirando al cielo.

Después de las salutaciones de rigor, el emperador Moctezuma se dio a conocer. No era ninguno de los que suponían los hombres de Cortés. El rey resultó ser un hombre más bien bajito al que el penacho de plumas en forma de abanico que llevaba en la cabeza no conseguía ocultar su corta estatura. Collares de turquesas y oro adornaban su cuello, brazaletes de bella manufactura se enroscaban en sus morenos y delgados brazos.

Mientras doña Marina y Jerónimo de Aguilar traducían lo que Cortés y Moctezuma se decían, la incipiente lluvia se había convertido en un aguacero de tomo y lomo. La comitiva decidió seguir con la reunión en un palacio cercano donde, además, se instalarían Cortés y sus capitanes. Los soldados españoles y tlaxcaltecas tendrían que buscarse la vida y el resguardo por su cuenta, fuera de la ciudad.

Una vez dentro de un edificio adornado con murales multicolores repletos de representaciones de animales (jaguares, serpientes, águilas…), Moctezuma se dispuso a hablar con Cortés a través de los intérpretes. No se dijeron gran cosa, pero el parlamento duró horas. En la conversación intervinieron tanto los integrantes del séquito del emperador como los ayudantes del capitán de la expedición. Entre estos últimos la voz potente de Pedro de Alvarado era la que más se escuchaba, achantando un poco a los mexicas por el vozarrón y también por el color rubio de la barba y el pelo que tan extraño les resultaba. Aquel grandullón más parecía un dios enfadado que un simple extranjero.

En la delegación azteca había un participante que se mantuvo callado durante toda la reunión. Llevaba un tocado engalanado con plumas, cómo no, y ocultaba el rostro tras una máscara tallada en turquesa donde dos grandes orificios permitían a su portador ver sin que los demás lo vieran a él.  En el lugar de la boca sobresalían dos grandes colmillos y unas orejas promintentes, también de turquesa, adornaban los laterales. El individuo, mientras los demás departían, se limitó a permanecer en silencio; parecía atender al ruido del exterior por su querencia en orientar sus oídos hacia una de las aberturas que, a modo de ventana, daba luz y dejaba entrar el aire.

—¿Y ese qué hace? —preguntó Portocarrero a Diego de Ordás.

—Parece que está escuchando los sonidos de fuera.

—Fuera solo se oye llover.

­Le gustará el sonido de la lluvia.

Estos mexicas son gente rara.

Bueeeno… concluyó Ordás encogiéndose de hombros sin darle importancia. Después de subir a la cima del volcán Popocatepétetl ya nada le impresionaba.

Terminado el encuentro, la delegación azteca se retiró al palacio de Moctezuma. 

No sé aún si son dioses o mortales. Los signos son confusos dijo el emperador mientras suspiraba de alivio cuando un esclavo le quitó de encima el penacho de plumas (pesaba un montón).

Hay que sacrificarlos cuanto antes fue la respuesta de un sacerdote (el de la túnica blanca que había dado la bienvenida a los extranjeros).

¿Estás seguro, Toyatzin? preguntó Moctezuma masajeándose las sienes. El gorro de plumas tan pesado y la conversación en tres idiomas le habían levantado dolor de cabeza.

Segurísimo. Nuestros cuchillos de obsidiana abrirán sus pechos y sus corazones derramarán sangre caliente en el altar. Eso complacerá a los dioses.

No sé, no sé. ¿Has visto al gigante con el pelo color de fuego? preguntó de nuevo el emperador haciendo alusión a Pedro de Alvarado. Es igualito a Tonatiuh[3].

Ahí el sacerdote Toyatzin debía reconocerle a su jefe que algo de razón tenía. El tipo ese tenía una presencia imponente y más parecía dios que mortal. Aun así, él quería ver a todos los forasteros abiertos en canal en la cúspide de la pirámide del templo mayor dedicado a Hitzilopochtli[4] y a Tlaloc[5].

¿Qué opinas tú, Chimalpopoca? Moctezuma se dirigió al individuo con la máscara de turquesa que no había abierto la boca en toda la reunión con los barbudos.

Los extranjeros nos traerán la aniquilación.

—¿Te lo ha dicho Tlaloc a través de la lluvia?

Me lo han dicho las miradas de avaricia que he visto en sus rostros cuando se internaban en nuestra ciudad. Que hayan insistido en llegar hasta aquí después de los regalos que les has enviado según avanzaban por tus dominios es otra muestra que da idea de sus intenciones. No se van a ir por las buenas.

¿Pero eso te lo ha dicho la lluvia enviada por Tlaloc o no? insistió el soberano azteca.

No, pero…

Si no es Tlaloc, no me valen tus consejos. Tu misión es oír llover, no interpretar los gestos de nuestros invitados, porque invitados son insistió mirando esta vez a Toyatzin que estaba acariciando un cuchillo de obsidiana. Les trataremos con cortesía, no quiero enfadar a los dioses. Ya veréis como los convencemos para que se vayan.

Durante un buen rato tanto Toyatzin como Chimalpopoca intentaron hacer cambiar de parecer a su señor, pero este se limitó a escuchar el aguacero que descargaba fuera de palacio. Se encogió de hombros y mantuvo la misma actitud que el sacerdote de Tlaloc durante la recepción a los extranjeros: como el que oye llover.

 

 


 

NOTA

«Como el que oye llover» es una expresión que se refiere a alguien que no presta atención a lo que decimos. Su origen se remonta a la llegada de los conquistadores españoles a América, concretamente a su encuentro con los aztecas en 1519. Cuando Hernán Cortés se reunió con Moctezuma, el emperador americano llegó con todo su séquito, en el que se incluía un joven muchacho que ocupaba el cargo de Quiahuitlacapoc, una especie de sacerdote de Tlaloc, dios azteca de la lluvia. El Quiahuitlacapoc (que viene de quiahuitl, lluvia, y de acapoc, escuchar, sentir) tenía la función de escuchar e interpretar el sonido de la lluvia, ya que los aztecas creían que Tlaloc les enviaba mensajes a través de cada aguacero, ya fueran proféticos (pluviomancia) o, sencillamente, de orientación y organización de la vida y la sociedad. Este Quiahuitlacapoc llamó poderosamente la atención de los soldados españoles, que lo veían presente en los encuentros entre Moctezuma y Cortés pero ensimismado, ajeno a la conversación y escuchando la lluvia mientras su emperador se jugaba la suerte de su imperio. Tanto les sorprendió su papel y su abstracción que acabó siendo el centro de sus burlas. «El que oye llover», como le apodaron, pasó a tener por tanto su significado actual, el de alguien presente en una conversación, pero perdido en sus propios pensamientos.

 

Fuente: https://emitologias.wordpress.com/2015/02/26/como-el-que-oye-llover-origen/



[1] Lengua de los aztecas.

[2] Lengua de la península del Yucatán.

[3] Dios azteca del sol.

[4] Dios azteca de la guerra.

[5] Dios azteca de la lluvia.


6 de mayo de 2019

"Las vacas de Stalin" - Sofi Oksanen


Esta es la historia de Anna, y de su madre, y de la familia de su madre.

Katariina, la madre de Anna, es estonia; se casó con un finlandés en la década de los setenta y se fue a Finlandia con su esposo antes de la Perestroika, cuando la URSS aún tenía agrupados bajo su manto de ocupación muchos países que, la mayoría de quienes vivíamos al otro lado del telón de acero (el lado no comunista), llamábamos en nuestra ignorancia y simpleza “rusos”.  Por aquel entonces, esa parte de la URSS, Estonia, anhela formar parte del mundo occidental donde las patatas tienen el color de las patatas y saben a patatas. Ese mundo occidental y moderno está encarnado en su vecina de al lado: Finlandia.

A través de las palabras de Anna se nos cuenta la historia de Kateriina antes de salir de Estonia, y la que ocurre cuando llega a Finlandia; allí es una inmigrante “rusa”, pero ella no es rusa, es estonia. Ese mundo idílico que se intuye al otro lado del muro resulta que no lo es. Además, cuando Katariina vive en Finlandia añora Estonia, no puede romper con su familia, ni siquiera con la que no aprecia demasiado. Alejarse de su entorno hace que eche de menos lo que antes se le presentaba odioso.

A través de las palabras de Anna nos enteramos de la complicada relación del inmigrante con su pasado y con su presente. El difícil equilibrio entre la tradición familiar y las nuevas condiciones de un país extraño que nunca llega a ser un hogar se manifiesta en la propia relación de Katariina con su hija.

También, a través de las palabras de Anna, sabemos la propia historia de Anna, porque Anna tiene un problema añadido al de ser hija de una mujer estonia en Finlandia, y es un problema grave, muy grave: es bulímica. En esta parte de la historia, las descripciones de las diferentes fases por las que pasa una enferma bulímica son estupendas. El trastorno alimentario de Anna es un impedimento para sus relaciones con los demás, incluida su madre, pero al mismo tiempo es la esencia de Anna. La complicada relación de Anna con la comida está detrás de todo lo que hace, de todo lo que dice, de todo lo que piensa; está detrás de todo.

Estos serían los dos grandes bloques sobre los que se asienta la novela, dos historias diferentes pero ligadas entre sí por los personajes. Desde mi punto de vista son dos historias que en sí mismas darían para sendas novelas pues lo que se cuenta en cada una de ellas es muy interesante. Sin embargo, juntarlas en un único libro “para mí” ha sido contraproducente. Contar tantas cosas hace que no profundice en ciertos aspectos de los que me hubiera gustado saber más, tanto de Katariina como de Anna (especialmente de Anna por ese trastorno alimentario que a mí me interesa mucho).

Al conocer la trayectoria vital de la autora se podría considerar este libro como una biografía, al menos en su mayor parte, pues la propia Sofi Oksanen ha reconocido padecer bulimia. Además, la madre de la escritora también es una estonia casada con un finlandés con el que se fue a vivir a Finlandia.

Saber que la escritora vivió una situación parecida a la de la protagonista le da un valor añadido que por un lado confiere rigor a lo que se cuenta, pero por otro le resta cohesión. Porque cohesión es lo que he echado en falta en este libro. No sé si el recordar hechos de su propia experiencia ha sido la razón para que se dé una narración caótica, sin relación en muchos pasajes, con un estilo deslavazado y sumamente confuso, por lo menos “para mí”. Recalco lo de “para mí”, porque esta autora es alabada por la crítica entendida.

No suelo leer mucho la llamada literatura nórdica porque las pocas veces que me he acercado a ella los resultados no han sido satisfactorios. No sé si el estilo literario que se da por esos países es peculiar y nada acorde con mis gustos o es que hay pocos traductores —de finés en este caso— y no son buenos. Lo que sí sé es que la lectura de esta novela se me hizo muy engorrosa. En algunos párrafos Anna habla de sí misma en tercera persona para seguidamente, y sin solución de continuidad, pasar a hablar en primera persona, utilizando los posesivos indistinta e independientemente del modo empleado. Hubo momentos en que creí que se había colado en la narración otro narrador que era a la vez hija de la madre de Anna y le pasaba lo mismo que a Anna pero no era Anna. Un follón.

Precisamente esa forma de narrar es lo que muchos alaban en esta escritora. Parece ser que le da un punto de originalidad y frescura. Será, pero a mí no me ha convencido.

Por si esto no fuera suficiente, hay otra historia más que se intercala casi al final de la lectura entre los avatares de Katariina y los de Anna: la de los padres y tíos de Katariina durante la invasión soviética de Estonia. En un viaje al pasado se nos cuenta cómo la población estonia perdió sus propiedades para ponerlas al servicio de la comunidad y cómo algunos se resistieron e intentaron combatir para recuperar su independencia. Esta parte me resultó muy instructiva porque no sabía nada al respecto, pero me hubiera gustado más si hubiera seguido cierto orden cronológico, o simplemente orden, del tipo que fuera. He de aclarar que los capítulos de esta parte de la historia, (y algunos de la de Katariina), vienen con un apunte sobre el año en que ocurren los hechos, pero aun así me desubiqué mucho pues la mayoría son capítulos de poco más de una página que son seguidos por otros sobre la historia en tiempo presente de Anna, o la del pasado más reciente de Katariina. Un mareo.

La lectura de este libro me ha dejado un sabor agridulce. Las tres historias que se cuentan se presentan atractivas pero pierden el interés al no contarlas de manera medianamente comprensible “para mí”: el ir de una a otra y con cierto desorden me despistó mucho. Los saltos en el tiempo y entre las tres historias, sumados a una utilización voluble del modo narrador hicieron que me perdiera continuamente, teniendo que releer varias veces más de un pasaje.

Tengo la sensación de que si se hubiera empleado una técnica narrativa más convencional habría sido una lectura más agradable “para mí”, puede que le hubiera restado frescura y originalidad pero le habría añadido comodidad, “para mí”. Y es que yo, a veces, soy muy tradicional. O una obtusa con las narrativas modernas.



31 de marzo de 2017

El asesinato de Sócrates

Marcos Chicot tuvo un gran éxito con “El asesinato de Pitágoras” y estuvo entre los finalistas al premio Planeta en el año 2013. Ahora vuelve con otro asesinato de un filósofo, el de Sócrates y también ha quedado finalista. Chicot, una vez más recurre a una herramienta que le funciona muy bien, mezclar historia con asesinatos y yo, una vez más vuelvo a caer en el tremendo error de leerme premios o finalistas del Planeta.

Aunque para ser exactos esta novela (¿novela?) no me la he leído, al menos completa, porque he tenido que abandonar. Imposible para mi estado mental actual asimilar la cantidad de datos y conceptos que en esta novela (¿novela?) se dan.  

Si en “El asesinato de Pitágoras” se intercalaban asesinatos con la exposición de conceptos filosóficos y matemáticos (estos últimos muy bien explicados, por cierto), en esta novela (¿novela?) el aporte de información es muchísimo mayor y la cantidad de asesinatos muchísimo menor, porque al menos hasta donde yo he llegado (un tercio de un libro con 768 páginas) asesinar, lo que se dice asesinar, no se asesina a nadie (muere bastante gente de manera violenta pero en guerras, asaltos y cosas así). 

Me imaginé que la similitud con el título de la novela de Pitágoras me haría encontrar una similitud en la trama, es decir, thriller con historia. Pero no, historia hay mucha pero de la que va con mayúsculas, es decir, Historia griega, Historia espartana, Historia del Arte, Historia de la Filosofía, etc, etc. Pero de la otra historia, de la que va en minúscula, o lo que yo llamo argumento, más bien hay poca. 

La novela (¿novela?) se inicia con un personaje que visita el oráculo de Delfos y que pregunta a la pitonisa cómo morirá su joven amigo Sócrates. La pitonisa responde que morirá violentamente –antes de llegar a tan ansiada respuesta tuve que leerme cerca de 20 páginas donde se describe Delfos, el oráculo, el funcionamiento del tinglado que allí tenían montado y algunas predicciones varias pretéritas y famosas-. Y es que  toda la novela (¿novela?) o hasta donde yo leí (casi 300 páginas) es un compendio de datos –supongo que reales y bien documentados porque no me paré a confirmarlo, de ser así aún estaría con el primer capítulo- donde los personajes ficticios son una excusa para volcar información documental.

El caso es que saber que Sócrates moriría violentamente y a manos de otro me intrigó. Al principio soporté espartanamente tanta información añadida; la soporté así porque soy muy disciplinada y porque una buena parte de la novela (¿novela?) se desarrolla en Esparta y, quizás, puede que me solidarizara con los pobladores de aquella región, no por empatía, sino porque es tal la brasa que se da acerca de las costumbres de allí que una no puede menos que sentirse identificada en cuanto a sufrimiento y resistencia al dolor.

Pero mi sufrimiento y mi resistencia tienen un límite y es que cuando empecé la novela no recordaba de mis clases de Historia (la que lleva mayúscula) cómo murió Sócrates, pero sí recordaba que murió anciano. Dado que la novela (¿novela?) empieza con un Sócrates de treinta y tantos años, mi moral empezó a flaquear pensando lo que me quedaba hasta averiguar quién asesina al filósofo, así que decidí dejarlo y mirar en alguna enciclopedia. 

El poner entre signos de interrogación la palabra novela es debido a que a mí no me ha parecido que sea tal. Para mí una novela por muy histórica que sea debe tener una historia (con minúscula) complementada con hechos históricos bien documentados. En este caso es al revés, en esta obra hay un montón de sucesos reales que se cuentan como si de una clase docente se tratara y para disimular se ponen personajes que sirven de escenificación o pretexto para demostrar cuánto y qué bien se ha documentado el autor. Así que para mí no es una novela, es un docudrama. 

Por cierto, y sin ánimo de destripar nada, cuando leí en la enciclopedia cómo murió Sócrates resulta que más que asesinado muere “ejecutado” y de una forma un tanto peculiar atendiendo al término “ejecución”. Así que ahora tengo la intriga de saber qué entiende el autor de esta novela (docudrama) por “asesinar”. Si alguien se lee el libro entero, por favor, que me lo comunique por privado. Gracias.



17 de febrero de 2017

Desde una bicicleta china

    Dolores Payás ha vivido en China durante un largo periodo de tiempo, concretamente en Pekín, y durante su estancia en aquel país se interesó por conocer a sus vecinos, a los habitantes del país más poblado del planeta, una tarea complicada pero en la que se implicó con entusiasmo.

    Al contrario que otros occidentales que allí recalaron por cosas del destino ella no se recluyó en un microcosmos de exiliados. Ella cogió una bicicleta y paseó de un lado para otro, captando todo lo que su mente curiosa y ávida de conocimiento pudo absorber. De esas escapadas y de esa curiosidad que la caracteriza nació “Desde una bicicleta china”, una serie de relatos cortos donde, mediante anécdotas, historias inventadas y reales Dolores cuenta ciertos usos y costumbres chinos y nos acerca un poco a ese Oriente misterioso que como ella misma confiesa sigue siendo tan misterioso como siempre.

   Que nadie crea que este libro es un libro de viajes. Al menos de viajes tradicionales. Dolores nos habla de las experiencias vividas al viajar pero al viajar con la mente abierta, dispuesta a captar y absorber el sentir de los lugareños.

   Con el estilo literario exquisito que caracteriza a la autora y como si de un paseo en bicicleta se tratara vamos recorriendo diferentes temas, variados y muy interesantes. Tiene crónica social (El zumbido de la colmena, Favor de no escupir, Confucio viaja en primera), thriller (Muerte entre la peonías), ‘fábulas’ con su moraleja correspondiente (Punto de encuentro, Templando gaitas), cotilleo erótico-festivo (Las pájaras), análisis económico fantástico (Apocalipsis fashion); en fin que habla de lo humano y lo divino (De dioses y transacciones), de poesía (Estampas estacionales, Los sin patria, Felicidad, este último perfecto y precioso broche de oro para terminar el libro). 

   Las páginas de este entretenido libro destilan ironía y/o sarcasmo (nunca he sabido diferenciar muy bien estos dos términos) pero sobre todo mucho humor. Un humor que se hizo patente de manera notoria en Sun, Chang, Li y la kriptonita, donde nos revela algunas tradiciones muy curiosas de los chinos a la hora de hacer regalos que a mí me resultaron chocantes y si, además, se cuentan con la gracia y la sorna de Dolores son desternillantes.

   Me considero una lectora de muchos géneros –todoterreno me llamó en cierta ocasión una querida amiga– pero no soy muy aficionada a los relatos cortos, prefiero las historias largas para así implicarme más en la trama. Cuando me llegó este libro en forma de regalo –precioso regalo– me lo tomé como una lectura de ‘a ratos’, es decir, me leo un relato/historia cada día insertado entre la novela de turno. Pero no fue así. Imposible desconectar de una narración refinada, imposible dejar de leer de un tirón estas pinceladas primorosamente dibujadas en el papel; por cierto, las historias van acompañadas de preciosos dibujos realizados con tinta china (precisamente).

   Dolores Payás sabe captar belleza donde otros solo ven fealdad y uniformidad, encuentra donde otros no saben ni ver ni hallar.

“La Felicidad acecha tras cualquier esquina. Escondida bajo la vegetación enmarañada. Agazapada en el fondo oscuro de un patio. Aguarda. Nos aguarda.
Todo consiste en reconocerla”

   La lectura de este libro me ha cambiado porque creo que a partir de ahora no voy a poder decir que prefiero las historias largas; me he dado cuenta de que si las cortas son muy buenas, son tan interesantes como las extensas. Y las historias que nos cuenta Dolores Payás “Desde una bicicleta china” son todas excelentes. 

   Una delicia para leer y disfrutar paseando entre sus páginas.








Hada verde:Cursores
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