Había leído sobre el primer ordenador portátil: la Osborne 1, hito que liberó la mente y abrió nuevos horizontes tecnológicos. Le inspiró a idear su propia creación: un casco alado portable, diseñado para liberar el cuerpo y volar.
Tocándose la costilla rota que apenas había sanado tras un intento fallido, se lanzó de nuevo al cielo. Tras planear, se elevó y luego cayó en picada como los halcones. Remontó acariciado por el aire. Con los lentes y filtros incorporados vio los gestos de sorpresa y admiración de sus conciudadanos. Querían también tener alas y él se las daría.
Mi propuesta para el concurso de El Tintero de Oro de junio. Hacer un relato de no más de 900 palabras ambientado en el Siglo de Oro.Si deseas ver el resultado del concurso da clic AQUÍ.
—¿Dónde está Mencía? ¡Estamos por iniciar!
Baltasar de Prado, el autor de comedias, se jala los escasos pelos que tiene en la cabeza. Del otro lado se oye el murmullo impaciente del público, en especial de los «mosqueteros», hombres del pueblo llano que se encuentran en el patio.
Pasan unos minutos antes de que haga su aparición la actriz Mencía Bermejo, disfrazada de hombre.
—¿Pero por qué tardas tanto, mujer?
—¡Pardiez, que no es mi culpa! —replica ella, acomodándose el jubón—. El culpable es el mozo, que se ha demorado en fijar mis calzas. Es un alfeñique, le falta fuerza.
—¡Todos en posición! ¡Música!
Detrás del paño que separa el escenario de los vestuarios, un trío toca con guitarras y panderos. El ruido decrece y las miradas se clavan en el tablado, aún vacío, del Corral de la Cruz.
Termina la música y sale Mencía, interpretando al joven hidalgo Mateo Cortés.
Hombres y mujeres enmudecen mientras miran fascinados eljubón ajustado y las calzas ceñidas que revelan la preciosa forma de sus piernas. Lleva una capa corta algo raída y un sombrero que ha conocido mejores épocas adornado con una pluma vistosa. El público sabe que se trata de Mencía Bermejo y rompe el silencio con una ovación.
En lo alto, desde su aposento privado y alejado de la chusma, don Álvaro de Lebrija observa como ave de presa al hidalgo de mentira. Su mirada no puede despegarse de sus bien torneadas piernas, expuestas tan groseramente al vulgo. Con los puños crispados, decide poner fin a este sinsentido. El lugar de Mencía está junto a él. Claro, en las sombras, lejos de su mujer.
Debajo de los soportales del patio, otro hombre la mira. Se trata de fray Antonio de Sotomayor. Siente que la tierra se abre bajo sus pies. Afiebrado y sudoroso, se esfuerza por expulsar los pensamientos pecaminosos que le causa ver a Mencía como un joven hidalgo. Con una mano aprieta con fuerza el rosario de madera y con la otra estruja el pliego de censura de la Inquisición.
La obra avanza hacia su final: Mateo desafía a duelo al asesino de su hermano y, aunque le vence, también recibe una escandalosa estocada en el pecho que arranca el rugido entusiasta del público. Al auscultarlo un médico, se percata de que, en realidad, es mujer. Mencía, tirada en el piso, observa cómo Álvaro se levanta de su silla y desaparece. También ha visto a un fraile con un ominoso documento en la mano. En su papel de Mateo, recita los últimos versos. Recuperada de la herida, y descubierta su verdadera personalidad, acepta casarse y renuncia a volver a usar atuendo masculino para restaurar el orden. Los «mosqueteros» enloquecen, las mujeres del pueblo lloran, la nobleza aplaude a rabiar. Mencía busca entre la multitud al fraile. Ya no está.
Músicos y actores salen y bailan con energía; contagiando al público. En medio del alboroto, Mencía cruza el paño. El ruido de la fiesta se amortigua. El ambiente se siente caldeado y huele a sudor. Con el corazón a mil por hora, cruza los maltrechos pasillos rumbo a su vestuario mientras se despoja del sombrero de plumas. Le sale al paso Baltasar y le saca un susto. Entre sus dedos brillan unosreales de plata.
—Hay un caballero adentro. ¡Trátalo bien! —le dice con mirada codiciosa. Mencía contiene el aliento y abre la puerta sabiendo de antemano a quién encontrará.
—¡Te exijo que dejes el teatro para siempre! No lo voy a tolerar. ¡Mírate, por Dios! —le dice su amante, Álvaro de Lebrija, señalando con desprecio las calzas reveladoras.
Antes de que ella conteste, irrumpe fray Antonio, seguido de cerca por Baltasar, que balbucea excusas e intenta impedirle el paso.
—¡Esto es intolerable! —dice el religioso con la mirada fija en las piernas de Mencía—. Me gustaría saber qué pensará el Comisario de la Insquisición cuando le hable de esta asquerosidad.
—Vuestra reverencia, le ruego reconsidere. Esto es tan solo una inocente obra de teatro —suplica Baltasar.
—¡Pecador! ¡Los mandaré a prisión a todos! ¡Déjenme solo con esta mujer!
Don Álvaro titubea, lanza una mirada de preocupación hacia Mencía, pero ella no pide auxilio. Al final sale junto con Baltasar, que tiene el rostro desencajado.
—¿Qué desea vuestra merced? —pregunta Mencía. De forma extraña, vestida como un hidalgo, no siente temor.
—Sabes que puedo enterrarte en vida en los calabozos de la Inquisición.
—No hacemos nada malo.
—Calla. Vuelve a ponerte el sombrero.
Mencía obedece extrañada.
—Sí, así. ¿Tu personaje, cómo se llama?
—Mateo
—Ven, acércate, «Mateo». Mencía se acerca. El fraile la mira embelesado—. Dame un beso en la boca.
—Pero… padre…
—¡Si no lo haces te mandaré a la hoguera!
Mencía acerca sus labios a los del fraile y en el último momento gira hacia su oreja.
—¡Es usted un hipócrita y arderá en el fuego eterno!
—Podrá engañar a todos, Padre, pero de Dios y su juicio no puede esconderse.
El fraile se achica, se derrumba y llora mientras estruja el rosario. Mencía aprovecha y, por una puerta alterna, escapa hacia la noche de Madrid. Aceptará la propuesta de un amigo de viajar con él a las Indias. Ni siquiera regresará al cuartucho por sus cosas. Necesita alejarse del posesivo Álvaro y de ese fraile loco. Quizá allá pueda empezar de nuevo.
En el contexto de los corrales de comedias del Siglo de Oro, el autor de comedias no era el escritor del texto, sino el director de la compañía teatral. Él asumía el rol de director de escena, productor y empresario del espectáculo.
En el Siglo de Oro español, los mosqueteros eran los hombres del pueblo llano que ocupaban de pie el patio central de los corrales de comedias. Eran el público más numeroso, bullicioso y temido, ya que tenían el poder de consagrar o hundir una obra mediante sus reacciones inmediatas.
Si quieres saber más y ver una foto de un corral de comedias, da clic ACÁ.
Esta vez mi relato obtuvo mención honorífica. Muy agradecida a mis compañeros del Tintero de Oro que me otorgaron su voto. Les invito a leer otras participaciones.
Saliendo a deshoras del trabajo, y nada más entrando al auto, Esteban ya se aflojaba la corbata, se quitaba el saco y se ponía en mangas de camisa. En el trayecto a casa, rememoraba los detalles de su jornada laboral: las acciones sutiles, pero degradantes de su jefe hacia su persona, como pasarle una colilla de cigarro para apagarla. Los cuchicheos incómodos de sus compañeros, que con toda seguridad, hablaban de él. El peso de los folios y carpetas en sus dedos, una carga que nunca se terminaba y lo perseguía hasta la entrada de su casa. Pero frente a su puerta, y sabiendo lo que había detrás, todas esas frustraciones se disolvían como una pastilla efervescente.
En la penumbra, Amanda le esperaba acomodada en la sala. Corrió hacia ella y la besó. No se cansaba de mirarla: su eterna sonrisa en el rostro, la ausencia de quejas. Su silencio comprensivo y amoroso era un bálsamo. Los encuentros íntimos eran de lo mejor. Ella no exigía nada y era la mar de generosa. Sí, Amanda hacía su vida más enriquecedora, era su otra mitad, la razón por la que volvía a casa en las noches. Era un hombre feliz a pesar de su trabajo de mierda.
Movió el cuerpo rígido de su compañera a otro sillón para él poder relajar las piernas y ver algo de tele. En la pantalla estaban anunciando el nuevo modelo robótico Amanda 2.0 de la fábrica de muñecas sexuales Orient. Esteban miró con pena su ya anticuada versión 1.9. Era hora de cambiarla.
Autor: Ana Laura Piera.
Esta es una versión mejorada de un cuento mío publicado el 5 de noviembre de 2020.
Relato para el reto Literautas: escribir un relato de ficción protagonizado por un ladrón que roba algo sin tener ni idea de lo que es.
—Es una belleza —dijo el hombre de ojos de serpiente. Sus manos hambrientas acariciaban la figura de cerámica con forma de mujer.
Quinientos años atrás, otras manos, más oscuras, también la habían tocado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.
—Dime, ¿fue difícil?
—¡Casi se nos cae la tumba encima, patrón! Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas. Estábamos por regresar cuando sentí que me miraban por detrás. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Era un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado. Sus ojos reflejaban alivio de haber podido encontrar algo que agradara a su empleador.
—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.
Aquetzalli (Agua Preciosa) vio salir de su vientre a su criatura. Gotas de sudor, como ríos, se deslizaban por su frente mientras intentaba jalar aire. El mundo se le desdibujaba, pero alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño. Sus labios se curvaron en una sonrisa. Así se hundió en los brazos de la muerte.
Las manos de su viudo, Mixtli (Nube) temblaron cuando recibió de un artesano la figura que había mandado hacer en honor a su compañera. Por un momento dejó de sentir la dureza de la arcilla y sintió la tibieza de una piel. Casi la tira de la impresión. «Es ella —pensó—. Renunció a los honores que le correspondían por haber muerto en el parto. Ahora está aquí. Decidió quedarse con nosotros».
Afuera de la oficina del «hombre-serpiente», Vicente, el miembro más nuevo del equipo de profanadores, hizo un brindis con voz pastosa. Luego, tratando de no caerse, derramó sin querer un chorro de cerveza sobre sus botas cubiertas de polvo. Nemesio lo miró con desdén, le dio un trago a su bebida y se limpió de mal modo la espuma que había quedado sobre su bigote descuidado.
—No sabes tomar, muchacho, tampoco trabajar. Anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras. A los muertos no les importa que les destrocen la cara, pero ¿sabes a quiénes sí les gusta el escándalo? ¡A la policía, estúpido!
—Oye, Nemesio, ¿es cierto que sentiste algo extraño en la tumba antes de ver la figura? —preguntó otro de los hombres.
—No quiero hablar de eso —dijo Nemesio y por un momento sus facciones se ensombrecieron.
Risas, gritos, maldiciones.
—¿A qué hora sale el patrón? ¡Queremos nuestro dinero!
En casa, de noche, Mixtli escuchaba complacido la respiración rítmica y tranquila de su hijo Coyoltzin (pequeño cascabel). Desde que montaron el modesto altar para Aquetzalli a un lado de los dioses principales, ambos se sintieron protegidos y en paz.
Al paso del tiempo, los cabellos de Mixtli se volvieron blancos.
—Hijo, cuando muera, quiero que pongas la efigie de tu madre en mi tumba. Ella y yo debemos caminar juntos a la tierra de los muertos.
Dentro de su oficina, el patrón sostenía una de las fotos que había enviado a futuros compradores. «Es bella, pero no deja de ser un montón de arcilla vieja. Cuesta creer la fortuna que nos caerá gracias a ella».
Los teléfonos no callaban. En medio del frenesí, algo le molestaba. Los vellos de su piel se erizaron sin motivo y el ambiente se puso opresivo. Le costaba respirar. De reojo percibió un resplandor rojizo envolviendo la escultura, volteó, pero no vio nada. «La mente me está jugando bromas pesadas». Mientras revisaba una oferta, sintió una presencia extraña detrás de él. Le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.
Afuera, el alegre grupo de borrachos vio salir de la oficina una humareda densa con olor a copal, una resina aromática usada en ceremonias antiguas.
—¡Abran, idiotas! —ordenó Nemesio y los hombres entraron en tropel. Se encontraron al patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos.
Tras muchos días detenidos, enredados en trámites y aclaraciones que al final se resolvieron con sobornos; Nemesio y los suyos se encaminaron a sus hogares. Iban con los hombros caídos, el gesto triste y la boca llena de amargura por haberse quedado sin su recompensa. No lo sabían; de cerca los seguía «algo» que no podían ver.
Al final, Mixtli y Aquetzalli se dispusieron a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán, la tierra de los muertos.
Autor: Ana Laura Piera.
En la cosmovisión mesoamericana, el fallecimiento durante el parto no era considerado una tragedia común, sino un acto de valentía extrema. Las mujeres que perdían la vida dando a luz eran honradas como guerreras y elevadas a la categoría de divinidades conocidas como Cihuateteo.
Este relato se publicó en este blog el 13 de abril del 2021. Esta es una versión revisada y con múltiples cambios.
Mi propuesta para el reto Escribir Jugando. Hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en una imagen, que incluya la runa Kaunaz y la flor de bach hornbeam (hojarazo).
Bricio arrojó las herramientas de trabajo y gruñó.
—¡Estamos malditos! Arwen está en la luna. Debimos tener un varón; al menos sabría ganarse el sustento.
—Ella ayuda—objetó Hilda.
—Las mujeres no sirven de mucho. ¡Dame de cenar!
De noche, Hilda puso entre los dedos dormidos de Arwen la runa Kaunaz para que la iluminara espiritualmente.
—¡Volveré! —susurró besándole la mejilla.
Fue al fogón y bebió una infusión dehojarazo que le quitó un poco el cansancio del alma. Necesitaba fuerza para dejar a su pequeña. Regresaría por ella en cuanto tuviera algo seguro.
La runa Kaunaz es la sexta runa del Futhark antiguo. Su forma es similar a la de un boomerang o un signo «<«. Simboliza el fuego creador, la iluminación espiritual, la inspiración artística, el conocimiento y la pasión humana.
Flor de bach hornbeam: Para los que se sienten demasiado agotados. Cansancio más mental que físico. Persona apática, sin ánimo para cumplir con sus rutinas, “no puedo más”. Falta de entusiasmo.
Sobre el género del microrrelato:
Un microrrelato es un texto narrativo de ficción extremadamente breve (desde una línea hasta un par de párrafos) que cuenta una historia intensa. Exige un lector activo que colabore en su construcción mental, ya que omite descripciones y detalles para que el lector los deduzca (elipsis).
Aunque sea breve, el microrrelato suele contener una situación inicial, un incidente o quiebre y un desenlace (muchas veces sorpresivo). No es simplemente el fragmento de un momento; es una historia en sí misma.
Mi propuesta para el VadeReto de Junio: Escenario: Japón. Incluir dos palabras originales japonesas. Explicarlas al final del relato. Intentar que el relato invite a la reflexión, la espiritualidad, la esperanza, la calma y la percepción de los pequeños detalles.
Desde mi habitación escucho el trajinar de mi madre; son las cinco y treinta de la madrugada. Con movimientos eficientes, sin desperdicio, estará preparando el almuerzo escolar de mis hermanos y el desayuno. Me pregunto si alguna vez se cansa; pareciera que su energía no se agota. Es como una directora de orquesta y todo debe salir impecable. Lo que no sabe es que yo no saldré a desayunar. He decidido quedarme en mi habitación. Yo seré la imperfección en este día perfecto.
—Haru, ¿qué pasa? —demanda con voz enérgica.
—No saldré.
—¿Qué? ¿Estás enfermo?
—No.
—¡Sal a desayunar! Debes irte temprano a buscar trabajo.
Nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.
—Te dejo la comida frente a tu puerta. Necesitamos discutir esto.
No hablaré con nadie. No iré a ningún lugar. Los oigo salir de casa y abro para encontrarme con una bandeja que tiene arroz al vapor, sopa de miso y salmón a la sal con verduras. También hay una taza de té verde.
Cuando mis hermanos regresan de la escuela, los oigo cuchichear.
—Está deprimido porque no ha encontrado trabajo —dice Kaori, la más sensible.
—Es un holgazán —dice el sabihondo Hiroshi—. No se esfuerza lo suficiente.
Considero que no fui un mal estudiante, pero nunca alcancé la excelencia. Mi familia no tiene dinero ni amigos influyentes y, en los trabajos donde me he postulado, se van por los candidatos con mejor desempeño escolar o por algún «recomendado».
Luego, mi padre llega y zarandea mi puerta.
—¡Haru! ¡Abre ahora mismo!
Si él tuviera la fuerza que tenía de joven, no tendría problema para entrar. Tiene sesenta y siete años y debería estar retirado, pero la empresa manufacturera donde labora le paga un incentivo para trabajar hasta los setenta en un puesto de oficina.
Me han cortado el internet en otro intento por hacerme salir. Les paso por debajo de la puerta una imagen del bosque Aokigahara a los pies del monte Fuji. Es un lugar muy bello, lleno de cipreses, robles, arces y abedules. Es famoso por ser el sitio donde los desesperados en Japón terminan sus días por mano propia.
Mi madre solloza. Mi padre gruñe como un animal herido.
Me regresaron el servicio. Los continuos ruegos de que saliera dieron paso a un silencio tenso y violento, nada zen.
Mis días transcurren jugando videojuegos y viendo anime. También participo en foros, protegido por el bendito anonimato. Mi cuarto es un desastre y huele mal, pero aquí me siento seguro. No tengo que probar nada a nadie. Ahora soy lo que se dice un hikikomori
Una mañana, junto con la bandeja del desayuno, encuentro un sobre dirigido a mí con sello postal de la ciudad de Yokohama. El corazón se me acelera de pronto. Lo abro. Dentro hay una foto actual de Misaki, mi amiga de la secundaria, y además, mi amor platónico. La reconozco por su lunar con forma de lágrima justo debajo de uno de sus ojos. Volteo la foto; atrás, con su particular caligrafía escribió: «Haru, iré a verte».
Entro en pánico. Me enojo con mi madre, que seguramente buscó a mi amiga para «ayudarme». No quiero verla. O tal vez sí. Miro la fotografía muchas veces y rememoro esos años. Ambos estábamos en el grupo de limpieza de nuestra aula. Amaba su risa y su lunar y ella se reía de mis chistes malos. Quise convencerla de que se metiera a mi club de manga y anime, pero ella prefería el de ajedrez y literatura. Yo además iba por la noche a una escuela nocturna a recibir clases de refuerzo de matemáticas. No había tiempo para ver a Misaki fuera del horario escolar.
Mamá me ha dicho a través de la puerta que Misaki se hospedará con nosotros. Frente al espejo veo un sucio vagabundo de pelo largo y barba descuidada. No me reconozco. Saco las tijeras y la navaja de afeitar. No sé por dónde empezar. Las vuelvo a guardar. No haré nada. No la veré. Ojalá no venga.
Su voz inconfundible, suave y melódica, flota hasta mi habitación. ¡Llegó! Espero que suba y, como todos, me pida que salga. No lo hace. Se queda abajo platicando con mi madre. Pasa la tarde y, a la hora de la cena, la escucho reír junto a mi familia. Es bueno que rían; bastante tristeza les he dado. Espero ansioso por si me busca. Conforme se deslizan los minutos, es evidente que no lo hará. No puedo dormir. En la madrugada decido, ahora sí, cortarme el pelo y afeitarme. El primer tijeretazo me estremece; veo azorado el mechón oscuro que ha caído al suelo. Ya no hay retorno. Continúo. Siento que poco a poco suelto un peso de encima. Al final vuelvo a verme como antes. Me afeito y decido ir al baño familiar para ducharme, confío que, por la hora, no me encontraré con nadie. El baño me da alivio, igual a cuando se quita uno la costra que ha estado molestando. De regreso en mi cuarto veo de nuevo la fotografía; creo que se ha convertido en mi Ikigai, mi «razón de ser». Sí, es un Ikigai humilde, no uno de grandes sueños de éxito o de perfección. Mi Ikigai es ver a Misaki.
Salgo para verla. Tras cinco meses de aislamiento las miradas se clavan en mí. Los ojos de mi madre sonríen. Papá me ve con una mezcla de sorpresa y alivio. Mis hermanos tienen la boca abierta.
Me acerco a ella e inclino la cabeza.
—Hola Misaki.
Ella me mira y sonríe. Levanta una mano en señal de saludo.
—¡Haru!
Mi madre ha complementado el desayuno tradicional con una tortilla de huevo dulce y salada y acompañamiento de vegetales encurtidos, nori y soya fermentada. Todo en honor de Misaki. Al terminar de desayunar, mamá propone que nuestra visitante y yo salgamos a pasear. «Haru, te hará bien el aire fresco».
Misaki lee en mis ojos el pánico que salir me provoca.
—Vayamos un rato a admirar el jardín interior. ¿Quieres, Haru? —asiento agradecido.
Se trata de un espacio pequeñito encerrado entre las paredes de la casa y con un tragaluz. Hay bambú, musgo y rocas. Por su tamaño, está hecho para la contemplación. Nos sentamos en un pasillo que lo bordea. La sensación cálida y suave de la madera del piso me toma por sorpresa. Había olvidado lo agradable que era ese rincón de la casa.
—Me da gusto que hayas decidido salir, Haru.
La luz que filtra el tragaluz ilumina sus ojos marrones y su lunar.
—Quería verte, Misaki. ¿Cómo estás?
—He estado mejor —dice con una risa nerviosa—. Me enamoré de un chico del club de ajedrez y al final me rompió el corazón.
—Lo siento mucho.
—Entré a trabajar en la empresa de mi padre.
—¿Y qué tal? —le pregunto con los labios apretados. Me alegra que Misaki haya tenido tan fácil entrar al mundo laboral, pero a la vez me recuerda mi fracaso.
—No muy bien. Me siento como una privilegiada a la que le regalan las cosas, Haru. He decidido buscar otra opción.
Estoy impresionado de escucharla hablar así. Creo que ha madurado mucho.
—Haru, quería proponerte algo. En Yokohama hay un Centro de Apoyo Comunitario para Hikikomori. Podrías pasar una temporada ahí. Yo te visitaré y te ayudaré en lo que pueda. De vez en cuando podríamos pasear por el jardín Sankeien o por el puerto. Incluso, cuando estés listo, ir al cine.
¿Mudarme de Tokio e irme a vivir cerca de Misaki? Aquello sonaba como un sueño.
—Escucha, si voy a Yokohama debes saber algo antes: eres la razón por la que decidí abandonar mi encierro. Siempre he estado enamorado de ti.
—Lo sé —dice sonriendo—, siempre lo supe. Haru, no estoy lista aún para volver a amar, quizá más adelante. De momento quiero que estés seguro de que yo te quiero mucho, si no, no estaría aquí.
—Entiendo.
Nos quedamos en silencio un largo rato. Mis ojos se pasean por el musgo que cubre las rocas y en la luz diáfana que desciende sobre nosotros. Miro a Misaki. Acepto que quizá entre los dos nunca haya más que amistad. Eso me basta. Reconozco que sigo teniendo miedo de salir al mundo, pero mi Ikigai es más fuerte que el silencio de mi habitación. Nuestras miradas se encuentran.
—Claro que iré —le digo y veo su rostro iluminarse—. Hace mucho que no viajo en tren, ¿podrás tenerme paciencia?
—Yo te cuidaré durante el viaje, el trayecto es muy corto y no nos pasará nada.
Como una pieza de cerámica rota que es reparada por un artesano, siento que empiezo a sanar.
Autor: Ana Laura Piera.
Mientras que el Ikigai es una filosofía existencial, el hikikomori es una respuesta psicológica y social ante la crisis de esa misma filosofía.
Ikigai: (El motor de la vida): Significa «la razón de ser» o «la razón para levantarse por la mañana». Es un concepto positivo que conecta al individuo con el mundo a través de la pasión, la vocación, la profesión y la misión, buscando el equilibrio y la integración social.
Hikikomori: (El freno absoluto): Es un fenómeno de aislamiento social severo. La persona se recluye en su hogar por más de seis meses, rompiendo todo vínculo con la sociedad, la escuela o el trabajo.
Por qué se relacionan: Pérdida de propósito: El hikikomori surge muchas veces cuando una persona pierde o no encuentra su Ikigai. Al no cumplir con las expectativas sociales, prefiere desaparecer del sistema.
Presión vs. Motivación: El Ikigai malentendido por la sociedad japonesa actual exige que tu «propósito» sea producir y ser útil para la comunidad. Cuando esa presión se vuelve insoportable, el individuo colapsa y elige el aislamiento (hikikomori) como mecanismo de defensa.
Conexión vs. Desconexión: El Ikigai te impulsa hacia afuera, a aportar algo al mundo. El hikikomori te repliega hacia adentro, cortando toda comunicación por miedo al fracaso o al juicio social.
El intenso frío me pegó como patada de mula; después fui consciente de la tierra, granulosa y húmeda, que me envolvía cual mortaja. “Ni siquiera fui digno de una caja”, pensé. Abrí la boca y quise gritar de indignación y toda esa tierra se precipitó a mis entrañas. Sentí como si me asfixiara, pero yo ya estaba muerto. Tuve que hacer un gran esfuerzo para liberarme de aquel frágil envoltorio que me contuvo durante treinta y ocho años. Traté de no imaginar el futuro que le aguardaba y mejor me concentré en mi nuevo estado; supuse que ahora era un… fantasma.
Primero pensé que el mundo de los vivos estaría lleno de muertos en mi misma situación, pero no es así; pareciera que soy el único y la soledad me agobia. ¿Dónde andarán los demás? Me siento olvidado, como quien ha perdido un tren. Le doy vueltas en mi cabeza a la razón de por qué sigo aquí. Nunca fui muy creyente. ¿Sería que Dios me estaba castigando? Mi abuela siempre me quiso enseñar a rezar; si hubiera aprendido, quizá hoy sabría qué decir para que Él me socorra.
Trato de distraerme un poco recorriendo mi pueblo, San Javier; aquí abundan los techos de teja, las paredes blancas, las calles empedradas, y aunque no lo puedo respirar, sé que se pasea un aire limpio y vigorizante que sopla desde la montaña.
Es irónico, los que me conocieron en vida siempre pensaron que la bebida me llevaría a la tumba y en realidad fue así, aunque no del modo que ellos se imaginaron. Fue Pascual Rodríguez, que acababa de regresar de Estados Unidos, el que empezó todo. Estábamos en la cantina, echándonos nuestros tragos, recordando viejos tiempos. Dijo que yo siempre le había tenido ganas a la esposa del licenciado Castro, el gerente del único banco de San Javier, un tipo calvo, panzón y pedante con quien yo nunca había cruzado palabra. Aunque recuerdo que mi abuela hablaba bien de él. En su banco le guardaban sus ahorritos. Al calor del alcohol le seguí la broma a Pascual, y debo reconocer que dije cosas bastante indecentes al respecto; lo malo era que Castro estaba en otra mesa y al oír mis comentarios se me vino encima; él también traía sus copitas. Sacó una pistola pequeñita que me pareció de juguete. Me reí. Su cara se tornó feroz. Traté de arrancarle el arma y, en medio del forcejeo, se escuchó un disparo. Sentí algo caliente que derretía mis entrañas; todo empezó a desvanecerse y sobrevino la oscuridad.
Llevo varios días jugando con una idea que, primero deseché porque yo nunca he sido vengativo, pero la falta de propósito hace que me den ganas de volverme a morir. Además, sí me da coraje estar en el limbo por culpa del licenciado. Esta noche de luna llena me dirijo a la casa de mi asesino. Floto sobre las calles, añoro oír el eco de mis pasos y sentir el frescor nocturno en la piel. No quiero ser pesimista, pienso en una de las ventajas de mi nueva realidad, que es poder atravesar muros y puertas; subo por la escalera y encuentro el dormitorio principal. Ahí en el lecho, su gorda silueta lo delata; junto a él está su esposa; de verdad que la vieja se ve muy bien. ¿Harán el amor los fantasmas? No lo creo, el cuerpo carece de la consistencia necesaria para eso. El muy cabrón duerme en su casa cuando debería estar en la cárcel; después de todo, quizás sí se merezca que le toque los pies con mis manos heladas. Se estremece, pero no despierta; ahora se los zarandeo muy fuerte, con ganas, y se incorpora con rapidez. El rostro desencajado; su mujer se sienta de golpe y, de tan pálida, me hace dudar si también ella es un fantasma.
Ya llevo una semana visitando la casa del licenciado y cada vez lo disfruto más. Ahora el pobre duerme solo, su esposa se ha ido a otro cuarto. Él ha intentado de todo: ha traído a un curita a “limpiar” el domicilio, ha dormido en otras habitaciones, casas y hasta en el hotel. Yo lo sigo; esto ya es algo personal. Ahora mismo lo estoy viendo, sus ojos abiertos como platos y con unas ojeras inmensas; ya sabe lo que viene. Él no sospecha quién es el que lo visita. ¡Privilegio de los difuntos!
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El estruendo, semejante a un estallido, reverberó hasta el fin del mundo. Antes hubo señales: grietas como abismos sobre el terreno, animales con pupilas dilatadas huyendo hacia las zonas bajas, ríos de colores diáfanos que mutaban a un verde parecido al de la bilis.
Arrogantes, no quisimos escuchar: construimos al lado de las insondables hendiduras recién aparecidas; nada se hizo por salvar los ríos. Nadie movió un dedo cuando el viento dejó de acunar el canto de las aves.
Al levantarse, las grandes masas de tierra no tenían la intención de herirnos, pero fue ineludible. De los lomos de los cerros y montañas cayó todo aquello con lo que pretendemos conquistarles. En medio del caos, los nobles monstruos se lamentaron con vibraciones que hicieron temblar nuestro pecho. Se fueron con los pies de tierra envueltos en una polvareda espesa mientras caminaban haciendo llanura. Al desaparecer, nada fue igual. El paisaje se hizo plano, monótono. El clima se volvió caprichoso. Los ríos sometieron a las poblaciones. Los animales ya no tuvieron cobijo y la gente quedó desnuda.
Desde entonces, los viejos enseñan a los niños canciones para atraer a los cerros otra vez. En ellas se habla del compromiso de no volver a enseñorearse de la naturaleza y de la nostalgia que da la falta de su sombra y la ausencia del viento azotando sus picos. Si los ves, trátalos bien y diles que la espera nos está matando.
Mi propuesta para el VadeReto: Hacer un relato con el tema «fractura»
En la oscuridad, busqué a tientas las sábanas que, tibias y relegadas a rincones imposibles, eran testigos de un primer encuentro muy satisfactorio.
Él prendió la lámpara de noche y de un bolsillo de su pantalón sacó una cajetilla de cigarros. Lo miré alarmada.
La habitación se llenó de un humo odioso y ceniza de tabaco cayó sobre la ropa de cama.
—Creo que esta es una habitación para no fumadores —dije, esperando que se tratara tan solo de un descuido.
No hizo caso y apuntó el control remoto a la televisión. Una serie policiaca con mucha sangre se impuso frente a mí.
—¿No la apagas? —pregunté tras un tiempo que consideré prudente.
—La dejo un rato; es que sin ruido no me puedo dormir. ¿Te molesta?
—No hay problema —dije, y me odié a mí misma por mentir, pero no tenía ánimo para una confrontación. Sentí una fisura interior que me iba quitando las ganas.
Cuando el cansancio me venció y pude cerrar los ojos, el crujido de una madera al romperse me obligó a abrirlos. Era su ronquido, seco y brutal. La fractura resonó en mis huesos.
Me levanté y me vestí en silencio. Lo miré una última vez antes de salir. Ni su cabello perfecto ni la promesa de sus brazos rodeándome pesaron más que aquellos detalles aborrecibles. Mientras me alejaba por el pasillo del hotel, borré su nombre de mi lista de contactos.
Salí a la calle y agradecí el silencio de la ciudad a esa hora de la madrugada.
Mi propuesta para el reto Escribir Jugando: Hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en una imágen bucólica (un hombre navegando en un río). Incluir el signo Escorpio y opcional, la flor de Bach «Gentian» (genciana).
La suave corriente del río me lleva al lugar elegido. Cantan las aves y el verdor del paisaje me llena los ojos. En el fondo de mi embarcación está Elena. Uno de mis dedos, trémulo, destapa su cara y roza su mejilla helada.
Mil veces le dije que nadie podía arreglarme. Ni siquiera el amargor de la infusión de genciana diluyó mi sombra.Elena era intensidad y tozudez escorpianas. Su omnipresencia buscando ayudarme fue demasiado.
La lancha encalla en el lecho arenoso de una isleta. «Aquí descansarás, amor» —pienso feliz, anticipando el silencio que me espera.
97 palabras.
Autor: Ana Laura Piera.
Mi relato publicado en la revista digital Masticadores
En el ámbito de la astrología, el signo zodiacal de Escorpio se erige como un torbellino de emociones, intensidad y misterio. Nacidos entre el 23 de octubre y el 21 de noviembre, los escorpio son conocidos por su naturaleza enigmática y su inquebrantable pasión por la vida.